Metallica y el thrash metal

Metallica y el Thrash Metal: A propósito del 72 Seasons

"El vocablo “thrash” significa, literalmente, “paliza” y referiría a la sensación física que queda después de participar en un concierto, aunque el verdadero origen de su uso se remonta a una reseña que hiciera el periodista musical Malcolm Dome en la revista especializada en rock duro Kerrang!, acerca del álbum debut del quinteto neoyorquino Anthrax... Increíblemente, a pesar de sus cuarenta años de existencia y de la infinidad de notas en inglés disponibles en internet, todavía hay redactores de la prensa convencional que se equivocan groseramente y escriben “trash” –“basura” en inglés- cada vez que mencionan este estilo..."

[MÚSICA MAESTRO] Hubo un tiempo en que los discos de Metallica te sorprendían y enganchaban desde la primera escucha. Concretamente me refiero a los cinco álbumes (y medio, si consideramos The $5.98 E.P. – Garage days re-revisited, de 1987, la primera grabación que hicieron con el bajista James Newsted tras el trágico accidente que le quitó la vida, prematuramente, a Cliff Burton, en septiembre de 1986) publicados entre 1983 y 1991.

Cómo olvidar el impacto de aquellas canciones abridoras -la tormenta de guitarras al inicio de Hit the lights (Kill’em all, 1983), la tensa calma acústica que anticipa las feroces Fight fire with fire (Ride the lightning, 1984) o Battery (Master of puppets, 1986), la marcha in crescendo de guitarras gemelas de Blackened (… And justice for all, 1988) o el pesadillesco arpegio que hoy todos reconocemos de inmediato como Enter sandman (Metallica, 1991). Podría decir que recuerdo los momentos exactos en que escuché esas canciones por primera vez, echado en la cama luego de hacer las tareas del colegio -con excepción del «álbum negro» que salió durante mi primer año de universidad-, y las sensaciones que me produjeron: euforia, vértigo, emoción y hasta algo de temor, coronado con las ganas de escucharlas de nuevo. Una vez. Y otra, y otra…

Y, si bien es cierto no ocurre lo mismo desde hace ya más de 25 años -con la salvedad del excepcional disco doble de covers Garage Inc. (1998)- es también justo decir que la banda se viene reivindicando desde su retorno a las arenas thrashers y que, además, no es cualquier cosa acercarse a los sesenta con la misma energía -su interpretación de Master of puppets en el show de Jimmy Kimmel dice bastante del buen nivel que posee la banda actualmente- para ejecutar canciones de intensa sonoridad, rapidez, longitud y dinamismo como las que acaba de publicar Metallica en su décimo segundo disco oficial, lanzado en abril de este año, a solo tres meses de cumplirse cuatro décadas de la aparición de Kill’em all, la frenética carta de presentación del cuarteto, entonces conformado por James Hetfield, Lars Ulrich, Cliff Burton y Kirk Hammett, el último en llegar tras la abrupta salida de Dave Mustaine -futuro líder de Megadeth, otros titanes del género- por “excesos relacionados al consumo de alcohol”, algo parecido a lo que Black Sabbath hiciera con Ozzy Osbourne en 1979 -como si los otros tres hubieran sido abstemios en ese tiempo.

La inventiva quizás ya no es la misma -ninguna de las doce canciones del 72 seasons se acerca a lo que construyeron en clásicos de su repertorio inicial como Whiplash, Creeping death, One o Damage Inc.– pero composiciones como Rooms of fire, Shadows follow o Lux æterna (el primer single del nuevo álbum) califican como la continuidad -ligeramente opacada por los años- de un brillante legado que parecía haber muerto de manera definitiva tras los aburridos intentos de alejarse de sus raíces -hablo del díptico Load/Reload de la segunda mitad de los noventa- que, salvo algunas conexiones con aquel exitoso álbum de 1991 que los convirtió en superestrellas, no tuvieron mucho que ofrecer para la comunidad metalera mundial, aunque sí llegaron lejos en los rankings.

Como sabemos, el thrash es el subgénero metálico que más pasiones y lealtades despierta, característica que Metallica llevó al extremo, generando entre sus seguidores más fieles la pertenencia a una hermandad o un ejército (similar a lo que ocurre con Kiss). El vocablo “thrash” significa, literalmente, “paliza” y referiría a la sensación física que queda después de participar en un concierto, aunque el verdadero origen de su uso se remonta a una reseña que hiciera el periodista musical Malcolm Dome en la revista especializada en rock duro Kerrang!, acerca del álbum debut del quinteto neoyorquino Anthrax, Fistful of metal (1984) que contenía el himno Metal thrashing mad. Increíblemente, a pesar de sus cuarenta años de existencia y de la infinidad de notas disponibles en internet, todavía hay redactores de la prensa convencional que se equivocan groseramente y escriben “trash” –“basura” en inglés- cada vez que mencionan este estilo.

Muchos coinciden en que el thrash metal es el primer subgénero extremo derivado del hard-rock. A diferencia de las aristas que decantaron hacia el oscurantismo satánico -black metal- o la escatología -death metal-, los temas recurrentes en las letras del thrash son la crítica social y política, la soledad y camaradería de quienes son diferentes, las causas/consecuencias de la locura, los horrores de la guerra. Aunque definitivamente siempre hubo cruces entre estas tres vertientes -como por ejemplo en los casos de Slayer, Possessed o los brasileños Sepultura (entre 1986 y 1995)-, las características sónicas del thrash, entre lo melódico y lo técnico, con altas dosis de velocidad y agresión, son bastante reconocibles en sus principales exponentes. Buenos ejemplos de clásico thrash metal son, entre muchas otras, Into the pit (Testament, 1988), Caught in a mosh (Anthrax, 1987), Wake up dead (Megadeth, 1986) o Die by the sword (Slayer, 1983).

72 seasons se grabó entre marzo del 2021 y noviembre del 2022, con la producción a cargo de Greg Fidelman, bajo la atenta mirada y supervisión -cómo no- de Hetfield y Ulrich. Fidelman ha estado en los estudios con la banda en sus cuatro últimos trabajos discográficos. Y el resultado es bastante predecible. Metallica no suena como antaño, pero después de varias pasadas, el disco va madurando y tomando forma en sí mismo -algo que también ocurre con los anteriores Hardwired… to self-destruct (2016), Death magnetic (2008) e incluso con el extraño y, por varios motivos, decepcionante Lulu (2011), grabado a dúo con Lou Reed (1942-2013), exlíder de The Velvet Underground, una asociación que a primera vista resulta impensable y hasta absurda.

72 seasons genera, a un tiempo, varias satisfacciones -los solos de Hammett a lo largo del álbum, el sólido protagonismo del bajista Robert Trujillo, los recuerdos del … And justice for all en If darkness had a son– pero también algunas dudas, respecto de su compromiso con el género que ayudaron a formar. El sonido que exhibe Metallica desde hace más de un cuarto de siglo es una combinación de thrash con el groove metal de Pantera, Meshuggah o Machine Head, bandas que se inspiraron en aquella generación de adolescentes desadaptados que armaron la escena de la bahía de San Francisco, en la Costa Oeste, lideradas por aquellos cuatro jinetes ebrios y furiosos que parecían darlo todo por el thrash, decididos a ser los más rápidos y ruidosos del mundo, destrozando todo a su paso -muchas veces, literalmente hablando.

Como se refleja en un documental del año 2020, la comunidad de jóvenes músicos norteamericanos afincados en barrios blancos de San Francisco, que reaccionó a la andanada de excelente hard-rock que llegaba en vinilos desde Europa, desde bandas setenteras como Thin Lizzy, UFO, Scorpions, Deep Purple o Rainbow que dieron origen a la New Wave Of British Heavy Metal, de la que surgieron Iron Maiden, Saxon, Diamond Head, Judas Priest, Venom o Mötorhead -aunque es sabido que los dos últimos jamás se sintieron parte de la NWOBHM- fueron construyendo su propia escena en la más absoluta precariedad, con recursos mínimos y medios autogestionados de grabación, organización de conciertos y difusión, a través de fanzines e intercambio de cassettes. De hecho, la primera grabación de la que se tiene registro de la alineación original de Metallica -con Ron McGovney en bajo y Dave Mustaine en primera guitarra- es una cinta pirata titulada No life ‘til leather -primera línea de la letra de Hit the lights- de 1982, que el mismo Lars Ulrich, entonces un muchachito de 19 años, hizo circular incluso enviándola a otros países por correo.

Entre las dudas que genera 72 seasons está la obsesión (ya no tan) nueva por estar en todos lados que ha desarrollado la maquinaria comercial que ahora es Metallica. Es la segunda vez que producen un videoclip por canción -la primera fue para el álbum Hardwired… to self-destruct-, para estar al día con la monetización de YouTube y otras plataformas digitales, combinando su perfil de metaleros incombustibles con imágenes coloridas influenciadas por videojuegos, avatares, cómics y una estética de superhéroes -continúan las semejanzas con Kiss-, acciones publicitarias que habrían recibido el rechazo de ellos mismos en sus años juveniles, levantando el grito de guerra “posers must die!” (“¡los poseros deben morir!”) que Hammett recuerda en el citado documental, cuyo título –Murder in the front row (Adam Dubin, 2020)- proviene de Bonded by blood, tema-título del álbum debut de Exodus, otra de las bandas que ayudó a consolidar el thrash como estilo y que tuvo entre sus fundadores, en 1979, a un quinceañero Kirk Hammett.

Otro aspecto es la necesidad que tiene la banda de justificar sus canciones, una autoimposición que responde a mitigar potenciales controversias que terminen bloqueando su exposición en internet. Esto con relación al “disclaimer” que Metallica publica como sumilla en YouTube para presentar el video de Screaming suicide, otro de los surcos de 72 seasons. Además de una advertencia generada por la plataforma de videos en que se menciona que la canción toca “temas de suicidio o autolesiones”, Metallica -a través de su sello Blackened Recordings- se toma el trabajo de explicar a la comunidad cibernauta que “el tema incluye una palabra tabú, suicidio. Su intención es comunicar acerca de la oscuridad que todos sentimos dentro…” La declaración viene acompañada de un listado de websites de apoyo e información para individuos con ideas suicidas.

No se puede negar el sustrato positivo de esta acción, en especial en estos tiempos en que las redes sociales promueven comportamientos de riesgo que incluyen, por supuesto, la publicación de tutoriales sobre cómo quitarse la vida. Pero también es un poco extraño ver a un grupo como Metallica sometiendo sus decisiones artísticas ante la posibilidad de ser malinterpretados, una situación contra la cual muchos lucharon explícitamente a mediados de los ochenta, cuando el embate de la PMRC (Parents Music Resource Center), una asociación de esposas de congresistas de los Estados Unidos, liderada por Tipper Gore -en ese entonces casada con Al Gore- conminó a los sellos discográficos a colocar etiquetas en los discos que advirtieran acerca de los contenidos de las letras de diversos géneros musicales. En aquella ocasión, en 1985, reconocidos músicos como Frank Zappa, John Denver y Dee Snider -vocalista de Twisted Sister- lideraron la defensa de los derechos de libertad de expresión y creatividad de los artistas incluidos en aquella censura. ¿Se imaginan si Metallica hubiera tenido que explicar las letras de Fade to black o Welcome home (Sanitarium), dos de sus clásicos, que también hablan abiertamente de este tema?

Pero volvamos al último disco, cuyo título -72 seasons- alude a los primeros 18 años de nuestras vidas, “el periodo en que se forma nuestro ser sea el verdadero o el falso”, en palabras del grupo. James Hetfield (59), Kirk Hammett (60), Lars Ulrich (59) y Robert Trujillo (58) -en Metallica desde el año 2003- no están inventando la pólvora ni mucho menos. Canciones como Inamorata -la más larga del álbum con casi doce minutos-, Sleepwalk my life away o el tema-título– son pródigas en riffs poderosos, baterías incansables y solos electrizantes, con letras que hablan de emociones oscuras, mentes perturbadas y esa agresividad que, de vez en cuando, todos necesitamos desfogar usando diferentes herramientas generadoras de catarsis. Es saludable ver a nuestros ídolos del pasado recuperarse, por lo menos parcialmente, de aquella catatonia provocada por el miedo a perder vigencia -y por algunos demonios internos- y volver por sus fueros.

Sin embargo, al escuchar la última aventura musical de Metallica con intenciones comparativas, el disco no solo queda detrás de sus propios álbumes, sino que también va a la zaga de los más recientes disparos de sus contemporáneos, a pesar de que estos recibieron menos publicidad y merecieron muy poca atención del público en general. Por ejemplo, el año pasado Megadeth, con Dave Mustaine a la cabeza, editó el año pasado The sick, the dying… and the dead!, que desde sus primeros acordes hace saltar todo por los aires. Lo mismo podemos decir de discos como Titans of creation (2020) o Hate über alles (2022), de Testament y Kreator, respectivamente -otras dos leyendas del thrash que hace unas semanas ofrecieron un demoledor concierto en Lima, o de las últimas grabaciones oficiales de Slayer (Repentless, 2015) y Anthrax (For all kings, 2016). Aun así, 72 seasons supera las expectativas frente a una banda que muchos considerábamos ya fuera del juego metalero. Nada más lejos de ello.

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72 Seasons, heavy metal, Metallica, Música, Thrash Metal

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