Luego del debate de América Televisión, que vio más de un millón de personas, los puestos en las preferencias electorales se han movido. ¡Más de una sorpresa!

Lescano (11%, -1.2): llega a su techo y empieza a descender. El fenómeno Castillo no solo parece quitarle votos a Mendoza sino también al candidato de Acción Popular. No le fue bien, además, en el debate.

Forsyth (8.1%, +0.1): Congelado. El voto Esto es guerra se mantiene, pero ya empiezan a aparecer denuncias en su contra y a recibir ataques de sus adversarios. Eso siempre hace daño. En algún momento, su orfandad ideológica le va a pasar factura.

Fujimori (7.1%, +0.6): sigue creciendo. Lenta, pero sostenidamente. No se sale de su libreto aunque arrecie la tormenta. Su estrategia es clara: el suyo no es el aborrecible fujimorismo de los últimos cinco años sino el de los 90. Debe esperar a que algunos le crean.

Mendoza (5.4%, -0.5): la benefició el debate, pero Castillo parece haberle quitado más votos de los que pudo haber ganado al domingo pasado. Salvo que ocurra una catástrofe con Lescano, se ve muy difícil que la candidata de Juntos por el Perú pase a la segunda vuelta y gane la semifinal de la izquierda.

López Aliaga (5.2%, -2): se desploma. Baja al quinto lugar. Era previsible. Tanta altisonancia y agresividad le iban a costar en las preferencias electorales. Se ha convertido en el candidato de la amargura. Su walk over en el debate influye. La avalancha de denuncias en su contra también le han hecho mella. Erasmo Wong no fue suficiente.

De Soto (4.5%, =): ni crece ni cae. Esta encuesta no mide el incidente de la vacunación en Miami, pero el autor de El misterio del capital va a necesitar algún impulso extraordinario para trepar y meterse en la pelea. Demasiados errores cometidos en los últimos días.

Castillo (4.3%, +1.8): sigue siendo la sorpresa. Lescano y Mendoza son sus víctimas. A ambos les arrancha votos. Y lo más probable es que siga creciendo (hay segmentos en los que tiene 0% y allí aún no se ha aparecido de visita).

Acuña (4%, =): estancado. Ha hecho una buena campaña, pero por alguna razón indescifrable no ha pegado. Su narrativa era la correcta, la del emprendedor surgido de la pobreza, pero esta vez -a diferencia del 2016-, no ha hecho click.

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Candidatos, Elecciones 2021, Encuesta

La sucesión de dislates cometidos por Hernando de Soto, candidato de Avanza País, ya se acercan al autosabotaje. Dice que no aceptaría vacunarse en el extranjero porque sería un privilegio inaceptable y a renglón seguido lo hace, reconociéndolo solo luego de ser pescado por la prensa. Por cierto, no tiene nada de malo que lo haga, pero lo que subleva es la impostura.

Dice haber publicado su plan de gobierno en The Economist y en The Wall Street Journal, y a los pocos minutos es desmentido tajantemente. A lo sumo, no pasaba de haber publicado algunos artículos, por lo demás bastante alejados de lo que podría ser una propuesta gubernativa cabal.

Sus voceros lo felicitan con algarabía por haber sido mediador exitoso entre el gobierno y los transportistas de carga que habían paralizado sus labores y bloqueado carreteras. Al final, uno se entera que De Soto solo se había reunido con taxistas informales y que no tuvo ni la más mínima injerencia en la solución del problema. Uno de sus aúlicos más entusiastas llegó a decir que De Soto no había esperado al 28 de julio para empezar a gobernar.

En días anteriores habíamos especulado sobre un eventual ascenso en las encuestas de De Soto, porque había salido del pasmo en el que se encontraba y había empezado una maratón de visitas regionales y apariciones mediáticas muy propicias. Y si a ello se le sumaba el estancamiento de la candidatura de López Aliaga, había margen para pensar que el autor de El misterio del capital podía terciar en la pelea de la derecha por pasar a la segunda vuelta.

Todavía es posible que suceda y que el pueblo le perdone o pase por alto sus gazapos, pero si no ocurre y hay un castigo cívico, será única y exclusivamente responsabilidad suya y de su entorno dócil de consejeros, que parecen no ser capaces de empinarse sobre el desbordado narcisismo del candidato.

Estamos todavía en los primeros 30 minutos del primer tiempo del partido por la primera vuelta y en la semifinal de la derecha se mantiene un empate técnico, pero De Soto se ha hecho merecedor de varias tarjetas amarillas que en pocos días sabremos si lo han afectado y beneficiado a sus adversarios.

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Candidatos, Elecciones 2021, Hernando De Soto

Las últimas encuestas revelan con claridad que la ola celeste de Rafael López Aliaga se convirtió en un tumbito. Ya dejó de crecer al ritmo que lo venía haciendo y lo más probable -dada la cantidad enorme de desaciertos que viene cometiendo- es que empiece paulatinamente a bajar en su intención de voto.

El voto ultraconservador tiene un nicho en el Perú, pero tiene un límite que es incapaz de franquear, salvo que quien lo represente sea un candidato convocante, plural, sensato, todo lo contrario a lo que el líder de Renovación Popular viene mostrando ser.

Rehúye debates (no fue al de América Televisión y canceló a última hora el de San Marcos), se muestra cada vez más soez con el gobierno y sus adversarios y ha enfilado sus baterías contra la prensa que legítimamente lo cuestiona o lo investiga. Se permite inclusive retuitear los peores agravios que en las redes sociales se lanzan contra periodistas que lo ponen en aprietos en entrevistas (y, qué curioso, la mayoría son contra periodistas mujeres).

Tiene, además, compitiendo a su alrededor a candidatos del mismo o parecido perfil derechista que están recomponiendo adecuadamente sus estrategias. George Forsyth ha detenido su caída, Keiko Fujimori sigue creciendo lenta pero sostenidamente y Hernando de Soto despertó de su modorra y ha emprendido una maratón de visitas a regiones del país y se prodiga con habilidad en entrevistas en medios de comunicación. La semifinal de la derecha no la tiene ganada López Aliaga y todo apunta a que la va a perder sin atenuantes, producto de sus propios errores.

Sería una gran noticia para la democracia, para la economía de mercado y para las libertades civiles (que tanto ha costado y cuesta instaurar en el Perú), que un candidato como López Aliaga no pase de ser una efímera y lamentable anécdota en el firmamento político peruano.

La ultraderecha no merece tener protagonismo. La construcción de una república moderna y liberal marcha en sentido contrario de proyectos cavernarios que harían retroceder décadas al país.

Solo ha sido la simultaneidad de crisis -sanitaria,, económica, social y política- lo que le ha permitido a López Aliaga cosechar de ello y sorprender a una parte del electorado, pero felizmente todo parece indicar que haber aparecido tan precozmente le va a pasar factura. Este tiempo ha servido para revelar el verdadero rostro tenebroso de un personaje lamentable y peligroso.

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Candidatos, Elecciones 2021, Liberalismo

Una encuesta de determinada empresa no se puede comparar con otra. Tienen metodologías distintas y muestreos diversos. Pero sí es factible compararlas entre ellas mismas y en esa medida, la última encuesta de Datum arroja resultados interesantes a comentar. Cabe mencionar que ha sido hecha antes del debate dominical.

Lescano (14%, +1): Empieza a lentificarse su crecimiento. Es curioso que en el oriente sea donde peor le vaya en cuanto a región geográfica siendo una zona tradicionalmente populista. No le fue bien en el debate.

López Aliaga ((9%, +2): también ya se detiene su boom de crecimiento. Está asentado sobre todo en el sector AB, hombres y en Lima. Va a ser difícil que crezca en otros segmentos. Ya habría llegado a su techo y puede empezar a descender. No participar en el debate fue un error.

Forsyth (8%, +1): El debate lo va a afectar. Tiene más arraigo en jóvenes limeños y del oriente, del sector AB. Si la da un giro a su campaña podría mantenerse y tentar la segunda vuelta. Deberían salir más sus voceros y no sólo él.

Fujimori (8%, +1): crece lenta, pero sostenidamente. Es la que mejor está llevando su estrategia, sin perder los papeles. Sabe que el partido dura 90 minutos y no se aloca. Debe trabajar el sur y el oriente. Tiene buena votación femenina (más que Mendoza).

Mendoza (6%, =): su mensaje cala más en el sector E. Después del debate puede crecer. La atenazan Lescano y Castillo. Le han quitado el sur. Lescano tiene 18% en esa región, Mendoza 8% y Castillo, allí cerquita, 7%. Y en el centro, Castillo le gana.

De Soto (5%, =): en el centro (1%) y el oriente (3%) casi no existe. Lo mismo en el sector E (1%). Debe hacer campaña allí. Se está desplegando bien en medios y en visitas. Va a crecer. No se puede asegurar si al punto de aprovechar la probable caída de López Aliaga o si le dé como para alcanzar a Keiko.

Urresti (5%, +1): es el que votación más homogénea tiene (género, edad, región y nivel socioeconómico). No le fue bien en el debate, aunque quizás su efectismo gestual logre calar.

Castillo (3%, +1): si hace campaña en Lima, donde tiene 0% de intención de voto, podría dar la sorpresa y superar la valla. Tiene 10% en el centro y 7% en el sur.

Acuña (3%, =): le va bien en las entrevistas. En el AB le va pésimo. Debería hacer hablar a sus voceros económicos que pueden sintonizar con ese segmento. No está descartado.

Quizás lo más importante de esta encuesta de Datum es que el 45% aún está pensando por quién votar y un enorme 25% no ha pensado nada sobre estas elecciones. Solo un 28% dice ya haber decidido su voto.

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Datum, Elecciones 2021, Encuestas

Sin duda, las ganadoras del debate electoral protagonizado anoche en América Televisión, son -en ese orden- las candidatas de Juntos por el Perú, Verónika Mendoza, y de Fuerza Popular, Keiko Fujimori.

Más solventes, más directas, más confrontacionales cuando la ocasión lo ameritaba, dejaron deslucidos a Lescano, Forsyth y Urresti, que más bien mostraron sus flaquezas antes que sus fortalezas.

¿Les alcanzará a ambas para avanzar en las “semifinales” que disputan? Mendoza tiene que derrotar a Lescano si quiere pasar a la segunda vuelta y tiene, además, que contener el crecimiento de Pedro Castillo, el candidato de la izquierda radical. Anoche ha anotado un gol, ha achicado la diferencia con Lescano y de mantener ese perfil (es injusta, por cierto, la poca cobertura mediática que recibe), puede trepar y meterse por los palos a la segunda vuelta. Tres semanas para la elección es mucho y faltan aún los debates del Jurado Nacional de Elecciones. Ha dejado de ser la Mendoza modosita que a nadie del centro iba a conquistar en esta primera vuelta.

Por su parte, Keiko Fujimori también redondeó una buena faena, contando con el beneficio adicional que su rival directo, Rafael López Aliaga, perdió por walk over al no asistir al debate. El candidato de Renovación Popular pudo haberlo hecho y haber aprovechado para zaherir al grupo El Comercio -si era eso lo que le molestaba- y eso, inclusive, le habría dado votos, dado el desprestigio social que sufre el principal conglomerado mediático del país, pero prefirió ir a una entrevista con Mónica Delta en Latina Televisión y salió trasquilado.

Al parecer, Keiko va a ir subiendo, lenta, pero sostenidamente, y López Aliaga no solo habría llegado a su techo sino que podría empezar a descender. Keiko aparentemente la tiene más fácil que Verónika Mendoza porque está a pocos puntos de López Aliaga, pero se le complica por la presencia creciente de Hernando de Soto, que también quiere jugar este partido de la derecha y su campaña ha agarrado vuelo (estuvo muy bien anoche en sendas entrevistas con Mónica Delta y Jaime Bayly).

Las semifinales de la izquierda y la derecha aún no están definidas. Apenas está culminando el primer tiempo. Hay cambios de estrategia y eso va a influir en los resultados finales.

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Debate, Elecciones 2021, Encuestas

Si quien gane las elecciones en la segunda vuelta no está dispuesto a establecer un pacto extraordinario con diversas fuerzas políticas, vamos a ver un país nuevamente convulsionado por las permanente amenazas de la vacancia presidencial o la disolución del Congreso, como bien ha señalado Alberto Vergara en su columna de hoy.

Como van las cosas, resulta casi imposible que algún partido alcance mayoría. Se ve difícil también que baste con que dos partidos se unan. Se va a necesitar un acuerdo multipartidario.

Así, no va a ser suficiente un pacto bilateral, como en el 2001, cuando Alejandro Toledo llegó a un acuerdo con Fernando Olivera y logró mayoría en el Congreso, o el 2006 entre Alan García y la bancada fujimorista, o el 2011 entre Ollanta Humala y el referido Toledo. Se va a necesitar mucho más que eso.

Por lo pronto, el nuevo Presidente va a requerir por lo menos 44 congresistas leales e incondicionales para evitar que lo vaquen en algún momento. Precisará de 65 parlamentarios para asegurarse de que no le censuren ministros y un número similar para estar ciento por ciento seguro de que le otorguen a sus respectivos gabinetes la cuestión de confianza (se requiere mayoría simple del quorum). Además, por cierto, necesitará un número equivalente para asegurarse la aprobación de leyes que pueda proponer al Congreso.

Eso va a implicar un gabinete multipartidario, con carteras específicas asignadas a los socios del pacto. Organismos públicos (Petroperú, Sedapal), asiento en instituciones autónomas (Tribunal Constitucional, BCR, organismos reguladores, etc.), tendrán que ser manejadas como moneda de intercambio para lograr sellar un pacto de gobernabilidad que al menos le evite al país la zozobra que hemos vivido los últimos cinco años.

La mala noticia será, sin embargo, que un pacto de semejante naturaleza acotará al mínimo la posibilidad de ejecutar políticas públicas audaces, continuar con la reforma política o judicial, retomar el camino de las reformas económicas. Reinará el mínimo denominador común. En el mejor de los casos, será un gobierno “más de lo mismo” como los que hemos tenido los últimos veinte años, pero el gran beneficio será la estabilidad, con todo lo que ello implica.

La continuidad de la estrategia de vacunación y el relanzamiento de la economía, requieren, sobre todo, estabilidad. Otros tiempos serán los de las reformas. Con que estos dos objetivos se logren plasmar en los cinco años entrantes deberíamos darnos por bien servidos.

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Congreso, Elecciones 2021

Si Luis Bedoya Reyes hubiese ganado las elecciones de 1980 o 1985, el país hubiera sido otro, sin duda. Nos habríamos evitado el desastre del segundo belaundismo y el apocalipsis del primer alanismo. La infame y horripilante década de los 80 no habría sido tan desgraciada si llegaba al poder alguien que hubiera emprendido algunas reformas económicas urgentes ya en esa época y que recién el país pudo ver plasmadas en los 90.

Pero la suerte electoral no le sonrió. En 1980, Belaunde obtuvo el 44.93% de la votación, Armando Villanueva el 27.24% y el Tucán apenas el 9.58%. En el 85, ya luego del desgaste de haber sido cogobierno con Belaunde, Bedoya tambien salió malparado. Un fulgurante Alan García obtuvo el 53.1%, Alfonso Barrantes 24.69% y Bedoya tan solo el 11.89%. Nunca más volvió a postular a la Presidencia.

Bedoya no era estrictamente hablando un liberal. Era confeso socialcristiano. Creía que el Estado debía tener una participación en el manejo económico. Era más un proempresa que un promercado. Y cometió el grave error de llenar a su partido de abogados lobistas, más interesados en obtener poder político para favorecer a sus clientes ocultos, que en desplegar políticas públicas liberales (esa tara le ha durado al PPC hasta hace muy poco).

Recuerdo mucho algunas tertulias organizadas por don Arturo Salazar Larraín en su domicilio, a inicios de los 80, a las que invitaba a los jóvenes periodistas de La Prensa a departir con el líder pepecista. Nunca me quedó claro si lo que quería don Arturo era que convenciéramos a Bedoya de las bondades del liberalismo o, si, al revés, buscaba que el exalcalde limeño nos reconviniera de nuestro radicalismo liberal. Lo cierto es que el Tucán aguantaba a pie firme todas las insolencias posibles y no perdía nunca el buen talante. Mi recuerdo es el de un demócrata por encima de cualquier contingencia.

No fueron sus extraordinarias gestiones al mando de la Municipalidad de Lima, lo que mejor hizo en términos políticos. Su rol en la Constituyente del 78, que dio pie a la Carta Magna del 79, encumbrando a Víctor Raúl Haya de la Torre a la presidencia de la misma y evitando así que la izquierda se metiera por los palos, fue un acto político de primer orden.

Luego tuvo una fructífera labor en la conformación del Fredemo. Fue un proyecto electoralmente fallido, pero que dejó mucha huella ideológica en el país y ello se debió en gran medida al talante componedor de Bedoya, que supo compensar las arbitrariedades señoriales de Belaunde, que tan bien ha consignado Mario Vargas Llosa en El pez en el agua.

Se ha ido un gran político, que mereció mayor reconocimiento cívico y éxito electoral. Un político de una estirpe que tardará muchos años en reaparecer en el Perú.

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1985, Elecciones, Luis Bedoya Reyes

Era previsible que su ascenso repentino en las encuestas terminase por marear a Rafael López Aliaga. A la legua se le ve que es una persona inestable, voluble y a la que se le sale la cadena a la primera de bastos.

Tremendamente agresivo e intolerante con periodistas, sin importar si son de casas televisivas que son sus hinchas, gestos políticos altisonantes y frases desafortunadas resumen muy bien su último itinerario político.

Lo que parece va a ser un parteaguas en este romance disfuncional que un sector poco ilustrado de la élite AB del país le venía prodigando ha sido este pacto con el Frente Patriótico que comanda Virgilio Acuña, y que no oculta su antaurismo y ha hecho de la libertad del etnocacerista su objetivo mayor.

¿Qué lo pudo haber llevado a cometer ese grave error, que no se va a lograr disimular con desmentidos pueriles a través de notas de prensa? Quizás su vocación miliciana, propia del Opus Dei, orden religiosa ultraconservadora a la que se adscribe, lo llevo a dejarse seducir por los uniformados radicales de la izquierda antaurista. Quizás el mismo espíritu protofascista lo terminó de encandilar. Vaya uno a saber. Tarea de especialistas.

Lo cierto es que nos revela un rostro político más que cuestionable y una personalidad y carácter poco propicios para conducir los destinos del país. A consecuencia de ello, todo permitiría especular que su crecimiento se va a detener y que su votación explosiva será solo efímera y terminará por recalar a predios menos disparatados.

En la derecha, se sobrellevan dos campañas paralelas a la de Renovación Popular, que son las de Keiko Fujimori y Hernando de Soto, que al costado de la de López Aliaga parecen campañas británicas. El juego de ambos es más racional. Keiko apuesta a un crecimiento lento pero sostenido (que puede dar un salto con el trasvase de los lopezaliaguistas desencantados), y De Soto parece haber colocado todas las balas en el último mes de la campaña, suponemos que con mejores resultados que aquellos que se mostraban con una campaña opaca y silente.

Esperemos que así sea. La derecha del país merece una mejor representación que la de alguien como Rafael López Aliaga, el summum de la derecha bruta y achorada, autoritaria en lo político, mercantilista en lo económico y ultraconservadora en lo moral.

Ojalá sus crasos dislates le pasen factura. Si su rush hubiese sido a dos semanas de la elección, quizás era inquilino fijo en la segunda vuelta. No habría dado tiempo para calibrarlo. Felizmente creció faltando un mes y ese impulso anímico lo ha terminado de mostrar en su horrorosa desnudez.

 

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Rafael Lopez Aliaga, Renovación popular

Hasta antes de su exclusión por parte del Jurado Nacional de Elecciones de la contienda del 2016, Julio Guzmán llegó a tener 18% de intención de voto, y César Acuña 13%. Ambos se asomaban como eventuales contendores de la segunda vuelta electoral. ¿Qué ha pasado para que ahora muestren escuálidos resultados? Según la última encuesta de Ipsos, el líder morado tiene apenas 3.1% y el candidato de Alianza para el Progreso 2.6%.

Julio Guzmán: su incidente flamígero, definido como prueba de carácter, le ha jugado una muy mala pasada. Ha destruido su capital político y ello ya se vió en la última elección congresal de enero del año pasado, donde afectó a una buena lista parlamentaria. Guzmán no ha sabido reaccionar. Creyó que guardando silencio y perfil bajo iba a lograr que el incidente se olvidase. Inició así una campaña edulcorada, sin mayor filo, en medio de una situación en la cual la ciudadanía pide confrontación y radicalidad. Recién en la última semana ha empezado a mostrarse beligerante y agresivo. Puede ser demasiado tarde, pero también le puede resultar. Está al borde de la eliminación. Si no muestra crecimiento en la siguiente encuesta, ya casi podría ser descartado en esta contienda, aun a sabiendas de que en el Perú una semana es una eternidad.

César Acuña: se traumó por el escándalo de las denuncias por plagio de la campaña anterior. Se dedicó cinco años a limpiar su imagen y quizás pensó que toda la contienda actual iba a estar destinada a ese tema por parte de sus adversarios. Y resulta que no ha sido así. Por lo mismo, se quedó pasmado los primeros meses sin desplegar una estrategia correcta de campaña y huyendo de los medios de comunicación, temeroso de que su pobre elocuencia lo único que hiciese fuera aumentar la campaña de memes ridiculizantes que lo han agarrado de punto. Al final, ha sabido encontrar un filón productivo, como es el del empresario exitoso que surgió de la pobreza, que además reivindica su hablar como propio del pueblo. Tiene una marca potente, sobre todo en el norte del país. Quizás tiene un voto escondido por esa razón.

Ninguno de los dos está descartado. Dada la poca intención de voto de todos los candidatos, basta crecer cinco o seis puntos -lo que es perfectamente factible- para volverse a colocar en el partidor. Esta elección se va a definir faltando días u horas. Nadie está fuera aún. Por lo menos, no lo están los dos mencionados, los excluidos del 2016.

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César Acuña, JNE, Julio Guzmán
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