Ayer hemos celebrado doscientos años de una puesta en escena que aún hoy no termina. Han cambiado los personajes, las imposturas, los ritos y los símbolos pero aquella base colonial, excluyente, discriminadora y racista sobre la que se construyó nuestra república sigue -pese a algunos pequeños avances- incólume. Se podría decir que son doscientos años de una farsa. Nunca pudimos lograr que los vasallos se vieran como ciudadanos con derechos y deberes. Hicimos de nuestra sociedad un lugar donde el privilegio, el color de piel y el prejuicio y no la capacidad, el talento, el trabajo o la inteligencia sean el criterio para distinguir a las personas.

Como un rezago de la época colonial el estado republicano se estableció en una sociedad en la que no existía vida pública ni ciudadanos. Fracasado el proyecto de una monarquía constitucional, las ideas republicanas entusiasmaron a la élite intelectual, pero no encontraron fuerzas sociales en condiciones de llevarlas a cabo. La República no supo acabar con la sociedad estamental de la colonia. Abolieron los títulos, pero paradójicamente el resultado no fue la democratización, sino que se plebeyizó al régimen jerárquico preexistente. El Perú mantuvo hasta 1854 -en plena República- la esclavitud y el tributo indígena y fue recién en 1980 que se permitió el voto universal.

Aquí radicaría uno de nuestros principales obstáculos para un proyecto común como nación. El Estado criollo, ayer como hoy, siempre que sintió amenazados sus intereses recurrió a la fuerza, la represión y la dictadura como modo de instaurar un orden, entendido como el mantenimiento de ciertos valores por ellos mismos consagrados. El nexo entre autoritarismo y democracia fue el militarismo. Con un ejército pocas veces participando de batallas con extranjeros y en las pocas que lo hizo perdió. No era de extrañar que su principal objetivo no fuera otro ejército extranjero, sino Palacio de Gobierno.

Paternalismo y violencia crean lealtades verticales de subsistencia que no pueden producir una sociedad igualitarista ni autonomía en los ciudadanos. Los conflictos sociales y políticos se convierten en disputas entre señores y sus séquitos que conforman grupos de clientela de carácter grupal, heredados de una sociedad colonial fragmentada, en la que resultaba demasiado difícil articular intereses y producir un proyecto colectivo.

Esto se traduce en la imposibilidad de crear ciudadanos autónomos y respetuosos de la ley. El igualitarismo típico de las sociedades modernas se torna una quimera, o mejor aún, en una ficción. Entonces no es tanto la mentalidad despótica de una élite política lo que origina nuestra “tradición autoritaria” a lo largo de la historia, sino el sentido común que la sostiene y reproduce en la vida cotidiana, desde la familia y la escuela hasta las relaciones laborales y jurídicas. Esto crea un tipo de relación moral en la que actos tan cruentos como la tortura, la violencia familiar o el feminicidio pasan completamente desapercibidos entre nosotros.

La nuestra se constituye en una sociedad de la desconfianza donde el manejo de los símbolos es muy difícil, nos hemos acostumbrado a que la gente aplauda y a la vez dude del que le habla. Buscamos esperanza y también al culpable. Esto pese a los muchos intentos por parte del Estado por construir una identidad nacional, ha fracasado, pues siempre se hizo desde arriba y como una imposición. Los peruanos aprendimos a de decir que sí cuando es no, como un modo de resistir el avasallamiento de los dominadores.

En una perturbadora novela Guillermo Thorndike hace reflexionar a uno de sus personajes principales; “Carecemos de identidad histórica, hemos traicionado nuestra antigua lengua, nos hemos olvidado de los dioses propios y hemos adoptado divinidades ajenas no siempre de la manera más honesta. Nos damos golpes en el pecho, cumplimos con las formalidades y después hacemos lo que nos da la gana. Hemos delimitado claramente los compartimentos estancos de la vida: mi amor por la mujer en la persona de mi madre, a la cual respeto, pero todas las demás son utilizadas, maltratadas, Unas putas. Mi amor por la madre de mis hijos pero traición a mi esposa. Mi respeto al padre, al Señor Morado: un día de procesión y trescientos sesenta y cuatro de corrupción.” En suma somos y nos somos.

Mantenemos un discurso que sea aceptado para evitar el rechazo, pero es siempre difícil saber exactamente qué piensa un peruano. Históricamente la élite nunca buscó una sociedad libertaria e igualitarista, sino mantener el orden autoritario y estamental que soportaba a la sociedad colonial. La disputa misma sobre la independencia fue un asunto de criollos interesados más en sus propios beneficios que en los de la comunidad. Recordemos, sino, a la aristocracia limeña financiando a los realistas incluso una semana antes de la llegada del ejército libertador a Lima.

Tenemos un tipo de moral que no respeta al Otro como alguien diferente, sino que genera relaciones de poder autoritario en las que no todos somos iguales. Ante delitos atroces sus perpetradores piden impunidad o nunca son castigados. Dentro de esta mentalidad hay vidas que son prescindibles en el Perú. Una muestra de ello ha sido la barbarie senderista que costó al Perú la vida de casi 80 mil peruanos, o el manejo infame de la pandemia por parte de Martín Vizcarra que a punta de frivolidad, corrupción y un alto sentido de la traición produjo la muerte de más de 100 mil compatriotas.

Cabe preguntarse entonces por las fuentes de esta profunda insensibilidad ética que nos ha llevado a tanto horror en estos doscientos años. La violencia, el autoritarismo y la corrupción que nuestra sociedad encarna, debemos buscarlos en nuestras tradiciones simbólicas y ampliamente socializadas como resultado de un largo proceso de constitución de categorías conceptuales. Hace falta todavía una fenomenología de nuestro mundo moral que nos muestre lo que somos y nos permita explicar por qué somos de esa manera.

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Tras quinientos años de resistencia parece que un nuevo tiempo se abre en nuestro continente. Si atendemos a los procesos transformadores que se van suscitando en la región, podemos advertir la puesta en marcha de un movimiento de reivindicación donde el pueblo se empieza a saber dueño de su propio destino. Así lo indica el franco proceso constituyente que se está dando en Chile y que empieza abrirse camino en el Perú.

Que en el Perú, que siempre fue considerado el nudo del imperio, un profesor rural representante de un partido de izquierda llegue por primera vez en la historia a ocupar la presidencia de la república en elecciones limpias y democráticas, que otra profesora, esta vez Mapuche (una de las culturas que más embates ha recibido y que mejor ha sabido resistir al colonialismo) presida la asamblea constituyente en Chile, que en Bolivia haya vuelto a ganar democráticamente el gobierno el partido de izquierda de Evo Morales; que en Argentina nuevamente la izquierda haya llegado al gobierno, que el pueblo colombiano haya despertado de un largo letargo y haya tomado las calles para dar inicio a un nuevo movimiento de generación de poder popular. Todos esos son signos que un nuevo tiempo se abre ante nosotros.

Un nuevo proceso de giro a la izquierda se ha inaugurado en nuestro continente. Uno que reclama un nuevo pacto social que termine de derrumbar las viejas estructuras de dominación (mercantilismo, corrupción, desigualdad, injusticia, etc.). Se abre paso un tiempo constituyente donde el pueblo, consciente por primera vez de su real poder y decidido a ser el dueño de su destino, pugna por nueva renovar las constituciones, muchas de ellas hijas de la dictadura, que se impusieron a fuego y sangre.

Las fuerzas conservadoras y reaccionarias de una oligarquía que sólo sabe cuidar sus propios intereses prefieren cerrar los ojos ante esta marea incontenible de cambio. No soportan haber perdido el control de un pueblo insumiso que se sabe el protagonista de la nueva hora que vivimos. Hoy como ayer es presa del temor de perder sus privilegios porque son incapaces de aceptar la igualdad entre los individuos y ciudadanos. Cuando hace doscientos años construyeron una república a su medida, montada sobre la base de la sociedad colonial, no imaginaron que sus herederos dos siglos más tarde siguieran manteniéndose tan ciegos como ellos. Creyeron que las cifras macroeconómicas, esas que ocultaban el dolor, el espanto y la indignidad de la pobreza, eran suficientes para seguir ejerciendo su poder. La pandemia saco a luz la fragilidad de una sociedad construida a base de intereses privados y en soslayo del pueblo. Nunca fuimos capaces de construir ciudadanía.

Hoy toda esa fuerza embalsamada por siglos se ha desbordado. La única manera de encausarla es a través de un proceso constituyente. Existe entre nosotros la necesidad histórica de darnos la chance de decidir sobre nuestro propio destino, de que todas las voces, especialmente las postergadas, puedan ser escuchadas y sus decisiones acatadas. Nunca en la historia del Perú los pueblos indígenas y nativos pudieron participar de una asamblea constituyente. Por eso, seguimos siendo el país excluyente, racista y conservador de siempre.

En el Perú, darle paso al proceso constituyente no sólo significa estar a tono con los nuevos procesos sociales y populares que se van dando en la región, sino que significa también acatar la voluntad popular que votó masiva y mayoritariamente por la opción que trajo como propuesta una nueva constitución. Ahora quienes perdieron las elecciones quieren seguir gobernando y cerrando las puertas a la decisión popular de una nueva constitución, para continuar manteniendo sus privilegios. Se trata de respetar una decisión democrática y abrir el paso a una discusión donde todos podamos participar en condición de igualdad.

Con el nuevo gobierno del profesor Pedro Castillo, se abre la posibilidad real de que el proceso constituyente que ya vivimos encuentre su expresión una asamblea que sea fruto de la voluntad popular y vayamos en el camino de decidir nuestro propio destino. Querrán frenar este proceso aduciendo formalidades legales, pero la discusión en este plano no es sólo legal y jurídica, sino política y social. Más que abogados, que siempre defienden intereses, es momento de escuchar lo que los ciudadanos ya han expresado con la voz y la fuerza de sus votos. Por ello, se torna ineludible arribar a un nuevo pacto donde todos podamos participar y tomar las riendas de nuestro destino.

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Asamblea Constituyente, Pedro Castillo

Esta será la primera vez en la historia del Perú en que la izquierda popular llegue al gobierno por la vía de los votos. El pueblo le ha otorgado la confianza de conducir el gobierno por los próximos cinco años a un programa popular que no ha tenido que hacer concesiones para poder ser elegido. Eso, sin embargo, no supone el sectarismo, que ya sabemos no conduce a nada bueno, sino la capacidad de realizar las transformaciones que el país necesita y reclama dentro de los cauces democráticos.

Con una historia que siempre la colocó en la oposición, hoy la izquierda tiene el deber de ser gobierno, tomar las decisiones, construir los consensos y asegurar que las expectativas populares no sean traicionadas por una mala gestión. Los dirigentes del nuevo gobierno deben comprender que ahora toca la enorme responsabilidad de ser un gobierno para todos.

El sectarismo siempre es una tentación en la izquierda. Su elección se ha realizado en circunstancias muy especiales y casi la mitad del país no ha votado por esa opción. Por ello, sin renunciar a sus principios, ofertas, ni su vocación transformadora, su principal misión será la de convencer a aquellos que no creen en un proyecto popular de igualdad y justicia social. Eso no se hará sembrando temor, ni mediante amenazas, sino explicando una y otra vez que un gobierno de izquierda no tiene que ser autoritario y empobrecedor.

Se puede lograr un gobierno de unidad a partir de hacer entender que el Perú requiere de un nuevo pacto social que legitime lo que queremos ser como nación. Por eso, la necesidad de debatir una nueva Constitución. Lo verdaderamente democrático es no temer al soberano en las decisiones que toma. La nueva Constitución es la puerta a nuevos consensos sobre la base de dotarnos a nosotros mismos de nuestro destino.

Las Constituciones son el reflejo de las necesidades sociales de una época. Y si algo nos ha mostrado esta pandemia es que el tiempo del neoliberalismo, que en nuestro país nunca pasó de ser un neomercantilismo, se ha agotado. Las enormes desigualdades y la precariedad que este modelo privatizador, autoritario y corrupto han abierto paso a la necesidad de un cambio.

La propuesta electoral ganadora en esta elección es la que tuvo como principal bandera un cambio de Constitución. Eso significa que el soberano se ha manifestado a favor de ello y, por tanto, el primer deber del nuevo gobierno será el de cumplir con su promesa de una nueva Constitución. Los que se oponen a una nueva Constitución deben entender que no se trata de un capricho del señor Castillo, sino de un mandato expreso que se le ha dado en las urnas.

No hacerlo sería traicionar la voluntad popular. El gran problema que siempre ha impedido a la derecha comprender nuestro país, es que nunca se ha dado la molestia de escuchar las necesidades de los sectores populares. El crecimiento macroeconómico ya no es suficiente ahora el pueblo exige también justicia e igualdad. Esa es la gran discusión nacional que nos toca como país llevar adelante, cómo logramos sacar de la postergación, la marginación y la exclusión a las grandes mayorías mediante un nuevo pacto social donde ellas también se sientan representadas, escuchadas y sobre todo, donde puedan tomas sus propias decisiones sobre qué tipo de país quieren.

No hay que tener miedo de lo que el pueblo quiera. La campaña infame contra Pedro Castillo y su partido para que no llegue al gobierno, aduciendo un fraude inexistente, sólo atisba los ánimos de un país dividido que necesita sanar sus heridas, curar sus fracturas y buscar en una nueva Constitución la oportunidad de empezar a construir una sociedad donde nadie, nunca más, sea prescindible.

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Constitución, Izquierda, sectarismo

La crisis política que llevó a la disolución del Congreso en el 2019 fue a causa de la elección de los magistrados del Tribunal Constitucional. En esa oportunidad, se quiso hacer una elección que sirviera a los intereses de la mayoría fujimorista. Hoy la historia se repite, no como tragedia sino como una comedia bufa de un Congreso que es un remedo de sí mismo.

Con la única intención de constituir un Tribunal Constitucional a su medida y que sirva como obstáculo a toda iniciativa de reforma o cambio que quiera implementar el próximo gobierno, quieren tener por la vía de la leguleyada, el poder que les fue negado en las urnas. Este es un problema tanto de legitimidad como de legalidad.

Nadie discute que la elección de los magistrados del Tribunal Constitucional es una facultad constitucional del Congreso, pero a veinte días de vencer su mandato, los congresistas peruanos quieren conformar, entre gallos y medianoche, un Tribunal Constitucional que carecerá de toda legitimidad por lo turbio de su origen. Los parlamentarios, muchos de ellos de nivel precámbrico, no se dan cuenta que si llegan a perpetrar su despropósito generarán una enorme crisis política de consecuencias desconocidas.

En un alarde de su necedad y poco respeto a la institucionalidad han decidido ir en contra de un mandato judicial con tal de salirse con la suya. Esto hará, además de ilegítima, ilegal la elección de los magistrados, que si tuvieran un poco de vergüenza y modales democráticos, renunciarían a una elección espuria. Como la ignorancia es siempre atrevida, los sectores mayoritarios del Congreso, han llegado al colmo de sacar un comunicado en el que señalan que no acatarán la orden de un juez, porque a su parecer no tiene la debida motivación y es transgresora de la separación de poderes.

Parece que no se percatan que quienes están transgrediendo la separación de poderes son ellos y no la juez que declaró fundada una medida cautelar para que no se produzca esta elección. Al Poder legislativo no le compete pronunciarse sobre la debida o indebida motivación de una resolución judicial. Lo democrático y legal es que si no están de acuerdo con una resolución judicial pueden apelar, pero no desconocerla porque creen o consideran que no está bien motivada. De lo contrario, cualquiera que crea que una resolución judicial que no le da la razón podría ser desconocida sólo porque le parece que no está debidamente motivada, sin necesidad de recurrir a la instancia superior. Sería el estado de la barbarie de la que parece que muchos congresistas aún no han salido.

Cuando Montesquieu propuso la separación de poderes como base de un sistema republicano de gobierno, lo hizo porque sabía que “para prevenir el abuso, es necesario, por la naturaleza misma de las cosas, que el poder límite al poder” (Espíritu de las Leyes, Libro XI). Pues bien, lo que ha hecho el Poder Judicial es limitar el poder abusivo de un Congreso que no ha sido capaz de cumplir con su propio reglamento de selección de los magistrados del Tribunal Constitucional.

Hablando precisamente de la falta de motivación, la resolución judicial que otorga la medida cautelar lo hace, entre otras cosas, porque el Congreso no ha cumplido con el artículo 35 de su propio reglamento de selección de magistrados al Tribunal Constitucional que exige la motivación respecto a la calificación de los postulantes. Motivación que no ha sido realizada ni publicada en ningún lugar, como manda dicho reglamento. Entonces, no es que el Poder Judicial haya transgredido la separación de poderes, sino que ha cumplido con su trabajo de mantener el equilibrio entre ellos evitando la ilegalidad y el abuso.

El equilibrio de poderes busca precisamente que cada uno, dentro de sus funciones y prerrogativas, contenga los ímpetus de abuso del otro. En este caso, el desconocimiento de la resolución judicial acarrearía la ilegalidad de la elección de los magistrados si es que el Congreso continúa con su despropósito.

Esto nos lleva a un punto más de fondo que se deberá discutir con calma y a profundidad. El origen político y la necesidad de un Tribunal Constitucional. Con un Congreso unicameral el Tribunal Constitucional se vuelve una especie de senado integrado por siete miembros que el pueblo no ha elegido, pero además se convierte en una cuarta instancia en toda materia, desde impuestos hasta libertades, en la que sólo siete personas pueden enmendar la plana a tres instancias del Poder Judicial. Por eso se vuelve la pepita de oro de todos los políticos, porque el control sobre el Tribunal Constitucional supone el control sobre toda decisión relevante en el país.

Este será uno de los tantos temas que aún quedan pendientes para una reforma de fondo sobre la estructura de nuestro estado. Pero mientras no se dé, lo democrático es cumplir con la institucionalidad, legalidad y legitimidad de un Tribunal Constitucional que no sea el resultado de componendas y negociados que quieran desconocer la voluntad popular al intentar frenar las reformas que el pueblo ha pedido con la elección de un gobierno que ha prometido un nuevo pacto social. Esa ha sido la opción ganadora y la que todos debemos respetar.

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Congreso, Tribunal Constitucional

La patria desde su acepción griega de patra, hace referencia al lugar de nacimiento y posteriormente a su entrelazamiento familiar por medio del vocablo latino pater. En suma, la terra patrum es la tierra de los padres y de los familiares. La patria implica por tanto un ethos, una morada donde rigen unos hábitos, costumbres, creencias que para sus habitantes son comunes. Por ello, el amor patrio es entonces una suerte de “amistad civil” de los hombres que viven en una determinada comunidad, es más, gracias a ella podemos vivir y hablar de comunidad.

Pues bien, lo que ha mostrado un sector de la derecha peruana en estos días es que ha conformado un Frente Antipatriota, incapaz de entender el sentido de “amistad civil” y toda civilidad en general, que ha puesto en marcha un plan de golpe de estado con la finalidad de no permitir la proclamación del presidente electo Pedro Castillo. Lo llamamos Antipatriota pues lo que ha venido demostrando es su poco interés por el sentido de comunidad. Ciegos ante la voluntad de cambio expresada por el pueblo, sólo están velando por sus mezquinos intereses empresariales, políticos y sus privilegios. Han sacado a relucir y comprobar, una vez más, que en el Perú siempre hubo sólo una clase dominante y nunca una élite dirigente.

La voluntad de golpe se expresó abiertamente en el infame comunicado firmado por un grupo de militares en retiro (los generales de ninguna batalla), la abierta intervención del criminal Vladimiro Montesinos para sobornar a los magistrados del Jurado Nacional de Elecciones, el intento de sabotaje a este mismo tribunal electoral para dejarlo sin quorum con la maniobra torpe del “hermanito” Luis Carlos Arce, el pedido de una auditoria imposible a la OEA y la agitación social con la clara intención de provocar una desgracia que todos tengamos que lamentar.

Lo que resulta claro es que el único objetivo de este Frente Antipatriota es evitar a toda costa que Pedro Castillo llegue a juramentar como el presidente del bicentenario. Una de las cosas más lamentables es que muchos liberales también hayan abdicado de la defensa de la libertad y la democracia. Mario Vargas Llosa y compañía han sacado lo peor de sí al no deslindar de estos intentos de perpetrar un golpe de estado. Su nombre y el de muchos quedará en el anecdotario político eternamente vinculado al de Vladimiro Montesinos en el intento de que la “chica” llegue a como dé lugar a la presidencia. En el ocaso de su existencia el hombre que luchó contra todas las dictaduras defiende lo que es, parafraseándolo, el “golpe perfecto”.

El fujimorismo termina su atroz paso por la vida nacional del mismo modo como lo inició: de la mano de Montesinos urdiendo un golpe de estado. Pero, más peligroso aún se ha sumado a un grupo fascista liderado por el hombre, que se reivindica tras el apelativo de un cerdo, que no se cansa de mostrar su desprecio por los sectores populares. En lo miserable de su alma anómala ha pedido incluso que se haga subir el dólar para castigar a aquellos que menos tienen. En este grupo también se encuentran los sectores racistas que enarbolan lo más duro de la derecha fascista internacional. Sabíamos que nuestra derecha siempre fue autoritaria y algo estúpida, pero siempre se puede caer más bajo. En este elenco se suma también el Apra. El partido del espacio-tiempo-histórico que nunca se supo colocar en el lugar correcto de la historia y una vez más traicionan su legado. Antes con Odría y hora con el fujimorismo en una suerte de síndrome de Estocolmo los apristas han llevado a su partido al olvido de lo que alguna vez fueron.

El Frente Antipatriota no quiere al Perú. En medio de la muerte de miles de nuestros compatriotas, con este retraso absurdo que están provocando que la tragedia se ahonde.  En este momento el gobierno electo debería estarse ocupando de la transferencia responsable del ministerio de salud, por ejemplo, con una tercera ola tocando la puerta, o del ministerio de economía para recuperar los 6 millones de empleos perdidos por el Covid, o de cómo garantizar que se continúe el ritmo de vacunación, pero todo esto resulta imposible, pues la señora Fujimori ha decidido orquestar un golpe que no solo ataca a Pedro Castillo, sino que golpeará a todas las familias que necesitan urgentemente saber cómo se acabará con la pandemia, cómo se recuperará la economía, de los bonos para llegar a fin de mes, de educación para que los niños no pierdan un segundo año escolar, etc. Este Frente Antipatriota nos está golpeando a todos. Basta ya.

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Frente Antipatriota, Mario Vargas Llosa, Vladimiro Montesinos

En los cuentos para niños cuando un gigante entra en estado de rabieta y golpea el piso con manos y pies éste retumba pudiendo causar muy graves daños a su alrededor. Se trata de un proceder irracional que no mide las consecuencias de que no se haga lo que su mera voluntad le mande. Hoy vemos que ese gigante que es la derecha bruta y achorada, al haber perdido las elecciones, ha entrado en un estado de pataleta que se está llevando consigo la poca institucionalidad que hemos podido construir en todos estos años de democracia.

Con una insensata y muy poca creíble campaña de fraude, el fujimorismo aupado en esa derecha obtusa, racista y corrupta, ha llegado al extremo de la sedición haciendo un llamado al golpe de estado con tal de no permitir que la voluntad de la mayoría se concrete y Pedro Castillo sea, por fin, proclamado como presidente la república.

Los mismos generales de ninguna batalla que sólo usaron su poder y su rango para ponerse de rodillas ante el criminal y traidor de Vladimiro Montesinos, hoy como ayer, vuelven a firmar un acta de sujeción al autoritarismo corrupto al que siempre sirvieron. No les interesa ni la democracia, ni protegerla, lo único de lo que son capaces es de seguir sirviendo de guachimanes con galones a los señores de siempre que se niegan a dejar el poder que durante doscientos años mantuvieron a sangre y bala.

Las cosas ahora han cambiado y no sólo tenemos instituciones sino una ciudadanía vigilante y poco dispuesta a dejar que el triunfo contra la corrupción le sea arrebatado. La pataleta de la señora Fujimori fue la principal causante de estos cinco años perdidos por la inestabilidad política a la que nos sometió, regresándonos al siglo XIX donde hemos contado cuatro presidentes en cinco años. Hoy amenaza con más de lo mismo. Saben bien ella y la derecha que representa que han sido legítimamente derrotadas en las urnas, pero seguirán haciendo lo que esté en sus manos para no aceptar los resultados.

La persona acusada de liderar una organización criminal no ha tenido escrúpulos en rodearse de sus co-investigados desobedeciendo las reglas de un tribunal timorato que ahora es incapaz de hacerlas cumplir. Lo cierto es que eso sólo muestra el desprecio atávico del fujimorismo por las instituciones, la ley y las buenas maneras. Han tenido que sacar de su sarcófago a personajes como Lourdes Flores para que haga lo que mejor sabe, defender lo indefendible, lo han hecho porque ningún jurista ni político que se respete se prestaría a un juego tan nefando como el propuesto por el fujimorismo de patear el tablero si no se hace lo que ellos quieren.

Lo cierto es que sólo cabe esperar que el Jurado Nacional de Elecciones sea capaz de hacer cumplir sus propias normas y resuelva de una manera justa y oportuna la maraña de leguleyadas planteadas para torcer la ley. Es su deber con la ciudadanía y la democracia no ceder al poder, el chantaje y hacer cumplir la voluntad de un pueblo que ya eligió su destino votando mayoritariamente por la opción popular que representa Pedro Castillo.

Ahora lo importante para el nuevo gobierno de Castillo es asegurar la estabilidad y gobernabilidad que necesitará para llevar a cabo las reformas que planteó en el Plan Bicentenario. Para ello, es necesario que se aleje de los enloquecidos furores de ese ideario, que es una loa a la desmesura hasta cierto punto entendible, de un pueblo históricamente excluido y empobrecido. Los votantes de Castillo en la segunda vuelta, aquellos que le dieron el triunfo, votaron por el Plan Bicentenario y para que la corrupción no se hiciera otra vez del poder. Para gobernar el Perú hace falta llegar a consensos mínimos que pasan por escuchar a todos. A partir del 28 de julio Castillo será el presidente de todos y tendrá que gobernar para todos, en especial para aquellos que no votaron por él y representan casi la mitad de los electores. No puede, por tanto, pretender gobernar de manera sectaria y de espaldas a la realidad.

En este contexto tan complejo le cabe un papel crucial y hasta histórico a Verónika Mendoza. Ella y el equipo de Nuevo Perú son los únicos que le pueden dar estabilidad al régimen que está por nacer. No se trata de copar ni de captar, se trata de tener sentido de la oportunidad y ser la garantía de un gobierno que de tranquilidad a tirios y troyanos. Este triunfo tiene un sentido histórico muy importante, significa la primera vez en nuestra historia republicana que la izquierda llega al poder por haber ganado unas elecciones. El principal objetivo de la derecha será el fracaso de este intento del pueblo por dirigir su propio destino. Es mucho lo que está en juego, por eso se necesita de la unión de todas las fuerzas progresistas. No es tiempo para cálculos personales y oportunistas. Por ello, desde las filas de Perú Libre deberían aceptar que para gobernar el Perú se necesita del concurso de sus aliados.

Por otro lado, Mendoza debe asumir el destino que la historia le ha deparado y ponerse al servicio de la patria. A los grandes políticos se los conoce no por los cargos que ocupan sino por aquellos a los que están dispuestos a renunciar cuando las circunstancias lo requieren. Lo hicieron Haya de la Torre y Barrantes en su momento.  Pedro Castillo tiene hoy la enorme responsabilidad de darle viabilidad a lo que será su gobierno, le toca ordenar la casa y definir claramente con quienes gobernará. El Perú no está para más esperas y titubeos cuando la muerte asecha nuestros hogares y cuando el fantasma del golpe de estado vuelve a rondarnos.

Que Castillo vaya organizando lo que será su gobierno mientras Fujimori siga con su pataleta. A él le toca conjurar a los fantasmas del golpe y del comunismo. Mientras los extremos se enfrentan a él le toca hacer lo que haría todo estadista, pensar y ver más allá de la coyuntura. En la gigantomaquia griega, los dioses necesitaron de un simple mortal para vencer a los gigantes. Hoy los peruanos necesitamos que el sencillo profesor rural empiece a trabajar para levantar juntos al país de los escombros en los que se encuentra.

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Fraude electoral, Keiko Fujimori, Verónika Mendoza

Lejos de aceptar lo proclamado en las urnas nuestra derecha más obtusa, fascista y corrupta –con el total beneplácito de la señora Fujimori– se empeña, mediante triquiñuelas legales, desconocer la legitimidad de la elección como presidente de la república de Pedro Castillo. Al grito de fraude no han escatimado en pedir que las elecciones se anulen o que se produzca un golpe de estado.

Un delirante almirante, que ha pasado de firmar el acta de sujeción al delincuente de Vladimiro Montesinos a entregarse al fascismo liderado por un oscuro personaje que se identifica así mismo con un cerdo, ha hecho un ilegal llamado a la sedición. En su perturbada mente autoritaria parece haber convencido a un sector de la derecha a que se prolongue lo más posible, con todo tipo de leguleyadas, la decisión del Jurado Nacional de Elecciones para que se llegue al 28 de julio sin proclamar un ganador y él, ya electo como presidente del congreso, pueda asumir el gobierno y convocar a nuevas elecciones. Una estrategia a la que ya no le importa le ley y la institucionalidad, que solo busca el poder por el poder para impedir que un gobierno del pueblo llegue a palacio.

La paranoia de la derecha ultraconservadora es tal que han recurrido a sus viejas prácticas de llamar al golpe de estado con tal de preservar sus privilegios. La nuestra nació como una república excluyente. Cuando en los albores de la independencia se decidió excluir a los analfabetos del derecho al sufragio, en verdad, a quienes se excluyó fueron a los indígenas. Su temor siempre fue el que los indios tomaran el poder de una república que los criollos construyeron para sus exclusivos intereses. De esta manera en un país donde el 80% de su población era rural, indígena y analfabeta, las elecciones fueron un fenómeno forzadamente urbano y minoritario. Esto se mantuvo hasta la Constitución de 1979 y hoy poco más de cuarenta años después, lo impensable sucedió y esas fuerzas históricamente excluidas han ganado legítimamente el gobierno.

Aquí no sólo se juega la preservación de un modelo económico, se juegan los miedos más atávicos de una derecha que nunca supo ser democrática, que siempre utilizó a las instituciones para sus intereses y mantener sus grandes negociados. De ahí su desesperación por mantener el poder a toda costa. Cuando ya habíamos pensado que el fantasma del golpe, aquel que siempre acompañó nuestra historia, se estaba disipando reaparece nuevamente en boca del cachaco de turno y de sus esbirros que fungen de periodistas.

La historia política del Perú siempre ha sido muy tormentosa, como nos enseña Alberto Flores Galindo, “entre 1900 y 1968 se produjeron 56 intentos para interrumpir la sucesión considerada legal en la vida republicana. En diez casos se trató de proyectos gestados y protagonizados por civiles. Los restantes 46, se originaron en el interior de las fuerzas armadas. De ellos, sólo nueve se produjeron en los treinta primeros años de este siglo; el resto emergió entre 1931 y 1968, equivaliendo casi a un intento por año” (La tradición autoritaria, 1999). En lo que va del presente siglo, sin embargo, logramos, con mucho esfuerzo, mantener el período democrático más largo de nuestra historia. Claro que no estuvo exento de ataques y peligros constantes que como ciudadanía supimos conjurar. Hoy que el peligro del golpe asecha nuevamente debemos estar otra vez vigilantes y defender lo que ha sido la expresión legítima del pueblo.

No podemos esperar ni pedir a quien encarna y lidera una organización criminal nacida de una dictadura que tenga la grandeza de aceptar el veredicto popular. Quien nació para ladrón no puede pretender ser estadista. Pero si podemos defender y legitimar al nuevo presidente de las arremetidas de una derecha más embrutecida y achorada que nunca. Hicieron todo lo que estuvo a su alcance para impedir ese triunfo, tuvieron todo el apoyo económico y mediático y no pudieron doblegar la voluntad de un pueblo que le ha dicho no a la mafia y que quiere un cambio en el país. Ahora quieren doblegar al presidente legítimamente electo. Seguramente seguirán usando a sus cachacos, su prensa, sus millones, a sus hermanitos del poder judicial y el ministerio público, pero, esta vez no podrán contener a un pueblo que defenderá su derecho a decidir su propio destino.

No será una tarea fácil. Nos toca a nosotros desde la sociedad civil rechazar cualquier intento golpista de desconocer los resultados. No podrán arrebatar por la fuerza lo que no pudieron ganar en las urnas. Este ya no es el Perú de antes, es un Perú que se sabe dueño de su destino y cuyo pueblo ha despertado de un largo letargo al que fue sometido por esa oligarquía que nunca amó a este país. De nosotros dependerá que no “volvamos a la normalidad” como dijo el poeta Martín Adán cuando Odría dio el golpe de estado.

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Derecha, Fraude electoral, Golpe de estado

Al momento de escribir estas líneas los resultados de la elección presidencial ya son irreversibles y le otorgan el triunfo a Pedro Castillo. El pueblo ha hablado y ha dicho que quiere un cambio, falta saber si éste será para mejor. En todo caso, lo que si es cierto es que veinte años de crecimiento macroeconómico no han sido suficientes para acabar con las enormes brechas de exclusión y discriminación que hemos visto exacerbadas en esta campaña electoral.

La única responsable de estos resultados, por los que hoy nuevamente llora, es la derecha obtusa, mercantilista y corrupta que sólo se ocupó de sus propios intereses antes que los de la mayoría de los peruanos. Hoy la voz del Perú real se ha hecho escuchar estruendosamente dejando un país partido entre una costa con mayor acceso a la modernidad y una sierra que también quiere acceder a los beneficios de la modernidad y el mercado. Los que han votado por Castillo lo han hecho, en su gran mayoría, a pesar de él. Por rechazo a lo que el fujimorismo representa. Se trata de un voto prestado y no incondicional. Lo que debe entender el próximo gobierno de Perú Libre es que el mensaje del pueblo es que todos puedan tener acceso a los beneficios que el mercado trae consigo, pero con justicia social.

Pedro Castillo ha ganado dentro del territorio nacional y lo democrático es aceptar los resultados y la voluntad del soberano. El fujimorismo no puede pretender ganar en la mesa lo que perdió en las urnas. Esta no es la ONPE del inefable Portillo, ni el JNE de Montes de Oca, ni el gobierno de Montesinos, aquí hay ciudadanos alertas y vigilantes de que se respeten los resultados. En esta misma columna hemos mostrado nuestros reparos ante ambas candidaturas, pero lo democrático es ahora defender la opción de la mayoría. Vociferar fraude es sólo una muestra de que tras diez años y tres elecciones, Keiko Fujimori, no ha aprendido nada, que sus modales democráticos terminan ahí donde empieza a ser derrotada por la decencia de un pueblo que más que apoyar a Castillo ha rechazado a la corrupción y el crimen que ella representa.

Esta será la primera vez en nuestra historia que la izquierda peruana accederá al poder y lo ha hecho sin tener que renunciar a su identidad y legitimada por las urnas. Lo hace en el peor momento que vive la república, con miles de muertos producto de la peste, con una economía en ruinas, con un sistema de salud colapsado, con la mitad del país en contra. Es de esta adversidad de donde tendrá que sacar las fuerzas y el temple de organizar un gobierno abierto y compuesto de los mejores. Su primera misión deberá ser tender los puentes que se han roto, sanar la fractura y saber que debe gobernar para todos.

De ninguna manera se le ha dado un cheque en blanco al profesor Castillo. Si bien, ha ganado sin tener que moderar su discurso y sin hojas de ruta, también es cierto, que gracias a la iniciativa del Cardenal Pedro Barreto se ha comprometido a respetar la democracia y la institucionalidad que la sustenta. La primera exigencia que se le debe hacer a este nuevo gobierno que recién nace es la de un inmediato plan covid consensuado con todas las fuerzas que asegure la vida de los peruanos. Si algo nos puede unir hoy es la posibilidad real de la muerte que nos acecha y ante un problema común sólo caben soluciones comunes. Una segunda exigencia, es la del respeto irrestricto a la institucionalidad democrática y a la libertad de prensa y de opinión. No podrá patear el tablero de la democracia sino que tendrá que ser creativo para poder poner en marcha las reformas que el país tanto requiere. La tercera exigencia es la de tender puentes y hacer un llamado a la unidad respetando la pluralidad de la que estamos conformados. Escuchar y permitir la participación de todas las voces, pues ahora será el presidente de todos, pero en especial de aquellos que no votaron por él y se sienten atemorizados, es a ellos a los que tiene que dirigirse principalmente.

Es cierto que no tendrá mucha maniobra una vez que asuma el gobierno. Este Congreso ya trabaja una serie de reformas mañosas (como las de su cuarta mini legislatura) que lo dejará atado de manos y es claro que se prepara un golpe parlamentario. También, debemos estar alertas sobre esa posibilidad, pues nos toca defender la democracia desde cualquier punto de donde se la quiera atacar.

Hoy la izquierda tendrá la oportunidad de mostrar que está a la altura de la historia y de las circunstancias. Con un gobierno que busque el bien común de una manera inteligente, basado en decisiones racionales y no dogmáticas, improvisadas o románticas. La realidad que enfrenta es mucho más compleja de lo que podríamos imaginar. Tendrá que enfrentar muchos obstáculos además de la permanente desconfianza y temor de la mitad del país. Su primer gran reto será el modo cómo afronte la crisis económica, ahí demostraran de qué están hechos, pues se trata de que, en el tiempo por el que han sido elegidos, logren el mayor bienestar para todos y no la mayor miseria. Si fracasa en eso de nada le servirá a la izquierda haber llegado al poder, porque sólo le dará la razón a sus adversarios y le cerraran el paso a todo intento popular de conducir sus destinos. Pedro Castillo debe recordar siempre que esta es la única oportunidad de demostrar a todos que la izquierda si es capaz de gobernar bien y en democracia, “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tendrían una segunda oportunidad sobre la tierra.”

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Democracia, Elecciones 2021, Pedro Castillo

Este domingo los peruanos nos enfrentamos a nuestro destino. En una elección imposible entre dos alternativas igualmente mediocres, reaccionarias, autoritarias y sin ningún proyecto de país que sea capaz de integrar la sociedad multiforme que somos. La constatación real a la que nos enfrentamos es que no hemos sido capaces de asimilar el cambio social que se ha producido en el Perú y que José Matos Mar describió como un desborde popular. Por eso, luego de este domingo, sea cual fuere el resultado electoral, nos espera un desastre: enfrentamiento, violencia, un país fracturado que marcha a la puerta del horno donde todos los panes se queman.

Quienes piensan que esta elección es un enfrentamiento de pobres contra ricos, provincianos contra limeños o defensores del modelo contra los que quieren un cambio, fallan en su diagnóstico, pues no son capaces de ver más allá de la coyuntura. Lo que tenemos hoy es que la institucionalidad, siempre en manos de la élite dominante, ha sido absolutamente incapaz de mirar más allá de sus narices y se ha conformado con la utilización del poder estatal para sus propios beneficios particulares, por lo que ha sido completamente desbordada por las expectativas de igualación social que han tomado una ruta diferente a la de la legalidad y la institucionalidad.

Por ello, es que el discurso de salvar la democracia no hace eco en quienes siempre han sentido la institucionalidad democrática como algo ajeno, lejano, extraño. Precisamente de este mismo sentimiento se valió Alberto Fujimori hace 30 años para propinar el autogolpe de estado cuyas consecuencias más nefastas hoy vivimos. Es cierto que estamos en el período democrático más largo de nuestra historia y que nos ha costado mucho defenderlo y mantenerlo, pero hemos sido incapaces de hacer que los beneficios de ésta lleguen a todos y sabemos bien que sin igualdad no puede haber democracia.

Ya hemos dicho que el 11 de abril triunfó el voto de la desesperanza. El mensaje del elector peruano, al ponernos ante estas dos alternativas igualmente nefastas, ha sido que para una amplia mayoría la democracia no ha podido cumplir con sus reivindicaciones de igualdad. Por ello, han tomado el camino del autoritarismo ya sea de izquierda o de derecha. No olvidemos que el fujimorismo representa a un sector popular autoritario y basado en el clientelaje y que Castillo encarna la rabia de un pueblo por siglos olvidado que desprecia la democracia porque para ellos representa el poder de los señores de siempre. Por eso, en medio de la peor peste de nuestra historia republicana y a doscientos años de la independencia el mensaje mayoritario es que vivimos en una república fallida que debe desaparecer junto con el viejo orden. El mensaje ha sido el de una desesperanza tanática.

El peligro que enfrentamos es muy grande pues el lunes tendremos un país partido por la mitad que no dará espacio para la gobernabilidad. Esperemos que ambos candidatos tengan, al menos, el gesto democrático de aceptar los resultados, pues de uno y otro lado ya se oyen voces que llaman a la violencia y agudizar el enfrentamiento. Los medios de comunicación deben ser muy prudentes al momento de mostrar los resultados preliminares, pues si la diferencia entre uno y otro al momento de dar la boca de urna no pasa del margen de error, lo mejor sería esperar a los resultados oficiales para evitar lo que se puede convertir en un grave conflicto que tal vez ya no se pueda controlar.

Lo cierto es que más allá de quien gane nos toca a todos los peruanos plantearnos una reflexión profunda acerca del tipo de sociedad que queremos. Es evidente que ninguno de los que vaya a gobernar podrá hacerlo, pues cada uno representa sólo a la mitad del país que defiende, ninguno tiene una mirada integradora. Somos una sociedad plural que requiere cambios profundos, por eso, se hace imprescindible un nuevo pacto social que se cristalice en una nueva constitución que nos dé el marco de una nueva institucionalidad que responda al tipo de sociedad de todos los rostros, todas las sangres y todas las voces en la que hemos devenido. Esto no representa el triunfo de alguna de las opciones en contienda, sino que refleja la posibilidad de arribar a una convivencia más igualitaria.

Las de hoy no son las reivindicaciones de hace 50 años. Hoy el peruano es otro, uno que quiere ser incorporado a los beneficios de una vida signada por la posibilidad del desarrollo que el mercado puede otorgarle. La figura del emprendedor, que es la gran mayoría del país, es una muestra de aquel que ha tenido que ir por cauces diferentes a los de la legalidad para poder acceder a un nivel de vida que no está reñido con la modernidad. Los peruanos hemos puesto en la práctica un capitalismo popular que ningún partido político ha sido capaz de recoger y colocar como programa.

Si el que gane el domingo no es capaz de comprender el cambio que ha sufrido la sociedad en la que el peruano no quiere un estado totalitario que todo lo regule, porque sabe que todo lo hace mal, pero, tampoco quiere un estado indiferente que le dé la espalda en momentos de desesperación como el que vivimos; entonces, nos tendremos que preparar para aquello que Dante leyó a las puertas del infierno: “¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!”; y más aún, para lo que su maestro le dijo que estas palabras significaban: “Conviene abandonar aquí todo temor; conviene que aquí termine toda cobardía. Hemos llegado al lugar donde te he dicho que verías a la dolorida gente, que ha perdido el bien de la inteligencia.”

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Democracia, Elecciones 2021, Perú
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