El 23 de enero de 1822 el General Don José de San Martín instituyó la “Orden del Sol” para reconocer a las mujeres que se habían distinguido por sus contribuciones a la gesta independentista. Fueron condecoradas en total 193 mujeres con el grado de Caballeresas del Sol y el decreto acordado señalaba:

Las Patriotas que más se hayan distinguido por su adhesión a la independencia del Perú, usarán el distintivo de una BANDA DE SEDA BICOLOR BLANCA Y ENCARNADA que baje del hombro izquierdo al costado derecho, donde se enlazarán con una pequeña borla de oro con las armas del Estado en el anverso y esta inscripción en el reverso: “AL PATRIOTISMO DE LAS MÁS SENSIBLES”

Este fue el primer y único reconocimiento hasta la primera mitad del siglo XX que de manera oficial la naciente República del Perú le confirió a las patriotas en recompensa a sus hazañas y sacrificios. Entre las premiadas se encontraron valerosas mujeres que realizaron labores de espionaje, logística, acciones armadas y algunas que empeñaron sus bienes para apoyar la causa patriótica.

Las acciones en las que se involucraron trastocaron los roles tradicionales de madres, esposas e hijas, así como sus ámbitos de acción que traspasaron de lo doméstico a lo público. A pesar de ello, sus hazañas fueron interpretadas desde el contexto social y político del patriarcado, en el que las mujeres eran sujetos subordinados en su relación con un otro, es decir, en tanto; esposas, madres o hijas.

Un fragmento de la argumentación del decreto señalaba lo siguiente:

“El sexo más sensible naturalmente debe ser el más patriota; el carácter tierno de sus relaciones en la sociedad, ligándolo más al país en que nace, predispone doblemente en su favor todas las inclinaciones. Las que tienen nombres expresión de madres, esposas e hijas no pueden menos que interesarse con ardor en la suerte de los que son su objeto.

El bello sexo del Perú, cuyos delicados sentimientos revelan sus atractivos no podía dejar de distinguirse por su decidido patriotismo al contemplar que bajo el régimen de bronce que no han precedido, sus caras relaciones en general sólo servían para hacerle sufrir mayor número de sinsabores de parte de los agentes de un gobierno que a todos hacía desgraciados a su turno…”

Las patriotas condecoradas fueron mujeres que arriesgaron sus vidas en campos de batalla o formando parte de las complejas redes de información y espionaje a través de las cuáles se logró adelantar los pasos del ejercito realista. Un ejemplo de ello es Manuela Sáenz quien participó activamente de las batallas de Pichincha y Ayacucho o Rosa Campusano y Brígida Silva de Ochoa quienes organizaron importantes corredores de información, entrando a peligrosas prisiones como la del Real Felipe.

Los valientes actos que protagonizaron fueron cubiertos por la aparente naturaleza de lo “bello”, lo “delicado” y lo “tierno”, un corset que fue enterrando progresivamente sus roles históricos en el tiempo y en un horizonte de sentido patriarcal y machista que terminó por hacerlas desaparecer.

Casi un siglo después, durante el centenario de la independencia, el Presidente Leguía deslizó que la condecoración concedida por San Martín le fue otorgada a varias mujeres que no lo ameritaban, sobre ello señaló lo siguiente: “se distribuyó con más galantería que discreción, haciéndola extensiva a las más bellas y amables damas, lo que dio motivo a murmuraciones mujeriles que no se han apagado todavía”, agregó refiriéndose a Manuela Sáenz que “vegetaba por su escandalosa conducta, sumida en plena excomunión social”.

Cabe preguntarse a casi 200 años de ese primer reconocimiento el por qué no somos capaces de recordar y reconocer sus nombres y sus hazañas a diferencia de las de los héroes varones. Cabe preguntarse también el por qué ese reconocimiento no se transformó en una conmemoración anual como tantas fechas que nos recuerdan los protagonismos masculinos.

A 200 años de esa primera y bien intencionada condecoración, toca hacer el intento de exhumar esas 193 historias de coraje, es tiempo de leerlas y reinterpretarlas desde el presente, de restituirles la agencia de quienes decidieron formar parte de la construcción de una nación con autonomía e integridad.

Es este Bicentenario una oportunidad para reconocer en ellas el coraje que tuvieron en dar batalla a algo más grande que una guerra, pues ellas lucharon contra un sistema, un sentido común y un horizonte cultural. Estoy segura que hoy en día, la banda bicolor que tuvieron como condecoración llevaría la frase: “Al patriotismo de las más rebeldes”

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José de San Martín, Manuela Sáenz, Orden del Sol

El pasado 11 de junio el Congreso de la República aprobó en mayoría el dictamen del Proyecto Ley General de Museo. Dicho dictamen constituye una grave amenaza al potencial crítico del arte, la producción cultural y al ejercicio de la libre expresión.

De acuerdo al dictamen son consideradas infracciones muy graves, sujetas a penalidades y multas, los siguientes puntos:

  •  La implementación de exposiciones y/o la ejecución de actividades que busquen tergiversar la verdad de los hechos o situaciones pasadas, con el fin de modificar maliciosamente la memoria colectiva de la ciudadanía.
  • La implementación de exposiciones y/o la ejecución de actividades relacionadas a una apología al terrorismo (alabanza, defensa o justificación).
  • La implementación de las exposiciones que contravengan a las buenas costumbres en la exposiciones y actividades de los museos.

Resulta sumamente preocupante que la interpretación de la norma recaiga en la subjetividad y arbitrariedad de los funcionarios que la aplican. Cabe preguntarse qué significa “modificar maliciosamente la memoria colectiva de la ciudadanía”, “realizar actividades relacionadas a una apología al terrorismo”, o ir en contra de “las buenas costumbres”.

Cabe preguntárselo en un país con una historia reciente de censuras, persecuciones y acusaciones a piezas y exposiciones de arte. En 2015, la obra de teatro La Cautiva fue investigada bajo la figura de apología al terrorismo; en 2017 ocurrió lo mismo con un mural y una cerámica del Museo de la Memoria de ANFASEP y con la serie de Tablas de Sarhua, Piraq Causa (¿Quién es el culpable?).

Las investigaciones y acusaciones prescribieron, pues las piezas claramente tenían una posición crítica frente a la violencia, tanto a la de las organizaciones subversivas como la que ejercieron las fuerzas del orden.

Preocupa que uno de los ámbitos de acción de la norma sea precisamente el Lugar de la Memoria (LUM), cuyo director fue separado por el Ministro de Cultura en el 2017 debido a una exposición crítica de la dictadura fujimorista, la Carpeta Colaborativa Resistencia Visual 1992-2017. Preocupa más, porque en 2018 todos los contenidos del LUM fueron revisados debido a las acusaciones de apología al terrorismo del ex congresista fujimorista, actualmente en prisión por corrupción, el señor Edwin Donayre.

Un argumento de la acusación de Donayre fue que el camino de piedras para entrar al LUM era un “sendero” que estaba “iluminado”. Para el entonces congresista, eso encerraría un mensaje de apología.

Las piezas, proyectos culturales y espacios mencionados tienen mensajes claros en   contra de la violencia por lo que no queda duda que las investigaciones fueron interpretaciones antojadizas y maliciosas frente a propuestas que comparten una visión crítica y de denuncia frente a las responsabilidades que tuvo el Estado durante el periodo de violencia.

La memoria sobre el conflicto armado interno en nuestro país es un tema doloroso y complejo que aún como sociedad no hemos procesado. Eso no quiere decir que no existan verdades históricas, cuerpos, sentencias, ausencias, así como criminales en prisión. El arte y su potencial crítico y provocador han servido para sanar, pero también para colocar en el debate público dichas verdades.

Los funcionarios que tienen en sus manos la potestad de normar sobre la libre expresión en el ámbito de la cultura deben hacerlo con ética y responsabilidad, en especial en una sociedad fracturada por un pasado de violencia y cuyo tejido social debe recomponerse de la mano de la libertad de pensar y reflexionar sobre aquello por lo que nuestro país atravesó.

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Arte y cultura, Congreso, Museos

Patrimonio, género y memoria

Cuando pensamos en las figuras protagónicas de nuestra historia, se nos vienen a la mente, las ilustraciones, láminas y pinturas que nos enseñaron en la escuela durante nuestra niñez.  También pensamos en los grandes monumentos y en los nombres de calles y plazas que día a día recorremos. Estos espacios, que habitamos cotidianamente, cumplen la misión de tendernos puentes sensibles con nuestra identidad y nuestro pasado.

De acuerdo a la arquitecta española Nuria Álvarez Lombardero, el paisaje urbano alimenta la memoria pública de los ciudadanos y ciudadanas en forma de “territorio común”, sin embargo, advierte, que las mujeres, no cuentan con una representación material que corresponda a sus hazañas y contribuciones, por lo tanto, carecen de memoria histórica en el espacio urbano.

Agregaría a lo dicho por Álvarez Lombardero, que el escaso repertorio monumental que guarda las memorias de las mujeres en nuestra ciudad, se ubica en los márgenes con respecto a los espacios centrales. Basta con hacer el ejercicio de pensar en los nombres de las grandes plazas de Lima, y tendremos la respuesta. Esta representación periférica y marginal, es sin duda, una metáfora con lo que ha sucedido con las mujeres en los relatos históricos.

Los monumentos más populares, que ocupan las plazas principales de Lima, fueron construidos y/u obsequiados, durante el gobierno de Augusto B. Leguía en el contexto de las conmemoraciones del Centenario. Algunos de los más conocidos son; La Plaza San Martín, El Monumento a Manco Cápac, La Plaza Dos de Mayo, La Plaza Alfonso Ugarte, el monumento a Hipólito Unanue en el Parque Universitario y el monumento a la Libertad en la Plaza Francia.

Es interesante notar, que las únicas representaciones de mujeres en las esculturas antes mencionadas, se constituyeron a través de alegorías. Me refiero, al monumento de la Plaza Francia que presentó a una mujer encarnando la libertad, y el monumento de la Plaza 2 de Mayo, cuya figura principal es, una mujer representando los laureles de la victoria. A ellos, le podemos sumar, el signo Libra en la Alameda de Los Descalzos, y otras alegorías zodiacales en el Parque Neptuno.

En abril del 2018 fueron declaradas Patrimonio Cultural de la Nación, 91 esculturas monumentales ubicadas en el Centro Histórico Lima y entre el extenso listado de héroes de la patria, presidentes, personajes ilustres, grandes pensadores y profesionales, solo hay dos mujeres con nombres propios; Juana Alarco de Dammert, benefactora y fundadora de las cunas maternales y Elisa Rodríguez Parra de García Rossell, luchadora por los derechos políticos de las mujeres.

Es muy importante y necesario, el proyecto de rescate y restauración monumental, que actualmente viene implementando el municipio de Lima por la celebración del Bicentenario, sin embargo, también es necesario preguntarse dónde están las mujeres y por qué a 200 años de vida republicana, no hemos sido capaces de generar un otro relato que se vea reflejado en el paisaje urbano.

Hace meses que recorro la ciudad en busca de esa respuesta, visitando las huellas de las grandes mujeres de nuestra historia, esa búsqueda ha dado como resultado el documental El Patrimonio Invisible. La realización de este proyecto, fue una invitación a mirar Lima con nuevos ojos, descubrir las pequeñas plazas, bustos, parques y monumentos que rescatan historias relegadas al olvido, muchos de estos espacios están descuidados y otros son poco conocidos o visitados.

Un busto me sorprendió en particular, el de la notable pedagoga e intelectual Elvira García y García en la Alameda Magisterial en Breña. Su escultura, era la única dedicada a una educadora mujer, y a la vez, era la única, a la que, en un acto vandálico se le había cercenado la cabeza. La imagen era realmente triste y violenta.

La ciudad, es reflejo del proyecto social y político de una nación, así como de sus aspiraciones y proyecciones futuras. A puertas de conmemorar el Bicentenario de nuestro país, cabe reflexionar sobre el paisaje urbano desde el enfoque de género, y en los desafíos que implica, que las memorias de las mujeres, empiecen a ocupar un lugar más digno y democrático en la representación patrimonial y simbólica de una ciudad, que nos pertenece a todas y todos.

https://cultural.upc.edu.pe/galeria/el-patrimonio-invisible?fbclid=IwAR3neXM_hyXJtVsPF8x4rwY8HrvGNVQgwH9faVe0i3lJOkarLlRijGM3sIM

 

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Historia, Lima

Irene Salvador y las mujeres de “La Masacre de Huacho”.

Las primeras décadas del siglo XX, tuvieron especial importancia en la historia del movimiento obrero peruano, pues son los años en los que confluyen las grandes reivindicaciones por los derechos de los y las trabajadoras. Este momento convulsionado por huelgas y movilizaciones, tiene como uno de sus grandes hitos, el derecho a la jornada laboral de ocho horas de trabajo, obtenido en 1919.

Esta victoria, sin embargo, fue producto de sostenidas huelgas en años previos, una de ellas, fue la huelga de Huacho en la que pierden la vida un grupo de mujeres, reconocidas como las primeras mártires del movimiento de trabajadores.

A inicios del 1900, las haciendas en Huacho, estuvieron caracterizadas por contar con trabajadores que, a la vez de jornaleros, eran pequeños propietarios de tierras. Esto significó que las mujeres tuvieran que participar activamente de las actividades agrícolas para cubrir las dobles jornadas necesarias, para cubrir el trabajo en sus tierras y las de las haaciendas.

Cabe señalar que, además de las labores del campo y las tareas domésticas, las mujeres también trabajaron como placeras o seroneras, comercializando su propia producción en el mercado de abastos.

La primera huelga de trabajadores agrícolas de Huacho se lleva a cabo en 1916, entre su pliego de demandas estaba la reducción de las horas de trabajo de 10 a 8 horas y el aumento de salario. Las exigencias de los jornaleros fueron aceptadas a cambio del cese del paro. Lamentablemente, los dueños de las haciendas no cumplieron ninguno de los acuerdos producto de la negociación.

Es así que el 7 de junio del 1917 se retoma la huelga en Huacho en la que las mujeres agricultoras y seroneras tendrían un rol protagónico. El 11 de junio y por decisión de la Sociedad Unión Jornaleros de Huacho se dio inicio a la Huelga de Placeras. Irene Salvador, dirigenta visible, organiza el cierre del mercado de abastos. De acuerdo a lo señalado por el Diario El Tiempo del 12 de junio de 1917, “esto se realizó para ejercer presión por medio del desabastecimiento de alimentos e influir en la terminación de la huelga”.

Otra labor importante que ejercieron las mujeres, fue gracias a su desplazamiento constantemente del campo a la ciudad en su labor de comerciantes. Durante la huelga, ellas se encargaron de recolectar las donaciones de las Sociedades Obreras y de los pequeños comerciantes de la ciudad, para garantizar el sostenimiento de la olla común.

El 14 de junio de 1917 se dio lugar lo que se conoce como La Masacre de Huacho. Ese día, debía llevarse a cabo una negociación entre los hacendados y los huelguistas, teniendo como mediador al subprefecto. Las mujeres, lideradas por Irene Salvador, se movilizaron en dirección a la subprefectura para exigir una intervención justa y pronta solución al conflicto, que para entonces ya llevaba varios días.

Las mujeres son reprimidas por aproximadamente 300 gendarmes armados. La dirigente Irene Salvador, solicita que le sea permitido entrevistarse con el subprefecto y ante la negativa se producen forcejeos y enfrentamientos.

Las fuerzas del orden, en clara posición de ventaja y abuso de poder, hacen uso de armas de fuego y bayonetas, una de ellas atraviesa en el pecho a Irene Salvador y seguidamente a la dirigenta Manuela Chaflojo, posteriormente, van cayendo muertas y heridas más seroneras.

El Diario El Tiempo del 16 de Junio de 1917 publicó la relación de nombres de las trabajadoras muertas en el enfrentamiento: “Luz Díaz (bala en el pecho), Margarita Estupiñan ( bala en el pecho), Isabel Rosadio (bala en el vientre), María liecho (atravesada por un bayenotazo), Jesús Muñoz (bala en el pecho), Micaela Estupiñan (bala en la cabeza), Ruperta Montes (atravesada por un bayenotazo)”.

María Jesús Alvarado, intelectual y activista por los derechos de las mujeres, levantó su voz de protesta y escribió en distintos periódicos anarcosindicalistas sobre la participación y masacre de las mujeres en la huelga de Huacho.

Señaló lo siguiente: “Mientras en la capital se respetaba el derecho de los huelguistas varones, fuesen justos o exagerados en sus reclamaciones, a un paso de la ciudad se mataban a las mujeres que por primera vez elevaban su voz al capitalismo, pidiéndole un trozo más de pan para acallar el hambre…”

Tenemos una gran deuda con la memoria de las mártires de la masacre de Huacho, su sacrificio ha quedado en el olvido, y tanto sus nombres como sus imágenes se han ido borrando con el tiempo.

No las olvidemos y sigamos su ejemplo, pues es gracias a estas valientes mujeres que hoy en día nosotros y nosotras tenemos condiciones laborales más dignas.

Sin luchas no hay victorias.

¡ Feliz día de las y los trabajadores !

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1 de mayo, Día del trabajo, Irene Salvador

Hace unas semanas se activó un intenso debate sobre la libertad de expresión, cuando la periodista Juliana Oxenford quiso demostrar tendenciosamente, que, de llegar a ser gobierno, Veronika Mendoza estaría dispuesta a censurar contenidos en los medios de comunicación. Esto fue a propósito de unas declaraciones en las que la candidata señaló, que, si un medio ponía en riesgo la salud de la gente divulgando información falsa, el Estado debía regular y sancionar dichos contenidos.

 

El canal del Estado- TV Perú, volvió a colocar el debate en el ojo de la tormenta, cuando decidió arbitrariamente no emitir la película La Revolución y la Tierra, programada para este Domingo 4 de abril. Al parecer, la decisión estuvo influenciada por dos personalidades del periodismo y la política, que calificaron su divulgación en la coyuntura electoral actual, de “desatino, manipulación y sesgo político”.

 

Así fue como luego de un par de tweets, una película programada y pactada con anticipación, que cumplió los procedimientos de rigor para su divulgación y cuya fecha de estreno fue propuesta por el mismo canal, se censuró sin mayor explicación.

 

¿Qué puede ser tan desatinado y sesgado de una película sobre la historia del Perú?

 

La Revolución y la Tierra es un documental que gira en torno al complejo proceso que significó la reforma agraria de 1969, así como la controversia en torno a la figura de quien la llevó a cabo; el General Juan Velasco Alvarado.

 

El film presenta distintos argumentos a favor y en contra. Tiene la gran cualidad de haber podido diversificar la participación de protagonistas y espacios de enunciación; la discusión se ve enriquecida por académicos y académicas, militantes políticos, artistas, activistas, dirigentes campesinos, expropietarios y extrabajadores de haciendas, periodistas y exfuncionarios públicos.

 

El documental es también, un tributo al cine peruano, pues el corazón visual se constituye en fragmentos de películas, que dan cuenta del imaginario nacional que fue cobrando sentido a partir de la reforma agraria, y que la cultura popular recogió y resignificó a través del cine de autor.

 

La Revolución y la Tierra, intenta dar una explicación sobre las causas y consecuencias de la reforma y para ello, revisa históricamente las desigualdades estructurales que han sido y siguen siendo la espina dorsal de nuestro país.

 

La película tiene el potencial para unos, y el peligro para otros, de generar una reflexión aguda sobre racismo, exclusión y discriminación, que conectan como una continuidad el pasado y el presente. La crisis sanitaria ha agudizado las desigualdades y en un contexto en el que nos toca ejercer nuestra ciudadanía, el conocimiento de la historia es una herramienta poderosa, capaz de activar una respuesta crítica y consciente sobre el proyecto de país que necesitamos y queremos.

 

Si bien la divulgación masiva del documental en redes sociales, se ha convertido en un importante gesto ciudadano de resistencia. La emisión de La Revolución y la Tierra en el canal del Estado, significaba la posibilidad real y simbólica, para miles de familias peruanas sin acceso a internet, de encontrar reconocimiento en una película que les ofrecía la posibilidad de rescatar sus propias historias de lucha, las de sus padres, abuelos y abuelas. Historias antes silenciadas y marginadas.

 

El canal nacional, es un espacio democrático que se debe a todos los peruanos y peruanas, no es la hacienda en la que algunos gamonales, a quienes no les gusta que se hable de racismo, discriminación y desigualdad social, puedan tener el poder de bajarse el trabajo de un equipo de profesionales del cine, de un fuetazo.

 

Ninguno de los periodistas que semanas atrás alzaron la voz por la libertad de expresión, han manifestado alguna opinión en contra de la censura a La Revolución y la Tierra. Irónicamente solo Veronika Mendoza, (la candidata a quien se le pregunta suspicaz y constantemente sobre el tema), se pronunció de forma crítica sobre el hecho, en una entrevista realizada en el mismo TV Perú.

 

Más irónico aún es, que el film si toma posición sobre la libertad de expresión, pues la crítica unánime sobre el gobierno de Velasco que está presente en el documental, es el gravísimo error que significó la decisión de censurar los medios y sus contenidos.

 

Esperemos que reprogramen formalmente La Revolución y la Tierra en la señal de televisión pública, será el mejor indicio de que en los medios también hay una revolución, una muy necesaria de apertura, autonomía e inclusión.

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Karen Bernedo, La Revolución y la tierra, Medio de comunicación

Compraba algo para el desayuno y la bodega tenía la televisión encendida. El noticiero emitía un reportaje sobre Mayra Couto y sus recientes declaraciones acerca de la necesidad de educar con igualdad en las escuelas. Mientras pedía el pan, escuché que el presentador señaló: “Muy mal, Mayra”; y la vendedora, al tiempo que me entregaba la bolsa, me dijo buscando complicidad: “Esa Mayra está loca”.

 

Hace unas semanas, el Poder Ejecutivo presentó ante el Congreso el proyecto de ley sobre la organización y funciones del Ministerio de Educación. Dicho proyecto, que en teoría tenía como objetivo modernizar el sector educativo, omitió expresamente los enfoques de género y de derechos humanos. Frente a esta perniciosa modificación, se manifestaron diversos colectivos, grupos feministas, activistas y personas individuales de la sociedad civil (véase la “Carta por una educación con enfoque de género”).

 

La actriz Maya Couto también se pronunció al respecto y publicó en sus redes sociales un mensaje sobre el tema. En el video difundido, Couto señala lo siguiente:

 

“El colegio es el primer lugar donde somos seres sociales. Y es por eso que es vital que en estos espacios se aprenda con amor a respetar las diferencias, a respetar a los niños, las niñas y les niñes. Es por eso que es importante que la ley de organización y función del Ministerio de Educación aplique explícitamente el enfoque de género y los derechos humanos”.

 

Sus declaraciones desataron ataques, burlas y expresiones violentas de numerosos usuarios de redes sociales e incluso de periodistas locales. Fue llamada “retresede mentel” en un programa televisivo y tildada de “tarada” en reiteradas ocasiones en un artículo en el que también se sugirió que era bruta e histérica.

 

El Perú es un país en que los índices de abuso sexual infantil en hogares y aulas son elevados y en que a diario desaparecen niñas y se asesinan y golpean mujeres. Es un país en que los estereotipos que aprendemos en la escuela atraviesan las formas de relacionarnos en nuestra vida adulta. En este contexto, cabe preguntarse por qué Mayra Couto fue humillada por medios de comunicación y en las redes sociales de esa manera tan grosera y violenta. ¿Qué fue lo terrible de sus palabras?

 

A finales del siglo XIX dos distinguidas escritoras peruanas, con las que la historia y la literatura nacional tienen una enorme deuda, propusieron que la educación fuera laica. Ambas, además, expresaron ideas a favor de la emancipación de la mujer, asumieron públicamente posiciones políticas de avanzada y revalorizaron la cultura indígena.  Me refiero a Clorinda Matto de Turner y a Mercedes Cabello de Carbonera, conocidas como las ilustradas, mentes brillantes, pero incomprendidas y, muchas veces, marginadas, atacadas e insultadas por sus contemporáneos.

 

En El Chispazo, semanario de sátira limeño, el periodista y escritor Juan de Arona (seudónimo de Pedro Manuel Nicolás Paz Soldán y Unanue) usó sus columnas para castigar la insolencia y osadía de esas dos mujeres que se atrevieron a expresar sus ideas en la esfera pública. Después de la publicación de Aves sin nido, a Clorinda Matto, Juan de Arona la llamó “marimacho”, “opa”, “vieja jamona”, bruta y alcohólica. También hizo alusión a su origen andino y la calificó como “tea Clorenda”. A Mercedes Cabello, luego de que ella obtuviera el concurso internacional del Ateneo de Lima, con su novela Sacrificio y recompensa, la apodó como “Miercedes Caballo de Cabrón-era”.

 

La antropóloga Marcela Lagarde habla del “mandato de género” para referirse a los roles que cultural e históricamente se han asignado a mujeres y hombres en la sociedad. Mientras el liderazgo y el protagonismo público están asociados a lo masculino; la sumisión y lo doméstico, a lo femenino. La trasgresión de estas normas, dice Lagarde, es objeto de castigo.

 

En un extremo están los castigos al cuerpo como son los feminicidios, la violencia sexual y doméstica, así como las constantes justificaciones que culpan a las mujeres de esas violencias. En otro, los castigos a las mujeres que reclaman un espacio en el mundo; en las letras, la política, la educación y la esfera pública. Con estas mujeres trasgresoras, ya no se argumenta ni se debate, simplemente se las tilda de locas, histéricas y brutas.

 

De este castigo no se libraron las escritoras mencionadas. Los intentos por silenciarlas fueron extremadamente violentos. Clorinda Matto de Turner fue perseguida y obligada a exiliarse. Ejemplares de Aves sin nido y El Perú Ilustrado, en donde ejercía la jefatura de redacción, fueron quemados en actos públicos. Mercedes Cabello de Carbonera falleció encerrada en un manicomio en el silencio y el olvido.

 

Más de un siglo después, el mandato patriarcal sigue condenando y hostigando a las mujeres.  Los insultos a Mayra Couto son la estrategia para que no se atreva a levantar la voz nunca más. De lo dicho por ella, solo se ha recogido su uso del lenguaje inclusivo para denostarla. Sin embargo, con este lenguaje, Couto está reconociendo la identidad de los niños trans, cuya existencia es una realidad mundial. Medios de comunicación instalan masivamente la opinión de que está “loca” y, sin embargo, si analizamos sus palabras, lo señalado por ella es totalmente coherente, urgente y necesario.

 

Una educación con enfoque de igualdad de género es indispensable para combatir los estereotipos sobre la mujer, el machismo y para erradicar la violencia contra las mujeres. Instituirla en las escuelas es fundamental, porque promueve el respeto a las diferencias, contribuye a reflexionar sobre las prácticas sexistas y discriminadoras que ubican a las mujeres en una posición inferior frente a los hombres.

 

Queremos más Clorindas, Mercedes y Mayras, menos Juan de Aronas y machos abusivos en los medios de comunicación y las redes sociales.

A meses de celebrar el bicentenario de la Independencia del Perú, este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, es la oportunidad idónea para reflexionar sobre el protagonismo de las mujeres en el proceso emancipador peruano y rescatarlas del olvido.

 

¿Cuál es el sentido que la Independencia tiene para las mujeres en el Perú de hoy? ¿Cómo las influye e inspira? ¿Qué desafíos les plantea? ¿Cuáles son los vínculos entre las heroínas del pasado y las protagonistas del presente? ¿Podemos hablar de continuidades? ¿De disrupciones?

 

Las guerras por la Independencia en América Latina del siglo XIX se libraron por la soberanía política y económica, y por la liberación de los territorios. El ámbito de acción de las mujeres en estas guerras fue casi imperceptible para el relato público. El acceso a liderazgos oficialmente reconocidos no era posible, puesto que a las mujeres se les tenía prohibido el ingreso a las milicias armadas y al ejercicio de cargos políticos.

 

Su participación en acciones militares y estratégicas, constituyeron significativas trasgresiones para la época. Sin embargo, a pesar de la documentación que registra estas incursiones, sus figuras han sido registradas (y reducidas) subrayando su rol como madres, amantes o esposas. Juana Azurduy quizá constituyó la excepción, ya que fue designada teniente coronel en 1816 tras haber sido una destacada líder en una rebelión contra los españoles en el Alto Perú. Azurduy fue la primera mujer en obtener un cargo castrense y, a pesar del tiempo, hoy son escasas las mujeres militares de alto rango en el Perú.

 

Las escritoras del siglo XIX sentaron las bases de un cambio de paradigma al trasgredir la palestra pública. Su proyecto emancipatorio levantó las banderas de la educación y el trabajo como pilares fundamentales para la autonomía de las mujeres. Dicho proyecto se concibió también como un camino liberador ante situaciones de desventaja y opresión como, por ejemplo, la dependencia de la caridad ajena y el sometimiento a matrimonios arreglados.

 

El feminismo en el Perú se constituyó como un nuevo horizonte de independencia para las mujeres a inicios del siglo XX. Sus primeras banderas de lucha fueron por los derechos cívicos y políticos. El derecho al ejercicio de cargos públicos y al voto fueron, para las mujeres, una manera de integrarse como sujetos activos y autónomos en el proyecto nacional. Años más tarde, ese horizonte de libertades se expandiría a la demanda por la emancipación de los cuerpos.

 

Es urgente entendernos en esa continuidad histórica y preguntarnos por los logros y ausencias de este largo recorrido. Hace dos siglos muchas mujeres dieron su vida por la independencia; hoy, otras tantas mueren por ejercer la libertad de decisión sobre sus cuerpos. Si en el siglo XIX la lucha fue por la independencia del territorio nacional, hoy el territorio en disputa es el cuerpo de la mujer.

 

La independencia puede ser entendida en su significado más amplio como un espacio que se conquista día a día en un contexto político y social limitante. Y como el resultado de luchas por ampliar las libertades que nos son negadas: el derecho a decidir; a la identidad; a la autonomía de las mujeres indígenas en sus territorios ancestrales; el derecho al goce y al placer; a la educación de calidad; el derecho a la memoria y a la justicia. El derecho a vivir sin ser violadas o asesinadas.

 

Pienso en las nuevas heroínas, en aquellas que proyectan su voz y que continúan este camino emancipador que iniciaron mujeres como Micaela Bastidas. Pienso en Máxima Acuña, en las compañeras que buscan a las desaparecidas, en las que levantan el puño con el pañuelo verde, en las que se atreven a denunciar y en las que, a pesar de la adversidad, buscan justicia.

 

Pienso en todas ellas, las que he visto y veré marchar cada 8 de marzo.

 

(A propósito del terruqueo a las mujeres de izquierda)

Hace unos días el candidato presidencial por Acción Popular, Yonhy Lescano, se refirió a la candidata de Juntos por el Perú, Verónika Mendoza, como alguien cuya ideología comulgaba con la “guerra de guerrillas”. La candidata de Fuerza Popular, Keiko Fujimori hizo lo propio llamándola ‘caperucita roja’ y señalando que “se hace la suavecita, pero es roja y peligrosa”. Días antes, partidarios del candidato de Podemos Perú emitieron un spot en el que aparecía una personaje apodada “Terrónika”, que claramente aludía a Mendoza.

 

Similares situaciones, vive a diario la congresista del Frente Amplio, Rocío Silva Santisteban, a quien la palabra “terruca” se le endilga como quien le dice hola.

 

La asociación simplista del terrorismo con la izquierda democrática y partidaria es una táctica de manipulación que apela, malintencionadamente, al miedo y al pasado traumático de violencia que experimentó nuestro país.

 

Dichos discursos tendenciosos, sin argumentos, siguen siendo la muletilla estigmatizadora de ciertos sectores políticos que no quieren entender (ni quieren que se entienda) que la apuesta de la izquierda partidaria por la vía democrática encarna una contradicción fundamental con la propuesta de Sendero Luminoso, cuyo fin era el de aniquilar el “viejo Estado”.

 

María Elena Moyano, emblema de la lucha contra la violencia, fue una mujer de izquierda. El pasado 15 de febrero se cumplieron 29 años de su asesinato a manos de un escuadrón de aniquilamiento de Sendero Luminoso. María Elena fue dirigente de organizaciones sociales de base, teniente alcaldesa de Villa el Salvador y militante de Izquierda Unida. Su muerte fue un episodio emblemático de nuestra historia y su figura ha sido reivindicada como un símbolo de paz.

 

Las interpretaciones en torno a los sentidos de su memoria, sin embargo, siguen siendo hasta el día de hoy motivo de disputa. En el artículo “Los usos y abusos de la memoria de Maria Elena Moyano”, la politóloga Jo Marie Burt expone la forma en la que Fujimori invocó la memoria de Moyano para recordar a los peruanos la brutalidad de Sendero Luminoso, pero también para legitimar las violaciones al Estado de derecho como parte de su política antisubversiva.

 

Durante la década de 1990, el Estado construyó un relato en torno a Maria Elena Moyano en aras de justificar la “mano dura”. Para ello invisibilizó convenientemente su militancia izquierdista y su paso por el Partido Unificado Mariateguista (PUM). También minimizó que fuera blanco de violencia como tantos otros militantes de izquierda. Y silenció sus críticas enfáticas a las políticas neoliberales de Alberto Fujimori.

 

Sendero Luminoso, por su lado, a través de su órgano de comunicación El Diario, acusó recurrentemente a Moyano y a otros alcaldes y tenientes alcaldes de izquierda de diversos distritos populares de Lima de corrupción y de ser enemigos de “la revolución maoísta”.

 

El 26 de setiembre de 1991, María Elena Moyano protagonizó una multitudinaria manifestación cuyo lema principal fue “Contra el hambre y el terror”. Meses más tarde en el CADE 91, manifestó que no era posible combatir el terror si no se combatía el hambre de la población. En este sentido, se pronunció tanto en contra de la violencia de Sendero Luminoso como contra la violencia del proyecto neoliberal fujimorista.

 

En el libro María Elena Moyano, Perú en busca de una esperanza, la escritora feminista Diana Miloslavich recoge la voz de María Elena a través de entrevistas y textos escritos por la dirigente misma antes de su asesinato. En estos documentos aparece la visión de Maria Elena sobre su historia de vida, Villa El Salvador, las organizaciones de mujeres, sobre su militancia en la izquierda, su experiencia en el gobierno local y sobre sus propuestas de pacificación.

 

Sus escritos dejan claro que su oposición a la violencia subversiva se enuncia desde su militancia política, pues para ella la mejor respuesta a Sendero Luminoso debía surgir desde un proyecto político íntegro que levantara banderas de justicia social.

 

En estos tiempos en los que la política peruana atraviesa una profunda crisis moral, la voz de María Elena nos recuerda, como flor en el pantano, que el miedo nunca fue ni será la respuesta. Los terruqueadores invocan el miedo para cerrarle paso al ejercicio crítico de la ciudadanía. El terruqueo no es solo un delito, pues mancha la honra y el buen nombre de personas que no tienen vínculo alguno con hechos delictivos; el terruqueo es también una muestra de la pobreza de ideas, tan predominante en esta campaña electoral.

 

Los derechos políticos de las mujeres, que nos pueden parecer tan elementales hoy en día, se consiguieron, en el Perú y en el mundo, a través de un largo y sostenido periodo de luchas. El reconocimiento de cada uno de ellos en la política pública, fue una conquista histórica del mundo contemporáneo y sin duda uno de los mayores logros democráticos del siglo XX.

 

A puertas de las nuevas elecciones, y las conmemoraciones del bicentenario de nuestra independencia, se hace necesario recordar a las pioneras de la política peruana, aquellas que incursionaron en cargos que hasta entonces solo habían ejercido varones, su paso por la política no estuvo exento de dificultades y prejuicios, ellas fueron un ejemplo para sus contemporáneas, así como para las nuevas generaciones y con su ejemplo fue posible imaginar, que había un mundo más allá para las mujeres que el corset de las buenas esposas y las buenas madres.

 

Cabe señalar como antecedente, la participación de las mujeres en las Sociedades de Beneficencia Pública en 1914, primera función pública a la que tuvieron acceso. Este triunfo en la legislatura peruana fue impulsado por “Evolución femenina”, primera organización feminista, que posteriormente conformó el Consejo Nacional de Mujeres del Perú, institución que luchó por el voto femenino en el país durante muchos años.

 

Las primeras funciones públicas de facto, sin embargo, se ejercieron en los municipios en 1945. En octubre de ese año fueron elegidas las primeras regidoras de las juntas municipales de Lima, Miraflores y Surco, destacan entre ellas; María Jesús Alvarado como regidora de la Municipalidad de Lima, Alicia Cox de Larco, Luisa Benavides de Porras en el municipio de Miraflores; y Ana Chiappo, viuda de Mariátegui en el distrito de Surco. También incursionan en sus funciones, las primeras tenientes alcaldesas, las señoras; Eva Morales en Arequipa y Susana León en Matucana.

 

No obstante, un hito histórico poco reconocido, fue la elección de las primeras alcaldesas peruanas también en 1945, Dora Madueño elegida por Huancané en octubre y Angelica Zambrano en Urubamba algunas semanas después.

 

Luego de largos debates, en 1955 se aprueba en dos legislaturas el sufragio femenino para alfabetizadas y mayores de edad, el Perú fue el penúltimo país de la región en otorgar este derecho y la ley promulgada, no solo permitió a las mujeres elegir, sino también ser elegidas y es así que, en 1956, inician sus funciones las primeras congresistas del Perú.

 

El primer cuerpo parlamentario femenino estuvo conformado por una senadora y ocho diputadas; Irene Silva de Santolalla (Senadora por Cajamarca), Lola Blanco (Áncash), Alicia Blanco (Junín), María Eleonora Silva y Silva (Junín), María M. Colina (La Libertad), Manuela C. Billinghurst López (Lima), Matilde Pérez Palacio (Lima), Juana Ubilluz (Loreto) y Carlota Ramos (Piura).

 

La mayoría de las parlamentarias electas eran casadas, representaban a las provincias y provenían de diferentes agrupaciones políticas, la incorporación de ellas al Congreso, rompió con los esquemas de representación política masculina y esto se tradujo en las dificultades y prejuicios que tuvieron que enfrentar, tanto en el ámbito laboral como personal, en el texto La ampliación del cuerpo electoral, Roisida Aguilar recoge las experiencias de Juana Ubilluz y María Colina de Gotuzzo.

 

Ubilluz cuenta que tuvo el apoyo de su familia y de los militantes de su partido durante su labor de parlamentaria, sin embargo, no la de su esposo, esto fue clave dentro de su carrera política y fue el motivo que la hizo desistir de postularse para un segundo periodo, en un testimonio recogido por Roisida Aguilar, Ubilluz señala:

 

“En Loreto me pedían que continúe, para terminar las obras que habíamos comenzado, pero el que se oponía era mi esposo […] no le gustó mucho [decía]: ‘No, no porque la mujer no puede estar allí metida con hombres en el Congreso, no puede ser, quién va a ver a los hijos, las sesiones demoran hasta la noche’; pero, en cambio, el pueblo me pedía que haga esto, que hago lo otro, que ayude y que termine lo que había empezado”

 

Por otro lado, María Colina de Gotuzzo, como mujer casada y madre, tuvo que repartir su tiempo entre el trabajo y la familia al igual que Juana Ubilluz.

 

“…hasta las 8 de la mañana yo era la señora María Colina de Gotuzzo, madre de familia, de esa hora hacia delante, sabe Dios hasta qué hora porque no sabía a qué hora iba a terminar, era congresista”.

 

El testimonio de ambas pone de manifiesto, las tensiones e inequidades entre el ámbito público y privado. Las desigualdades en las responsabilidades domésticas asumidas entre hombres y mujeres, sigue siendo un desafío hasta el día de hoy para muchas de las mujeres que ejercen cargos públicos.

 

En las décadas que siguieron, las mujeres siguieron abriéndose paso en la política, sin embargo, los logros fueron dándose a cuenta gotas. Es recién en 1985, que una mujer imagina la posibilidad de ser presidenta del Perú, se trató de María Cabredo de Castillo, quien postuló a la presidencia de la República por el Partido Socialista.

 

Mercedes Cabanillas, se convierte en la primera mujer ministra en 1987 y durante la década del 90, contadas mujeres siguen sus pasos ocupando puestos en el Ejecutivo, cabe destacar entre ellas a Beatriz Merino, quien en el año 2003 se convierte en la primera mujer en ocupar el cargo de primera ministra, no solo en el Perú, sino en toda la región.

 

Es quizá, la incursión de liderazgos indígenas y de la comunidad LGTBQ uno de los hitos de la participación política de las mujeres en el siglo XXI, pues transforman el rostro de la política peruana y generan tensiones que abren al debate público, las taras y los prejuicios de una sociedad que hasta el día de hoy es poco inclusiva y sumamente machista; Paulina Arpasi, se convirtió en la primera mujer aymara electa para ejercer el cargo de congresista por el departamento de Puno en el año 2001, y en el  2006,  Hilaria Supa y María Sumire fueron las primeras congresistas en la historia del Perú en juramentar en sus lenguas originarias; el quechua cusqueño. Luisa Revilla Urcia por otro lado, se convirtió en la primera regidora transexual del Perú por Trujillo en el 2014.

 

Las mujeres, no obtuvieron sus derechos políticos esperando que una sociedad conservadora y patriarcal fuera iluminada por el chispazo de la igualdad, cada batalla, a veces minuciosa y otras veces ruidosa, ha sido y es, inherente al ejercicio político de las mujeres, y si ayer fue por el derecho a elegir y ser elegidas, hoy es por la paridad, la alternancia y por ejercer los derechos políticos sin acoso.

 

Estas batallas, sin duda, empujan los límites de la época, todas fueron y son trascendentales, porque abren un camino un poquito más justo a las que vienen, las mujeres han pasado por un largo y lento recorrido, de electoras a elegibles y de militantes a líderes y aunque falta aún mucho por recorrer, este bicentenario tendrá el rostro de las mujeres pioneras que rompen esquemas.