Bremen, Múnich y Hamburgo no son lo mismo para un peruano amante del fútbol que Berlín, Dortmund y Sttugart. Las tres primeras pertenecen a un conjunto especial, solo apto al reconocimiento de aquellos peruanos conectados a la coyuntura de la pelota. Para cualquier otro ser humano, incluso otro peruano, serían todas seis de las ciudades más grandes de Alemania. A lo mucho. Y ya.

En Alemania empiezan las tardes cuando en Perú empiezan los días. Por eso la Bundesliga es para el peruano un deporte mañanero. Y algunos despistados quizás no puedan distinguir cómo así los alemanes toman cerveza en las tribunas cuando es la hora del cafecito, el jugo y el cereal. Qué envidia, dicen muchos. Para otros, esas mañanas de Bundesliga, hace una década, tenían un sabor especial.

Claudio Pizarro era el delantero titular de un equipo alemán. El indiscutible. Siempre, cada domingo. Como lo sería hoy un Haaland o un Lewandowski. Paolo Guerrero hacía lo mismo algunos kilómetros más allá. Y hasta Jefferson Farfán fue, por algunas temporadas cercanas, un volante por derecha que se comparaba con un Sané o un Coman. Y todos eran, pues, bien peruanos. Orgullo nacional.

Vale la pena recordarlos hoy, un 28 de julio. Qué atacantes tenía el fútbol de Perú en el extranjero. Dejaron una huella imborrable en el fútbol alemán, aquel que es el más ganador de la historia de este deporte. Los tres, en niveles diferentes. Y cuánto significó para grandes y más aún jóvenes hinchas de fútbol peruano aquellas mañanas alemanas, con la música de Beethoven, por la pantalla de CMD y la narración de Luis Carrillo Pinto.

Gianluca Lapadula es eso para el fútbol peruano de hoy. Tarde, pero lo es. En tan solo pocos meses, con poca información y en medio de una pandemia. Aún habiendo pisado el Perú un par de veces, siempre con un presidente nuevo en el mando -misma situación que se repetirá en setiembre-. Se puede decir que Gianluca pone un presidente, así de importante es. A partir de la temporada que empieza en agosto, Lapadula es el Luke Skywalker peruano.

Ha vuelto entonces esa ilusión por ver si el delantero nacional de moda puede mojar las redes cada fin de semana en su club. Sin embargo, hay una interrogante que parece una duda existencial y que se sigue extendiendo a pesar de que ya acabó la Copa América y Lapadula ahora vale en el mercado de fichajes más de cuatro millones de euros. ¿En qué equipo va a jugar Gianluca?

Por segunda vez en dos años, Lapadula vio como su equipo descendió de categoría. En esta campaña mucho más activo y participante que en la anterior, con el Lecce. En el Benevento, que empezó con buen pie la temporada pero fue perdiendo ritmo, el peruano fue el nueve titular. Incluso lo siguió siendo cuando se consiguió el préstamo de joven delantero argentino, Adolfo Gaich, para probar suerte y superar la categoría. Ni un argentino salvó el destino final.

Benevento se fue a segunda y Lapadula ha sido puesto en opción de compra. Las manos del club italiano están abiertas para recibir una oferta adecuada. Puede que sea la primera vez en toda su historia que un club tan pequeño como ese reciba en millones una transferencia por un jugador. Nunca han valido tanto en su planilla. Se trata de un equipo modesto que acaba de vivir tan solo su segunda temporada en primera división. 

Y existe esta situación, en realidad, gracias a la selección peruana. En cualquier otro contexto, un jugador como Lapadula sería un costo perdido para el Benevento. No quedaría de otra que, a sus 31 años, perseverar en el equipo, jugar la Serie B y luchar por volver a primera. Quizás venderlo por poco a otro club que pelee el descenso en la Serie A. A Lapadula los apenas ocho goles de la temporada no le alcanzaron para hacerse ver como el diferente de un equipo fracasado. 

Pero pasó el milagro. En un mes, Lapadula es un héroe peruano, tiene más prensa que nunca, quizás más que cualquier otro delantero del fútbol italiano, en realidad. Es ídolo de un país futbolístico, y es la esperanza titular indiscutible de una selección que intentará llegar a un Mundial por segunda vez consecutiva. Vale decir que esto solo ha ocurrido una vez (Argentina 78 y España 82) en noventa años. 

Entonces, ¿Dónde va a jugar Lapadula? El Benevento prefiere venderlo, quizás intentar extender la sesión de Gaich (que intentará buscarse un mejor futuro tras jugar Tokio 2020 con Argentina) o traer a otro delantero más barato para reforzarse. Ya lo dijo el gerente deportivo del club, Foggia. Si hay ofertas, se evaluarán en beneficio del equipo.

Los rumores empezaron por el fútbol italiano. Parecía que el Torino quería regresar a un hijo prodigo a su ciudad natal. Lapadula nació en Turín e hizo divisiones inferiores en la Juventus. Pero en el Torino hay un jugador leyenda con la camiseta nueve que es titular indiscutible hace más de seis temporadas, y ahora también titular de la selección italiana. Solo sería una opción comprar a Lapadula si Andrea Belotti es vendido, lo cual no parece muy realista. Además, el equipo del toro está forrado de delanteros: Simone Zaza, el español Iago Falque y el paraguayo Antonio Sanabria.

Luego llegó una misiva desde Turquía: el Trabzonspor podría estar interesado en Lapadula. El técnico del club ordenó seguir al delantero. Pero el Presidente del equipo turco ya aclaró no conocer nada sobre este jugador. Así de directo, sin anestesia. También se habló del Mónaco de Francia, un equipo que ya tiene dos nueves en su lista: el capitán del equipo Wissam Ben Yedder y el alemán Kevin Volland. Algunos entusiastas lo han querido poner en la lista del Leicester de la Premier League, el feudo de un don nadie como Jamie Vardy. Pero al día de hoy, en una semana, estos ya se volvieron viejos rumores. 

En las últimas horas se habla del interés del Celtic de Glasgow, Escocia. Se trata de una liga de fútbol de tan solo doce equipos, muy histórica y de gran fanaticada, pero de poca trascendencia. Es un fútbol lento y antiguo. De hecho, el Celtic está apunto de quedar fuera de la Champions League en segunda ronda preliminar en manos de un club noruego. La titularidad de Lapadula tampoco estaría garantizada en este equipo, cuyo nueve es una leyenda del club, Leigh Griffiths; acaban de comprar dos jóvenes promesas, Liel Abada y Kyogo Furuhashi; y lleva tres temporada saliendo goleador del equipo un tal Odsonne Édouard. 

Listo, no se sabe dónde jugará Lapadula la próxima temporada y parece que la novela tiene para rato. ¿Alguno de esos nombres de equipos suenan tan interesantes como sonaron Bremen, Hamburgo o Munich? Que no hayan tantas expectativas. Cuando Farfán, Pizarro o Guerrero fueron adquiridos, tenían toda la carrera por delante y fueron comprados por clubes que pasaban por una gran condición económica. Mucho se dice que Guerrero y Farfán fueron grandes apuestas históricas en lo económico por el Hamburgo y el Schalke 04. 

En este 2021, Lapadula no va a ser contratado por una cifra récord. Eso ya lo vivió en el 2015, cuando se debatía si vendría a jugar por Perú y acababa de salir campeón de la Serie B con el Pescara. Gareca lo fue a visitar, pero ante el coqueteo y el sueño de la selección italiana, dijo que no. ¡Cómo hubiera sido si el gladiador se ponía la nueve y nos llevaba a Rusia! Esa es historia vieja. En ese entonces, lo compró el poderoso Milan y luego el Genoa. Con esas dos compras, que significaron un total de veinte millones de euros, se volvió el jugador peruano por el que se ha pagado en el mercado de fichajes. 

Con suerte, Lapadula irá a un club que pelee el descenso de la Serie A italiana. Si se pone aventurero, podría probar suerte en una liga menor europea. Aunque quizás suene mejor seguir siendo la carta gol del Benevento, aunque sea jugar la Serie B. Es una liga que conoce, de la cuál ha sido goleador, y es un equipo que necesita un héroe la próxima temporada. La prioridad tiene una línea clara: que sea titular, figura del equipo y pueda llegar con confianza a las eliminatorias. Que no se olvide, faltan doce finales. 

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Benevento, Gianluca Lapadula

Cristal hoy, ante el Arsenal de Sarandí, necesita a Carlos Lugo, un don nadie. ¿Te suena su nombre? Era nadie y fue nadie después, incluso. Jugó al fútbol catorce años, sin demasiados méritos. Carlos Lugo podría ser cualquier persona. Pero un tiro libre en Arequipa sacó a Lugo del anonimato y la inexistencia. Fue el único gol trascendente de su carrera, y le dio a su vez algo único al fútbol peruano. 

Lugo era el central de aquel Cienciano del 2003. Un equipo único para la historia del deporte nacional, con un logro inesperado, exclusivo, aislado. El rojo del Cusco ganó la Copa Sudamericana, un torneo extenso, valioso y altamente competitivo, que en su segunda edición aquel año contó con Sao Paulo, Boca Juniors, Independiente, Fluminense y San Lorenzo, entre otros. Y Cienciano eliminó a la Católica de Chile, a Santos, al Atlético Nacional, y a River Plate. 

Esa fue la campaña del Upa que upa upa, upa u papá. Los meses infinitos del sí se puede. Cienciano tuvo fútbol, sin eso es imposible ganar, pero más mérito fue la motivación y la convicción. Las masas movieron la ilusión de un equipo. Y también “pasaron cosas”; es decir, entraron goles imposibles, hubo autogoles a favor y los rivales tuvieron noches de mala fortuna, entre otros inexplicables.

Han pasado 18 años. Sí, en el tiempo reciente la selección llegó a un Mundial, a la final de una Copa América y superamos brechas como ganarle a Ecuador de visita o a Colombia y Brasil partidos oficiales. Hoy, el equipo de Gareca le hace partido a cualquiera, casi siempre. Pero aún el fútbol peruano tiene una gran deuda futbolística. Desde la creación de los torneos continentales, en realidad.

Ningún equipo peruano hace una jornada digna en las copas de la Conmebol.  

Ya está. Punto. Ninguno. En el ranking histórico de clubes de la Conmebol, el primer equipo peruano, Cristal, es el puesto 35. Es decir, 34 clubes han competido mejor a nivel sudamericano. El único país que no tiene equipos en el ranking delante de Perú es Venezuela. Luego de Cristal va Universitario en el 46, Alianza en el 57, y Melgar y Real Garcilaso en el grupo de los setentas. El resto, por encima del puesto cien.

Digo más. Desde el 2013, ningún equipo peruano pasa la fase de grupos de la Copa Libertadores. Ese año, lo hizo el Real Garcilaso, que llegó hasta Cuartos. En los últimos veinte años, solo seis equipos peruanos progresaron de la fase de grupos. En esas dos décadas, Cristal disputó catorce Libertadores (el más recurrente), pero solo una vez, en el 2004, logró avanzar la fase de grupos. 

La Copa Sudamericana no ha ido mejor. En la última década, solo un equipo llegó a Octavos de Final (Huancayo en el 2020) y otro a Cuartos (Vallejo en el 2014). La inmensa mayoría de participaciones quedan en primera o segunda fase de competición. Demasiado lejos se ve aquel campeonato de Cienciano. De hecho, desde la creación del torneo, solo dos equipos lograron meterse entre los mejores ocho, y nunca Perú volvió a poner equipos en las semifinales. 

Más dolor. Todos los equipos peruanos que han competido en Libertadores tienen diferencia de gol negativa, algunos abrumadora. Alianza tiene -134 goles y Cristal -79. El Deportivo Binacional, que solo ha jugado el torneo una vez, tiene -22 goles. Sport Huancayo, el equipo peruano que más veces ha jugado la Sudamericana, registra -27 goles en dicho torneo. Todos los clubes peruanos han perdido partido a partido, de lejos, mucho más de lo poco que han ganado.

Los números son fríos y desoladores. No es una sorpresa para nadie que vayan equipos peruanos de visita y regresen con cinco, seis o hasta siete goles en contra. Ahí es donde el ritmo de competencia local queda en evidencia. Y donde el chocolate peruano y el tiqui taca no importan nada frente a la mejor forma física de brasileños, argentinos, colombianos, ecuatorianos, chilenos o quien se ponga.

El rival en Sudamérica gana al peruano por velocidad, mentalidad y calidad. Pero había algo que siempre parecía jugarnos en contra: los mejores equipos peruanos iban a la Libertadores a probar suerte contra los mejores del continente, y equipos de menor nivel a la Sudamericana a enfrentar a equipos más accesibles, al menos en el papel. Entonces se pensaba que sería diferente si tan solo Cristal, por ejemplo, tuviera una chance de colarse en la Sudamericana.

Pues, tampoco. En el 2019, Melgar llegó a la Sudamericana desde la Libertadores y quedó eliminado en segunda fase por el Católica de Ecuador (un equipo de media tabla) goleado 6-0 de visita. Solo como información adicional, en esa misma edición del torneo, Municipal fue goleado 5-0 por Colón y UTC también fue fácilmente vencido por el Cerro uruguayo. Sin asco. 

La esperanza era Cristal, el mismo año. El equipo rimense jugó la Sudamericana al entrar directamente a Octavos de Final por haber quedado tercero en su grupo en la Libertadores. La realidad no pudo sonreír mejor a los rimenses, pues les tocó el desconocido Zulia de Venezuela. Un equipo fundado el 2005 y que apenas tenía diez años compitiendo en la primera división de un país en crisis política y social donde el béisbol es el deporte nacional. 

¿Qué pasó? Pues, más de lo mismo. Cristal quedó afuera por el gol de visitante. Perdió 1-0 de visita y ganó 3-2 en el Nacional. No pudo hacer más. Prácticamente nunca un equipo peruano puede dar ese paso adicional de firmeza para terminar venciendo a nivel internacional. Esa es la típica de Cristal, compite pero no cierra los partidos. Queda a un gol, a veinte minutos de mantener el ritmo. A un paso de dar el golpe. Y en el 2019, ni aunque tuvieran en frente al Zulia de Venezuela. Ni así.

Entonces, queda claro por qué si Cristal logra pasar de llave ante el Arsenal de Sarandí estaría haciendo historia. Dicho en números fríos, sería apenas el quinto equipo peruano en los últimos veinticinco años que llegara a Cuartos de Final de un torneo continental. Y en esos años, los equipos peruanos lo han intentando 139 veces. Es decir, se tuvo éxito solo el 3% de los intentos. 

Ya, no importa cómo se logre. Cristal es casi un equipo invencible en el torneo local, donde hace años no le gana nadie en Perú cuando tiene todos los titulares en la cancha y está en ritmo de competencia. Los dirigidos por Mosquera tienen una chance inigualable -y una mochila muy pesada- de sumar cambios concretos en la lamentable experiencia peruana en la Conmebol. Un empate es suficiente.

Es hora de resucitar a un fútbol plagado de don nadies. ¿Será hoy, Carlos Lugo?

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Arsenal de Sarandí, Carlos Lugo, Sporting Cristal

Sergio Markarián, otrora técnico de la selección de fútbol peruana, lanzó a la historia varias frases memorables mientras dirigió a la blanquirroja. Egocéntrico y picón, pero no por ello menos acertado. Una fue su declaración de amor al juego defensivo. “Ratoneando fui campeón”. Se refería, claro, a mandar un equipo a la cancha que no tema jugar al contragolpe, agrupar la mayor cantidad de jugadores defensivos, y proteger el cero como principal objetivo. 

Le dijeron de todo. Pero Markarián y otros técnicos del mundo han demostrado que el ratoneo funciona. Aún hoy, en el siglo XXI. Es un sistema de juego que requiere menos preparación en comparación de alistar una ofensiva productiva. Es más fácil bloquear y destruir al rival, que crear una armonía de ataque para fabricar goles. Y se adapta de forma perfecta a la escasez de tiempo de trabajo de una selección, donde los jugadores y el técnico se ven por apenas un puñado de entrenamientos. Entonces, parece mediocre. 

En Sudamérica, Paraguay y Uruguay son dos exponentes clásicos de este estilo. La apuesta por el triunfo con la mínima o el empate cerrado. El juego aéreo como herramienta principal. El balonazo alto, la defensa cerrada con el cuchillo entre los dientes y la fortuna de un arquero a diez puntos. Ha sido muchas veces el sistema elegido por Bolivia, Venezuela o Perú al jugar con un rival superior. Suena a último recurso de equipo chico. 

Quizás eso es lo que más hace sorprender de la aparición de La Scaloneta. En Argentina, se discute el logro de la Copa América únicamente a partir de criticar el sistema de juego. ¿Cómo con tantas estrellas se va a ratonear? Incluso, antes de la final que gran parte del periodismo argentino daba por perdida, pedían la renuncia del técnico Lionel Scaloni por apostar a firmar el 1-0 en todos los partidos. Jugar cerrado. Priorizar el orden defensivo a la voluntad de encontrar más espacios de gol.

Pero en la final, con La Scaloneta llevada a su mejor expresión, Argentina logró domar a un Brasil invencible. Al mismo estilo del ratoneo de Markarián. Dedicándose a erradicar de la cancha las intenciones cariocas. El propio Tite lo llamó anti-juego. Denunció un bloqueo del rival a crear ritmos en el partido. “Así no se puede jugar”, sentenció frustrado. Fue una extraña explicación de su derrota debido a la injusticia del juego comedido de Argentina. Claro, él quería una final de igual a igual. Porque nadie puede mover la pelota como Brasil. 

Cómo hizo entonces Argentina para ganarle a un Brasil invicto, que solo supo perder con Bélgica en el Mundial, y en una Copa América de local que parecía teledirigida. No fue con un juego vistozo ni ganando con facilidad a nadie. Pues no se trata de intentar verse mejor que Brasil, ni tratar de bailar a mejor ritmo en un deporte que parece destinado a ser siempre más armonioso en pies cariocas. No van a jugar mejor que ellos, sino hacer que Brasil juegue mal. 

El lugar para el ratoneo fue el mediocampo. Apretar y destruir cada intento de ataque del rival. Correr, meter la pierna fuerte, luchar a punta de mayor desgaste físico y convicción gladiadora. Argentina planteó una idea táctica con un fútbol de respuesta más que propuesta, pragmático y eficiente de acuerdo a la realidad invariable entre su calidad futbolística y la del rival. Y así, logró la victoria.

Otro factor determinante es el desgaste. El jugador no llega a los partidos de selecciones con la misma frescura que a un domingo con su club. Llega traginado, extraído de su rutina habitual, a un grupo al que debe volver a adaptarse, rápido. Juega con poca distancia entre partido y partido, después de haberse acostumbrado a otro ritmo semanal. Y en esta Copa América, fueron nueve partidos apretados uno tras otro. El ratoneo es hasta inevitable. 

Que el mejor jugador de la final hayan sido Rodrigo De Paul y Nicolás Otamendi, -que jugaron de Batista y Ruggeri- dice mucho del partido, y de la forma de detener a Brasil. Jugadores rudos, toscos y cortadores. Ratones. No dieron espacios al rival ni lo dejaron correr. Incluso, intimidaron desde la actitud triunfadora, el mismo antídoto con el que Chiellini y Bonucci ganaron la final a Inglaterra en Wembley. 

Para Perú, Brasil es cualquier selección, todas parecen invencibles. Uruguay, Argentina, Colombia y Chile son Brasil. Incluso la mejor versión de Ecuador. Hoy solo se puede plantear un partido de igual a igual quizás a Paraguay, Venezuela y Bolivia. Lo que Argentina ha hecho frente a Brasil es un ejemplo del sistema táctico que Perú debe aplicar en las doce finales para llegar a Qatar: cortar el fútbol desde el medio campo, eliminar la elaboración del rival, y privilegiar el fútbol defensivo. Que explote por las bandas y a buscar la oportunidad con el delantero solitario, Lapadula.

Hay una sola variable al ratoneo de Markarián para el Perú de hoy: que no sea con la defensa, sino gestado en el mediocampo. El comandante de la colonia de ratas debe ser Tapia, con Yotún y Peña en mayor labor de corte y recuperación. El fútbol del rival se debe destruir antes de que empiece, para obligarlo a retroceder y ver el reloj correr. Argentina lo ha demostrado. Hay que hacerlo sin vergüenza, para ganarle al rival invencible. 

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Copa América, Lionel Scaloni, Sergio Markarián

Una imagen queda en la retina después del partido del lunes, contra Brasil. El tobillo doblado de Gianluca Lapadula, todo el pie hecho hacia un costado, y el rostro de dolor del delantero cayendo al suelo. Las manos a la cabeza, a la nuca, a la frente, de todos los peruanos. Se lesionó el nueve, se acabó el partido, perdimos una vez más. 

Y sí, perdimos. Una vez más. Contra Brasil, el verdugo de todos, el equipo invicto lleno de estrellas de Play Station. Pero no perdimos al nueve. Lapadula, tendido en el piso, aceptó el dolor, se entregó a él, se paró, pisó una, dos, tres veces, y siguió corriendo. Con esa máscara que ayer no era un protector nasal, sino el casco de un luchador greco romano. Con un pie doblado así, Pizarro hubiera salido en camilla y directo al avión. 

Lapadula es el triunfo más grande de Perú en esta Copa América. Un crack. Él, con la nueve en la espalda, en sí mismo, vale más que un partido y que un gol. Hoy, Perú tiene un nuevo delantero titular, el reemplazante claro a Guerrero y Farfán. Dígase y repítase: el nuevo titular. Su virtud principal es el carisma: ha capitalizado a través del sentimiento, la confianza de todo un país futbolístico, y le da así vida a una ilusión. 

Ojalá el pago a Lapadula por este impresionante último mes con Perú, donde encontró goles y determinación, sea conseguir un equipo para protagonizar. En el Leicester, en Mónaco, en la primera de Italia o en la segunda. Donde sea, pero jugando. Motivado, con objetivos, y con goles. Su paso por Perú será breve, pues en pocos años ya será un delantero veterano. Pero mientras esté, no caben dudas, va camino a la leyenda.

En dos meses, toca Uruguay. Ningún partido de la Copa era más importante que Uruguay en Lima, para ir al Mundial. Perú ha probado jugadores nuevos y ha encontrado algunas respuestas. Lapadula es la más visible, pero no la única. Detrás suyo, hay uno que se confunde con Cueva y hace recordar al típico jugador peruano desvergonzado, con cintura y baile. 

Raziel García no es una confirmación. Con tres partidos, entrando desde la banca, es imposible serlo. Es más una agradable sorpresa. Es el recuerdo de que la habilidad más notable de Gareca ha sido encontrar pólvora donde tantos antecesores suyos solo pudieron producir polvo. A punto en lo físico y quizás saliendo pronto del cabizbajo fútbol peruano, es una opción para las próximas doce finales rumbo a Qatar.

Pasos atrás en la misma banda izquierda, Trauco tiene reemplazo y ya no solo un suplente. Gareca ha persistido por años con un jugador originario de Cristal que supo irse rápido a un fútbol de más competencia y mejor formación, la liga de Estados Unidos. Marcos López encontró la titularidad en el San José ya hace mucho, y cuando le toca con Perú entra con ganas, decidido a pelear el puesto. 

Sergio Peña hizo una temporada excelente en Holanda. Encontrará equipo en primera pronto y volverá a la competencia. En Perú, ha logrado entrar en el universo de opciones para ser titular. Bastaba un par de encuentros para descubrir su noble pegada y su toque rápido. Falta contundencia, pero eso sería mucho pedir a cualquier jugador peruano. Quizás con los años. 

Algunas otras conclusiones para Perú. Ha llegado el momento de despedir de la selección, quizás no rápida pero sí decididamente, a Ramos y a Corzo. El primero es una insistencia ante la falta de respuestas que encuentra Gareca en Abram, Araujo, Santamaría o Callens. Pero el único camino al éxito es la perseverancia, y Ramos es un jugador cuyo ritmo actual está muy por debajo de la alta competencia sudamericana. 

Si se reconcilia con Zambrano, Ramos debe quedar en el olvido. Y hay que rotar entre los más jóvenes, que se mantienen en la alta competencia internacional. Hay que saber qué pasó con Abram, y por qué Araujo no le parece una solución al técnico. Pero el camino es la insistencia. Y sino, habrá que encontrar respuestas en el torneo local, no en el pasado.

Aldo Corzo, con casi cuarenta partidos en selección en más de diez años involucrado, es un jugador con notable experiencia y oficio. Pero Perú no es una selección que mira al presente, sino al futuro. Como cualquier equipo chico. Y perseverar en un lateral incapaz de proyectarse y que es superado cuando el rival aprieta el acelerador,  no le hace bien a un fútbol cuya mayor debilidad es la variante. Y ahí están Lora y Lagos.

Aunque no estuvo, el otro que va quedando fuera del universo de Gareca es Farfán. Suena mal agradecido decirlo, pero Jefferson ya no es necesario. Merece un gran partido de despedida y pasar al retiro internacional. Detrás suyo, se clasifique o no al Mundial, es momento de probar variantes, si Lapadula o Guerrero no están. Y si persevera el técnico en un jugador roto en lo físico y al borde del retiro, peligra, nuevamente, el futuro. 

Perú se alista para Uruguay, la primera de las finales en menos de seis meses. Colombia por el tercer puesto es un premio consuelo a una Copa América que dejó conclusiones positivas. Sobre todo, la revalidación de entrar en un séptimo año de Gareca con motivación y buen ritmo de competencia. Ojalá no sea el séptimo malo. Ojalá no sea el séptimo y último. Ojalá llegue a once y más. 

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Lapadula, Raziel García, Ricardo Gareca

“Es una pena que un equipo como el de ahora nos empate con muy poco”, dijo Pervis Estupiñan, lateral izquierdo ecuatoriano. Perú le acababa de sacar un empate imposible a Ecuador en Goiânia. A sus 23 años, Pervis roza la gloria con el Villarreal de España, donde acaba de ganar la Europa League. Su juventud y éxito lo hacen insolente. Menosprecia así a un equipo que ha sabido ganarle cuatro puntos de seis posibles en veinte días.

A pesar de su altanería, hay algo en las escuetas palabras del buen Pervis donde encuentro cierta verdad. Lo que él puede ver, seguramente, es un equipo al que le hacen falta individualidades que destaquen, potencia en ataque, orden defensivo, jerarquía en el mediocampo y solidez colectiva. Seguramente Pervis distingue un equipo frágil, que se encuentran en proceso de armado una vez más, lejos todavía de la consolidación colectiva. 

Si así fuera, Pervis tendría razón. 

Perú demuestra poco. Seamos brutalmente honestos. Ecuador en Quito fue una selección que se creyó superior antes de jugar el partido y salió confundida. Colombia no tuvo puntería y regaló el partido. Ecuador de nuevo tuvo una laguna mental de diez minutos que le costó el triunfo en Brasil. Y se le ganó a una Venezuela plagada de suplentes con lo mínimo indispensable. 

Perú hoy es un equipo muy diferente a su versión más exitosa pocos años atrás. No está Advíncula y no es lo mismo para Carrillo no tenerlo. Lopez y Trauco alternan el puesto. Callens es una novedad, aunque ya se lesionó de nuevo. La dupla Abram y Zambrano ha desaparecido. Ni que decir de Ramos y Rodríguez, que es una leyenda urbana. Guerrero y Farfán también lo son. ¿Flores, Polo, Gonzales? 

Sigo. La defensa peruana todavía no se conoce y marcan en desorden. Los laterales son lentos. Trauco apenas puede conectar un par de centros por partido. Corzo en realidad es un jugador muy menor, que disimula todas sus falencias con empuje. Carrillo y Cueva viven de la chispa (que entre ellos la llaman chocolate). Lo bueno es que, obligados por Gareca, casi siempre van a la marca ordenados. Yotún está lejos de ser el volante decisivo del pre-Mundial. 

Mientras que Peña sigue en un proceso de encontrar su lugar, casi que lo único sólido está en un Lapadula motivado y el estandarte Tapia. Pero nadie, ninguno de los doce o treces jugadores que alternan, es una individualidad decisiva. Ni siquiera el italiano, que es un gladiador y ha logrado efectividad. Pero en el transcurso de los noventa minutos, Perú no es un equipo sólido hacia la victoria.

De hecho, si Perú gana será siempre sufriendo.

En 77 partidos como técnico, Gareca ha tenido 32 victorias. De esos triunfos, el 40% han sido por más de un gol de diferencia, de las cuales solo siete fueron en partidos oficiales. 3-1 a Bolivia y 2-0 a Paraguay en la Copa América del 2015; el 4-1 a Paraguay para ir al Mundial; el repechaje 2-0 en Lima con Nueva Zelanda y el 2-0 con Australia en Rusia; y los 3-1 y 3-0 a Bolivia y Chile en la Copa América del 2019, que Perú llegó a la final. 

No es una sorpresa que la selección sea un equipo que carece de contundencia. La mayoría de sus triunfos son 2-1 o 1-0, por márgenes estrechos, donde realmente el partido lo pudo haber ganado cualquiera. En el fútbol, un resultado contundente requiere de un golpe evidente, que no deje dudas por su claridad e incluso definición temprana en el transcurso del partido. Sin sufrir. 

Ese factor es lo que necesita Perú ante Paraguay el viernes para lograr la victoria, por las características del rival. Paraguay no es un equipo contundente ni se basa en sus individualidades, porque no las tiene. Es otro Perú. Va al ataque, porque si espera atrás se volvería muy sensible de sufrir una derrota. Mejor es pelear arriba. Se ordena bien en el fondo, pero busca salir jugando rápido por las bandas para buscar el pase al vacío y encontrar al punto milagroso.

Berizzo, el técnico de Paraguay, es muy Gareca. Ha potenciado las opciones que tiene, con jugadores jóvenes y de poca experiencia internacional, pero que cumplen religiosamente la parte táctica de su esquema de juego. Su sistema es versátil, modifica el mediocampo entre ataque y defensa con facilidad, dependiendo del vaivén del partido. Se basa en un defensa ordenado que corte el balón (un Rodríguez), un distribuidor de juego (un Yotún) y un punta que las vaya a buscar todas arriba (un Guerrero). 

Paraguay se extiende y se acorta como un acordión. Presiona fuerte arriba y llega al área con muchos jugadores. Para marcar se estira lo suficiente y va hombre a hombre. Los extremos se vuelven laterales y los volantes defensivos se meten entre los defensores. Aún defienden bien la pelota parada, aunque no los centros a velocidad y contragolpe. Los jugadores que escoge Berizzo están todos a punto físicamente. No hay jugadores emblema en Paraguay, en la cancha todos tienen menos treinta años y hambre de quedarse. 

Para ganarle a Berizzo, Perú necesita un equipo efectivo y contundente. Que pueda aprovechar de tener al mismo técnico por seis años y a un equipo que se conoce y articula entre sí más de lo que es capaz de reconocer. Aunque sea una eventualidad en la historia reciente, la selección debe buscar uno de sus trece triunfos por más de un gol y replicarlo. 

La clave de esa contundencia se encuentra en los pies de tres jugadores: un defensa centro que corte rápido el ataque rival, un volante creativo que marque el espacio con pases decisivos y un delantero que encuentre el espacio para marcar la diferencia. Que esto ocurra de forma permanente, controlando el balón en el medio, y no dejando progresar a un Paraguay que tratará de encontrar el gol paso a paso en su sistema de artesano. 

Ante Paraguay, esos serán Abram, Yotún y Lapadula. Si estos tres tienen una buena tarde en Goiânia, Perú tiene una opción de ser -como muy pocas veces ha sido en los últimos seis años- un equipo contundente capaz de meterse de nuevo entre los cuatro mejores de América. El resto del equipo, ordenados por Tapia en defensa y desplegando el chocolate por las bandas, deben cumplir su rol de violinistas, en el orden táctico matemático de Gareca. 

El enamoramiento de Perú con la Copa América continua y parece que este torneo, una vez más, puede resucitar al equipo de Gareca de cara a las Eliminatorias. Quizás suene injusto, porque es demasiada presión para una selección tan frágil como la peruana, pero seamos brutalmente honestos de nuevo, como Pervis. Ante Paraguay, Perú se juega una final moral que puede o no confirmar la vigencia del manual de juego de Gareca.

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Copa América, Pervis Estupiñan, Ricardo Gareca

Ante Colombia, funcionó todo. Ante Ecuador, días atrás en Quito, también. Y ha vuelto a suceder ayer, al menos en el segundo tiempo. Perú ha librado tres partidos con lo justo, sufriendo, como en los viejos tiempos. Esto es solo posible cuando todo funciona, si todos juegan bien, si cada uno de los peruanos tienen rendimiento alto. 

Perú es un equipo corto y frágil. Corto porque cuenta con doce o trece jugadores al mismo nivel, no más. De hecho el único suplente que parece titular es Aquino. El resto son muy nuevos, están ya de salida, o necesitan más minutos para demostrar.

Es frágil porque en la cancha, si una pieza falla, se desmorona el colectivo. Si se falla un penal. Si un foul termina en roja. Si el árbitro inclina la cancha. Si el lateral no cierra la banda. Si al arquero se le escapa la pelota. Si la que tenemos no entra.

Perú solo gana si se alinean los planetas. Si ese palo salva el gol en contra. Si Gallese saca una mano milagrosa. Si Bolivia pierde puntos de local. Si Guerrero la aguanta y saca la pierna. Si la toca (la tocó!) Ospina. Si la pelota entra por dos centímetros y hay VAR. O si el VAR le quita cuatro, cinco goles a Suárez y Cavani.

Perú gana si es que no hay eclipse ese día. Gana si los once en cancha están metidos y cumplen sus roles. Más aún, si no faltan Advíncula y Trauco, Abram, Tapia y Yotún, el mejor Guerrero, Carrillo y Cueva. Es decir, gana si podemos alinear el mismo once un partido tras otro, como cuando fuimos a Rusia. Y esa es, sí, una utopía. 

Que López y Callens funcionen no es un descubrimiento, es una casualidad. Hasta que se confirme lo contrario. Lo van a demostrar partido a partido, cuando en uno la hagan bien y en otro ya no tanto. Y para lograr consistencia se necesita rodaje. Lo mismo con Peña siendo un volante confiable o con un Ormeño siendo opción de cambio.

Lo único que parece confirmarse es Lapadula. Y qué buena noticia es esa. Que ese nueve italiano, que corre como trotando, que parece va cojeando por el campo, que ese sea el nuevo guerrero (con minúscula) es hoy una hipótesis que se va validando. Ante Ecuador en Quito hizo la diferencia. Ante Colombia fue pieza clave. Y de nuevo ante Ecuador encontró dos y las convirtió en gol.

Gianluca Lapadula parece destinado a hacer algo grande con esta selección. Y todo se debe a su actitud. Juega bien y el equipo lo entiende. Pero su mayor virtud es la mentalidad. Su cerebro está programado para encontrar espacios, ir al choque, buscar el balón largo, marcar el pase, gambetear, y celebrar los goles como si de una final del mundo se tratara.

Para Perú, un equipo sin recambios, hacer un gol es una epopeya. Y eso Lapadula, tirado de rodillas en el piso en cada celebración, lo siente. A Gareca hoy le toca plantear el ataque peruano alrededor del italiano, como hace cuatro años se hizo con Guerrero. Hay que cuidarlo, seguir acogiéndolo, y darle ese lugar protagonista que él busca. No se me ocurre mejor alimento para un delantero con su estilo que la titularidad, la camiseta 9 y el sistema de juego orientado para él. 

Así y todo, Gareca no tiene recambios, los tiene que crear. Y esa es una de sus virtudes más notables. El argentino ha entendido desde siempre que el fútbol peruano es una cuna de talento inestable y espontánea. Su triunfo es ganar con todo ello, aunque parezcan eventualidades o casualidades. Pero no lo son. Gareca pone a disposición del equipo la mentalidad adecuada. Es una pausa. Es el pensá convertido en un estándar permanente. Y el equipo lo recibe. Con esa docilidad de jugador de liga menor, que para ganar sólo puede cumplir. 

Porque es una utopía pensar que Perú puede ganarle siempre a sus rivales. No se le puede exigir tanto. A un Brasil donde todo los once titulares pelean la Champions League cada año. O una Colombia con jugadores protagonistas en Europa. O la Argentina aún de Messi y Chile con una generación de oro que resiste irse. 

Pero Perú, pierda o gane, su gran motivación es dar pelea y hacerle la vida imposible al rival. Tiene jugadores para eso. Y, sólo si todos juegan bien (y Lapadula) tenemos opción de ganar. 

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Gianluca Lapadula, Perú, Ricardo Gareca

Christian Cueva es un jugador indisciplinado. No solo le gusta la fiesta, el trago y rodearse de amigos. Cueva es un jugador que no distingue con claridad dónde acaba su profesión y empieza el ocio, por decirlo menos. Es un jugador que, después de una hazaña en Quito y a puertas de una Copa América, vistiendo la diez de Perú, parece creer que es buen momento para un escándalo.

Se filtra un video de Cueva en una reunión, rodeado de gente, en medio de una pandemia y sin distanciamiento social, sin mascarilla, tomando. El que lo filtra no es amigo, sin dudas. Es un felón improvisado, un oportunista. Pero eso no importa. El video es público. Se ha roto cualquier burbuja sanitaria posible. Y Cueva ha vuelto a demostrar la fragilidad de su conducta o el poco desarrollo de su sentido de la responsabilidad.

¿Por qué? Porque al formar parte de esa reunión y no mostrar respeto a la posibilidad del contagio, pone en peligro al grupo y al desarrollo del proyecto de la selección en su conjunto, no solo a sí mismo. Es simple: un jugador contagiado, contagia al resto, y así no tengas síntomas, quedas fuera de la competencia.

Le pasó a Venezuela. Once jugadores titulares del equipo fueron retirados de la lista por tener COVID-19. Ninguno grave, pero positivos en el virus. Probablemente aptos para jugar, pero positivos en el virus. Imaginemos entonces una Copa América sin Tapia, sin Trauco o sin Yotún, todos al mismo tiempo. O sin el nuevo mejor amigo de todos, Gianluca Lapadula. Sin Abram, sin Carrillo.

Y no, no importa si Perú pierde la Copa o si no tiene un equipo competitivo. De todas maneras, lo más probable es que no la ganará. El problema es que el plan de preparación del equipo -que necesita consolidar sistemas de juego para la verdadera competencia en las eliminatorias- queda trunco. Se pondría en riesgo cuatro partidos de preparación, a buen nivel de competencia, contra los mismos rivales que hay que vencer para llegar a Qatar.

Así, Cueva volvió él solo a los días del Golf Los Incas de Chemo o las fiestas secretas del buen Ñol Solano. Felizmente ningún otro jugador volvió con él. Nos habíamos olvidado de todo ello, pero la indisciplina siempre regresa. Porque el fútbol, aunque a veces no nos acordemos y entre otras razones, lo juegan en su mayoría veinteañeros con mucho dinero y mucha fama.

Entonces, la duda inunda el cerebro del técnico Ricardo Gareca. En Videna evalúan separar a Cueva del equipo, a manera de ejemplo y castigo. Como haría cualquier profesor o incluso padre al ver a sus dirigidos en mala conducta. Lo más probable es que no necesiten ver más videos ni fotos, conocen bien a Christian. De hecho, lo conocen más tiempo y mejor que cualquier liga en la que ha jugado.

En los trece años de carrera de Cueva, el máximo tiempo que ha jugado en un equipo ha sido en el primero, la San Martín, por cuatro años. Jugó 121 partidos y marcó casi veinte goles. Después pasó por la Vallejo, Unión Española de Chile, Rayo Vallecano, Alianza, Toluca, Sao Paulo, Krasnodar de Rusia, Santos, Pachuca, el Malatyaspor y ahora el Al-Fateh de Arabia. Once equipos en nueve años. Eso es, sí, menos de un año por equipo.

De Alianza se fue entre indisciplinas. En Sao Paulo hasta ahora no saben por qué se quiso ir. De Rusia salió sin dar razones dejando una inversión varada. Del Santos, enfrentado contra el técnico. En el Pachuca después de solo cinco partidos. De Turquía lo echaron. A decir verdad, en el último tiempo, la selección peruana ha sido su lugar más estable. Pero Perú no puede ser la excepción de su estilo, es simplemente un impacto diferente. 

Christian Cueva es hoy un colibrí. Va y pica, engalana, algo no le gusta y se va. Algo similar pasa en la selección. Viene, juega, engalana, y a veces falla y se va. A veces está a la deriva. Y aún así, aunque no tenga club fijo o ritmo de competencia, es una pieza inamovible en el once titular. 

No hay jugador en Perú que cumpla la función como Cueva. No le hacen sombra. El manual de Gareca obliga a ponerlo. Y Cueva lo sabe. Desde el Mundial, parece que el jugador reconoce una cúspide alcanzada y una condición de intocable. Hay ganas de jugar bien, lo demostró ante Ecuador, y mucho talento; pero la indisciplina de siempre y la inestabilidad no se han acabado con el éxito, sino que quizás se han hecho más evidentes con el tiempo.  

Y Gareca, pensando desde la Videna mientras mira el video de la fiesta, sabe que no puede prescindir de Cueva. La alternativa hoy sería Luis Iberico, una incógnita. Toca volver a hablar con él, desde la voz de autoridad que ha construido sobre Cueva. Eso le permite tener estabilidad alrededor suyo. Toca volver a arriesgar el ejemplo hacia el grupo y hacia otros jugadores peruanos menores, que con toda razón podrían pensar: escándalo y juega igual. 

Pero ahí está el punto. Salvando las distancias, Cueva es para Perú como Maradona fue para Argentina. O Romario para Brasil. Cueva es diferente. Cuando está, Perú muestra un fútbol determinante, ordenado y, a pesar de la contradicción inevitable, muy disciplinado en la cancha. Christian, con su panza prominente y su físico pormenorizado, hace la banda sin cansarse. La pisa, la toca, va a buscarla. Lanza el pase, llega a todas. Como a Maradona, la fiesta no lo descoloca. Como a Romario, el entrenamiento no lo modifica. Y eso Gareca parece entenderlo. 

Al técnico no le importa un rábano lo que Cueva haga con su vida privada. Lo único que le importa es lo que haga en la cancha. Y que sea un ejemplo ahí, en el verde. A decir verdad, así es como deberíamos sentirnos todos. Corregir lo incorregible o insistir en la moralidad es una forma de desaprovechar un talento, satanizarlo, frustrarlo y evitarlo. La alternativa es influenciar alrededor suyo al grupo en identificar lo malo y evitar que sea contagioso. No solo el COVID-19, sino también la indisciplina.

Hace seis años, Gareca confió en un Cueva cuestionado por la mala conducta de siempre en Alianza y lo volvió el diez de Perú. Nunca salió del equipo, a pesar de todo. Y fue precisamente en un partido contra Brasil donde demostró sus cualidades: anotó el primer gol. A pesar de eso, perdimos con Neymar en cancha. Pero esa historia fue una de las principales que nos llevó a Rusia. Esperemos que hoy, nuevamente cuestionado, Cueva con la diez ponga en problemas a Brasil.

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Christian Cueva, Copa América, Ricardo Gareca

Lapadula llega tarde. Siempre. Tiene 31 años. Cuando acabe la eliminatoria, tendrá 32. Debutó con Perú a los 30. Jugó su primer partido en la Serie A a los 26. Incluso, su debút en primera fue a los 23 años, en Eslovenia. Llega tarde siempre. Ayer en Quito, sin embargo, entró al estadio como si fuera el primer partido de su vida, como si ser el último en la tabla fuera un pretexto para ser el mejor. 

Lapadula corrió como si de eso dependiera su éxito o fracaso. Corrió a 2.800 metros de altura, una condición en la que estaba por primera vez en su vida. Corrió igual, aunque las piernas no respondieran, el aire fuera casi nulo y la boca no pudiera reconocer humedad alguna. Y no se quejó ante la situación. 

Lapadula entró a jugar una final, con un equipo colero, con un punto de quince posibles, tres derrotas seguidas con cero goles a favor y siete goles en contra, y contra un rival duro de vencer en su cancha. Eso dificilmente signifique motivación suficiente para jugarse la vida. Pero Lapadula ha añadido un nombre más a la garra, a la pasión y al sí se puede: “un nuevo comienzo”. 

En el banco de suplentes, Ruidiaz observa a Lapadula mientras celebra los goles de Perú. La ‘Pulga’ no es más que la segunda opción. Ya es hora de decirlo. Lo fue desde mediados del 2016, cuando reemplazó a Pizarro en aquel partido con Venezuela donde perdíamos 0-2 en Lima. Ruidíaz entró, hizo una asistencia para el 1-2 y sobre la hora puso la cabeza en el área chica y decretó el empate. Le salvó el cargo a Gareca, a su equipo de una desgracia histórica y a los peruanos de la desilusión de otra eliminación temprana. 

Han pasado cinco años y 38 partidos en los que Ruidíaz ha empezado de titular o ha entrado desde el banco, siendo la segunda alternativa peruana. Pero solo logró meter tres asistencia más y tres goles, dos en amistosos.

Su sequía goleadora tiene varias explicaciones. El destino final de todo ataque del Perú de Gareca es buscar la oportunidad con un único punta que pelea arriba, recibe de espaldas, gira, jala la marca, descarga, retrocede, presiona. Raúl no es ese delantero. Su mejor versión es recibir con opción de mirar el arco, algunos segundos para llevar la pelota pegada al pie y espacio para colocar. Es rápido y movedizo, pero pierde en el uno contra uno al choque. Tiene definición, tiro de media distancia y encuentra espacios cuando hay confusión. Es oportunista. Pero no un luchador, está lejos de ser el todoterreno que se necesita. 

El temor de quedarnos sin Guerrero pronto es ya una realidad. Contra Colombia, el capitán jugó 30 minutos, aunque estuvo en la cancha todo el partido. Llegó apenas recuperado de una lesión, falto de fútbol y propenso a sentirse de nuevo. A punto de cumplir 38 años, en Brasil dicen que buscará un nuevo club para el 2022. El Inter de Porto Alegre funciona bien sin su estrella, que aún seguro vende algunas camisetas. Pero Guerrero ya no “shegó”, sino que está por irse. 

Y ha quedado claro que Ruidíaz no es su reemplazo. Es una pena, porque es de esos delanteros notables que salen del Perú muy de vez en cuando y encuentran cómo romperla en alguna parte del mundo. Como Maestri en Chile o Mendoza en Bélgica. Raúl lleva 4 años entre México y Estados Unidos, donde ha jugado 150 partidos y ha metido más de 70 goles. Ha sido campeón, goleador de la liga, jugador del año y muchas veces figura del partido. Pero no se adapta a la propuesta de juego del Tigre con la bicolor. 

Hoy, en cambio, miramos al banco y tenemos un nueve más. Lapadula se hizo esperar, lo respetaron y ahora ya tiene cuatro partidos con la selección y dos asistencias. Pelea codo a codo con el defensa rival que en Eliminatorias te marca al cuerpo con patadas y codazos, sabe voltear, girar, pelear cuerpo a cuerpo, retroceder la pelota, encontrar espacios para pegarle. 

Lapadula ha demostrado cualidades incluso mejores. Tiene carisma, se adapta rápidamente, se hace amigo de todos y pone huevos. También va a todas. Tiene ganas de jugar. No regala el partido, presiona alto, busca la dividida, pide perdón cuando no llega, guapea a los compañeros en un esforzado español y va fuerte al choque para intimidar al rival. 

Lapadula tiene los mismos 31 años que Ruidiaz. Ha jugado cinco temporadas recientes en la Serie A y ha metido 37 goles. A decir verdad, no es una figura boyante del fútbol italiano. Lo que lo lleva a ser la mejor opción en el ataque nacional no son precisamente sus laureles en tierras europeas o sus habilidades en el juego. Lapadula tiene hambre. Hambre de gol, de ganar y de triunfar. Parece que entra a la cancha sabiendo que sus años en el fútbol no son infinitos y que ser titular de una selección que pelea la clasificación al Mundial es un bonus para seguir vigente en su carrera en Europa. Ha llegado a pelear el puesto en cada entrenamiento y partido, y a ganárselo. 

Esa misma actitud no la tiene Ruidiaz. A él parece que le sienta bien ser un personaje secundario y está resignado a que el equipo no se adapte a lo que él necesita. Sobre todo cuando hay que salir a buscar el partido ante defensores sudamericanos duros, que no van a dar una pelota por perdida y donde hay que ganarles la posición. Parece entrar a la cancha sabiendo que su carrera en Norteamérica va a seguir vigente triunfando o no en la selección.

Si Lapadula está, tiene que jugar. Que Gareca y el comando técnico busquen otra formación para incluirlo junto a Guerrero, hasta que este le deje el puesto. Aunque se le ha ganado a Ecuador, Perú sigue en el fondo y es momento de reinventarse para no regalar la eliminatoria. Cada partido merece una táctica nueva. La tabla ya no importa, es partido a partido. Como en los viejos tiempos. Esos de la adversidad, que Lapadula parece entender bien.  Tiene 31 años, le quedan pocos en el fútbol. Pero sí, cada vez que juega, parece que fuera su primer y último partido. 

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Deporte, Fútbol, Perú

Hace dos décadas, las frutas y hortalizas de la costa peruana no viajaban en enormes barcos a todo el mundo como lo hacen ahora. De hecho, en 1998 la oferta exportable del negocio tenía un valor ocho veces menor en comparación al 2014. En algunos productos, incluso, no existía. Ica, por ejemplo, hacía honor a su calidad de desierto. No era en absoluto la industria boyante en la que se terminaría convirtiendo.

Pero el desierto hizo boom. Un tipo de explosión ya conocido en la historia del Perú: el guano de las islas, el caucho de las selvas o, más recientemente, la minería de las sierras. Cada uno de esos despertares productivos, con sus características y fracasos, cargó con notorias desigualdades bajo la promesa de convertirse en una industria. Hoy, en cambio, la agroexportación del Perú -principalmente costeña- es una realidad de más de S/25 mil millones anuales.

En los primeros quince años del boom, el crecimiento promedio anual de la industria de productos no tradicionales -la base de la agroexportación- fue de 22.5%. Se diversifica del mango y la cebolla, abriendo camino a la uva, la páprika, la alcachofa, el arándano y la palta, entre otros. Las no tradicionales pasaron a representar el 48% al 83% del total de envíos agrícolas al mundo en ese periodo inicial.

Cinco factores explican ese llamado ‘boom agroexportador’ de las últimas dos décadas. Apenas uno de ellos ha sido cuestionado recientemente. ¿Cuál es la historia completa de la agroexportación en el país? En resumen, es así: las decisiones políticas crearon una coyuntura propicia para garantizar los envíos al exterior. ¿De qué? De lo producido por la tierra con agua, certificado de calidad, y menos impuestos. ¿A dónde? A mercados nuevos, abiertos por tratados comerciales, y -finalmente- en uso de la mano de obra local. ¿Una maravilla, no? Revisemos.

Uno: Más tierras aptas

La primera maravilla del boom es la tierra. En Perú hay 84 de las 104 zonas de vida que existen en el mundo y 28 de los 32 tipos de clima. Entre el 60 y 70% de la diversidad biológica del planeta habita el país. Sin embargo, la industria agroexportadora se ha concentrado en una sola franja de ese suelo megadiverso. Pese a que la costa tiene el 23% de las tierras agrícolas, aporta el 60% del PBI agropecuario. Las exportaciones del sector, por si no quedó claro, se sustentan principalmente en tierras costeñas.

El investigador del Grade Ricardo Fort dice que las empresas agroexportadoras se beneficiaron de diversas decisiones normativas del gobierno. Para explicarlo es necesario retroceder algunos años. Tras la Reforma Agraria, muchas tierras de la costa no eran rentables. “El reto planteado en el gobierno de Fujimori fue poner en producción las que estaban adjuntas a los valles, con ambiciosos proyectos de irrigación”, señala.

A esas tierras en desuso por falta de irrigación se les dice “eriazas”. Fueron incluidas en el mapa agrario recién desde los noventa. Más de 30 modificaciones legislativas en veinte años (1990-2010) hicieron posible que fueran subastadas, vendidas, concesionadas o hasta alquiladas a privados. Entre esa normativa están la Constitución de 1993 y la Ley de Tierras. Así lo recopila la investigadora Zulema Burneo para la Coalición Internacional para el Acceso a la Tierra.

Burneo sustenta un cambio trascendental para lograr el boom: el Estado dejó de ser el encargado de incrementar la cantidad de tierras para agricultura. En los noventa, en cambio, las obras de irrigación con las que se amplió la frontera agrícola se concibieron para la venta a grandes agentes privados que sí disponen de los recursos y el know-how de grandes volúmenes. La agroexportación, según la FAO, impulsó la ampliación de la superficie de producción agrícola de todo el país de 1,6 millones a 2,7 millones de hectáreas entre 1991 y 2002.

Un claro ejemplo de esta realidad es el proyecto de irrigación más grande de la costa norte: Chavimochic. De la venta de lotes agrícolas en la zona, entre 1994-2006 -después de las modificaciones legislativas que la fomentaban-, el 86% quedó en propiedad de once empresas agroindustriales. Solo Camposol adquirió en esos años más de 10 mil hectáreas (23%) del total de las tierras eriazas ganadas al desierto.

El cuarto y último Censo Nacional Agrario (Cenagro) ocurrió en el 2012. La realidad del sector era la siguiente: 80% de los productores agropecuarios poseían menos de 5 hectáreas y, entre todos, alcanzaban apenas el 6% de las tierras. Entre 1994 y el 2012, la cantidad de pequeños productores había crecido 45%, pero sólo incrementó en 9% su cantidad de suelo. ¿Qué significa? Un aumento en la concentración de suelo favorable a las grandes empresas exportadoras.

Desde el 2008, la adjudicación de tierras se da a través de subastas públicas. Ese año, los precios en la costa norte se elevaron -en promedio- 2,5 veces el precio base de la subasta.  En las pujas suelen ganar las grandes empresas con mayor poder adquisitivo. Resulta irónica -pero muy gráfica- una anécdota parlamentaria: el congresista aprista Walter Cenzano presentó un proyecto de ley en el 2010 que establecía un tope de 40,000 hectáreas máximas por cada comprador para “evitar la concentración”. Sin embargo, Burneo señala que la hacienda más grande de la costa en la época de la Reforma Agraria apenas alcanzaba las 30,000 hectáreas. Es más, el total de los lotes de Chavimochic subastados entre 1996 y el 2006 es, precisamente, 43,870 hectáreas.

La decisión consciente del Estado de promover el gran agro la describió Alan García en su texto “El síndrome del perro del hortelano”, publicado en El Comercio en octubre del 2007.“Hemos caído en el engaño de entregar pequeños lotes de terreno a familias pobres que no tienen un centavo para invertir, entonces aparte de la tierra, deberán pedirle al Estado para fertilizantes, semillas, tecnología de riego y además precios protegidos”, aseguró. La administración de las tierras en su gobierno privilegió la distribución del terreno entre quienes puedan hacer mejor uso del mismo: las grandes agroexportadoras.

Dos: Agua garantizada

El acceso a la tierra no basta sin sistemas de irrigación. Más aún en la costa, donde la lluvia es escasa y los lotes de producción suelen estar lejos uno del otro. La mayor cantidad de proyectos privados asociados al riego se concibieron en la década de los noventa, detalla Ricardo Fort.

Según información del Minagri, hasta el 2000 el Estado había invertido US$3,400 millones en proyectos de riego. Hacia el 2012, doce años después, la inversión ejecutada se duplicó a US$6,716 millones. Los proyectos más importantes son Majes Siguas (Arequipa), Chavimochic (Trujillo), Chira-Piura, Olmos (Lambayeque) y Pasto Grande (Moquegua).

Entre el 2006 y 2010, durante el gobierno de García, se incrementó en 28% la asignación de recursos a proyectos de irrigación. Pero pese a la privatización, hasta el 2012 la mayor parte de los proyectos de riego fueron ‘subsidiados’ por el Estado. De la venta de nuevas tierras en subastas y servicios como agua y energía solo se pudo recaudar el 7% de la inversión ejecutada.

Además, Lorenzo Eguren publicó un estudio en el 2014 donde analiza el impacto de los subsidios del Estado en irrigación e impuestos. En el documento se compara el ingreso por impuestos agropecuarios con el gasto en obras de irrigación. Si se considera el periodo entre 1998 y el 2012, en quince años se habría recuperado solo la sexta parte del gasto invertido. Ojo: esta medición considera todo el sector agrario y no solo la gran agroexportación.

En el 2000 se promulgó la -hace poco derogada- Ley de Promoción Agraria. Entre otros beneficios, redujo el Impuesto a la Renta de las actividades de agroexportación a la mitad: 15% en lugar del 30% regular. Según el estudio de Eguren, si bien esta medida puede haber tenido un matiz de promoción a las inversiones privadas en el sector naciente, no hubiera tenido un impacto negativo en la actividad agrícola de haberse mantenido el impuesto regular.

Y vale la pena agregar un dato: según información tributaria recopilada por Luis Alberto Arias, exjefe de la Sunat, en el 2019, el monto del Impuesto a la Renta pagado por el sector agropecuario no ha crecido en una década. En el 2019, se pagaron US$111.4 millones, mientras que en el 2011 la cifra había sido ligeramente superior: US$116.4 millones.

Volviendo a la irrigación: buena parte de la actividad agrícola de Ica para exportación se sirve del agua subterránea. Esta es de gran calidad y permite el riego por goteo, una práctica sofisticada que incrementa el valor de productos como el espárrago y la uva. Es posible extraerla a partir de pozos debido a la capa acuífera extensa debajo de la región.

Lo preocupante del asunto es que el marco normativo de las propiedad de las tierras ha permitido a las empresas propietarias un rol de decisión sobre la cantidad de pozos a perforar y el volumen del agua a extraer, según los requerimientos técnicos de sus cultivos. Así lo concluye el economista de la PUCP Ismael Muñoz en una investigación sobre la extracción de agua en Ica publicada el 2016. Muñoz explica cómo el Estado no ejerce un rol fiscalizador en esta actividad. Al 2014, el 77% de pozos operativos en la región no contaban con licencia para operar. La Autoridad Nacional del Agua (ANA) reporta cifras similares al 2018.

Por si fuera poco, la ANA definió en el 2016 que la cantidad de agua subterránea explotable del acuífero de Ica es de 252 millones de metros cúbicos para que se recargue de forma natural en un año. Se ha estimado que la extracción asciende a 563 millones al año, ¡más del doble y una tasa de sobreexplotación del 123%!

Tres: Mercados abiertos

Una vez solucionada la capacidad para producir, mediante el acceso a tierras y agua, se necesitan mercados de compradores. La exitosa estrategia del Estado para ello fue la negociación de tratados de libre comercio (TLC) con beneficios arancelarios para la exportación de productos. Según Ricardo Fort, el rol de los TLC es fundamental para explicar el boom agroexportador. Es el segundo factor más importante en la decisión del Estado de promover este tipo de industria, asegura, después del acceso a las tierras.

En términos concretos, entre el 2009 y 2014, tras la firma del TLC con Estados Unidos, los envíos del sector agropecuario a ese país se duplicaron. Hacia China, en un periodo inicial de cuatro años, crecieron de 25,6 millones de dólares a 82,7. A la fecha, en un proceso que empezó en los primeros años del siglo XXI, Perú ya tiene 21 acuerdos comerciales firmados y algunos otros en proceso.

Además de la firma de los acuerdos, el Estado fortaleció el rol de la agencia de promoción comercial hacia el exterior, PromPerú. Había sido creada en los noventa como una mesa de articulación entre sectores industriales en los primeros pasos de la exportación. A partir del 2002, se adscribe al Ministerio de Comercio Exterior y Turismo (Mincetur), creado ese año. Ambas instituciones se especializan -hasta hoy- en promover los acuerdos comerciales y activar canales de comunicación para la apertura y mantenimiento de mercado.

Algunos hitos del Mincetur suponen la creación de la Marca Perú en el 2010 y la posterior marca sectorial Superfoods, que promueve productos del agro no tradicional. Con estos esfuerzos de publicidad y promoción se dio participación y visibilidad a la industria emergente en eventos y rondas de negocios locales e internacionales. Adicionalmente, desde el sector Comercio Exterior se han instalado en los últimos diez años hasta treinta Oficinas Comerciales del Perú en países del exterior.

Al inicio del boom, en 1992, el Ministerio de Agricultura y Riego (Minagri) había creado el Servicio Nacional de Sanidad Agraria (Senasa). Tanto como el Mincetur, Senasa fue clave para abrir los mercados. Los investigadores agrarios Héctor Paredes y Ricardo Fort mencionan que todavía es un actor vital para darle a las agroexportadoras certificaciones sanitarias y fitosanitarias, con estándares internacionales, sin las cuales sería imposible que logren colocar sus envíos en los mercados más exigentes (los que más pagan).

Una tesis elaborada por la economista Maryuri Reyes, en la Universidad Nacional de Trujillo, explica también el rol crucial de Senasa en reducir plagas y otros problemas sanitarios en los cultivos industriales. De hecho, se le adjudica al servicio de sanidad una participación trascendental en la erradicación de la mosca de la fruta, un enemigo mundial para los cultivos no tradicionales. Implementó un programa de producción de más de 400 millones de moscas estériles cada semana -en sus mejores años- para repartir al agro costeño y revertir las plagas.

Cuatro: La otra agricultura disminuida

La ‘cuarta pata’ del agro es, en realidad, un factor negativo: se ha privilegiado a la costa en desmedro del resto del país, coinciden los analistas consultados para esta nota. La región natural tiene el 53% de la población y aporta el 76% al PBI del país. ¿En qué deriva ello? En que la sierra y la selva no han recibido el mismo impulso. Para el investigador Eduardo Zegarra, la conectividad -carreteras- y las características del terreno de ambas regiones serían las principales razones.

Una explicación adicional la brinda la FAO. Desde 1992, con la desactivación del Banco Agrario, el crédito agrícola ha quedado principalmente a cargo de los bancos comerciales y cajas rurales. Ellos trabajan, en su mayoría, con medianos y grandes productores, y no cubren los requerimientos de todo el sector agrícola. En la sierra, la propiedad del agro suele estar fragmentada en pequeños terrenos que no logran tener acceso pleno a crédito barato.

El PNUD reconoce en un informe del 2009 a un Estado peruano inclinado a invertir en la costa bajo la idea de la modernización. “El tratamiento privilegiado se expresa en que allí se concentran dos tercios de la inversión en riego”, señalan. Así, el 70% de la superficie destinada a la agroexportación se localiza en cuatro departamentos de la costa: Ica, La Libertad, Piura y Lima, según el cuarto Cenagro. El 98% del área costeña tiene acceso a irrigación y, en contraste a las otras regiones, un mayor número de grandes empresas la operan.

El Banco Mundial, en un recuento del boom agroexportador publicado en el 2017, dice que, entre el 2007 y 2015, la productividad al agrupar todos los factores involucrados en el proceso agrícola peruano creció a una tasa promedio del 2.1%. De ello, sin embargo, el desagregado es lo más importante: un 7% para la costa, 0.2% para la selva y -0.2% en la sierra.

Cinco: La mano de obra

Con los cuatro factores ya descritos, al boom agroexportador le faltaba la mano de obra. En el 2000 se estableció la llamada Ley de Promoción Agraria, que creó un régimen laboral especial para los trabajadores de empresas dedicadas a la agricultura industrial. Entre otros, se redujo el pago de EsSalud y se incluyó en el salario jornal las gratificaciones, vacaciones y compensaciones por tiempo de servicios. “Como si todos esos beneficios no tuvieran una razón de ser en el bienestar del trabajador”, indica Eduardo Zegarra.

Como resultado, tras veinte años de ejecución de la ley, las grandes empresas agroexportadoras tienen la mayor cantidad de empleos formales del sector (ver gráfico), según datos recopilados por el economista Hugo Ñopo. Esto ocurre porque pagan mejor y ofrecen mejores condiciones laborales que el resto. Incluso, según datos del Ministerio de Trabajo al 2017, si se compara empresas de agricultura, comercio y construcción de más de 500 trabajadores, el agro tiene el doble de formalidad laboral.

La cuestión, sin embargo, no es esa. Uno de los problemas graves, como afirma el economista Carlos Ganoza, es que las mismas cifras arrojan que los trabajadores de las grandes empresas sólo representan el 10% de la mano de obra empleada en la agricultura. Coinciden Zegarra, Fort y Ganoza en que la forma de revertir esta situación es focalizar la inversión y los beneficios tributarios al fortalecimiento de pequeñas y medianas empresas, para hacerlas más competitivas.

Lo otro es bastante más sencillo. En las últimas semanas ha habido una ‘polémica estadística’ entre cifras presentadas por Hugo Ñopo y por el SAE de Apoyo sobre si los índices de crecimiento de las exportaciones agrícolas y de la masa salarial del sector formal se han acompañado en el tiempo. El primero dice que no y el segundo, que sí. Pero, nuevamente, el tema es mucho más sencillo: el salario de un obrero agrícola (y no la masa salarial del sector) sigue estando pegado al sueldo mínimo. En una industria que hizo ‘boom’ durante dos décadas, es natural que con ese nivel de sueldos ahora el estallido sea social.

Eso, en medio de la disparidad en la gestión de intereses que existe entre las empresas y los trabajadores. La industria no solo cuenta con gremios por producto (como el de los cítricos) y siete gremios representativos por industria que agrupan más de 200 empresas cada uno; sino que existen tres estructuras de mayor amplitud como la Asociación de Exportadores (Adex), la Sociedad Nacional de Industrias (SNI) y la Confiep. Los trabajadores no tienen sindicatos -debido a la temporalidad de las contrataciones- ni instituciones gremiales fuertes.

“Esto demuestra, además, una desconexión muy grande entre los propietarios de las empresas y los trabajadores del campo”, señala Fort. Y ese es el punto final de este análisis. La boyante agroindustria del país ha crecido sostenida en cuatro sólidas patas: la tierra, el agua, los mercados y el privilegio de estar en la costa. ¿Puede hoy prescindir de la quinta? El Estado y las grandes agroexportadoras detrás del boom tendrán que decidir si deben acercarse un poco más a las demandas de sus trabajadores y, tras haber generado dos décadas de beneficios a través de políticas públicas, apostar por pagos más altos y beneficios laborales excluidos del jornal. Como toda industria que crece en beneficio de la gente.

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Agro, Exportación, Paro
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