Las entrevistas a un escritor registran no solo palabras de coyuntura (la publicación de un nuevo libro o un premio son siempre motivos), sino además van fijando la sensibilidad, el carácter, el temperamento y las ideas con las cuales se ha construido el particular universo en que habita cada creador. Una vez reunidas estas conversaciones, uno como lector queda ante una suerte de fresco verbal, la reconstrucción de un testimonio personal y un ordenamiento del proceso mental y creativo a través del flujo de las palabras. El género confirma, de paso, la especie de hermandad que existe entre el periodismo y la literatura.

 

Digo todo esto motivado por la reciente aparición de un verdadero tesoro: Entrevistas a Blanca Varela, compiladas impecablemente por Jorge Valverde Oliveros. El volumen está ordenado cronológicamente, ha sido ilustrado con fotografías de alta calidad (algunas poco conocidas) y al final del volumen una rigurosa cronología biográfica nos impide olvidar el tránsito vital y literario de nuestra gran poeta.

 

Cierto es que no todas las entrevistas ofrecen el mismo atractivo, aunque debemos apuntar que, en un horizonte común, ninguna de estas piezas carece de valor documental, algo que en última instancia constituye la aspiración natural de todo texto que, como una entrevista, contenga el diálogo con una figura de los quilates de Blanca Varela.

 

Como sabemos, Blanca Varela pertenece a la gran Generación del 50 y es una de las poetas más importantes de nuestra tradición. Ajena a esa inútil polémica entre “puros” y “sociales”, Varela resuelve el falso dilema con una poesía cargada de tinte existencial, que expresa la condición femenina no desde una propuesta programática sino desde el propio tejido metafórico de sus poemas, entre los más notables, “Monsieur Monod no sabe cantar”, de donde cito: “Querido mío/ te recuerdo como la mejor canción/ esa apoteosis de gallos y estrellas que ya no eres/ que ya no soy que ya no seremos/ y sin embargo muy bien sabemos ambos/ que hablo por la boca pintada del silencio/ con agonía de mosca/ al final del verano (…)” .

 

Una poeta que apostó muchas veces por el minimalismo, la expresión desnuda y contenida de las palabras fue, coincidentemente, una mujer de pocas palabras, poco tolerante a los asedios mediáticos, pero capaz de declarar siempre con honestidad sobre sí misma y su proceso artístico. Así, en la página 55, por ejemplo, Peter Elmore y Federico de Cárdenas le preguntan: “¿Qué tipo de escritora cree que es?” Llega sin demora la respuesta: “Miren, creo que hay dos tipos de escritores: los que escriben desde la conciencia y los que escriben desde el otro lado, desde una zona muy próxima a la locura. Creo que soy alguien que al trabajar con esta materia tan delgada de la literatura, trata de rescatar algunas cosas, algunas evidencias, de ese otro lado irracional –pero no necesariamente inconsciente– desde el cual escribo”.

 

Por supuesto hay mucho más. Y eso permite trazar un itinerario, algo siempre útil al lector. Hay conversaciones notables desde el punto de vista literario; otras informan de esa tortuosa vitalidad que en Banca Varela era el motor de su propia escritura y una en particular, la discutida entrevista publicada por la revista Casa de Citas, que queda inscrita en una historia de ribetes polémicos. Creo que los lectores más asiduos y leales de Blanca Varela (quisiera sumarme a ellos) encontrarán en este libro eso no dicho en sus poemas, pero igualmente inasible: el misterio de la escritura en palabras igualmente cargadas de misterio.

 

Entrevistas a Blanca Varela. Edición de Jorge Valverde Oliveros. Lima: Isagoria, 2020.

 

Se tiene la impresión, muy relativa, de que en el Perú la tradición de discursos autobiográficos es magra en títulos. Yo diría más bien discontinua. De ahí que la aparición de una autobiografía, un epistolario, un libro de memorias o un diario concita casi siempre atención crítica. Es el caso de Vida interna, la autobiografía de Dora Mayer (1868-1959), un personaje decisivo en la historia de las reivindicaciones indígenas y feministas en nuestro país.

 

La remozada edición que aparece ahora, honra la memoria de su autora, que ya había decidido el título, detalle que omitió la edición de 1992 del Seminario de Historia Rural Andina, dirigido por Pablo Macera, que la publicó con el título de Memorias. Como indica el editor de este valioso texto, Joel Rojas, Vida interna constará de dos volúmenes que incluirán dos partes inéditas, seis en total, sumadas a los cuatro capítulos conocidos de esta autobiografía.

 

Es preciso hacer la distinción entre memoria y autobiografía, pues su sinonimia nos lleva a engaño. La memoria selecciona hechos puntuales de la existencia, de la trayectoria de la persona, no intenta un acercamiento de carácter global ni necesariamente secuencial a la experiencia de la persona. Cuando revisamos El pez en el agua, de Vargas Llosa o las Antimemorias de Bryce rápidamente nos damos cuenta de que se trata de textos que tienen un carácter fragmentario.

 

La autobiografía, en cambio, tiene un propósito más abarcador y, quiéralo o no, construye una imagen más completa –aun a pesar de su evidente parcialidad– de la persona. Y tiene también, por lo general, un desarrollo secuencial que intenta reflejar la evolución personal –ya sea en términos sicológicos o intelectuales– y los cambios de mayor importancia sufridos en esa travesía de la vida a través de la escritura.

 

En cuanto al texto que comento, se evidencia el intento de registrar un amplio arco temporal, que se inicia con la llegada de Mayer y sus padres desde Hamburgo hasta el Callao, donde se instalan, primeramente, punto de inicio de su aventura peruana. La niñez, la adolescencia, la formación intelectual, la vocación por la escritura van sucediéndose en un relato ordenado y en cierta forma análogo al que se puede encontrar en una novela de formación (bildungsroman).

 

Dora Mayer fue una destacada activista por los derechos de los indígenas; también fue una personalidad muy importante en el movimiento feminista peruano. Como se recuerda, fundó junto a su esposo en pensador Pedro Zulen y Joaquín Capelo una importante organización llamada Asociación Pro Indígena, que entre 1909 y 1916 se ocupó de difundir y buscar solución a los problemas más álgidos de las comunidades indígenas peruanas.

 

El primer volumen no hace sino alimentar el deseo de ver pronto en librerías el segundo. Se trata de una narración pulcra, de una intimidad sin exceso y manejada con elegancia elocuente y un relato en el que van apareciendo notables personajes de nuestra vida intelectual y política, desde Mariátegui hasta el mismísimo Augusto B. Leguía. Dora Mayer es autora de una obra vasta y de gran significado social, que merece ser republicada y difundida para bien de todos. Algún día será. Mientras tanto, rindámosle tributo leyendo las palabras con las que tejió este notable relato de vida.

 

Vida interna. Autobiografía de Dora Mayer. Edición de Joel Rojas. Tomo I. Lima: Heraldos Editores, 2020.

 

Cementerio general, de Tulio Mora (1948-2019) es un libro único en la tradición poética peruana. Y lo afirmo no solo por su temática, amplísima y documentada, sino además por constituir un ambicioso retrato coral de la experiencia histórica peruana. No podría decir que el proyecto de Mora se mueve exclusivamente en el terreno épico, aun cuando guarda indudable relación con él; de primera impresión, parecería más preciso pensar Cementerio general en el contexto programático de Hora Zero, movimiento de marcada influencia en la poesía de los 70 y del que Mora fue un destacado miembro y estudioso. ¿Pero, finalmente, dónde está, cuál es el lugar de un libro como este?

 

Una cuestión relevante es el lugar desde el cual se enuncian los 77 poemas que conforman esta bella edición de Cementerio general. Ese lugar es un espacio contrahegemónico, en el que los postulados de la historia oficial son sometidos a examen crítico y en el cual cada personaje, desde los más canónicos como Garcilaso o Guamán Poma hasta la cantante Flor Pucarina, constituye una estancia en un libro de indudable carácter polifónico. Bajtín pensaba la polifonía como el conjunto de planos autónomos de conciencia que aparecen en un texto determinado. Al recorrer Cementerio general, el lector no solo reconoce que la poesía construye una articulación crítica frente a la historia, sino también que cada una de las 77 voces presentes, si bien, individualizables en su mayoría, adquieren plano valor y coherencia en el conjunto.

 

El libro se inicia con una especie de obertura, que se preocupa de establecer un trazado histórico basado en la antigüedad del hombre peruano. Poemas como “Pikimachay”, “Toquepala” o “Chavín” nos hablan e interpelan desde la historia, desde momentos relevantes de nuestro propio desarrollo histórico y cultural: la necesaria presencia de la reconstrucción simbólica de eso a veces inasible y resbaladizo que llamamos “lo peruano”. Esos poemas iniciales anticipan de alguna forma el resto del volumen, al menos en su indiscutible vocación por la ironía y la insumisión frente a la historia oficial.

 

El coro es pues diverso. Por sus páginas desfilan mujeres singularísimas, soldados de diversa laya, rebeldes, montoneros, ideólogos, historiadores, viajeros y cronistas consumados, artistas populares, vidas cegadas por la indiferencia y la brutalidad con que el Perú castiga a algunos de sus hijos. El resultado: una historia coral que cuestiona los vicios de la representación oficial de personas y sucesos de nuestra historia.

 

La composición de los textos es, asimismo, producto de una intensa experimentación con el discurso, lo que pone en evidencia las distintas estrategias de construcción de los poemas, apelando al collage intertextual, interpolando con propiedad rítmica fragmentos de cartas, crónicas y otros documentos históricos. Es interesante notar que ese sentido de la experimentación será mayor en la medida en que la temporalidad avanza: los poemas de temática más contemporánea son precisamente los más preocupados por romper las fronteras convencionales de lo poético para inscribirse en una dinámica de hibridez y someter al lenguaje a torsiones libres, violentas, legítimas.

 

En suma, quisiera decir que este libro no puede ya permanecer en los límites de su generación, que Cementerio general es, en palabras simples, uno de esos grandes tesoros de la poesía peruana, un libro que nos contiene y nos confronta a todos. Y hago eco aquí de sus versos finales, dichos por Rosa Campana, adivina de Zaña: “Ésta es nuestra gloria:/ haber escrito –indios, negros,/ chinos, blancos– en los laberintos/ de la sangre y la pobreza/ la memoria del azar y la sobrevivencia./ Una y mil veces se lo digo a mis paisanos/ mientras balanceo mi mecedora:/ más presagios preñará el río,/ pero aquí estaremos todos/ escribiendo el poema de la vida”.

 

 

El año pasado se conmemoró el centenario del nacimiento de Chabuca Granda y, de no haber sido por la pandemia, la celebración hubiera sido mucho más visible y merecida. Hablar de Chabuca Granda es hablar de una figura que excede el límite conceptual que nos impone la palabra “compositora”, porque Chabuca Granda es, en lo fundamental, una poeta.

 

El lenguaje de sus canciones, incluso el de las más tradicionales no están exentas de brillo metafórico e imágenes de enorme sutileza. Sin embargo, debe subrayarse que al menos podemos notar dos etapas en su trabajo: una primera, enmarcada en la experiencia de Lima y sus personajes, donde se inscriben diversas coplas con nombre propio y temas como “La flor de la canela”, “José Antonio”, “Fina estampa” o “Puente de los suspiros”; y una segunda, caracterizada por una abierta exploración de nuevas posibilidades, incluyendo una apropiación creativa tanto de ritmos afroperuanos como de distintas sonoridades latinoamericanas.

 

Alguna vez le preguntaron al guitarrista Lucho Gonzales qué palabra definía mejor el universo de Chabuca Granda. Su respuesta fue: “vanguardia”. ¿Y qué es vanguardia sino el dominio de la tradición que se va a romper, el conocimiento acabado de aquello sobre lo que se va a practicar alguna innovación? Esto es precisamente lo que hay que decir de sus composiciones: que abren puertas, que aprovechan lecciones del pasado y se proyectan hacia el futuro. Temas como “Cardó o ceniza”, “Ríos de vino”, “Ese arar en el mar”, “Vértigo” o “Las flores buenas de Javier” (una de varias dedicadas a la absurda muerte de Heraud) pertenecen por derecho propio a la poesía. Que se escribieran para ser cantadas solo puede enriquecer su condición primera.

 

He dicho todo esto para saludar la aparición de tres libros formidables y que serán sin duda punto de partida para futuras investigaciones sobre el legado de Chabuca Granda. El primero de ellos, Las palabras de Chabuca, es una compilación de las mejores entrevistas concedidas por ella y reunidas por Alberto Rincón Effio, Cito, de la entrevista con César Hildebrandt: “¿Qué es ser peruana para ti, Chabuca? Bueno, ahora es un sufrimiento… Te lo digo en serio… (…) te diré que ser peruana es como tener una angina, como la que tengo, es tener algo malo y crónico, un dolor de siempre… ¿Qué es ser peruano? De repente es no creer…” (p.126).

 

El segundo libro es propiamente un ensayo biográfico y de análisis musical: Llegó rasgando cielos, luz y vientos. Vida y obra de Chabuca Granda, escrito pro Rodrigo Sarmiento Herencia, un destacado estudioso de la música peruana. El libro se divide en dos partes, una dedicada al examen biográfico, que incluye preciosas fotografías; otra que ingresa en el terreno del estudio de la música en sí, complementada con una completa discografía y una selección amplia de las canciones de Chabuca. Extraigo este fragmento de una de las canciones para el poeta Javier Heraud, titulada “Un bosque armado / La canoa”: “Un guerrillero muerto y un remero, / una canoa en Puerto Maldonado, / una campana estalla bajo el agua, / un guerrillero muerto y un remero, / un viaje largo vuelve con el río, / voy a dormir el resto de mi asombro” (p.235).

 

Finalmente, una edición que yo llamaría definitiva de la obra de Chabuca Granda. Cantarureando / Canterurías contiene el cancionero conocido, a lo que se añaden más de cien letras inéditas. Música y poesía unidas en un milagro de papel que nos invita a conocer, de manera más sistemática y orgánica el sugerente mundo creativo de una de las personalidades más importantes de nuestra cultura. Cierro este recuento con una propuesta de estrofa del Himno Nacional que compusiera Chabuca Granda y que nunca se hizo oficial, aunque no sería mala idea hacerlo ahora: Gloria enhiesta/ en milenios de historia/ fue moldeando el sentir nacional, / y fue el grito de Túpac Amaru / el que alerta, el que exige, / el que impele hacia la libertad; / y el criollo y el indio / se estrechan / anhelantes de un único ideal, / y la entrega del alma / y la sangre / dio colores al mensaje / del emblema / que al mundo anunció / que soberano se yergue el Perú, / se yergue el Perú…” (p.157).

 

Las palabras de Chabuca. Lima: Planeta, 2020.

Llegó rasgando cielos, luz y vientos. Vida y obra de Chabuca Granda. Lima: Ministerio de Cultura, 2020.

 

.

Cantarureando / Canterurías. Lima: Fundación BBVA y Grupo Editorial Cosas, 2020.

 

Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) es uno de los escritores latinoamericanos más interesantes de la escena contemporánea. Aunque inicia su carrera literaria como poeta (Bahía inútil, su primer poemario, data de 1998) es la narrativa el terreno en el que su obra ha logrado un unánime reconocimiento.

 

La trilogía formada por Bonsái (2006), La vida privada de los árboles (2007) y Formas de volver a casa (2011) posicionó rápidamente a Zambra como un narrador capaz de construir un universo personalísimo, que giraba en torno a la vocación por la escritura y por el que seguramente es uno de los fantasmas históricos más densos de Chile: la dictadura de Pinochet. Toda la trilogía está marcada por un lenguaje económico, de ánimo indudablemente minimalista.

 

La tentación de vincular a algunos personajes de esta trilogía con el propio Zambra –en especial a los que escriben o tienen alguna vinculación con la práctica literaria– es un riesgo permanente, pero si por algo existe la ficción es para tendernos un velo de misterio.

 

Otro libro de Zambra, Mis documentos (2013), además de ser su primera incursión en el relato breve, arroja luces más claras sobre ese vínculo, aunque el texto se mueve en una frontera híbrida, pues toma elementos no solo del cuento, también del ensayo, el diario y la memoria. Sin llegar a ser un texto declaradamente autobiográfico, la sensación de identidad con el autor material podría ser, en este caso, más intensa.

 

Dejo aparte, en este recuento, Facsímil (2014), un libro propiamente experimental, que se acerca mucho a la idea de obra abierta y cuya fórmula narrativa (un simulacro de examen de admisión universitario) ofrece en cada respuesta innumerables opciones de interpretación, un recurso que ya había usado Cabrera Infante en una página perdida de su notable Exorcismos de Esti(l)o (1976).

 

Poeta chileno (2020) es la reciente entrega de Zambra. Una novela de mayor aliento, que abandona esa obsesión por la brevedad y la concisión que se había constituido en uno de los más notorios rasgos de su estilo. El título nos coloca, una vez más, en el centro del universo de Zambra, esa mezcla de displacer cotidiano e impulso creador que afiebra frecuentemente a sus criaturas.

 

Uno de los personajes centrales de este libro, Gonzalo, busca afiliarse, pertenecer a un ámbito que no es otro que el de la poesía chilena, especie de familia alterna, pues la biológica, aquella de la que proviene, tiene un carácter disfuncional. Lo genuino y su impostura van formando, a lo largo de la narración, pares conceptuales: padre/padrastro, hijo/ hijastro, poeta/poetastro, familia/familiastra. Los sentidos se deslizan, creando contextos de ironía y por momentos de sarcasmo, a la vez que ponen al desnudo todo un mundo de carencias y conflictos afectivo-emocionales.

 

El propio Gonzalo tendrá, en Vicente (su hijastro) su contraparte. Gonzalo estudió literatura, con toda la carga de escepticismo que los otros suponen en sociedades como las nuestras y tiene claro que quiere ser poeta, que no es lo mismo que simplemente escribir poemas. El poeta es un constructo, desde el nombre: Gonzalo Pezoa, en clarísima alusión al gran poeta portugués, fue una entre varias posibilidades de nom de plum, felizmente desechada. Vicente, influido por Gonzalo, desea también seguir sus pasos. “Parrita”, lo llaman algunos, causándole un evidente fastidio.

 

Detrás del sarcasmo, los juegos de palabras, las inverosímiles combinaciones para un improbable bautizo poético, existe un velado tributo a la poesía chilena, hay que decirlo, una de las tradiciones más poderosas del mundo hispano. Del mismo modo, el retrato de las diferencias generacionales entre Gonzalo y Vicente, a veces crudas, no esquivan tampoco mostrar sus momentos de conmovedora cercanía. En esos contrastes habita, sin duda, la poesía.

 

Poeta chileno. Barcelona: Anagrama, 2020.

Los géneros autobiográficos suelen tener dos encantos irresistibles: el primero, la posibilidad de hurgar en la intimidad del personaje; el segundo, una cercanía con la verdad fáctica que la ficción, como mandan los manuales, esquiva, esconde y enmascara de todas las maneras posibles.

 

Tampoco se trata de asumir, como lector, un papel inocente y creer letra a letra lo que dice una memoria, un diario o una autobiografía. La lectura de estos textos es siempre problemática, partiendo de su más radical y manifiesta imposibilidad: relatar de manera total la experiencia.

 

Su naturaleza, entonces, es fragmentaria y, sobre todo, confesional. El autor elige escenas significativas de su propia existencia y las rememora; selecciona personajes y traza el vínculo construido con ellos, pero, sobre todo, construye una imagen de su propia persona.

Estas reflexiones vienen a cuento a propósito de haber leído, con interés y placer, Confesiones de una editora poco mentirosa –aparecido originalmente el 2005–, de Esther Tusquets, volumen que llegó a Lima el año pasado en novísima edición, pero cuya difusión fue de hecho entorpecida por la pandemia.

 

Se trata del primero de tres volúmenes de memorias de la destacada escritora y editora, fundadora de la editorial Lumen, célebre por un catálogo de libros entre extraños y exquisitos que muchos recuerdan como una muestra de singularidad rara vez lograda por otros sellos. Los dos títulos que completan la trilogía son Habíamos ganado la guerra (2007) y Confesiones de una vieja dama indigna (2009).

La historia de una editora se entrecruza con la historia de la literatura misma, su figura es la de una suerte de coautora en la transformación del texto en libro, la conductora de ese mágico proceso –invisible a los lectores– por el cual un manuscrito (¿a qué se podría llamar hoy un manuscrito?) terminaba en las vidrieras de una librería.

 

Pero una editora que es además escritora, y eso Tusquets de sobra lo sabía, tiene un pie en cada orilla y, por lo que se lee en esta memoria, establece relaciones con los autores que edita para las que no encuentro mejor palabra que la complicidad, que es incondicional con los textos, pero relativa con las personas.

 

Así, al final del capítulo en el que narra pormenores de sus tratos con Camilo José Cela, remata, luego de poner de relieve la calidad de buena parte de su escritura: “Era un buen escritor, pero detrás de la aparatosa fachada no había (…) un ser que humanamente pudiera interesarme” (p.52).

 

Otro ejemplo tiene que ver con Mario Vargas Llosa, quien publicó en Lumen aquella irrepetible edición de Los cachorros con las fotografías de Xavier Miserachs. El texto iba y venía de Vargas Llosa a Tusquets, porque su autor, acusa la editora padecía de un perfeccionismo sin “límites ni remedio” (p. 68).

 

La aventura de editar, es una frase que podría sintetizar este libro, lleno de grandes personajes, de figuras míticas del campo literario, excepto por el último capítulo, que da cuenta del final abrupto e injusto de su carrera como editora. Tanta alegría necesitaba unas cuantas gotas de tristeza.

 

Confesiones de una editora poco mentirosa. Lumen: Barcelona, 2020.

Mujer rota es el título de la reciente novela de Irma del Águila (Lima, 1966). El título, además de evocar uno de los libros más célebres de Simone de Beauvoir, La mujer rota, que en tres piezas narrativas impecables desmenuza los pormenores del desequilibrio escandaloso que pesa sobre sus tres protagonistas, mujeres aplastadas por el infortunio sentimental y, sobre todo, por la desigualdad.

La novela de Irma del Águila no es de ningún modo derivativa, pero de alguna forma se suma al coro. Relata la historia de una mujer perteneciente a la nobleza, Sofía Carlota de Baviera, en el contexto del nacimiento de la siquiatría moderna. La narración se coloca en un horizonte crítico: esa siquiatría incipiente pone sus herramientas al servicio de la prolongación del orden patriarcal.

Sofía Carlota ha contraído matrimonio con Fernando de Alençon, uniendo de este modo a la nobleza de Baviera (ella pertenece a la casa de Wittelsbach) con la casa de Orleans. Profundamente infeliz en su matrimonio, Sofía Carlota busca alivio en los brazos de un amante. Sorprendida en el delito de infidelidad (permitido, eso sí, entre varones), la familia de Fernando de Alençon se apura en esconder el pecado y en fabricar un caso siquiátrico, excusa perfecta para internar a la infeliz Sofía en un sanatorio.

Es entonces cuando aparece uno de los tres ejes que sostienen el relato: los inicios de la siquiatría moderna entran en acción, convirtiendo el cuerpo de Sofía en objeto de control y vigilancia, sometiéndola a tratamientos que hoy se considerarían de valor dudoso. El objetivo es dominar la libido de la paciente y refrenar sus ansias de libertad (no le puedo negar a Sofía un cierto aire Bovaresco), reprimidas siempre por una sociedad y una práctica médica de entraña patriarcal.

El segundo eje del relato es el concerniente al retrato de época, no exento de épica: parte de esta historia transcurre durante los sucesos de la Comuna de París, en 1870, cuando obreros, mujeres y miles de ciudadanos, en un auténtico movimiento republicano, alzaron la voz contra el sitio a que los prusianos sometieron a la capital francesa.

El tercer eje tiene que ver con la presencia, en la novela, de varios apartados en los que el narrador se dedica a relatar puntillosamente las cuestiones referidas a los males siquiátricos de Sofía Carlota, desde la neurosis hasta la histeria, pasando por el ya clásico cuadro de melancolía. No pude evitar recordar aquí, aunque se trata de una clave radicalmente distinta, las notas a pie de página que van acompasando los sucesos de El beso de la mujer araña (1985), de Manuel Puig. En suma, se trata de una novela cautivante, que a pesar de su ubicación histórica no deja de tener nexos con la actualidad y que demuestra, una vez más, el buen momento por el que pasa la literatura escrita por mujeres en nuestro país.

Mujer Rota. Lima: FCE, 2020.

En la práctica periodística la entrevista es uno de los géneros más socorridos, sobre todo si se trata de explicar asuntos coyunturales. La mayoría de veces, el efecto de estas palabras tiene una duración efímera y excepcionalmente queda retenido en la memoria de los lectores o de la audiencia. Son diálogos de ocasión, resueltos en espacios de una brevedad grosera y con unos criterios de edición que casi siempre dejan que desear.

Pero hay otro tipo de entrevista, llamada a perdurar. Es la entrevista de personaje, esa que en el diálogo proyecta el temperamento y la personalidad de un creador o de alguien dotado de un talento singular. En estas entrevistas, por lo general, no se sucumbe a banalidades, se busca explorar con rigor, se busca explicar con hondura los sentimientos, las percepciones, las ideas de la persona. Claro está, en los medios más convencionales reina la tiranía del texto breve y la creencia –ya arcaica– de que el lector es fundamentalmente un idiota que se aburre rápido y que lo ignora todo y a quien más de mil palabras podrían provocarle un corto circuito cerebral.

Apunto estas ideas a partir de la llegada a Lima de dos volúmenes impecablemente editados por Acantilado, que contienen una muestra de cien entrevistas a grandes escritores de todo el mundo publicadas en la mítica The Paris Review, entre 1953 y 2012. Desde ya, se trata de un libro escuela que responde casi siempre con suficiencia la pregunta: ¿cómo hacer una entrevista de fondo? Es posible que los dos volúmenes se dirijan en primer término a lectores de literatura dotados de un cierto bagaje de conocimientos y lecturas; sin embargo, un mérito de esta compilación es que del mismo modo podría incentivar la curiosidad por descubrir a un autor.

Me pongo como ejemplo. Mi conocimiento del mundo de John Irving (1942), por mencionar un caso, es prácticamente nulo. Pero luego de leer la entrevista de Ron Hansen (volumen II, pp. 1557-1587) y en especial la declaración: “Sigmund Freud fue un novelista con formación científica, aunque él no supiera que era novelista. Y como tampoco los condenados psiquiatras que han venido después de él se han dado cuenta de que era un novelista, han interpretado de un modo completamente demencial sus intuiciones” (p.1565), me parece haber recibido una invitación muy tentadora a buscar algo de Irving.

Imagine ahora un mapamundi de escritores. Estarán, estoy seguro, la mayoría de los canónicos, entre nobeles y otros distinguidos con premios importantes y tocados por una fama que no sería exagerado llamar ya universal. Por nuestra lengua aparecen Gabriel García Márquez, Guillermo Cabrera Infante, Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Camilo José Cela (con la petulancia de siempre), Javier Marías y Jorge Semprún (ninguna mujer de habla hispana en la selección, lo que resulta un poco ominoso y no es por pedir paridad). De cualquier forma, son cien entrevistas para perder el aliento.

The Paris Review. Entrevistas (1953-2012). Traducción de M. Belmonte, J. Calvo, G. Fernández Gómez y F. López Martín. Barcelona: Acantilado, 2020.

En cada tradición literaria hay autores que alcanzan un sitial raramente disputable. Si hablamos del Perú uno de esos lugares, sin duda, lo ocupa el poeta César Vallejo. ¿Cómo explicar la poderosa atracción que sigue ejerciendo Vallejo o la torrencial producción crítica e interpretativa sobre su escritura si no es por sus méritos estéticos, la rotundidad de sus mensajes vitales, solidarios, profundamente humanos y la trascendencia que tiene su obra en el contexto universal? Vallejo ha dejado la vida terrena para instalarse en una suerte de esfera mítica, donde solo nombrarlo ya es una invitación a la lectura devota de sus textos

Miguel Pachas Almeyda, biólogo y educador de profesión y vallejista por convicción, ha dedicado varios años de su vida a reconstruir la experiencia vital del poeta, como muestra su ambiciosa biografía ¡Yo que tan solo he nacido! (2019) o los volúmenes César Vallejo y su América hispana (2014) y Georgette Vallejo al fin de la batalla (2008). Cada uno de estos libros supone un enorme esfuerzo investigativo particular, pero los une irremediablemente la pasión por Vallejo.

Hoy Pachas Almeyda nos entrega Anécdotas y curiosidades de César Vallejo (2020). Como su título permite deducir, se trata de una colección de breves relatos cotidiano-literarios protagonizados por el mayor de nuestros poetas. ¿Y por qué es importante un anecdotario? El poeta Luis Eduardo García nos da la clave en su breve prólogo: porque permite establecer la conexión entre la experiencia vital y la escritura y no por un afán biografista sino porque en el caso de Vallejo resulta muy difícil, a veces, separar estas la dimensión del hombre y la del artista.

“Las anécdotas –dice García– cobran más importancia porque desentrañan la relación misteriosa de Vallejo con el lenguaje, en la que siempre se mostró como un superdotado. Por un lado, está el creador que a fuerza de inventiva y audacia hizo añicos la sintaxis y la semántica del español (…) y, por otro lado, la del profundo degustador de la oralidad, del sonido y del ritmo de las palabras” (p.9-10).

Estas historias cotidianas, además de reflejar el aspecto vital y humorístico del temperamento de Vallejo, nos ponen también en horizontalidad con él, humano, finalmente humano. Uno de estos textos habla, por ejemplo, de la memoria prodigiosa del poeta. En cierta ocasión, Vallejo y su grupo de amigos habían quedado en encontrarse en la Plaza de Armas de Trujillo para ir a almorzar. Pero faltaba uno: Óscar Imaña. A Vallejo le encomendaron que lo buscara y así lo hizo. Al llegar encontró a Imaña a segundos de haber culminado un poema que Vallejo leyó de inmediato. Ya en el almuerzo, Vallejo le pide a Imaña declamar el poema. Imaña dijo que no lo recordaba. Entonces, para sorpresa de su autor, Vallejo lo declamó sin olvidar un respiro. Una de muy variadas perlas que el lector degustará en un libro que, en su brevedad, es capaz de devolvernos a Vallejo vivo en sus palabras y en sus actos.

Anécdotas y curiosidades de César Vallejo. Editorial Infolectura. Trujillo, 2020.

Página 5 de 5 1 2 3 4 5