Actualmente, a los trabajadores peruanos se les descuenta el 10% de su salario para aportar al fondo de pensiones. ¿Eso ya no se descontaría?

Se podría descontar, siempre que haya un mecanismo equivalente para todos los trabajadores contribuyan a su pensión. Me parece que la mejor forma es a través del impuesto a la renta. Me puedes replicar que los informales no pagan impuesto a la renta. Pero si vas cambiando la estructura de incentivos poco a poco, a lo mejor logras bajar la informalidad gradualmente. ¿Por qué Chile tiene una informalidad de 25%? Porque su sistema es menos perverso y causa menos distorsiones que el de ustedes. Hay países que han logrado reducir la informalidad en 50 o 60 puntos, yo no veo por qué el Perú no lo puede hacer. Lo que tienen que hacer es poner las leyes y los incentivos en la dirección para que eso ocurra. Y eso no está sobre la mesa ahora.

¿A quién hay que convencer para que eso pase?

A todos. Hay que sentarse alrededor de la mesa y plantear: ¿Por qué lo que legislamos hace 60 o 70 años ha fracasado? Reconozcamos eso, no es culpa de nadie. Así se veía el mundo antes y esa visión ha demostrado ser errónea. Si seguimos con ella, seguiremos igual. Pero hay posibilidades de cambio y hay que explorarlas. Tenemos muchas lecciones aprendidas. Solíamos pensar, hace digamos 25 años, que la informalidad era porque la gente no tenía educación. Pero esa historia ya no la podemos contar ahora, porque en las últimas tres décadas América Latina ha mejorado la calidad de la educación, y también la cantidad. Y la informalidad no ha cambiado. Entonces, no se trata de eso. El problema es de regulación laboral, de seguridad social, tributario. Todas esas normas que generan estas conductas.

¿La cultura del emprendedurismo tiene que ver también en esto?

Diferentes individuos tienen diferentes talentos. Hay gente con talento para tomar riesgos y ser creativa, y hay gente que no. Lo que yo sé es que en el Perú hay demasiadas empresas. Muchas personas se están desempeñando como “emprendedores” porque se les cerró la puerta a tener un empleo formal productivo.

Ustedes tienen, aproximadamente, tres millones de empresas. ¿Sabes cuántas empresas hay en Estados Unidos? Son como ocho millones. Y el Perú tiene el 1/100 del PBI de Estados Unidos. El 95% de las empresas peruanas debe tener menos de tres trabajadores. ¿Cuántas economías de escala se consiguen ahí? ¿Economías de alcance? ¿Cuánta capacitación laboral ocurrirá en esas empresas? ¿Innovación tecnológica? ¿Qué costo paga el Perú, en términos de productividad, por tener el talento y el esfuerzo de millones de trabajadores en esas empresas? Es altísimo. Y en la parte de inclusión social, este sistema no genera un sentimiento de pertenencia, de que todos somos parte de un esquema que nos protege.

No es un sistema solidario…

El capital social que se genera con esto es muy poquito. Más bien genera una cultura de oportunismo. Como el Estado me da poco, yo trataré de sacarle todo lo que pueda y darle poco a cambio. Estamos muchos años en un círculo vicioso, este no es un tema solo del Perú. Yo soy mexicano y en mi país la situación es igual. ¿A quién tenemos que convencer de que se puede cambiar? A nosotros mismos, primero.

¿Y se ha avanzado en ese camino?.

Me cuesta trabajo juzgarlo yo mismo. Lo que creo es que la gente se está dando cuenta de que lo que tenemos no funciona. Y eso es un avance. No podemos seguir con la pretensión de decir que este tema pasa por estabilizar la macroeconomía. Eso podíamos decirlo hace 25 años. En eso se ha avanzado, en la idea de que efectivamente este es un problema diferente. No estamos todavía en el punto en el que la mayoría de la gente que está en las políticas públicas se ha convencido de que hay que transitar a la universalidad. Pero Roma no se hace en un día.

**Fotoportada por Darlen Leonardo

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El problema, en cualquier caso, es complejo. Y el panorama es deprimente: un sistema político dañado, que necesita urgentes reformas, pero no tiene los incentivos para reformarse a sí mismo. Un país que se está acostumbrando a entender la política como pura confrontación; que entiende el voto como una forma de sanción, que vota con cólera y no con esperanza; que no se tomó en serio la construcción de una clase política, dejó que esta se llene de bribones y personajes mediocres, y ahora no encuentra la forma de liberarse de ese virtual secuestro.

En la práctica somos rehenes de una clase política a la que elegimos sin convicción, con los dedos tapándonos la nariz, conscientes de que estábamos eligiendo lo menos malo entre lo peor. Pero, sobre todo, somos un país que ha perdido el entusiasmo, que ya no espera nada de la política. No debe sorprendernos ahora que nuestros captores se aferren a sus posiciones de privilegio, y que esto les resulte sencillo. Nadie vislumbra que pueda haber un cambio que prometa un futuro mejor, y por eso casi nadie se la juega. Por eso sacar a los que están ahora no va a ser fácil, y que se vayan todos es imposible: cuando estos se vayan deberán ser reemplazados por otros. Difícilmente esos que lleguen después serán mejores que los que tenemos ahora, a menos que nos reconciliemos con la política y nos preocupemos por construir, ahora sí y de una vez por todas, una clase política decente.

Pero eso no ocurrirá mañana, ni pasado mañana. Por ahora, deberíamos darnos por bien servidos si encontráramos un liderazgo que entusiasme, genere esperanza, inspire, que una y no divida. Que busque trascender y no solo sobrevivir. No nos engañemos: tal como estamos ahora, hasta eso parece difícil.

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DE BAJA, POR LAS DUDAS

Pero si Mi bebito fiu fiu es efectivamente una parodia, ¿por qué se la bajaron de Spotify? Erick Iriarte explica que las plataformas digitales pagan por derechos de autor, monitorean permanentemente los contenidos que se publican en ellas y ‘dan de baja’ los contenidos que pueden atentar contra los derechos patrimoniales, incluso antes de que presente un reclamo concreto. Esta es una forma de ‘curarse en salud’ ante posibles demandas posteriores, en el marco de un protocolo que en Estados Unidos se conoce como ‘notice and take down’ (que se podría traducir como ‘dar aviso y dar de baja’).

En estos casos suele aplicarse la normativa estadounidense debido a que muchas de estas plataformas digitales están asentadas en ese país y se someten a su legislación.

“Ante el reclamo de un usuario, la plataforma [YouTube, por ejemplo] tiene que retirar el contenido si no quiere caer en responsabilidad, entonces tiene todos los incentivos para actuar rápido”, complementa Óscar Montezuma. “Pero, justamente como actúa rápido, el análisis no puede ser tan exhaustivo, como para determinar que un contenido es parodia, y se dan estos problemas”.

El caso es que, en el Perú, no existe una figura similar al ‘fair use’, a la que se puede apelar en el sistema de ‘copyright’ estadounidense y de otros países anglosajones. “En los sistemas de derechos de autor europeos continentales y latinoamericanos –explica Montezuma–, lo que tienes es una regla que dice ‘nadie puede tocar, a menos que pidas permiso’ y un ‘set’ de excepciones que son muy literales, taxativas, es decir, tienen que cumplirse al pie de la letra. Así funciona nuestro sistema. En los sistemas anglosajones existe esta figura [el ‘fair use’], que en buena cuenta es una suerte de defensa judicial, porque se activa cuando alguien te denuncia, cuando alguien argumenta que se está cometiendo un plagio o un uso no autorizado. En ese momento puedes activar esa defensa y decir: ‘yo no cometí una infracción, lo que yo hice fue una utilización razonable, sobre la base de cuatro criterios, que analizará el juez’. Esto le da a los jueces libertad de interpretación”.

Sudaca se contactó con el área de comunicaciones del Indecopi para solicitar una opinión especializada sobre este tema del organismo estatal encargado de velar por la protección de los derechos de autor en el Perú. Sin embargo, al cierre de este informe no obtuvimos respuesta.

Por lo pronto, da la impresión de que el insospechado hit de Tito Silva será, a fin de cuentas, un éxito compartido. A tenor de lo que dice la norma, los otros padres y madres de Mi bebito fiu fiu –incluida Zully Pinchi– tienen derecho a una compensación económica, incluso en el hipotético caso de que Silva no genere ingresos por su adaptación. Es un bebito con varios progenitores, y llegó con más que un pan bajo el brazo.

 

 

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GRAN NEGOCIO, GRANDES RIESGOS

Los casinos y tragamonedas fueron parte de ese paquete reformista, que buscaba abrir más espacios para la inversión privada y ofrecía a cambio una reducida o inexistente regulación. Por ese lado, es innegable que la idea funcionó. Actualmente, existen en el Perú 17 salas de casino y 713 salas de máquinas tragamonedas, según cifras oficiales del Mincetur. A ellas habría que sumar los establecimientos informales y las máquinas ilegales que, por lo menos hasta hace unos años proliferaban por todo el país, antes de que se popularizaran los juegos en línea. Tampoco se puede negar que han generado mucho empleo: cuando la pandemia obligó a cerrar las salas de juego durante más de un año, sus trabajadores salieron a reclamar y bloquearon la Vía Expresa. En esa ocasión sus voceros aseguraron que era importante reabrir pronto las salas, porque eran unos 85,000 puestos de trabajo los que estaban en riesgo.

Sucesivas leyes han intentado poner algo de orden y regular este negocio que tiene varias externalidades negativas: ofrece oportunidades para el lavado de dinero, sinergias con actividades ilícitas y causa ludopatía. Esto último no es menor: las apuestas sin control son un auténtico problema de sanidad pública que no se está enfrentando con la seriedad debida. Estudios internacionales señalan que la prevalencia de ludopatía en una población asciende a 1.8%, señala Carlos Bromley Coloma, especialista de la Dirección de Salud Mental del Ministerio de Salud. “Pero esos datos pueden estar desactualizados”, advierte. Otras fuentes señalan que la prevalencia puede estar entre 1% y 3%. Aun así, si damos por buena la cifra de Bromley, estaríamos hablando de no menos de 400 mil peruanos que podrían tener algún grado de adicción al juego. Sin embargo, al 8 de junio de 2022, el registro que lleva el Mincetur de personas prohibidas de acceder a casinos y tragamonedas apenas tiene 1,274 personas. Es voluntario, y casi nadie se apunta.

Tenemos poca evidencia a la mano, pero la que tenemos da cuenta de un preocupante incremento de los casos de ludopatía entre la población peruana. Según Carlos Bromley, hace pocos años los establecimientos de salud del Minsa atendían un promedio de entre 800 y 900 pacientes por adicción a las apuestas. El año pasado la cifra se multiplicó por tres: fueron 2,710 personas, y en lo que va de este año van 775. Estas cifras, admite Bromley, dan cuenta de un subregistro: hay muchos más ludópatas, y los que llegan a la consulta médica son, generalmente, los que ya lo han perdido todo, están endeudados o arruinados.

Llama la atención, también, la presencia de niños que son llevados por su padres, y que generalmente juegan a través de algún adulto. En 2021 fueron 117 niños y 1,120 adolescentes. Y en lo que va del 2022, han sido atendidos 62 y 268, respectivamente. Aunque sea como hipótesis de trabajo, cabe preguntarse si este en este incremento de la prevalencia de casos serios de ludopatía, sobre todo entre la gente más joven, tiene algo que ver el aluvión de publicidad de casas de apuestas en los medios de comunicación, así como la normalidad con la que ahora se aborda el tema, sin distingo de horarios ni advertencias de ningún tipo. Al respecto, Bromley considera que la publicidad de estos negocios debería estar sometida a restricciones similares a las de otros productos que representan potenciales riesgos a la salud pública, como el tabaco y las bebidas alcohólicas. Pero, al menos de momento, esa regulación en el Perú aún no existe. En lo que se refiere a las apuestas deportivas, no hay nada siquiera parecido a los octógonos que alertan sobre los riesgos de consumir ciertos alimentos.

Casos Minsa ludopatía

El perfil típico del ludópata, explica Bromley, es un varón joven (en comparación, las mujeres empiezan a apostar mucho después). El estrés y la presión social de grupo son dos factores determinantes para que las personas incursionen en el mundo de las apuestas. Queda claro que la forma tan natural y carente de advertencias con que se aborda este tema de un tiempo a esta parte puede terminar agravando un problema de salud pública. Ya no se considera inmoral apostar, y eso está bien. Pero quizás habría que poner un poco de paños fríos: que ‘poner todo’ por tu equipo o tu selección no se convierta en una frase literal. Que siga siendo una alegre alegoría

 

 

(*) Un especial agradecimiento a mis amigos Miguel Villalobos y Jerónimo Pimentel, que aportaron referencias que ayudaron a enriquecer este texto.

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Casa de apuestas, Minsa
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