Opinión

La Corte Suprema y la Junta Nacional de Justicia tienen que hacer un trabajo urgente de fiscalización y sanciones a muchos fiscales y jueces de primera instancia, que cuando se abocan a ver casos vinculados a la libertad de prensa, muestran una ignorancia absoluta de las protecciones legales de los periodistas, sus garantías constitucionales y sus prerrogativas profesionales.

Lo acabamos de ver en la absurda y abusiva sentencia recibida por el periodista Christopher Acosta y el editor Jerónimo Pimentel, por obra y gracia del juez Jesús Vega, condenados ambos a dos años de prisión suspendida y al pago de cuatrocientos mil soles de reparación civil, luego de una querella planteada por César Acuña. Ha bastado escuchar los argumentos del juez para darse cuenta que no entiende absolutamente un ápice -o lo entiende muy bien y es motivado por otros afanes- de los márgenes jurídicos que garantizan el ejercicio periodístico.

Algo similarmente escandaloso ocurrió hace algunos días, cuando una bufalesca montonera de policías y fiscales allanó la vivienda del periodista Pedro Salinas, por una querella interpuesta por un aparente turiferario sodálite que ha buscado un despropósito para amedrentar al periodista. En este caso, el solícito fiscal contra la libertad de prensa se llama Reynaldo Abia.

He tenido a lo largo de mi carrera periodística casi una veintena de querellas, todas perdidas en primera instancia y luego ganadas en instancias superiores (salvo una, que se halla en revisión en estos momentos en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, dada su grosera improbidad). Hay un tic autoritario, antilibertario, inscrito en el ADN procesal de los jueces de primera instancia que es menester corregir rápidamente, porque constituyen una serísima amenaza a la libertad de prensa.

En el Perú ya no es el poder gubernativo, como suele suceder, el que amedrenta a la prensa. Son también poderes fácticos los que aprovechando su enorme influencia y poder, atarantan o seducen a magistrados para que fallen venalmente, como en los casos mencionados.

Se espera que en segunda instancia estos groseros dislates contra la libertad de prensa sean corregidos y la sociedad peruana no vea coartada una de las mayores libertades que una democracia debe exhibir. No es un fallo, no son uno o dos periodistas los afectados. Es la democracia en sus fundamentos la que ha sido magullada estas horas.

Tags:

“Plata como cancha”, César Acuña, Christopher Acosta, Libertad de prensa

Anoche Canal N presentó un panel supuestamente conformado por expertos para discutir la situación del Perú respecto de la pandemia. Entre los invitados se encontraban el doctor Magno Santillana, quien, como reporta Salud con Lupa, es miembro del grupo anticientífico Organización Mundial para la Vida (OMV), que promueve el dióxido de cloro y está en contra de las vacunas. 

Darle tribuna a este señor es un error. Estamos en medio de una emergencia sanitaria, y difundir puntos de vista como los suyos contribuye a generar desinformación, y esto a su vez tiene consecuencias negativas directas. 

Cierto estilo de sociología filosófica mediocre ha hecho que la gente le tenga miedo a la palabra ‘verdad’, y ahora creen que lo correcto es decir que ‘todos tienen su verdad’. Este eslogan/cliché que inicialmente denotaba apertura de mente ha devenido en la bandera de los obstinados por excelencia: ya que yo tengo mi propia verdad, nada que tú me digas me va a hacer cambiar de opinión, y si yo creo que el dióxido de cloro funciona, pues ya está, funciona para mí.  

Un periodista serio no invita a un terraplanista a discutir con un astrónomo ‘para que el público saque sus propias conclusiones’. Si el periodista es serio, entonces a) tiene muy claro que la tierra no es plana, y b) invita a personas que puedan explicar por qué la tierra no es plana. No hay que tener miedo de decir que la tierra no es plana, así como no hay que tener miedo de decir que las vacunas funcionan. 

Ahora bien, frente a esto uno podría responder que no es que el periodista no creyera en las vacunas, sino que su razonamiento fue algo así como que la mejor manera de aclarar un mito es haciéndolo explícito: al invitar a una persona como Santillana se les da la oportunidad a los expertos de verdad de explicar con detalle por qué las ideas de Santillana no tienen sustento alguno. Es decir, la razón para invitar a Santillana sería exponer la precariedad de sus argumentos, y de esta manera ayudar a que las personas que fueron persuadidas por él rectifiquen su error. En ese sentido, Santillana sería un simple objeto pedagógico, un pallasín, un títere, una piñata cuyo único objetivo es estar ahí para ser demolido. 

Esto, lamentablemente, no funciona así. El señor Santillana no va a dejar nunca que lo traten como piñata, se va a defender y entonces va a intentar ensuciar la discusión con mentiras, o medias verdades, e interrupciones. 

¿Pero qué hacer entonces, si queremos ayudar a aclarar las confusiones del público? Es muy sencillo. El periodista mismo debe leer las tonterías de Santillana, resumirlas en preguntas concretas, y hacérselas él mismo a un científico serio, y no parar de preguntar hasta que no considere que las explicaciones han quedado claras para todos. No hay ningún problema en discutir ideas, por más absurdas o extravagantes que sean. Es más, dado que estas ideas son compartidas por un grupo significativo de la población, es en cierto modo un deber el ayudar a aclararlas. Pero lo que no se puede hacer es contribuir a que personas no calificadas o abiertamente mentirosas utilicen la señal abierta para difundir tonterías. 


* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. 

Tags:

Canal N, Filosofía, sociología

Las elecciones regionales y municipales de este año trae consigo una serie de análisis sobre qué discursos utilizarán los candidatos. Para este artículo me centraré en el caso limeño, bastión de la oposición al gobierno de Pedro Castillo. 

José Carlos Requena en su reciente artículo señala que estas elecciones subnacionales podrían o continuar como una política vecinal a escala regional o como un plebiscito de apoyo o no al régimen (El Comercio, 06/01/22). Razón no le falta al precisar ello. Como lo señalé hace unos meses por este medio: y es que el contexto político en el que nos encontramos es de transitar entre la ideología y la improvisación del actual gobierno. 

Sobre este contexto, para el caso de Lima, los actores políticos vinculados a la oposición política deben hacer un esfuerzo por llegar a un acuerdo para afrontar los vaivenes de Pedro Castillo que afecta severamente a la economía y estabilidad política del país. 

A través de la historia del Perú, hubo momentos políticos en los que se pudo llegar a acuerdos para afrontar una elección. Uno de ellos fue el Frente Democrático del año 1945 en la que el Apra endosó apoyo a Bustamante para llegar al gobierno. El otro episodio la podemos encontrar el año 1956 en la que también el Apra endosó votos a Prado para que aperturase el escenario político. El otro la podemos encontrar en la alianza gubernamental entre Acción Popular y el Partido Popular Cristiano durante el primer gobierno de Fernando Belaunde Terry. Antecedentes hay. 

La situación en la que nos encontramos precisa de reconstruir la oposición política -a través de alianzas coyunturales- para que el gobierno deje de estar en ese vaiven en la que se encuentra para que pueda así otorgar certidumbre a los inversores y a la ciudadanía en general sobre las políticas de gobierno en torno a la sensatez. 

Recordemos que el mundo precisa de comodities (léase cobre y litio) a precios altos que actualmente el país posee. De aprovecharse este escenario contribuiría a mejorar nuestra actual situación económica que afecta necesariamente el rumbo político y social del país. 

Para terminar, es necesario también que este escenario nos genere la posibilidad también de poder debatir sobre los alcances y límites que ha tenido la descentralización en el país y sus reformas correspondientes. El contexto lo exige. 

 

Tags:

2022, actores políticos, Elecciones distritales, elecciones municipales, elecciones regionales, política peruana

La derecha peruana tiene que volver a imponer una narrativa, equivalente a la vinculada a la defensa del modelo económico, que tanto éxito político le retribuyó en los últimos 30 años. La resaca del apocalipsis económico que supuso la gestión del primer gobierno de Alan García bastó para que esa narrativa sobreviviera, potente y eficaz, a lo largo de este periodo.

Pero ese discurso claramente ya se agotó, políticamente hablando. Ya no surte efecto ni moviliza conciencias. El triunfo de Castillo demuestra fehacientemente que a las mayorías no les preocupa que ese modelo se venga abajo. Es culpa, en parte, de la propia derecha que dejó pasar, relativamente incólumes, proyectos centristas mediocres que subordinaron las prácticas procapitalistas (como fue, sobre todo, el gobierno de Humala), sin marcar una pauta crítica al respecto, pero también porque el paso de los años ha extenuado ese discurso, más aún en generaciones que no sufrieron el desastre alanista y no tienen, por ende, por qué comprarse en automático un discurso en sentido contrario.

Lo que corresponde es que la derecha, sin descuidar la defensa del modelo económico, recupere fueros en aspectos más vinculados a la democracia y la eficacia estatal. En suma, la reforma político-electoral y la ansiada reforma del Estado. La bicameralidad, la mejor representación electoral, el fortalecimiento de los partidos políticos, la descentralización, la salud y la educación públicas, la estructura del Ejecutivo, la reforma laboral y tributaria, son, por ejemplo, algunos aspectos en los que la derecha puede y debe tomar la iniciativa.

Tiene, a diferencia de la izquierda, tecnocracia mucho más calificada y expertos, en cada uno de esos campos, sobradamente más capaces que los que la izquierda puede exhibir (basta ver la orfandad programática que la coalición de izquierdas que nos gobierna, exhibe). Hay toda una generación de expertos, con estudios, inclusive, en el exterior, en las mejores universidades del mundo, que podrían aportar en esa narrativa, que rescate la lucha por construir en el Perú un capitalismo competitivo y una democracia sólida.

El problema es que la clase política de derecha es una lágrima. Nos merecemos algo mejor que la dupla Keiko Fujimori-Rafael López Aliaga. Una está involucrada en todos los entripados mercantilistas habidos y por haber (transporte informal, minería ilegal, educación trucha, etc.) y el otro solo está obsesionado por una restauración conservadora. No tienen, ni por asomo, cercanía con la modernidad de los nuevos discursos descritos sino que, además, son muy malos candidatos, ambos. La derecha merece que su nueva narrativa, si la construye, vaya acompañada de mejores portavoces.

Tags:

Derecha, Keiko Fujimori-Rafael López Aliaga, Pedro Castillo

La semana pasada el presidente Castillo oficializó la convocatoria a las elecciones regionales y municipales que tendrán lugar en octubre de este 2022. Con esto ya las candidaturas empiezan a moverse y seguramente tendremos un hipo en las adhesiones a partidos y movimientos para lograr las postulaciones deseadas. 

Recorramos entonces lo que fueron las últimas elecciones municipales en Lima, como ejemplo de lo que se nos puede venir, las que dieron como ganador al alcalde Muñoz, el que llega con 53% de desaprobación y 39% de aprobación a su gestión en el último año de su mandato; muy similar a su predecesor Castañeda (55% / 40%) y bastante mejor que Villarán (75% / 19%), aunque falte ver como lo “castiga” la opinión pública después de la tragedia de Mesa redonda de fines de año.

Lima es una ciudad de 43 distritos (¡!), teniendo en las últimas elecciones poco más de 7 millones y medio de electores. ¿43 distritos son necesarios? Sin duda alguna será una pregunta que rondará la campaña, aunque a ningún partido le convenga reconsiderarlos por eso de las cuotas de poder. Aunque suene absurdo, serán 43 alcaldes los electos solo en la ciudad capital, cada uno con su estilo, su manera de enfrentar los problemas y -desde luego- de no enfrentarlos.

El aporte de votantes de cada distrito no está ni cerca de ser homogénea. Haciendo un Pareto de las últimas elecciones municipales, se observa como 5 distritos de 43 (el 11%) concentran un tercio del total de electores de Lima: dos de Lima Este, dos de Lima Norte y uno de Lima Sur. Entre rumores de proyectos que lo convertirían en la nueva provincia del departamento de Lima San Juan de Lurigancho aporta el 10% de votantes en Lima. Cada punto porcentual que un candidato saque en ese distrito aportará más de 7,500 votos a favor. Comas, por su parte tiene más de medio millón de votantes.

9 distritos (20%) otorgan el 50% de los votantes de la capital. De ellos, solo Surco es de lo que se conoce como “Lima moderna” y el Cercado de la “Lima Tradicional”. El resto, sigue siendo de las Limas periféricas: dos de Lima Este, dos de Lima Norte y tres de Lima Sur. Lo pueden ver en el siguiente cuadro:

 

Pero de la misma manera podemos ver cómo hay 14 distritos (32%) que solamente representan el 5% de la población electoral limeña. Elegiremos 14 alcaldes y 106 regidores para gobernar a poco más de 400 mil ciudadanos. No sé si esto suena razonable. También es de sentido común preguntarse si cada balneario requiere un alcalde, que además muchas veces enfrentan problemas judiciales, no sé si el mar es un corruptor natural o qué. La población total de los balnearios – distritos de Lima no llega a 50 000 electores y son seis alcaldes y 42 regidores los que los gobernarán.

La participación ciudadana es similar a las elecciones presidenciales. En la última municipal estuvo en 81%. Quiere decir que 20% de limeños no quisieron o no pudieron ir a votar. Cuando lo vemos por distritos, el tema se vuelve recurrente. San Isidro, Miraflores, San Borja y Surco son distritos con una tasa de ausentismo significativamente mayor que otros. Mientras que San Juan de Miraflores, Villa María del Triunfo y Villa el Salvador son los que tienen las tasas más altas. Tema recurrente porque elección tras elección vemos cómo el tema se repite y repite.

Volviendo a las elecciones de 2016, para la alcaldía provincial de Lima se presentaron 20 candidatos. 20 personas que postularon a un solo puesto de elección popular. 20 candidatos y sus listas de 42 regidores. 860 personas en competencia solo por Lima. Si las presidenciales son absurdas en número de candidatos, las municipales también juegan. De los 20 candidatos, tres obtuvieron el 65% de los votos válidos del conteo realizado por la ONPE: Muñoz, Acción Popular (36%); Urresti, Podemos Perú (20%); y Reggiardo, Perú Patria Segura (9%).

Por el otro lado, Villacorta, de PPK; y Ocrospoma, de Perú Nación, mucho gusto, sacaron, sumados ambos, la impresionante suma de 50 mil votos. Gagó de Avanza País, sacó 40 mil. Igual que Guerra García de Juntos por el Perú. Y así podemos ir sumando los cero por ciento mientras nos vamos preguntando ¿para qué postulan? ¿cuál es el sentido de movilizar recursos materiales y humanos en algo que no tiene ningún sentido, cuál es la apuesta allí? Muy difícil de entender.

Eso en la provincial, en las distritales la cantidad de candidatos promedio fue de 15: 15 candidatos para un distrito de Lima. Ya no seguiré insistiendo con preguntarnos por qué, ya se habrá dado cuenta el lector de que es inútil.

Acción Popular, el partido que además ganó en la provincial, sacó 15 alcaldías. En todas ellas además resultó primero Muñoz también. Las más relevantes, por la cantidad de votantes son San Martín de Porres, Ate, San Juan de Miraflores y Surco. APP por su parte obtuvo 5 alcaldías, varias de Lima Este: El Agustino, Lurigancho, Chaclacayo. En todas, salvo en Pucusana, en la provincial ganó Muñoz, de Acción Popular.

Siempre Unidos obtiene 3 alcaldías en Lima, en Los Olivos, en Independencia y en Barranco. Nada mal si se tiene en cuenta que su candidato a Lima, Manuel Velarde no llegó a los 100 mil votos en total, cerca de 2% de votos válidos.

También es interesante como el partido que quedó en segundo lugar, Podemos Perú, con Urresti a la cabeza, con el 20% de votos válidos en todo Lima, sólo obtuvo una alcaldía distrital. Pero tampoco es poca cosa si notamos que es la de San Juan de Lurigancho. El distrito más grande del Perú.

Un detalle muy importante: en promedio, los alcaldes distritales en Lima fueron elegidos con el 27% de los votos válidos. Solo en un distrito un candidato sacó más del 50% (San Borja, donde Tejada obtuvo el 57% de válidos y el 54% de emitidos). En otros distritos como Los Olivos, Jesús María y Villa María del Triunfo, los alcaldes fueron respaldados por más del 40% de votos válidos.

Pero en San Juan de Miraflores (14% de válidos), San Juan de Lurigancho (15%), Independencia (16%), San Luis (17%), Santa Anita (17%) y Rímac (18%), sus alcaldes fueron electos con porcentajes bastante bajos de los votos válidos. Llama la atención, pero no sorprende este indicador; con tanta atomización de candidaturas hay casos en los que la autoridad es elegida por muy poco margen. La mitad de las alcaldías distritales de Lima fueron electas con porcentajes menores al 25% de votos válidos.

En la votación para alcaldía provincial la figura es la inversa. El candidato más votado en los distritos, en promedio obtuvo 38% de votos válidos. En Miraflores (69%), San Isidro (68%), San Borja (66%), La Molina (59%), Jesús María y Pueblo Libre (ambos con 58%), es donde la votación para alcalde provincial saca la más alta proporción de votos válidos. Coincidentemente, en todos estos distritos es Muñoz y su propuesta de Limaflores la que terminó imponiéndose.

Sin embargo, para que se entienda el punto. El aporte de votos, que es con el que se gana una elección se debe analizar adecuadamente. Veamos el siguiente cuadro:

10 distritos que más contribuyeron en votos a Muñoz (AP)

Ni Miraflores ni San Isidro ni San Borja aparecen. Apenas entran La Molina y Surco. El resto, distritos más poblados donde con una cantidad importante de votos un candidato puede ser electo alcalde de Lima. ¿Se entenderá este mensaje?

Tenemos largos meses de campaña en medio de una crisis política permanente. El contexto también puede afectar esta elección. La forma de como el gobierno se maneje va a influir en las decisiones que tomemos, tanto a nivel de candidato como de programa. 

Pero lo que hemos aprendido de las últimas elecciones vale la pena revisarlo: 

  1. Muchas candidaturas no generan una elección de calidad sino de una lógica del “menos malo”. Pocas opciones permiten ser más críticos, sobre todo cuando no hay segunda vuelta. 
  2. La mal llamada “Lima Moderna” es la que menos vota, la que menos electores representa y la que no determina quién será el alcalde (por más que a Muñoz quieran recordarlo como el que ganó por esos votos).
  3. La votación distrital y provincial no es tan determinante. En 22 distritos en los que Muñoz ganó se eligió a un alcalde que no era de Acción Popular. Solo en 15 distritos se logra el triunfo acciopopulista en ambas plazas.
  4. Sin el apoyo de electores de las distintas Limas no hay alcalde posible.

Estaremos atentos y analizando las distintas tendencias que se vayan presentando.


  1. Data de Ipsos. En el caso de Castañeda y Villarán, en la medición de enero del último año. EN el caso de Muñoz, encuesta de diciembre 2021.
  2.  Fuente: ONPE, resultados de elecciones municipales 2016. En: www.onpe.gob.pe

Tags:

Elecciones distritales

Conversan mientras contemplan el ocaso. Sobre todo y nada, como siempre. Saltando de un tema a otro, felices de estar juntos, gozando de la complicidad que los une desde que se convirtieron, el mismo día, en abuelo y nieto. 

El segundo se pregunta en voz alta si va a dormir solo o con el primero. Con tono de duda, con un dejo de disculpa, está claro que se insinúa una explicación para sustentar la primera opción. El abuelo lo mira de reojo con el corazón pesado: pasa por su mente todo lo ocurrido a lo largo de los años alrededor de la caída de la noche, en medio de experimentos desarmando artefactos —jamás armándolos—, fogatas, en la tina vespertina y en esas transiciones maravillosas entre la vigilia y el sueño: cuentos, canciones de cuna, interrogatorios inacabables. Un bosque de lo cotidiano compartido de la infancia a la niñez y de esta al borde de la pubertad. 

¿Todavía se podrá, ahora que nos volvemos a encontrar dejando de lado los protocolos que impone la peste? En tiempos normales hubieran podido ir matizando los rituales para acomodarlos al ritmo de la adolescencia. Añadiendo, quitando, llegando a novedades, pero siempre evitando forzar repeticiones de lo que deja de tener sentido, quizá porque alguna vez estuvo tan lleno de él. Es lo que habría ocurrido con sus inevitables sobresaltos y desencuentros.  

Hay que explicarle al abuelo que además de la intrínseca dificultad de lo anterior, está la interrupción, no del inmenso amor, sino del delicado entramado diario donde ocurría una danza que es incompatible con el manual de procedimientos destinados a garantizar la pureza sanitaria, especialmente entre los tirones —es así como se llamaban los que iniciaban su camino en las legiones romanas— y los veteranos de la vida. La distancia social que nos hemos y nos han obligado a practicar, equivale al robo de un tramo del camino que debíamos recorrer con quienes más queremos. Hay que saberlo. 

El jovencito da el beso de buenas noches y afirma con convicción: te busco para el ritual de la mañana. El abuelo asiente. ¿A cambio de todo lo que ya no va a pasar en la noche? ¡No pues, así no es! La nostalgia no cancela la realidad presente, el reencuentro no anula la ausencia. Lo que va a pasar al comenzar el día siguiente no es un premio consuelo, sino la renovación de un pacto más allá de cualquier pandemia. El abuelo se queda pensando y entiende. 

Muy temprano, ambos se dirigen a la playa. El abuelo se detiene y le pide al nieto sentarse con él. “Haz un cuenco con tus manos”, le dice, y le pone un montículo de arena. “Deja que se escurra entre tus dedos”, añade, y ambos contemplan la cascada de granitos. “¿Puedes volver a poner lo mismo?”, pregunta. El nieto niega con un movimiento de la cabeza.  Es lo mismo: en lugar de tratar de repetir las mismas vivencias, sentir que por descuido o deslealtad hemos perdido algo, podemos aceptar que algo siempre queda, que algo siempre se escapa, que algo siempre se renueva. Y quizá lo más importante de todo esto, es que alguna vez, más adelante, tú estarás haciendo algo así con tu nieto. Eso es el sentido indestructible de los rituales. 

Se dirigen a la orilla, se adentran en el agua y, tomados de la mano, nombran a los miembros de la familia más cercana que ya no están, y agradecen ante el horizonte y las olas lo que hay, lo que tienen, lo que son. Lanzan un grito de guerra y se sumergen en el agua helada. ¡Al diablo con la distancia social!

Tags:

Rituales

Ahora que las restricciones de aforo de concurrencia a las playas ponen una vez más en evidencia su cortedad para atender la inmensa demanda recreativa de una megalópolis como es Lima, es ocasión de volver a poner en la palestra la urgencia de que se emprenda una gran obra pública que amplíe los espacios playeros a todo el litoral citadino.

A la fecha, solo Chorrillos, Barranco y Miraflores tienen playas habilitadas, apenas un 30% de la costa limeña y chalaca está disponible para que la gente pueda acudir a ellas como grandes espacios públicos de recreación. De los casi 22 kilómetros que tiene (entre La Herradura y La Punta), apenas 6 cuentan con playas de uso público.

Desde San Isidro hasta La Punta (en su vertiente sureña), pasando por Magdalena, San Miguel, La Perla y Callao, simplemente es un litoral agreste, inutilizable para esparcimiento playero.

En una ciudad donde pocos espacios públicos existen, y teniendo en cuenta la importancia de ellos para el desarrollo de una cultura cívica y democrática, de compartimiento social, es imperativo recuperar para la ciudad ese gran litoral, hoy inutilizado.

El mayor magnicidio urbano cometido en Lima en las últimas décadas es el que perpetró Susana Villarán al convertir la Costa Verde en una autopista. Destrozó lo que debería haber sido un gran paseo de acceso urbano peatonal y citadino.

Pero se puede y debe remediar. Habilitando playas en los distritos que no la tienen, construyendo ascensores en lugar de las complicadas escaleras de acceso (o poniendo buses gratuitos), permitiendo algunos espacios de recreación en las zonas que lo permitan, conquistando, en suma, un gran parque natural para los millones de peruanos que hoy congestionan las pocas playas a las que pueden acceder.

No se ha invertido un sol desde hace décadas en habilitar playas construyendo espigones. Nuevas tecnologías hoy hacen relativamente previsible lo que antes era un albur. Esa tarea la debería acometer el gobierno central, con un convenio de gobierno a gobierno, como gran obra pública. Es de interés primordial, transformaría la vida de la ciudad y convertiría a Lima-Callao en lo que realmente es, una ciudad costera, con el inmenso beneficio que tendría construir un espacio público de disfrute abierto y gratuito para todos. Democracia urbana con inmenso impacto inclusivo y socializador, integrador y sembrador de cultura cívica.

La del estribo: una corrección gustosa a un error cometido en un estribo anterior, respecto de la ópera Carmen, de George Bizet, que organiza el Festival Granda. La misma ya tiene fechas reprogramadas para este año. Va el viernes 20, domingo 22 y martes 24 de mayo en el Gran Teatro Nacional, conforme fue anunciado en sus plataformas, con desconocimiento de quien escribe. Valga la rectificación y bienvenida la buena ópera este año al Perú. Por si aún quedan entradas, pueden averiguar en Teleticket.

 

Tags:

Costa Verde, Susana Villarán

No llegué a conocerlo en persona, pero sabía de él desde principios de este siglo, cuando cayó en mis manos su libro de cuentos Amarillito, amarilleando. Era el 2002 y el Perú vivía una especie de primavera democrática tras diez años de dictadura fujimorista y uno del gobierno de transición de Valentín Paniagua. Ese año, Alejandro Toledo, con toda su demagogia neo-incaísta (“el cholo puro y sagrado”, supuesta reencarnación de Pachacútec) llevaba ya un año gobernando y empezaba a mostrar una vez más, como su antecesor Fujimori, las fauces del sistema neoliberal que hacía ricos a unos y empobrecía a otros.

Para los que aún no saben a qué escritor me refiero, su nombre era Feliciano Padilla Chalco, nacido en Lima en 1944, pero abancaíno y puneño de corazón, pues vivió casi toda su vida en esas ciudades andinas que han dado tan grandes escritores como Gamaliel Churata, Carlos Oquendo de Amat, Federido Latorre y muchos más. Feliciano Padilla murió este viernes 7 de enero, víctima del maldito virus del Covid-19. 

Su notable novela ¡Aquí están los Montesinos!, del 2006, muestra las viejas desigualdades entre Lima y el interior del país, al narrar la disputa electoral entre Rafael Grau, un candidato de la élite capitalina, hijo del héroe Miguel Grau, y Santiago Montesinos, hacendado apurimeño. Mereció muchas reediciones. También publicó otras novelas como Ezequiel, el profeta que encendió la pradera (del 2014) y El morral escarlata (apenas del 2021). Aparte del ya mencionado Amarillito amarillando, sus otros libros de cuentos incluyen Pescador de luceros, Cuentos de otoño, La bahía, y varios relatos en quechua. Por añadidura, fue poeta, habiendo publicado el 2009 Pakasqa takiyniykuna (Mis cantos ocultos), un libro en quechua y español, y ensayista, con varios estudios donde resalta la importancia de la literatura puneña.

Recuerdo que sobre el afamado Movimiento Kloaka escribió el 2007: “Desde hace un buen tiempo los productores jóvenes de literatura vienen haciendo una lucha generacional contra los poetas y narradores mayores. Creo que están en su derecho. La juventud es de por sí iconoclasta, inconforme. Tienen toda libertad para ser irreverentes. Hasta ahí, esta actitud es buena, y hasta fecunda para producir mejor y seguir adelante, pero llevar esta contradicción natural hasta el extremo de aplicar esa ‘ley’ que los ‘kloacas’ inventaron y la expresaban en foros y bares limeños: ‘Si quieres surgir tiene que ser sobre el cadáver de los consagrados’, no es bueno para nadie. Ha pasado el tiempo y la historia no registra el nombre de ningún kloaca importante”.

En realidad, se equivocó, pues los Kloaka nunca dijeron eso que se cita y ya hay varios kloakas que destacan en el parnaso peruano. El reclamo de Padilla, sin embargo, tiene que ver más con la reivindicación de los escritores de provincias, ignorados consuetudinariamente entonces y aún hoy. En ese sentido, su reclamo es justo.

Autores del interior como Boris Espezúa, Leoncio Luque Cota, William Guillén Padilla, Gloria Cáceres, Isaac Huamán Manrique, Gloria Mendoza Borda, Fredy Roncalla, Juan Yufra, José Gabriel Valdivia, Carlos Reyes Ramírez, Carlos Sánchez Paz, Luis Nieto Degregori, Ricardo Vírhuez, Edián Novoa, Mary Soto, Enrique Rosas Paravicino, Zein Zorrilla, Samuel Cárdich y muchos más merecen, sin duda, mayor atención.

En el cuento “Amarillito amarilleando”, que da título a la colección a la que me refería al principio de esta nota, se narra la aparición de una peste que vuelve amarillas a sus víctimas sin que se sepa bien qué enfermedad es. Casi como una premonición del propio Covid-19 que se lo llevó, Padilla escribió: “Se comentaba que una nube de abejas viajeras procedentes del Manu, que hacía poco se encontraba por Pachachaca, habría traído la maldita fiebre, sin previo aviso, sin tocar la puerta. Eran cientos los chiuchicitos, que en aquel momento, ya no alegraban las mañanas a causa de la peste. ¿Será la tifus o la tos convulsiva, será el sarampión o la viruela?, se oía un coro de voces desesperadas. Tienen que estar aislados de la familia, aislados del mundo; por ahora combatan la fiebre mientras se descubra la enfermedad, nos recomendaban los matasanos del hospital. Pero, el tiempo pasaba y ningún matasanos sabía decir la verdad”.

Como un chiuchicito, el alma de Feliciano Padilla se nos voló, igual que la de tantos escritores, artistas y peruanos en general que siguen sufriendo de olvido y desatención. En el caso de nuestros escritores fuera de las argollas limeñas, el descuido de la crítica es patente. 

Que el alma de Feliciano Padilla vuele bien alto y su muerte no sea en vano.

Tags:

escritor, Feliciano Padilla

Comentario a Huaco Retrato de Gabriela Wiener

Más valen los morenos, de mi morena

Que toda la blancura de la azucena

(versos de marinera limeña)

“Me llamo José Ciudad, soy mulato de San Vicente de Cañete, me presento ante Ud. y digo”. Me llamo Daniel Parodi, vivo en el distrito de San Isidro y soy blanco.  

El último censo nacional, ese tan mal hecho en tiempos de Kuczynski, y que fue un fiasco que obligó al presidente del Instituto Nacional de Estadística a renunciar a su cargo, preguntaba, sin más, por las razas de los ciudadanos, lo que nos llevó a situaciones análogas a la de los peruanos y peruanas de los tiempos coloniales, que debían identificarse de acuerdo con su estamento o casta. 

No caí en la trampa del censo. El censador me dijo que la señora del departamento de abajo, a la sazón mi madre, había respondido “raza blanca”, lo mismo que mi abogado, el gran “Pirucho” que le respondió al censador irónicamente “¿tú que ves?”. A mí me estrujaron las tripas las enseñanzas de papá Ezio, algunas a correazos y chicotazos, ¡la letra con sangre entra! Él había heredado este hábito, aún normalizado en los años setenta, de otros ejemplos no paternos que tuvo, pues el abuelo Alfredo murió de peritonitis en 1941, dejando viuda a la nonna Teresa, con apenas treintaiún años, el niño Ezio, cicci, apenas contaba cinco. Ella nunca se volvió casar. “No quería darles un padrastro a tu papá y tu tía”, solía decirme. 

Lo del censo, Carolina y yo lo resolvimos colocando en la sección raza “peruana” y peruano” respectivamente. Tal vez emulando los enormes e infructuosos esfuerzos de Juan Velasco Alvarado y Augusto Polo Campos por acercarnos un poco más a todos: “Yo me llamo Perú pues mi raza peruana, con la sangre y el alma pintó los colores de mi pabellón”. Claro, luego dirán, cómo en Chile, que el mestizaje, en tanto que discurso, tiende a acallar a las minorías étnicas y grupos originarios, pero lo cierto es que Velasco tuvo las mejores intenciones en un país que hasta entonces no había sido más que una sociedad de castas y que hoy, por esas inercias históricas que nos son tan íntimas, se muere de ganas por volver a serlo y acomodarse, tal y como estaba antes del 3 de octubre de 1968.  

Papá Ezio tomó El Diario Comercio los primeros minutos del 24 de julio de 1974 en un asalto a medianoche y a mano armada -como se lo enrostrara Alfonso Baella Tuesta -en una crónica enfáticamente antivelasquista titulada “El Miserable”-. Así, echaba de un puntapié, junto a Héctor Cornejo Chávez, Jorge Bolaños Ramírez y la plana directiva de la Democracia Cristiana, nada menos que a los Miroquesada de su diario secular, secularmente anti aprocomunista, secularmente defensor de la vieja oligarquía y del orden establecido. Sin embargo, tuvo su lapso seudoprogre El Comercio, cuando enfrentó abiertamente la dictadura fujimorista a fines de los noventa, pero después se le pasó. 

En el preciso instante en que papá Ezio tomaba El Comercio en nombre de la revolución militar, de la única revolución de izquierda que se ensayó en serio en el Perú, mamá Laura paría su tercer hijo Parodi varón, Andrés, en la Clínica Italiana. Cuando papá llegó al nosocomio, entre sudoroso, catatónico, eufórico y exhausto, “Anlacito”, como cariñosamente solía decirle, ya era un peruano más y tanto el nuevo miembro de la familia, como mi mamá, dormían plácidamente. Las primeras luces del miércoles 24 de julio de 1974 se dejaban ver en la convulsionada capital de una antigua excolonia española de América del Sur. 

Y por todo eso papá Ezio, con la finalidad de conformar una familia inclusiva, plural y revolucionaria, erradicó a correazos cualquier vestigio de racismo entre su pléyade. Nosotros estudiábamos en el Franco Peruano, el “choleo” y la discriminación eran tan naturales como la pichanga del recreo, y la discriminación, en broma o en serio -solía ser más en broma- contra quienes no pasaban el examen de las castas estaba a la orden del día. Finalmente, el Franco de esa época era un colegio progre, hoy le llamarían caviarón. Estaban los hijos de muchos intelectuales de izquierda como Julio Cotler, Carlos Franco, Pablo Macera, entre otros. Y no faltaba derecha, claro, pero los estudiantes secundarios éramos de jebe, discutíamos estos temas hasta acaloradamente, pero nunca nos enemistamos por ellos. El tema es que el racismo se erradicó de mi alma, soy una persona mejor y más democrática gracias a los métodos totalitarios de Papa Ezio. 

“Lo que es yo, recuerdo a San Isidro por haber sido el primer lugar en el que me gritaron cholo de mierda”. Me lo dijo mi tocayo Daniel, gran amigo de la Cato y de alguna lucha política de esos tiempos. Seguro yo me venía ufanando por joder de mi sanisidrismo, como lo hago a veces de puro transgresor y él me refirió, sin ningún afán de réplica, aquella triste anécdota. Le pregunte más por ella. Me dijo que era apenas un niño, que había otros niños jugando pelota en la pista -entonces no era políticamente incorrecto, ni siquiera en San Isidro, improvisar estadios en la calle, más sofisticados si marcabamos con tiza las áreas y la mitad de la cancha- y un disparo desviado fue a dar cerca de él, así que corrió para parar la pelota y devolverla, cuando súbitamente fue detenido por una voz que no por infantil dejó de ser tajante e imperativa “ey tú, cholo ´e mierda: deja nuestra pelota”. Y de esa triste manera, mi querido tocayo se enteró que en el Perú había niños distintos a otros niños y que no bastaba ser niño para poder jugar con otros niños. Al menos había dos categorías de niños:  cholos y no cholos.

La novela Huaco Retrato de Gabriela Wiener puede comentarse desde diversos ángulos. Cómo no soy crítico literario prefiero tomarme literal eso de que el texto creado se convierte en otro en el lector, y el lector produce su propio texto a partir de la lectura realizada. Más allá del absoluto disfrute que me ha generado su prosa y las historias que contiene, a veces sarcásticas hasta la carcajada, a veces dramáticas hasta llamarme a unas lágrimas que no llegaron, a veces sensuales y carnalmente eróticas, quizá lo que me confirma Huaco Retrato es una perogrullada, pero no cualquier perogrullada: en el Perú no se puede ser solo peruano.

Yo tomé conciencia de esta realidad de a pocos, creo que la entendí ya en mi madurez. Y vaya que intenté ser solo peruano, pensé que se trataba de una cuestión de actitud, y de romper el hielo. Como me lo enseñara Papa Ezio en nuestro fantástico e intercultural paso por la Peña Valentina el año 1984, cuando, contando apenas 16 años clasifiqué un festejo dedicado al Alianza Lima a la final de “Ven Con Tu Canción”, junto a mi hermano Aldo que oficializó de virtuoso intérprete del tema. Y los blanquitos de San Isidro llegaron a la peña de los negros de La Victoria a cantarle al team de los negros de La Victoria “en el estadio se vibra, el toque de Alianza Lima, los negros de la Victoria, en la cancha predominan”. No fue fácil al comienzo, no podíamos sino ser los distintos del cuento, además nos iba socioeconómicamente mejor y, obviamente, éramos los únicos representantes del “populoso y criollísimo distrito de San Isidro”, que fue la mejor manera que encontré para presentarme cada vez que me preguntaban en los ambientes criollos o en cualquier parte, ¿oe blanquito, en qué distrito vives? obvio que sin ninguna intención de visitarme, sino para catalogarme socioeconómicamente. La maldita pregunta que nos han hecho a todos, de arriba y de abajo, para recordarnos que no basta solamente con ser peruanos en el Perú. Y en algunos casos, con lo de “populoso y criollísimo” logré algunas risas y aceptación: “´ta bien, ´ta bien, tiene su gracia este colorao”

Pero Gabriela la pasó mucho peor, no quiero decir que yo no tenga para narrar historias más difíciles de eso que llaman racismo inverso y no voy a entrar a la polémica. Alguna vez, con un amigo abogado, muy bien colocado en estudios capitalinos y muy consciente de su condición de marrón en un entorno de blancos, como lo es su medio profesional, sostuvimos una fuerte polémica sobre el tema. El argumentaba que quien se encontraba en una posición de poder -el blanco en este caso – no podía ser objeto de racismo. Yo no me animé a responderle que, entonces, un entrañable amigo del cole, al que le decíamos Papaya, no tendría derecho a quejarse cuando, en 1985, le gritaron en Puno durante el viaje de promo: “quiero culo blanco, aunque sea de hombre”. En fin, yo tampoco creo en el racismo inverso porque creo que existe el racismo sin más, pero hablábamos de Gabriela.

Gabriela se ha aventado contra la pared, con su cara de Huaco Retrato, toda su vida, y se ha tumbado la pared toda su vida, y se ha puesto de pie y ha seguido caminando, gritándole a la España de los putos chapetones quién es y que no está para limpiar el retrete de la casa de ninguna vieja puta (españolismo, así no espanto a nuestra mojigatería), ni para tragarse sus puñeteros estereotipos raciales, sexuales, sociales y de la puta que los parió. Pero Gabriela está llena de heridas debido a tantos muros derribados, sangra por ellas y cada línea roja trazada que se desliza desde su vientre, brazos y piernas es una línea escrita con toda la ternura de la especie humana que ríe, folla, se enerva, pero finalmente llora desde su inconmensurable belleza. 

En las aulas universitarias tengo estudiantes de todas las sangres, de la Lima pituca, de la Lima mesocrática, de la Lima de los conos, de todas las provincias, y con la Beca 18, el mayor aporte de Ollanta Humala a la historia del Perú, a jóvenes del Perú rural, que me hablan diferentes versiones del quechua y a veces el aimara. Yo les digo que rompan el hielo, que no sean como nosotros, que no se dividan más en castas, que se inviten, la pituca (con total buena onda) que los invite a su casa en Asia, la andahuaylina que asiste a la clase virtual desde un distrito desde donde el matutino cantar del gallo nos conmueve a todos en clase, que les invite a su estancia rural, que se los lleve a pasear por los cultivos, cerros y sitios arqueológicos aledaños. 

Pero me pregunto si será suficiente, habría que convertirlo en política, pero no hay políticos, no de los buenos. Mientras tanto Juan, el niño indígena que Charles Wiener, tatarabuelo de Gabriela, y expedicionario francés, decimonónico empedernido y profundamente darwinista social, le compró a una mujer india alcohólica por unos soles en las serranías del Perú, se sigue exhibiendo en una jaula de la Exposición Universal de París de 1889. Esta celda está llena de seres humanos vivos -todos indígenas peruanos arrancados del país sin su voluntad- que representan la vida en el Imperio de los Incas antes de ser degradados por los pérfidos españoles, para admiración de los franceses mientras celebran el Centenario de su triunfal revolución de la Igualdad, la Libertad y la Fraternidad.  

 

Tags:

Gabriela Wiener, Huaco Retrato
x