Opinión

A propósito del fallo del Cuarto Juzgado Constitucional de Lima, declarando nulo el contrato de compraventa de las acciones de Epensa al Grupo El Comercio, es menester discutir sobre algunos problemas serios que subsisten en el mercado periodístico peruano, además del tema puntual citado.

En prensa escrita, más allá de la concentración refutada, hay barreras que impiden la libre competencia y acceso de nuevos competidores. ¿Sabía usted que a cualquier diario nuevo, los canillitas le cobran 5% más de comisión que a los diarios antiguos? Eso no debería estar permitido. Es como que los restaurantes nuevos paguen 23% en lugar de 18% de IGV por el solo hecho de serlo. ¿Sabía usted que la anterior empresa responsable de medir la lectoría no medía a los diarios nuevos si no recién después de su segundo año por un acuerdo en el que, felices ellos, participaron los grupos periodísticos más importantes, obligando así a cualquier diario nuevo a transitar por el desierto publicitario durante ese lapso? ¿Indecopi no tiene nada que decir respecto de ambos temas? Al parecer, el tema de la medición de lectoría acaba de cambiar, enhorabuena, pero hay que estar vigilantes para que no se reedite esa barrera de ingreso al mercado.

En el tema de la radio y la televisión, el mayor problema es que los gobiernos últimos vienen postergando una y otra vez el apagón analógico, que al abrir las señales al campo digital permitiría transitar de los actuales siete canales de señal abierta a que hubiese por lo menos cien. Y en el caso de la radio (que debió empezar el 2004 con la digitalización de la AM), multiplicaría por seis el número de estaciones vigentes.

El lobby de los actuales canales de señal abierta y de los “cableros” ha impedido que se produzca el apagón analógico mencionado, el cual permitiría la democratización del espectro radioeléctrico, al coadyuvar al ingreso en igualdad de condiciones de nuevos actores empresariales sin necesidad de tener que pagar fortunas por las señales ya existentes, que son pocas.

La libertad de empresa es condición necesaria para que haya libertad de prensa, pero si el propio Estado permite o dispone restricciones serias a la libre competencia en este sector empresarial, restringe la posibilidad de acceso de los ciudadanos a un mercado informativo libre y democrático.

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Indecopi, Libertad de prensa

En los últimos años han ido apareciendo algunos libros que, desde diversas ópticas académicas, examinan la práctica musical costeña. Algunos ejemplos de muestra: Celajes, florestas, secretos. Una historia del vals popular limeño (2009) de José Antonio Llórens y Rodrigo Chocano; Ritmos negros del Perú. Reconstruyendo la herencia cultural afroperuana (2009), de Heidi Feldman o Lima, el vals y la canción criolla (2012) de Gérard Borras muestran un interés por desentrañar el universo social y musical que late en este valioso archivo musical.

Lo mismo cabe decir de otros libros como Felipe Pinglo y la canción criolla. Estudio estilístico de la obra musical del bardo inmortal (2018), de Rodrigo Sarmiento o  Cantarureando/Canterurías (2020), volumen que reúne las letras de Chabuca Granda y permite una lectura integral de la obra de esta gran compositora. Sin embargo, es más escasa la atención brindada al género testimonial, a la palabra de los cultores que son, verdad sea dicha, los protagonistas de esta historia.

La aparición de Mi vida entre cantos (2018) de Alicia Maguiña retomó el ejercicio de la memoria y la voz propia. En los últimos tiempos, como aliviando el encierro, llegan a mi mesa de trabajo dos libros de factura reciente en los que dos figuras importantísimas de la tradición costeña ejercen, a viva voz, el ejercicio memorioso de desandar lo andado. Se trata de Guitarra criolla. Mi testimonio, de Willy Terry (2020) y Pepe Villalobos, el rey del festejo. Presencia de la música negra en el bicentenario (2021) diálogo entre Vicente y Tilsa Otta y un músico patriarca en las artes de jarana.

Willy Terry es una reconocida primera guitarra de nuestro medio. Su estilo es inconfundiblemente clásico, en términos del canon criollo: punteo exigente y a veces algo acrobático, trino en el ataque, síncopa cuando se debe y dominio sin cuestionamiento del bordón. A eso se suman las virtudes de una apreciable segunda voz. Terry ha escrito una memoria en la que además de recorrer retrospectivamente su experiencia deja constancia de la gratitud que guarda por sus maestros, entre ellos don Óscar Avilés. Un libro lleno de anécdotas, en un marco en el que resuenan por igual la melancolía y el ardor de la fiesta.

En tanto, Vicente y Tilsa Otta mantienen una larguísima conversación con Pepe Villalobos Cavero, figura cimera de la música costeña, miembro de distinguidos conjuntos musicales como el recordado Tradición Limeña, autor de valses como “Copas rotas” y de festejos que se han incrustado en nuestro seso como “El negrito Chinchiví”, “Mueve tu Cu Cu” o “Mi comadre Cocoliche”. Instumentista versátil (se entiende con el cajón, la quijada, la cajita y la guitarra), cantor de golpe barrioaltino (ya saben, eso de alzar el pecho) y padre de Victoria y José, continuadores, cada uno a su modo, de este noble linaje.

Dos maneras de revivir, en medio del encierro, la magia de eso que algunos llaman el “sonido limeño”, de recobrar, a través de la palabra y la memoria, la mano que pulsa sabiamente una guitarra o una voz vibrante, pícara, que nos saca de nuestros asientos a golpe de cajón. Que siga la música.

Guitarra criolla. Mi testimonio. Lima, edición del autor, 2020.

Pepe Villalobos, el rey del festejo. Lima: Editorial Horizonte, 2021.

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Guitarra criolla, Pepe Villalobos

Javier Heraud ha sido reconocido en París. La película sobre su vida fue elegida como la mejor en el XII Festival de Cine Peruano de la ciudad francesa. “Le Soleil Tournant” es el premio que cada año reciben las mejores producciones peruanas y que en su momento cintas como Wiñaypacha, El Limpiador y Viaje a Tombuctú obtuvieron. 

Conseguir el galardón peruano en tierras francesas le concede a La pasión de Javier un apoyo importante. Quizás el que no tuvo en su estreno. Además permite traer a la memoria la corta vida del escritor y más aún reflexionar sobre personajes como este que han sido antisistema. Ponerlo en valor también es reconocer el riesgo que tomó su director Eduardo Guillot al retratar al poeta guerrillero.

La historia que relata esta película está comprendida dentro de los últimos años de vida del poeta Javier Heraud. Desde su ingreso a la Universidad de San Marcos, su viaje a París, pasando por su estadía en Cuba y finalmente el desenlace que todos conocen en Madre de Dios. 

La producción tomó en cuenta las décadas de los 50’s y 60’s, a la hora de ambientar los diversos lugares de la filmación y al margen de un par de errores mínimos que se puedan advertir; este es un aspecto muy destacado. Como también el hecho de haber grabado en diferentes locaciones dándole un aire muy verosímil a la narración. En la propuesta visual es evidente que hay un ojo tras la cámara con experiencia que sabe dónde colocarse y generar la atmósfera adecuada. 

La pasión de Javier es una película idealista, probablemente bajo la misma perspectiva de su personaje real. Así como Javier Heraud arriesgó su propia vida con la idea de conseguir una sociedad más justa. Guillot puso en el écran a un personaje que pudo haber generado las reacciones más iracundas de rechazo y asumió ese reto. 

Este proyecto, que para su director ha sido completamente personal; demoró diez años para convertirse en realidad. Contó con el financiamiento de la Dafo, Ibermedia y algunos productores independientes. Dijo Guillot que Heraud fue un romántico mientras él se emocionaba hasta las lágrimas en su estreno. 

Por otro lado, Stefano Tosso, el protagonista, ha recibido diversos comentarios con respecto a su actuación. Pareciera que la crítica no se ha puesto de acuerdo sobre la caracterización que hizo del poeta limeño. Más bien, es en el reciente festival francés donde los calificativos positivos han sido mayoritarios. Este es sin duda, el mejor trabajo hasta el momento, del hijo del desaparecido cómico Ricky Tosso.

Una tarea pendiente para el director también de Caiga quien caiga podría ser la homogeneidad en su dirección actoral. Por un lado están actores como Lucho Cáceres, quien encarna al padre de Heraud y que destaca por su naturalidad. Al igual que Tommy Parraga que recientemente también se lució en la película Canción sin nombre y que se muestra convincente en su rol una vez más de guerrillero. Mario Vargas Llosa en la piel de Sebastián Monteghirfo y Oscar Meza por su lado como Razzetto. Frente a otros personajes que no resultan tan convincentes, pero que son actores que han dado la talla en otras producciones. 

Este largometraje también es una oportunidad para ver uno de los últimos trabajos de la recordada actriz Sofia Rocha en el papel de la madre del escritor. Actualmente la cinta se puede apreciar en una conocida plataforma de telefonía digital.

La industria cinematográfica sigue luchando por mantenerse en medio de esta pandemia. Las restricciones que aún existen para la apertura de las salas de exhibición es uno de los motivos de esta incertidumbre. Esta situación es más compleja aún para el cine de autor que no siempre puede acceder a las plataformas de streaming. Sin embargo, hace ya dos años se estrenó en Perú  La pasión de Javier y su recorrido por festivales internacionales continúa. Un logro más frente a la coyuntura actual y una posibilidad hoy para revisar la historia. 

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Eduardo Guillot, Javier Heraud, La pasión de Javier

Ante Colombia, funcionó todo. Ante Ecuador, días atrás en Quito, también. Y ha vuelto a suceder ayer, al menos en el segundo tiempo. Perú ha librado tres partidos con lo justo, sufriendo, como en los viejos tiempos. Esto es solo posible cuando todo funciona, si todos juegan bien, si cada uno de los peruanos tienen rendimiento alto. 

Perú es un equipo corto y frágil. Corto porque cuenta con doce o trece jugadores al mismo nivel, no más. De hecho el único suplente que parece titular es Aquino. El resto son muy nuevos, están ya de salida, o necesitan más minutos para demostrar.

Es frágil porque en la cancha, si una pieza falla, se desmorona el colectivo. Si se falla un penal. Si un foul termina en roja. Si el árbitro inclina la cancha. Si el lateral no cierra la banda. Si al arquero se le escapa la pelota. Si la que tenemos no entra.

Perú solo gana si se alinean los planetas. Si ese palo salva el gol en contra. Si Gallese saca una mano milagrosa. Si Bolivia pierde puntos de local. Si Guerrero la aguanta y saca la pierna. Si la toca (la tocó!) Ospina. Si la pelota entra por dos centímetros y hay VAR. O si el VAR le quita cuatro, cinco goles a Suárez y Cavani.

Perú gana si es que no hay eclipse ese día. Gana si los once en cancha están metidos y cumplen sus roles. Más aún, si no faltan Advíncula y Trauco, Abram, Tapia y Yotún, el mejor Guerrero, Carrillo y Cueva. Es decir, gana si podemos alinear el mismo once un partido tras otro, como cuando fuimos a Rusia. Y esa es, sí, una utopía. 

Que López y Callens funcionen no es un descubrimiento, es una casualidad. Hasta que se confirme lo contrario. Lo van a demostrar partido a partido, cuando en uno la hagan bien y en otro ya no tanto. Y para lograr consistencia se necesita rodaje. Lo mismo con Peña siendo un volante confiable o con un Ormeño siendo opción de cambio.

Lo único que parece confirmarse es Lapadula. Y qué buena noticia es esa. Que ese nueve italiano, que corre como trotando, que parece va cojeando por el campo, que ese sea el nuevo guerrero (con minúscula) es hoy una hipótesis que se va validando. Ante Ecuador en Quito hizo la diferencia. Ante Colombia fue pieza clave. Y de nuevo ante Ecuador encontró dos y las convirtió en gol.

Gianluca Lapadula parece destinado a hacer algo grande con esta selección. Y todo se debe a su actitud. Juega bien y el equipo lo entiende. Pero su mayor virtud es la mentalidad. Su cerebro está programado para encontrar espacios, ir al choque, buscar el balón largo, marcar el pase, gambetear, y celebrar los goles como si de una final del mundo se tratara.

Para Perú, un equipo sin recambios, hacer un gol es una epopeya. Y eso Lapadula, tirado de rodillas en el piso en cada celebración, lo siente. A Gareca hoy le toca plantear el ataque peruano alrededor del italiano, como hace cuatro años se hizo con Guerrero. Hay que cuidarlo, seguir acogiéndolo, y darle ese lugar protagonista que él busca. No se me ocurre mejor alimento para un delantero con su estilo que la titularidad, la camiseta 9 y el sistema de juego orientado para él. 

Así y todo, Gareca no tiene recambios, los tiene que crear. Y esa es una de sus virtudes más notables. El argentino ha entendido desde siempre que el fútbol peruano es una cuna de talento inestable y espontánea. Su triunfo es ganar con todo ello, aunque parezcan eventualidades o casualidades. Pero no lo son. Gareca pone a disposición del equipo la mentalidad adecuada. Es una pausa. Es el pensá convertido en un estándar permanente. Y el equipo lo recibe. Con esa docilidad de jugador de liga menor, que para ganar sólo puede cumplir. 

Porque es una utopía pensar que Perú puede ganarle siempre a sus rivales. No se le puede exigir tanto. A un Brasil donde todo los once titulares pelean la Champions League cada año. O una Colombia con jugadores protagonistas en Europa. O la Argentina aún de Messi y Chile con una generación de oro que resiste irse. 

Pero Perú, pierda o gane, su gran motivación es dar pelea y hacerle la vida imposible al rival. Tiene jugadores para eso. Y, sólo si todos juegan bien (y Lapadula) tenemos opción de ganar. 

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Gianluca Lapadula, Perú, Ricardo Gareca

Tiene razón Pedro Francke cuando señala que no se necesita cambiar la Constitución para cambiar de política económica, por lo menos aquella que el equipo económico de Pedro Castillo encabezado por él plantea desplegar.

El único punto donde señala divergencia es en el tratamiento equitativo a la inversión nacional y extranjera. No resulta muy racional que se les distinga, pero si, en fin, quiere hacerlo, pues que proponga la reforma del artículo correspondiente y abandone la peregrina idea de llevar al país, a pie forzado, a la larga marcha de una Asamblea Constituyente.

Podría convencer a Acción Popular (17 congresistas) y Alianza para el Progreso (15) que se sumen a esa iniciativa y con los 42 que ya tiene (37 de Perú Libre más 5 de Juntos por el Perú) lograría 74 votos, el número suficiente para aprobar una reforma constitucional en primera instancia que luego sea aprobada en un referéndum.

En cambio, insistir en una Asamblea Constituyente es un suicidio político. Ni la ciudadanía lo quiere ni la realidad congresal lo permite. La única forma de llevarla cabo pasa por conducir al país al reino absoluto de la incertidumbre política por lo menos durante dos años, en desmedro de la estabilidad que justamente el eventual gobierno de Castillo va a necesitar para aplicar su nueva política económica.

Solo podría hacerlo disolviendo el Congreso, con lo cual el horizonte político pasaría por una nueva elección congresal. Si allí consigue al menos los 65 votos para aprobar el cambio del artículo 206 que agregue la potestad al Ejecutivo de convocar a un referéndum para elegir una Asamblea Constituyente, recién tendría que convocar a un primer referéndum para aprobar esa reforma.

Luego de ello, si ese referéndum le resulta favorable, tendría entonces la capacidad legal de convocar al segundo referéndum esta vez para preguntarle a la ciudadanía si está de acuerdo con convocar a una Constituyente. Si gana esa consulta popular, recién entonces podrá convocar a elecciones para conformarla. Y solo si gana a su vez esa elección y logra mayoría en la Asamblea, podrá cambiar la Constitución a su antojo, en un proceso deliberativo que no durará menos de nueves meses.

Todo ello supondrá al menos resignar dos años de gobierno en medio de absoluta zozobra política, a la espera del resultado final. Inversiones paralizadas, agentes económicos en suspenso, consecuencias negativas para la economía, que más bien debería fluir aprovechando el super ciclo de precios de materias primas que se avecina. Ojalá Francke entre en razón y consiga lo propio con el maestro Pedro Castillo.

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Asamblea Constituyente, Pedro Castillo, Pedro Francke

UNO

 “Ud. representa una corriente para la cual, la democracia es buena hasta donde sirve a sus intereses. Pero, cuando deja de servir a sus intereses, puede ser sustituida por una autocracia, como la de Chile”.

“Cambio de Palabras” – Entrevista a Pedro Beltrán (1978).

Probidad era el rasgo intrínseco de José Luis Bustamante. Abogado, jurista, escritor y político. Ganó las elecciones con el Frente Democrático.

Su gobierno se caracterizó por el goce de las libertades públicas.

Era 1945 y la oligarquía no aprobaba las reformas de Bustamante (el control de cambio), que era una “molestia” para los exportadores. Igualmente puso restricciones a las importaciones; quienes también formaron cola para putearlo.

Si bien el Apra era su aliado, no tardaron en criticarlo cada vez que podían. El Presidente no le prestaba atención a sus pedidos desmedidos. Por lo que pasaron a ser oposición. En 1947 sufrió una huelga parlamentaria (¿?); por lo tanto, Bustamante gobernó sin Congreso.

Por tal motivo, formó un gabinete militar. Siendo Odría su Primer Ministro. Craso error. El personaje de marras, tenía el apoyo del sector minero; lo aprovechó y se sublevó.

DOS

“Pero con decenas de oficiales que le deben favores. Aunque este retirado y sea un tonto, un general es un general. Es decir, más peligroso que todos los apristas y rabanitos juntos”.

Cayo Mierda  – “Conversación en la Catedral”.

Hugo Chávez, era militar con leales, en puestos claves del Ejército, y tenía el apoyo de la clase dominante. Esa es una diferencia inequívoca con respecto a Pedro Castillo, que prácticamente salió de la nada. Era un profesor de primaria que derivó en dirigente sindical.

De ahí a pensar que haría del país una segunda Venezuela, lo dudo seriamente. En primer lugar: la sociedad civil no lo permitiría. Jamás. En el Congreso su influencia es limitada. ¿Entonces, en qué quedamos?. Debemos exigirle que se centre en los problemas urgentes del país: vacunas y revitalizar la economía. Y aprender a ser político.

Eso sí, debe distanciarse de Cerrón o aprender a controlarlo.

Cerrón, es el típico político izquierdista charlatán, cree aún vivir en los años sesenta. Ni siquiera elucubra que así le hace más daño a Castillo.

TRES

“No quieren que cambie la política. Lo llamaron para que limpie la casa de cucarachas. Ya lo hizo y ahora quiere que les devuelva la casa, que, después de todo, es suya ¿no?

Cayo Mierda – “Conversación en la Catedral”

En 1962 ganó Haya de la Torre y como no logró el máximo requerido, (33%) según la Ley Electoral, el Congreso debía definir el próximo Presidente. No había segunda vuelta. Pero las FF.AA (educadas por la derecha) pensaban que el Apra eran poco, menos que el Diablo en persona, para la democracia peruana.

Y hubo Golpe Militar. El 63 hubo nuevas elecciones, que ganó, ajustadamente, Belaunde.

Haya se unió a Odría (quien había perseguido, exiliado y matado apristas) en una coalición. Y le hicieron la vida imposible a Belaunde. Le censuraron 5 gabinetes al Arquitecto, impidiéndole hacer reformas significativas.

CUATRO

“Con diez millones de soles no hay golpe de Estado que falle en el Perú, don Cayo” – Fermín Zavala – “Conversación en la Catedral”

Solo los mueve su propio interés y para llegar a ello (que es obtener dominio y poder sobre el ambiente), pueden llegar a simular: “amor, compasión o sentimientos de amistad”; solo hasta conseguir sus objetivos. Esa es la característica intrínseca de una personalidad psicopática.

La lógica de un psicópata, es una lógica de tipo militar: de objetivos, tácticas y estrategias. Es un militar impiadoso que sigue su objetivo, cueste lo que cueste.

El líder común consensua, pacta e inspira. El psicópata da órdenes a individuos cosificados.

En 1990 Alberto Fujimori destruyó los partidos políticos. Se confabuló junto a Montesinos y Bari Hermoza, Comandante de las Fuerzas Armadas, para gobernar, sin impedimentos, durante 10 años.

Años después, Keiko está destruyendo a la derecha, y dejándola en evidencia.

¿Y las Fuerzas Armadas? A excepción del golpe de 1968, casi siempre fueron sirvientes de la Plutocracia.

¿Y ahora también?

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Apra, Haya de la Torre, Hugo Chávez

En los cuentos para niños cuando un gigante entra en estado de rabieta y golpea el piso con manos y pies éste retumba pudiendo causar muy graves daños a su alrededor. Se trata de un proceder irracional que no mide las consecuencias de que no se haga lo que su mera voluntad le mande. Hoy vemos que ese gigante que es la derecha bruta y achorada, al haber perdido las elecciones, ha entrado en un estado de pataleta que se está llevando consigo la poca institucionalidad que hemos podido construir en todos estos años de democracia.

Con una insensata y muy poca creíble campaña de fraude, el fujimorismo aupado en esa derecha obtusa, racista y corrupta, ha llegado al extremo de la sedición haciendo un llamado al golpe de estado con tal de no permitir que la voluntad de la mayoría se concrete y Pedro Castillo sea, por fin, proclamado como presidente la república.

Los mismos generales de ninguna batalla que sólo usaron su poder y su rango para ponerse de rodillas ante el criminal y traidor de Vladimiro Montesinos, hoy como ayer, vuelven a firmar un acta de sujeción al autoritarismo corrupto al que siempre sirvieron. No les interesa ni la democracia, ni protegerla, lo único de lo que son capaces es de seguir sirviendo de guachimanes con galones a los señores de siempre que se niegan a dejar el poder que durante doscientos años mantuvieron a sangre y bala.

Las cosas ahora han cambiado y no sólo tenemos instituciones sino una ciudadanía vigilante y poco dispuesta a dejar que el triunfo contra la corrupción le sea arrebatado. La pataleta de la señora Fujimori fue la principal causante de estos cinco años perdidos por la inestabilidad política a la que nos sometió, regresándonos al siglo XIX donde hemos contado cuatro presidentes en cinco años. Hoy amenaza con más de lo mismo. Saben bien ella y la derecha que representa que han sido legítimamente derrotadas en las urnas, pero seguirán haciendo lo que esté en sus manos para no aceptar los resultados.

La persona acusada de liderar una organización criminal no ha tenido escrúpulos en rodearse de sus co-investigados desobedeciendo las reglas de un tribunal timorato que ahora es incapaz de hacerlas cumplir. Lo cierto es que eso sólo muestra el desprecio atávico del fujimorismo por las instituciones, la ley y las buenas maneras. Han tenido que sacar de su sarcófago a personajes como Lourdes Flores para que haga lo que mejor sabe, defender lo indefendible, lo han hecho porque ningún jurista ni político que se respete se prestaría a un juego tan nefando como el propuesto por el fujimorismo de patear el tablero si no se hace lo que ellos quieren.

Lo cierto es que sólo cabe esperar que el Jurado Nacional de Elecciones sea capaz de hacer cumplir sus propias normas y resuelva de una manera justa y oportuna la maraña de leguleyadas planteadas para torcer la ley. Es su deber con la ciudadanía y la democracia no ceder al poder, el chantaje y hacer cumplir la voluntad de un pueblo que ya eligió su destino votando mayoritariamente por la opción popular que representa Pedro Castillo.

Ahora lo importante para el nuevo gobierno de Castillo es asegurar la estabilidad y gobernabilidad que necesitará para llevar a cabo las reformas que planteó en el Plan Bicentenario. Para ello, es necesario que se aleje de los enloquecidos furores de ese ideario, que es una loa a la desmesura hasta cierto punto entendible, de un pueblo históricamente excluido y empobrecido. Los votantes de Castillo en la segunda vuelta, aquellos que le dieron el triunfo, votaron por el Plan Bicentenario y para que la corrupción no se hiciera otra vez del poder. Para gobernar el Perú hace falta llegar a consensos mínimos que pasan por escuchar a todos. A partir del 28 de julio Castillo será el presidente de todos y tendrá que gobernar para todos, en especial para aquellos que no votaron por él y representan casi la mitad de los electores. No puede, por tanto, pretender gobernar de manera sectaria y de espaldas a la realidad.

En este contexto tan complejo le cabe un papel crucial y hasta histórico a Verónika Mendoza. Ella y el equipo de Nuevo Perú son los únicos que le pueden dar estabilidad al régimen que está por nacer. No se trata de copar ni de captar, se trata de tener sentido de la oportunidad y ser la garantía de un gobierno que de tranquilidad a tirios y troyanos. Este triunfo tiene un sentido histórico muy importante, significa la primera vez en nuestra historia republicana que la izquierda llega al poder por haber ganado unas elecciones. El principal objetivo de la derecha será el fracaso de este intento del pueblo por dirigir su propio destino. Es mucho lo que está en juego, por eso se necesita de la unión de todas las fuerzas progresistas. No es tiempo para cálculos personales y oportunistas. Por ello, desde las filas de Perú Libre deberían aceptar que para gobernar el Perú se necesita del concurso de sus aliados.

Por otro lado, Mendoza debe asumir el destino que la historia le ha deparado y ponerse al servicio de la patria. A los grandes políticos se los conoce no por los cargos que ocupan sino por aquellos a los que están dispuestos a renunciar cuando las circunstancias lo requieren. Lo hicieron Haya de la Torre y Barrantes en su momento.  Pedro Castillo tiene hoy la enorme responsabilidad de darle viabilidad a lo que será su gobierno, le toca ordenar la casa y definir claramente con quienes gobernará. El Perú no está para más esperas y titubeos cuando la muerte asecha nuestros hogares y cuando el fantasma del golpe de estado vuelve a rondarnos.

Que Castillo vaya organizando lo que será su gobierno mientras Fujimori siga con su pataleta. A él le toca conjurar a los fantasmas del golpe y del comunismo. Mientras los extremos se enfrentan a él le toca hacer lo que haría todo estadista, pensar y ver más allá de la coyuntura. En la gigantomaquia griega, los dioses necesitaron de un simple mortal para vencer a los gigantes. Hoy los peruanos necesitamos que el sencillo profesor rural empiece a trabajar para levantar juntos al país de los escombros en los que se encuentra.

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Fraude electoral, Keiko Fujimori, Verónika Mendoza

La resistencia fraudulenta del fujimorismo, frente a su derrota electoral y la muy probable prisión de su lideresa, evidencia algunas verdades históricas desconocidas u olvidadas  por nuestras élites informadas, pero muy tangibles en este contexto. Como Keiko Fujimori se defiende hoy con lo que tiene y puede, deja flancos que develan las mecánicas y formas políticas de su facción. Es así siempre: las redes de poder, las convicciones y los objetivos económicos se explicitan en la coyunturas políticas urgentes y polarizantes.

Ha quedado bastante claro, una vez más, que a los principales promotores del liberalismo en el Perú (y sobre todo a los inversionistas de nuestro oligopólico mercado) no les interesan las libertades políticas y la democracia que vitorean según conveniencia, siendo que sólo buscan asegurar un régimen económico que les permita seguir acumulando, así sea vía corrupción millonaria. No contentos con haber co-diseñado e implementado una campaña electoral llena de mentiras, prejuicios y racismo, a través de una aplanadora mediática corporativa (no periodística), han pasado luego, con intentos desesperados y totalmente infundados, a denunciar fraude electoral. Felizmente hay cada vez más voces autorizadas, nacionales e internacionales, que descartan esta grotesca falsedad.

Un temerario camino inicial que ensayaron, y que en las últimas horas ha perdido fuerza por ser claramente inconstitucional, fue sugerir nuevas elecciones a partir de presionar al Jurado Nacional de Elecciones con masivos e injustificados pedidos de nulidad de actas. Con la ONPE también quisieron hacer lo mismo. Hasta el momento han sido derrotados, más que nada por la opinión pública, en calles y redes. El otro frente de batalla que han elegido es el Tribunal Constitucional – a punto de ser renovado por un congreso conservador y muy poco confiable -, pues han presentado una acción de habeas data donde piden las listas de electores con firmas, de tal manera que se pueda demostrar lo que aseguran hubo: reemplazos de votantes y de presidentes de mesa. No lo dicen, pero buscan lograr que algunos electores accedan a decir que votaron de tal forma que el conteo de su mesa no cuadra. Desde luego, esto dinamita el sistema electoral de cualquier país, que se basa en la confianza hacia los ciudadanos voluntarios que administran las mesas de sufragio, y que protege, por obvias razones, la condición secreta del voto. La treta tiene para largo, y será la primera escaramuza que planteará la derecha para debilitar el ya inminente gobierno de Pedro Castillo. Menos mal que hoy los militares no tienen el poder de facto que antes tenían, y por eso no pasan de gestos bravucones por parte de su personal retirado.

Nada de esto es nuevo. Desde 1821, nuestro empresariado es pobre de espíritu, lo que lleva a la pequeñez política y la corrupción. Pese a su enorme tendencia a la concentración de riqueza, casi ninguno de sus hombres ha tenido la grandeza de querer empujar la transformación del país con inversión de valor agregado y creatividad tecnológica. Ninguno ha tenido la obsesión de conquistar el mundo a partir de una innovación productiva que incluya a las mayorías de su país y lo coloque en la historia de su tiempo. Heredaron un modelo primario-exportador de renta exorbitante para muy pocos mercantilistas, y con una mayoría explotada que lo sostiene además de unos cuantos clasemedieros, y lo defienden con uñas y dientes. Googleen el prólogo de Pablo Macera a la reedición de Ensayo sobre la industria algodonera en el Perú (1849), de Juan Casanova, y encontrarán interesantes detalles: el siglo XIX tuvo la permanente sombra de conspiraciones nacionales e internacionales para boicotear, y mejor aún impedir, cualquier esfuerzo destinado a conformar un mercado interno que asegure nuestro bienestar sin depender de los vaivenes del mundo desarrollado. No hace falta profundizar en el todavía nítido siglo XX, que ha estado lleno de regímenes militares dirigidos a bloquear este camino progresista, obviamente con apoyo internacional, estatal, y financiero. Odría, Morales Bermúdez (criminal condenado según la justicia italiana) y Fujimori – en fórmula contemporánea de dictablanda y con un escenario muy crítico que impidió ver la realidad – son los últimos, pero cualquiera que abra un libro de historia económica peruana podrá deducir, con facilidad, cuáles fueron los objetivos económicos de los diferentes gobiernos castrenses que hemos tenidos en los últimos 121 años, y sus conspiraciones para faltar a la voluntad popular expresada en las urnas. Desde luego, la derecha empresarial siempre ha tenido a los medios masivos de su parte – son sus dueños o socios – y los fortalecen haciendo de la vista gorda con una ley de medios que nos expropia un bien común (las ondas radioelectrónicas que permiten la señal de medios masivos) y se los entrega de por vida. 

Sin embargo, esta propensión histórica a desconocer las libertades y formas democráticas – cuando peligra el modelo económico – no sólo es natural a nuestra derecha política, sino también al liberalismo en sí mismo, siendo que se agudiza en el subdesarrollo, donde hay extrema desigualdad e instituciones políticas altamente frágiles. Es tiempo de desbaratar el repetido e desinformado lugar común de que el verdadero liberalismo es una narrativa en la que la libertad política y la económica van ineludiblemente juntas, porque esto fortalece a ambas partes. El liberalismo económico, desde Adam Smith hasta hoy, es una prédica y una prescripción al servicio del gran empresario capitalista, donde caben – sólo de modo complementario –  las libertades individuales o civiles (relativas a la opinión, la religión y la vida) pero nunca las libertades políticas que fundamentan la democracia, como son los derechos universales a elegir y ser elegidos. Esto no lo pudieron ofrecer tan fácilmente, porque ponía en riesgo el orden económico más propicio para sus negocios. Así que debió llegar por presión ciudadana, consolidándose recién a partir de mediados del siglo XX. La filosofía política de los clásicos del liberalismo, en realidad, es el utilitarismo decimonónico, cuyo gran principio analítico y prescriptivo plantea que todo individuo decide y actúa a partir de su vocación de acumular placer (beneficios) y evitar dolor (pérdida). Esta una premisa moral es muy funcional para el modelo de libre mercado, donde la concentración de capitales es natural, y necesaria para los volúmenes que algunos pretenden. Pero es muy nociva para la democracia, que es una igualdad política que implica participación general y compromiso solidario con lo común, lo que el utilitarismo petardea. La historia es elocuente: ninguna de las potencias capitalistas ha construido sus grandes ventajas materiales y competitivas con plenas libertades políticas (ni civiles, la verdad). Al interior de sus posesiones coloniales ni qué decir: esclavizaron y eliminaron. Hasta hoy los grandes poderes económicos, en alianza con gobiernos aliados, toman territorios estratégicos por la fuerza.

Así que los liberales y centristas peruanos de mayor registro cultural y bibliográfico (no son los empresarios, casualmente), que votaron por Keiko Fujimori o en blanco para evitar la presidencia de Pedro Castillo, tienen ahora bastante elemento para repensar la pregunta de si es posible una verdadera democracia en el capitalismo de libre mercado, sobre todo en sociedades tan rezagadas como la nuestra. También si una familia que convive con la muerte y la corrupción desde hace décadas, y que lidera una mafia política cuya voracidad destructiva no tiene límites, puede ser mejor opción que un docente rural honesto y comprometido, sea cual fuere la parada ideológica de éste. Está muy bien que ahora exijan respetar los resultados de las elecciones, pero eso no quita deban respuestas frente a la desubicación histórica y perniciosa de pretender un liberalismo democrático y honesto que no existe ni es posible en el Perú. No sorprende que Vargas Llosa opte por el fujimorismo en esta circunstancia: ¿cuándo un conservador colonial, atrevido en su ignorancia política y económica, ha celebrado a un presidente campesino? Pero sí es muy extraño que haya arriesgado tanto su prestigio cultural, apadrinando a la candidata fujimorista y promoviendo – a media voz para luego salvarse – la barbaridad ilegal de denunciar fraude. Nada es voluntario y casual entre los poderes del capitalismo occidental.

Ya se ha evidenciado en muchos auditorios que el capitalismo liberal se ha quedado sin respuestas frente a las crisis cada vez más duras que cíclicamente genera. También es indiscutible su fracaso en la era republicana del país y la región, así como su histórica violencia, que puede llegar a ser criminal cuando, en el horizonte político, aparece un cambio de régimen económico que hace peligrar sus millones venideros. Pero aun con ello, seguirán apelando al populismo y al miedo tribal como arma opositora, porque no tienen otras herramientas a la mano, y porque cerca de la mitad más conservadora del país (obviamente la más urbana) todavía es capaz de considerar mal menor a Keiko Fujimori. Tienen, sin duda, margen de acción para complotar ferozmente contra el gobierno entrante. Queda por verse si el activo de honestidad del profesor Castillo – no es chantajeable – y la creatividad progresista de los cuadros que hoy lo acompañan, logran resistir democráticamente los embates de la mafia, y aceleran los cambios estructurales que necesitamos desde hace dos siglos.

Según la última encuesta del IEP, un 66% de la población considera ganador de las elecciones del pasado 6 de junio a Pedro Castillo. Eso quiere decir que al menos un 16% de los votantes de Keiko Fujimori cree que el ganador fue su adversario.

A la vez, según la misma empresa encuestadora, un 69% desaprueba la actuación de la candidata de Fuerza Popular después del día de las elecciones. Eso quiere decir también que al menos casi un 20% de los votantes de Fuerza Popular no está de acuerdo con el modo en que su candidata se ha venido comportando, alegando fraude e impugnando el resultado de la ONPE.

No hay hasta el momento, reiteramos, prueba fehaciente o indicio poderoso e irrebatible de que la jornada electoral haya estado teñida de irregularidades en masa que hayan hecho que el conteo rápido de Ipsos o el oficial de la ONPE hayan sido tergiversados, otorgándole un triunfo ilegítimo al candidato de Perú Libre.

Por cierto, hacemos votos para que el JNE acepte revisar todos los recursos de impugnación, inclusive los presentados después de la hora, y hacemos lo propio para que el hábeas data presentado por abogados allegados a Keiko Fujimori prospere y hagan que la ONPE muestre los padrones electorales y así permitan a cualquier veedor ciudadano o político confirmar o desmentir la tesis del fraude.

En tanto eso no ocurra, sin embargo, la reacción política que disputa los resultados está siendo interpretada por la ciudadanía como una pataleta picona de la perdedora. Y eso le resta inmensa legitimidad opositora a la derecha aupada detrás de la excandidata de Fuerza Popular.

La derecha congresal tiene 44 votos en el Legislativo, los suficientes para bloquear cualquier reforma constitucional, la elección de magistrados del Tribunal Constitucional o de directores del Banco Central de Reserva. Tiene un poder inmenso que un sector de la ciudadanía espera que ejerzan con rigor y al mismo tiempo con inteligencia.

Si la derecha parte del no reconocimiento del triunfo de Castillo y lo considera ilegítimo, sin pruebas de su creencia, lo más probable es que los siguientes años (los que dure el nuevo Congreso), la labor de este segmento ideológico de la clase política peruana sea una dedicada al sabotaje antes que a una oposición recia y democrática.

En esa línea pueden terminar haciendo realidad su propia profecía: la radicalización reactiva de Castillo y su confrontación total con el Legislativo que probablemente lleve a su cierre para llevar adelante la tesis máxima de la Asamblea Constituyente.

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