“Es breve como un haiku y en cada palabra se oculta parte de un tesoro”. ¿Qué es? La adivinanza (bueno, en este caso una meta adivinanza). Nada como una buena adivinanza para revivir la nostalgia por la infancia, etapa en la que el comercio con textos de esta laya es fluido y, por qué no decirlo, natural.

Las adivinanzas son textos breves que, como su nombre indica, invitan a un desciframiento basado en la asociación y en el destejido de las imágenes. En el fondo, yace un acertijo. Y un acertijo es la mejor vitamina que existe para la curiosidad por revelar algo que permanece oculto.

La adivinanza requiere de varios elementos. La brevedad sería uno muy distintivo de su naturaleza textual: su lectura debería tomar menos de un minuto y en rigor, no exceder cuatro o cinco versos cortísimos. Otro es el humor, el sentido lúdico que implica acercarse a un objeto desde conceptos sorpresivos o insospechados.

Cada adivinanza, además, es un banco de oro retórico que pone a prueba el ingenio de creadores y lectores para desentrañar símiles, metáforas, sinécdoques o hipérboles, un campo en el que el lenguaje es juego y diálogo, un espacio en el que la interpretación se parece muchísimo a una aventura.

Esta práctica, tan antigua como el lenguaje usado con fines imaginarios, ha dado lugar a términos como “adivinancero” (acuñado por Concha Fernández y José Luis Garfer), que siguen la pauta de similares como “cancionero” o “romancero”. Con total humildad propongo aquí el de “adivinario”.

Estos apuntes y su evidente entusiasmo vienen motivados por la lectura de Adivinación. Adivinanzas de la costa, sierra, selva y mar peruano, del docente José Respaldiza Rojas, un repertorio de adivinanzas de tema nacional, muy propicio en esta coyuntura, en la que adivinar será una actividad muy intensa.

Las adivinanzas creadas por Respaldiza, autor de referencia en la literatura infantil peruana, cumplen cabalmente y más con la alquimia del género. Breves, ricas en asociaciones ingeniosas, metáforas sugerentes y, sobre todo en humor curativo y satisfactorio, en esa impecable sonrisa que provoca llegar –sin tropiezos o con ellos– a la solución.

Un poco de intriga y de ludismo no mata en este bicentenario. Sobre todo si se trata de adivinanzas que nos permiten revelar criaturas, plantas, personajes e incluso algunos platillos de ese mosaico a veces incomprensible pero siempre fascinante que es el Perú. Y para celebrar este adivinario, les dejo aquí unos botones de Respaldiza. Soluciones la próxima semana (aunque si se compra el libro se ahorrará la espera). Aquí vamos:

1

Plumaje muy blanco,

un pico con bolsa,

de vuelo rasante,

gran ave verás.

2

Esbelta, preciosa, 

de fino pelambre,

es viajera andina

de veloz pezuña.

3

Obrera molesta,

mielera oscura,

recoge volando

pero es muy bravaza

4

Nacido marino,

cabalgo en el agua,

jamás yo relincho,

tras algas acampo.

José Respaldiza Rojas. Adivinación. Adivinanzas de la costa, sierra, selva y mar peruano. Lima: Intermezzo Tropical, 2021.

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Adivinación, Adivinario, José Respaldiza Rojas

No cabe duda de que los conocimientos provenientes de nuestros pueblos originarios no solo deben ser valorados, sino también promovidos e incluso integrados al currículo escolar. Hay allí abundantes lecciones sobre la conservación ambiental, el aprovechamiento de suelos, la extracción de recursos, el equilibrio ecológico, para no olvidar la riqueza simbólica de sus sistemas literarios orales, fuente maravillosa de mitos, canciones, creencias y cosmovisiones que no merecen desdén.

La editorial Apacheta ha hecho un singular esfuerzo y ha publicado, en edición no venal, una colección de cinco volúmenes bajo el título El libro de los elementos. El primer volumen, el más amplio de todos, retrata no solamente el arduo trabajo que supuso acercarse a cada comunidad, sino también el proceso de elaboración de este proyecto, si se quiere una suerte de bitácora rigurosamente documentada (aquí hay un hermoso dossier fotográfico) del proyecto.

El libro de los elementos

Los cuatro libros restantes corresponden cada uno a un elemento: Yaku (el libro del agua), Jallpa (el libro de la tierra), Nina (el libro del fuego) y Wayra (el libro del aire) que reúnen 44 crónicas y relatos de inspiración ambiental, enfocados todos ellos en la sabiduría de los pobladores originarios de nuestro país para relacionarse con la naturaleza y afrontar de manera responsable tanto la explotación de sus recursos como el devoto cuidado de la vida que florece en sus comarcas.

El proyecto cuenta con la colaboración de destacados periodistas, fotógrafos y artistas gráficos, quienes se encargan de poner en página historias que iluminan el profundo vínculo que existe entre estos ciudadanos de un Perú prácticamente invisible para un centro profano –y adorador de lo urbano– y la madre naturaleza. Por supuesto, nada de esto queda confinado al dominio de lo mágico: cada volumen muestra cómo ese vínculo se traduce en tecnologías que se aplican en la vida real para promover, entre otras cosas, la producción sustentable.

Así, por ejemplo, tenemos una actividad denominada “la crianza de lagunas” que busca, por medio de diques y canales, crear lagunas que cumplen funciones importantes como la de reservorio, garantía hídrica para los sembríos y el consumo. “Y no puede faltar el watuyuna, las visitas de cariño y agradecimiento a las lagunas. La crianza del agua no es buena por ser ancestral, sino porque emana de la naturaleza”, dice una de las informantes de este relato (Yaku, p.14).

Otro relato nos conecta directamente con la portentosa diversidad biológica que posee el territorio amazónico. La fuente es un estudio de zonificación que identifica más de medio millar de plantas curativas en la provincia de El Dorado. Dice uno de los pobladores: “Las estamos preservando de forma sostenible: las comunidades no solo las usan para uso doméstico, sino que producen pomadas y ungüentos que se comercializan en diversos lugares y ferias” (Jallpa, p.34).

Entre las historias que conforman el cuarto volumen, destaca una crónica de Joseph Zárate que retrata a Ruth Buendía, la dirigente asháninka premiada por la persistencia de su lucha ambiental. Una vida llena de peripecias y sacrificios, marcada por la violencia de Sendero Luminoso, pero también por el desdén del Estado y la irresponsabilidad de algunas empresas que, en su voracidad extractiva, no conceden al cuidado del medio ambiente la importancia debida (Nina, pp.8-19).

“El alimento que cayó del cielo”, de David Hidalgo, nos recuerda el origen de la papa, cuando unos dioses, compadecidos por la hambruna que sufría un pueblo mal gobernado, arrojaron unas semillas a la tierra, de las que brotaron unas plantas con flores moradas, que fueron exterminadas por la mala autoridad. Pero los apus sugirieron a los pobladores que buscaran bajo la tierra. Y así hallaron la papa, uno de los frutos que mejor representa en capital simbólico y cultural del ande peruano (Wayra, pp.22-23).

En suma, se trata de un ambicioso proyecto editorial que, por un lado, despierta la conciencia sobre las relaciones entre naturaleza, territorio y comunidad; por otro, ofrece una oportunidad de transferir estas historias y datos en estrategias educativas que, intuyo, podrían lograr con éxito el objetivo de estrechar lazos identitarios y establecer relación con ese Perú que la niebla y el cemento nos impiden ver.

Apacheta. Lima: 2021. Este proyecto fue posible gracias al apoyo de la Agencia Suiza para la Cooperación y el Desarrollo (Cosude) y la Embajada Suiza en el Perú. Los textos se pueden leer también en el sitio web de la editorial: www.apacheta.pe

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Apacheta, El libro de los elementos

Desde diversos ángulos y perspectivas, gran parte de la obra narrativa del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez (1973) constituye una exploración consistente y rigurosa en ese fragoroso pantano histórico que representa la violencia en el presente y la memoria de los colombianos.

El año 2015 apareció La forma de las ruinas, una ambiciosa novela que intentaba reconstruir y unir, de manera fragmentaria, dos magnicidios que marcaron la historia de Colombia: el asesinato del líder liberal Rafael Uribe Uribe, acaecido en 1914 y en 1948 el del reformista Jorge Eliecer Gaitán (que aquí sería un despreciable caviar según algunos doctos con tribuna), crimen que daría pie al “Bogotazo”.

Algunos de sus libros anteriores, como los cuentos de Canciones para el incendio (2018) y las novelas Las reputaciones (2013) y El ruido de las cosas al caer (2011) conceden a la experiencia de la violencia, en formas varias, un lugar central en su tramado. Hoy que hemos cerrado Volver la vista atrás (2020) su más reciente novela, la tentación de definir este corpus como una suerte de diálogo coral es grande y se justifica por la presencia de la violencia y sus efectos como columna vertebral.

Sin embargo, Volver la vista atrás tiene elementos novedosos, en relación con el universo al que Vásquez nos tenía acostumbrados. El más significativo es que los materiales que sirven de base a la narración son reales, es decir, provienen de lo fáctico y corresponden mayormente al testimonio-memoria del cineasta colombiano Sergio Cabrera (director de ese gran clásico que es La estrategia del caracol, 1993) que se divide en dos vertientes: el recuerdo de su padre, Fausto Cabrera, un catalán que huyó de la España franquista para recalar en Colombia; y la narración formativa de los años que pasaron el cineasta y su familia en la China de Mao, país donde Fausto reforzó su convencimiento revolucionario y tanto el cineasta como su hermana lograron el estatus de guardias rojos.

Es decir, el relato de base es la historia de una familia convertida a un ideal revolucionario y luego de abandonar China para volver a Colombia, integrada tanto a acciones de apoyo y logística (en el caso de los padres) como a la guerrilla (en lo que respecta a Sergio y a su hermana). A ese material se suma otro, producto de las pesquisas del propio escritor y del contacto con otros personajes aludidos a lo largo de la historia.

Anota Vásquez en la nota de autor: “Volver la vista atrás es una obra de ficción, pero no hay en ella elementos imaginarios. Esto no es una paradoja, o no lo ha sido siempre”. Basado en la autoridad enciclopédica de José Cuervo, apela con elocuencia a una acepción del verbo fingir: modelar, diseñar, dar forma a algo. Y añade: No es distinto lo que he intentado en estas páginas: el acto de ficción ha consistido en extraer la figura de esta novela del gigantesco pedazo de montaña que es la experiencia de Sergio Cabrera y su familia” (p.473).

Esta es pues una narración que sale del archivo familiar y aspira a convertirse en documento de una época en la que actividades como la guerrilla no estaban todavía sujetas al imperio moral y la justificada condena que pesa hoy sobre la violencia política como arma de transformación social. La novela prescinde de juicios de carácter moral sobre el relato de las peripecias familiares; del mismo modo, tampoco intenta cubrir con una pátina de romanticismo todas las correrías que pasan los personajes. Hay un logrado equilibrio en una novela que, lo digo sin resquemor, tiene todo para viajar al ecran.

Es octubre de 2016 y Sergio Cabrera está en Barcelona, presto a recibir un homenaje por su trayectoria cinematográfica, cuando se entera de la muerte de su padre. A partir de ahí se desencadena una historia llena de aventuras y desplazamientos que no impiden ver el fondo del asunto: esa curva que va del aprendizaje y entusiasmo revolucionarios a la más profunda decepción. Oportuna aparición en un momento como este, en que nada es más deseable que la paz para Colombia.

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Colombia, Juan Gabriel Vásquez

César Vallejo concibe la poesía como una forma radical de intervenir en la reflexión sobre el acontecer existencial, ético y político de los hombres. Sus poemas, sobre todo a partir de Trilce (1922) se articulan en una trama de interpelaciones que revela la crisis contemporánea y en la necesidad no tanto de “representar” el mundo, sino de presentarlo como el todo que es: trunco, contradictorio, múltiple, tenso. A eso se deben sumar las posibilidades de la redención y la utopía que, en su caso, no son pocas. Nada de esto sería posible sin una condición previa que Vallejo cumple cabalmente: hacer visibles los resortes políticos que habitan su escritura.

Eso explica que Víctor Vich, un destacado crítico y académico peruano ponga a examen la poética vallejiana bajo el marco del acontecimiento, una categoría que, precisamente, contribuye a colocar el foco en las relaciones existentes entre la escritura de Vallejo y la “idea comunista”, pero no como una cuestión programática, sino como evidencia de que el sujeto contemporáneo necesitaba un lugar de enunciación fuera de los mecanismos de enajenación que sostenían a las sociedades capitalistas y a los discursos hegemónicos.

La invitación a leer a Vallejo desde la crisis del sujeto y la crisis del lenguaje, en el marco de la experiencia, de lo vivo, de lo actuante, adquiere pleno sentido: su poesía no es mera expresión sentimental o un catálogo de juegos con la palabra; más allá del artificio hay verdades profundas sobre la existencia histórica del hombre contemporáneo. Ese elemento es el que tiende puentes hacia la comprensión de la(s) poética(s) de Vallejo en un escenario político. “Vallejo está convencido de que la poesía y el arte deben estar articulados a un ´proceso de verdad´ y que esa verdad debe encontrarse socialmente situada” (p.98), anota Vich.

El mundo contemporáneo pasa ante los ojos de Vallejo tamizado por una amplia gama de sentimientos, que van de la agonía a la esperanza; esa mirada múltiple, además, se vincula con experimentaciones en lo estético. De Los heraldos negros (1918) a España, aparta de mí este cáliz (1939) hay un derrotero cuyos elementos transversales (el otro, la historia, el sujeto) se conservan intactos y sobreviven a los cambios que opera el propio Vallejo en su escritura. La visión crítica de la historia, la lectura política de la realidad, se traducen en figuras y alegorías que enriquecen la interpretación de la presencia del hombre en la escena contemporánea. Vallejo habló para su tiempo, pero su palabra sobrevive.

No olvidemos, como apunta Vich, que “el sujeto de la poesía de Vallejo es, también, un sujeto de la voluntad. Si bien toda su obra se propuso representar el carácter fundamentalmente frágil de la condición humana y nunca tuvo reparos en mostrar cómo la subjetividad evade tomar grandes decisiones, vale decir, cómo se acobarda ante el acontecimiento (…), lo cierto es que la suya es una poesía que también constata que el ser humano puede hacerse parte de una verdad universal y afirmarla con compromiso” (p.187).

¿Su lectura puede tener también el mismo sentido? Por supuesto. Leer a Vallejo es una aventura del sentido, una exploración en nuestras disfuncionalidades como seres humanos, un viaje hacia las tensiones y la enajenación producidas por el capitalismo en sus versiones más dogmáticas y la lucha que supone enfrentarlas. Vida, muerte, pasión por la vida y lo real, redención. Aquí hay, pues, Vallejo para rato: “Hoy me gusta la vida muchos menos,/ pero siempre me gusta vivir: ya lo decía./ Casi toqué la parte de mi todo y me contuve/ con un tiro en la lengua detrás de mi palabra”.

César Vallejo. Un poeta del acontecimiento. Lima: Editorial Horizonte, 2021.

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César Vallejo, poesía, Víctor Vich

En los últimos años han ido apareciendo algunos libros que, desde diversas ópticas académicas, examinan la práctica musical costeña. Algunos ejemplos de muestra: Celajes, florestas, secretos. Una historia del vals popular limeño (2009) de José Antonio Llórens y Rodrigo Chocano; Ritmos negros del Perú. Reconstruyendo la herencia cultural afroperuana (2009), de Heidi Feldman o Lima, el vals y la canción criolla (2012) de Gérard Borras muestran un interés por desentrañar el universo social y musical que late en este valioso archivo musical.

Lo mismo cabe decir de otros libros como Felipe Pinglo y la canción criolla. Estudio estilístico de la obra musical del bardo inmortal (2018), de Rodrigo Sarmiento o  Cantarureando/Canterurías (2020), volumen que reúne las letras de Chabuca Granda y permite una lectura integral de la obra de esta gran compositora. Sin embargo, es más escasa la atención brindada al género testimonial, a la palabra de los cultores que son, verdad sea dicha, los protagonistas de esta historia.

La aparición de Mi vida entre cantos (2018) de Alicia Maguiña retomó el ejercicio de la memoria y la voz propia. En los últimos tiempos, como aliviando el encierro, llegan a mi mesa de trabajo dos libros de factura reciente en los que dos figuras importantísimas de la tradición costeña ejercen, a viva voz, el ejercicio memorioso de desandar lo andado. Se trata de Guitarra criolla. Mi testimonio, de Willy Terry (2020) y Pepe Villalobos, el rey del festejo. Presencia de la música negra en el bicentenario (2021) diálogo entre Vicente y Tilsa Otta y un músico patriarca en las artes de jarana.

Willy Terry es una reconocida primera guitarra de nuestro medio. Su estilo es inconfundiblemente clásico, en términos del canon criollo: punteo exigente y a veces algo acrobático, trino en el ataque, síncopa cuando se debe y dominio sin cuestionamiento del bordón. A eso se suman las virtudes de una apreciable segunda voz. Terry ha escrito una memoria en la que además de recorrer retrospectivamente su experiencia deja constancia de la gratitud que guarda por sus maestros, entre ellos don Óscar Avilés. Un libro lleno de anécdotas, en un marco en el que resuenan por igual la melancolía y el ardor de la fiesta.

En tanto, Vicente y Tilsa Otta mantienen una larguísima conversación con Pepe Villalobos Cavero, figura cimera de la música costeña, miembro de distinguidos conjuntos musicales como el recordado Tradición Limeña, autor de valses como “Copas rotas” y de festejos que se han incrustado en nuestro seso como “El negrito Chinchiví”, “Mueve tu Cu Cu” o “Mi comadre Cocoliche”. Instumentista versátil (se entiende con el cajón, la quijada, la cajita y la guitarra), cantor de golpe barrioaltino (ya saben, eso de alzar el pecho) y padre de Victoria y José, continuadores, cada uno a su modo, de este noble linaje.

Dos maneras de revivir, en medio del encierro, la magia de eso que algunos llaman el “sonido limeño”, de recobrar, a través de la palabra y la memoria, la mano que pulsa sabiamente una guitarra o una voz vibrante, pícara, que nos saca de nuestros asientos a golpe de cajón. Que siga la música.

Guitarra criolla. Mi testimonio. Lima, edición del autor, 2020.

Pepe Villalobos, el rey del festejo. Lima: Editorial Horizonte, 2021.

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Guitarra criolla, Pepe Villalobos

Muchos lectores deben haberse preguntado por qué, a estas alturas de junio, no se ha escuchado hablar mucho de la Feria Internacional del Libro de Lima, realizada tradicionalmente entre julio y agosto cada año, sobre todo sabiendo que se trata de uno de los eventos culturales más importantes del país. El año pasado, como muchos recordamos, su edición fue virtual y no por ello menos exitosa, de manera que la pregunta por la FIL 2021 se caía de madura.

El presidente de la Cámara Peruana del Libro, Willy del Pozo, reveló algunos alcances en torno a la organización de la FIL de este año. En primer lugar, se está redefiniendo la fecha de la feria, que podría correr hasta fines de octubre e inicios de noviembre, pues se desea un evento presencial, respetando, claro está, aforos y protocolos. En tanto, se realizarán mini ferias en algunos distritos (ahora mismo hay una en Magdalena) entre este mes y setiembre.

Como acostumbra la FIL, cada año el evento se articula en torno a un tema. Este año, por obvias razones, el Bicentenario es el motivo central de las actividades que se programen, poniendo énfasis en la literatura de los países andinos. Los lectores esperamos prontas noticias sobre la marcha de estas propuestas. Lo mismo se espera del reglamento de la Ley del Libro, que debería verse en el próximo Congreso.

Y aunque la pandemia ha causado graves estragos en la economía del país, hay que saludar el enorme esfuerzo de editores y libreros por mantenerse en actividad. Saludo esa persistencia. Y como nos quedan todavía la mitad de este gris 2021, voy a intentar ponerle un poco de color con algunas novedades que irán apareciendo de aquí a diciembre (y de seguro habrá muchas más). Por ahora, toma nota, desocupado lector.

Revuelta continuará publicando clásicos peruanos y anuncia selecciones de dos textos mayores de nuestra tradición: Comentarios reales de Garcilaso y Nueva Corónica de Guamán Poma, además de una sorpresa en torno a José María Arguedas.

De Ediciones Copé llega el rumor de la puesta al día con la publicación de los Premios Copé 2019 y 2020, además de una suculenta (y muy completa, según fuentes cercanas a esta columna) antología de la microficción en el Perú, a cargo del narrador Ricardo Sumalavia.

La siniestra ofrecerá tres nuevos ensayos: Los silencios de la guerra. Memorias y conflicto armado en Ayacucho (Valérie Robin); Demonios encarnados. Izquierda, campesinado y lucha armada en Huancavelica (Ricardo Caro Cárdenas) y Viviendo bien. Género y fertilidad en los Airo-Pai de la amazonía peruana (Luisa Elvira Belaunde).

Animal de Invierno nos dejará navegar en las páginas de tres novísimas novelas: Discrepo (Víctor Lozada Andrade), No hay más ciudad (Francisco Izquierdo Quea) y otro título de la argentina Ariana Harwicz: Precoz.

Gafas Moradas lanzará, entre varios nuevos títulos un rescate editorial, Confesiones de Dorish Dam, de Delia Colmenares, primera novela peruana de temática lésbica, aparecida en 1919, que será devuelta a los lectores con prólogo de la escritora Claudia Salazar. Se suman a su catálogo Será ley, cuentos de Rosalí León-Cilioti que abordan la problemática femenina durante el Perú de la Independencia y un estudio de Margarita Saona titulado Despadre. Masculinidades, travestismos y cicciones de la ley en la literatura peruana.

Pesopluma pondrá en vitrina Kloaka y los subterráneos, una memoria del poeta Roger Santivañez en la que convergen el rock y la poesía de los 80; El legado, primer libro de cuentos del piurano Tadeo Palacios y El traje, escrito e ilustrado por uno de los Hermanos Magia, Gabriel Alayza.

Cierro este recuento parcial con Peisa, que pondrá ante los ojos de los lectores tres ediciones conmemorativas, para celebrar los cincuenta años de Un mundo para Julius, de Alfredo Bryce y los cuarenta de Las tres mitades de Ino Moxo, de César Calvo y de Noches de adrenalina, el libro emblema de la poesía de Carmen Ollé. También una antología de Mariela Dreyfus, titulada Arúspice Rascacielos y la nueva entrega narrativa de Leonardo Aguirre, Nueve vidas.

Mientras la feria toma cuerpo, querido lector, habrá mucho para leer. Larga vida al libro peruano. Amén.

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Feria Internacional del Libro de Lima

La escritora colombiana Pilar Quintana, reciente ganadora del Premio Alfaguara con la novela Los abismos (2021) consolida, con una obra breve, que incluye algunos cuentos y la magnífica nouvelle La perra, un estilo en el que brillan la economía del lenguaje, una habilidad para hablar sin tapujos de tabúes diversos (hay días en que se agradece la incorrección) y una mirada sobre las relaciones de género que se enfoca, sobre todo, en la experiencia cotidiana. Los abismos es, en esencia, una narración cuyo tema es el paulatino desgaste de una familia pequeña (padre, madre e hija) y su cada vez más amenazante disfuncionalidad. Lo interesante es que buena parte de la novela recoge el punto de vista de la niña –Claudia, igual que su madre–, quien adquiere conciencia precoz de las varias fisuras y medias verdades que conforman el mundo de los adultos.

En cierto sentido, esto podría configurar el relato del aprendizaje de Claudia (hija), a partir del resquebrajamiento de la inocencia, perfectamente simbolizada en una escena en la cual arroja su muñeca, llamada Paulina, por un barranco, y luego cuando le preguntan por ella responde con una perturbadora tranquilidad que la muñeca de ha suicidado. También se presenta el relato de Claudia (madre), una mujer castigada por el hastío, el desamor y la soledad, heridas que cura parcialmente con algunas aventuras extramatrimoniales y dosis excesivas de whisky. El padre, en tanto, es un ser absorbido por la rutina de su negocio, que acaso termina convirtiéndose en una especie de refugio personal.

La novela se articula en torno de una trama de secretos familiares y problemas intestinos que intentan ocultarse bajo el ropaje de las apariencias, cosas que la niña Claudia advierte, con una inteligencia clara que tarde o temprano empezará a intoxicarse de adultez. Su lenguaje es extremadamente económico, es incisivo y preciso, dando forma a un engañoso efecto de sencillez que oculta un arduo trabajo narrativo. A eso hay que sumar otro aspecto de interés: el punto de vista narrativo, que descansa mayormente en la mirada de Claudia (hija). Son los ojos de la niña los que nos guían por el abismo (los abismos, debiera decir) que los adultos construyen cotidianamente. Ella es testigo, es verdad, pero también le cabe el rol de protagonista. El relato de la debacle familiar recae fundamentalmente en ella.

Los temas de fondo no son menos interesantes: una niña en tránsito a ver la debacle que se cierne sobre su infancia –cada vez más privada de afectos– y un mundo adulto lleno de distorsiones y medias verdades, una familia que se va desintegrando entre un padre adicto al trabajo y una madre con problemas alcohol y aislamiento, que escapa del mundo enterrándose en la lectura de revistas frívolas. No hay una idealización de la familia sino un retrato crudo, irónico y mordaz. Si hiciéramos la analogía con un cuerpo, la familia en Los abismos estaría, digamos, a punto de descomponerse: huele mal, ha llegado a un grado muy alto de agotamiento y sus posibilidades de genuino afecto son esporádicas o, en todo caso, se reducen a escasos momentos. Una familia que vive, como si fuera un país a escala, una crisis diaria.

Los abismos. Bogotá: Alfaguara, 2021.

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Lenguaje, Los abismos, Pilar Quintana

En 1941 se publicó la primera edición de El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría. La novela fue escrita durante su destierro en Chile y ganó el concurso de novela latinoamericana convocado por la editorial neoyorquina Farrar&Rinehart, algo que sin duda contribuyó a un significativo éxito de ventas y de lectoría.

Ciro Alegría, para entonces, ya era un escritor consagrado y venía precedido del éxito de sus dos primeras novelas: La serpiente de oro (1935) y Los perros hambrientos (1939) le proveyeron renombre y prestigio. El mundo es ancho y ajeno se leyó en clave regional y dentro de los cánones del indigenismo.

Sin embargo, creo que, por su carácter épico y visionario, la novela ha sabido trascender esas etiquetas, porque con el indigenismo o sin él, El mundo es ancho y ajeno es, ante todo, una novela de la fractura nacional, algo que nos acompaña históricamente, a través del fracaso de sucesivos proyectos nacionales.

En términos novelescos, es una cumbre del realismo social, un clásico capaz de desbordar su horizonte e interpelarnos hoy mismo, en medio de una polarización entre dos modelos de comunidad: el occidental, “moderno” y el andino (sumar el amazónico), visto como “arcaico”, ignorado y peor comprendido desde la orilla hegemónica.

La novela narra la historia de la comunidad de Rumi, representada por su alcalde, Rosendo Maqui, oponente de Álvaro Amenábar y Roldán, un hacendado codicioso que por ampliar las fronteras de su hacienda despoja paulatinamente a Rumi de sus tierras.

El conflicto enfrenta dos cosmovisiones. Por un lado, la comunidad tradicional, enfocada en labores agrarias, en sus creencias, en su arraigo por la tierra; por otro, la economía feudal, que contaba con el aval del centralismo capitalino y su sistema de justicia, espacio en el que se daban las batallas legales entre campesinos y hacendados.

Este conflicto propone un cambio de perspectiva en relación con las dos novelas anteriores de Alegría. Tanto en La serpiente de oro como en Los perros hambrientos e, tiempo depende en parte de los ciclos naturales; en El mundo es ancho y ajeno, en cambio, predomina la causalidad histórica.

Y si en la base del conflicto está la idea antonómica “barbarie” (campo, comunidad agraria) y “civilización” (núcleos urbanos, latifundismo), Alegría la invierte: la barbarie no está en el campo, sino en el egoísmo y la incapacidad de los sectores dominantes de comprender los valores reinantes en las comunidades campesinas.

La rebelión de Benito Castro, aunque fracase, es paradigmática: la destrucción de Rumi ocurre en un horizonte de relaciones conflictivas y reclamos que incluso hoy no ha logrado ser resuelto. El mundo es ancho y ajeno sigue siendo un vasto fresco social cuyos latidos podemos sentir claramente en la actualidad.

Termino estas líneas recordando al propio Ciro Alegría: “Mi posición frente al indio no es la del patrón ni del turista. Claro que me convendría formar parte de esa vistosa colección de artistas y escritores regalados que todo lo resuelven con ponchos y faldas de colores y alguna historieta mas o menos curiosa o truculenta. Tienen éxito y forman una nueva clase de explotadores del indio. Pero tanto por experiencia e ideas cuanto porque entiendo que en una novela del pueblo deben entrar os conflictos del pueblo mismo, mi oposición personal frente al indio es de adhesión y como escritor asumo sus problemas básicos” (Novela de mis novelas, PUCP, 2004, p.206).

 

Testimonio de dos lectores

Alfredo Pita

“Mis impresiones sobre El mundo es ancho y ajeno son un tanto precoces. Fue la primera gran novela peruana que leí, hacia mis diez años, y fue un libro que, de algún modo, selló mi infancia, dándome a la vez conciencia del mundo y de nuestra sociedad, al tiempo que me confirmaba como lector de historias. La escena inicial, el encuentro de Rosendo Maqui con la serpiente, sigue viva en mi memoria, por su gran eficacia y plasticidad. Más tarde tuve conciencia de otra cosa: Alegría contaba el mundo serrano del norte y me había dejado la sensación, ya en aquel tiempo inicial, de que sus historias de algún modo me pertenecían. Este expresar el mundo de los otros, de contar el mundo de todos, es un claro signo de universalidad, me digo. Eso explica su fama temprana y merecida”.

 

Selenco Vega

Publicada en 1941, El mundo es ancho y ajeno consigue una verdadera proeza literaria: por un lado, plasma una historia conmovedora en la que los comuneros de Rumi, con Rosendo Maqui a la cabeza, se enfrentan al poder y la arbitrariedad del hacendado Álvaro Amenábar y Roldán, quien finalmente los despoja de sus tierras. Por el otro, el estilo y la estructura de la novela la dotan de ese valor artístico que sin duda, constituye el sello común de las grandes obras clásicas.

 

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Ciro Alegría, Literatura, Novelas

Muchos recordarán aquella escena de Conversación en La Catedral en la que Zavalita, luego de aquel largo diálogo con Ambrosio descubre que su padre guardaba un ominoso secreto. Es, acaso, una de las escenas más emblemáticas de la novela, que explica además el clima de malestar íntimo y existencial que acosa a Zavalita. Todas las familias guardan secretos, es cierto, pero los del padre parecen tener un peso y una densidad especiales.

Y líbranos del mal, la reciente novela de Santiago Roncagliolo (1975), articula su trama en torno a un secreto guardado por un antiguo colaborador de una secta religiosa que captaba jóvenes de clase alta y, so pretexto de educarlos espiritualmente, le dejaban una ventana abierta a la práctica del abuso sexual. Si el intertexto no le quedó claro todavía, querido lector, le recuerdo que hay una profunda investigación periodística acometida por Paola Ugaz y Pedro Salinas y multitud de otras referencias textuales y cinematográficas.

Roncagliolo elige un diseño sencillo pero altamente eficiente. Una narración lineal de base, con pequeños saltos hacia atrás y hacia adelante, lo que sin duda colabora con una lectura fluida en la que la tensión narrativa se acumula vertiginosamente, como saben hacerlo quienes manejan con pericia el arte de intrigar y de mantener en vilo a un lector. Y líbranos del mal, no es la excepción.

Otro aspecto destacable de esta novela es la manera en que se perfila la sicología de los personajes, desde una abuela decrépita que intenta ocultar el pasado de su hijo, ahora viviendo en Nueva York, a salvo, en teoría, de sus oscuras vivencias posadolescentes, hasta el nieto que viene a Lima y ejerce prácticamente de investigador, lo que le valdrá, finalmente, descubrir eso que tanto atormenta a su padre.

La madre, acosada por el alcohol, sumida en el desamor y la soledad del padre que se mantiene como administrador de un centro parroquial neoyorquino, ocultándose como puede de sus propias sombras. O los sacerdotes que van apareciendo en la novela, o Furiase, el cerebro de las casas de reclutamiento y líder de la extraña orden.

La sexualidad, la culpa, la sumisión, la disfuncionalidad, la esclavitud por el dogma son, entre otros, temas que van haciéndose lugar a medida que se despliega el argumento. En la ficción de Roncagliolo, al menos, uno encuentra cierta compensación: el hijo logra descubrir los hilos y las heridas que ha dejado el pasado en el padre, desde el recuerdo de los jóvenes abusados hasta un presente de sombría irritación. En la realidad, como se sabe, hay numerosas víctimas esperando la hora de la justicia y la necesaria y obligada reparación.

La escritura de Y líbranos del mal, gatillada por una serie de historias fácticas y documentadas en relación con crímenes sexuales cometidos por altos miembros de la iglesia, nos invita a la reflexión sobre el lugar de las víctimas y a preguntarnos, también, por la indolencia, el cinismo negligente y la inexplicable lentitud con que se han abordado estos casos.

Y líbranos del mal. Lima: Planeta, 2021.

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Literatura, Perú, Santiago Roncagiolo
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