Opinión

En cada tradición literaria hay autores que alcanzan un sitial raramente disputable. Si hablamos del Perú uno de esos lugares, sin duda, lo ocupa el poeta César Vallejo. ¿Cómo explicar la poderosa atracción que sigue ejerciendo Vallejo o la torrencial producción crítica e interpretativa sobre su escritura si no es por sus méritos estéticos, la rotundidad de sus mensajes vitales, solidarios, profundamente humanos y la trascendencia que tiene su obra en el contexto universal? Vallejo ha dejado la vida terrena para instalarse en una suerte de esfera mítica, donde solo nombrarlo ya es una invitación a la lectura devota de sus textos

Miguel Pachas Almeyda, biólogo y educador de profesión y vallejista por convicción, ha dedicado varios años de su vida a reconstruir la experiencia vital del poeta, como muestra su ambiciosa biografía ¡Yo que tan solo he nacido! (2019) o los volúmenes César Vallejo y su América hispana (2014) y Georgette Vallejo al fin de la batalla (2008). Cada uno de estos libros supone un enorme esfuerzo investigativo particular, pero los une irremediablemente la pasión por Vallejo.

Hoy Pachas Almeyda nos entrega Anécdotas y curiosidades de César Vallejo (2020). Como su título permite deducir, se trata de una colección de breves relatos cotidiano-literarios protagonizados por el mayor de nuestros poetas. ¿Y por qué es importante un anecdotario? El poeta Luis Eduardo García nos da la clave en su breve prólogo: porque permite establecer la conexión entre la experiencia vital y la escritura y no por un afán biografista sino porque en el caso de Vallejo resulta muy difícil, a veces, separar estas la dimensión del hombre y la del artista.

“Las anécdotas –dice García– cobran más importancia porque desentrañan la relación misteriosa de Vallejo con el lenguaje, en la que siempre se mostró como un superdotado. Por un lado, está el creador que a fuerza de inventiva y audacia hizo añicos la sintaxis y la semántica del español (…) y, por otro lado, la del profundo degustador de la oralidad, del sonido y del ritmo de las palabras” (p.9-10).

Estas historias cotidianas, además de reflejar el aspecto vital y humorístico del temperamento de Vallejo, nos ponen también en horizontalidad con él, humano, finalmente humano. Uno de estos textos habla, por ejemplo, de la memoria prodigiosa del poeta. En cierta ocasión, Vallejo y su grupo de amigos habían quedado en encontrarse en la Plaza de Armas de Trujillo para ir a almorzar. Pero faltaba uno: Óscar Imaña. A Vallejo le encomendaron que lo buscara y así lo hizo. Al llegar encontró a Imaña a segundos de haber culminado un poema que Vallejo leyó de inmediato. Ya en el almuerzo, Vallejo le pide a Imaña declamar el poema. Imaña dijo que no lo recordaba. Entonces, para sorpresa de su autor, Vallejo lo declamó sin olvidar un respiro. Una de muy variadas perlas que el lector degustará en un libro que, en su brevedad, es capaz de devolvernos a Vallejo vivo en sus palabras y en sus actos.

Anécdotas y curiosidades de César Vallejo. Editorial Infolectura. Trujillo, 2020.

Al encuentro de lo que se podría esperar en una época como la nuestra ─de extrema digitalización y contenidos minimalistas─, los autores y libros de Historia gozan de una paradójica y muchas veces sorprendente acogida. Uno de los ejemplos más sonados probablemente sea el del profesor Yuval Noah Harari y su Sapiens, Una breve Historia de la Humanidad (2014): un super ventas de alcance planetario, que ─gracias a su incombustible popularidad editorial, traducido a 45 idiomas─ hace unos meses ha sido relanzada en formato cómic. Con una prosa diáfana y un estilo desenfadado, y en algo menos de 500 páginas, el ensayo de Noah Harari deslumbra a sus lectores con un recorrido que va del Big bang hasta los últimos avances informáticos, pasando por la evolución del cerebro humano, a las civilizaciones de todos los continentes. La tesis del profesor Noah ─para los obsesionados de la literatura─ aparece tanto más fascinante cuanto escueta: nuestra capacidad humana de inventar, articular y creer en historias ─de los mitos fundacionales a las grandes religiones, pasando por el discurso de las teorías científicas; de la declaración de derechos del hombre y el ciudadano durante la Revolución Francesa a la promesa de pago impresa en el papel moneda a los planes de negocio de las empresas de Wall Street─, esa suerte de fantasía colectiva es lo que ha permitido a la raza humana sobrevivir y triunfar materialmente en un mundo hostil como el nuestro, y llegar a ocupar el primer lugar en la evolución de las especies.

Otros dos autores ─ambos de habla inglesa─ no sólo fueron, en su momento, super ventas mundiales, pero además sus libros fueron adaptados y convertidos en libretos de suntuosos documentales, narrados y protagonizados por ellos mismos. Se trata del profesor norteamericano Jared Diamond, quien obtuvo el premio Pulitzer en 1998 por su libro Armas, gérmenes y acero (1997) y del ensayista británico Niall Ferguson y su profético Elascenso del dinero, libro publicado unos meses antes de la crisis financiera mundial de 2008 y que anunciaba el riesgo de la burbuja inmobiliaria que pondría de rodillas al sistema bancario mundial. En el documental, lujosamente producido por la BBC, Niall Ferguson ─con el mismo talante y acento escoces de su compatriota Sean Connery, en James Bond─, visita históricas casas de moneda en París, Londres y Venecia, recorre las calles de Potosí y Cajamarca, se entrevista con operadores de la bolsa de Wall Street, en Nueva York, recorre en barco el Mississippi, y camina por las calles de alguna chabola africana mientras narra la historia de como el dinero y su evolución ha determinado la miseria o riqueza de las sociedades.

Esas obras no solo comparten éxito editorial y comercial o, la notoriedad académica y mediática de sus autores ─además de ser cotizados conferencistas internacionales, vi en un auditorio londinense, decenas de sus lectoras hacer cola para obtener autógrafos del apuesto profesor Ferguson. Se trata de textos, en los que sus autores, partiendo de un aspecto de la humanidad más o menos desapercibido ─sea el dinero, la geografía o, la psicología y evolución anatómica─, se lanzan con intrepidez y destreza a un ejercicio de relectura de la Historia de la humanidad para revelar al lector una dimensión inusitada o desconocida de nuestro propia identidad, de nuestra relación con el dinero y la tecnología, o nuestros gustos alimenticios, y que al final nos otorga nuevas herramientas de comprensión y entendimiento para relacionarnos con otros seres humano. Sin ser creaciones literarias, son libros que se leen con el mismo entusiasmo y arrobamiento que una buena novela o una de esas series que podemos engullir en un fin de semana. El libro del profesor Jared Diamond nos conduce en un viaje apasionante que va de las colinas de Nueva Guinea a las llanuras del medio oriente, pasando por las dehesas castellanas, para demostrar como la conjunción de ciertos elementos clave de la geografía y del medio ambiente, así como el contacto milenario con ciertas especies animales posibilitó a los europeos la conquista del mundo, mientras que los pobladores de otros continentes ─en una especie de azar geológico─ se vieron excluidos por la naturaleza.

Como es de imaginar, a estos escribidores no les falta su cohorte de detractores. En el peor de los casos, se les acusa de ligereza profesional, de falta de precisión académica y de prestarse a la corrupción del entretenimiento informativo. Sus críticos más indulgentes, reducen sus obras a una suerte de pátina seudo intelectual que permite a políticos y hombres de negocio ─de dudosa cultura─ participar en inanes conversaciones de sobremesa.

Hay algo de arrogancia ─y, es licito sospechar, mucho de envidia─ en esos juicios lapidarios. Hay entre los historiadores una larga y distinguida tradición de escribidores polémicos, entre los cuales se puede nombrar a los favoritos y siempre citados por Borges: Edward Gibbon ─Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano─ y Theodor Momsen ─Historia de Roma─, sendos historiadores y polígrafos sin par, en sus respectivas épocas. Siendo Momsen el único historiador de profesión que ha recibido el premio Nobel de Literatura. A ambos se les reprochó en su tiempo falta de disciplina, ligereza en el estilo. Sin embargo, siglos después, sus obras son aún referencia precisamente por lo que en su tiempo se consideró como defecto.

La Humanidad y el Mosquito

Continuando en este contexto, Mosquito invita al lector a revisitar el pasado de la humanidad y constatar ─a través de documentadas observaciones multi disciplinarias─, cómo una sola enfermedad, la malaria, transmitida a los humanos por el protagonista de nuestra historia ─y desde los albores de la civilización y aún en los orígenes mismos de la evolución de la humanidad─, desencadenó ─una y otra vez─ desenlaces críticos en la historia.

El autor, Timothy Winegard ─doctor en historia por la Universidad de Oxford y profesor de historia y ciencias políticas en la Universidad de Colorado Mesa (Estados Unidos) ─, cuenta como a raíz de una conversación con su padre, médico urgentista, surgió el tema de su libro. Más allá de su carácter risueño ─el padre le aconsejó lacónicamente una sola palabra─, la anécdota es significativa porque explica el principio y lógica que anima el libro: “enfermedad”.

A lo largo de una veintena de capítulos y apoyándose en una copiosa bibliografía y aparato de notas (casi cien páginas de las más de 600 del libro), Winegard desarrolla la tesis de que el binomio Malaria-Mosquito ha sido un catalizador secreto que ha movilizado o frenado a la humanidad en momentos claves de la historia.

Enfermedad infecciosa inseparable del fenómeno mismo de la civilización humana, la malaria fue transmitida de animales a humanos hace miles de años. Este contagio tuvo lugar en el momento en que el hombre dejó de ser nómada y recolector, para convertirse en sedentario e iniciar el desarrollo de la agricultura. El cultivo de la tierra a su vez facilitó un paulatino proceso de domesticación de ciertas especies de aves y otros animales mamíferos: los patos en China, los cerdos en Europa central, las ovejas en el medio oriente. La sedentarización de la humanidad y la consecuente generación de los primeros centros urbanos de cierta densidad demográfica, provocaron el incremento de la crianza de animales domésticos.

Precisamente, la aparición de animales domésticos, aunado a la modificación de los cauces acuáticos para irrigar y mejorar la productividad de las tierras cultivables propició la propagación de mosquitos, que aprovechaban las aguas de regadío como medio natural de reproducción. Haciendo la transmisión entre especies ─o, zoonosis─ un accidente inevitable: era una cuestión de tiempo.

La malaria era una enfermedad endémica propia de los animales y sería más que milenaria. En efecto, Winegard nos recuerda que los mosquitos se cebaban en la sangre de los dinosaurios, millones de años antes de la aparición de los humanos. Tal como Steven Spielberg lo recrea en su película Parque Jurásico. Weinberg, continúa, probablemente fue la malaria la que contribuyó a la extinción de los animales prehistórico de mayor tamaño mucho antes de que cayera el asteroide que los exterminó.

Desde ese remoto entonces y a medida que se desarrollaba y expandía la humanidad en diferentes focos de civilización, de los fértiles valles de la cultura Mesopotámica, situados entre el Éufrates y el Tigris, al delta del Nilo, cuna de la civilización egipcia, en Atenas y Esparta, la malaria y el mosquito desempeñaron un rol crucial en el equilibrio geopolítico de esas civilizaciones. Asumiendo unas veces el papel de enemigo o de aliado, en algunos casos. Así, a lo largo de la historia, los estrategas griegos y los generales espartanos aprendieron a compartir el poder con los temibles enjambres de mosquitos que habitaban las marismas y las zonas pantanosas del mundo mediterráneo.

Lo mismo sucedería siglos más tarde con el imperio Romano, cuyo defensa estaba asegurada por un lado por las legiones de soldados, pero al norte por los humedales de las grandes llanuras padanas que sirvieron como defensas naturales y que debilitaron las fuerzas de Aníbal.

Winegard ─influenciado por su pasado de oficial militar de las fuerzas armadas canadienses y británicas, y autor de varios libros sobre historia militar─ analiza el impacto de la malaria en distintas campañas militares, de Alejandro el grande a Julio Cesar, Napoleón, pasando por las cruzadas. La relectura de estos conocidos episodios de la historia militar se enriquece cuando se les considera desde la perspectiva epidemiológica y sanitaria.

El capítulo que quizá nos atañe más directamente es el del encuentro de la cultura europea con la realidad del nuevo continente. Winegard retoma la tesis de Jared Diamond y explica como la malaria y los mosquitos viajaron en las naves españolas ─en los barriles de agua, en la sangre de esos marinos mediterráneos─; y como esa nueva especie de mosquitos llegada allende los mares se mezcló rápidamente con los mosquitos autóctonos del nuevo continente. En cuestión de meses, un par de años, la malaria se cobró la forma de una pandemia mortal que asoló el Caribe Taino y luego se convirtió en la vanguardia de los conquistadores como un arma biológica de destrucción masiva.

No sólo la conquista del continente americano se decidió bajo la letal influencia de la malaria, sino también el complejo y penoso proceso de remplazo de los pobladores autóctonos diezmados por la enfermedad y las hambrunas que le sucedieron: la importación de mano de obra esclava proveniente del continente africano también estuvo condicionada por la malaria, o, en este caso ─terrible ironía─ por la relativa resistencia inmunitaria a la malaria que las poblaciones africanas habían desarrollado a lo largo de los siglos.

Los últimos capítulos del libro de Winegard están dedicados a reseñar los últimos avances en la lucha mundial contra la malaria, la cual ─según cálculos citados─, es responsable de la mitad de las muertes desde el inicio de la humanidad, y para muchos países aún hoy representa la mayor causa de mortalidad infantil.

El mosquito, de Timothy C. Winegard, S.A. EDICIONES B, 640 páginas. Barcelona, 2020.

Ginebra, 9 de enero de 2021

Según la historia del arte hay seis consideradas “artes mayores”: arquitectura, pintura, escultura, música, danza y literatura (en la antigüedad se hablaba solo de la “poesía” y después se extendió el concepto). De ahí que en la modernidad, siguiendo la secuencia, nos refiramos a la cinematografía, la fotografía y el cómic como el séptimo, octavo y noveno arte, respectivamente (algunos ya mencionan al videojuego como el “décimo arte” aunque eso ya linda con el disparate).

Aunque se han hecho varios intentos académicos (y otros tantos empíricos) por establecer el orden de estas seis artes mayores, en realidad no existe tal cosa. Y no existe porque originalmente no se trataba de sobreponer la importancia de unas sobre otras sino de simplemente establecer cuántas y cuáles eran las expresiones elevadas de la creatividad y el talento humanos que podían alcanzar la categoría de arte.

En ese sentido y con total arbitrariedad, “el primer arte” podría ser la literatura para algunos, la escultura para otros, y así con cada caso. Para mí, la música es el primer arte. No porque haya surgido primero en la humanidad, tampoco porque considere que las demás son menos valiosas, sino por una razón más sencilla y comprobable: la música, en sentido amplio, es, de las artes mayores, la que posee mayor capacidad de influencia inmediata en las personas que se exponen a ella.

La estremecedora obertura coral de la cantata Carmina Burana (1937) de Carl Orff (1895-1982), célebre compositor alemán de música orquestal y sinfónica, por ejemplo, ocasiona reacciones inusitadas en el público, tanto para quien la escucha por primera vez como para el experto que conoce, al detalle, sus movimientos y significados. Un potente riff de Slayer, cuarteto norteamericano de thrash metal, activo desde 1983, sacude todo a su paso y hace saltar a quien lo escucha, de gusto, de miedo o de cólera pero lo hace saltar. Una pausada guitarra acústica tocada por el brasileño Antonio Carlos Jobim (1927-1994), el más representativo compositor de bossa nova, trae calma en cualquier situación. Y así podríamos seguir citando melodías, grupos, artistas, compositores clásicos, populares. No importa el idioma ni el estilo, si está bien hecha, la música emociona, trasciende.

Y ni qué decir de las terapias que basan en la música sus poderes curativos, las actuales técnicas de estimulación temprana para madres gestantes a través del sonido o hasta las investigaciones que se han hecho con animales y sus respuestas ante estímulos musicales. ¿O acaso han visto a un chimpancé o a un perro reaccionar ante un párrafo de Vargas Llosa, ante una escultura de Canova, ante una pintura de Caravaggio?

Escuchar música, el primer arte, va más allá del acto maquinal de conectarse al Spotify o al YouTube. Tampoco se limita a exhibir interminables colecciones, físicas o virtuales que, al final de cuentas, se pueden comprar con dinero. Cuando una melodía, sea del género o de la época que sea, es capaz de levantar tu ánimo, entristecerte o traerte recuerdos -buenos o malos- que creías perdidos, no importa si eres un melómano obsesivo o un radioescucha común y corriente. Importa que esos sonidos impactan tu sensibilidad y la movilizan, activando así tu vida, tu naturaleza humana.

No incluyo aquí “géneros” como el reggaeton, la bachata estilo Romeo Santos o las versiones más actuales del “latin-pop” o del R&B gringo, que son distorsiones de la música latina o del R&B/soul de antaño, paquetes de diversos estímulos -ruidos espasmódicos y repetitivos, farándula y mundo fashion, materialismo orientado al consumo, el status y el lujo, exhibicionismos y pulsiones primarias, animalizantes- que tienen, entre sus componentes, algunos elementos extraídos de fuentes musicales pero que son, finalmente, un producto distinto que opera como distracción y escapismo vacío, infértil. Escuchar música es otra cosa.

Sumergirse en el universo del sonido permite, a los individuos sensibles, recorrer países enteros a través de sus instrumentos, aprender acerca de usos, costumbres e historias de otros tiempos, crear mundos paralelos fantásticos, reconocerse en la música de sus ciudades natales, saber distinguir entre el artista genuino y el mercenario que confunde al público. Es un mundo inagotable que nos conecta con lo más profundo de nuestra sensibilidad, aún sin darnos cuenta.

En la práctica periodística la entrevista es uno de los géneros más socorridos, sobre todo si se trata de explicar asuntos coyunturales. La mayoría de veces, el efecto de estas palabras tiene una duración efímera y excepcionalmente queda retenido en la memoria de los lectores o de la audiencia. Son diálogos de ocasión, resueltos en espacios de una brevedad grosera y con unos criterios de edición que casi siempre dejan que desear.

Pero hay otro tipo de entrevista, llamada a perdurar. Es la entrevista de personaje, esa que en el diálogo proyecta el temperamento y la personalidad de un creador o de alguien dotado de un talento singular. En estas entrevistas, por lo general, no se sucumbe a banalidades, se busca explorar con rigor, se busca explicar con hondura los sentimientos, las percepciones, las ideas de la persona. Claro está, en los medios más convencionales reina la tiranía del texto breve y la creencia –ya arcaica– de que el lector es fundamentalmente un idiota que se aburre rápido y que lo ignora todo y a quien más de mil palabras podrían provocarle un corto circuito cerebral.

Apunto estas ideas a partir de la llegada a Lima de dos volúmenes impecablemente editados por Acantilado, que contienen una muestra de cien entrevistas a grandes escritores de todo el mundo publicadas en la mítica The Paris Review, entre 1953 y 2012. Desde ya, se trata de un libro escuela que responde casi siempre con suficiencia la pregunta: ¿cómo hacer una entrevista de fondo? Es posible que los dos volúmenes se dirijan en primer término a lectores de literatura dotados de un cierto bagaje de conocimientos y lecturas; sin embargo, un mérito de esta compilación es que del mismo modo podría incentivar la curiosidad por descubrir a un autor.

Me pongo como ejemplo. Mi conocimiento del mundo de John Irving (1942), por mencionar un caso, es prácticamente nulo. Pero luego de leer la entrevista de Ron Hansen (volumen II, pp. 1557-1587) y en especial la declaración: “Sigmund Freud fue un novelista con formación científica, aunque él no supiera que era novelista. Y como tampoco los condenados psiquiatras que han venido después de él se han dado cuenta de que era un novelista, han interpretado de un modo completamente demencial sus intuiciones” (p.1565), me parece haber recibido una invitación muy tentadora a buscar algo de Irving.

Imagine ahora un mapamundi de escritores. Estarán, estoy seguro, la mayoría de los canónicos, entre nobeles y otros distinguidos con premios importantes y tocados por una fama que no sería exagerado llamar ya universal. Por nuestra lengua aparecen Gabriel García Márquez, Guillermo Cabrera Infante, Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Camilo José Cela (con la petulancia de siempre), Javier Marías y Jorge Semprún (ninguna mujer de habla hispana en la selección, lo que resulta un poco ominoso y no es por pedir paridad). De cualquier forma, son cien entrevistas para perder el aliento.

The Paris Review. Entrevistas (1953-2012). Traducción de M. Belmonte, J. Calvo, G. Fernández Gómez y F. López Martín. Barcelona: Acantilado, 2020.

A pesar de que, para bien o para mal, Lima ya no es aquella ciudad a la “que dieron colorido Montes y Manrique, padres del criollismo” (Acuarela criolla, Manuel Raygada Ballesteros, 1965), el aniversario de su fundación española -que se conmemora hoy, lunes 18 de enero- nos trae a la memoria esas canciones del folklore costeño que hacen remembranza de aquel talante señorial, esa elegancia mestiza poscolonial que, con todo su anacronismo, aún sirve como afirmación de una identidad cada vez más desaparecida, esa “Lima de antaño”, añorada en poéticos y populares valses escritos hace casi seis décadas, que hoy yace sepultada entre bocinazos de combis, balbuceos reggaetoneros y gritos de cantantes de cumbia norteña.

¿Por qué regresamos a esas tradicionales melodías de tiempos idos e irrecuperables? Quizás porque así escapamos de la realidad abyecta que aplasta a nuestra urbe desde las épocas del genial Sebastián Salazar Bondy (1924-1965) y sus proféticas descripciones de una Lima que, para él, ya era horrible pero que parecía, definitivamente, un Edén comparada al caos actual. Con todos los reparos que algunos sectores suelen encontrarle a la música criolla -machismo, excesos de cursilería o nostalgia por una aristocracia centralista-, no podemos negar que fue el género que más y mejor le cantó a esa Lima que ya fue.

Escuchemos, por ejemplo, Limeño soy (Augusto Polo Campos, 1964), vals picadito y jaranero que popularizara el Trío Los Chamas: “Y aunque pasen los años, tú eres la misma, mi vieja Lima de ayer y hoy. Llanto de un campanario, noches, luna de plata, luces que te iluminan como un rosario, rejas que siempre escuchan mi serenata”. O la alegrona Lima de octubre (Mario Cavagnaro, 1964), en la que el Conjunto Fiesta Criolla, con Panchito Jiménez y Óscar Avilés en las voces, le cantan al Señor de los Milagros.

Por esas épocas, un veinteañero Gerardo Manuel (que, entonces, firmaba como Gerardo Rojas) adaptó al español un tema del grupo vocal de soul/doo-wop The Drifters, On Broadway (1963), y lo retituló En Lima, para incluirlo en el LP Segundo volumen de Los Shain’s (1967), quinteto peruano de rock y psicodelia nuevaolera. Esta canción -que en 1978 revivió como exitoso single en la experta guitarra jazzera del norteamericano George Benson-, fue una de las primeras canciones no criollas dedicadas a la capital.

La naturaleza rebelde del rock se manifestará con más fiereza durante la movida subterránea, en los ochenta, con bandas como Leusemia y Narcosis que, en 1985, ya no les cantaban a los balcones, la procesión y las tapadas sino que expresaban, a grito pelado, el desorden y la fealdad de una ciudad que se había vuelto hostil, oscura y peligrosa.

Entre jaranas y pogos, la “Ciudad de los Reyes” pasó de ser “romántica y altiva, alegre y primorosa” (Lima de novia, Mario Cavagnaro, 1964) a ser “angustiada, violenta, injusta, mórbida” (Astalculo, Daniel Valdivia, más conocido como Daniel F., primer LP de Leusemia, 1985), en apenas 20 años. Para mediados de los noventa, en plena corrupción fujimontesinista, Los Mojarras ya hablaban de la “nueva” Lima. Una Lima serrana, una Lima provinciana (Nostalgia provinciana, álbum Ruidos de la ciudad, 1994), la que ahora se hace llamar “de todas las sangres” pero que (no tan) en el fondo continúa padeciendo de las mismas taras discriminatorias de siempre.

Pero si se trata de cantarle a Lima, nadie mejor que Chabuca Granda (1920-1983). Desde las archiconocidas La flor de la canela, estrenada por el Trío Los Morochucos en 1953, y José Antonio, vals con fuga de tondero en que son protagonistas, además del criador de caballo peruano de paso José Antonio de Lavalle, el distrito de Barranco y Amancaes, la flor oficial de Lima (¿algún joven fanático/a de realities y TikTok sabrá eso actualmente?); hasta temas menos difundidos como Zeñó Manué (dedicada al periodista y cronista taurino Manuel Solari Swayne) o Lima de veras (considerada su primera composición), estas canciones describen personajes asociados a una Lima tradicional, con un lenguaje preciosista poco común en nuestro folklore y, a la vez, encierran mensajes que, vistos de cerca, revelan admiración por ese clasismo rancio que hoy todos combaten o dicen combatir.

Manuel Acosta Ojeda (1930-2015), el recordado compositor e investigador de nuestro folklore, anotó –en un artículo titulado Canto inspirado a Lima, que se publicó en el semanario Variedades, del Diario Oficial El Peruano- un detalle interesante y acaso, contradictorio, acerca de la música dedicada a Lima, que hoy cumple 486 años. Los tres cantautores que más escribieron sobre las tradiciones de nuestra capital, Chabuca Granda, Mario Cavagnaro y Augusto Polo Campos, son provincianos. De Apurímac, Arequipa y Ayacucho, respectivamente.

Esto no se aleja mucho de la realidad moderna, en la que grupos de rock o alguna de sus variantes más extremas, formados en su mayoría por hijos de migrantes, vomitan insultos contra la Lima actual. Algunos títulos que demuestran eso: Lima se pudre (Los Malditos Gatos, 2017), Pauperrilima (Suda, 2005), La danza de los gallinazos(La Sarita, 2012). O Cielo sobre Lima (2005) del dúo experimental The Electric Butterflies, integrado por los no-músicos Wilder González Ágreda y Roger Terrones, un alucinante viaje de catorce minutos de sonidos sintéticos, computarizados, una agresiva metáfora de la irritante neurosis en la que vivimos.

Desde que se hizo república, el Perú tiene una muy deficiente oferta política. Casi siempre pobres de espíritu, y ladrones o cómplices, nuestros políticos son grandes responsables del subdesarrollo nacional. Los partidos, en paralelo inevitable, son incapaces de dialogar con la ciudadanía, y de ofrecer narrativas que aglutinen mayorías, de modo que haya un adecuado ejercicio de gobierno.

Visto con un lente económico, todo sistema de partidos y sus actores conforman una suerte de oligopolio civil regulado por el Estado. No se trata de una habitual posición de dominio de algunas pocas empresas sobre muchas otras, sino de una estructura donde sólo unos cuantos ofrecen el producto requerido. A partir de regulaciones legales, el Estado determina, en gran parte, el número de sus agrupaciones políticas, así como los patrones organizacionales y calidades de éstas. ¿Cómo hacer para que los partidos produzcan buenos y decentes políticos, y obtengan el mínimo de confianza que requieren para favorecer la conducción del país?

Los científicos sociales peruanos han respondido a esta interrogante planteando sistemas de incentivos y esquemas regulatorios que – con cargo a explicarlo con detalle si fuese requerido y oportuno – aparecen como insuficientes. Propensos, en mayor o menor grado, a mitificar la realidad organizacional de los partidos políticos y la racionalidad del votante, nuestros reformistas no conocen del todo bien a los oferentes actuales del oligopolio partidario local, por lo que sus propuestas carecen de la suficiente fuerza estructural para generar cambios relevantes.

Es indispensable entender la naturaleza organizacional de los partidos políticos para intentar modificar su desempeño. Se trata de grupos humanos conformados por buscadores de poder individual, cuya posibilidad de expulsión por desempeño es casi nula según sus propios reglamentos. Por ello, su margen de actos personalistas y colectivamente contraproducentes es muy grande, casi ilimitado. Sus conflictos están a flor de piel, porque no todos los militantes pueden ser dirigentes ni candidatos a elección popular. Estas pugnas se vuelven definitivas y crecientes en poco tiempo, lo que impide congregar y optimizar todos los recursos partidarios para desarrollar las labores de servicio ciudadano y cohesión interna que, en teoría, se hacen fuera del tiempo electoral. En el extremo, ante la derrota final, el faccioso partidario complota contra sus pares, y hasta lo traiciona públicamente.

Los partidos tienden naturalmente a las argollas, y éstas generalmente responden a los grupos fundacionales y sus líderes, que buscan el máximo y más duradero poder posible, para lo que confeccionan estatutos que impiden la aparición de nuevas figuras. Cuando los partidos son de largo plazo, los únicos revulsivos son las jubilaciones y los nuevos liderazgos exitosos, siempre temporales frente al inevitable deterioro organizacional de toda agrupación política formal. Cada argolla tiene un porcentaje mínimo de militantes relativamente activos, lo que explica la casi vegetativa vida de los partidos fuera de los periodos electorales.

Salvo cuando son gobierno y sus cuadros reciben importantes sueldos del sector público, los partidos tienen poco o nulo financiamiento para sus labores fuera de procesos electorales. Por esta razón, no están preparados para proyectos formativos serios y trascendentes, pues éstos tendrían que ser asumidos por los militantes, que casi siempre están lejos de poder responsabilizarse de una tarea de este calibre. Desde luego, la militancia tiene el orgullo suficiente para intentar cerrarse frente a cualquier influencia positiva externa, de contenidos o liderazgos. Así, cuando las personas más prominentes o valiosas del colectivo gozan de algún tiempo libre, no encuentran atractivo entregarlo a los partidos políticos.

El gran momento partidario son finalmente las elecciones, y ese contexto sólo les exige cierto grado mínimo de profundidad, coherencia y sinceridad, que a veces producen los grupos que alcanzan la victoria electoral. El resto del tiempo, los partidos parecen estar casi incapacitados para realizar aportes sociales significativos.

Este apretado cuadro organizacional se reproduce en cualquier partido, y se manifiesta, en mayor o menor medida, según la historia y realidad social de cada nación. En un país como el Perú, de tan alta precariedad, es fácil deducir lo que sucede en las internas partidarias. Y todo esto se suma a una cada vez más consolidada realidad mundial: la transparencia de la sociedad digital. Hoy cualquiera tiene acceso a un celular conectado a internet, con el que se informa desde miles de fuentes: la gente ve las cosas más crudamente, y es más consciente de sus derechos. Y frente a una realidad de políticos generalmente angurrientos y básicos, obviamente la confianza hacia las organizaciones partidarias erosiona. Ya nadie, además, necesita grandes mediadores (partidos o prensa) para manifestarse: todo ciudadano tiene capacidad de influencia viral desde su celular, lo que puede llegar a provocar manifestaciones colectivas que ningún grupo político puede convocar por si solo. La militancia partidaria no es atractiva, ni rendidora, y por eso es una institución en franco declive. Más aun con el relativismo moral y la consciencia de incertidumbre de las generaciones contemporáneas.

¿Qué hacemos con un oligopolio cuyos oferentes tienen una enorme tendencia al deterioro, nunca funcionaron bien, y pasan por una gravísima crisis de confianza? Obviamente dinamizarlo. Diría que con tres detonantes: permitir que todo oferente sea reemplazado con facilidad, hacer muy exigente la permanencia dentro del grupo de partidos, y asegurar la calidad de los aspirantes a tomar los espacios dejados. Lo primero pasa por disminuir radicalmente los dos grandes impedimentos que todo ciudadano encuentra cuando quiere hacer política: imposibles requisitos para conformar un partido (exigencias irreales en el número de firmas ciudadanas o militantes) y altísimo costo de campañas. Debe volverse sencillo fundar un partido, debe costar el esfuerzo grande pero razonable de unas cuantas decenas de convocantes interesados en dedicar su tiempo a crear una institución representativa con fines electorales. Y todas las campañas tendrían que ser financiadas por el Estado de modo muy austero. Lo segundo implica poner altos umbrales de voto para que un partido siga vigente. Y lo tercero darse cuenta de que los mejores políticos están en la sociedad civil y en los gremios profesionales, porque la buena acción política no requiere otra cosa que sabiduría, liderazgo, capacidad organizativa y vocación de servicio. Eso lo tienen miles de valiosos peruanos, muchos dispuestos a competir por un cargo público, pero se desaniman cuando se enteran que deben pasar por el pantanoso filtro de nuestras organizaciones partidarias, y gastar millones en fundar un partido y financiarse una campaña. En realidad, la propuesta no es otra cosa que hacer extensivo y más real el derecho universal a ser elegido.

No tengo la menor duda de que esta dinamización del oligopolio partidario peruano traería muy interesantes apariciones personales y colectivas. Como experiencia y fuente de aprendizaje para la transformación, una vida socialmente comprometida y proactiva supera por mucho a la militancia en cualquier institución partidaria. Las políticas públicas específicas, que tanto preocupan a algunos opinantes, se consiguen o deducen con un poco de esfuerzo, y están en las redes, archivos y bibliotecas. El apoyo tecnocrático se obtiene, al menos el indispensable para demostrar factibilidad de concretar los valores que se promueven. Los grandes y detallados planeamientos florecen en los servicios civiles, la dirección política es otra cosa, más coloquial y al mismo tiempo más histriónica.

Es común deducir que esto traería un número excesivo de partidos en competencia electoral, pero la verdad es que ya tenemos dicho excedente, y al final son pocos los que llaman la atención de los votantes, y los que se reparten los escaños congresales. Por cierto, no cualquiera tiene los insumos y certezas suficientes para liderar una convocatoria política, que es lo que se requiere para crear una nueva opción partidaria. Así que también ahí hay límites a la expansión de la oferta en mención. Habrían sí, los partidos mafiosos y lobistas de siempre, y ahora con mayores facilidades, pero surgirían alternativas de verdad transformadoras, y acaso revolucionarias. Seguramente aparecerían muchos competidores distintos en cada proceso electoral, pero también algunas organizaciones de relativo largo aliento. Pienso que los riesgos de este camino son aparentes, y en todo caso manejables, pero el potencial de salto hacia el desarrollo es enorme, el mayor posible desde la institucionalidad política.

Desde luego, varias de las propuestas reformistas que circulan en la discusión son razonables: elecciones internas abiertas, simultáneas y obligatorias para toda la ciudadanía como único mecanismo de selección de candidatos; rediseño de circunscripciones y aumento de congresistas para tener volúmenes manejables de representado por congresista. Los sueldos del político elegido deben ser los de un clasemediero, con las protecciones y apoyos del caso, de tal forma que disminuya el interés frívolo por la vida política. Pero todo eso es complemento de lo principal: dinamizar nuestra oferta política y facilitar la participación electoral de los peruanos más virtuosos y comprometidos. Es obvio que hay muchos comunes con capacidad de representarnos, sin ninguna duda mejor que los usualmente elegidos.

Hace más de cien años, Víctor Andrés Belaúnde, hizo un llamado que aún hoy resuena en todos nosotros, pues, como tantas otras promesas, aspiraciones e ideales en el Perú, no ha sido cumplido. Seguimos queriendo patria. El problema es que en el contexto de unas elecciones en medio de la peor crisis sanitaria, económica y política de nuestra historia, ninguno de los candidatos parece ser capaz de ofrecernos ni patria, ni tan siquiera una visión de país. El escenario electoral peruano asoma como la feria de las vanidades y las confrontaciones, más no de las propuestas.

La atávica miopía de nuestra clase política no le permite ver lo que tiene al frente. Miles de peruanos condenados a muerte por falta de oxígeno (simbólicamente, este es un país que se asfixia) en los pasillos de unos ruinosos hospitales, con médicos y personal de salud absolutamente desatendidos y maltratados, sin vacunas ni solución alguna a la vista. Sumado a todo ello, una economía ruinosa y un gobierno incapaz de tomar una decisión que privilegie la vida a los intereses. Es el costo de la improvisación y la falta de reformas institucionales que debieron acompañar al crecimiento económico del que gozamos.

Nuestra “prosperidad económica” se tornó falaz pues no estuvo acompañada de la institucionalidad requerida para sostenerla y mantenerla. Los mejor intencionados creyeron que el sólo mercado era suficiente para acabar con la pobreza y asegurar mejores oportunidades para todos. Los otros, aprovecharon la circunstancia para mantener el mercantilismo y en algunos casos, construir un sistema corrupto de prebendas, coimas y chantajes que terminó por apoderarse del Estado y la sociedad en general.

En el desencarnado análisis que en 1914 hiciera Víctor Andrés Belaúnde sobre la Crisis Presente (lo más lamentable, es que sigue estando muy presente) nos enseña “la verdad de que todo fenómeno económico encierra un fenómeno político y que todo fenómeno político envuelve una cuestión moral”. Es decir, ayer como ahora, nuestra principal crisis es moral. Lo político e incluso lo económico es sólo la expresión de una crisis mayor que afecta a todo el tejido social, que cuestiona incluso nuestra viabilidad como comunidad, pues nos interpela sobre el tipo de ciudadanos que queremos ser y el tipo de comunidad que queremos construir.

Esa es la cuestión de fondo que ninguna candidatura quiere enfrentar porque no van más allá de programas improvisados y eslóganes mediáticos y populistas, no tienen idea de lo que quieren para el país. Si hacemos caso a Belaúnde y aceptamos que nuestra mayor crisis es moral, entonces debemos empezar por atacar el tema de fondo que hoy afecta todos los ámbitos de la vida nacional: la corrupción. No basta sólo recitar recetas y propuestas inconexas que al final de día no cambian nada. Es necesario, una profunda comprensión de lo que ésta significa.

Las gestiones corruptas que nos han gobernado (no en vano hemos visto desfilar por la prisión a todos nuestros presidentes de los últimos 35 años) son con mucho las causantes de varios de los problemas que hoy vivimos. Un gobierno dominado por la corrupción nunca hará las reformas institucionales que se necesitan pues éstas impedirían o harían más complicada su actividad delictiva. Un gobierno corrupto nos llenaría los ojos con muchas obras insuficientes y sobrevaloradas pues ahí ha estado la principal fuente del robo. Un gobierno corrupto no se preocuparía por formalizar la economía pues la informalidad y el caos son el caldo de cultivo preciso para el lavado de dinero producto de actividades ilícitas. Un gobierno corrupto jamás emprendería una lucha frontal contra el narcotráfico, pues ellos mueven grandes cantidades de dinero. Un gobierno corrupto no se interesaría por asegurar un adecuado sistema de salud y de educación pues de esta manera mantiene a los ciudadanos en la ignorancia y viviendo a salto de mata.

Resulta evidente entonces que ninguno de nuestros gobiernos se ha preocupado por hacer alguna de estas cosas. Lo que sí han hecho muy bien es mantener las estructuras corruptas del Estado y que han impregnado también a la sociedad, al punto de normalizar la corrupción casi como un sistema o un modo de vida. Esta es la crisis de fondo que debemos combatir, pues sin que ésta se solucione, todo lo que se haga en los ámbitos de la economía o la política serán sólo más cambios cosméticos.

La terrible tragedia que atravesamos hoy, producto de la pandemia por el Covid-19, no sólo ha desnudado todas nuestras falencias y miserias, sino que también debe servir de oportunidad para pensarnos como comunidad, como país. Llegar al punto que hemos llegado, como el país que peor ha manejado la crisis sanitaria y económica a nivel mundial, debería cuestionarnos como comunidad. La solución a este “desquiciamiento moral” (VAB) en el que vivimos debería ser el tema central de las propuestas de los candidatos y sin embargo es el más ausente. Ninguno ofrece una esperanza de reinventarnos como país, por ello, el grito “hecho de imprecación y de conjuro” continúa aún vigente y debe escucharse lo más fuerte posible: ¡Seguimos Queriendo Patria!

Dos libros de reciente aparición nos recuerdan que en el Perú la crítica de cine tiene una tradición interesante y, aunque sus hitos puedan parecer o sean dispersos –e incluso discontinuos–, en actividades como la investigación y el rescate es cuando se cosechan los mejores frutos. Mónica Delgado, gracias a una paciente y ardua lectura, nos devuelve a una pionera de la crítica cinematográfica en el Perú: María Wiesse (1894-1964), quien, con todas sus contradicciones, supo discutir asuntos vinculados a la especificidad estética del cine, la autonomía de su lenguaje y su valor como herramienta pedagógica.

Que su perspectiva en relación con el género fuera más bien singular (ella, recuerda Delgado, defendía la idea de un feminismo enmarcado en las “ciencias domésticas” y vinculado sobre todo a la labor educadora) no le impidió incorporarse a Amauta, la gran revista de Mariátegui, faro de la vanguardia regional.

Resulta igualmente interesante que para Wiesse la actividad crítica adquiriera un perfil profesional, que pensara en una escritura dirigida especialmente al público femenino y que su examen de la cinematografía no se limitara únicamente a la tensión entre el arte y el entretenimiento.

El libro, pulcramente editado, incluye un apéndice con la reproducción facsimilar de algunos textos de Wiesse en Amauta. De allí extraigo esta cita: “El film bien realizado ha de tener argumento propio. Así lo comprenden Abel Gance, Griffith, Ince, Fritz Lang (¿cuándo veremos su “Metrópolis” en Lima?) y Chaplin, que escribe y dirige sus películas. El argumento propio puede desarrollarse con libertad, además es cinematográfico; la novela y la pieza teatral tienen forzosamente que restar amplitud y vigor a un film” (p.173).

Por otro lado, Emilio Bustamante ha seleccionado meticulosamente los escritos que Armando Robles Godoy (1923-2010) dedicara al cine entre los años 1961 y 1963, tanto en el diario La Prensa como en el suplemento 7 Días del Perú y del Mundo. El volumen lleva como título La batalla por el buen cine, y refleja fielmente lo que el cine significó para uno de nuestros cineastas más representativos: una forma de arte por sobre todas las cosas.

Recordemos que películas de Robles Godoy como En la selva no hay estrellas (1967), La muralla verde(1970) y Espejismo (1972) obtuvieron reconocimientos internacionales, que en ellas se puede reconocer el lenguaje original, audaz y sugerente de un innovador; recordemos también que Robles Godoy fue fundador de una escuela de cine, la primera en su género en nuestro país, que fue un entusiasta de los cine-clubes y un promotor de leyes que favorecieran la actividad cinematográfica.

Bustamante, en el estudio que antecede a los textos del cineasta, ensaya un esbozo histórico de la crítica cinematográfica en el Perú (donde aparece en sus inicios María Wiesse) y en ese horizonte ubica a Robles Godoy como uno de los fundadores de la etapa moderna de esta actividad, marcada por la influencia de Cahiers du Cinéma, la influyente revista francesa fundada en 1951. Señala Bustamante que Robles Godoy ofrece “una visión muy coherente del cine como arte y lenguaje” y representa el “paso de una crítica impresionista centrada en el tema y el argumento a otra que busca afirmarse en el lenguaje, la técnica, el estilo y el autor” (p.39). Basta revisar la lista de filmes comentados por Robles Godoy para dar cuerpo a la idea de distinguir, como decía él en sus propias palabras, “el cine y lo demás” (p.265).

María Wiesse y Armando Robles Godoy, dos pioneros dialogando en sus textos, en su visión del cine, en su defensa apasionada de un arte mayor.

Mónica Delgado: María Wiesse en Amauta. Los orígenes de la crítica cinematográfica en el Perú. Lima: Editorial Gafas Moradas, 2020.

Armando Robles Godoy. La batalla por el buen cine. Textos críticos 1961-1963. Selección e introducción de Emilio Bustamante. Lima: Fondo Editorial de la Universidad de Lima, 2020.

El gobierno ya planifica retomar cierto nivel de confinamiento para enfrentar la segunda ola en curso (ya hay regiones que han igualado el pico de fallecidos diarios de la primera ola).

Personalmente, no creo que sea la estrategia correcta. Por lo menos empíricamente hablando, quedó demostrado que la feroz cuarentena de marzo del año pasado no incidió en la brutal curva exponencial de crecimiento del número de fallecidos que tuvimos en paralelo al confinamiento. Este virus parece contenerse con cuidados personales intensivos (mascarilla, lavado de manos y distanciamiento social), antes que con cuarentenas colectivas rígidas.

El confinamiento destruye la economía, afecta, por ende, el empleo, e incide directamente en problemas de salud que a la postre generan igualmente muertes, sin contar aquellas que a mediano plazo produce la desnutrición concomitante al crecimiento de la pobreza.

Pero si finalmente, el Ejecutivo va por ese camino, ojalá se trate de un confinamiento inteligente. Por ejemplo, podría iniciarse cerrando restaurantes, casinos y gimnasios, focos potenciales de contagio por la inevitable cercanía que se genera en su interior.

Se calcula en cerca de cien mil restaurantes formales los que hay en todo el Perú y otros ciento veinte mil informales. Si calculamos en diez el número promedio de comensales diarios que estos locales albergan, estaríamos hablando de dos millones de personas que cotidianamente se sientan alrededor de una mesa (ningún restaurante ha ampliado su tamaño, solo las ha espaciado).

Asimismo, hay cerca de dos mil gimnasios en el país y acuden a ellos medio millón de personas cada 24 horas. Y en cuanto a los casinos, suman 750 salas de juego autorizadas a nivel nacional. Si le ponemos una media de cien personas al día suman 75,000.

Entre restaurantes, gimnasios y casinos, hay alrededor de dos millones y medio de ciudadanos peruanos que todos los días se exponen al peligro de contagio y contribuyen a la posterior irradiación del virus.

Para aliviar el impacto económico de su cierre temporal se puede desplegar un nuevo Reactiva para estas empresas, subsidiar su planilla y eventualmente emitir bonos para los afectados de toda la cadena productiva que funciona alrededor de aquellas (y cabe considerar que los restaurantes pueden seguir operando por delivery). Se puede manejar mejor una respuesta fiscal (ajustada a los nuevos tiempos de vacas flacas) y a la vez se contribuiría de manera eficaz a la contención del covid19. Un medida mucho más digerible que una cuarentena absoluta, sin distingo ni medida del daño.

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