Debería quedar claro, a partir de esta elección, que los sectores populares necesitan algo más que solo ingresos económicos. Si solo fuera ello, bastaría la disminución de la pobreza monetaria de 58.7% a 20.2% de la población entre el 2004 y el 2019, o de la extrema pobreza, en el mismo lapso, de 16.4 a 2.9%, para suponer que habría pleno consenso respecto del establishment.

Es verdad que en el último año, producto de la pandemia, la pobreza general ha crecido a 30.3% y la extrema a 6.3%, un retroceso de casi diez años, pero no basta ello como factor explicativo del descontento ciudadano que ha impregnado esta elección y que explica en gran medida el voto duro detrás de Pedro Castillo.

Hay un reclamo por ciudadanía. Y ello pasa por sentirse incluido en la sociedad formal, por sentirse parte del colectivo. Y no hay manera de que eso ocurra mientras subsistan las groseras desigualdades que hay en materia de salud, educación, seguridad y justicia. En términos económicos, en las últimas décadas se ha reducido la desigualdad económica, pero la desigualdad institucional que se menciona en los cuatro criterios señalados, debe haber aumentado de manera considerable.

Es tarea del próximo gobierno reducir esa brecha lacerante de ciudadanía. No podemos llamarnos república en formación si no atendemos, con carácter de prioridad, esos elementos básicos de la vida social. Jamás seremos país desarrollado mientras un pobre no reciba atención médica de primer orden, educación competitiva, mínima seguridad vital y acceso a un sistema judicial que no lo discrimine por no tener recursos económicos.

Todo ello no pasa por destruir el mercado, sino por apoyarse en él para construir un Estado mínimamente eficaz y transparente. En los últimos 20 años, la recaudación fiscal ha crecido cuatro veces y la burocracia lo ha hecho 10 veces -señala un informe de Lampadia-, y no se considera en ese aumento de personal un solo profesor, médico, enfermera, policía o militar. Son burócratas de escritorio que han engrosado las filas del aparato estatal seguramente en base al clientelaje político de los distintos últimos gobiernos. No ha crecido el Estado sino que ha engordado, siendo incapaz de brindar servicios ciudadanos de calidad. Ese Estado debe ser disuelto y construir uno moderno e inclusivo, cabalmente democrático.

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Desigualdad, Elecciones 2021, Pobreza

Es altamente peligrosa la estrategia común que vienen desplegando los sectores ultras de la derecha y de la izquierda, denunciando una presunta voluntad de fraude por parte de los organismos electorales a favor de uno u otra de las candidaturas.

Es absolutamente imposible que el sistema produzca un fraude. El Jurado Nacional de Elecciones no tiene vela en el entierro (salvo para revisar eventualmente actas impugnadas), y la ONPE ha dado hasta el momento pruebas fehacientes de seriedad técnica y solvencia profesional.

Es clara la estrategia subalterna. De la derecha, que si gana Castillo haya pretextos argumentativos para que algún entorchado militar decida tomar cartas en el asunto y dar un golpe de Estado. A eso conduce tanta alharaca. Y del lado de los castillistas a justificar la turbamulta callejera que pueda desatar si los resultados le son adversos.

Ambos deben ser denunciados por irresponsables, más aún en una elección que será tan ajustada que probablemente no bastará ni el resultado a “boca de urna” ni el de “conteo rápido” dominicales para asegurar el triunfo de ninguno de los dos candidatos y habrá que esperar al conteo oficial de la ONPE que podría demorar dos o tres días.

No hay que hacer eco de las voluntades antidemocráticas de los termocéfalos de ambos sectores. Gane quien gane las elecciones, el resultado debe ser respetado y apuntar a que se produzca la quinta sucesión electoral consecutiva en el país, algo inédito en nuestra historia republicana (lo más cercano a esa circunstancia fue en el llamada República Aristocrática, de finales del siglo XIX e inicios del XX).

La democracia peruana, a pesar de su precariedad, ha sido puesta a prueba en el último lustro, y a pesar de los contratiempos, ha logrado salir airosa, como lo pudo hacer también en los tiempos turbulentos del régimen de transición de Valentín Paniagua. Confiemos en la resistencia institucional de la democracia para hacerle frente a los golpistas de ambos bandos, a quienes solo parece preocuparles su interés político menudo por encima del valor supremo del sistema democrático.

Las elecciones del bicentenario recibirán el mejor homenaje republicano si son aceptadas consensualmente por ambas partes, como corresponde. Esperemos, por ello, que al final predomine la sensatez y la racionalidad.

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Democracia, Elecciones 2021, ONPE

En caso de ganar Castillo su gobierno estará signado por la zozobra política, lo que sumado a su pasmosa improvisación (no tiene idea de cómo funciona el Estado), asegura un periodo de inestabilidad y mediocridad gubernativa.

En el escenario de que Castillo llegue al poder y se modere, y decida gobernar con los cuadros técnicos de Juntos por el Perú, podría ampliar su capacidad de convocatoria a partidos como Alianza para el Progreso, Morados, Somos Perú, Acción Popular, pero perderá de sus 37 congresistas a 22 cerronistas que no aceptarán esa moderación. En el mejor de los casos, Castillo logrará 55 congresistas, evitaría que lo vaquen de arranque, pero se despediría de la Asamblea Constituyente y de toda reforma importante.

Lo más probable en ese escenario es que las huestes radicales desengañadas por ese giro castillista, se dediquen a desestabilizarlo desde las calles y bajo ese escenario de presión social -por la decepción popular producida por las enormes sobreexpectativas que existen alrededor de Castillo-, lo más probable que la frágil coalición congresal que lo ampararía termine por disolverse y se conduciría así en una situación de absoluta orfandad y precariedad.

En el otro escenario, el más probable, que mantenga en ristre su agenda radical, sólo sumaría 42 congresistas -menos que en el escenario moderado- sumando solo los 37 propios más los cinco de Juntos por el Perú. Si con esa debilidad política se decide a romper fuegos constitucionales yendo hacia una convocatoria de facto de un referéndum y que lleve a una Asamblea Constituyente, o si busca disolver el Congreso, estará inerme frente a la posibilidad de ser vacado en el cargo.

Y si mediante la presión popular, quizás aupada por medidas efectistas de corto plazo, logra atarantar al Congreso e intenta llevarnos a la deriva inconstitucional, es altamente probable que ocurra una interrupción militar del proceso, de sectores castrenses a quienes no podría cooptar en el intento de llevarnos a la margen chavista o nicaraguense.

Castillo no solo asegura un desastre económico. También nos garantiza un caos político, signado por un autoritarismo creciente y manotazos de ahogado para tratar de resolver una crisis que desborda sus posibilidades de solución.

A ese empeño sería suicida sumarse. Allá con su conciencia la izquierda más moderna y progresista que ha decidido soslayar mínimas aprehensiones políticas y éticas (el silencio sepulcral sobre las barbaridades misóginas y transfóbicas que ha expresado el candidato hace pocas horas, es de espanto) para sumarse a un proyecto que llevaría al país al desastre seguro.

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Elecciones 2021, Pedro Castillo, Perú

La eventual llegada al poder de Pedro Castillo y de la izquierda radical supondría una catástrofe económica sin precedentes en las últimas décadas, solo equiparables a la situación que padecimos en los 80, producto de la herencia velasquista que ni Belaunde ni García se atrevieron a extirpar.

Según cálculos de Apoyo Consultoría, el escenario de un Castillo radical sin Asamblea Constituyente supondría de acá al 2026 un crecimiento total del PBI de apenas 5% frente a un 15% en el caso de ganar Keiko Fujimori. Y de darse el escenario de una Asamblea Constituyente, el PBI global de acá al 2026 caería 1%.

Entre el 20222 y el 2023, el PBI con Keiko crecería 4.4%, con Castillo sin AC 2.5% y con Castillo con AC 1.4%; entre el 2024 y el 2026, con Keiko crecería 3.3%, con Castillo sin AC apenas 1.6, y con Castillo con AC caería 0.9%.

En términos de pobreza, dada la inercia contínua de la pandemia, ésta aumentaría aún, pero en el escenario de ganar Keiko apenas en 200 mil peruanos, en el caso de un Castillo sin Asamblea Constituyente en casi un millón de personas y con AC, más de un millón 600 mil peruanos pasarían a engrosar el bolsón de pobreza.

Todo ello sería concomitante al destino de la inversión privada, que es el principal motor de la economía. Considerando el 2019 como base 100, en el escenario de un triunfo de Keiko, ésta subiría a 120; con Castillo sin AC caería 30 puntos (a 70%), y con el candidato de Perú Libre con AC, se desplomaría a la mitad (50%).

Solo una economía de mercado competitiva es capaz de sacarnos de la pobreza y a la vez de remediar el colapso institucional del Estado. Aún con gobernantes mediocres y corruptos, como los de los últimos 30 años, el modelo de sensatez macroeconómica ha permitido que la pobreza disminuyera de 58.7% de la población el 2004 a 20.2% el 2019, y que la pobreza extrema lo hiciera, en el mismo lapso, de 16.4% a 2.9%.

Producto de la furia popular efecto de la recesión pandémica, el país está a un paso de retroceder décadas en caso de elegir a Pedro Castillo como gobernante los siguientes cinco años. Como siempre ha ocurrido con modelos estatistas e intervencionistas, la riqueza disminuye, la desigualdad aumenta y la pobreza se acrecienta, generando además el colapso del propio Estado en el que se quiere amparar el proyecto izquierdista de Perú Libre. Ojalá el país recapacite y vote racionalmente.

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6 de junio, Elecciones 2021, Pedro Castillo

Esa es la cifra hasta el 22 de mayo, ya oficial y actualizada, del número de fallecidos por covid en el Perú desde el inicio de la pandemia. Un número de espanto que nos convierte en el país con el mayor número de muertos per capita de acuerdo a su población, del mundo.

Mucho de responsabilidad en los gobiernos, sin duda. La mediocridad e indolencia lindante con la corrupción de Vizcarra para la compra de vacunas y la provisión de oxígeno y camas UCI, y la tardía reacción de Sagasti ante la segunda ola (él mismo ha reconocido que los tomó por sorpresa), explican en cierta medida el desastre.

Pero lo que más debería llamar a reflexión es que ese resultado lo que pone en evidencia es el fracaso del Estado peruano, en este caso con el tema de la salud pública, pero la misma situación la veríamos sin nos referimos a otros dos aspectos esenciales del sector público, como son la educación y la seguridad interna.

Y no es sólo ineficiencia o corrupción, lo que explica el desastre. Es verdad que el sector público es un paquidermo que no funciona si no es a las patadas y si no hay funcionarios públicos que se juegan el pellejo judicial haciendo que algunas cosas funcionen nada se mueve, y es cierto también que la corrupción campea en todo el aparato estatal haciendo que la poca inversión pública existente termine en bolsillos privados y no en los beneficiarios finales, como debiera ser.

También es preciso construir un nuevo Estado, de hecho no sólo más eficiente y menos corrupto, sino más grande. Suena a tirar los evangelios liberales por los suelos y seguramente escandalizará a algunos fundamentalistas ingenuos, pero el Perú necesita un Estado más grande. Somos el país con menor tasa de presupuesto público respecto del PBI de la región, y ya nuestra región es una de las que peores índices muestra al respecto en comparación al resto del planeta.

El Estado debe invertir y gastar más en esos tres aspectos esenciales: salud y educación públicas y seguridad interna. Es la única manera de construir un Estado equitativo e inclusive, que haga que la ciudadanía no voltee irritada cada cinco años a buscar un candidato antisistema que ofrezca patear el tablero, como sucede ahora con Castillo y seguramente el 2026 con Antauro Humala si no se hace nada al respecto.

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Perú, Salud pública

No fue un debate descollante. El formato dispuesto por el Jurado Nacional de Elecciones, con videos explicativos y preguntas ciudadanas sosas, le quitó la dinámica que debió tener.

En ambos candidatos faltó el componente narrativo del cambio, esencial en esta campaña (la mayoría de gente pide un cambio del modelo, moderado o radical, dependiendo del cristal ideológico, pero cambio al fin y al cabo, y ello brilló por su ausencia). En esa perspectiva, creo que quien más pierde es Castillo porque esa es su identidad de base, aunque Keiko desperdició la oportunidad de conquistar nuevos adeptos.

Lo que sí se apreció fue un contraste en disposición estratégica. Claramente Keiko apuntó a desplegar una batería de programas sociales muy potentes para conquistar los sectores D y E, donde aún tiene batalla que dar. En cambio, Castillo no desarrolló ninguna estrategia en particular, como no sea mostrarse mesurado buscando quizás convencer a alguien de que no es el cuco radical que le atribuyen sus adversarios (a ratos, más impreciso y dubitativo que mesurado). Claramente, la mayor parte de indecisos, según todas las encuestadoras, radica en los sectores D/E y en mujeres. A ello apuntó mejor la narrativa keikista en el debate. Castillo no sabemos a quiénes apuntó. No ganaba nada moderándose, como no sea reafirmar a los centristas que ya tienen decidido su voto por él.

Será difícil establecer si esta ligera ventaja estratégica obtenida por Keiko en el debate de anoche impactará en las tendencias al acercamiento que todas las encuestas le mostraban a su favor ayer mismo, pero todo indicaría que sí, que le sumará la cantidad de votos suficiente para inclinar la balanza. No tanto como en del debate técnico -donde ganó con mayor holgura-, pero igual sumará.

En general, esta campaña no ha hecho si no revelarnos a una candidata que no tiene en la empatía una de sus mayores virtudes, pero que ha seguido un guion de campaña al milímetro y le ha dado resultado, frente a un candidato mucho más empático, pero errático en estrategias y profuso en errores que le pueden costar una elección que hace un mes parecía ganada sobradamente.

Quedan apenas seis días. Tiempo suficiente, sin embargo, para que las agujas se sigan moviendo. Salvo un imprevisto mayor, todo hace suponer que las tendencias favorecen a la candidata de Fuerza Popular, pero nada está dicho, hasta el día mismo de la elección, cuando los indecisos tomen el camino de romper su neutralidad vigente.

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Debate, Keiko Fujimori, Pedro Castillo

Keiko Fujimori ha terminado por alcanzar a Pedro Castillo en el simulacro de votación y encuesta efectuados por Ipsos este domingo y en la encuesta del IEP, si bien mostrando una diferencia aún favorable a Castillo, dentro del margen de error.

En el simulacro de Ipsos la diferencia es de 2 puntos, cuando en la anterior medición era de 4.3. En la encuesta de la propia Ipsos, la diferencia era de 3 puntos, ahora es de 2. Pero lo más significativo se aprecia en la encuesta del IEP, según la cual hace una semana había una distancia a favor de Castillo de 10.4 puntos y ahora se ha reducido a 2.

Claramente, el punto de inflexión ha sido el debate técnico del pasado domingo, pero sería ingenuo creer que su sola realización bastó como parteaguas. Detrás ha habido un cambio estratégico en el mensaje keikista. Pasó del “Perú versus el comunismo” (sin soslayarlo: es una fórmula potente y movilizadora de los sectores altos y medios derechistas, un porcentaje importante de los cuales no se inclina aún por la candidata de Fuerza Popular), al “Salud, comida y trabajo”, que colocó la narrativa de la campaña en la profusión de efectivos programas sociales y mensajes críticos del statu quo.

Castillo, en cambio, ha estado prisionero de sus inconsistencias y de jaloneos al interior de su comando de campaña, entre el grupo de familiares del candidato, el grupo partidario de Cerrón, y los desairados técnicos de Juntos por el Perú. Y todo ello en medio de declaraciones confusas, marchas y contramarchas, moderaciones inocuas del candidato mezcladas con radicalidades de sus voceros (y también al revés).

El debate de hoy será decisivo, pero Castillo. A diferencia de lo que se pensaba hace unos días, es quien necesita ganarlo contundentemente para remontar las tendencias. De ocurrir lo previsto, es decir que descolle Keiko en la jornada, la diferencia ajustada, como señalamos apenas comenzó la segunda vuelta, podría terminar por inclinarse a favor de la candidata de Fuerza Popular el 6 de junio.

Queda claro que el eventual triunfo de la derecha en esta elección se debería a sus propios méritos, sin duda, pero también a los gruesos errores cometidos por la izquierda.

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Elecciones 2021, Encuestas, Perú

Un sector recalcitrante de la derecha peruana, entre civiles y militares en retiro, se alista para tocar las puertas de los cuarteles si gana el candidato radical de izquierda Pedro Castillo. Hay que denunciarlo a tiempo. Sería inadmisible y un acto legicida mayúsculo.

La democracia se respeta y si el 6 de junio es elegido Pedro Castillo pues habrá que soportar estoicamente cinco años de desastre económico, en el peor de los casos, y de impulsos autoritarios, en el peor, pero mientras no se aparte de la Constitución y sea, por ende, un gobierno legítimo, habrá que respetar el mandato de las urnas.

Personalmente, no creo que gane. Y temo que si lo hiciese se anime a desplegar una estrategia anticonstitucional para llevarnos a la deriva venezolana o boliviana, con lo cual daría el pretexto perfecto para que desde los cuarteles hagan sentir su voz.

Pero mientras ello no suceda, habrá que aceptar la voluntad popular. Hemos llegado a esta situación límite, además, por culpa de regímenes derechistas mediocres y corruptos que a lo largo de las últimas décadas no han sabido aparejar el crecimiento económico con la construcción de un Estado inclusivo en lo esencial (salud, educación y seguridad).

El voto por Castillo no es psicótico. Tiene fundamentos, exacerbados por razones fortuitas como las originadas en el apocalipsis que ha significado para los sectores populares la pandemia, pero los tiene. No se puede soslayar ni despreciar el ánimo de un pueblo, si alcanza la mayoría en las ánforas.

Felizmente, todo hace suponer que la opción destructiva de las bases macroeconómicas del modelo -las mismas que sí han dado resultados tangibles en la reducción de la pobreza y las desigualdades- no triunfará, si se mantienen las tendencias de las encuestas.

Pero si por azar, algo ocurriese que torciese esas tendencias y el próximo domingo 6 se alzase con el triunfo el candidato de Perú Libre, los demócratas deberán hacer respetar un resultado y aprender que las democracias pueden albergar también gobiernos desastrosos, como ya ha sucedido antes en nuestra historia.

Tocará dar la batalla desde el Congreso y eventualmente desde las calles para impedir que perpetre el despropósito de conducirnos a ser un Estado socialista, cuando ese no es el mandato de sus propios votantes. Y la lucha deberá ser recia e implacable, pero mientras el señor Castillo no patee el tablero constitucional, esa oposición deberá ser cabalmente respetuosa de los cánones legales de la democracia que nos da cobijo ya hace 21 años, el periodo democrático más prolongado de nuestra historia republicana.

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Elecciones 2021, Militares, Perú

Ha funcionado la nueva narrativa keikista estrenada en el debate técnico, la misma que ha dejado en segundo término “el Perú versus el comunismo” (sin dejarlo por completo de lado), para pasar a exponer criterios sociales y de alguna manera antiestablishment que parece haberle empezado a rendir frutos.

Hablar de cambios en educación y salud es, de hecho, según mostraban todas las encuestas previas a las elecciones, lo que la gente principalmente identificaba como deficiencias del modelo. No era la economía de libre mercado, la apertura comercial, la propiedad privada, etc., lo que se ponía en entredicho, sino los aspectos señalados, que resienten a la gran mayoría del pueblo peruano por su inexistencia o deficiencia (que encima la pandemia se ha encargado de acentuar). En los últimos días, Keiko ha logrado la magia de defender el modelo y a la vez cuestionarlo, que era lo que le convenía estratégicamente hablando.

De hecho, ha contribuido al acercamiento también el propio debate técnico, que, como el de Chota, ha marcado un punto de inflexión al mostrar la superioridad programática del keikismo respecto de la improvisación, ya enervante, de Castillo y sus huestes.

En el simulacro de Datum, donde más cae Castillo es en Lima (6.3) y es allí también donde más sube Keiko (5.8), pero el candidato de Perú Libre desciende en todas las regiones menos en el oriente, mientras Keiko cae en el norte (1.5) y en el sur (3.4), pero sube en el centro (1.1) y en el oriente (3.2).

En la encuesta están prácticamente empatados (Castillo 41.6, Keiko 41.5), pero en cuanto a niveles socioeconómicos, Castillo cae en el A/B 7.7 puntos y se desploma en el D (-11 puntos), donde Keiko sube casi 5 puntos. La candidata de Fuerza Popular, por su lado, crece fuerte también en el A/B (7.8).

Campaña publicitaria que invoca lo racional pro Keiko y anti Castillo, y mensajes emotivos, han calado, sin duda, en los ánimos populares y muestran con claridad que la tendencia de crecimiento de Castillo y descenso de Keiko se comienza a revertir, al punto de confirmar nuestras impresiones iniciales luego de la primera vuelta de que a pesar de la enorme diferencia con la que partieron ambos candidatos, la final iba a ser ajustada y que había varios factores que hacían pensar que el desenlace iba a terminar siendo favorable a la candidata de Fuerza Popular.

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Debate, Elecciones 2021, Perú
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