Aldo Pecho

El miedo en campaña: ¿cómo los candidatos se aprovechan de la inseguridad ciudadana?

"Oportunas promesas sobre un tema de preocupación común para quienes vivimos en Lima. ¿Pero qué ocurre con otros tremas de vital importancia en la agenda, y que están relacionados con la inseguridad directa o indirectamente?"

Empañada por la crisis política, apenas hace algunas semanas arrancó la campaña para las elecciones municipales en Lima, y más allá de los puyazos y vacíos de propuestas, existen algunos hechos preocupantes sobre los que resulta importante detenerse. Para nadie es sorprendente que la inseguridad ciudadana sea un miedo común entre la población de cualquier parte del país, especialmente en la capital. Es un miedo real e innegable, en efecto, pero también un miedo que tiene un gran componente discursivo, mediático y sobre todo político. ¿Qué pasa cuando ese miedo es más grande de lo que creemos y se nos presenta como incontrolable?

En la campaña municipal del 2022, el caballito de batalla para los candidatos ha sido la lucha contra la inseguridad ciudadana. Se han prometido millones de soles para contratar o comprar patrulleros, motos, videocámaras, mayor personal de Serenazgo o policías de franco. Oportunas promesas sobre un tema de preocupación común para quienes vivimos en Lima. ¿Pero qué ocurre con otros tremas de vital importancia en la agenda, y que están relacionados con la inseguridad directa o indirectamente? La solución del problema de transporte, la falta de espacios públicos, la pobre conexión e infraestructura urbana, el tráfico de tierras y las construcciones informales, la contaminación y la calidad del aire, el futuro de la crisis climática y la escasez de recursos hídricos, etcétera. Poca o ninguna mención al respecto.

La calidad de vida en Lima se encuentra deteriorada, y es algo de lo que padecemos día a día sus habitantes y sobre lo que pocas reflexiones holísticas existen desde el discurso mediático y político. Más bien, el miedo a la inseguridad es el problema que acapara todas las portadas, y contra ello surgen mil soluciones (las mismas de siempre) que no tienen ni tendrán los efectos esperados. En el último debate municipal, los candidatos se dedicaron casi la mitad del tiempo televisivo a hablar de propuestas para combatir la delincuencia. Menudo espacio, lleno de promesas rimbombantes, efectistas y de aplausos para la tribuna. Mejor dicho: demagogia pura.

El miedo a la inseguridad tiene un impacto tan grande que oportunamente ha sido instrumentalizado por los políticos, y esto se debe a dos razones básicas. La primera, que acabo de describir, es patente: son tan grandes los problemas de una ciudad compleja como Lima —y para los que se necesitaría una de suma de recursos, esfuerzos y voluntad política— que nadie quiere asumirlos como un compromiso serio a mediano y largo plazo. La lucha contra la inseguridad, o aparentar que se está haciendo, resulta más efectivo, menos costoso y llama más la atención… Pues a olvidarnos de los demás problemas. Aquí no pasó nada, como siempre.

En segundo lugar, azuzar y mantener el miedo resulta también efectivo para la práctica política. La sociología ha investigado muy bien el miedo como un instrumento de control social. Una población temerosa es capaz de otorgar mayor poder a quien aparentemente le garantice seguridad. Por ello la venia con los estados de emergencia, la militarización de la seguridad pública y un mayor retorno de poder dirimente de las Fuerzas Armadas y la Policía. Es un silencioso retorno a las prácticas autoritarias, el abuso del decretismo y con ello el resquebrajamiento de la democracia. Mientras tanto, una ciudadanía pasiva, temerosa y delegativa deja que poco a poco vayan ganando mayores espacios y cediendo derechos a los sectores más antidemocráticos del sistema político.

Por el panorama que se puede apreciar, parece que estas elecciones municipales en Lima serán nuevamente cuatro años perdidos de gestión. El premio consuelo de la alcaldía, para quienes están dispuestos a dejar el cargo si se convocara a elecciones generales, no nos trae la mejor de las expectativas. Y en este proceso, las garantías de una ciudad sin miedos ni inseguridades, ¿qué tan favorable les resulta verdaderamente a nuestros políticos? ¿Es rentable que la inseguridad deje de ser uno de los principales problemas del país? Por lo visto, por el momento no. 

 

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