Opinión

[La Tana Zurda] Esta semana se llevará a cabo el primer Festival Yana Runa, un evento cultural único en su tipo que fusiona la riqueza musical afro-peruana con los sonidos ancestrales andinos. Esta propuesta, organizada por el Centro Cultural Amador Ballumbrosio bajo la dirección de Miguel Ballumbrosio, busca celebrar el talento nacional y destacar la diversidad cultural del Perú. Este encuentro no es solo una muestra artística, sino también un homenaje al mestizaje y a las raíces compartidas de nuestra identidad como país.

Del viernes 24 al domingo 26 de enero, el festival ofrecerá una programación variada que incluye presentaciones musicales, talleres, clases y convivios culturales. Estas actividades no solo invitan a disfrutar de la música, sino también a reflexionar y dialogar sobre su importancia como vehículo de memoria histórica y construcción comunitaria. Cada día contará con un programa diseñado para que los participantes puedan interactuar con los artistas y aprender directamente de ellos, fortaleciendo así el vínculo entre público, profesores invitados y creadores.

Además de disfrutar de espectáculos de alta calidad, los asistentes tendrán la oportunidad de participar en sesiones de danza, cajón, violín y zapateo, lideradas por miembros de la emblemática familia Ballumbrosio, guardianes y difusores de la tradición afroperuana. Lucy Ballumbrosio, miembro clave del equipo organizador, comenta: “Estamos emocionados de construir juntos este festival que hará brillar a El Carmen. ¡Creemos que superará todas nuestras expectativas! ¡Únete a nosotros en el primer festival hecho por carmelitanos, para los carmelitanos!”

Entre los artistas invitados destacan “La Picante”, Renata Flores Rivera, “Herencia Criolla”, “Kayfex”, “Cosa Nuestra”, “Del Pueblo y del Barrio” y, por supuesto, la “Familia Ballumbrosio”. Esta selección de talentos promete una experiencia inolvidable que resalta la riqueza musical tanto de la herencia afroperuana como de la tradición andina, mostrando además el potencial de sus fusiones. La interacción de estos estilos no solo es una apuesta artística, sino una afirmación del mestizaje como una de las vías de exploración de la cultura peruana.

Este proyecto, liderado por Miguel Ballumbrosio y respaldado por su gran equipo, representa un esfuerzo significativo por revalorar y proyectar el patrimonio cultural hacia nuevos horizontes. En un mundo donde la globalización amenaza con homogeneizar las expresiones artísticas, iniciativas como el Festival Yana Runa demuestran que es posible abrazar nuestras raíces mientras se crean nuevas formas de diálogo cultural.

Es fundamental reconocer el impacto social y cultural de eventos como este, que no solo celebran la música, sino que también fortalecen la identidad y la memoria colectiva de comunidades como El Carmen, un lugar profundamente ligado a la historia afroperuana. Proyectos de esta índole merecen apoyo y patrocinio para garantizar su continuidad y expansión.

Así que este fin de semana, todas las miradas están puestas en Chincha. No solo por la música, sino por la reivindicación de un legado que sigue vivo en cada zapateo, cada cajón y cada nota que resuena desde el corazón del Perú. ¡Vamo’ pa’ Chincha, familia! Este es un llamado a celebrar lo que somos, a reconocer nuestra diversidad y a encontrar en ella una razón para seguir creando juntos.

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Cultura, festival, fusión, Música

Esta casita de Cartón abre sus puertas dejando atrás el año más doloroso de su vida, con la despedida de su amigo y mentor, un padre que la vida le dio, Víctor Patiño Marca, más conocido en el medio periodístico como el Búho. Un luto que siempre llevaré en el silencio de los días, y sobre todo de las noches, que es donde los recuerdos renacen para jugar con el tiempo y las vivencias que se fueron, quedando una lágrima irreparable dentro de mí. Es que si de lecciones me ha dado la vida el año que acaba de irse, es entender su valor por sí mismo, lo frágil y volátil que tiende a ser, a pesar de que el sol de este enero brilla luminosamente, indiferente, donde parece andar todo con total normalidad. Pero es un verano ya sin él en vida. Y ya no hay más largas conversaciones sobre arte, cultura y política, no hay ceviches hechos al instante después de regresar del mercado de Ciudad de Dios con el pescado fresco, no hay más risas ni bromas de ese ingenio mordaz, ni esa voz rocosa que delataba tantas fecundas vivencias, ya no hay esa canción de su Charly querido, que nos dedicaba a sus amigos y familia: «Cuando estés mal/ cuando estés solo/ cuando ya estés cansado de llorar/ No te olvides de mí/ Porque sé que te puedo estimular”. O cuando decía, «Sobrino, esta es tu canción”. Y esa era ‘Rezo por vos’. O cuando rememoraba a su amor de antaño, el amor de su vida, Anita, y traía a la conversación las letras de ‘Estación’. Y escribo esto, después de días que entre sueños lo encuentro, y inevitablemente brotan estas letras: «Te siento respirar/ lejos de tu lugar. / Hoy tuve un sueño con vos. / Qué locos éramos los dos / en los buenos tiempos. Obra maestra que yace en el apoteósico álbum de ‘Peperina’.

Nuestro trato era como la alguna vez tuvo el genio de las letras niponas, Yukio Mishima (quien irónicamente su país no quiere que se le recuerde, y del que se cumpliera hace pocos días 100 años de su inmortalidad) con su mentor, el primer Premio Nobel japonés, Yasunari Kawabata. Con esa muestra de respeto y admiración incólume hacía el querido ‘Pico’. A ambos nos agradaba mucho esas dos mentes brillantes. Recuerdo una vez que nos pusimos hablar de sus polémicas en cierta medida e íntimas cartas. Donde en una ocasión Kawabata, acaso a sabiendas que en algún momento terminaría suicidándose, le pediría que Mishima Mande una carta dirigida a la academia sueca, pidiendo que sea reconocido con tal estatuilla eterna. A lo que el aprendiz no pensaría dos veces y lo haría. De alguna manera eso influenciaría y en 1968 se le concedería. La cuestión es la honorabilidad de Kimitake Hiraoka (nombre de nacimiento de Mishima), ya que sabía que, al entregarle el Nobel a su maestro, no se lo entregarían a él, exactamente por el tiempo y como suele manejarse la academia de las letras del Nobel, diversificando por diferentes latitudes su preciado galardón. En la premiación diría curiosamente su maestro: «No entiendo cómo me han dado el premio Nobel a mí en vez de a Mishima. Un talento como el suyo sólo aparece una vez cada dos o tres siglos. Tiene un don casi milagroso para las palabras”. Lo cierto que el aprecio y admiración de estos sabios era el calco más cercano para el sentimiento mutuo que nos teníamos.

Esta Casita de Cartón cierra sus puertas releyendo las columnas de aquel querido maestro, que ahora yace seguramente en una cajita de cristal en el cielo. Vivencias y experiencias que la vida misma nos deparó y que al escribir estas líneas lo recuerdo con profunda emoción en su ausencia… Aunque no se encuentre físicamente, aún la pluma del periodista más enigmático que tuvo nuestro país sigue alumbrando para los millones que crecimos leyéndolo, que nos alentó e inspiró a seguir en el sendo camino de la lectura y en mi caso, como probablemente de muchos otros, de la literatura también. Sé que alguna vez nos volveremos a ver. Espérame con unas copas de vino y unos discos de Charly, que yo sigo recordándote con ‘Rezo por vos’, y así será hasta que nos encontremos una vez más.

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Charly García, el buho, Premio nobel de literatura, Yasunari Kawabata, Yukio Mishima

Hay dos millones y medio de electores que por primera vez votarán en unas elecciones presidenciales el 2026, es decir casi el 10% del total del padrón emitirá su voto presidencial de estreno.

Normalmente, en los jóvenes uno encuentra el depósito de entusiasmo y optimismo respecto del futuro y su voto solía ser, por ello, un caudal de esperanza. Hoy, sin embargo, ocurre todo lo contrario. La mayoría del casi millón de peruanos que desde la pandemia ha migrado fuera del Perúes gente joven, desesperanzada y sin ilusiones de seguir viviendo en el país que los vio nacer. No encuentran oportunidades ni ven un futuro viable y por eso migran a buscar mejores horizontes en realidades ajenas, por lo general adversas.

Ese bolsón de votos es crucial a la hora de definir al ganador de la justa electoral venidera. Considerando que en los últimos procesos electorales, el triunfador lo ha sido por apenas decenas de miles de votos, encontrar receptividad en este conglomerado de millones de peruanos puede hacer la diferencia.

Aquel partido que se haga del voto juvenil ganará la elección. Los jóvenes son, además, dinámicas fajas de transmisión de simpatías en sus círculos familiares y amicales. Hay que ser imaginativos para llegar a ellos. No consumen medios tradicionales, se manejan a través de redes sociales y el mundo digital, no retienen grandesdiscursos sino “memes”, no votan por carcamanes sino por sus pares.

Toda una estrategia deberá ser construida para atraerlos a la política y a las propias alforjas. Buscan algo nuevo, distinto, prometedor. Recurrir a la vieja fórmula de una plancha venerable, listas congresales llenas de veteranos, repetir discursos tradicionales y aplicar estrategias electorales reiterativas es construir el camino al fracaso.

Hay que impedir que esos nuevos electores juveniles caigan presas de la polarización radical que embarga hoy en día a la política peruana. La centroderecha liberal tiene allí un desafió enorme a cumplir, fungiendo de agente catalizador de la “moderación con cambios”, que es el mensaje propicio a construir para atraer a estos nuevos votantes.

La del estribo: solo nueve funciones de una obra teatral fundamental. Watanabe, todo el vasto fondo marino, que se pone en la Casa Yuyachkani.K’intu Galiano es el autor y director de la obra, que ya ha merecido múltiples reconocimientos. Va hasta el domingo 23 de febrero y las entradas se venden en Joinnus.

 

La polarización política que vive el país, entre los heraldos de la cólera contra el statu quo y los pregoneros de la mano dura contra el miedo ciudadano, abre un gran espacio ideológico para que la centroderecha enarbole del discurso de la ilusión y el entusiasmo.

Son varios los requisitos que deberá cumplir la centroderecha liberal si quiere afrontar la tarea de enfrentar a la izquierda y derecha radicales, que en principio predominarán en esta campaña, y al fujimorismo, que parte de una base sólida de intención de voto.

Allí están la elaboración de un buen plan de gobierno, detallado y efectista, capaz de convencer al electorado de que se tiene la solución a los principales problemas que la aquejan. Segundo, la conformación de cuadros técnicos que sean capaces de salir a los medios a defender con solvencia y de modo atractivo las propuestas de gobierno elaboradas. Tercero, presentar listas limpias de candidatos al Congreso, que haga la diferencia con las agrupaciones que seguramente llenarán sus candidaturas a curules de prontuariados.

Pero en definitivo lugar aparece la hechura de política, en el más tradicional sentido del término: vender ilusiones y entusiasmo por el futuro del país si el candidato que lo proponga es elegido. Un buen candidato, con una buena campaña de marketing, puede lograrlo. No hay lugar para la improvisación. Los fondos que se recolecten -que seguramente no serán muchos, porque las empresas están curadas de espanto de financiar candidatos, así eso sea ahora legal-, deberán ir en principal medida a contratar buenos asesores publicitarios y de campaña, capaces de convertir la desazón ciudadana en entusiasmo y sentimientos positivos.

De otro modo, serán la irritación y el miedo los ingredientes emocionales que primarán en esta campaña, con la consecuente ventaja de los radicales de izquierda y derecha que abrevan de esos sentimientos con ventaja.

Debe ser la campaña de la alegría, del entusiasmo, de la esperanza. Y para eso existen expertos en marketing político para lograrlo. No se puede dejar ello al azar empírico de la inspiración de los entornos políticos actuales, que de ello no saben.

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centro derecha, Derecha, elecciones 2026

Los niveles de degradación institucional a los que está llegando este Congreso no tienen parangón en nuestra historia republicana reciente. Ya no se trata solo de paquetes de normas anticonstitucionales que afectan la lucha contra la criminalidad sino de actos puntuales que revelan la entraña pueril que lo signa.

El reciente blindaje al congresista Jerí, acusado de violación sexual, por parte de la comisión de Ética, es parte de un rosario de impunidades compartidas entre todas las bancadas con “niños”, “mochasueldos” y demás.

Por ello, el descrédito mayúsculo y la furia ciudadana en contra de los parlamentarios. No es que estemos tan solo ante un síntoma de un fenómeno global, como es el desprestigio de la labor legislativa, sino que en el Perú le sumamos ingredientes que coadyuvan a que ese fenómeno mundial se agrave hasta grados superlativos.

Ya hace algunos años, el fallecido y correcto congresista Daniel Abugattás me contó que al día siguiente de haber juramentado, ya había gente que en la calle le mentaba la madre. Ser parlamentario en el Perú es desde hace tiempo un motivo de agravio y deshonra, no de prestigio y solera, como era antaño.

Tarea primordial de los partidos que aspiran a ocupar el poder a partir del 2026 es no solo armar un buen plan de gobierno o conformar equipos técnicos que le garanticen una buena gestión gubernativa desde el saque, sino filtrar, en grado sumo, la solvencia ética y profesional de aquellos a quienes llevará en sus listas congresales. Solo así podremos aspirar a revertir la tendencia al deterioro que vemos en un poder del Estado que cada quinquenio estrena una situación peor que la anterior.

A quienes señalan que una de las causas de ese descrédito es el pacto con el Ejecutivo habría que señalarles que de repente la situación es al revés, que la bajísima aprobación presidencial, a pesar de su despliegue de inauguraciones de obras y demás, se debe a este pacto con el Legislativo, con un poder del Estado absolutamente degradado moral y políticamente. En esa perspectiva, bajo la convicción de que por nada del mundo la van a vacar (el país no toleraría otro Merino), Boluarte debería empezar a marcar distancia de la plaza Bolívar.

Resulta difícil pensar que Donald Trump vaya a tener un efecto derechizador en la región. A diferencia de Milei, cuyos éxitos macroeconómicos pueden influir positivamente en las huestes liberales del continente -junto con Bukele, por distintas razones, son los grandes referentes locales-, lo de Trump más bien va a generar aversión, por la arbitrariedad y prepotencia de sus acciones.

Trump, hasta el momento, no pasa de decisiones farandulescas, hechas para la tribuna, que buscan impacto mediático y bulla civil, pero no representan una mejora tangible de la marcha de su país. Por el contrario, la guerra comercial que pretende iniciar solo va a conllevarle perjuicios. Si sigue adelante con ella, va a afectar la economía norteamericana y la global.

La ultraderecha sí está fascinada por sus maneras y por sus políticas premodernas, antiinclusión o antipolíticas de género, pero acabado el fuego artificial no va a quedar nada. Y ese tipo de políticas no tienen impacto alguno en una región asolada por problemas más estructurales o de base.

Al peruano de a pie le importa un carajo que USAID destinara fondos para un cómic transgénero. La irritación con el statu quo boluartista o el miedo por la inseguridad ciudadana dominan su mente y solo aquello que toque esos problemas moverá la aguja de sus simpatías.

Trump, en ese sentido, aporta poco o nada. Por el contrario, su conducta autoritaria, sin efectos prácticos en las materias señaladas, constituirá un factor de disturbio proclive a posturas más bien izquierdistas antes que derechistas. El renacimiento de la República Imperial, con el garrote en mano, es combustible para los discursos antisistema que ya parten con ventaja por el profundo descrédito del statu quo que nos rige.

Trump va a opacar a Milei y a Bukele, es una máquina de generar titulares, gobierna para eso. Le importa más la forma que el fondo y solo busca alborotar el cotarro con anuncios grandilocuentes que disimulen la desgracia de sus políticas proteccionistas.

Algunos despistados creen que el fujimorismo va a diluirse por su apoyo al régimen de Dina Boluarte y que, en consecuencia, que aparezca con 12% liderando la intención de voto, es una ilusión pronta a desvanecerse apenas comience la campaña.

El bolsón de votos fujimoristas es sólido como una roca. Ha sobrevivido a los vladivideos, a la carcelería de Keiko, a los ataques de la prensa. No hay nada que haga pensar que su cercanía al oficialismo la vaya a afectar sobremanera. En el peor de los casos, le coloca un techo de crecimiento que podría costarle la elección, eso sí.

Recordemos que en la campaña del 2021, Keiko empezó recién salida de la cárcel, con todo el estigma que ello conlleva, estaba peleada con su progenitor y su hermano Kenji, había jugado un papel deleznable en el Congreso obstruyendo tozudamente al régimen de PPK. A pesar de ello, apeló al voto duro fujimorista y logró pasar a la segunda vuelta. Hoy parte en una posición infinitamente más ventajosa, con su proceso cayéndose a pedazos, reconciliada con su familia y con el único pasivo de su gestión parlamentaria aconchabada con Palacio.

Cuando desde esta columna se recomienda a la centroderecha hacer de ella un blanco de ataques, no es porque pensemos que ello le pueda quitar votos sino porque reperfila a un sector ideológico históricamente dominado por el fujimorismo que ya es hora empiece a distinguirse y a cosechar sus propios bonos de esa postura antifujimorista.

El fujimorismo será un hueso duro de roer y se equivocan de cabo a rabo quienes subestiman su poder de supervivencia. Hoy Keiko tiene la primera opción de pasar a la segunda vuelta. Para impedirlo, la derecha radical o la centroderecha tienen que obtener 12% o más y así meterse en el partidor final. Ponderábamos la correcta estrategia de López Aliaga de tomar distancia de Keiko y creemos que deberían seguirlo en el empeño el resto de fuerzas políticas de centroderecha que parecen creer que el único enemigo a derrotar es la izquierda.

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Fujimorismo, Fujimorista

[La columna deca(n)dente] La política nacional atraviesa una de sus etapas más críticas en décadas, y un fenómeno que ilustra esta crisis es el «reciclaje» de ministros en el gobierno de Dina Boluarte. Recurrir a exministros no es solo una señal de falta de renovación, sino también un síntoma de que, en el actual contexto, nadie quiere asumir el desafío de ser ministro. Este hecho revela problemas profundos que van desde la debilidad del gobierno hasta el desencanto generalizado con la “clase política”.

Uno de los principales factores que explican este «reciclaje» es la falta de legitimidad que enfrenta el gobierno de Boluarte. Desde que asumió la presidencia, Boluarte ha navegado en aguas turbulentas. Su administración enfrenta una desaprobación ciudadana que ronda el 95%, según diversas encuestas. En este escenario, atraer a nuevas figuras con conocimiento, capacidad y legitimidad para asumir cargos ministeriales se ha vuelto una tarea casi imposible.

Muchos políticos y técnicos competentes prefieren mantenerse al margen antes que unirse a un gobierno deslegitimado. Ser ministro en este contexto implica asumir un cargo de alto riesgo, con escasas posibilidades de éxito y un altísimo costo político. ¿Quién querría sumarse a un gobierno así? La respuesta es clara: muy pocos. Por ello, Boluarte se ve obligada a recurrir a exministros que, en el mejor de los casos, conocen los desafíos del cargo, aunque no necesariamente representan una solución innovadora.

El «reciclaje» de ministros también refleja la persistencia de prácticas políticas tradicionales, como el clientelismo y las lealtades personales. En muchos casos, el regreso de exministros responde más a acuerdos políticos detrás de escena que a una evaluación objetiva de su idoneidad o desempeño previo. Esto limita la capacidad del gobierno para responder a las demandas ciudadanas como la de seguridad.

El «reciclaje» de ministros no pasa desapercibido para la ciudadanía. Para muchos ciudadanos y ciudadanas, este fenómeno refuerza la percepción de que la política está estancada y dominada por las mismas figuras de siempre. Esto alimenta el descontento y la desconfianza en las instituciones, ya que se interpreta como una falta de voluntad para impulsar cambios reales. Además, cuando los exministros reciclados estuvieron involucrados en gestiones anteriores cuestionadas o poco exitosas, su regreso puede verse como una falta de rendición de cuentas y una clara indiferencia hacia las demandas ciudadanas, lo que debilita aún más la credibilidad del gobierno de Boluarte.

El «reciclaje» de ministros en el gobierno de Dina Boluarte es un síntoma de la crisis política y de representación que vive el país. Refleja la falta de renovación en la “clase política”, la debilidad del gobierno para atraer nuevos talentos y la persistencia de prácticas tradicionales que perpetúan la concentración del poder en un grupo reducido de personas. Este fenómeno, lejos de aportar estabilidad, exacerba el desencanto ciudadano.

En un contexto donde nadie quiere ser ministro, el gobierno de Dina Boluarte se ve obligado a depender de figuras del pasado, lo que solo profundiza la crisis. Para romper este círculo vicioso, se necesitan reformas estructurales que permitan una renovación política genuina y una mayor participación de nuevos liderazgos políticos. Mientras tanto, el «reciclaje» seguirá siendo un recordatorio de que, en la política peruana, la falta de alternativas es tan preocupante como la falta de voluntad para cambiarla.

[El dedo en la llaga] José Luis Pérez Guadalupe (nacido el 8 de abril de 1965 en Chiclayo, capital de la región Lambayeque en el Perú) es todo un personaje. Tiene títulos académicos de licenciado y magíster en Sagrada Teología (Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima), licenciado en Ciencias Sociales (Pontificia Universidad Gregoriana de Roma), licenciado en Educación (Pontificia Universidad Católica del Perú), maestría en Criminología (Universidad del País Vasco), maestría en Antropología (Pontificia Universidad Católica del Perú), doctor en Ciencias Políticas y Sociología (Universidad de Deusto, del País Vasco). A partir de 1986 se desempeñó como agente de pastoral carcelaria en el Establecimiento Penitenciario de Lurigancho. Esta experiencia lo llevó a realizar investigaciones en el campo penitenciario y criminológico, que tuvieron como resultado que en el año 2011 le fuera confiada la presidencia del Instituto Nacional Penitenciario (INPE), que desempeñó hasta febrero de 2015, cuando fue nombrado Ministro del Interior en el gobierno de Ollanta Humala, culminando este encargo en julio de 2016.

Pero también fue uno de aquellos a los que el Sodalicio les declaró personalmente la guerra, declarándolo enemigo de la institución, ya desde aquellos años en la década de los 80 en que era un simple estudiante de teología, al igual que yo, en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Era conocido coloquialmente como “el Diablo” entre nosotros sodálites.

En septiembre de 1992 la Conferencia Episcopal Peruana le publicó el libro ¿Por qué se van los católicos? El problema de la “migración religiosa” de los católicos a las llamadas “sectas”. Este libro, si bien se centraba en lo que Pérez Guadalupe llama Nuevos Movimientos Religiosos (NMR), en su mayoría de impronta evangélica, también incluía en una parte una crítica a ciertos movimientos católicos —entre ellos la Renovación Carismática Católica, el Camino Neocatecumenal y el Sodalitium Christianae Vitae— por sus características sectarias, o más bien, elitistas.

La crítica al Sodalicio no era por abusos cometidos —de los cuales no se sabría públicamente nada hasta que el año 2000 José Enrique Escardó escribiera una serie de artículos en la revista Gente, dando a conocer por primera vez abusos que él mismo había sufrido en la institución—. Pérez Guadalupe, sin considerar al Sodalicio necesariamente como algo malo, resaltaba —en el marco de una crítica general que incluía a otros movimientos católicos— su carácter exclusivista y elitista, que no se compaginaba con la esencia de lo que es católico.

He aquí lo que decía:

«Es innegable que en las últimas décadas nuestra Iglesia católica ha experimentado una efervescencia laical manifestada fundamentalmente en la aparición de diversos grupos y movimientos apostólicos. Estos grupos, que definitivamente son una bendición para nuestra Iglesia, también tienen, como todo grupo humano, sus originalidades y excesos. Algunas personas están viendo en algunos de estos grupos rasgos sectarios muy parecidos al de los grupos no católicos; algunos autores inclusive comienzan a hablar de ‘sectas católicas’».

En una sustanciosa nota a pie de página precisaba este concepto:

«Aunque la definición de ‘secta’ en la actualidad es un problema todavía no resuelto, personalmente creo que podemos llamar ‘secta’ (o actitud sectaria) a todo grupo religioso que se cree el único que ha recibido la revelación de Dios y el único que va a ser salvado por él. En este sentido me parece que no podemos hablar de ‘sectas católicas’ sino más bien de ‘élites católicas’; entiendo por ‘élite’ (o actitud elitista) a todo grupo religioso que cree ser el mejor intérprete de la revelación de Dios, y cree que su forma de vivir la religión y practicarla es la mejor. Queda claro que en mi opinión la actitud sectaria es la que cree ser la ‘única’; y la ‘actitud elitista’ es la que cree ser, no la única, pero sí la ‘mejor’. En este sentido, según mi opinión, es más exacto hablar al interior de nuestra Iglesia de ‘Élites Católicas’ que de ‘Sectas Católicas’. Cabe indicar que, cuando digo ‘Élites Católicas’, no quiero decir que sean realmente élites, sino que se creen élites. En este sentido tomo el término como una ‘actitud’ (elitista) y no como una realidad».

Pero donde llegaba la crítica más aguda y punzante de este pequeño libro era en el siguiente texto:

«Los movimientos apostólicos que han logrado cohesionar e integrar la experiencia personal y la experiencia comunitaria son los que precisamente tienen más desarrollo pastoral, por ejemplo: la Renovación Carismática Católica, las comunidades neocatecumenales, Sodalitium Christianae Vitae, etc. Pero en estos 3 grupos mencionados justamente por su cohesión comunitaria, hay un peligro inminente de que surja un espíritu exclusivista y de superioridad sobre el resto de católicos».

Y en nota a pie de página desarrollaba aún más esta idea:

«Uno de los rasgos más patentes de este sentimiento de superioridad y exclusivismo es su ‘sentimiento de intocabilidad’; muchas veces los miembros de estos grupos se creen los intocables, y creen que su grupo es intocable. No se les puede hacer ninguna alusión y menos una crítica. Muchas veces se creen, no parte de la Iglesia, sino la (verdadera) Iglesia, llegando inclusive algunos carismáticos a decir que la Renovación Carismática no es un movimiento de la Iglesia, la “la Iglesia en movimiento” y algunos neocatecúmenos dicen que ellos no son un movimiento de la Iglesia, sino “el camino de salvación”. Estas mismas características también se pueden apreciar en algunas facciones del Opus Dei».

La conclusión a la que llegaba era demoledora:

«Este sentimiento de identificación más grupal que eclesial, llega a un grado realmente inadmisible cuando lo encontramos en algunos sacerdotes: ya no son sacerdotes de la Iglesia, sino de su movimiento. Si llegan a ser párrocos, la cosa se vuelve inaudita, ya que desgraciadamente formarán parroquias carismáticas, o neocatecúmenas, o sodálites, pero ya no parroquias católicas.

Hasta aquí podemos ver que ese espíritu ‘sectario’ o ‘elitista’ que vemos en los grupos no católicos, es un fenómeno hasta cierto punto normal y comprensible, pero de ninguna manera aceptable».

En ese entonces Pérez Guadalupe no sospechaba que iba a suceder con su libro lo que él mismo había escrito en él: «No se les puede hacer ninguna alusión y menos una crítica». Pues de inmediato la maquinaria sodálite se puso en marcha para acallar el texto. Los sacerdotes sodálites José Antonio Eguren y Jaime Baertl movieron sus influencias eclesiásticas. El Vicario General del Sodalicio, Germán Doig, afirmó que la presentación del libro, suscrita por el obispo auxiliar de Lima Mons. Oscar Alzamora, no podía haber sido redactada por él. En otras palabras, que esa presentación era una falsificación, no obstante que el mismo Mons. Alzamora afirmó después qué él sí la había escrito, pues el libro no contenía ningún error doctrinal. Finalmente, el libro fue retirado de los estantes en el local de la Conferencia Episcopal Peruana y vetada su venta.

¿Quién consumó esta censura? Pues nada menos que Mons. Miguel Cabrejos, quien entonces era obispo auxiliar de Lima y secretario general de la Conferencia Episcopal Peruana. El mismo que llegaría ser presidente de la Conferencia Episcopal Peruana y presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). El mismo que se limitaría a emitir comunicados tibios sobre el Sodalicio, sin organizar ninguna atención pastoral a las víctimas. El mismo que diría falsamente que la Conferencia Episcopal Peruana bajo su mandato había repetido que el Sodalicio no tenía carisma fundacional, como declaró sin vergüenza alguna al diario La República en una entrevista publicada el 22 de enero de este año:

«Un segundo punto muy importante, que no es nada nuevo, es que a partir de la constatación de la falta de un carisma fundacional, y esto la Conferencia Episcopal lo viene repitiendo años y años atrás; entonces, frente a la falta de un carisma fundacional con el señor Luis Fernando Figari y, además de eso hemos escuchado las causas, los pormenores y las consecuencias de este acontecimiento para las diócesis del Perú y de la decisión del Papa Francisco, que ya es conocida, de suprimir dicha sociedad de vida apostólica».

Posteriormente, de 1999 a 2011, Pérez Guadalupe fue director de la Comisión Diocesana de Pastoral Social de la Diócesis de Chosica (al este de la arquidiócesis de Lima) y del Instituto de Teología Pastoral Fray Martín, colaborando con el obispo Mons. Norberto Strotmann. Fue en el año 2000, cuando yo aún mantenía vínculos con el Sodalicio, que Pérez Guadalupe me invitó participar como docente del Curso de Teología a Distancia, dirigido principalmente a catequistas y profesores de religión de provincias. Acepté gustosamente, y fue allí donde tuve una experiencia de la Iglesia como Pueblo de Dios como nunca antes la había tenido, lo cual contribuyó a mi proceso de desintoxicación de la mentalidad sodálite, que culminaría recién en el año 2008.

En las conclusiones de su libro censurado, Pérez Guadalupe escribía lo siguiente:

«Aunque yo personalmente prefiero no utilizar el término ‘sectas católicas’ sino más bien el de ‘élites católicas’ (indicando con esto la actitud grupal de superioridad frente al resto de católicos), es indiscutible que cada vez aumenta el número de autores católicos que no sólo han comenzado a hablar de actitudes sectarias dentro de la Iglesia sino que inclusive llaman ‘sectas’ a nuestros Movimientos Apostólicos. Es indudable que hay algunos grupos al interior de la Iglesia que están creando problemas justamente por su actitud cerrada y exclusivista. Habría que investigar aquí, hasta qué punto estos grupos están formando pequeñas iglesias al interior de la católica, o hasta qué punto estos grupos, moderadamente, son el futuro de nuestra pastoral católica».

Aunque tardíamente, las investigaciones ya se están haciendo o se han hecho parcialmente. Y las palabras de Perez Guadalupe resultaron proféticas: los grupos con actitudes cerradas y exclusivistas, como el Sodalicio, resultaron ser menos católicos de lo que se pensaba.

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Catolicismo, censura, elitismo, Iglesia católica, sectas, sodalicio de vida cristiana
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