Cuando los filósofos liberales modernos imaginaron el Estado muchos de ellos lo hicieron usando la metáfora de un monstruo de tres cabezas tratando de devorarse entre ellas. Precisamente lo que subyace a la teoría de la división de poderes es que estas tres voraces cabezas no puedan tragarse la una a la otra, sino que sean capaces de mantener un frágil equilibrio sin el cuál ellas mismas desaparecerían. En otros términos, si alguna de ellas llega a devorar a alguna otra el monstruo moriría irremediablemente, de ahí que, aunque se repelan se necesiten. Sin embargo, esa necesidad implica también un constante enfrentamiento, pero dentro del juego democrático del respeto a la Constitución que es la que coloca las reglas de ese juego.

Lo sucedido esta semana con la aprobación de una ley de “desarrollo constitucional” (que inevitablemente nos remite a la de “interpretación auténtica” del inefable Carlos Torres Lara) que limita las posibilidades del poder ejecutivo para plantear la cuestión de confianza, deja a ese poder del estado en total desprotección frente al embate de un congreso que ve fortalecido su poder rompiendo de esta manera el ya frágil equilibrio. Los fujimoristas que controlan la Comisión de Constitución han hecho malabares para pasar de un plumazo de una Constitución presidencialista pensada en el delincuente que tienen como jefe a una parlamentarista pensada en la acusada que tienen como líder.

Lo sorprendente de esto es la inoperancia que ha mostrado el ejecutivo al respecto. Mientras le asestaban el golpe más fuerte en lo que va de su gobierno el presidente sólo atinaba a celebrar su cumpleaños, mostrarse como un hombre enamorado y dejar el país a la deriva. El juego de la oposición es claro. Ha aprobado la ley que allana el camino a la vacancia, en diciembre nombrarán a sus magistrados del Tribunal Constitucional para que la avalen y de ahí en adelante la espada de Damocles penderá sobre la cabeza de Castillo.

En lugar de advertir estos peligros que pueden dar fin a su gobierno el presidente ha optado por brindarle toda la protección posible a los líderes de su partido sindicado como una organización criminal. El nombramiento del abogado del los “Dinámicos del Centro” como ministro del interior, es decir, el jefe político de la policía encargada de la captura de los prófugos partidarios del presidente, de los seguimientos y probables capturas de los que aún están siendo investigados tiene un objetivo claro garantizar la impunidad de los que vayan a resultar culpables.

En esa misma línea se inscribe el insólito nombramiento de Richard Rojas, hombre de confianza del secretario general de Perú libre, como embajador en Venezuela. Un hombre que ya fue rechazado por Panamá cuando fue propuesto para el mismo cargo, ahora se cobija bajo el manto del dictador caribeño Nicolás Maduro. Tenemos que pasar por la indignidad de tener como embajador a un investigado por lavado de activos sobre quien pesa un pedido de impedimento de salida del país. Por qué arriesgar tanto si no es con el objetivo de ir allanando un posible asilo político tal como ya lo anunciaron antes los abogados de Vladimir Cerrón.

Lo peor de todo esto es que a nadie parece importarle la gravedad del asunto. Es como si ambos poderes jugaran su propio juego y por cuerdas separadas. Los miembros de la coalición de gobierno, la prensa, tiros y troyanos se escandalizan por el nombramiento nefasto del cómico Ricardo Belmont como asesor presidencial y no dicen nada sobre el fondo del problema en el que estamos. Lo que se juega aquí es la gobernabilidad y la viabilidad del país. 

Nuevamente los políticos decepcionan por no ser capaces de dar la talla suficiente. El Perú es un páramo de estadistas. Todos ocupados como están en sus pequeñeces y mezquindades parecen no ver cómo nos dirigimos al precipicio mientras ellos siguen bailando como los pasajeros el Titanic cuando estaba a punto de hundirse.

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Perú Libre, poderes del estado

Cada 12 de octubre se abre la polémica en torno a la significación del descubrimiento/conquista de América, según la perspectiva en la que nos coloquemos. Lo cierto es que no podemos ignorar que esa es una fecha más que simbólica pues nos devuelve a nuestras identidades heridas, fracturadas y aún en proceso de constituirse. El impacto de la empresa conquistadora fue brutal para los habitantes de esta región del mundo al puto que significó el exterminio de culturas enteras que fueron masacradas, diezmadas por la enfermedad o el trabajo forzoso.

Con todo y lo que significó que España nos trajera también la exquisita cultura occidental, su lengua (en la cual hoy escribo estas líneas), su religión y otros tantos grandes aportes, de ninguna manera podemos tergiversar la historia al punto de decir que eso significó una liberación del yugo imperial de Aztecas o Inkas. Eso sería, desconocer con fines políticos e ideológicos, la tragedia que también significó la conquista.

Vista en perspectiva histórica, como bien dice el maestro José Antonio del Busto. “No somos vencedores ni vencidos somos descendientes de los vencedores y vencidos”. Es decir, debemos ser equilibrados al momento de pensar sobre aquello que nos sucedió. Toda empresa conquistadora, la española, la inka, la azteca, la romana, etc., trae muerte y destrucción, eso es lo inevitable en la locura que significa la guerra. No es eso lo que nos hace más buenos o malos, al final todas las culturas tienen sus aspectos buenos y siniestros. Toda dicotomía implica una simplificación que tiene la finalidad de encubrir al otro y ser utilizada para tratar de justificar posturas igualmente autoritarias como todas aquellas que provengan del chauvinismo.

Pero, también es cierto que, pese a ser cierta, se debe matizar la postura de Del Busto, pues es obvio que se está refiriendo a los mestizos que si bien somos ahora la mayoría no somos todos los que habitamos estas tierras. Esa postura oculta a las culturas indígenas que llevan más de cinco siglos resistiendo con sus lenguas, sus costumbres, sus modos de vida que nos dicen en cada acto que están milenariamente presentes y que no sólo significan la resistencia, sino que tenemos mucho que aprender de ellos, su equilibrada relación con la naturaleza, su solidaridad, comunalidad, su relacionalidad, etc.

Eso es lo que las fuerzas oscurantistas desde la extrema derecha tratan de encubrir intentando cambiar la historia. Tal ha sido el llamado de grupos disparatados como Vox cuando en boca de Iván Espinoza han señalado que “frente al multiculturalismo, nuestras raíces”; desconociendo por completo las profundas “raíces” multi e inter culturales de España. Habría que preguntarle a ese señor de qué raíces nos habla, si de las de la España católica, andaluza, gallega, catalana, musulmana, vasca, etc. Es evidente que este discurso de odio quiere volver a un pasado idealizado par catalizar las fuerzas más oscuras y siniestras de la sociedad señalando que el otro, el extraño, es amenazante. Ya Europa y el mundo vivieron las crueldades que entraña el nacionalismo y la xenofobia.

Pero lo más alucinante de todo esto es que algunos políticos locales como la señora Fujimori o los integrantes de Avanza País se presten como furgón de cola de sus señores de ayer y parece que de hoy también. Desconociendo lo que somos y queremos llegar a ser se colocan al lado de quienes en sus delirios nos desprecian. Eso no sólo significa que no hemos aprendido nada de la historia, sino que además en el fondo no han logrado descolonizar sus mentes y sólo muestran su infinita voluntad de seguir sirviendo al patrón. Los que ayer bailaban al ritmo del baile del chino hoy lo hacen al ritmo que sus nuevos amos les imponen.

Ante estos extremos simplificadores el abordaje intercultural nos enseña que no existen las “culturas puras” que, más bien, todas son una amalgama muchas veces formadas por múltiples contradicciones con las que tenemos que pender a convivir. Nuestra apuesta como país debería ser el de arribar a un entendimiento pluricultural que se reconozca en su diversidad. Un país como el nuestro, ese de todas las sangres, constituye su identidad en la multiplicidad. Pero eso sólo será posible en la medida en que podamos restituir a los pueblos originaros la dignidad que les fue arrebatada, en esa medida el reconocimiento no es suficiente, hace falta la restitución de su propia humanidad en igualdad. Finalmente, ese gran proyecto que tenemos pendiente como comunidad sólo podrá ser posible mediante un nuevo pacto social donde se puedan escuchar todas las voces que conformamos esa hermosa polifonía que es el Perú.

   

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12 de octubre, descubrimiento/conquista de América, España

La salida del Presidente del Consejo de Ministros no significa un giro al centro como muchos piensan. El nombramiento de Mirtha Vásquez supone una apuesta por una izquierda más progresista y responsable. Su nombramiento continúa con el rumbo trazado por gobierno de reivindicar a los líderes políticos regionales. Lo que si implica este cambio es un alejamiento de las posturas extremistas planteadas por el partido Perú Libre. El Presidente Castillo parece, al fin, haber entendido la necesidad de abrir el gobierno a un mayor diálogo y concertación.

Pedro Castillo parece haber comprendido que él era el único capaz de poner fin a la situación de zozobra en la que nos había colocado el absurdo enfrentamiento al que lo llevó su impericia gubernamental y la imposibilidad de la derecha de aceptar que perdió la elección. Lo que debería quedar claro es que con esta decisión Castillo se comporta como un estadista qua antepone al país a los intereses partidarios. Esta decisión del Presidente no significa ninguna traición y más bien lo reafirma en su vocación democrática de izquierda.

Ninguna de las reformas que intenta realizar este gobierno se podrán hacer en solitario. Es necesario el entendimiento con otras fuerzas políticas, cosa que no se podrá hacer desde un sectarismo ideologizado. Por ello, es importante que ahora la oposición recoja el mensaje que el Presiente ha enviado diciendo que el Perú no necesita ni de vacancias ni de cuestiones de confianza. Ha sido un claro llamado a la gobernabilidad.

Los problemas por los que atraviesa el país son tan profundos como urgentes. Es momento de un llamado a la unidad sin que esto signifique la claudicación en los principios, ideales y compromisos que este gobierno ha entablado con el pueblo que lo eligió.  La derecha debería aceptar de una vez que ellos son los responsables principales de que hoy vivamos en medio de la crisis que atravesamos. El pueblo ha querido que sea un gobierno de izquierda el que haga frente a la peor crisis sanitaria y económica de nuestra historia. Cansados de la desigualdad y la exclusión es el momento de respetar la decisión del soberano y darle la oportunidad al gobierno de Castillo de sacar adelante sus reformas. Ya ha demostrado que es capaz de rectificar y seguir avanzando.

Con el remozado gabinete podrá asentar un nuevo estilo de gobierno más dialogante. Vásquez debe tener mucha muñeca para poder entablar con diálogo que ponga al país por encima de las rivalidades y velar porque se sigan haciendo los cambios que sean necesarios en los puestos que sí lo requieran.

La mano del gobierno ha sido extendida y debería ser un deber de la derecha saber leer el gesto y darle mayor gobernabilidad y estabilidad al país. Las fuerzas políticas de izquierda deberían seguir apostando por la unidad y ser el soporte político del gobierno, anteponiendo, claro, el rechazo a la corrupción venga de donde venga. Los peruanos merecemos estabilidad para comenzar a proyectarnos en cómo salir de la crisis.

 

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Premier, Presidente Castillo

En este gobierno la discusión política se ha trasladado al twitter, ese espacio de caracteres y argumentos limitados, donde la diatriba reemplaza al pensamiento. Lo trágico de esto es que esta imposibilidad de pensar se da al más alto nivel del gobierno, donde se sacan a luz las incoherencias, pugnas y falta de orientación de un gobierno que aún no termina de encontrar su rumbo. Lo cierto es que desde el twitter se puede hacer politiquería, pero no política. Gobernar con las limitaciones que nos pone esta red social es propio de un gobierno limitado y no de uno que ha ofrecido una profunda transformación social. Es momento que el gobierno encuentre el rumbo y empiece hacer política.

Respecto a la discusión abierta por la necesaria renegociación del gas de Camisea, esta era una promesa de campaña que se está empezando a cumplir y por eso mismo no debería generar ningún exabrupto sino fuera por el tono destemplado con que el premier Bellido plantea dicha renegociación. Tal vez ello responda a que en el gobierno parece haberse desatado una pelea por quien es más radical. Otro signo más de la falta de orientación política por parte de un gobierno que debería hacer de ésta su sino más claro. Ahora, hacer política supone llegar a consensos, acuerdos o negociaciones, de ninguna manera se trata de parapetarse en dogmatismos ideológicos o de clase. La intransigencia es lo opuesto a la política.

La nacionalización del gas fue una de las banderas y las plataformas con las que el presidente Castillo ganó las elecciones. Por eso, el alarido ruidoso de la derecha anunciando el apocalipsis económico no pasa de ser una estrategia para domesticar a un gobierno que representa una opción de izquierda con algunas propuestas muy claras –aquellas que lo llevaron al poder- y que ahora le toca defender. Precisamente el pésimo manejo de los recursos naturales y energéticos que tuvo la derecha cada vez que fue gobierno ha sido la causante de que ahora nos encontremos en esta situación. Deberíamos entender de una vez que si estamos en la situación en la que nos encontramos es debido a que en tres décadas de neoliberalismo no se supo cerrar las brechas de exclusión, desigualdad y pobreza.

Ahora lloran por aquello que no supieron cuidar. Nunca los beneficios del gas llegaron a los más necesitados. Teniendo los principales yacimientos del continente nuestro país no cuenta con gas natural debidamente instalado en las casas y las regiones donde este se encuentra siguen siendo de las más pobres. Es lógico y entendible que la población se subleve ante esta situación y ahora reclame la nacionalización –reapropiación- de un recurso que sienten se lo han arrebatado para beneficiar a otros países. Debemos entender que el problema no es técnico y ni siquiera económico sino político por lo que esto no se resuelve interpelando, censurando o lapidando a uno o varios ministros.

El tema del gas exige un profundo debate nacional sobre el destino de nuestros recursos, cómo los usaremos, cómo invertimos o repartimos las regalías obtenidas por su explotación etc. No se trata tampoco de pasar de un modelo fracasado por excluyente y discriminador a otro igualmente malo por ineficiente obsoleto. Debemos ser capaces como comunidad de llevar adelante una discusión sobre el destino de nuestros recursos que es también el destino de nuestro país.

La historia del Perú está llena de oportunidades perdidas y prosperidades falaces. Lo que apareció como una bendición terminó siempre como una maldición y pensando ser más ricos acabamos más pobres. No debemos perder de vista también las pésimas, y muchas veces, corruptas maneras de administrar los recursos obtenidos por la explotación de nuestros recursos. No podemos caer en la dicotomía de creer que los privados son unos saqueadores y las comunidades eternas víctimas. El problema es mucho más complejo y profundo.

Lo cierto es que ahora estamos frente a dos modelos contrapuestos e igualmente extremos. Como en todo aquello donde habita la virtud tal vez el mejor camino sea el del término medio. Una decisión tan importante como la que implica qué hacer con nuestros recursos naturales debe ser el fruto de un debate en que todos los actores intervengan. Se trata de un tema demasiado importante como para dejarlo en manos sólo de técnicos y economistas. Pero, para poder asistir a un diálogo sincero y honesto se hace imprescindible estar dispuesto a escucharnos y dejarnos afectar por el otro. Ese es el principio del diálogo político que hoy tanto necesitamos para que no nos suceda que lo barato nos salga caro, pues ya sabemos que de buenas intenciones está plagado el camino al infierno.

 

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Camisea, Gas, Presidente Castillo

Hace pocas semanas el Concytec ha publicado un nuevo Reglamento de calificación, clasificación y registro de los investigadores del sistema nacional de ciencia, tecnología e innovación tecnológica, en el que nos regresa al siglo XIX y al debate entre las ciencias de la naturaleza (naturwissenschaftlichen)   y las ciencias del espíritu (geitswissenchaff). Con una clara tendencia a considerar como científico –y por tanto, relevante- únicamente a la producción científica proveniente de las ciencias naturales e incluso de la tecnología. Los autores de este reglamento hubieran ahorrado un sinfín de malos entendidos y perjuicios si hubieran llevado algún curso elemental de epistemología.

Un reglamento que privilegia lo efímero, pues considera para el puntaje de clasificación sólo los últimos tres años, como si las grandes conquistas del intelecto humano tuvieran fecha de caducidad. En ese caso, incluso el mismo Einstein habría perdido su nivel como investigador en el Perú, pues entre la publicación de la teoría de la relatividad general y la especial median 10 años. Este es sólo un ejemplo, tomado de las mismas ciencias naturales, de las aberraciones que suceden cuando se deja que la burocracia gobierne a la academia. 

En el caso de las ciencias humanas la cosa se torna más espinosa. Es evidente, que los burócratas que han elaborado este reglamento, no tienen idea de cómo se trabaja en este ámbito del conocimiento el cual no sólo desconocen sino hasta parece desprecian. Desde siempre la manera clásica de producción de conocimiento en las ciencias humanas y sociales al través de los libros. Sin embargo, según este reglamento, un artículo publicado en una base de datos especialmente diseñado para las ciencias naturales otorga 5 puntos, mientras que un libro sólo vale 2 puntos. Los dieciséis tomos de la Historia de la República de Jorge Basadre, según esta tabla, valdrían menos de la mitad que un artículo sobre los memes de 15 páginas. 

Ese es el estado de estolidez con el que la burocracia valora la producción de conocimiento y de sentido que orienta la vida espiritual de un país. Acostumbrados a los protocolos, las matrices y los flujogramas han perdido la capacidad de pensar. No entienden que el trabajo de investigación si es serio y riguroso requiere tiempo, paciencia, esfuerzo. El investigador no es un obrero ni un burócrata cuya producción se pueda medir a destajo.

Ahora que incluso se debate la implementación de un muy necesario ministerio de ciencia, esperemos que no se siga transitando por el camino de los meros hechos que confunden la técnica con la ciencia y la tecnología con el conocimiento. La ignorancia en los asuntos humanos –y no existe un asunto más humano que la ciencia- es la que puede terminar dándole un sesgo decimonónico a lo que tendría que ser la instancia estatal más importante en cuanto a producción del conocimiento se refiere. 

Debemos tener mucho cuidado con lo que se haga ahí y desde las ciencias humanas y sociales participar activamente en ese debate e implementación del ministerio de la ciencia. Que no se convierta en otro ente burocrático que publique lamentables reglamentos, como si la verdad que persigue el conocimiento y la ciencia pudiera reglamentarse, y más bien, sea la oportunidad de corregir lo andado. Si queremos un país que produzca conocimiento científico valioso no podemos dejar de lado a las ciencias humanas y sociales. Ellas proveen de los sentidos e incluso se colocan como las conductoras del sentido último que deben tener las ciencias como máxima aspiración de la racionalidad humana.

Que la noche no apague la luz de la verdad con un reglamento que rebaja a los investigadores a meros burócratas. Como advertía Edmud Husserl hace más de 80 años: “Una mera ciencia de hechos, sólo hace meros hombres de hechos”.

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ciencias humanas, ciencias sociales, ministerio de la ciencia

Tomo prestado el título de la perturbadora novela de Enrique Congrains para referir que la muerte del peor asesino y criminal que ha nacido en nuestras tierras, Abimael Guzmán Reynoso, significa la oportunidad de recordar a todos aquellos peruanos, que por causa suya, no tuvieron la oportunidad de una muerte signada por la longevidad y apacibilidad como la de él. La vida de más de 70 mil peruanos fue cegada de las maneras más crueles que se puedan concebir. Miles de huérfanos, viudas y viudos, de padres que perdieron a sus hijos, destrucción y horror son el legado que nos ha dejado Guzmán.

Sendero Luminoso, la organización criminal más nefasta de nuestra historia, fue, a lo más, el remedo de un partido político. Se constituyó más bien, en un arma de muerte y destrucción insana con el pretexto de prometer u cambio revolucionario. No puede llamarse política a ninguna agrupación que renuncie al diálogo, el convencimiento, el debate y el consenso en medio de nuestras diferencias. Sendero Luminoso ha sido el causante del envilecimiento material y espiritual que hoy vivimos. Fujimori y Montesinos son su más palpable herencia, ellos no podrían explicarse sin la tragedia que significó para el país la década del horror. Son, como Jano, las dos caras de la misma moneda.

Recuerdo bien cuando en el 2006 me tocó acompañar a las audiencias del juicio que se siguió a Guzmán e la base naval a la valiente, honesta y muy correcta fiscal Luz del Carmen Ibáñez Carranza, quien logró que se lo condene a cadena perpetua, mientras algunos jueces timoratos declaraban que no creían en la pena máxima viéndose presionados a condenarlo de manera perpetua por el ímpetu de una mujer que no le tenía miedo a la amenaza destemplada de las huestes del terror. 

Yo pensé encontrarme con un monstruo y lo que vi fue a un anciano anodino, tembloroso, preocupado por sus beneficios carcelarios. Es decir, al cobarde que siempre fue. Entonces me pregunté cómo alguien de tan poca monta fue capaz de hacernos tanto daño. La respuesta que hasta ahora me ronda es que ayer como hoy nuestro principal enemigo es la pobreza, la ignorancia y la profunda desigualdad que vivimos. Ese es el caldo de cultivo que dio origen a uno de los grupos criminales más salvajes del mundo. Esta muerte debería llevarnos a pensar en que esas condiciones aún no han sido remontadas y por tanto debemos estar prevenidos para que la historia no se vuelva a repetir.

Pero, la muerte del asesino también significa el triunfo de la democracia y la ley. Abimael Guzmán tuvo lo que le negó a tantos miles de peruanos. Un juicio justo, el respeto irrestricto de sus derechos y hasta una captura absolutamente limpia y legal. Es justo reconocer que en las postrimerías del primer gobierno aprista, Agustín Mantilla, comprendió que sólo la inteligencia vencería a la barbarie y tuvo la visión de conformar el GEIN, al mando de Benedito Jiménez y Marco Miyashiro, que dos años después lograron lo que parecía imposible, la captura del peor enemigo del Perú.

Ahora que ha muerto vuelven los fantasmas del odio. Es perfectamente entendible por todo el daño y dolor que causó. Los que pasamos nuestra infancia en medio de las bombas y apagones, escuchando como un mantra que no debíamos pasar cerca de un banco, comisaria o un auto viejo, aquellos que jugábamos a policías y terroristas. Los que crecimos en medio de una guerra irracional como todas las guerras, pero con la diferencia que está era entre nosotros. Digo, los de mi generación vivimos el horror, que de ninguna manera se compara con lo que pudieron sufrir nuestros hermanos de Lucanamarca, Soros, Cayara y la larga lista de masacres que se sucedieron, y por eso se hace tan difícil procesar todo ese dolor que aún está a flor de piel en nuestro país.

Por eso, se comprenden todas las manifestaciones de frustración, odio, furia y desazón que nos causa la muerte de un irredento. Pero, a su vez, nos toca, una vez más, ponernos por encima de todo ello. A la ideología del odio nos toca contraponer el mensaje del amor, a la muerte enfrentarnos con la vida, a la división con la unión. Que en la hora de su muerte Guzmán no nos gane la guerra que perdió en vida. Por ello, debemos hacer el esfuerzo supremo del perdón.

Hanna Arendt nos enseña que “el perdón (ciertamente una de las más grandes capacidades humanas y quizás la más audaz de las acciones en la medida en que intenta lo aparentemente imposible, deshacer lo que ha sido hecho, y logra dar lugar a un nuevo comienzo allí donde todo parecía haber concluido) es una acción única que culmina en un acto único.” Este es el sentido político que cumple el perdón, la posibilidad de dejar atrás lo que nos dañó para así poder seguir construyendo juntos en medio de nuestra pluralidad. Es un remedio contra la irreversibilidad e impredecibilidad del actuar humano.

Pero, el perdón no puede ni debe ser identificado con el olvido debido a que el perdón, en la medida en que pretende hacer reversible las consecuencias de nuestras acciones, deshacer, corregir lo que ha salido mal, precisa de la memoria y de la justicia. Que esta muerte nos recuerde el sacrificio de tantos miles de hombres y mujeres a quienes el Estado aún debe reparaciones, que nos sirva para iniciar el camino de reconciliación y misericordia. El amor nos exige sacrificio y ese es el llamado al perdón, a no ser como aquellos a los que criticamos, a colocarnos por encima de nuestras emociones para juntos construir el país que todos queremos. Se trata de la exigencia última de decirle al asesino que a pesar que él no quiso compartir el mundo con nosotros, nosotros si fuimos capaces de juzgarlo, condenarlo, respetar su vida y mostrar nuestra magnanimidad en su muerte. Esa es nuestra mayor victoria, la de la civilización sobre la barbarie.

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asesinatos, dolor, muerte de Abimael Guzmán, sendero luminoso, Terrorismo

La arremetida contra el gobierno sigue incontenible. No hay día en que no se cuestione, denuncie, critique o exija la vacancia de un presidente que no tiene ni dos meses en el cargo. Es cierto que esta situación en parte es responsabilidad del Presidente Castillo por haber hecho nombramientos inoportunos, en algunos casos provocadores, y no haber sabido rectificar a tiempo ahondando aún más la crisis y colocándose en un lugar aún más delicado de la fragilidad con la que sostiene su tambaleante gobierno. Pero, el modo impune en que se azuza a la población con el fantasma del terrorismo, el clasismo y racismo han sacado a luz las profundidades de una sociedad fracturada, corroída por centurias de olvido, exclusión e injusticia.

El momento que vivimos se torna dramático pues no se trata sólo de una lucha entre izquierda y derecha, sino del modo en que queremos vivir como sociedad. Y ahí se juegan dos visiones opuestas y hasta contradictorias del Perú. Lo chocante para algunos es que la que hoy gobierna es aquella que siempre fue silenciada y excluida de los centros de decisión del poder. Por eso aparecen como improvisados, inexpertos, torpes, no porque lo sean sino porque no se condicen con la tecnocracia que durante treinta años nos impusieron haciendo del estado un productor de técnicos-burócratas insensibles a las necesidades populares que se crearon un mundo paralelo y distante de los ciudadanos.

Hoy no sólo se acusa al gobierno de eso sino además se pretende crear la imagen de que ha sido tomado por sendero luminoso. Corresponderá al Presidente Castillo deslindar, aclarar y cambiar el rumbo. No puede haber concesión alguna con esa horada de asesinos enloquecidos que destruyeron material y espiritualmente nuestro país. Consecuencia de sendero es el fujimorismo y por eso son las dos caras de la misma moneda: corruptos, asesinos, autoritarios, felones, oportunistas, en suma, mequetrefes cualquiera.   

Por eso, lo que estamos viendo ahora es el enfrentamiento de dos extremos igualmente irracionales y autoritarios. Enfrascados en una pugna por el poder, ambos extremos se muestran incapaces de ver y atender a los más necesitados y aquellos que claman atención. Castillo, si quiere seguir siendo presidente, debe aprender las dotes del equilibrista tratando de no caer en el abismo de la derecha o de la izquierda. Ese equilibrio es aquello por lo cual hoy ocupa el cargo de presidente. Atender a una población de regiones que siempre fue despreciada y excluida. Él es la voz de los que nunca la tuvieron. Pero, no sólo es esa voz sino que, además, está ahí para resolver los problemas efectivos que aquejan a los peruanos más pobres. Si bien, Castillo es el presidente de todos los peruanos, su principal deber está con los más pobres y olvidados.

El ciudadano promedio del Perú es desideologizado y por tanto no ha votado por un partido político en concreto. Que Castillo sea ahora presidente se lo debe no a un partido sino a que supo cohesionar el descontento popular que se identificó, no con el militante ortodoxo de una izquierda trasnochada, sino con el profesor rural y campesino de sombrero ancho como el mundo que prometía. En ese sentido, su partido es más un lastre que una oportunidad de poder llevar a buen puerto el gobierno. Su torpeza política, siendo el partido de gobierno, ha demostrado que la elección la ha ganado Castillo y no ellos. 

Con esto no queremos proponer una ruptura entre el presidente y su partido, pero sí un replanteamiento en las relaciones de poder y función que tendrán cada uno. No se puede seguir generando la imagen de ingobernabilidad y falta de rumbo en medio de una crisis que amenaza a diario nuestras vidas y nuestra ya muy maltrecha economía. Eso sólo hará que el pueblo, siempre pragmático cuando tiene hambre, mire para otro lado, sienta que se equivocó y busque cambiar de presidente.

La función principal del presidente Castillo es aliviar lo antes posible el castigo que significa el alza de los precios en los productos de primera necesidad en medio de la pandemia. El pueblo quiere soluciones concretas o el contento se volverá ira, no importa si se trata de un gobierno de derecha o de izquierda cuando el hambre y la muerte arrecian la ideología desaparece. 

El gobierno aún está a tiempo de deslindar y sacudirse de los elementos que le son más un lastre que un alivio en su deber de solucionar los problemas de los más pobres. Para ello, si se hace imprescindible que nos señale claramente cuál es el rumbo trazado para poder acompañarlo. No puede haber más incertidumbre, porque el principal problema de este gobierno es que nadie –parece que ni el mismo presidente- sabe para dónde vamos. Si a esa incertidumbre le sumamos los cuestionamientos e incompetencias de varios de los ministros y funcionarios nombrados, entonces el gobierno está, por mano propia, camino al desbarrancadero.

En nuestro caso, los senderos que se bifurcan no son los del tiempo infinito en forma de laberinto que imaginó Borges. Son los senderos que en nuestra historia siempre nos han llevado al desastre. Los senderos de la derecha y la izquierda extremas que llevan a la muerte y la miseria. Está en manos de Pedro Castillo conducirnos por alguno de estos senderos y arrojarnos a las profundidades del abismo o dar un giro a su gobierno y empezar a preocuparse u ocuparse de aquello para lo que fue elegido.

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Presidente Castillo

El aprovechamiento político de un caso de acoso, violencia o discriminación hacia la mujer o cualquier ser humano es siempre deleznable. Un drama humano como ese no puede ser utilizado como arma política para ataques subalternos. Si existe alguna responsabilidad pues lo que debe exigirse es el castigo, ejemplar si se trata de un funcionario público, y la resarción del daño causado.

En el caso suscitado por las declaraciones de la congresista Chirinos sobre un repulsivo comentario de parte del Premier Guido Bellido hemos visto nuevamente aflorar la ya tradicional hipocresía limeña. Por el lado de la derecha más conservadora hemos escuchado destemplados gritos exigiendo pronunciamientos y condenas por el estropeo a unos derechos en los que nunca han creído. Por el lado de la izquierda, los silencios, tibiezas y demoras han sido también muy elocuentes como si los derechos y su defensa dependieran de quien perpetra el abuso y quien es la víctima. Entre todas las expresiones las peores han sido las que han tratado de denigrar aún más a la víctima ya sea por sus afiliaciones políticas o incluso por su proveniencia familiar.

Lo cierto es que, una vez más, este caso puede ayudaros para desentrañar problemas estructurales de la sociedad patriarcal en la que vivimos en la que las mujeres llevan la peor parte. Una sociedad en la que ser mujer implica vivir en la mayor desprotección y permanente amenaza. No se trata sólo de u problema de desigualdad jurídica ni es un tema que se pueda solucionar sólo con más leyes y sanciones. Implica un problema estructural que parte de una profunda reflexión sobre el tipo de sociedad en la que vivimos, sus contradicciones y falencias así como de la necesidad de emprender un trabajo de muy largo aliento que inicie por la educación y el reacomodo de nuestras relaciones personales y sociales.

Pero, lo más importante es la profunda brecha material que existe entre varones y mujeres. Este es el aspecto central en el que cualquier intento de construir una sociedad igualitaria. En la medida en que las mujeres puedan adquirir mayor autonomía financiera no sólo estarán menos dispuestas a soportar situaciones de violencia o discriminación sino que además estarán en mejores condiciones de luchar y defender sus derechos. Esta es la ruta que ningún gobierno ha querido tomar en su miopía de no querer entender que la apuesta por la autonomía económica de la mujer es también no es una gasto sino un tema de derechos.

Otro tema importante es el referido a la normalización de la violencia y la discriminación contra las mujeres. Esto tiene su base en las relaciones sociales que hemos establecido históricamente. Si bien, gracias especialmente a la lucha de las mismas mujeres, esto ha cambiado estamos aún muy lejos de lograr hacer de sentido común que ningún acto de violencia o discriminación puede ser tolerado ni es “normal” llevarlo a cabo. Es tarea del Estado hacer todos los esfuerzos posibles para revertir esta situación.

En medio de estos varios problemas de fondo, situaciones como las relatadas por Chirinos denotan lo mucho que falta por trabajar en este tema. La igualdad, desde esta perspectiva, no aparece como un ideal vacío sino como una necesidad hacia la que todos debemos apuntar.

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Igualdad, mujeres, Perú, política peruana

Hoy el primer gabinete del gobierno del presidente Castillo acudirá al Congreso en busca de la confianza. Este acto implica que la palabra de la representación nacional interpela al ejecutivo con la finalidad de que éste dé fianza, es decir, garantía, de que se cumplirá con  lo ofrecido. Esto es lo que se podría esperar en una situación normal de sana convivencia política.

Pero, estamos en una situación en la que el gobierno acude al congreso bajo amenaza. Una oposición que ha querido desde el primer día socavar la gobernabilidad y doblegar a la alternativa de cambio por la que el pueblo peruano votó no otorgará esa confianza sin antes no intentar una y otra vez que se haga lo que ella quiere. El encono, el resentimiento y la imposibilidad de aceptar la voluntad popular han colocado a nuestra derecha, incluso la más progresista, en las antípodas de los modales democráticos preparando lo que a todas luces es un golpe parlamentario.

En este enfrentamiento el único que pierde es un pueblo que mira desde su esfuerzo diario por sobrevivir cómo los políticos siguen enfrentados  y sin poder solucionar los problemas que los aquejan en su cotidianidad. Un gobierno que no puede dedicarse a trabajar porque vive al tanto de los ataques, zancadillas y amenazas de una derecha que no comprende que perdió la elección y ahora debe dar paso a que una nueva manera y estilo de gobierno se instituya.

Ninguna sociedad puede establecer lazos mínimos de convivencia sin la necesaria confianza que debe haber entre quienes la integran. Una sociedad de la desconfianza es una sociedad destinada a desaparecer. Lamentablemente, el escenario político de los últimos meses en el Perú se ha vuelto uno en el que parece predominar la desconfianza. Mientras ésta persista no habrá posibilidad para el diálogo y terminaremos destruyéndonos los unos a los otros.

Los arrebatos de uno y otro lado han perdido toda mesura y sabemos que si ella no es posible lograr una convivencia sana. Sabido es que la política se constituye en un espacio de confrontación y lucha por el poder, pero sobre la base de acuerdos mínimos de quienes persiguen el bien común y no sólo el bien de uno de los grupos en conflicto.

Lo más racional, fuera del cálculo político, sería que se otorgue la confianza al gabinete y a partir de ello poder evaluar el accionar de cada ministro y solicitar el cambio de aquellos que no cumplan con lo ofrecido por ellos mismos. Pero, descalificar a priori o por decisiones o declaraciones anteriores al ejercicio del cargo, son majaderías que el gobierno no debería permitir. Un funcionario público deber ser evaluado y juzgado por el ejercicio de su función y no por otros motivos. En ese sentido, la elaboración de listas de ministros que deberían dejar el cargo si siquiera tener el tiempo para mostrar su trabajo es un despropósito.

Como nos enseñó Gadamer: “El arte de comprender consiste, seguramente y ante todo, en el arte de escuchar. Sin embargo, a ello hay que añadir la posibilidad de que el otro pueda tener razón. El otro de entrada se encuentra en una mala situación si ambos lados no sienten eso […] Siempre que se quiera comprender a otro o una cosa, debemos preguntarnos cuál será la pregunta respecto a la cual esta o aquella manifestación lingüística constituirá la respuesta. Hasta que no llego a este punto, no he comprendido absolutamente nada”. Es pues necesario saber escuchar para llegar a comprender y para eso se debe estar dispuesto a aceptar que podemos estar equivocados. Aceptar que el otro puede tener razón es el esfuerzo más grande que exige la comprensión y por tato la confianza, pues sólo puedo confiar en lo que puedo comprender.

Por ello se hace imprescindible que hoy ambos poderes del estado estén dispuestos a dejarse escuchar e interpelar. Que ambos depongan sus diferencias en bien de aquellos que cifraron sus esperanzas en una vida y un país mejor. Si de verdad es cierto que todos los que mañana estarán en el Congreso quieren lo mejor para el Perú entonces tienen el imperativo de escucharse y empezar a trabajar no para intereses particulares sino para todos.

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