«A los lectores: Pueden acceder al video de cada canción mencionada en los artículos para verlas en YouTube»

[Música Maestro] Mil novecientos setenta y uno fue un gran año para el rock progresivo, con lanzamientos de Yes (The Yes album, Fragile), Genesis (Nursery crime), Jethro Tull (Aqualung) o The Mothers of Invention (Fillmore East, June 1971) confirmando la preeminencia de este subgénero que, con raíces en las ondas psicodélicas de finales de la década anterior, desarrolló un lenguaje propio, más amplio y sofisticado, con aportes de artistas que introdujeron fuertes elementos de jazz, música clásica y un enfoque concentrado en su capacidad técnica para la ejecución de instrumentos, cada cual más virtuoso que el anterior, en una competencia hacia arriba que parecía no tener límites para beneplácito de un público joven con elevado sentido de la apreciación y exigente control de calidad.

En el mes de noviembre de ese año ocurrió un hecho sin precedentes que tomó por sorpresa incluso a los más adeptos a esta nueva forma de concebir el rock como vehículo expresivo de rebeldía e innovación musical. El trío británico conformado por Keith Emerson (teclados), Greg Lake (bajo, guitarra, voz) y Carl Palmer (batería, percusión) lanzó al mercado un vinilo en concierto en el que presentaban su propia versión de una suite para piano del siglo XIX, escrita por un compositor ruso que solo figuraba en el radar de los más entendidos en el periodo romántico tardío de la música académica orquestal.

Pictures at an exhibition (Island/Pye Records, posteriormente reeditado por el sello de la banda, Manticore Records) es el tercer disco oficial de ELP y se convirtió inmediatamente en una de sus producciones más aclamadas por quienes celebraron la osadía de combinar rock con música clásica de forma mucho más categórica de lo que habían hecho, hasta ese momento, grupos como los Beatles y sus experimentos con el pop barroco del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) o Deep Purple, con el Concerto for group and orchestra (1969) o la Gemini Suite (1971) de su tecladista Jon Lord.

A un tiempo, abrió las puertas de una controversia que persiguió a la banda durante el resto de su carrera, con reseñas que de inmediato catalogaron al disco como pomposo y cargado de pretensiones excesivas y hasta desubicadas en contextos rockeros. En una histórica crónica de Lester Bangs (1948-1982), publicada en la edición de marzo de 1972 de la revista Rolling Stone, el crítico, a su estilo exagerado y sarcástico, se burló del esfuerzo de ELP con frases como esta: “Si los pobres autores pudieran oír lo que Emerson, Lake & Palmer han hecho con su música, probablemente estarían sufriendo arcadas en el mas allá”.

Emerson, Lake & Palmer

La mención de estos tres apellidos juntos es, en la terminología del rock, sinónimo de “supergrupo”, categoría que sirve para denominar a aquellas bandas integradas por músicos que ya habían alcanzado fama y prestigio en agrupaciones anteriores. En el caso de ELP estamos hablando, además, de uno de los supergrupos más interesantes de su época.

Keith Emerson (1944-2016), comenzó muy pequeño a estudiar las blancas y negras por instancia de su padre. Rápidamente se especializó en jazz y en compositores tanto de música clásica como de vanguardia contemporánea, desarrollando extraordinarias habilidades que recibieron atención por primera vez cuando se integró en 1967 a The Nice, cuarteto que completaban David O’List (voz, guitarra), Lee Jackson (bajo, guitarra) y Brian Davison (batería, percusión), con quienes grabó tres álbumes.

En esa agrupación hizo sus primeros arreglos para piezas clásicas y también logró notoriedad por sus extravagantes hábitos en el escenario, que incluían tocar el Hammond B-3 echado de espaldas con el mueble encima o apuñalar a sus teclados con una daga de colección que le había regalado su buen amigo Lemmy, entonces integrante de Hawkwind y futuro líder de Motörhead.

Greg Lake (1947-2016), por su parte, venía de la primera formación de King Crimson, la que editó entre 1968 y 1970 los influyentes álbumes In the court of the Crimson King e In the wake of Poseidon -junto con Robert Fripp (guitarras), Ian McDonald (vientos, teclados), los hermanos Peter y Michael Giles (bajo y batería)-, bases conceptuales y sonoras de todo lo que conocimos después como prog-rock.

Como vocalista, Lake poseía un tono grave y ominoso. Como bajista, su estilo rotundo y técnico le permitió colocarse entre los favoritos de su tiempo. Posteriormente, ya en ELP, combinó el bajo con las guitarras eléctricas y acústicas, demostrando amplia eficiencia para arpegios elegantes y acompañamientos sobrios que hacían contraste con el estilo agresivo e incendiario de Emerson.

Carl Palmer (76) había estudiado percusión sinfónica con un legendario músico británico de orquestas, James Blades, colaborador cercano del destacado compositor Benjamin Britten (1913-1976). En 1969, cuando solo tenía 19 años, ingresó como baterista contratado para una gira por los Estados Unidos de The Crazy World of Arthur Brown, conocidos por la canción Fire, de su primer LP editado un año antes, esa en que el vocalista, enmascarado o con la cara pintada, salía con un casco que lanzaba lenguas de fuego mientras se retorcía como un bailarín de psicodelia y soul. Palmer y Vincent Crane, tecladista de aquel alocado grupo, fundaron Atomic Rooster poco antes de unirse a Emerson y Lake para conformar una de las bandas pioneras del rock progresivo.

Cuadros de una exhibición, un proyecto ambicioso

Después de lanzar sus dos primeros álbumes, Emerson, Lake & Palmer (1970) y Tarkus (1971), quedaba claro que este supertrío no se iba con rodeos en cuanto a su intención de combinar música clásica y contemporánea con el rock. Mientras que en el primero intercalaron sus composiciones con obras de Leoš Janáček (Checoslovaquia), Johann Sebastian Bach (Alemania) o Béla Bartók (Hungría), en el segundo elaboraron unas suites sumamente extensas y complejas para los estándares de la época, con énfasis en las ilimitadas posibilidades de orquestación que tenía Keith Emerson desde su arsenal de pianos, teclados y sintetizadores.

Durante la gira promocional de Tarkus -nombre que inspiró a una banda peruana de hard-rock de aquel entonces-, el grupo solía cerrar sus conciertos con una adaptación de Pictures at an exhibition, una suite para piano escrita por Modest Mussorsgky, que había impactado mucho al tecladista después de oírla en un teatro londinense. Emocionado, se compró la partitura y propuso a sus compañeros aprenderla hasta generar su propia versión. Lo que oímos en el disco, lanzado al mercado en noviembre de 1971, es un recital llevado a cabo el 26 de marzo en la sala de conciertos de la municipalidad de Newcastle en que tocan la obra de forma continua.

De los diez movimientos de la pieza pianística de Mussorgsky -once si contamos Promenade, hilo conductor que se repite en varios momentos-, Emerson, Lake & Palmer utilizó únicamente cinco e introdujo tres composiciones propias, con letras escritas por Greg Lake. El resultado es tan preciso que, si una persona escucha la secuencia del álbum sin conocer previamente la fuente original -cosa que nos ha pasado a casi todos- queda convencido de que se trata de un todo unitario, una fusión inteligente de elementos y progresiones musicales que demuestran el profundo conocimiento y dominio de ELP de esta obra musical decimonónica, adquirido después de horas de ensayo, arreglos y adaptaciones para mantenerse fieles al espíritu de la composición.

¿Quién fue Modest Mussorgsky?

Nacido en San Petersburgo en 1839, Modest Mussorgsky integró, junto a su maestro Mily Balakirev, César Cui, Alexander Borodin y Nikolai Rimsky-Korsakov, el grupo conocido como “Los Cinco” -o sea, algo así como el Grupo 5 de la música orquestal rusa- que mantuvo cercanas relaciones de colaboración artística a mediados del siglo XIX. Mientras que Rimsky-Korsakov y Borodin fueron bastante reconocidos en su época y recordados en años posteriores, Cui y Balakirev fueron olvidados por la cultura popular del siglo XX, algo que también le hubiese ocurrido a Mussorgsky de no ser, en parte, por la recreación que hizo ELP de su suite.

Para cuando escribió Pictures at an exhibition -título en ruso: Kartínki s výstavki- Mussorgsky tenía 35 años y era una figura particular en la escena musical de la Rusia zarista. Sus contemporáneos lo catalogaban de “genio incomprendido” e incluso había quienes lo atacaban duramente por su actitud socarrona hacia el poder y una clara ausencia de habilidades sociales, quizás debido a su galopante alcoholismo, condición que empeoró tras la muerte de su madre. Las crónicas de su tiempo describen su forma de tocar el piano como impresionante e intuitiva, virtuosa pero plagada de errores técnicos que, curiosamente, le daban una personalidad que se perdía las veces en que su ejecución era más correcta y cuidadosa.

Pictures at an exhibition es la composición más conocida de su catálogo, junto con la ópera Boris Godunov (1869-1873), la pieza coral operística de folklore histórico ruso Khovanshchina (1872-1880) y Night on bald mountain (1867), tenebroso poema sinfónico tonal muy conocido por nosotros desde su inclusión en uno de los segmentos animados de Fantasia (1940), el entrañable largometraje de Walt Disney, dedicado a la música clásica. Mussorgsky también falleció muy joven, a los 42 años, por una diversidad de complicaciones debido a su adicción al alcohol, la misma que trataba de disimular en actos públicos con un comportamiento disforzadamente atildado y elegante.

La versión de Mussorgsky

La suite para piano nació como un homenaje a un buen amigo suyo, el arquitecto y artista plástico Viktor Hartmann, quien había fallecido repentinamente a los 39 años, en 1873. Cada uno de los diez movimientos que conforman la pieza posee nombres inspirados en pinturas de Hartmann, muchas de las cuales pertenecían a la colección personal de Mussorgsky, hoy perdida. El pianista escribió la partitura en solo seis semanas y, aunque no existen registros por razones obvias, se sabe que la presentó en varias ocasiones.

Como decíamos al comienzo, ELP solo usó cinco segmentos para su adaptación rockera: Promenade -lo tocan tres de las cinco ocasiones en que aparece originalmente-, The Gnome, The Old Castle, The Hut of Baba Yaga y The Great Gates of Kiev. Los otros seis movimientos o “cuadros” son Tuileries (Children’s Quarrel after Games), Cattle, Ballet of Unhatched Chicks, «Samuel» Goldenberg and «Schmuÿle» (también conocida como The Two Jews), Limoges: The Market (The Great News) y Catacombs. Los títulos del libreto de Mussorgsky están escritos en latín, italiano, francés y polaco.

En 1922, el reconocido compositor francés Maurice Ravel (1875-1937), mundialmente conocido por su obra Boléro (1928) hizo una adaptación para orquesta completa que sirvió para posteriores interpretaciones contemporáneas, como esta de la Orquesta Filarmónica de Berlín bajo la dirección de Herbert von Karajan, del año 1986. Dicho sea de paso, el famoso “bolero” y sus capas orquestales en canon inspiró Beck’s bolero de The Jeff Beck Group (Truth, 1968) y a los mismos ELP para el tema Abbadon’s bolero del álbum que siguió a Pictures at an exhibition, el sensacional Trilogy (1972), además de ser parte del repertorio de Frank Zappa y su banda durante la última gira, en 1988.

Además de Emerson, Lake & Palmer, hubo otros artistas que han grabado la pieza, en sus versiones para piano solo, acompañado por orquesta sinfónica o en formatos diferentes. Por ejemplo, el pionero japonés de la música electrónica, Isao Tomita (1932-2016), hizo su propia adaptación en 1975. Y su compatriota, Kazuhito Yamashita, fallecido en enero de este año, grabó una sorprendente versión para guitarra, en un LP de 1981 en el que aparece una fina acuarela inspirada en la catedral de San Basilio, símbolo y orgullo de la Rusia imperial.

Para los interesados en escuchar Pictures at an exhibition tal y como fue concebida, podemos mencionar la versión de 1983 del célebre pianista ruso Vladimir Ashkenazy (89), una de sus mejores interpretaciones. Y si se trata de pianistas más contemporáneos, tenemos a su compatriota Evgeny Kissin (54), en esta presentación del año 2002 o a la georgiana Khatia Buniatishvili (39), una de las mejores de su generación, con esta intensa rendición del año 2023.

La versión de Emerson, Lake & Palmer

Keith Emerson, Greg Lake y Carl Palmer reinventan esta misteriosa y, por momentos, sorprendente partitura, incorporando elementos de rock y blues con tal maestría que, quien no está familiarizado con la versión original, asume que se trata de una producción entera ente escrita por ELP. La carátula fue diseñada por el artista plástico William Neal quien además pintó los doce cuadros, que fueron exhibidos un tiempo en la galería municipal de Hammersmith, en Londres.

Keith Emerson toma la iniciativa con Promenade, el principal conector -leitmotiv como se dice en terminología musical o literaria-, interpretando la icónica introducción desde el órgano de tubos que la sala de conciertos, con capacidad para 2,000 personas, tenía instalado desde 1928. Como mencionó en una entrevista, los administradores del teatro de Newcastle le dieron permiso para tocarlo bajo el compromiso explícito de no apuñalarlo como hacía con sus Hammond.

Acto seguido, escuchamos varios redobles de la batería de Carl Palmer que tienen doble función. Por un lado, dar espacio para que Keith salga de la zona del órgano de tubos y llegue corriendo a su cubil de teclados convencionales. Y, por el otro, iniciar The Gnome con toques inesperados y precisos en una sucesión de extraños pasajes que terminan en una larga nota distorsionada del bajo de Greg Lake para luego fundirse los tres en una sesión de improvisación rockera asincopada y disonante que marca la entrada a este universo ficticio de cuadros en una exhibición, combinando el aura sobrenatural de la primera sección con los arrebatados y vertiginosos ritmos del prog-rock, en una fusión de alto calibre.

Antes de The Old Castle, que guarda muy poca relación con lo escrito por Mussorgsky pues es más una sucesión de ruidos que Emerson extrae de sus sintetizadores, Greg Lake toma la guitarra -luego de un segmento de teclados poderosamente oscura- y nos regala The Sage, una hermosa balada llena de finos arpegios barrocos, de limpia ejecución y letra poética que remite al primer disco de King Crimson, por sus frases crípticas de desesperanza y confusión. En la versión en vinilo, esta melancólica y agridulce viñeta acústica pone punto final al Lado A.

La segunda parte

Los arreglos van desde las influencias netamente clásicas hasta el ataque más directo en formato moderno, como en Blues variation, otro de los temas originales que ELP incorpora como bisagra para enlazar con la parte final de la suite compuesta por The Hut of Baba Yaga, nombre de un personaje deforme de género femenino perteneciente al folklore eslavo. En medio de esta melodía furiosa -con letras escritas por Lake-, la banda incluye el último de sus aportes, The Curse of Baba Yaga, intensas variaciones sobre la melodía original.

Luego, los rockeros regresan a una sección de Mussorgsky, el tema final The Great Gates of Kiev, de sonoridades monumentales y letra épica sobre la vida y la muerte. El concierto de Emerson, Lake & Palmer se cierra con Nutrocker, basado en una de las partes más conocidas del ballet Nutcracker (Cascanueces), obra navideña de otro afamado compositor ruso Piotr Ilych Tchaikovsky (1840-1893) que termina en una especie de charleston combinado con blues.

En el año 2001 apareció una edición especial por el 30 aniversario de Pictures at an exhibition, conteniendo otra de las versiones en vivo de esa época, esta vez en un teatro Lyceum de Londres, tanto en audio como en video, una oportunidad para ver más de cerca la interacción de los tres músicos y la frescura con la que acometen este ambicioso proyecto musical que sigue provocando debate en círculos cerrados, a 55 años de su lanzamiento.

[INFORME] La disputa por el distrito de Ate dará que hablar, pero por lo motivos menos deseados. Entre los principales aspirantes al cargo de alcalde figuran personajes condenados, denunciados y hasta aventureros políticos cuyo único mérito es tener seguidores en redes sociales.

Luego de un primer semestre del 2026 marcado por la contienda presidencial, la segunda parte del año se prepara para numerosas disputas en el marco de las elecciones regionales y municipales de la cual saldrán los nuevos gobernadores y alcaldes para los próximos cuatro años.

Pero, tal como pasó en la elección de presidente y congresistas, las listas de aspirantes de alcaldías y los puestos de regidores también incluyen a más de un personaje que arrastra antecedentes cuestionables o con una trayectoria que despierta sospechas y críticas sobre sus méritos para ingresar en política.

En esta oportunidad, Sudaca revisó cuidadosamente las listas que diversos partidos presentaron para el distrito de Ate y encontró desde candidatos con graves denuncias, familias que parecen querer aferrarse al poder de un despacho municipal y hasta creadores de contenido que buscan iniciar una aventura política.

ABUSO DE AUTORIDAD

Tras una serie de disputas e irregularidades internas que llevaron a que se vean impedidos de participar de las elecciones presidenciales del presente año, Acción Popular pretende recuperar terreno en la política peruana con sus representantes en las elecciones municipales y regionales.

En el distrito de Ate, el representante que este partido ha elegido para tentar la alcaldía es Walter Jesús Rivera Guerra. A sus cincuenta y siete años, quien fue congresista de Acción Popular entre 2020 y 2021, buscará que la agrupación fundada por Fernando Belaúnde Terry vuelva a conectarse con el votante limeño.

Sin embargo, en su historial arrastra una denuncia que despierta serias dudas sobre la manera en que Rivera Guerra actúa cuando tiene poder. En el año 2016, mientras se desempeñaba como profesor, el actual candidato a la alcaldía de Ate fue denunciado tras obligar a escolares de doce años del centro educativo donde trabajaba a que se desvistan.

En la denuncia que fue publicada por Canal N años atrás se puede leer que el integrante de Acción Popular incluso exigió que los menores se queden en ropa interior. Paradójicamente, quien llegó a cometer este acto de innecesaria humillación con la excusa de exigir que los estudiantes sean aseados fue designado, posteriormente, como secretario nacional de disciplina del partido de la lampa.

CANDIDATO CON SENTENCIA

Durante los últimos años, el distrito de Ate se convirtió en uno de los más mencionados en redes sociales y eso no es producto de la casualidad. Su actual alcalde, Franco Vidal, ha optado por una estrategia que, sin lugar a dudas, le ha dado resultados: convertirse en streamer y vincularse con cuanto personaje logra popularidad entre los jóvenes usuarios de redes sociales.

Su popularidad incluso ha llegado a tal punto que este joven burgomaestre ve con optimismo la posibilidad de mantener al apellido Vidal en el despacho municipal por los próximos cuatro años. Aunque en esta oportunidad, su candidatura sería para el cargo de regidor y el protagonismo se lo cedería a su padre.

Si bien ser padre del actual alcalde de Ate no representa un impedimento para que Manuel Gaudencio Vidal Camargo postule, su historial sí arrastra un llamativo detalle: una sentencia por proxenetismo. Como se puede observar en la siguiente imagen, el candidato de Avanza País fue condenado a tres años de pena privativa de la libertad por este delito.

OTRO STREAMER

Pero en la lista de candidatos a la alcaldía de Ate hay más de un creador de contenido. Quien aparece en el siguiente video titulado “Mel Falcao le regala plata por comer un ajo” es otro de los streamers que este 2026 intentará que su popularidad en redes lo impulse hasta un despacho municipal.

Su verdadero nombre es Mel Ian Vilcahuamán Medrano, pero bajo el apodo de Mel Falcao logró convertirse en un streamer seguido por adolescentes. Aunque apenas tiene veintiséis años y carece de experiencia política, Progresemos, el partido del excandidato presidencial Paul Jaimes, ha decidido que no necesita mayor preparación y está listo para conducir los destinos de un distrito.

UN CONOCIDO DE DINA

Pero los candidatos a la alcaldía no son los únicos que están involucrados en polémicas. En las listas de regidores también existen algunos casos estrechamente vinculados con ciertas figuras muy cuestionadas. Por ejemplo, Podemos, la agrupación de José Luna, tiene en sus filas a un empresario involucrado con el escándalo de Qali Warma.

Quien aparece en la siguiente imagen es Williams Beltrán Cenzano y su nombre fue noticia en el año 2024 cuando la Fiscalía de la Nación investigó a Dina Boluarte por presunta corrupción durante su etapa como ministra en la que habría favorecido a Corporación Belcén, empresa del actual candidato a regidor de Ate, con un monto de más de cuatro millones de soles.

Tal como ocurrió en las elecciones de presidente y congresistas en el pasado mes de abril, las elecciones municipales y regionales están demostrando que los partidos políticos no están haciendo ningún esfuerzo por presentar una oferta política que recupere la confianza del electorado y, por el contrario, pareciera que su objetivo es deteriorar, todavía más, la política peruana.

[OPINIÓN] El ex candidato presidencial del Partido del Buen Gobierno, aupado al protagonismo electoral gracias a una masa distraída de jóvenes que, sin ninguna información política a pesar de provenir mayoritariamente de las universidades privadas de Lima, lo convirtió en supuesto adalid de la democracia en medio de dos males mayores, la opción de un centro que jamás existió salvo en su propia y veleidosa imaginación. Porque “El Tío Coco” no es más que un político tradicional, ávido de cercanías con el poder sin importar quién lo ostente.

Con todo ya consumado, es muy poco lo que podemos hacer, sobre todo tras espectar patidifuso la pomposa ceremonia, mezcla de coronación principesca y evento de iglesia de autoayuda, que se montó hace unos días en el Gran Teatro Nacional. De manera que este no es un ejercicio retórico que busque encender el debate, replantear la opinión pública o hacer entender las cosas a los votantes cegados por sus falsos -y, en muchos casos, torpes- temores al “comunismo”.

Es, si cabe, una especie de catarsis, un desahogo personal frente al inexorable inicio del segundo fujimorato y las nuevas, o renovadas como en el caso de quien se sigue vendiendo a sí mismo como “líder de la oposición responsable”, hordas de solícitos colaboradores que vienen desfilando por ese bunker del mal ubicado en San Isidro.

Con la misma atmósfera de tóxica inutilidad que tuvo aquella conferencia de prensa en la que Nieto, cariacontecido, salió a anunciar su “voto viciado” e instó a sus votantes a escribir casi un eslogan de su movimiento en la cédula de segunda vuelta, esta vez se puso a explicar o, mejor dicho, a contarle orgullosos a la prensa que la presidente electa “había tomado nota” de varias cosas que le dijo: el fenómeno del niño, la inseguridad, el indulto a Castillo, la conveniencia de tener “gestos” hacia las familias de las víctimas de las masacres del 2022-2023, masacres perpetradas por un gobierno apoyado… por el partido que está por asumir el mando. Daría risa si no fuera profundamente ofensivo, hasta macabro, para los deudos que siguen sin obtener justicia.

Casi en paralelo, Fernando Rospigliosi, virtual presidente del nuevo Congreso a instalarse este 28 de julio y una de las voces sí escucha Keiko Fujimori, había hecho escarnio del joven muerto en la comisaría de Manchay, echándole sal y limón a las heridas abiertas y al profundo dolor de sus padres que no entienden cómo un hombre que sobrepasa los 70 años en acusa de los peores delitos posibles, con una fiereza y con una expresión de placer de índole psiquiátrica, a un muchacho de 17, detenido y muerto en circunstancias oscuras que van del soborno y abuso policial al dudoso suicidio.

¿Alguien de verdad puede creer que esa visita de Jorge Nieto puede tener alguna trascendencia? Lo dudo y, en realidad, no importa. Como casi nada de lo que reporta en estos días la prensa convencional, las televisiones y diarios tan acostumbrados a decirles a las muchedumbres que todo ya volvió a la normalidad tras la llegada al 100% del conteo de la ONPE y que seguramente ya tendrán listas sus cuñas y spots para anunciar la jornada de transmisión de “la fiesta patriótica” del próximo fin de semana.

Muchos analistas verdaderamente cayeron en la trampa y ayudaron a Jorge Nieto Montesinos a cimentar su nuevo perfil como cuarto en disputa, convenciendo a un indeterminado porcentaje de indecisos a considerar su voz -engolada, calculadora, tibia- como la voz de la mesura, de la inteligencia. Sin embargo, como dijo recientemente el politólogo y youtuber Carlos León Moya, “no ser gobierno no es ser oposición”, por lo que eso de que Nieto liderará la custodia política para proteger la democracia queda como una de esas frases vacías, condenadas al olvido por la vanidad y la angurria de poder.

Es cierto que el Partido del Buen Gobierno y su líder tuvieron al frente el caos de Juntos por el Perú y la amenaza de Fuerza Popular, lo que les daba espacio para tener buena percepción del electorado -algo que también le ocurrió a las otras tres agrupaciones que protagonizaron la primera vuelta, Ahora Nación, Obras y Perú para Todos-, pero bastaba con consumir información documentada de nuestra historia reciente para entender la impostura, las intenciones detrás del sol que parecía ser tan amigable, ahora puestas en evidencia con ese remedo de reunión bilateral en que pretende aparecer como poderosa fuerza política con capacidad para aconsejar y poner agenda. ¿Para qué reunirse y después salir a dar un discurso ante las cámaras, casi como lo hubiésemos escogido para algo?

Ese descubrimiento quizás no hubiera servido para que las barras bravas dejaran la cantaleta del “rojete”, el “caviar” y el “no al comunismo” tan parecida a las barras bravas de Milei en Argentina o Bolsonaro en Brasil. Pero quizás sí hubieran sido útiles para que ese nimio porcentaje de indecisos hubiese inclinado la balanza en sentido contrario del que finalmente se inclinó. En ese caso, ni las valijas diplomáticas y todas sus implicancias habrían jugado a favor del nuevo gobierno ya oleado y sacramentado en sobredimensionado evento público.

Pero, como no estamos tampoco para ucronías escapistas, solo nos queda puntualizar la inconsistencia, la banalidad, el engaño. Y esperar que esa comprobación, esa confirmación de que no había nada de centro -ni de centrado- en la propuesta del líder del Partido por el Buen Gobierno, lo haga por fin desaparecer como opción política, algo que ya estaba a punto de ocurrir hasta que “Curwen” decidió resucitarlo con aquella entrevista que tantos le siguen reprochando hasta ahora.

Hay quienes consideran que la democracia es esto y otros, los más lúcidos, que lo que nos viene ocurriendo desde hace una década es precisamente todo lo contrario a una democracia verdadera. En la intersección de esos dos submundos contradictorios, en esa grieta que pareciera originada por el terremoto grado 8 que venimos aguardando con los dientes apretados, nos encontramos nosotros, los que hemos decidido no consumir más los dominicales de señal abierta ni los canales virtuales de los medios de comunicación convencionales, asqueados de tanta mentira, tanta resignación, tanto descaro.

 

 

 

[OPINIÓN] Las sociedades democráticas no se sostienen únicamente sobre el principio de la voluntad mayoritaria. Descansan, sobre todo, en un conjunto de derechos fundamentales que ningún gobierno ni ninguna causa, por noble que parezca, deberían vulnerar. Esa fue precisamente la gran contribución del liberalismo político desde el siglo XVIII: comprender que la libertad del individuo constituye un límite frente al poder, cualquiera que sea su origen.

Durante las últimas décadas, sin embargo, ha comenzado a consolidarse una corriente cultural y política —discutiblemente denominada woke— que, en nombre de la reparación de injusticias históricas, parece cuestionar algunos de esos principios universales. El problema no reside en denunciar el racismo, el sexismo o cualquier otra forma de discriminación, objetivos plenamente compatibles con la democracia liberal y sus finalidades. La dificultad aparece cuando la identidad colectiva comienza a sustituir al individuo como sujeto principal de los derechos.

La libertad de expresión

Ninguna democracia puede sobrevivir si el disenso deja de ser legítimo. Desde John Stuart Mill sabemos que incluso una opinión equivocada cumple con alguna  función social determinada porque obliga a quienes supuestamente sostienen una verdad a justificarla permanentemente. Allí donde el debate desaparece, también termina debilitándose la propia libertad y asoman diversas modalidades de totalitarismo.

Por ello resulta preocupante la creciente tendencia de algunos sectores del activismo identitario a sustituir la confrontación de ideas por mecanismos de conculcación y cancelación pública. Conferencias suspendidas, profesores expulsados de las universidades, escritores censurados o ciudadanos sometidos a campañas de linchamiento digital constituyen fenómenos que ocupan y preocupan a la discusión política contemporánea. El problema no es únicamente la sanción social; es, sobre todo, el miedo que termina produciendo en quienes prefieren callar antes que exponerse a semejantes consecuencias.

Paradójicamente, un movimiento nacido para ampliar derechos corre así el riesgo de restringir el más importante de todos: el de circular y expresar nuestras ideas con absoluta libertad.

La igualdad ante la ley

El liberalismo político reemplazó los privilegios del Antiguo Régimen por un principio revolucionario: todos los ciudadanos poseen exactamente la misma dignidad jurídica. El Estado no pregunta por la raza, el sexo, la religión o el origen social al momento de reconocer derechos o no debería hacerlo. Precisamente porque todos somos diferentes, la ley debe tratarnos como iguales.

Una parte del pensamiento identitario contemporáneo propone, sin embargo, comprender la realidad a partir de comunidades diferenciadas por su condición racial, sexual o cultural. En ese marco, las personas dejan de ser consideradas como individuos únicos para convertirse en representantes de grupos históricamente oprimidos u opresores. La consecuencia es un desplazamiento del universalismo hacia una lógica de derechos diferenciados según la identidad a la que supuestamente se pertenece.

La igualdad deja entonces de constituir el punto de partida de la convivencia democrática para transformarse en una meta administrada políticamente mediante categorías colectivas. Y allí comienza a diluirse uno de los pilares fundamentales en el que se sostiene el liberalismo político.

Al respecto, queremos sostener que nuestras afirmación no se contradicen con  la aplicación de políticas públicas destinadas a favorecer a las poblaciones más vulnerables, y, precisamente bajo el principio de la igualdad ante la ley, nivelar su situación con el resto de la comunidad. Tampoco supone una igualación chata y homogénea. El Estado debe promover las diferentes manifestaciones culturales y protegerlas mientras no se muestren en abierta colisión con los derechos fundamentales

La responsabilidad individual

Uno de los mayores avances del constitucionalismo moderno consistió en establecer que cada persona responde únicamente por sus propios actos. La culpa dejó de transmitirse por la sangre, por la religión o por la pertenencia a una comunidad determinada.

Sin embargo, algunas versiones radicales de la teoría poscolonial introducen la idea de una responsabilidad histórica ligada a la identidad. El hombre blanco occidental aparece descrito como beneficiario necesario de una estructura de dominación cuyos efectos debería reconocer y expiar, con independencia de cuál haya sido su conducta personal, su situación particular, así como su riqueza o pobreza personal o familiar. Del mismo modo, determinados discursos feministas radicales tienden a interpretar la relación entre hombres y mujeres desde categorías colectivas de permanente opresión. Como si no existiese nada más, como si no hubiese también armonía y colaboración entre hombres y mujeres. ¿se trata de la guerra de los sexos?

El problema consiste en que la responsabilidad deja de ser individual para convertirse en hereditaria. Desde una perspectiva liberal, semejante desplazamiento resulta profundamente incompatible con el Estado de derecho, el constitucionalismo y la democracia. Reiteramos nuestras convicciones, no podemos, ni queremos negar las diferentes formas de discriminación y violencia que padecen las mujeres, principalmente en el tercer mundo. Pero el problema lo soluciona la política pública que protege y al proteger genera la igualdad. Ninguna política del odio y la confrontación ha resuelto jamás alguna problemática social.

La libertad académica y la memoria histórica

Las universidades existen para discutir ideas, no para conculcarlas. Del mismo modo, la historia sirve para comprender el pasado antes que para juzgarlo con parámetros morales del presente. ¡Qué gravísimo error!

En los últimos años hemos asistido al derribo de monumentos dedicados a personajes como Thomas Jefferson, cuestionado por haber sido propietario de esclavos, pese a haber contribuido decisivamente a formular los principios fundamentales del constitucionalismo moderno. Nadie pretende ocultar esa contradicción; forma parte de la historia. Lo discutible es convertirla en motivo suficiente para borrar su memoria pública. Aristóteles justificó la esclavitud en ciertos casos específicos, ¿será el próximo en ser suprimido por un ministerio de la historia tan jacobino como el que nos presentara George Orwell en su celebre 1984?

Una democracia madura no necesita héroes impecables. Necesita ciudadanos capaces de comprender que el pasado fue siempre más complejo que nuestras convicciones presentes. La manipulación contemporánea del pasado, que también atañe a las derechas contemporáneas, le hace un flaco favor a la memoria del pasado que se merece nuestra civilización. 

La universalidad de los derechos humanos

La idea más poderosa del liberalismo político consiste probablemente en afirmar que todos los seres humanos poseen los mismos derechos simplemente por haber nacido tales. Esa universalidad explica la extraordinaria fuerza moral alcanzada por la Declaración Universal de Derechos Humanos después de la Segunda Guerra Mundial, en 1948.

Las corrientes identitarias más radicales pretender invertir este razonamiento. El centro deja de ser el individuo para situarse en la comunidad de pertenencia: la etnia, el sexo, la orientación sexual o la historia colonial. Poco a poco, el ciudadano universal es reemplazado por un mosaico de grupos que reclaman derechos diferenciados según su experiencia histórica particular. Al respecto una advertencia, la última corriente que se dedicó a diferenciar a las personas en virtud de su origen étnico fue el régimen nazi y ya sabemos como terminó dicha aventura demencial.

Además, cuanto más se fortalece esa visión fragmentada de la sociedad, más difícil resultará construir consensos democráticos. Allí donde cada grupo posee una verdad distinta y derechos concebidos desde identidades irreconciliables, el espacio común sobre el cual descansa la ciudadanía comienza inevitablemente a reducirse y a precipitarse en un espiral descendiente y conflictivo.

Conclusión

Sería injusto afirmar que todo el movimiento denominado woke constituye una amenaza para la democracia. Muchas de sus reivindicaciones —la lucha contra el racismo, la discriminación o la violencia contra las mujeres— responden a problemas reales que las sociedades democráticas deben enfrentar. El error aparece cuando esos objetivos legítimos terminan justificando la relativización de principios que hicieron posible la expansión de los derechos civiles durante los últimos dos siglos.

La democracia liberal nunca prometió eliminar todas las desigualdades existentes. Prometió algo distinto y quizá más difícil: garantizar que personas profundamente diferentes pudieran convivir bajo las mismas reglas, con los mismos derechos y con absoluta igualdad ante la ley . Cuando el individuo deja de ser el sujeto principal de esos derechos y es sustituido por la identidad colectiva, la democracia comienza a resquebrajarse pues abdica del principal pilar en el que se sostiene: su vocación universalista.

[INFORME] Durante su paso por la Municipalidad de Lima, Rafael López Aliaga no sólo contrató a un abogado que era apoderado de su empresa para que se encargue de su defensa legal. El líder de Renovación Popular le consiguió varias órdenes de servicio por las que ha recibido más de ciento sesenta y cinco mil soles desde 2023.

Una decisión por parte del Jurado Nacional de Elecciones (JNE) acaba de sorprender al exburgomaestre Rafael López Aliaga al abrirle la puerta para participar en las elecciones municipales de este año y, con ello, tener más chances de mantener a la Municipalidad de Lima bajo el control de Renovación Popular. Esto pese a que en las próximas semanas le correspondía asumir el cargo de senador.

Aunque miles de peruanos le dieron sus votos, el empresario y líder del partido celeste se rehusó a cumplir con este deber alegando que esta postura sería una forma de protestar contra un supuesto fraude en la primera vuelta. Sin embargo, podrían existir otras motivaciones que López Aliaga intentaría ocultar detrás de lo que pretende mostrar como un cuestionamiento a las autoridades electorales.

Si bien el cargo de senador trae consigo numerosos privilegios, estar en el sillón municipal habilita una capacidad de gasto considerable que le permitiría a Rafael López Aliaga utilizar el presupuesto de Lima para contratar a varios de sus conocidos, como ha ocurrido en varias oportunidades durante los años que fue alcalde de Lima. Esta vez, Sudaca pudo encontrar otro caso de un personaje del entorno del exalcalde que pasó a recibir un generoso salario en la Municipalidad de Lima.

LLEGÓ Y NUNCA MÁS SE FUE

En 2023, mientras transcurría el primer año de Rafael López Aliaga como alcalde de Lima, el fundador del partido Renovación Popular se encontró en el centro de una investigación preliminar dispuesta por el Primer Despacho Provincial Penal de la Primera Fiscalía Corporativa Penal del Cercado de Lima.

La reacción inmediata del entonces burgomaestre fue solicitar que la Municipalidad de Lima se haga cargo de su defensa legal y para ello se llevó a cabo un proceso de contratación directa que culminó con la buena pro en favor del abogado Nazim Javier Alarcón Prieto, quien recibiría  un pago de cuarenta y ocho mil soles a pedido de quien por aquel entonces estaba en la alcaldía.

Pero la fortuna le volvería a sonreír al letrado elegido por López Aliaga. A pocos meses de firmar los documentos que le permitirían ganar cuarenta y ocho mil soles, los apellidos Alarcón Prieto volverían a sonar en los pasillos de la Municipalidad de Lima. Sorprendentemente, entre los muchos abogados disponibles en la capital, el municipio decidió que la mejor opción para encargarle un servicio de revisión de antecedentes, análisis y evaluación de expedientes de denuncias era Nazim Alarcón, el conocido del alcalde.

Los contratos para el abogado del alcalde López Aliaga, que rondaban cifras cercanas a los treinta mil soles, continuarían en los meses siguientes e incluso unas de sus órdenes de servicio se emitió a pocos días de la renuncia del fundador de Renovación Popular a la alcaldía de Lima.

Con la llegada de Renzo Reggiardo a la alcaldía la situación del abogado Alarcón no iba a cambiar. El exteniente alcalde de Rafael López Aliaga no se animaría a quitarle este generoso salario a un conocido del líder de su partido y las órdenes de servicio a nombre de Nazim Alarcón continuaron, como se puede ver en la siguiente imagen que corresponde al mes de enero del presente año cuando el municipio estaba bajo las órdenes de Reggiardo Barreto.

Sudaca pudo revisar la información disponible en el portal de Transparencia Económica y encontró que Nazim Javier Alarcón Prieto, un abogado que tenía nula experiencia en la Municipalidad Metropolitana de Lima ni en ningún otro municipio, facturó una suma que supera los ciento sesenta y cinco mil soles durante los cuatro años de gestión de Renovación Popular gracias a su cercanía con Rafael López Aliaga.

NO HAY CASUALIDADES

Pero la llegada del abogado Nazim Alarcón y sus elevados honorarios a la Municipalidad Metropolitana de Lima estuvo lejos de ser una casualidad y tampoco fue una excepción motivada por la investigación preliminar que involucraba al alcalde, como alguno de sus defensores podría argumentar.

Sudaca tuvo acceso a un documento de la Superintendencia Nacional de los Registros Públicos (Sunarp) que data del año 2015 en el cual se detallan modificaciones en la estructura de poderes de una empresa llamada Acres Sociedad Titulizadora S.A. que fue fundada en 2011 por Rafael López Aliaga Cazorla y, lo más resaltante para este caso, tiene entre sus apoderados al abogado Nazim Javier Alarcón Prieto.

Cabe señalar que la empresa Acres no ha estado exenta de escándalos. Una investigación periodística del medio El Foco reveló en el año 2024 que una asociación del Sodalicio, la organización religiosa acusada de numerosos y aberrantes abusos físicos, sexuales y psicológicos a menores de edad, transfirió más de treinta inmuebles a la empresa que tenía al líder de Renovación Popular como fundador y accionista.

Casos como el de este abogado y sus generosos contratos invitan a preguntarse si detrás de la intransigente postura de Rafael López Aliaga con respecto a su lugar en el senado y la posibilidad de postular en las elecciones municipales una de las razones para volver es el deseo de seguir dándole buenos empleos a sus conocidos que, por supuesto, serán pagados con dinero de los limeños.

[El dedo en la llaga] Hay leyes que organizan la convivencia. Y hay leyes que revelan la verdadera tentación del poder.

La Ley N.º 32251 (“Ley que unifica y armoniza la regulación de los símbolos de la patria, símbolos del estado y emblemas nacionales”), impulsada por el congresista fujimorista Fernando Rospigliosi, aprobada con 87 votos en el Congreso y promulgada a comienzos de 2025, pertenece sin duda a esta última categoría. Vendida como una inocente actualización de las normas sobre los símbolos patrios, en realidad constituye un paso más en una vieja obsesión de los Estados autoritarios: convertir el patriotismo en una obligación jurídica y la discrepancia en una sospecha permanente.

Detrás del lenguaje burocrático sobre la “unificación” y “armonización” de los emblemas nacionales se esconde algo mucho menos inocente. La ley refuerza un aparato legal que ya descansaba sobre dos pilares inquietantes: el artículo 38 de la Constitución, que impone el deber de “honrar al Perú”, y el artículo 344 del Código Penal, que amenaza con hasta cuatro años de prisión a quien incurra en el difuso delito de “ultraje” contra los símbolos patrios.

La pregunta ya no es jurídica. Es política. ¿Desde cuándo corresponde al Estado decidir qué debe sentir un ciudadano?

Porque eso es exactamente lo que ocurre cuando una legislación deja de regular conductas para intentar regular emociones. La bandera, el escudo y el himno dejan de ser símbolos nacionales para convertirse en objetos de veneración oficial. El patriotismo deja de ser una adhesión libre y pasa a administrarse como una obligación cívica supervisada por el aparato penal. Y el amor a la patria deja de ser un sentimiento para convertirse en un mandato.

Toda democracia madura entiende que el poder puede exigir obediencia a la ley. Lo que no puede exigir es adhesión sentimental. Esa frontera es precisamente la que la Ley N.º 32251 comienza a desdibujar. No se trata únicamente de una norma sobre banderas. Es una determinada concepción del Estado: una que pretende ocupar incluso el territorio más íntimo de los ciudadanos.

  1. La ficción jurídica de fabricar patriotas por decreto

Existe una limitación que ningún legislador ha conseguido superar desde que existe el derecho: las leyes regulan comportamientos; nunca sentimientos.

El artículo 38 constitucional tropieza precisamente con ese límite. Ordena “honrar a la patria” como si el respeto pudiera decretarse, como si el afecto obedeciera al Boletín Oficial y como si la identidad colectiva pudiera producirse mediante artículos constitucionales.

Pero el amor no funciona así. Tampoco el respeto. Ambos nacen de la experiencia, de la confianza, del reconocimiento y de la percepción de que las instituciones protegen a quienes dicen representar. Ningún código jurídico puede fabricar aquello que pertenece a la conciencia.

El Estado puede obligar a pagar impuestos. Puede sancionar el incumplimiento de un contrato. Puede castigar un delito. Lo que no puede hacer —al menos sin abandonar los principios del liberalismo democrático— es ordenar que un ciudadano ame una abstracción política llamada patria. Cuando intenta hacerlo, el derecho deja de regular la convivencia para invadir la conciencia. Y allí aparece la gran paradoja.

Una patria que necesita amenazas penales para ser amada ya ha perdido la batalla moral que pretende ganar mediante la ley. El resultado tampoco es el patriotismo que sus promotores dicen perseguir. Lo que produce es algo mucho más útil para cualquier poder que aspire al control: ciudadanos que representan obediencia aunque no la sientan. Personas que aprenden a fingir reverencia para evitar problemas. Una sociedad donde el civismo deja de ser una convicción y se convierte en una ceremonia obligatoria.

Las dictaduras siempre entendieron muy bien el valor político de esa representación. La democracia, en cambio, debería aspirar exactamente a lo contrario. Porque una lealtad nacida del miedo nunca es lealtad. Es disciplina.

  1. Cuando el símbolo vale más que el ciudadano

Las democracias no fueron creadas para proteger consensos. Fueron creadas para proteger el conflicto. La libertad de expresión existe precisamente para garantizar aquello que incomoda, molesta o desafía al poder. Nadie necesitó nunca una Constitución para defender opiniones populares.

La Ley N.º 32251 invierte esa lógica. Al exigir “respeto, enaltecimiento y veneración” obligatorios hacia los símbolos nacionales, convierte una opción moral en un deber jurídico. Y cuando el Código Penal amenaza con cárcel el “menosprecio público” de la bandera, la inversión resulta todavía más inquietante: el símbolo termina disfrutando de una protección que el propio ciudadano muchas veces no posee.

La pregunta es inevitable: ¿Qué ocurre si alguien utiliza la bandera como instrumento de protesta contra la corrupción, la impunidad o los abusos del Estado?

En prácticamente cualquier democracia consolidada, ese acto constituye una de las formas más intensas de libertad política. Precisamente porque los símbolos pertenecen a la ciudadanía y no al gobierno. En el Perú, en cambio, la misma acción puede acabar interpretándose como un delito. Ese es el verdadero desplazamiento que introduce este tipo de legislación: el problema deja de ser la corrupción y pasa a ser la manera en que alguien decide denunciarla.

La historia constitucional ya respondió hace mucho tiempo a este dilema. En 1943, el Tribunal Supremo de Estados Unidos resolvió el célebre caso West Virginia State Board of Education v. Barnette y estableció un principio que sigue siendo una de las grandes conquistas del constitucionalismo moderno: ningún poder público puede imponer una ortodoxia política ni obligar a los ciudadanos a profesar fidelidad mediante palabras o actos.

La sentencia no defendía una bandera. Defendía algo infinitamente más importante: el derecho de cada individuo a decidir por sí mismo qué merece su respeto.

El legislador peruano parece haber escogido el camino inverso. Mientras las democracias modernas protegen el derecho a cuestionar sus propios símbolos, el Estado peruano parece decidido a sacralizarlos. Los transforma en objetos casi litúrgicos, inmunes a la irreverencia, a la sátira y a la protesta. Y cuando un símbolo deja de poder ser cuestionado, deja también de pertenecer a la ciudadanía. Empieza a pertenecer al poder.

  1. Amar el lugar donde uno nació… aunque ese lugar nunca lo haya protegido

Hay una pregunta que esta legislación jamás responde: ¿Por qué alguien debería estar obligado a amar un país que nunca le garantizó justicia?

John Rawls llamó a esto la “lotería geográfica y genética”. Nadie elige dónde nace. Nadie escoge la bandera bajo la que llega al mundo. Nadie firma un contrato moral con el Estado antes de abrir los ojos por primera vez. Convertir ese accidente biográfico en una obligación permanente de amor constituye una de las ficciones éticas más frágiles del nacionalismo moderno.

Pero en el Perú esa ficción adquiere un matiz todavía más cruel. Porque no todos heredaron el mismo país. Para numerosas comunidades amazónicas expulsadas de sus territorios, para miles de familias andinas atrapadas entre la violencia terrorista y la violencia estatal, para generaciones enteras condenadas al abandono por el centralismo limeño, el Estado nunca apareció como garante de derechos. Apareció como ausencia, como discriminación o como fuerza represiva.

Y, sin embargo, es precisamente a esas víctimas a quienes ahora se exige venerar los símbolos del mismo Estado que tantas veces las ignoró. No hay reconciliación posible cuando el reconocimiento del dolor se sustituye por una obligación ceremonial. No hay patriotismo auténtico cuando la memoria debe ceder ante el protocolo.

La Ley N.º 32251 parece partir de una premisa profundamente equivocada: que la unidad nacional puede construirse obligando a todos a sentir lo mismo. La historia demuestra exactamente lo contrario. Los países no se fortalecen porque sus ciudadanos teman faltar el respeto a una bandera. Se fortalecen cuando el Estado deja de faltarles el respeto a sus ciudadanos.

  1. El fetiche nacionalista frente a la ética cosmopolita

Las leyes también transmiten una determinada visión del mundo. Nunca son políticamente neutrales. La Ley N.º 32251 tampoco lo es.

Desde hace siglos, la tradición cosmopolita —desde el estoicismo clásico hasta pensadores contemporáneos como Martha Nussbaum— ha advertido sobre un riesgo constante: cuando los deberes hacia la nación terminan desplazando los deberes hacia la humanidad, el patriotismo deja de ser una virtud cívica y comienza a transformarse en un instrumento de exclusión.

George Orwell comprendió esa diferencia con una claridad que hoy resulta incómodamente vigente. En uno de sus análisis más lúcidos distinguió dos conceptos que el discurso oficial suele mezclar deliberadamente: patriotismo y nacionalismo. Para Orwell, el patriotismo consiste en el apego voluntario a una comunidad, una cultura o una forma de vida que se aprecia sin pretender imponerla a nadie. Es un sentimiento defensivo, no expansivo; nace del afecto, no de la imposición. El nacionalismo, en cambio, responde a una lógica completamente distinta. No busca convivir con otras identidades, sino situarse por encima de ellas. Se alimenta de la obsesión por el poder, por la uniformidad y por la superioridad colectiva. Necesita construir enemigos —externos o internos— porque sin ellos pierde el combustible que alimenta su relato.

Ese contraste resulta esencial para comprender el verdadero alcance de la Ley N.º 32251. La norma no fortalece un patriotismo sereno ni fomenta una ciudadanía comprometida con el bien común. Hace exactamente lo contrario: convierte los símbolos nacionales en objetos de veneración obligatoria y desplaza el centro de gravedad del debate público desde los derechos de las personas hacia la protección casi religiosa de los emblemas del Estado.

Cuando se castiga el “menosprecio” a la bandera o se pretende regular hasta los usos estéticos de los símbolos patrios, el mensaje político es inequívoco. Lo importante deja de ser la calidad de la democracia y pasa a ser la obediencia al ritual.

Ese desplazamiento tiene consecuencias profundas. Una sociedad educada para creer que cuestionar un símbolo equivale a atacar la nación termina confundiendo el respeto con la sumisión. Poco a poco se instala la idea de que la fidelidad al trapo bicolor vale más que la defensa de la justicia, la libertad o la dignidad humana. Y cuando eso ocurre, el nacionalismo deja de ser un sentimiento colectivo para convertirse en un fetiche político.

  1. La instrumentalización política: cuando la bandera se convierte en escudo del poder

Existe una constante que atraviesa buena parte de la historia contemporánea. Cada vez que un gobierno pierde legitimidad, suele encontrar refugio en los símbolos nacionales. No es casualidad.

Los regímenes autoritarios —o simplemente aquellos corroídos por la corrupción, el descrédito o la incapacidad para resolver los problemas reales— descubrieron hace mucho que resulta más sencillo movilizar emociones patrióticas que rendir cuentas. La célebre sentencia atribuida a Samuel Johnson, según la cual “el patriotismo es el último refugio de un canalla”, conserva una actualidad incómoda cuando se observa el escenario político peruano.

Porque cuando un Estado convive con corrupción estructural, cuando el Congreso acumula niveles mínimos de credibilidad y cuando amplios sectores ciudadanos perciben que las instituciones funcionan en beneficio de élites antes que del interés público, la exaltación de los símbolos cumple una función extraordinariamente útil: desplaza el debate. Mientras la ciudadanía discute quién respetó o irrespetó una bandera, deja de discutir quién saqueó los recursos públicos.

En ese contexto, la Ley N.º 32251 y las iniciativas destinadas a prohibir el uso de la bandera en polos, gorros o manifestaciones espontáneas dejan de parecer simples regulaciones protocolares. Revelan una ambición mucho mayor: monopolizar la representación de la identidad nacional. Porque quien controla el símbolo termina aspirando a controlar también su significado. Y entonces aparece una de las operaciones políticas más antiguas del poder. El gobierno deja de presentarse como una administración temporal y comienza a identificarse con la patria misma. El gobernante ya no representa al Estado. Pretende encarnarlo.

Bajo esa lógica, toda crítica política se convierte en una sospecha de deslealtad nacional. Quien denuncia corrupción pasa a ser “enemigo de la patria”. Quien cuestiona al Congreso es acusado de atacar las instituciones. Quien utiliza la bandera para protestar ya no ejerce un derecho político: supuestamente profana un símbolo sagrado.

La ecuación resulta tan sencilla como peligrosa. Si el gobierno es la patria, discrepar del gobierno equivale a traicionar la patria.

Es precisamente ahí donde la penalización del llamado “ultraje” a los símbolos revela toda su utilidad política. La vaguedad del concepto permite extenderlo casi hasta donde convenga. Una intervención artística, una performance, una sátira, una protesta callejera o una forma irreverente de utilizar la bandera pueden convertirse, dependiendo del clima político, en materia penal. El problema deja entonces de ser jurídico. Pasa a ser un mecanismo de disciplinamiento del disenso.

  1. La alternativa democrática: patriotismo hacia los principios, no hacia los fetiches

Pero existe otra manera de entender el vínculo entre los ciudadanos y su país. Una mucho más compatible con una democracia constitucional. Frente al nacionalismo identitario basado en la tierra, la sangre o la sacralización de los símbolos, el filósofo alemán Jürgen Habermas propuso una idea profundamente distinta: el Patriotismo Constitucional (Verfassungspatriotismus).

Su planteamiento parte de una premisa sencilla, aunque revolucionaria. Las sociedades democráticas ya no pueden sostenerse sobre mitos homogéneos ni sobre la obligación de compartir una misma identidad cultural. Lo que verdaderamente mantiene unida a una comunidad política es el compromiso con reglas comunes: la Constitución, los derechos fundamentales, la separación de poderes, la igualdad ante la ley y las libertades públicas.

Ese sí es un patriotismo compatible con la democracia. No exige amar una bandera. Exige respetar la dignidad de las personas. No obliga a rendir culto a los símbolos. Obliga a defender los derechos que esos símbolos deberían representar.

Desde esa perspectiva, el mejor ciudadano no es quien permanece rígido mientras suena el himno ni quien exhibe la bandera más impecable en el techo o en el balcón. Es quien paga sus impuestos, combate la corrupción, protege a las minorías, exige transparencia, fiscaliza al poder y defiende las instituciones cuando estas cumplen su función democrática. El patriotismo deja entonces de medirse por gestos ceremoniales y comienza a medirse por responsabilidad cívica.

Esa diferencia desnuda la verdadera fragilidad de la Ley N.º 32251. La norma privilegia la liturgia sobre la ética. La apariencia sobre los principios. El ritual sobre la ciudadanía.

En el fondo, parece preferir un país lleno de ciudadanos obedientes que jamás cuestionen un símbolo antes que una sociedad capaz de cuestionar al poder cuando este traiciona los valores que esos símbolos dicen representar.

Conclusión: El verdadero honor de una nación

La Ley N.º 32251, aprobada en enero de 2025, representa mucho más que una reforma sobre los símbolos patrios. Expresa una determinada concepción del Estado y de la ciudadanía. Una concepción según la cual el disenso puede castigarse, la irreverencia puede criminalizarse y el patriotismo puede convertirse en una obligación respaldada por el Derecho Penal.

Ese camino conduce inevitablemente a un deterioro de las libertades de conciencia, pensamiento y expresión. Porque el honor de una nación jamás se protege enviando a prisión a quien quema una bandera en un acto de desesperación, rabia o protesta. Se protege construyendo instituciones que inspiren respeto sin necesidad de imponerlo. Se protege garantizando justicia antes que ceremonias. Se protege haciendo que los ciudadanos quieran identificarse con su Estado, no obligándolos a fingir que ya lo hacen. Una democracia fuerte no necesita fabricar patriotas mediante amenazas penales. Necesita construir un país que merezca ser amado.

Mientras el Perú siga confundiendo obediencia con civismo y veneración con compromiso democrático, continuará atrapado en la misma paradoja que atraviesa toda esta legislación: intentar imponer por la fuerza aquello que sólo puede nacer de la libertad. Y ninguna ley, por severa que sea, ha conseguido jamás obligar a un pueblo a sentir.

«A los lectores: Pueden acceder al video de cada canción mencionada en los artículos para verlas en YouTube»

[Música Maestro] OTROSÍ: En este rincón melómano lamentamos el fallecimiento de la cantante galesa Bonnie Tyler, «la Rod Stewart femenina», una presencia perenne en la memoria de mi generación por sus éxitos It’s a heartache (1977), Holding out for a hero (1984) y, especialmente, la épica balada Total eclipse of the heart (1983). Tenía 75 años.

Una de las más recientes manifestaciones de la crisis degenerativa que está padeciendo la música latinoamericana se dio hace un par de meses cuando vimos a Shakira cantando -muy mal, desde luego- junto a Caetano Veloso uno de sus himnos emblemáticos, O leãozinho, a estadio lleno, en un multitudinario concierto gratuito que ofreció la colombiana en la playa Copacabana de Rio de Janeiro.

Que la máxima guaripolera de la degradación de nuestro cancionero latino invite a su escenario ramplón y masivo a quien sea probablemente, después de A. C. Jobim y Hermeto Pascoal, el artista que más ha hecho por conservar el espíritu de la MPB, hermanándola con todas las otras tendencias musicales, desde el rock hasta la música concreta, es una grotesca metáfora visual y auditiva de cómo la cultura se ha rendido ante el dividendo y el entretenimiento vacío, mezclando caprichosamente a una mercachifle exhibicionista con una leyenda musical que termina convertida, por voluntad propia, en comparsa folklórica para emocionar a las masas que deliran con las paparruchadas de una reggaetonera.

Caetano, actualmente de 83 años, es irreprochable desde luego. Su amplia y significativa trayectoria es patrimonio cultural del Brasil desde hace más de seis décadas y, en 1994-1995, decidió extender eso a toda América Latina haciendo un homenaje a la música en castellano, con un puñado de canciones que lo inspiraron desde su niñez bahiana, cuando comenzaba a gestarse el trasfondo de aquella revolución artística que impulsó al frente del Tropicalismo.

Contracultural y ecléctico, Veloso lanzó en ese bienio un álbum de estudio/concierto en vivo que es todo un manifiesto de esos vasos comunicantes entre lo afrocaribeño, lo afrobrasileño y lo amerindio que constituyen la base del orgullo latino, en tiempos en que el concepto “world music” recién asomaba como novedad en los anaqueles de discotiendas y reseñas de críticos especializados.

Fina estampa, el álbum

Grabado entre mayo y junio de 1994 en los históricos estudios Som Livre, parte del gigante grupo mediático O Globo hasta que fueron traspasados a Sony Music Entertainment en el 2022, el disco reveló al público melómano de América Latina una nueva faceta del inquieto y talentoso cantautor, más asociado a la bossa nova, la samba, el tropicalismo, la MPB y el pop-rock en portugués. La balada London London, por ejemplo, que sonó en nuestras radios locales en la versión del cuarteto R.P.M. incluida en el LP Radio Pirata ao vivo (1986), tras sus conciertos en la Feria del Hogar, es una composición de Veloso, lanzada originalmente en su tercer disco Caetano Veloso (1971).

Mientras tanto, Fina estampa fue una oportunidad para que Caetano Veloso reciba, a través de radios especializadas y canales de cable, una relativa atención por parte de las masas de oyentes convencionales, que desconocían su existencia hasta ese momento. En el Perú, el disco llamó la atención por razones obvias, por lo menos para todos los que hayan nacido antes del año 2010 y sean capaces de reconocer la directa referencia a nuestra música criolla sin preguntárselo a Gemini. El músico escogió una de las composiciones icónicas de Chabuca Granda como título e hilo conductor de su proyecto, jugando con el concepto tanto para describir la colección de canciones -una estampa sonora- como su propia figura artística.

Por otro lado, este álbum de Caetano Veloso apareció el mismo año que otras dos producciones musicales, dedicadas a recuperar del pasado melodías que habían sido muy populares en las décadas de los cuarenta, cincuenta y sesenta. Por un lado, el ídolo juvenil mexicano Luis Miguel sacó el segundo volumen de sus Romances y por el otro, el tenor español Plácido Domingo y la entrega inicial de una saga denominada De mi alma latina.

Si bien es cierto esta clase de lanzamientos han sido siempre muy comunes -ahí tenemos, como ejemplos, los lanzamientos del español Julio Iglesias o la griega Nana Mouskouri-, en la era del CD varios artistas reconocidos se dedicaron a hacer sus propias versiones de clásicos inmortales de géneros como rancheras, boleros, joropos, valses y demás, de gran aceptación entre un segmento muy concreto del público consumidor de música, integrado por personas mayores que reconocían el valor de esta clase de grabaciones.

Una selección de lujo

El disco en estudio contiene 15 canciones, todas impecablemente interpretadas por Caetano Veloso, arregladas por él y su principal cómplice en esos años, el cellista y director de orquesta Jacques Morelenbaum, la mayoría de ellas éxitos de una antigüedad mayor a las cuatro décadas con la excepción del tango Vuelvo al sur (Astor Piazzolla, 1988) y la balada sinfónica Un vestido y un amor, composición del argentino Fito Páez, incluida en su conocido disco El amor después del amor (1992).

De hecho, Argentina es el país más representado en este lienzo musical, junto con Cuba, con cuatro canciones cada uno. Le siguen México y Puerto Rico, con dos temas por país y cierran el listado Venezuela, Paraguay y Perú con una melodía cada uno. Boleros, guarachas, tangos, valses y guaranias que han sido interpretadas por grandes artistas como Pedro Infante, Los Indios Tabajaras, Lucho Gatica, Julio Iglesias, Daniel Santos, el Trío Los Panchos y un larguísimo y distinguido etcétera.

En carátula vemos a Caetano Veloso sentado de perfil en un elegante sillón, con la mano sosteniéndose el mentón, una foto de estudio sobre fondo oscuro de aspecto serio y relajado que contrasta con la imagen tradicional del músico, desfachatada y colorida. En sutil tipografía clásica, el título del álbum y los nombres de las canciones. El contenido reafirma la elegancia y sofisticación de estas grabaciones que son una oda a la buena música de América Latina.

Fina estampa ao vivo, una fiesta

Como saben los conocedores de la discografía de Veloso, esta suele combinar en paralelo los discos en estudio con los directos, desde las épocas de Doces Barbaros (1976),  junto a sus compinches Gilberto Gil, Gal Costa y su hermana Maria Bethania e incluso desde antes, con álbumes como Barra 69: Caetano e Gil ao vivo (1972). Un año después del lanzamiento en estudio, apareció Fina estampa ao vivo (1995), octavo álbum en concierto de Caetano para continuar esa tradición que prosiguió hasta muy entrado el siglo XXI.

El disco registra uno de los dos conciertos ofrecidos por Caetano Veloso en Brasil, en el teatro AT Hall Metropolitan de Rio de Janeiro en septiembre de 1995 (el otro fue en Sao Paulo) para presentar en sociedad Fina estampa, su vigésimo tercer álbum oficial en estudio. La carátula está inspirada en un mural del mexicano Diego Rivera, pintado entre 1939 y 1940, que refuerza el mensaje original de la selección de canciones, “un tapiz cultural de tonos terrosos que revela los rituales de diversos pueblos, todos unidos por el movimiento de la Serpiente Emplumada, símbolo civilizador” en palabras de Hélio Eichbauer, escenógrafo del teatro, contenidas en el CD original de Polygram Records.

Sin embargo, en el espectáculo no interpreta todas las canciones grabadas en estudio, sino solo unas cuantas, en versiones absolutamente alucinantes, complementando el programa con varias composiciones suyas y tres novedades, dos boleros -La barca de Los Tres Caballeros, Ay amor del cubano Bola de Nieve- y una genial interpretación del clásico mexicano Cucurrucucú paloma (Tomás Méndez, exitazo de Pedro Infante en 1954).

Veloso, acompañado de su banda -Jaques Morelenbaum (cello), Luiz Brasil (guitarras), Zeca Assumpção (bajo, contrabajo), Jota Moraes (piano), Mingo Araújo (percusiones), Marcelo Costa (batería)- y una orquesta de 27 músicos entre cuerdas, vientos y percusiones, realiza un despliegue sonoro cautivador y emocionante en que su versátil y extensa capacidad vocal es principal protagonista.

Un caballero de fina estampa, el DVD

Todo pasa a otro nivel en la versión en video del concierto, que salió al mercado algunos años después, denominada Caetano Veloso: Un caballero de fina estampa. Aquí esta fiesta musical expresa con total claridad su intención genuina, plasmada de forma unidimensional en el disco en estudio. Caetano redondea un homenaje a la riqueza del arte musical latinoamericano inyectándole intensas dosis de la voluptuosidad de su propio folklore, un matrimonio indisoluble entre ritmo y armonía que funciona como potente herramienta de identidad compartida, esa integración que jamás será alcanzada por políticos grasientos o presidentas electas con votos de migrantes extranjeros.

El concierto está filmado cinematográficamente, con una obsesión por los planos detalle que nos muestran los cambiantes rostros de Caetano -sus ojos revolventes, sus manos ondulantes, su garganta lanzando vibratos y notas sostenidas en todos los registros, sus pasos de baile a veces contenidos y otras completamente liberados- y de sus músicos, generando una experiencia sensible, emocionante con respecto a la música que compone el recital. La minuciosidad en la edición de cada pasaje instrumental, las entradas y salidas, los detalles del mural y las múltiples alegorías hacen de Un caballero de fina estampa un concierto inmersivo, producido tres décadas antes de que esa palabreja se pusiera de moda.

En una hora y media, Caetano Veloso, su banda y orquesta nos llevan por una cadenciosa travesía en la que confluyen el romance, la historia, la crónica social, de manera agradable y relajada, sin presiones ni cargas ideológicas. Es música latinoamericana pura, interpretada con maestría y respeto por un artista del Brasil que, a través del tiempo, ha demostrado capacidad para integrar en un solo conjunto de trabajo toda una multiplicidad de fonéticas y lenguajes sonoros.

El repertorio de Fina estampa

Cuando Caetano Veloso concibió su proyecto Fina estampa, acababa de cruzar la barrera de los 50 años y estaba en su pico más alto de madurez como músico. Durante las casi tres décadas previas en las que venía actuando, había construido una imagen de irreverencia, contracultura, agudeza sociopolítica y artística en la que no le fue difícil hacerse más de un enemigo.

Tras su periodo como exiliado en Londres, Veloso se reconectó con la música del Brasil y comenzó a recuperar melodías perdidas del cancionero nacional, algunas de las cuales incluía en sus conciertos para complementar la interpretación de sus propias creaciones. Fina estampa no fue la excepción.

Así, el concierto inicia con una delicada samba en que brilla su guitarra acústica y esa picardía sofisticada a la que nos tiene más que acostumbrados. O samba e o tango (Amador Regis, 1926) narra con sutileza los coqueteos entre una mujer brasileña y un hombre argentino, estableciendo el tono que lo inspiró originalmente. En lo musical, el contrapunto entre la pandereta carioca y el cello tanguero dibujan la historia mientras la guitarra prístina nos acerca a las orillas del Atlántico de Rio.

También son parte del programa clásicos de Brasil como Canção de amor de la cantora Elizeth Cardoso (1920-1990), Suas mãos de Pernambuco -que no aparece en el DVD, solo en el CD en vivo- o Lábios que beijei, una melodía de los años treinta que fue grabada en versión instrumental por el guitarrista Toquinho. Particularmente notable es un tema de João Gilberto (1931-2019), considerado el padre de la bossa nova, Você esteve com meu bem?

Boleros, guarachas y más

Sin embargo, los puntos más altos son desde luego aquellas piezas pertenecientes al repertorio centro y sudamericano que Caetano y sus músicos recrean con tanta habilidad. Por ejemplo, Capullito de alelí y Lamento borincano son dos clásicos portorriqueños escritos en los años cuarenta por Rafael “Jibarito” Hernández (1891-1965) que, en las voces del Trío Los Panchos y Daniel Santos, llegaron a nuestros oídos infantiles a través de las radios limeñas ochenteras que escuchaban nuestros padres.

El bolero Pecado, escrito en 1948 por los argentinos Enrique Mario Francini y Armando Pontier (música) y el poeta Carlos Bahr (letra) es una desvergonzada declaración de amor que debe haber escandalizado a más de uno en su época. En la voz e intención de Veloso refuerza ese sentido y le da una actualidad muy poderosa. Del mismo modo, Tonada de luna llena (Simón Díaz, Venezuela, 1948) o Recuerdos de Ypacaraí (Demetrio Ortiz, Zulema de Mirkin, Paraguay, 1948) se ponen en vitrina con creativos arreglos que disparan la emotividad de esas melodías.

Para Fina estampa, Caetano Veloso hace uso de sus dotes histriónicas, simulando las posturas garbosas de un hombre mientras monta caballo. El clásico vals criollo de 1956 de Chabuca Granda es embellecido con arreglos para cuerdas, aumentando la distinción de este tema peruano. Veloso, como en el resto de las canciones en castellano, vocaliza perfectamente cada verso y acentúa los fraseos con gestos y posturas.

El matiz viene con la viñeta italiana Luna rossa, tema de los años cincuenta que popularizaran conocidas voces italianas como Roberto Carosone o Massimo Rainieri y que incluso fuera grabada por Frank Sinatra (1915-1998) en inglés, bajo el título Blushing moon, en 1952 para Columbia Records.

Soy loco por ti, América

De su propia cosecha, el músico nos regala la romántica Itapuã y la poderosa crónica social de Haiti -uno de los mejores momentos del concierto-, coescrita con Gilberto Gil y estrenadas ambas un par de años antes en su álbum Tropicalia 2 (1993) que celebraba el vigésimo quinto aniversario de ese movimiento. También entona Chega de saudade, clásico de la bossa nova escrito por Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes, el mismo dúo que creó Garota de Ipanema y otras dos composiciones propias, la experimental O pulsar (Velô, 1984) que Caetano escribió al alimón con un artista visual en una computadora y uno de sus grandes éxitos O leãozinho (Bicho, 1977), dedicada a un buen amigo suyo, el músico Dadi Carvalho, bajista de dos conocidos grupos brasileños de pop-rock, Novos Baianos y Barão Vermelho.

Soy loco por ti, America cierra el círculo iniciado por O samba e o tango, un canto de amor al continente que escribieron para él José Carlos Capinam y Gilberto Gil allá por 1967. El concierto finaliza a toda máquina con Rumba azul, una invitación al baile despreocupado y suelto de huesos, clásico cubano de origen impreciso -algunos adjudican su composición a Ernesto Lecuona, aunque en los créditos del álbum en estudio figuran Ernesto Vásquez y Armando Orefiche- mientras que en pantalla vemos a Caetano Veloso brincando poseído en el escenario, acompañado por su sombra grabada previamente haciendo los mismos movimientos.

Un caballero de fina estampa fue tan importante para la carrera de Caetano Veloso como artista global que se convirtió en una frase que las crónicas especializadas utilizan para describirlo hasta ahora, que pasa ya los ochenta años y sigue mostrándose activo en recitales, acompañado de su guitarra y juntándose de vez en cuando con otros grandes de la música de su país como Gilberto Gil, Chico Buarque y Djavan. Lástima que las nuevas generaciones solo lo ubiquen como el viejecito que acompañó a Shakira en su concierto gratuito en Rio.

[PAPELES VIRTUALES]

UNO

Los argentinos aún están en debe. Enfrentaron a su primer rival serio. Luego del gol reculó y esperó para el contragolpe. Esa fue la orden del banco. Y comenzó el sufrimiento. El empate fue justo por lo que se vio en la cancha. Cinco minutos después, el moreno Embolo, comete el peor error de su vida futbolística.

  • Simular teniendo tarjeta amarilla.

En el suplementario, Suiza pasó de dominador a dominado. Antes y en el suplementario, Scaloni viendo la situación, quemó las naves y puso 4 delanteros. Era a matar o morir. Julián Álvarez recuperó la memoria y desniveló. Encima, Suiza venia de una prórroga. Entonces, el tercer gol, vino por decantamiento. Así también, los argentinos demostraron que, para eliminarlos, debes matarlos. Sino lo haces, ellos lo harán contigo.

Se viene la semifinal/batalla con dos suplementarios encima. Estarán exhaustos, pero no vencidos. La competitividad no se negocia. Jamás.

DOS

Francia es la favorita. Los marroquíes no fueron rival. El dos a cero no reflejó, lo que se vio en la cancha. Debió terminar en goleada. Nunca antes, he visto una delantera tan temible en los mundiales.

  • Mbappé, Dembelé y Olise

La comparación con el tridente del 2002, es inevitable. La brasileña se consolidó partido tras partido. En cambio, la francesa, desde el vamos, arrolló. Creo, firmemente, que el 10 y Olise ganarán el Balón de Oro, en algún momento de sus carreras.

En tanto, los imbéciles y retrógrados escupen su racismo cavernícola, en contra de Les Blues, en las redes sociales, por las raíces africanas. Hipócritas, a cualquier otro país le encantaría tener esa clase de delanteros. Negar el impacto de la inmigración es de ignaros. Lo que más nos debería llamar la atención es el Centro de Alto Rendimiento Clairelafontaine. Recluta a adolescentes entre 13 y 15 años. Los requisitos, a tener en cuenta, son.

  • Nacionalidad francesa y vivir en París y los alrededores.

Deben pasar pruebas técnicas y físicas, examen de intelecto y psicológico. De un medio centenar de jóvenes, los entrenadores eligen a 22 que ingresan a la Academia.  Los padres de los niños-adolescentes no pagan un peso. Ah, y cuentan con alimentación balanceada, educación obligatoria y médicos a disposición. La inversión es privada, el presupuesto de la siguiente temporada será de 311 millones de euros.

  • Deberíamos copiar el modelo francés, ¿no?

Y por si no sabes, 99 jugadores, con pasaporte francés, están disputando el Mundial.

  • ¿Entonces, los Galos serán los dominadores absolutos en el futbol?

Mientras tanto, varios centran su atención en la epidermis de los deportistas. Y eso que estamos en el siglo XXI.

TRES

Ahora sí, España demostró porque es un candidato serio. Fue superior a Bélgica. Rodri, el discutido Balón de Oro, jugó como el 2024. Por fin. Ojo, que los belgas son un muy buen equipo. Tener a Trossard, Doku, Curtois, De Ketelaere y De Bruyne (aun en sus horas bajas) le plantaron cara, en varios momentos del partido, a la Roja. Sin embargo, los españoles cuando se adueñaban del balón, eran insuperables. Una pena, que Lamine y Williams no estén al 100%, por lesiones. Eso sí, La Fuente demostró mucha mano izquierda, para los cambios. Fueron quirúrgicos. Es un muy buen técnico. Fue justo que la selección española liquidara el partido en los 90 minutos.

Lo que suceda el martes, es otro cantar. No obstante, será un partidazo.

CUATRO

El vikingo del Aleti, de 1,95 m y con más de 33 goles, tuvo una epifanía, en el minuto 43. Creyó que era el momento de resarcirse de la sequía del Mundial. Un magnifico pase de ese genio llamado Odegaard, puso en sus pies la oportunidad de liquidar a Inglaterra. Minutos antes, había tenido una ocasión, el balón salió besando el larguero. Seguramente, pensó lo lógico.

  • Es el momento que siempre busqué.

Sin embargo, el Androide estaba solo y mejor posicionado. Actuó por instinto, egolatría le dicen. Ahí empezó a perder el partido Noruega.

No me estaba convenciendo Gordon, no entendía el exagerado monto que pagó el Barza. Debo reconocer que es incansable, desborda y tiene habilidad. Desde la izquierda, le dio el pase largo y preciso al inglés-brasileño. Quien eludió a su marca, fue en diagonal y definió como un maestro. Dicen que su ídolo es Zidane. Ahora se entiende. Inglaterra la pasó mal durante más de media hora. Noruega es una selección competitiva. Me hizo recordar a la Escocia, de los años setenta, con Dalglish y Jordan. Evoco a los hinchas escoceses celebrando un tiro de esquina, como si fuera un penal. Lo pudo liquidar y no lo hizo. Entonces, los ingleses, que, ante México, ya habían demostrado carácter y personalidad; en dos jugadas dieron vuelta el resultado. En el suplementario, Saka volvió aparecer, como lo hemos visto en la Premier. Como nunca los ingleses, tienen la oportunidad de quedar en la historia, después de 60 años.

  • Llegar a una final.

La canción-himno volvió a sonar al final del partido, mientras los fanáticos ingleses o no, cantaban a todo pulmón, en directo o desde los bares, shopping, casas, etc.

No creo que nadie sienta lo mismo que yo por ti ahora

Y todos los caminos que tenemos que recorrer son sinuosos

Y todas las luces que nos llevan allí son cegadoras

Hay muchas cosas que me gustaría decirte.

Pero no sé cómo

porque tal vez

Tú serás quien me salve

Y después de todo

Eres mi muro de maravillas

Gloria a los Gallagher.

[Migrante al paso]  ¿Tengo problemas de ira? Me desperté hoy preguntándome eso. Eran las 8 de la mañana y había dormido 10 horas; sin embargo, seguía sintiéndome cansado. Por antecedentes, pensaba que al tratar problemas de depresión y ansiedad ya podía estabilizar mi cabeza, pero estaba equivocado. Algo no cuadraba en cómo me estaba sintiendo. No estaba triste ni bajoneado, estaba furibundo. Solamente eran las 8 de la mañana. Ya lo tenía identificado, pero por alguna razón lo dejé pasar, pensando que mi problema era otro. Comencé un nuevo trabajo hace unos meses y era divertido. Pasaron semanas y esa diversión fue mutando a rabia y fatiga. Mi sonrisa fue desapareciendo para dar paso a un semblante serio e intimidante. Algo que creo que no soy, pero ya no lo tengo claro. Solo sé que no me quiero levantar todos los días con ganas de pelearme. En el fondo nadie tiene enemigos, así que supongo que, sin querer, yo estoy tomando ese rol.

Cuando estaba en el colegio y me dejaban tareas que, a mi parecer, eran estúpidas —hablar de sistemas de educación ya es otro mundo que no vale la pena abarcar en este escrito—, me sentaba frustrado y agarraba los lápices y colores y los partía en dos, mientras lloraba de ira e insultaba sin escrúpulos a las profesoras. Pasé mucho tiempo simulando no tener ese lado, pero se rebalsaba por momentos y era incontrolable. Yendo a una fiesta, típica de secundaria, en un taxi con amigos estábamos molestándonos entre todos; a veces esas cosas escalan. Uno de mis amigos me dijo: «Nos bajamos». Yo aún tenía cuerpo de niño y él era bastante grande. Sin dudar ni un segundo, abrí la puerta del taxi dispuesto a pelear. Antes de que saliera del carro, me dijo que estaba loco, que qué me pasaba y que lo estaba diciendo en broma. Me quedé callado el resto del camino y la tensión con ese amigo continuó y terminó con el fin de una amistad. Solo por orgullo y descontrol de mi parte. Normalmente hablo bien de lo que hacía cuando era niño, pero efectivamente, ¿qué me pasaba? ¿Cómo funcionaba mi cabeza para explotar y estar dispuesto a agarrarme a golpes con esta antigua amistad? Peor aún, ¿he cambiado en realidad?


El niño bueno se transformó en alguien muy dispuesto a usar la violencia, un rebelde descontrolado que no tenía límites. Un loco, pensarían muchos. Ya en épocas de universidad, siendo un adulto joven, seguían sucediendo ese tipo de cosas. Confundía tener carácter con ser un energúmeno desquiciado. Fui a una fiesta de electrónica con mis amigos más cercanos, algunos que felizmente mantengo hasta el día de hoy. Ese día fue mi última pelea. Un altercado entre unos matones y mis amigos volvió a sacar a la luz a la bestia rabiosa que llevo adentro. Me cayó un puñete de un tipo enorme que me reventó la mitad de la cara y, aun así, me levanté. Seguí peleando con diez personas; me caían más golpes, pero yo seguía avanzando. No sentía dolor y hasta estaba sonriendo. Por lo que me cuentan, terminé con la cara llena, hinchada y morada, la boca y la nariz sangrando y con un nudillo hecho astillas. Un VIP me sacó cargado mientras yo seguía peleando. Los esperé afuera, porque la bestia seguía hambrienta. Un amigo me vio y me dijo que parecía un tigre acorralado. Mientras la sangre caía gota a gota, mi mirada seguía fija en ese grupo de delincuentes. Llegó el punto en que no sabía si quería seguir golpeando o, en el fondo, quería que me siguieran golpeando. Muchos años después, tenía miedo de entrar a un salón de clase universitaria porque sentía que había un tigre hambriento adentro.

Me di cuenta del daño que puede generar un puño adulto, me asusté, me operaron e intenté suprimir ese lado salvaje. No podía quitarme el sabor metálico de la sangre en mi boca. Como una herida que no cicatriza sin importar el tratamiento. Recuerdo que mi padre era bastante renegón en su trabajo; poco a poco se fue calmando. Le pregunté, ya más viejo, cuando sentí que me estaba pasando lo mismo, cómo hizo para tomar el control.

—Me dio gastritis severa —me contestó.

Me reí. Yo no quiero que llegue el punto en que comience a somatizar la ira. Estuve un tiempo calmado. En un viaje solo a Marruecos, se dio una circunstancia de acoso a una chica en los callejones de la medina de Fez. Ahí, en un lugar desconocido, mientras pensaba en actuar o no, mi cuerpo ya se había movido solo. Ataqué sin titubear. La sangre salpicó mi ropa y las paredes de arcilla. Fui rodeado por incontables personas cuyas miradas me decían: «Te vamos a matar». Yo sonreí y pensé: «Llegó mi momento, supongo que no está tan mal morir defendiendo una injusticia». Me rescataron. Sabía que en ese caso mi violencia había sido justificada, pero no pensé en las consecuencias que pudo haber traído una muerte prematura. Estuvo bien o mal, nunca lo sabré. Solo sé que hay que sentir la sangre caer y, mientras esos ríos cálidos fluyen por mi rostro, darme cuenta de que algo no anda bien conmigo. Por ahora, solo puedo hacer una cosa. La reflexión del miedo e ira solo me llevará a lugares oscuros. Solo puedo sonreír nuevamente y hacerlo con significado. Me quedan muchos años por vivir y quiero hacerlo en paz. En éxitos y fracasos, mi respuesta ya no puede ser la rabia. Intentaré caminar tranquilo. Sin mucha mente.

 

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