Opinión

[PUNTO CRÍTICO] Un caso que evidencia esto tiene que ver con la prohibición de difundir encuestas a boca de urna antes del cierre de la votación. Se armó un tremendo escándalo porque, debido a que más de 200 mesas no pudieron abrirse el domingo, el JNE decidió que esas mesas votaran al día siguiente. Esto implicaba que unos 60mil peruanos votarían conociendo el resultado de las encuestas a boca de urna, lo cual podría –y al parecer en efecto así fue—sesgar su voto en favor de los candidatos que iban en la delantera. ¡Horror! ¡Estafa! ¡Fraude! ¡Votemos todos de nuevo!

Pero la verdad es que, en cada elección, muchos peruanos rutinariamente votan conociendo el resultado del flash electoral. Para comenzar, muchos se encuentran dentro de su lugar de votación a las 4pm y ya no se les puede impedir votar (una miradita rápida a su teléfono, y ya está). Más relevante aún, muchos peruanos viven en países que tienen un horario más atrasado que el horario peruano. Una mirada a la página de la ONPE nos muestra que, entre los peruanos que votan en San Diego, Los Ángeles, San Francisco, Monterrey, Guadalajara, Ciudad de México, y Vancouver, más o menos hay unas 150 actas. Eso significa que existen más de 40mil peruanos que consistentemente tienen la opción de votar conociendo el resultado de boca de urna. Obviamente no todos lo hacen, pues no todos votan después de las 2 de la tarde de su horario local, pero tienen la opción de hacerlo. Lo que esto muestra es que no es tan extraño de por sí votar después del flash.

La gran mayoría de peruanos conoce a alguien que vive en el extranjero, y el fenómeno de la diferencia horaria no les es ajeno. Pero si uno escucha repetidamente que esto es terrible, que está muy mal, que es un caos, que ya todo se fregó, y que tenemos que hacer todo de nuevo (y que además esto es culpa de una sola persona a la que tenemos que odiar), va a terminar creyendo que esto es en verdad así, con una mezcla de odio, miedo e indignación que termina oscureciendo su buen juicio. Pero si nos detuviéramos a pensar que, como lo ilustra el ejemplo específico de votar después del flash, en realidad no es para tanto, entonces nos daríamos cuenta de que hay muchas cosas que han sido terribles en esta elección, pero que no son para tanto, no son como para incendiarlo todo. No son como para rehacer de nuevo todas las elecciones.

Se repite constantemente el cliché de que el problema del Perú es la educación. Pero una buena educación consiste también en no dejarnos impresionar rápidamente por argumentos que inicialmente suenan muy contundentes. ¿Estamos realmente aprendiendo esto en los colegios y universidades peruanas, ya sea públicas o privadas, costosas o accesibles?  Ser bien educado implica darnos a nosotros mismos, como un hábito casi automático, un momento de reflexión antes de saltar a conclusiones apresuradas. Esto no significa que ‘debemos apagar las pasiones para darle paso a la razón’. No. Significa más bien acallar algunas de nuestras emociones (rabia, pánico) y dar paso a otras (compasión, empatía). Tal vez así nos demos cuenta de que acosar a un funcionario público en su club no es gracioso, rehacer todo el proceso electoral es injusto, y que atribuir errores puntuales a un fraude es simplemente absurdo. Pienso que una buena educación debería darnos esa capacidad de detenernos a pensar y reflexionar, y a no saltar a conclusiones inmediatamente. Eso sería un gran logro de la educación peruana.

Así que señor, señora, cuando se siente a la mesa con sus hijos este fin de semana y salga usted con más evidencias ridículas sobre el fraude, haga el siguiente test: si sus hijos universitarios lo contradicen o le piden sus fuentes, entonces usted los ha educado bien, y la inversión que ha hecho en su educación está dando frutos. Pero sí sus hijos aceptan inmediatamente sus ideas, y se ríen con usted del acoso a funcionarios públicos, lamento informarle que esa universidad que tanto le cuesta a usted pagar lo está estafando.

 

Fuente de la foto: https://verdict.justia.com/2023/08/29/is-higher-education-spending-excessive-in-some-ways-maybe-yes-in-others-perhaps-not

[EL DEDO EN LA LLAGA] A finales de los años setenta y comienzos de la década de los ochenta, el mundo occidental vivía una mezcla de fascinación y temor ante un fenómeno inquietante: la proliferación de sectas destructivas. Grupos cerrados, liderados por figuras carismáticas, prometían iluminación espiritual, pertenencia o respuestas simples a problemas complejos. Sin embargo, detrás de muchos de estos movimientos se ocultaban dinámicas de manipulación psicológica, control coercitivo y, en los casos más extremos, tragedias de gran magnitud. El episodio que marcó de forma indeleble la percepción pública fue el suicidio-asesinato colectivo ocurrido en Guyana el 18 de noviembre de 1978, cuando más de 900 miembros del Templo del Pueblo murieron bajo las órdenes de su carismático líder, Jim Jones. Aquella escena, en la que familias enteras —incluidos niños— ingirieron cianuro disuelto en refresco Flavor Aid, dejó una herida profunda en la conciencia colectiva.

En ese contexto emergieron a inicios de los ochenta un par de representaciones cinematográficas que intentaban explicar, o al menos acercar al gran público, los procesos internos que llevan a una persona a integrarse en una secta y, eventualmente, a perder su autonomía. Me refiero a la canadiense “Ticket to Heaven” (Ralph L. Thomas, 1981) y a la estadounidense “Split Image” (Ted Kotcheff, 1982), que ofrecen retratos particularmente valiosos de los cambios mentales y físicos que experimentan los individuos atrapados en estos grupos.

Ambas películas parten de una premisa común: nadie está completamente a salvo. Los protagonistas no son retratados como personas ingenuas o débiles, sino como individuos en momentos de vulnerabilidad emocional o de transición vital. En “Split Image”, por ejemplo, el personaje principal es un joven universitario brillante, con una vida aparentemente estable, que se ve seducido por una comunidad que le ofrece propósito y claridad. Esta representación resulta clave para desmontar el estereotipo de que sólo ciertos perfiles “caen” en sectas; en realidad, cualquier persona puede ser susceptible bajo determinadas circunstancias.

Uno de los primeros cambios que se observan en los miembros de estas organizaciones es de carácter mental y emocional. Las sectas suelen emplear técnicas de persuasión intensiva —a veces denominadas “lavado de cerebro” o, en términos más técnicos, reforma del pensamiento— destinadas a debilitar la identidad previa del individuo. En “Ticket to Heaven”, esto se refleja en sesiones prolongadas de adoctrinamiento en las que se combinan discursos repetitivos, privación del sueño y una presión grupal constante. El resultado es una progresiva disolución del pensamiento crítico.

El lenguaje también desempeña un papel fundamental en este proceso. Tanto en una película como en la otra, se observa cómo los líderes introducen un vocabulario propio que redefine la realidad. Conceptos cotidianos adquieren nuevos significados, mientras que las dudas o críticas son etiquetadas como signos de debilidad o traición. Este cambio lingüístico no es superficial: transforma la manera en que los miembros interpretan sus experiencias y limita su capacidad para cuestionar la autoridad.

A medida que el control mental se intensifica, aparece otro fenómeno clave: la dependencia emocional. Los miembros comienzan a ver al líder como una figura paternal o incluso divina. En “Split Image”, el líder del grupo —interpretado por un muy convincente Peter Fonda— se presenta como alguien que posee respuestas absolutas, capaz de guiar a sus seguidores hacia una vida superior. Esta idealización extrema crea un vínculo en el que la aprobación del líder se convierte en una necesidad psicológica básica.

Paralelamente, se produce un aislamiento progresivo del entorno exterior. Amigos, familiares y cualquier influencia externa pasan a ser percibidos como amenazas. En ambas películas, este proceso se muestra con crudeza: los protagonistas rompen el contacto con sus seres queridos o reinterpretan sus intentos de ayuda como ataques. Este aislamiento refuerza la burbuja ideológica del grupo y dificulta enormemente cualquier intento de rescate.

Los cambios físicos, aunque menos visibles en un primer momento, son igualmente significativos. La vida dentro de una secta destructiva suele implicar rutinas extenuantes, dietas restrictivas y falta de descanso. En “Ticket to Heaven”, se observa cómo los miembros son sometidos a jornadas interminables de trabajo o actividades “espirituales”, con escasas horas de sueño. Este desgaste físico no es accidental: una persona agotada es más fácil de controlar y menos capaz de resistirse.

En “Split Image”, estos efectos corporales adquieren una dimensión especialmente inquietante cuando empiezan a manifestarse en funciones biológicas íntimas. El protagonista, inmerso en un régimen de disciplina extrema y represión de impulsos, llega a notar la desaparición de las poluciones nocturnas que antes formaban parte de su normalidad fisiológica. Este detalle, aparentemente menor, sugiere hasta qué punto el control psicológico puede extenderse al terreno corporal, afectando incluso a procesos involuntarios. De forma paralela, una de sus compañeras dentro del grupo le confiesa que ha dejado de menstruar, un cambio que, lejos de interpretarse como una señal de alarma médica, es asumido dentro de la comunidad como evidencia de purificación o de avance espiritual. Ambos casos ilustran cómo la presión psicológica, el estrés y las condiciones de vida pueden alterar profundamente el funcionamiento del cuerpo, al tiempo que el propio grupo redefine el significado de esos cambios para reforzar su narrativa.

La apariencia también puede transformarse como parte del proceso de desindividualización. Uniformes, códigos de vestimenta o incluso cambios en el peinado contribuyen a borrar la identidad personal y a reforzar la pertenencia al grupo. En “Split Image”, aunque de forma más sutil, se percibe una homogeneización en la forma de vestir y comportarse de los miembros, lo que simboliza la pérdida de singularidad.

Otro aspecto físico relevante es la respuesta al estrés. Vivir bajo un sistema de control constante genera altos niveles de ansiedad, aunque estos no siempre son reconocidos por los propios miembros. Dolores de cabeza, problemas digestivos y fatiga crónica son algunas de las manifestaciones que pueden aparecer. Sin embargo, dentro del contexto sectario, estos síntomas suelen reinterpretarse como parte de un proceso de “purificación” o crecimiento espiritual, lo que dificulta que los individuos identifiquen el daño que están sufriendo.

Uno de los elementos más perturbadores que ambas películas ponen de relieve es la transformación de la moral individual. Acciones que antes habrían sido impensables —como mentir a la familia, entregar todos los bienes materiales o participar en dinámicas abusivas— pasan a ser justificadas e incluso celebradas. Este cambio se produce de manera gradual: pequeños actos de obediencia que, con el tiempo, conducen a decisiones cada vez más extremas.

En “Split Image”, este proceso alcanza un punto crítico cuando el protagonista es incapaz de reconocer el daño que está causando a su entorno. Su percepción de la realidad ha sido completamente reconfigurada, y cualquier crítica es interpretada como ignorancia o maldad. Este fenómeno, conocido como disonancia cognitiva, permite a los miembros mantener su compromiso incluso frente a evidencias contradictorias.

La recuperación de una persona que ha estado en una secta destructiva es otro tema que ambas películas abordan, aunque de forma diferente. Salir de estos grupos no implica simplemente abandonar un espacio físico, sino reconstruir una identidad que ha sido profundamente alterada. Los exmiembros suelen experimentar confusión, culpa y dificultades para reintegrarse en la vida cotidiana.

En el caso de “Ticket to Heaven”, se muestra el impacto duradero que la experiencia tiene en los personajes, subrayando que las secuelas no desaparecen de inmediato. Por su parte, “Split Image” explora el papel de la familia y de los profesionales en el proceso de desprogramación, destacando tanto las posibilidades como las limitaciones de estas intervenciones.

A más de cuatro décadas de su estreno, estas películas siguen siendo relevantes porque capturan dinámicas que, aunque han adoptado nuevas formas, continúan presentes en distintos contextos. Las sectas destructivas no han desaparecido; simplemente han evolucionado, adaptándose a nuevas tecnologías y entornos sociales.

Lo que “Ticket to Heaven” y “Split Image” consiguen, cada una a su manera, es humanizar a las personas atrapadas en estas dinámicas. Lejos de presentar a sus personajes como meras víctimas pasivas, muestran la complejidad de sus decisiones y los procesos graduales que conducen a la pérdida de autonomía.

Yo tuve la oportunidad de ver la película “Split Image” doblada al español —bajo el sugestivo título de “Las dos caras de la moneda”— en algún momento de los años noventa, después de haber salido de una comunidad sodálite, aunque todavía no había roto los lazos mentales que me unían al Sodalicio. Sin ninguna duda, el film contribuyó a que diera otro paso hacia la libertad, al permitirme identificar muchas semejanzas con el estilo de vida que se llevaba en las comunidades sodálites. La desaparición de las poluciones nocturnas durante varios meses, que yo interpreté como una señal positiva de estar caminando hacia la santidad, era en realidad parte del paquete sectario: una transformación física que tenía su correlato en una transformación mental que me alejaba de mi verdadera identidad y me impedía ser verdaderamente libre. Y eso no deja de tener consecuencias, como se verá a continuación.

En una encuesta a 101 sobrevivientes y exmiembros de las tres instituciones de vida consagrada de la Familia Sodálite —Sodalicio de Vida Cristiana, Fraternidad Mariana de la Reconciliación y Siervas del Plan de Dios—, realizada por Sandra Álvarez y Camila T. Alvim, dos exfraternas, y publicada el 1° de diciembre de 2024 en un blog, se resaltan los siguientes resultados:

40 reconocieron haber sufrido cuadros de depresión y ansiedad. Un número menor manifestó diagnósticos de bipolaridad (10), trastorno obsesivo compulsivo (4), esquizofrenia (2) y adicción (1). Otros sobrevivientes indican haber padecido estrés postraumático e insomnio (27), cansancio crónico (16) y trastorno de pánico (15). En menor medida aparecen diagnósticos de agorafobia (6), trastorno límite de la personalidad o borderline (4) e hipersensibilidad o semi-autismo (1).

En cuanto a enfermedades físicas, destacan la migraña y los cuadros de gastritis (43); problemas de espalda (29); fibromialgia (22); problemas de colon (19); tendinitis (18); dolor crónico (14); presión ocular por estrés (8); desórdenes alimenticios como bulimia y anorexia (5); apnea del sueño (1); asma (3); anemia (1), además de enfermedades hormonales como obesidad (13), endometriosis (7), alopecia (6), acné hormonal y prediabetes (1), así como enfermedades autoinmunes como celiaquía (3), lupus (1), Hashimoto (2), leucopenia (1) e intolerancia al gluten (1). Una exconsagrada manifestó haber desarrollado un cáncer reactivo (1).

El estudio de estos cambios mentales y físicos no sólo permite entender mejor el funcionamiento de las sectas destructivas, entre las cuales debería incluirse al disuelto Sodalicio de Vida Cristiana y grupos afines, sino también reflexionar sobre la naturaleza de la influencia, la identidad y la libertad individual. Porque la línea que separa la elección consciente de la manipulación puede ser mucho más difusa de lo que nos gustaría admitir.

 

[OPINIÓN] Ninguna conspiración sobrevive a esta diferencia. Sin drama: con resultados al 95%, el país votó así: 70% entre derecha y centro, 30% entre izquierda e izquierda radical. Eso no es ideología. Es aritmética.

Y sin embargo, aparece la sorpresa de siempre: gente que, viendo ese mapa, decide que el resultado “no cuadra”. Que hay algo raro. Y de paso, aprovecha para instalar el viejo argumento: que Keiko es perdedora, que siempre pierde, que esta vez no va a ser distinto. Un relato conveniente para quienes necesitan que no lo sea.

Hay diagnósticos que la ciencia llama heurísticas sesgadas: atajos mentales que alguna vez fueron útiles pero que el cerebro se niega a actualizar aunque la evidencia los contradiga. “Keiko perdedora” es exactamente eso. Un reflejo condicionado, no un análisis. El porcentaje de peruanos que carga ese prejuicio como certeza ha caído dramáticamente. Lo que antes era una convicción del 70 u 80% de la población hoy es residual, sostenido apenas por inercia tribal. Y cuando llegue la hora de marcar la cédula, ese residuo se evapora al ritmo en que la gente recuerda lo que tiene en el bolsillo.

El dato es este: Keiko Fujimori gana porque está parada donde está la mayoría. No hay mucha ciencia. Al frente, Roberto Sánchez representa un espacio que, sumando todo, con suerte pasa del tercio. Pretender que ese tercio sea mayoría no es análisis político. Es un acto de fe, de terquedad, o de mala leche para crear confusión ante una derrota que para muchos es vergonzosa, pero 100% razonable.

La candidata que hoy compite no es la de hace diez años. Se le nota en la cara: serena, segura de sí misma, con una tranquilidad que transmite sin esfuerzo. Proyecta algo que no se ensaya fácilmente —una presencia que genera confianza, no distancia. Y detrás de eso hay historia real: ha sufrido en carne propia la injusticia, la persecución y la prisión. Esa experiencia le ha dado una templanza y una visión que, bien aplicadas, son garantía de que ciertas cosas no vuelvan a suceder. Tiene además partido, cuadros, estructura y presencia nacional. No es poca cosa en un país donde muchos candidatos no tienen ni comité en su distrito.

El Perú de hoy tampoco es el de hace cinco ni diez años. La gente está trabajando, generando ingresos, mirando hacia adelante. El votante peruano —ese que la teoría política subestima sistemáticamente— es mucho más pragmático que sus comentaristas. No vota por simbolismos; vota por estabilidad. Y el contexto regional confirma la tendencia: el ciclo populista en América Latina está en retirada. Los experimentos radicales, incluyendo el colapso del propio Castillo —una advertencia que el electorado procesó en tiempo real— han dejado una lección cara. Cuando el caos tiene nombre y apellido, la estabilidad deja de ser un argumento abstracto para convertirse en un voto concreto.

Del otro lado, mucho relato y poca consistencia.

Y luego están los que no aceptan el resultado —no porque tengan pruebas de irregularidades, sino porque su candidato no llegó. Rafael López Aliaga, que fracasó de manera estruendosa y demostró una debilidad política y una fragilidad psicológica que le resta simpatías diariamente, tiene operadores dispuestos a explorar la salida creativa: anulemos todo, repitamos la elección, a ver si esta vez la realidad coopera. Y mientras tanto, seguir alimentando la idea de que ella no puede ganar. Que su victoria es anomalía, accidente, error. Una ilusión bastante más allá de lo que permite la ley del sentido común, la moral y la decencia.

La realidad no coopera. Pensar que en una repetición alguien sacaría más de lo que ya sacó es un optimismo difícil de sostener.

¿Errores en el proceso? Seguro, como en toda elección. Se corrigen. Pero no reescribiendo resultados porque no gustan.

El problema no es electoral. Es cultural. Treinta y cinco candidatos compitiendo en lo que pareció más un casting para una novela que un debate no elevan precisamente el nivel de la discusión.

Así que a los que todavía musitan “Keiko perdedora” como quien reza un rosario: actualicen el software. El país cambió. El electorado cambió. El contexto cambió. El sesgo de confirmación es gratis. Las elecciones, no.

En resumen: 70 contra 30. Ninguna conspiración sobrevive a esa diferencia. El 28 de julio jurará una mujer. No por casualidad. Por votos.

[Música Maestro] A lo largo de la historia del rock hemos conocido casos de bandas cuyos integrantes son irreemplazables, especialmente cuando tiene que ver con su muerte. Ocurrió en los Beatles, en The Doors, en Led Zeppelin, en Queen, aunque estos dos últimos lo intentaron -Led Zeppelin con Phil Collins primero y con el hijo de John Bonham después, Queen con Paul Rodgers primero y con Adam Lambert después- pero conscientes de que se trataba ya de otra cosa y con resultados que no lograron igualar a los originales.

Desde el fallecimiento de Neil Peart, los fanáticos de Rush aceptamos sin cuestionamientos que el paso siguiente era el natural y comprensible fin del camino para el famoso trío. Tras la muerte de “The Professor”, ocurrida el 7 de enero del año 2020, Geddy Lee y Alex Lifeson habían dejado medianamente claras sus intenciones de no volver a tocar bajo el nombre de Rush, una regla que rompieron en el tributo al fallecido baterista de Foo Fighters, Taylor Hawkins, en septiembre del 2022, con el apoyo en batería de Chad Smith (Red Hot Chili Peppers) y Danny Carey (Tool).

En el 2023, Lee publicó su autobiografía titulada My effin’ life (HarperCollins), la misma que presentó con una gira de 19 fechas por Estados Unidos, Canadá e Inglaterra -a veces con Lifeson como invitado- y en ninguna dejó filtrar proyectos de presentaciones en vivo. Por eso cuando se anunció, en octubre del año pasado, que ambos habían escogido en estricto privado a alguien para reemplazar a Peart, de inmediato surgieron especulaciones de todo tipo.

¿Quién podría cubrir a Neil Peart?

Facebook y otras redes sociales se llenaron de encuestas que generaron acaloradas discusiones entre fans y conocedores sobre quién podría ocupar esa importante plaza. Los nombres más mentados fueron los de Mike Portnoy (Dream Theater), Tim Alexander (Primus) y Danny Carey (Tool), tres de las bandas de generaciones posteriores más influenciadas por el sonido de la entente canadiense. Los más especializados soltaron candidatos menos obvios y diferentes, pero igual de interesantes: Simon Philips, Vinnie Colaiuta, Stewart Copeland, Alex Van Halen.

Estos ejemplos demostraban que a nadie se le ocurría pensar en Lee y Lifeson escogiendo a algún baterista nuevo, desconocido, sin prestigio, a pesar de que el ciberespacio está repleto de músicos jóvenes muy talentosos que muestran sus habilidades en YouTube, Instagram o TikTok todos los días. La estatura de Neil Peart era tan alta que solo un baterista de renombre podría ocupar su lugar.

Sin embargo -como ocurrió también con Primus en febrero- la pareja fundadora de Rush sorprendió a todos con una selección inesperada. Un nombre desconocido para la mayoría, treinta años menor que ellos y de otro país, con una trayectoria sólida en la escena del jazz, las clínicas musicales y la fusión, pero casi indetectable para los radares convencionales. Sin embargo, hubo un detalle adicional que literalmente descuadró a propios y extraños. Lee y Lifeson presentaron a su nuevo baterista: una mujer.

Rush, una banda ¿para hombres?

Desde su aparición en 1974, Rush se posicionó como una banda de público casi exclusivamente masculino. Esto no tiene nada que ver con posturas machistas o discriminadoras, es más bien un dato de la realidad. Según Neil Peart, en las épocas de más éxito del grupo, el público era masculino en un 85-90%, una conclusión a la que llegó observando la ausencia casi total de mujeres en sus conciertos. El dato empírico del baterista fue confirmado luego con estudios estadísticos serios, publicados en revistas especializadas como Rolling Stone o Classic Rock.

Quienes somos fanáticos de Rush, todos esos nerds que nos convertimos en bateristas en el aire cada vez que escuchamos Tom Sawyer (Moving pictures, 1981) y nos sabemos de memoria las líneas de bajo de The spirit of radio o Limelight (Permanent waves, 1980), los cambios rítmicos de Anthem (Fly by night, 1975), los solos de La villa strangiato (Hemispheres, 1978), sabemos que nuestras parejas no comparten nuestra obsesión sonora, elevada pero inútil y escapista a la vez. Pueden hasta disfrutar algunas canciones, pero no les interesan sus detalles, nombres, duraciones ni las historias detrás de cada una. Y tampoco verían con nosotros una y otra vez los videos completos de Xanadu (A farewell to kings, 1977) o Subdivisions (Signals, 1982) con el mismo nivel de compromiso.

Incluso cuando el heavy metal, ese otro subgénero del rock asociado normalmente a la testosterona, comenzó a recibir comunidades enormes de mujeres, Rush se mantuvo como placer musical exclusivo de hombres. Ni siquiera el fútbol o la Fórmula 1 poseen esa particularidad. Por supuesto que hay mujeres fans de Rush, sobre todo en años recientes, pero siempre en números menores. Como se ha analizado en más de una ocasión, las letras que van de lo filosófico a lo fantástico, la ausencia de temas románticos, el aspecto intelectual y carente de glamour de sus tres integrantes y la complejidad de sus arreglos musicales han alejado tradicionalmente al público femenino de Rush, una situación que incluso se trasladó en tonos bromistas a varios sitcoms y películas hollywoodenses.

Por eso, la noticia de que Geddy Lee y Alex Lifeson habían escogido a la baterista alemana Anika Nilles fue una agradable sorpresa por las posibilidades de romper ese estigma. Quizás ahora que sea una mujer quien ejecute los intrincados solos, ritmos y ataques de Rush en The Fifty Something Tour haga que el estereotipo por fin caiga y más público femenino preste oídos a esta extraordinaria música. El inicio de la gira se ha anunciado para la primera semana de junio y llegará a tres países de Sudamérica en enero de 2017. Argentina, Chile y Brasil son los afortunados. ¿Alguna empresa de espectáculos, que no sean los cabeceros de Evolution Concerts, se animará a traer a Rush al Perú? Esperemos que sí.

1974-1978: La etapa esotérica

De principio a fin, la discografía de Rush hace que el oyente se sumerja en un universo paralelo donde solo importan las historias fantásticas, las reflexiones filosóficas y cierto sarcasmo para la crítica sociopolítica de su tiempo, todo envuelto en una incombustible mezcla de hard-rock, rock progresivo y new wave que, en cuatro décadas, mantuvo su personalidad intacta, al margen de modas, cambios en la industria y la dictadura de los gustos masivos, casi siempre ajenos a propuestas artísticas que exijan del público un nivel de atención superior al promedio.

Rush lanzó veinte álbumes en estudio. Desde su debut, la fuerza y dinámica de sus canciones exhibieron un afilado hard-rock en la línea de bandas consagradas como Led Zeppelin, Deep Purple, Cream o Thin Lizzy. Lanzado cuando Geddy y Alex (bajos y guitarras) tenían solo 21 años, el disco epónimo de 1974 contiene un contundente bloque de riffs y solos acompañados por la precisa batería de John Rutsey, de la misma edad, con canciones como Working man, What you’re doing o Finding my way, cantadas por el bajista con inconfundible voz, rotunda y aguda.

Entre 1975 y 1978, el trío se consolidó dentro del prog-rock con largas suites, complejos intermedios instrumentales, uso de bajos y guitarras de doble mástil, pedaleras, instrumentos electroacústicos y letras arcanas, escritas por Neil Peart, el nuevo baterista que, además, enriqueció el proceso creativo por sus espectaculares recursos técnicos que le permitieron incorporar percusiones de todo tipo, desde campanas tubulares y xilófonos hasta sets amplios de tambores acústicos y baterías electrónicas.

A esta etapa pertenecen los extraordinarios discos Fly by night, Caress of steel (1975), 2112 (1976, para muchos su obra maestra), A farewell to kings (1977) y Hemispheres (1978), con temas como Closer to the heart, The trees o A passage to Bangkok, reflexiones propias sobre temas ambientalistas y sociopolíticos; e historias épicas como The fountain of Lamneth, 2112, Xanadu o Cygnus X-1 Book I: The Voyage, con letras inspiradas en escritos de la filósofa rusoamericana Ayn Rand (1905-1982), el autor de El señor de los anillos, J. R. R. Tolkien (1892-1973), la mitología grecorromana o los textos del poeta y filósofo británico Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), el mismo que inspiró a Iron Maiden para su clásico tema Rime of the ancient mariner (Powerslave, 1984).

1980-1989: Una adaptación efectiva

Como sabemos, el rock progresivo inició una etapa de declive en la segunda mitad de los setenta por la nueva estética, más cruda y desorganizada, de bandas como The Clash y Sex Pistols –“los punks nos hacían ver a nosotros como si fuésemos Beethoven”, declaró recientemente Geddy Lee a The Guardian- y los canadienses supieron adaptarse mucho mejor que sus pares de la onda “progre”. Como se cuenta en el documental Rush: Beyond the lighted stage (2010), Lee, Lifeson y Peart conservaron la complejidad instrumental, dejando atrás la actitud solemne y fantasmagórica de su etapa previa. El resultado fue un sonido igual de sólido y personal, pero en formatos más comprimidos y hasta amigables para las radios de la época.

Desde Permanent waves (1980) hasta Presto (1989), Rush produjo siete álbumes de puro vértigo y adrenalina musical. A su sorprendente capacidad para tocar líneas de bajo potentes y creativas mientras cantaba, Lee añadió un uso masivo de sintetizadores -especialmente Moog y Oberheim- y pedaleras Taurus para ejecutar largas notas graves con los pies. Lifeson, uno de los mejores guitarristas de su generación, se afianzó con riffs y solos que sonaban a prog-rock clásico y power-pop ochentero, mientras que Peart siguió dejándonos con la boca abierta con su estremecedora potencia y precisión. Moving pictures (1981) contiene clásicos como Red barchetta, el instrumental YYZ -código IATA del aeropuerto de Toronto- y, especialmente, Tom Sawyer.

Otros discos como Signals (1982), con Subdivisions -que aborda un tema de extremada vigencia como es la presión social y angustias de los jóvenes en un mundo de apariencias- y New world man -sobre el choque generacional en tiempos de cambio-; Grace under pressure (1984), que produjo los singles Red sector A y Distant early warning, sobre la guerra fría, mensajes aplicables al mundo actual); o Power windows (1985) con temas como Manhattan Project o la confrontacional The big money, demostraron que los etéreos músicos de rock que en 1976 salían con túnicas y kimonos también poseían un aterrizado discurso geopolítico y social.

1991-2012: Peso y experiencia

Luego vino un tercer periodo, el último, donde el peso y la experiencia de Rush se asentaron para ofrecer un sonido contundente, más cercano al hard-rock, pero sin abandonar su identidad progresiva, reconocible en cada desarrollo instrumental y en el tono vocal de Lee que, desde fines de los setenta ya había dejado atrás las notas extremadamente altas para hacerlo más intermedio.

Además, añadieron un elemento nuevo, el humor, incluyendo por ejemplo la melodía de The Three Stooges (Los Tres Chiflados) al inicio de sus conciertos-algo que hacían desde 1988- o interactuando con los personajes de dibujos animados como Family Guy o South Park, cuyos creadores son grandes fanáticos del grupo. Jack Black, estrella de la comicidad, salió una vez al escenario con ellos y metió toda su ropa salvo paños menores, en una de las lavadoras/secadoras que la banda usa como escenografía desde los años dosmiles.

Y, en su discurso de inducción al Salón de la Fama del Rock and Roll, el 2013 -un hecho que tardó catorce años desde que se hicieron elegibles en 1999- Alex Lifeson, cuyo apellido real es Živojinović, por sus padres llegaron a Canadá desde Serbia, hizo reír al público con dos minutos y medio de «blah blah blah» ironizando respecto de las solemnidad que suele rodear a esas ceremonias. Esa ocasión tocaron Tom Sawyer, The spirit of radio y una versión editada de Overture 2112/The Temples of Syrinx, acompañados por Neil Raskulinecz (bajo), Taylor Hawkins (batería) y Dave Grohl (batería).

Este ciclo arranca con Roll the bones (1991), un disco de transición que tiene de ambas etapas -el vertiginoso instrumental Where’s my thing? que alguna vez usara Canal N como cortina de sus noticieros, la poderosa Dreamline y hasta algo de rap en el tema-título– y termina con Clockwork angels (2012), su última producción en estudio. En el medio, sólidos discos como Counterparts (1993), Test for echo (1996) o Vapor trails (2002) confirmaron su prestigio dentro del rock mundial. En el 2004, el trío se animó a grabar un álbum de covers, Feedback, un homenaje a aquellas bandas que los inspiraron: Cream, The Who, The Yardbirds y Buffalo Springfield.

Una de las particularidades de su discografía son los álbumes en vivo, lanzamientos que sirven para entender la energía, virtuosismo y evolución del grupo en sus distintas etapas. Tanto All the world’s stage (1976), Exit… stage, left (1982) y A show of hands (1988) ofrecen el sonido clásico de Rush en todo su esplendor. A partir del recopilatorio de conciertos Different stages (1998) en adelante, sus discos en directo –Rush in Rio (2003), R30: 30th Anniversary World Tour (2005) o R40 Live (2015)-, funcionan como un muestrario del legado artístico de Rush y un testimonio de su resistencia al paso del tiempo, incluso superando tragedias de toda índole. La decisión de Neil Peart de retirarse de los escenarios, tras la gira del 2015, y su posterior fallecimiento cinco años después, a los 67 años, de cáncer cerebral, parecían los puntos finales de una notable trayectoria. Hasta ahora.

El regreso de Rush en los Juno Awards

El pasado 29 de marzo, Rush hizo su primera aparición con Anika Nilles en batería, durante los Juno Awards, en el TD Coliseum de Ontario. Tocaron Finding my way, el primer tema del primer disco del grupo. La interpretación de Anika es precisa y limpia, mostrando sus credenciales y convenciendo a los seguidores de la banda. El video fue subido a YouTube esa misma noche y actualmente, tres semanas después, supera ya los dos millones de visualizaciones.

La presentación que nadie anticipó -fue una verdadera sorpresa con la que empezó la ceremonia de entrega de los Grammy canadienses- permite ver cómo sonará Rush en The Fifty Something Tour. El bajo de Geddy Lee es perfección absoluta mientras que su voz, aunque suena bien, ya no registra los legendarios alaridos de antaño -sería irracional esperar eso- pero la técnica que usa actualmente le permite llegar a notas altas sin desentonar. Alex Lifeson es garantía de riffs y solos electrizantes. Al lado izquierdo Loren Gold, un joven y experimentado músico de sesión que viene trabajando con todos, desde Hilary Duff hasta The Who y Chicago, apoya en teclados y coros.

Y detrás, Anika, la sorprendente baterista alemana que cumplirá 43 años a fines de mayo y, a juzgar por su presentación en los Juno, ya está lista para afrontar el enorme desafío de cubrir a Neil Peart, uno de los bateristas más admirados en la comunidad mundial de músicos. “En la primera sesión de ensayos, nos dedicamos a hablar de Neil, de cómo captar su forma de pensar, su feeling”, declaró recientemente a Classic Rock. Más allá de una que otra mezquindad publicada en internet, lo que prima entre los seguidores de Rush es la entusiasmada expectativa que ha despertado su presencia.

Anika Nilles: ¿De dónde salió?

Anika Nilles toca batería desde los seis años. Posee un estilo fluido y polirrítmico que fue desarrollando por su dedicación a la práctica y su amor por el jazz fusión. Comenzó a publicar videos en YouTube con sus composiciones en el año 2013, lo que la llevó a realizar cursos, primero en su país Alemania y luego en otros. Desde hace algunos años, es parte del equipo docente del website Drumeo.com, con sede en Canadá. La revista norteamericana DRUM! la eligió la mejor baterista los años 2015 y 2016.

Sus videos tutoriales y canciones la fueron haciendo conocida en la comunidad de bateristas, al punto de ser portada en la revista especializada Modern Drummer, una de las más conocidas del rubro. Nilles tiene su propia banda, Nevell, con la que ha publicado hasta el momento tres álbumes -Pikalar (2017), For a colorful soul (2020) y False truth (2025). Aquí podemos verla en acción, tocando Shine y Pikalar, dos de sus composiciones, donde podemos apreciar su capacidad técnica y sentido del ritmo.

Entre mayo y noviembre del 2022, Anika Nilles se unió a la banda de Jeff Beck para la que sería la última gira del célebre guitarrista, antes de su fallecimiento. El 22 y 23 de mayo del 2023 participó en los dos conciertos-tributo a Beck en el Royal Albert Hall de Londres, en una banda que incluyó a estrellas como Eric Clapton, Billy Gibbons (ZZ Top), Ronnie Wood (The Rolling Stones), Rod Stewart, entre otros. Sobre el desafío de tocar con Rush, Anika explica: “El estilo de Neil Peart era muy enérgico, algo con lo que me siento muy cómoda. También me encanta tocar enérgicamente. Además, siempre ponía cosas nuevas a las canciones, nunca se repetía a sí mismo, eso lo hace más emocionante”.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Ayer, en Barcelona, España, durante la IV reunión de Defensa de la Democracia, que reúne a los principales líderes progresistas del mundo, el mandatario brasilero, Ignacio Lula da Silva se ha preguntado ¿Yo quiero saber dónde hemos fallado como demócratas, cuándo las instituciones democráticas dejaron de funcionar?

Sin duda, esa es la pregunta de fondo, pero llega demasiado tarde y está mal planteada.  La verdadera pregunta hasta qué punto la izquierda contemporánea está dispuesta a ceder en sus pretensiones progresistas para recuperar sus banderas sociales y democráticas, y así recuperar a buena parte del público que ha perdido los últimos veinte años.

Todo comenzó en los años 70 y 80, no con protestas ruidosas, sino con teorías académicas. En los departamentos de humanidades  se introdujo la teoría crítica y se impuso la premisa de  que el conocimiento no es neutral, sino una herramienta de poder utilizada por los grupos dominantes para oprimir a todos los demás.

En la década del diez, la idea saltó de los libros a la vida diaria a través de las redes sociales y desde una nueva sensibilidad generacional. El concepto de interseccionalidad se convirtió en carta de navegación, Al mismo tiempo, se popularizó la idea de que una persona puede estar sujeta a múltiples capas de opresión (raza, género, orientación sexual).

Lo que antes era un debate intelectual se convirtió en imperativo moral. Las universidades dejaron de comprenderse como centros de investigación y productoras de conocimiento, y se vieron a sí mismas como instituciones cuya misión era reparar injusticias sociohistóricas.

Para materializar el cambio, se implementaron políticas que las transformaron: se fundaron departamentos y asignaron grandes presupuestos para que cada aspecto de la vida universitaria reflejara estas teorías. Inclusive, se intervino en el lenguaje y se creó  el concepto de microagresiones. Pronto se difundieron guías y catálogos de lenguaje inclusivo y microagresiones ¡cuidado con equivocarse! una microagresión es un comentario cotidiano que, sin mala fe, “agrede” a grupos marginados.

De la teoría se pasó a la lucha política. La manifestación más visible de este fenómeno fue la cultura de la cancelación: si un profesor expresaba ideas contrarias al dogma hegemónico (por ejemplo una crítica a la identidad de género), se organizaban boicots masivos para impedir su charla y forzar su despido. De hecho, las cancelaciones se extendieron a cualquier personaje público a través de las redes sociales ocasionando, en ciertos casos, su muerto social e, inclusive, su suicidio.

Un caso muy sonado fue el del actor Johnny Depp, acusado de violencia de género por su esposa Amber Heard. Durante el largo y penoso proceso, no solo el actor fue cancelado, sino una serie de colegas y amigos que se atrevieron a defenderlo en las redes, entre ellos su exesposa Lori Allison. Muchos fueron obligados a retractarse por la turba digital. Al final, Depp pasó al ataque, denunció a Heard y, en un procedimiento que todo el planeta presenció, demostró claramente que la víctima de violencia doméstica fue él: Heard resultó condenada.

En otro orden de cosas, para conseguir trabajo o mantener el que ya tenían, muchos académicos fueron obligados a escribir ensayos acerca de diversos aspectos de la teoría wokista, aplicado a diversas áreas del conocimiento. Al mismo tiempo,  fue obligatoria la matrícula a talleres donde se enseña a estudiantes y empleados que todos son intrínsecamente racistas debido a su crianza en una sociedad injusta. Desde José Stalin, no se conoció nada parecido.

Respecto del feminismo

Dentro de la cosmovisión woke, el feminismo ha mutado hacia posturas que van mucho más allá de la igualdad legal tan anhelada en las luchas que libraron durante  los años sesenta. En cambio, las corrientes actuales buscan desmantelar las estructuras de la civilización occidental, las que consideran intrínsecamente patriarcales.

Al respecto, proponen el fin del “binarismo de género” y el de la mujer como sujeto biológico. El concepto mujer pasaría a ser exclusivamente un constructo social elaborado para asegurar su opresión. De acuerdo con estas tesis, no existen ni hombres, ni mujeres, lo que existen son identidades líquidas, fluidas o flexibles, a veces pasajeras.

Por otro lado, la familia tradicional, papá, mamá e hijos, constituye la  unidad básica de reproducción del capitalismo patriarcal, así como una herramienta de dominio sobre el cuerpo de la mujer. Inclusive, la maternidad resulta objeto de  crítica pues supone la perpetuación de la dominación sobre las mujeres.

La crítica feminista ha llegado a la justicia, en universidades de todo el planeta es normal que se apliquen reglamentos de género en los cuáles a una supuesta víctima de violencia de género se le cree de antemano y se le provee de abogado y psicólogo, frente al procedimiento interno por iniciarse. Al contrario, el acusado es separado preventivamente de su cargo, estigmatizado, y encontrado responsable hasta que demuestre que no lo es. Luego, si lograse demostrarlo, igual el daño ocasionado en su contra es irreversible.

En algunos países estos procedimientos han alcanzado a la justicia. Es el caso de España y su ley en contra de la violencia de género, aprobada en 2004, en cuyos efectos funciona exactamente igual que los reglamentos universitarios que acabamos de referir: una mujer denuncia a su cónyuge por violencia, este es encarcelado tres días de manera preventiva, es expulsado de su domicilio preventivamente, como daño colateral -estigmatización- la más de las veces es despedido de su trabajo. En suma, su vida resulta arruinada, de nada le vale que dos años después un tribunal de género, que aplica justicia a base de todos los criterios que aquí hemos resumido, lo encuentre inocente. Su vida terminó desde el momento en el que fue denunciado. Alguien se olvidó, en el camino, que la presunción de la inocencia es un derecho fundamental.

Puesta en común

Podría decir muchas cosas más, podría hablar de la teoría poscolonial, del derribo de las estatuas de Cristobal Colón y un largo etc. pero es la hora de los matices. Sí creo que hay violencia contra la mujer, desde luego, y también creo que existe racismo y que, además, es sistémico. El error basal cometido por el  movimiento wokista, cuya ideología acabo de describir, es haberse planteado como meta socavar las bases mismas de la civilización occidental pues entre esas bases se encuentran, o se encontraban, la propia democracia y los derechos fundamentales.

No soy un conservador radical, no creo que la única familia deba ser la familia tradicional, pero los planteamientos de destruirla o de tomarla como el enemigo me resultan absolutamente aberrantes, tanto como el intento de descartar la biología de la ecuación para definir a un hombre, una mujer y a una persona LGTBI+, es que no se puede. Luego, también entran en juego los factores sociales y culturales, es obvio, y está bien, ya nos lo dijeron los primeros sociólogos y antropólogos hace poco más de un siglo, también nos lo dijo Freud, ciertamente.

La caída del muro de Berlín, en 1989, abrió para occidente la era de los derechos y sus vanguardias académicas y universitarias no hicieron otra cosa que convertirla  en su propio oxímoron: un jacobinismo de los derechos, principalmente, el de las minorías, un jacobinismo que olvidó que aquel varón al que le destrozaron la vida en redes sociales tenía finalmente derecho a defenderse, y también tenía derecho a ser hallado inocente mientras no se le demostrase lo contrario, y también tenía derecho a que se preserve su honor ante la sociedad, y que, ante la universalidad de los derechos humanos, sin la cual no puede haber democracia, no cabía decapitarlo en la Place de la Concorde virtual.

Ud. conoce la respuesta a su pregunta amigo Ignacio Lula da Silva, la conoce perfectamente bien, y, en todo caso, aquí se la he recordado. La pregunta ahora es otra: tiene Ud. razón, el wokismo fue tan radical que aterrorizó a la mayor parte del mundo occidental el que buscó cobijo en posiciones conservadoras que -como natural reacción- también se extremaron. Y resulta que ahora están prevaleciendo en el mundo.

Tal vez el progresismo debiera comenzar por esa enorme autocrítica que se debe a sí mismo y que nos debe a todos los que esperábamos de él un desempeño medianamente racional. Tras ello, es posible que puedan ver más claro el panorama y comenzar a ser más razonables. Occidente necesita un balance, necesita una izquierda pero democrática, y necesita una derecha democrática también, cómo no.

Foto, Ignacio Lula da Silva y Pedro Sánchez, mandatarios de Brasil y España respectivamente, en reciente cumbre de líderes progresistas realizada en Barcelona.

[OPINIÓN] Rafael López Aliaga ha decidido regalarnos una pequeña pieza de teatro electoral. Shakespeare, la habría titulado To be or not to be… según cómo vaya el conteo. Porque de eso se trata: atacar o callar, incendiar o susurrar, denunciar el apocalipsis o hacerse el místico, siempre dependiendo de una sola variable: si él entra o no a la segunda vuelta.

Apenas aparecieron los problemas logísticos del domingo, López Aliaga no habló de fallas ni de desorden. Habló de fraude. No de dudas, no de observaciones, no de prudencia. Fraude. Vinieron los insultos a la ONPE, a sus funcionarios, pedidos de prisión…  cifras lanzadas al aire como confeti y las acusaciones sin prueba, todo con esa delicadeza perturbada que lo caracteriza cuando se siente perjudicado. El problema es que ni la OEA, en su informe preliminar, habló de fraude: habló de retrasos logísticos, simulacros incompletos y en 13 locales de votación afectados en Lima. Desorden, sí. Conspiración, no. Pero para un hombre cuya relación con la evidencia es, digamos, libre, ese detalle es secundario.

Luego llegó la fase heroico-barrial. Amenazó con “insurgencia ciudadana”, pidió anular las elecciones y puso ultimátums, plazos perentorios al JNE como si la democracia fuera un trámite notarial que se corrige levantando la voz. Lo pintoresco vino después: el mismo hombre que denunció el fraude sin mostrar ninguna prueba terminó ofreciendo S/ 20.000 a quien pudiera alcanzarle alguna. Notable epistemología: primero acusar, luego salir a comprar la evidencia. Eso, en cualquier diagnóstico serio, no es método. Es un síntoma.

Porque ahí está el asunto que nadie quiere nombrar con todas sus letras: un candidato que no controla sus impulsos cuando pierde no va a controlarlos cuando gane. Un político que confunde su frustración con prueba jurídica no va a distinguir entre su voluntad y el interés público. Y un líder que mueve entre los exabruptos  y el silencio según dónde apunta el marcador no tiene convicciones: tiene estados de ánimo.

Con la ONPE al 93% de actas procesadas, López Aliaga iba tercero por un margen estrecho. Y, curiosamente, el incendiario de anteayer empezó a administrar sus decibeles. Cuando parecía fuera, fraude. Cuando todavía podría colarse, prudencia. La geometría variable en estado puro. Finalmente se trata de un ingeniero a carta cabal.

En castellano simple: no estamos ante un defensor de la transparencia. Estamos ante un hombre que juega a demócrata con fósforos en una mano y calculadora en la otra. Lo segundo preocupa. Lo primero, en alguien que pretende dirigir un país, debería asustarnos.

 

[Música Maestro] Desde hace varias semanas me venían apareciendo sus reels en Instagram y Facebook, pero no me animaba a subirles el volumen. La imagen era llamativa, algo absurda, con dos o tres elementos que coincidían con mis búsquedas habituales, entre el metal, el rock progresivo, el jazz y el funk: una guitarra double neck -o sea guitarra y bajo a la vez-, disfraces extravagantes y movimientos que me permitían intuir ritmos no convencionales. Solo dos músicos en un ambiente muy bien iluminado y una escenografía simple que coincidía con sus trajes, interpretando sabe Dios qué. “Otro día…”, pensaba, cada vez que el algoritmo me los sugería.

La semana pasada, navegando por YouTube, me conecté al siempre interesante canal de Rick Beato y, en una de sus últimas miniaturas, aparecía con rostro de desconcierto, flanqueado por las imágenes de aquellos dos extraños personajes y al centro, en grandes caracteres, la pregunta “What is this?” (“¿Qué es esto?”). Debajo de ese texto, una frase en francés que claramente era el nombre del dúo. Mientras, el título del video tenía otra oración sugerente: “Please STOP sending me this” (“Por favor, DEJEN de enviarme esto”). Era momento de darle play.

Beato, experto productor y talentoso músico, una autoridad en todo lo relacionado a la historia y actualidad de la industria discográfica anglosajona, a quien siempre recurro por sus didácticos enfoques y profundas entrevistas a figuras -músicos, compositores, productores- del pop-rock y jazz de distintas épocas, comentó en su video de nueve minutos de duración que sus redes sociales y canales de contacto estaban saturados de mensajes solicitándole -casi rogándole en realidad- su opinión acerca de este nuevo fenómeno que estaba viralizándose por todas partes. Correos electrónicos, superchats, WhatsApps desde diferentes lugares del mundo. Y, bueno, decidió ocuparse del tema. Y yo decidí revisar su video. Lo que vi y escuché me sorprendió tanto como a él.

Un viral diferente

Cuando escuchaba el relato del YouTuber acerca del por qué no atendía el pedido de sus miles de seguidores, me sentí plenamente identificado con esa actitud. Generalmente, no reacciono a los virales porque tengo claro que son golpes de efecto producidos por cuestiones pasajeras, alguna ocurrencia graciosa o extrema pero sin sustancia, un “reto” que nace en un garage o en un jardín y luego es replicado por influencers, estrellas de cine y farándula -local y/o extranjera-, o cualquier otra imagen que, por divertida, grotesca o ridícula, llama la atención de las masas cibernautas.

Sin embargo, esto resultó ser otra cosa. El video matriz, del cual se vienen desprendiendo todos esos reels desde febrero, es una presentación de casi media hora, parte de un festival organizado por la revista musical francesa Les Trans y la escuela de artes ESMA (École Supérieure des Métiers Artistiques), retransmitido por el sintonizado canal de la KEXP, emisora norteamericana asociada a la NPR, la de los Tiny Desk Concerts. La tocada se realizó en un estudio de la ciudad de Rennes, al norte de Francia, sede de uno de los enormes campus de esta institución educativa privada que ofrece programas de lo más atractivos, diversos y tecnológicamente actualizados.

Una digresión coyuntural: una ola de envidia sana recorrió mi organismo al ver esa imponente infraestructura -moderna, sofisticada, funcional- puesta al servicio de la educación creativa, audiovisual y artística de cientos de jóvenes franceses, después de escuchar las “propuestas” balbuceadas por diminutas candidaturas para una educación peruana sumida en el abandono, la mediocridad y la corrupción. El eslogan de ESMA lo dice todo: “El arte es serio”.

Un nuevo capítulo del “shock-rock”

En francés, “angine de poitrine” significa “angina de pecho”, una dolencia que puede ser prólogo de un infarto. Extraño nombre para un grupo musical, sobre todo si tomamos en cuenta que hay muy pocas bandas conocidas con nombres de enfermedades físicas.

Pienso, por ejemplo, en los vascos de Eskorbuto, los peruanos Leusemia -ambos representantes del punk en castellano-, los neoyorquinos indierockers The Strokes o los inclasificables británicos Cardiacs -curiosamente, ambos relacionados a males coronarios- mientras que, en géneros más extremos del metal abundan nombres inspirados en condiciones mentales, referencias bíblicas-satánicas o incluso agentes bacteriológicos y contaminantes.

Angine de Poitrine es el nombre de este dúo de músicos canadienses que, siguiendo una tradición iniciada hace más de cincuenta años por Kiss y Alice Cooper, se presentan al público ocultando sus identidades. Pero, si “la banda más caliente del mundo” o el rey del hard-rock teatral dejaban bastante claro que había seres humanos detrás de sus pinturas faciales, pelucas, disfraces y coreografías, esta pareja opta por crear la ilusión de que son extraterrestres de punta a cabo.

Pero no en el estilo de los norteamericanos Gwar y sus clones fineses Lordi, que representan a monstruos amenazantes y lascivos, sino más en la onda misteriosa y cínica de The Residents, llevando un nivel más allá lo que hemos visto en artistas como el guitarrista Buckethead, los numetal de Slipknot o Les Claypool, bajista y líder de Primus y otros proyectos musicales quien, a menudo, sale al escenario usando máscaras antropomórficas o sombreros extraños, una tradición que también tiene sus orígenes en el rock clásico, como son los casos de Genesis o The Crazy World of Arthur Brown. El “shock rock” es todo un subgénero del que Angine de Poitrine viene a conformar un capítulo nuevo y particularmente fascinante por sus intrincados detalles.

Angine de Poitrine: Generales de ley

Khn de Poitrine (guitarras, bajos, pedales secuenciadores) y Klek de Poitrine (batería) son los ¿nombres? de estos músicos que, según indica su web oficial, tocan juntos desde que son adolescentes. Se comunican a través de enigmáticas señas -un triángulo que arman con las manos, los brazos abiertos haciendo ondas- y un ¿idioma? propio basado en sonidos distorsionados y robóticos imposibles de reproducir con voces humanas. Salvo el nombre del grupo, nada de lo que ¿dicen? se entiende.

Esto tampoco es una novedad, estrictamente hablando, si recordamos el idioma “kobaïan”, creado por el baterista francés Christian Vander (78), factótum de Magma, una de las principales bandas de rock progresivo europeo no británico. O las palabras carentes de sentido que Charly García inventó para cifrar los mensajes antidictadura de varias canciones emblemáticas de Serú Girán (1978-1982), quizás inspiradas en el glíglico cortazariano.

Aunque parece claro que son dos hombres jóvenes -por complexión, por movimientos- nadie está en capacidad de saber las edades reales de Khn y Klek de Poitrine. Tampoco conocemos sus verdaderos nombres, por supuesto. El único dato concreto es que llegaron no desde alguna galaxia desconocida sino  de Quebec, la colorida región francófona que se extiende por todo el oriente canadiense, pegada al Atlántico.

Como dice la sumilla de la página web oficial del dúo: “Angine de Poitrine es un proyecto artístico anónimo. Cualquier especulación acerca de la identidad de sus integrantes no está verificada, no cuenta con el respaldo del grupo y podría constituir una invasión de la privacidad”. En tiempos en que el exhibicionismo descarnado es la norma, este único hecho ya constituye un acto contracultural que merece atención.

Rock progresivo y música microtonal

Las canciones de Angine de Poitrine son fundamentalmente instrumentales, con esporádicas exclamaciones ininteligibles de ambos músicos en distintos momentos de algunas de ellas. Para el oído experto, las influencias son muy claras. Sus riffs recuerdan principalmente a King Crimson -canciones como Frame by frame (1981) o Larks’ tongues in aspic (1973) me vienen a la mente de inmediato – y la dinámica de cada instrumentista tiene características muy marcadas.

La guitarra/bajo posee el vértigo de los mejores momentos de Rush y Primus, sazonado con disonancias y polirritmos muy complejos, “zappaescos” como declaró recientemente Khn en la revista especializada Noize Magazine. Por su parte, la batería muestra el pulso y la potencia de Neu! y Can, estrellas del krautrock alemán, con arranques de funk y jazz fusión.

En general, la música que hacen viene catalogándose como math-rock (rock matemático), rótulo que la crítica especializada atribuye a este estilo por la precisión que requiere su ejecución, cuyos orígenes podemos ubicar también en la década de los años setenta. Sin embargo, todo este bagaje extraído de otras épocas es enriquecido por la forma en que estos canadienses componen y tocan, haciendo de su interpretación una experiencia realmente innovadora y peculiar.

Khn usa un instrumento de doble diapasón, como en el pasado lo han hecho Mike Rutherford (Genesis), Geddy Lee (Rush) o Chris Squire (Yes), un motivo adicional para asociarlo al prog-rock más tradicional. El detalle está en su configuración microtonal, con mayor cantidad de trastes ubicados a muy corta distancia entre sí, diseñada especialmente para él por el luthier Raphaël Le Breton.

Este trasteado convierte las mínimas variaciones ubicadas en los intervalos que todos conocemos -los semitonos de la teoría musical de Occidente- en notas separadas unas de otras, lo cual permite crear líneas disonantes combinando tensión y fluidez. La música microtonal, por cierto, se practica desde hace siglos en civilizaciones del sudeste asiático como Indonesia y en la India. De hecho, Robert Fripp se inspiró en ese estilo para mucho de lo que compuso en King Crimson, durante el periodo 1981-1983 que analizamos en esta nota.

Adicionalmente, maneja con los pies una extensa pedalera de secuenciadores –loops– para generar capas y capas de riffs, melodías y solos que va superponiendo unos sobre otros, mientras que su ¿hermano? Klek le da fondo con una batería de golpes secos -la cubre con una tela para conseguir ese efecto- y de pocos elementos, si la comparamos con las de Neil Peart, Phil Collins o Bill Bruford -solo por mencionar a tres bateristas clásicos de prog-rock-, pero que sorprende por la facilidad con la que desarrolla patrones rítmicos irregulares sin perder el paso.

¿Y de qué están disfrazados?

Aunque es difícil de determinar, una cosa es segura. Es imposible que los Angine de Poitrine pasen desapercibidos. En los videos y reels que andan circulando por el ciberespacio, va descubriéndose que, además de verse extraordinariamente bizarros, tienen la intención de generar misterio respecto de sus costumbres, procedencias y personalidades, desarrollando una historia detrás de la música que tiene el potencial de acercarlos a públicos masivos incapaces de entender lo que tocan, más atraídos por el aspecto visual de su propuesta artística.

En líneas generales, sus atuendos poseen el mismo diseño, pero cada uno funciona como el negativo del otro, en modo que nos recuerda a la oposición gráfica y cromática del yin y el yang, principio fundamental del taoísmo chino. Mientras Khn, el guitarrista/bajista, usa máscara blanca con puntos negros -el yang, elemento masculino-; la del baterista Klek es negra con puntos blancos -el yin, elemento femenino.

Esta dicotomía complementaria, también influenciada por el cubismo y el dadaísmo de posguerra, se repite en todo lo que los rodea, desde las vestimentas hasta los instrumentos y las paredes. Otra característica común son las prominentes narices que parecen inspiradas en cierta especie de simio asiático, aunque también podríamos relacionarlas al dualismo taoísta. Mientras la nariz blanca -masculina- es firme y horizontal, la negra -femenina- es flácida y móvil.

Khn lleva sobre la cabeza un enorme ¿casco? blanco en forma de campana o pirámide trunca puesta al revés. En lugar de ojos definidos vemos signos de dólar. El pelo y la barba, de color naranja, son como sogas y su vestimenta negra lo cubre de cuello a tobillos. Las manos y pies, que necesita libres para tocar y manipular la pedalera, están también pintados de blanco.

En el caso de Klek, la cabeza negra es larga y tubular, con una pequeña ventana en la parte baja -una boca falsa- a través de la cual asoman los verdaderos ojos del baterista y termina en una diminuta pirámide dorada. Los falsos ojos, ubicados en la parte alta, también tienen esa forma piramidal. Su ropa es blanca y suelta, para permitir la movilidad de brazos y piernas, indispensables para tocar. Ambos llevan -Khn en el centro del casco, Klek en el centro del pecho- un triángulo dorado sobre el cual colocan sus manos, replicando esa figura geométrica, para saludarse entre sí y al público.

La música de Angine de Poitrine

“Cuando yo era niño pensaba que así iba a sonar la música en el 2026… ¡y aquí estamos!” escribió Mike Portnoy en sus redes sociales, luego de escucharlos. Rick Beato coincidió casi al milímetro con el baterista de Dream Theater, uno de los mejores músicos de su generación, al escribir que “así es como imagino que debe sonar la música en el futuro”. Como ellos, otras personalidades del rock mundial también han reaccionado con admiración ante este grupo cuya agenda de presentaciones en festivales no hace más que crecer.

En total han grabado doce canciones, distribuidas en dos discos de seis temas cada uno. Su primer álbum, Vol. I, apareció en junio del 2024 y el segundo, titulado simplemente Vol. II, acaba de lanzarse los primeros días de abril, con gran expectativa tras el impacto de su presentación en KEXP que, en solo un mes y medio, ya supera los siete millones de visualizaciones. Ambos están disponibles en formato digital y en vinilo a través de su cuenta en BandCamp.

Tienen fechas de conciertos en Estados Unidos, Canadá y Europa programadas hasta noviembre de este año y sus imágenes siguen llenando las redes sociales, captando cada vez más y más seguidores. Ya sea por curiosidad o por genuino apego a la música virtuosamente tocada y difícil de escuchar, el revuelo que ocasiona Angine de Poitrine a nivel mundial está lanzando un mensaje de resistencia contemporánea frente a la homogeneización de contenidos musicales que propone el pop-rock actual, desde Lady Gaga y Coldplay hasta Beyoncé y Shakira. ¿Se puede ser viral sonando como King Crimson y sin recurrir a la IA en el año 2026? Este dúo canadiense está demostrando que sí.

[OPINIÓN] Lo advertimos. No como profetas, sino como observadores con memoria. Hace unos meses escribimos sobre el libre tránsito de personajes sin historia, sin peso y sin vergüenza por los pasillos de un partido que alguna vez impuso respeto solo con su nombre. Lo que entonces era una advertencia, hoy es una triste realidad.

El APRA acaba de completar su peor actuación electoral en cien años de historia. No como víctima de una conspiración ni aplastada por una dictadura. Sino derrotada por la mezcla más peligrosa que puede existir en política: irresponsabilidad con ambición. Dos combustibles que, juntos, no generan energía. Generan un desastre.

Hubo quienes intentaron evitarlo. Luis González Posada, Jorge Del Castillo, Nidia Vílchez, Ricardo Pinedo y Javier Velázquez, los que aún conservaban la brújula, lo vieron venir. Hablaron. Advirtieron. No fueron escuchados. Y esa es, quizás, la parte más dolorosa: no es que nadie supiera lo que iba a pasar. Es que los que sabían fueron desplazados por los que no sabían nada, pero querían todo.

Porque eso también fue. Ambición sin sustento. La de quienes tomaron el partido por asalto creyendo que la militancia era un trampolín y no una responsabilidad. Y para justificar ese asalto, construyeron una comunicación que en los últimos meses alcanzó niveles de despropósito difíciles de documentar sin ruborizarse. Declaraciones sin sustento, performances sin dignidad, mensajes redactados con la gramática del oportunismo y la profundidad del absurdo. Todo ello en nombre de un partido que alguna vez produjo doctrina, pensamiento y liderazgo continental.

El contraste es brutal. Víctor Raúl Haya de la Torre fundó un movimiento que sobrevivió exilios y dictaduras. Alan García lo llevó dos veces al gobierno. Armando Villanueva, Luis Alberto Sánchez, Ramiro Prialé construyeron una estructura que fue, durante décadas, columna vertebral de la política peruana. Todo ese capital histórico no pudo resistir lo que sí logró destruirlo: la inocencia perversa de creer que el APRA era una plataforma disponible, una marca heredada que cualquiera podía usar para proyectarse sin haber construido nada.

El resultado está a la vista. El partido que “nunca moría” es hoy, en el mejor de los casos, una nota al pie. En el peor, la prueba de que cien años de historia no bastan si en el momento decisivo mandan los que menos merecen mandar.

Hace unos meses escribimos que si algunos seguían jugando al ridículo, y otros seguían permitiéndolo, quizá lograrían desahuciar al partido después de cien años.

No queríamos tener razón.

La tuvimos.​​​​​​​​​​​​​​​​

[OPINIÓN] Si algo podía salir mal, no solo salió mal: lo celebró con mítines de fin de campaña.

Murphy nunca conoció a Rafael López Aliaga, pero de haberlo conocido lo habría convertido en el ejemplo definitivo de su teoría. El hombre elevó la Ley de Murphy a categoría de doctrina de gobierno. Y hoy, mientras el Perú cuenta votos, la teoría se consagra.

Esto no es mala suerte. Esto es un estilo.

Un estilo donde gobernar se confunde con pelear, liderar con imponer, y hacer obra pública con reinaugurar la misma cosa cada seis meses como si fuera otra. La Ramiro Prialé lleva más reaperturas que la Virgen de Chapi en procesión. La Vía Expresa avanzó en el caos hacia ninguna parte. Mucho anuncio, mucha foto, poca ingeniería. Pero el problema de fondo nunca fue de asfalto ni de improvisación. Fue de carácter.

Desde el primer día, López Aliaga eligió la estrategia más eficiente para quedarse solito: pelearse con todo el mundo. Prensa, empresarios, autoridades, ministros, instituciones. Corruptos y gente de mierda le brotaban como saludo cordial, y ojo, soy muy millonario como advertencia. Puerta que se le abría, él la cerraba de un portazo. Alianza que se le ofrecía, él la convertía en guerra santa.

Resultado: aislamiento total. Sin aliados. Sin equipo técnico del que alguien pueda presumir algo.

Ahí están los trenes impuestos a la brava, que probablemente terminen decorando un estacionamiento como monumento a la improvisación populista. Ahí está el circo de Rutas de Lima: un conflicto manejado con la delicadeza de un rinoceronte en cristalería que terminó en tribunales internacionales. La cuenta no la paga el ex alcalde. La paga Lima. Miles de millones que saldrán del bolsillo de todos los que lo aplauden con los pies porque ahora no pagan peaje.

Y con ese currículum, quiso ser presidente.

Pasó meses liderando encuestas. Fue el favorito, el inevitable, el que iba a barrer. Y entonces empezó a hacer lo que mejor sabe hacer: destruirse solo, con una constancia que merece algún tipo de reconocimiento académico.

Los boca de urna de hoy lo ubican entre el 11% y el 12,8% — dependiendo de a quién le creas —, en empate técnico con Jorge Nieto y otros. Si los números de Ipsos se confirman, ni siquiera pasa a segunda vuelta. Si se confirman los de Datum, pasa con lo justo, sin mandato ni momentum. En cualquier caso: un hombre que lideró las encuestas durante meses termina el día de la elección mirando los resultados con lupa para saber si sobrevivió.

Nadar y nadar para morir en la orilla.

Porque esto no es tragedia griega ni épica de resistencia. Esto es consistencia en el desastre. Un hombre que convirtió el error en método, la confrontación en estrategia y la terquedad en religión. Se veía venir. Y ahora que la factura llegó — en forma de votos que no fueron — que no digan que en esta columna no los advertimos.

Murphy debe estar riéndose en su tumba. López Aliaga consagró su teoría sin querer queriendo.

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