Opinión

La polémica contratación -porque no es ningún delito o falta a la norma- de Carlos Cabieses Bertoni como técnico para el despacho congresal de María del Carmen Alva es un hecho que sucede en todas las bancadas y en cada despacho congresal. Por favor, señores congresistas y amigos «indignados» del Twitter, no nos digan que no lo sabían.

Defiendo una tesis distinta a aquella que nos demuestra el reinado del doble rasero. La contratación de Cabieses por la presidenta del Congreso es para un cargo de confianza. No es un asesor como quisieron venderlo; es un técnico y los requisitos para tener el puesto son muy distintos al perfil del asesor. Pero ya vemos el doble rasero de nuestra izquierda peruana, que sabe que tiene en sus despachos a los amigos más cercanos y de campaña de cada congresista, y que no son ni los más capaces y tampoco las mentes más brillantes del país, iniciando por una de sus congresistas.

La Hipocresía.

En mayo del 2018, el programa «Panorama» reveló que la congresista de izquierda del partido Frente Amplio, María Elena Foronda, había contratado como asistente en su despacho a la emerretista Nancy Madrid Bonilla, sentenciada a 18 años de cárcel por terrorismo, quien trabajó desde el 27 de julio del 2016 hasta mayo del 2018. Es decir, la ex congresista de izquierda -de los que se consideran la reserva moral del país- mantenía con dinero de nuestros impuestos a una terrorista.

Hago la siguiente pregunta: ¿Cuál de esos hechos es una falta grave? y ¿cuál es una polémica mal armada? Aquí la respuesta: Foronda fue suspendida por 120 días y sin recibir sus haberes durante todo el tiempo de la suspensión. Ella cometió una falta gravísima al contratar a una terrorista.

María del Carmen Alva contrató a su personal de confianza con los requisitos que se pedía para el cargo. ¿Cometió una falta? No. ¿Alva es poco inteligente para responder y argumentar una pregunta tan fácil? Sí. ¿No controla su energía? Sí. Es evidente que saben que la presidenta del Congreso es una pieza clave para el proceso de vacancia que ya se está cocinando y van a buscar bajarla del coche para seguir jugando al poder.

En el 2018, no se vieron tantos insultos y calificativos fuertes y toscos en las redes contra Foronda por su gravísima falta cometida. Pero hoy, han llevado a otro nivel el calibre de insultos contra una mujer, que como no es de izquierda, no recibe el apoyo de los que se rompen por dentro y sienten morir cuando a sus amigas congresistas de Juntos por el Perú las critican por su doble rasero. Para nuestros amigos de Hugo Chávez, la lucha contra la violencia a la mujer es selectiva.

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contratación de Cabieses, María del Carmen Alva

UNO

En primer lugar, hay que indicar que Lombardi filma a la manera clásica, con una narración lineal y sin mayores efectos visuales. Su fuerte está en el desarrollo psicológico de sus personajes y en la trama. Gustavo Bueno, actor fetiche de Pancho, resalta como el insano teniente Iván Roca. Incluso, sus personajes secundarios (Aristóteles Picho esta genial), en su gran mayoría, no tienen desperdicio. El guion es de los mejores. Hay un punto insoslayable: Nunca muestra a los senderistas. Lo cual es un acierto y un arma de los grandes directores del suspenso o terror (Polanski, Hitchcook, Ridley Scott, Spielberg, etc)

La película se inspira en la matanza de Socos (Ayacucho), ocurrida en inicio de los ochenta, donde las Fuerzas Armadas torturaron (violaron a las mujeres) y mataron a más de 30 personas (hombres, mujeres y niños) que celebraban una pedida de mano. 

La influencia de “The Deer Hunter”(1978), Apocalipsis Now (1979) y Platoon (1986) es obvia. 

Al llegar a Chuspi (un pueblito de la serranía como muchos) Vitín Luna, el joven naif, quien, para más inri, fue quien solicitó ir al corazón de la lucha armada. Lo acompañamos a su posterior desencanto y un lento descenso a los infiernos, junto a sus compañeros de armas. Al inicio Luna apoya y se inspira en Roca, luego lo desconcierta. Su moral se ve cuestionada por la violación a la dueña de la tienda de comestibles, por parte de su amigo (un repulsivo arquetipo del limeño avivado, pero cobarde, a fin de cuentas). El posterior accionar del teniente lo termina enfrentando con la autoridad. Convirtiendo la peli en un western, en donde el enemigo, no solo no se le ve, sino que está dentro de ellos. El ultimo fotograma muestra su huida ante la mirada de la niña (simbolizando un recodo de inocencia) campesina, quien también abandona (no tiene otra opción), con su rebaño, el pueblo fantasma. Ambos escapan del horror. Como lo hacía Lima, en los ochenta, hasta que en 1992 sucedió lo de Tarata.

DOS

Entre los años 86 y 88, conocí distintos partes del interior del país. Distantes y olvidados como Chupaca y San Jerónimo en el departamento de Junín; el populoso Alto Misti y Lara, o la mesócrata Selva Alegre en Arequipa. Por último, la rojiza San Jerónimo en el Cuzco. Ahí pude comprobar que el Perú no era un país, sino varios. Diseccionado y escindido. Uno empobrecido y tercermundista. 

Estuve los primeros meses del 88, en lugares como Nueva Esperanza, los arenales de Tablada de Lurín o el desierto de José Gálvez – lo más parecido al far west fordiano – en aquella Lima ochentera. Comprobé una mayor pobreza, de la que había percibido en el interior. Y me encontraba a 50 minutos del centro de Miraflores. De ahí, que deduzco que Chuspi (pueblo de Ayacucho) no era una excepción, sino la regla. Un Estado ausente, sin infraestructura adecuada para Salud, Educación o Autoridades; creándose así un caldo de cultivo para los ideales del grupo guerrillero. Y que terminó, convirtiendo el país en una distopía, de la cual emigraron cientos de miles.

TRES

Muchos consideran que el cine está obligado, por ende, también la literatura o la poesía, la música, el teatro y demás formas de expresiones artísticas, a solamente a ensalzar las buenas costumbres de un país o ser positivos. 

Cuando uno hace cine o escribe una novela puede hablar de lo que considera pertinente. Puede ser un tema personal o que estriba en problemas sociales o lo que se le antoje. O hacer películas como los que produce Tondero: nimias y cojudas. El cine vive un momento especial. Como nunca los, jóvenes o no tan jóvenes, directores tienen formas de difundir sus trabajos. Ya sea través de las redes o festivales, e incluso plataformas. Netflix, Amazon, Apple, etc. En Netflix visualicé, bellas películas como “Retablo” y “Canción sin nombre”. En Youtube, encontré, el buenísimo documental, “La revolución y la tierra”. Ya lo dijo Scorsese en una ocasión: “Lo más personal, es lo más creativo”.

Las películas o series que perduran en el tiempo son las que te golpean íntimamente. Esas quedan en la retina del recuerdo. “La Boca del Lobo” es una de ellas. Y pasaron más de 31 años de su estreno.

Gracias Pancho.

 

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“La Boca del Lobo”, 31 años, cine peruano, Francisco Lombardi, Gustavo Bueno

Esta semana ha revelado una total falta de institucionalidad y respeto mínimo a las reglas y normas que deberían imperar en un Estado de Derecho. El gobierno parece no darle tregua a cualquier mínimo intento de estabilidad. Tras la tensión desatada entre el presidente y su premier por el mantenimiento del defenestrado e impresentable ministro Barranzuela, le siguió la publicación de los audios del ministro de transportes cediendo la reforma del mismo a la improvisación de las kombis que tantas muertes han traído. Pero, por si no fuera suficiente, hoy nos la vemos con una seria denuncia, que involucra a las esferas más altas del gobierno, en el intento de manipulación en los ascensos de generales en las fuerzas armadas. Como se aprecia, estamos ante un panorama desolador en el que la ley parece no tener ningún valor.

El establecimiento y mantenimiento de un Estado de derecho ha sido una conquista muy dura en la historia. Llegar a establecer como un sentido compartido que la mejor manera de convivir es mediante el imperio de la ley, como contenedora de los impulsos autoritarios, es el mayor logro de la civilización occidental. Por ello, a las mentalidades y sociedades pre-modernas les cuesta tanto hacer el tránsito, pues siguen considerando al Estado como su botín en el que pueden hacer lo que mejor les parezca con tal de mantenerse en el poder.

Lo peor de la situación política que vivimos es que la profunda inestabilidad no es producto de un programa de gobierno transformador que esté removiendo las bases mismas de una sociedad excluyente y oligárquica. Lo que vivimos no es producto de una serie de reformas profundas que se hayan impulsado en estos cien días. Por el contrario, la inestabilidad es producto, por un lado, del rosario de desaciertos del gobierno principalmente en el nombramiento de ministros y altos funcionarios y, por el otro, una derecha obsesionada con la vacancia del presidente que no ha dado un minuto de sosiego. 

En ambos casos el factor común es la manipulación de las instituciones y de la legalidad para sus fines subalternos. El bien común ha desaparecido del horizonte y del discurso político peruano. Todas suenan a palabras vacías cuando tras ellas sólo se esconden intereses de grupos disputándose el poder. Esta situación tendrá un desenlace impredecible cuando los ciudadanos, especialmente aquellos que votaron por una transformación, sientan sus expectativas totalmente embalsadas e incumplidas. El peligro que nos acecha es que el hartazgo de las personas se traduzca en salidas autoritarias que terminen desbordando el cauce institucional.

La obstinación del presidente por perseverar continuamente en el error lo pueden llevar a una ruptura con su premier. Si eso se llegara a suceder sumergiría a su ya endeble gobierno en una vorágine de la que tal vez no haya una salida institucional. Estamos al borde de un precipicio y los políticos juegan por ver quién empuja a quién sin percatarse que todos juntos terminaremos cayendo por su irresponsabilidad y banalidad. Perder a una premier que le ha dado un respiro y oxígeno al gobierno sería un despropósito, menos aún si lo hace para mantener a un ministro tan cuestionado y que seguramente igual será censurado por el parlamento. 

Visto está que el principal problema del gobierno no es con sus propuestas de cambios estructurales, porque hasta ahora no ha iniciado ninguno. Su problema central está con los funcionarios que designa, se torna entonces en un problema de personas que no de políticas gubernamentales. Está gastando tiempo y esfuerzo en defender personas, muchas de ellas indefendibles, en ligar de dedicarlo a lo que los ciudadanos esperan y para lo que lo eligieron. Aún es tiempo de volver al rumbo de la apuesta por el cambio dentro de la institucionalidad donde la ley no sólo se acate sino también se cumpla.

 

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Algunas de las virtudes que toda democracia debe exhibir son las de la tolerancia y la paciencia concomitante respecto de los decires y haceres del adversario. Pero Castillo juega al límite de los niveles propios de una democracia que se precie de tal.

La sumatoria de errores groseros, gazapos, declaraciones insensatas y procedimientos irregulares que este gobierno ha cometido en apenas cien días de gestión, rompen los récords históricos de gobiernos aún tan inexpertos como éste (Alejandro Toledo y Ollanta Humala no tenían ninguna experiencia de gobierno cuando llegaron al poder y no mostraron el rosario de barbaridades que esta administración derrocha).

Castillo juega aún con el viento a favor, con niveles de aprobación si bien decrecientes, todavía importantes (alrededor del 40% de la ciudadanía lo respalda), pero se avecina un año horroroso, donde se van a juntar todas las piezas del rompecabezas del descrédito: crisis sanitaria con la tercera ola, crisis económica con el bajonazo de las inversiones privadas, producto de las desastrosas declaraciones ideológicas del Presidente, crisis política con mayores fricciones entre el Ejecutivo y el Congreso, y crisis social, con conflictos desatados por su inercia natural, a los que se sumarán aquellos originados por las expectativas frustradas de un régimen que prometía un cambio que no se aprecia ni se va a apreciar.

Va a llegarse a un “momento destituyente”, donde la vacancia va a estar a flor de piel de la oposición congresal. Y si en esas circunstancias, por ejemplo, ocurriese algo semejante a lo que acaba de acontecer con los ascensos militares y la destitución irregular y caprichosa de los comandantes generales del Ejecito y de la Fuerza Aérea, lo más probable es que la ola vacadora sea indetenible (el caso se ha agravado con -hasta el momento de escribir esta columna- la permanencia insostenible de Walter Ayala, como titular de Defensa).

La vacancia no es una opción deseable. Lo correcto, en términos políticos y sociales, es que Castillo dure los cinco años. Va a ser, inevitablemente, un gobierno mediocre, sin mayores logros, y que llegará exhausto al final de su mandato, pero el pueblo lo eligió, se equivocó garrafalmente, y es bueno que el país aprenda democráticamente lo que implica votar por la izquierda. Sería una gran lección histórica que una vacancia descartaría y nos asomaría, más bien, al riesgo de que en el futuro vuelva a aparecer triunfal una opción de este perfil.

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Nunca antes el proceso de Ricardo Gareca como técnico de Perú depende de un resultado. Tanto está supeditado a la consecuencia, que no basta con una victoria, sino con dos. Y caen las estadísticas de siempre: rara vez la selección ha ganado dos partidos seguidos en Eliminatoria. El Perú de hoy está caminando en la cuerda floja. Miles de hinchas peruanos alistan los ansiolíticos. 

Suena injusto decirlo, porque Gareca ha producido una cadena de milagros en el fútbol peruano que han reenganchado a la afición con su equipo. Pero en este momento, además de que aún queda la esperanza de siempre por lograr dos triunfos al hilo, la realidad es la de una selección al borde del abismo. No se juega por la clasificación, se está próximo a caer en la eliminación.  

Hace veinte años, en la ciudad de San Cristobal de Venezuela, el equipo local le metió tres goles en veinte minutos a la selección de Julio César Uribe. Ese día, el suplemento de deportes de El Comercio publicó una portada negra. Negra por completo. En la parte inferior, el resultado del partido: 3-0. Venezuela nos había eliminado del primer mundial del nuevo siglo luego de una década, los noventa, donde la selección peruana no compitió. 

Ese partido fue la conclusión exacta no de una generación de futbolistas, que siguieron un tiempo más dando pena en las canchas, sino de una expresión futbolística que se había apagado por completo. El verdugo era la peor selección del continente, aquel equipo que nunca ha ido a un mundial, donde el deporte principal es el beisbol y al que siempre le habíamos ganado. 

Ya pasó, hace veinte años. Y hace unas semanas también, donde la selección más floja que Bolivia ha presentado en los últimos treinta años nos quitó el partido de encima en una jugada al último minuto. Es por esa realidad del equipo peruano, y por la historia reciente del formato de Eliminatorias, que todos los partidos cuentan con el mismo nivel de competencia y probabilidades de éxito. 

Hay una máxima en el fútbol sobre la presión. Cuando a un equipo chico se le quita la presión frente a una cuesta alta, puede esto producir resultados inesperadamente positivos. Es el arte de la sorpresa, el “underdog”, ese que intenta desde quitarse el miedo al fracaso de conseguir un resultado sin precedentes. La cumbre de la confianza. 

En estos dos partidos, Perú debe jugar como si la pelota no doliera el patearla y los músculos fueran flojos. Con la desfachatez de Carrillo y la hidalgía de Lapadula. Sin esa sensación de que con esta nos quedamos fuera. Porque nos hemos quedado fuera mil veces y estamos en la cuerda floja, pero esta es la oportunidad de oro para demostrar que aún damos pelea. 

La mochila es pesada, pero no pasa nada si perdemos. El ciclo de Gareca se termina y empieza otro, con nuevos jugadores. Las viejas glorias se retiran, tocará respirar y buscar nuevos referentes. Vendrá un nuevo técnico. No pasa nada si perdemos el partido, y pasa mucho si lo ganamos. Y no habrá portada negra, tendrá que haber una página entera escrita sobre el futuro. 

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Solo las propias víctimas y sus familiares saben el difícil camino que se emprende cuando se busca justicia en un caso de violencia de género. Una ruta plagada de barreras y de situaciones complejas que puede extenderse por años.

Y creo que es importante visibilizar esta problemática, pues cuando se difunden los casos, cuando se abordan los mismos, cuando se piensan en acciones para hacer frente a la violencia parece que el horizonte común es promover que las mujeres denuncien y punto.  Y aunque la denuncia es importante, perderá poco a poco su legitimidad si es que la respuesta final sigue siendo la indiferencia y por lo tanto la impunidad. 

Una ruta difícil para acceder a la justicia, la demora en el procesamiento de los casos, en las investigaciones y finalmente la impunidad refuerzan el estatus en el que el patriarcado a situado a las mujeres.  El mensaje que se envía es que nuestras vidas no importan, los agresores perciben la tolerancia social y se sienten ganadores, con ello se fortalece y reproduce el orden de género.  

Recordemos el caso de Solsiret Rodriguez, víctima de desaparición y feminicidio; su caso se ha topado con decenas de barreras, desde los estereotipos de género que impidieron una búsqueda rápida hasta diligencias que tardan absurdamente hasta la fecha; en tanto, sus agresores siguen con prisión preventiva sin una pena que garantice justicia. La familia de Sol ha atravesado años de sufrimiento. 

Recientemente la madre de una víctima de feminicidio se contactó con el CMP Flora Tristán buscando ayuda para exigir una respuesta adecuada de Medicina Legal, en donde le habían señalado que no se podía hacer un examen necesario para la investigación por falta de insumos y recursos. Nada más indolente.

O también el caso de DB, una joven víctima de violación sexual – hace 14 años – por un ex integrante de las Fuerza Área del Perú (FAP) quien sigue prófugo y su caso en permanente litigio. Como no recordar el caso de JH, una mujer que fue victima de tentativa de feminicidio hace más de 8 años, producto de la agresión su rostro quedó desfigurado; su vida y la de su pequeña hija cambiaron para siempre. El agresor no ha sido capturado, porque no se han desplegado los esfuerzos necesarios para lograrlo.

Para prevenir la violencia hay que erradicar la impunidad; es decir promover el acceso efectivo de las mujeres a la justicia, esta es una demanda que debe ser priorizada por el Estado.

La violencia contra las mujeres es un atentado contra la dignidad, tal como lo ha señalado el Comité de la CEDAW en su Recomendación General 35, no es un asunto individual, ni un problema de las víctimas, es un asunto colectivo y estructural por lo que el Estado tiene la obligación de desplegar los máximos esfuerzos para sancionar, prevenir y erradicar este grave atentado contra la humanidad. 

En el mes por la eliminación de la violencia contra las mujeres, seguramente se visibilizarán casos, cuando tengamos conocimiento de estos, no solo nos indignemos preguntándonos por qué las víctimas no denunciaron antes, exijamos al Estado que genere un contexto de confianza para ellas, demandemos que las víctimas accedan a la justicia por ser este un derecho humano fundamental y una condición para lograr que la violencia de género sea erradicada. 

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Fuerza Área del Perú (FAP), mujeres, Recomendación General 35

Luego de complicaciones iniciales, el gabinete del presidente Castillo sigue firme por el camino de la inclusión. La designación de Rocilda Nunta Guimaraes, líder shipiba-koniba, como viceministra de Interculturalidad del Ministerio de Cultura, así como las anteriores designaciones de Betssy Chávez y Mirtha Vásquez, demuestran la intención de crear un gabinete con más mujeres y representantes de pueblos originarios en altos cargos. 

Sin embargo, las políticas de identidad como cuotas de paridad y acciones afirmativas que no están acompañadas por un programa de izquierda de cambio social y económico corren el peligro de ser instrumentalizadas por el status quo, y de reforzar una narrativa superficial y limitada promovida mayormente por sectores feministas y progresistas ligados a ONGS y la academia.

Lo paradójico es que cuanto más inclusivo trata de ser el gabinete, más se va derechizando. Desde el 28 de julio, los cambios del gabinete han sido concesiones a la derecha y no para reforzar un programa de izquierda. La economía está a cargo de un ministro más preocupado por calmar al empresariado que explorar cambios macroeconómicos, un canciller que sueña con revivir el Grupo de Lima, una premier que se niega a elevar el tema del proceso constituyente, y una ministra de Trabajo que demanda la militarización del país. En este contexto político, un gabinete inclusivo no garantiza eliminar las desigualdades que afectan a las comunidades que esas identidades representan, más bien estas reivindicaciones no pasan de lo simbólico y terminan siendo manipuladas para lavar el rostro del sistema opresor. 

En los 70s, feministas lesbianas negras estadounidenses como Audre Lorde y Barbara Smith del “Combahee River Collective” fueron una de las primeras en utilizar el término políticas de identidad. Su posición buscaba resaltar las múltiples formas de opresión que las mujeres negras enfrentaban en los sistemas de poder. Esos eran los años de los movimientos clasistas para la liberación negra, puertorriqueña, chicana, nativa, gay, y blancos pobres que lograron remecer el poder imperialista estadounidense. 

Pero poco a poco la política de identidades empezó a ser apropiada por la derecha para dividir estas luchas, desviando la atención de su origen liberador del capitalismo racial y el heteropatriarcado. Se creó entonces una tendencia política mundial para formar gobiernos diversificados. 

Por ejemplo, los últimos gobiernos republicanos y demócratas en EEUU han tenido gabinetes con mujeres y minorías étnicas en posiciones de poder, mientras que sus políticas socioeconómicas se han ido derechizando. El actual gabinete del presidente socialdemócrata Joe Biden es el más diverso de la historia estadounidense con ministros y ministras de la comunidad gay, negra, Latinx e indígena, sin embargo, poco o casi nada se ha hecho para buscar cambios estructurales como reforma migratoria, avances laborales, paralización de la actividad minera en territorios indígenas, etc. 

Unas décadas atrás, Bill Clinton designó por primera vez a una mujer en la poderosa secretaría de Estado, Madeleine Albright. El sector progresista aplaudía con orgullo su designación hasta que Albright dijo que la muerte de 500,000 niñxs iraquíes debido al bloqueo contra Irak “valió la pena” para debilitar el régimen de Sadam Hussein. El republicano George Bush Jr. continuó esa línea escogiendo a Colin Powell y luego a Condoleezza Rice para dirigir la secretaría de Estado. El poder imperial más grande del mundo adoptó la diversidad racial para dirigir una guerra criminal e ilegal en el medio oriente donde murieron cientos de miles de personas. 

Sin embargo, fueron Barack Obama y Hillary Clinton la pareja ideal en el imperio, un hombre negro y una mujer blanca. Ambos no solamente continuaron la guerra empezada por Bush sino que la expandieron a Libia y Siria, Yemen, Honduras y aumentaron el apoyo a la oligarquía venezolana contra el chavismo, y a Israel para ocupar territorios palestinos y asesinar a su población. Obama es conocido como el “rey drone” por el uso ilegal y letal de los drones en países intervenidos por EEUU y “jefe” en deportación ya que durante su gobierno fueron deportados casi 3 millones de inmigrantes indocumentados. Tampoco ser el primer presidente negro significó eliminar el racismo. El movimiento Black Lives Matter apareció debido a su inacción frente al racismo institucionalizado en la policía y la justicia penal.

Las mujeres, grupos racializados y las minorías étnicas también pueden servir como instrumentos del poder opresor. Esa es la limitación de las cuotas de paridad y políticas de identidad. Un ejemplo es Martha Moyano, congresista negra, que se precia de su identidad, pero no le disgusta que su organización política desarrolle un programa clasista y racista.

Si la izquierda se queda solo en lo simbólico al llegar al poder, estará rumbo a su extinción. Será reemplazada por una posición centrista: progresista en los derechos individuales pero conservadora en lo colectivo y económico. ¿Para qué se necesita a esa izquierda si están los moraditos? 

La revolución o el cambio social será feminista o no será, siempre que devele las contradicciones de clase de la sociedad, antes que el acomodo que representan las políticas de cuotas. Por eso la izquierda debe evitar caer en el tokenismo, que es la instrumentalización del sufrimiento de los sectores más oprimidos para mantener la agenda de las clases dominantes. 

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No hace falta -como solicitan algunos analistas- que se constituya un liderazgo único y centralizado de la oposición, que de esa manera mejor enfrente los desbarajustes gubernativos que apreciamos a diario.

Primero, porque las circunstancias no son tan dramáticas como para justificar semejante coordinación. Castillo no va a poder convocar a una Asamblea Constituyente, ni va a poder disolver el Congreso, ni va a poder estatizar o expropiar una empresa. Va a haber mucho ruido político -por sus desatinos verbales y nombramientos impresentables-, pero pocas nueces reales.

Segundo, porque es más eficaz que se mantengan en ristre diversas fórmulas opositoras. Los partidos en el Congreso, los medios de comunicación, los gremios empresariales, los líderes de opinión, la tecnocracia liberal, etc., juegan un papel fundamental como cadena de transmisión frente a la ciudadanía de una postura vigilante y crítica del régimen. Es mejor una “guerra de guerrillas” para minar al adversario gubernativo y contenerlo en su mediocre inocuidad, que afrontar una “guerra convencional”, con mando centralizado.

Eso debe continuar así. No hay la tal división de la oposición, que algunos acusan, señalando que eso le pone en bandeja el camino a Castillo para lograr sus propósitos radicales de llevarnos a la deriva chavista o socialista. No es preciso en estos momentos trazar una agenda explícita de coordinaciones transversales para hacerle frente al fallido monstruo gubernativo.

Lo que sí es importante es empezar a pensar en el recambio del elenco estable político que vaya a representar a la oposición en el futuro inmediato y mediato. Primero, en las elecciones municipales y regionales, donde la legislación obliga a los partidos de centroderecha a competir entre sí (tienen que presentarse a un número mínimo de circunscripciones para mantener a salvo la inscripción) y, luego, en las presidenciales, que ojalá se lleven a cabo, como corresponde, el 2026.

Ya están apareciendo nuevas figuras. En anteriores columnas hemos mencionado varias. Es menester imponernos como agenda castigar a los repitentes, al statu quo partidario, si buscase nuevamente tentar el acceso al poder. Eso sí supondría servirle en bandeja de plata el triunfo a la izquierda, a pesar del enorme desgaste y desprestigio que ésta va a sufrir por formar parte de la coalición partidaria que apuntala un gobierno tan malo como el de Castillo.

La oposición basará su triunfo en la próxima justa electoral, si traza una correcta estrategia de contención del gobierno, sin excesos ni tibiezas. Mantener la estrategia múltiple, dispersa y, por ende, más eficaz, es lo que corresponde en estas circunstancias.

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Hace más de 600 días que los niños, niñas y adolescentes (NNA) no asisten a las escuelas. ¿Al gobierno le interesa el impacto en su salud mental? ¿A los ministros de Educación y Salud les importa el aumento de consultas por depresión y ansiedad? Parece que la dimensión del problema no merece su atención. Parece que para las autoridades los NNA son “los nadies” (Eduardo Galeano dixit). 

Esos “nadies”, es bueno recordárselo, sufren las secuelas de la pandemia. El confinamiento y el aislamiento social han sido devastadores para ellos. Casi dos años sin clases presenciales les seguirán pasando factura en el mediano plazo. Con el regreso a clases semipresenciales, los docentes van constatando que los NNA presentan dificultades para retomar la rutina académica; y están tristes, irritables y desorientados. 

En un inicio, se asumió que los NNA se adaptarían con relativa facilidad a una situación difícil e inédita en su corta existencia. Sin embargo, no ha sido así. La manera en que la han enfrentado guarda correspondencia, entre otras variables, con su edad. Los adolescentes han sido los que la han pasado peor. Como se sabe, durante la adolescencia, desarrollan una mayor comprensión de sus emociones y las de los demás; y, por lo tanto, son más sensibles al dolor y el sufrimiento de los otros. A la ansiedad y depresión sufridas por ellos se suman los problemas de sueño, la inseguridad, los trastornos en su alimentación, la desorientación y la angustia por el futuro. 

Sin la escuela por casi veinte meses, las posibilidades de los adolescentes de relacionarse con sus pares se reducen dramáticamente. Se les ha privado de estar con sus amigos, quienes los acogen y ayudan; con los cuales comparten experiencias y se sienten comprendidos; y son importantes para su desarrollo. ¿En razón a que se evita que se vuelan a encontrar? ¿Qué hacer señor ministro de Educación al respecto? En el corto plazo, universalizar el regreso a clases de manera presencial con todas las medidas de bioseguridad necesarias. Asimismo, elaborar un diagnóstico de los aprendizajes y salud mental de NNA a nivel nacional, regional y provincial; y formular planes que permitan mitigar los efectos de la pandemia. El gobierno tiene la palabra.         

 

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