Acabo de tener la siguiente conversación con mi hija menor:

  • Poki (su apodo), ya es hora de dor…
  • No quiero
  • Sí, ya sé que no quieres. Pero es hora de dor…
  • ¡No quiero!
  • Pero Poki, no te estoy preguntando lo que quieres. Te estoy diciendo lo que es. Y ya es hora de dor…
  • … 
  • ¿Es hora de jugar o es hora de dormir?
  • Domill (así, sin ‘r’ al medio y con ‘ll’ al final).
  • Entonces, es hora de dor…
  • Quiero jugar.
  • Sí, ya sé que quieres jugar. Pero es hora de dor…
  • …mill.

Mi hija acaba de cumplir dos años. Yo no soy especialista en psicología del desarrollo humano, pero creo que su silencio después de mi aclaración es un indicador de que está empezando a comprender la diferencia entre lo que uno quiere que sea verdad, y lo que es verdad realmente. 

A muchas personas les cuesta comprender esta diferencia. Podría citar el caso de los peruanos que creen que Pedro Castillo no ganó las elecciones limpiamente porque les gustaría que Castillo no haya ganado. O los que creen que Castillo está haciendo un buen trabajo porque les gustaría que estuviera haciéndolo bien. Pero me voy a centrar en las creencias relacionadas con el Covid. 

Jones cree que el Covid no existe porque a él le gustaría que no existiera. Pero eso no es verdad. El Covid existe y ha matado a millones de personas. 

Jane cree, porque le gustaría que fuera así, que el sistema inmunológico humano, por ser ‘natural’, funciona como una máquina perfecta. Por esta razón, piensa Jane, el cuerpo humano así solito es capaz de combatir el Covid. Pero la realidad no es así, y por eso es necesario complementar este sistema con vacunas. 

John cree, porque le gustaría que fuera así, que, entre todos los países del mundo, él justo ha nacido en aquél que tiene una tradición ancestral de medicinas que son capaces de combatir todas las enfermedades, incluso el Covid. Esto, desafortunadamente, no ha sido comprobado hasta hoy. (John también cree que lo importante en el fútbol no es ganar sino tocar la pelota con elegancia y picardía… pero estoy divagando. Sigamos). 

Julia cree, porque le gustaría que fuera así, que justo la doctora que está viéndola es muy muy inteligente, y conoce de un tratamiento suavecito que la va a proteger del Covid (por ejemplo, tomarse unas gotitas de ivermectina o dióxido de cloro). La doctora además es muy muy buena, y ha decidido compartir esa información con Julia (la doctora no es mala como los otros doctores, que trabajan en los mejores hospitales y centros de investigación del mundo, y que han decidido ocultar esta información para llenarse los bolsillos de dinero a costa de las vidas de millones de personas). Y como Julia es pura de corazón, tiene la disposición para comprender esta verdad revelada por su doctora, no como otros pacientes incrédulos que viven cegados porque son peones del sistema, y por eso permiten que les pongan vacunas y otras cosas que te cambian el ADN con químicos. No como Julia, que decide ingerir ClO2 (dióxido de cloro) o C47H72O14… (ivermectina) solo porque su doctora se lo dice. Pero la realidad no es así. La doctora que ofrece ivermectina o dióxido de cloro tal vez no sea ni muy buena ni muy inteligente. Lo más probable es que, o se esté aprovechando de Julia para alimentar su ego y su bolsillo, o no tenga la menor idea de dónde está parada, o ambos. 

Aceptar la realidad. Tan simple como eso. Y mi Poki de dos años lo sabe. 


* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas.

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querer, ser

“Estimados Padres de Familia: Les recordamos que según un comunicado enviado anteriormente, no estará permitido el ingreso en bicicleta, esto evitará la manipulación de dicho medio de transporte y la probable contaminación que pueda generar […]” 

Esta nota proviene de un colegio privado limeño. Según la administración del colegio, es mejor que los niños no vayan en bicicleta porque la bicicleta es un medio de contagio del covid.  

Al inicio de la pandemia había mucha incertidumbre sobre los posibles medios de contagio, y las medidas de protección correspondientes. Algunos estudios indicaban que era posible que el virus permanezca en las superficies, y en febrero del 2020 la OMS recomendó a las instituciones de salud y al público en general que las limpien constantemente. Pero desde entonces ha habido muchas más investigaciones, y ya en enero del 2021 la revista Nature señalaba, en un artículo de divulgación, que, si bien es posible, la transmisión a través de superficies no representa un riesgo significativo, contraviniendo una recomendación explícita del Centro de Control y Prevención de Enfermedades de EEUU (CDC por sus siglas en inglés). Y ya para abril del 2021 la CDC anunciaba también que el riesgo de transmisión por superficies no es significativo. El consenso científico se transformaba en política pública. Es cierto que el virus puede permanecer en algunas superficies por varios días, pero es increíblemente difícil contagiarse por ese medio, básicamente porque hasta ahora solo se ha demostrado esa posibilidad bajo estrictas condiciones de laboratorio que son ridículamente poco probables en condiciones reales. 

En sus recomendaciones para la vuelta a clases, el MINEDU incluye desinfectar las superficies. A estas alturas, y con todo lo que se sabe, no debería hacerlo. Es una pérdida de tiempo y de dinero, y contribuye a crear paranoia que eventualmente puede ser contraproducente. Pero incluso si estas recomendaciones fueran razonables, lo de las bicicletas no tiene sentido alguno (para comenzar, el MINEDU no dice nada de bicicletas en sus recomendaciones). ¿Cómo podría la manipulación de una bicicleta aumentar el riesgo de contagio? ¿Una niña asintomática tose sobre el asiento de su bici, y en ese instante un niño que pasaba por ahí justo pone la mano en el asiento y se lleva la mano a la cara? Nada que no pueda suceder en otros ambientes del colegio también, y que no se pueda remediar pasándole un trapo al asiento. ¿Pero qué pasa si la gota no cae en el asiento sino en el fierrito de más abajo, que es más complicado de limpiar? Bueno, es poco probable que los otros niñitos toquen el fierrito de más abajo ¿Pero que pasa si el niñito justo se tropieza y para no caer tiene que poner su manito en el fierrito de más abajo, y luego se cae sobre su hombro izquierdo y se da la vuelta, y justo se pone la manito en la cara? …

Detrás de este tipo de razonamiento veo dos problemas interesantes. El primero es educativo, y tiene que ver con educar con el ejemplo. Se repite hasta el cansancio que los colegios deben enseñar a pensar críticamente, y no solamente a memorizar. Sin embargo, lo que muchos colegios están haciendo es precisamente repetir protocolos anticuados de memoria, sin analizarlos críticamente. Ya el MINEDU se maneja con protocolos anticuados, pero que el colegio radicalice estos protocolos con medidas más anticuadas aún porque fueron las que los administradores memorizaron varios meses atrás no tiene mucho sentido. Los colegios deberían aprovechar esta oportunidad para hacer pedagogía, mostrando la importancia de mantenerse informado y de actualizar sus creencias en base a la evidencia. 

El segundo problema tiene que ver con asignar valor quasi infinito a la variable “salud” o “vida” en el cálculo de riesgos. (Puedo sentir su indignación, querido lector, pero déjeme explicarle con un ejemplo). Mis hijas, de 3 y 2 años, son lo que más quiero en el mundo. Hoy en la mañana las subí al carro, sabiendo que podría haberme tropezado mientras las cargaba y que podrían haberse golpeado la cabeza. Luego las senté en sus car seats, a pesar de que no soy experto en car seats. Después manejé por diez minutos y las dejé en su nido. Estoy seguro de que hice lo correcto esta mañana. Por el bien de mis hijas, las llevé a que jueguen e interactúen con otros niños, y a que aprendan nuevas canciones y bailes. ¿Habría demostrado que las quiero más si me hubiera quedado en casa con ellas porque no estoy dispuesto a asumir el más mínimo riesgo, pues todo palidece frente al infinito que es mi amor por mis hijas? No. No subir nunca a mis hijas a un carro no sería amor, sino obsesión patológica que terminaría haciéndoles un terrible daño psicológico y tal vez físico. Justificar esa patología aduciendo que lo que pasa es que las amo demasiado sería absurdo. Bueno, pues eso es lo que muchos colegios le están haciendo a sus alumnos bajo la excusa de que la salud y la vida son valores inconmensurables frente al mínimo riesgo. Por eso es que algunos deciden no abrir, otros abren dos horas tres veces por semana, y otros prohíben el uso de bicicletas.   

[Artículo de Nature: https://www.nature.com/articles/d41586-021-00251-4#ref-CR1.]


* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. 

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Bicicleta, colegio privados, Coronavirus

Imaginemos el caso de Jones. Esta es una persona que ha fumado toda su vida, y que, a partir de su experiencia de no haberse enfermado nunca de cáncer de pulmón, afirma categóricamente, en contra del consenso del estáblishment médico internacional, que fumar no causa cáncer. 

Es cierto que el buen Jones puede impresionar a otros despistados como él, pero es evidente que está equivocado. La razón es bastante clara. Más allá de la anécdota individual, hay muchísima evidencia que apunta a que fumar eleva el riesgo de cáncer, a pesar de que no necesariamente causa esta enfermedad en todos los fumadores. Esto tiene que ver con la noción de causalidad. 

Cuando los médicos dicen que fumar causa cáncer de pulmón, no se refieren a que si uno fuma necesariamente vaya a contraer cáncer de pulmón —ni siquiera a que fumar haga que sea probable que uno contraiga este cáncer—, sino que, al fumar, uno eleva las probabilidades de tener esta enfermedad (de casi cero a más o menos 20%). En ese sentido, a pesar de que lo más probable es que un fumador no se enferme de cáncer, es correcto decir que fumar es una causa de esta enfermedad. 

La historia de Jones ilustra dos puntos filosóficamente interesantes. Lo primero es una noción probabilística de causalidad, que consiste en que A es la causa de B si A eleva las probabilidades de que ocurra B. Esta mirada probabilística va en contra de las nociones de causalidad que sostienen que A es la causa de B solo si, cada vez que ocurre A, necesariamente tiene que ocurrir B. 

Lo segundo tiene que ver con la manera como se descubren las relaciones causales. ¿Cómo saben los científicos que fumar causa cáncer de pulmón? Las relaciones causales no se pueden observar tal como uno observa, por ejemplo, los síntomas de una enfermedad. En muchos casos, estas relaciones se tienen que inferir a partir de estudios. En el caso de la relación entre fumar y cáncer, a lo largo de varias décadas se han realizado diferentes estudios que contrastaban la incidencia de cáncer entre fumadores y no fumadores, controlando factores como edad, sexo, clase social, tiempo como fumadores, condiciones preexistentes, etc., aislando así la diferencia entre fumar y no fumar como los únicos factores relevantes, y eliminando la posible influencia de otros factores (estos son los llamados estudios aleatorios prospectivos).

La razón por la que el ejemplo de Jones da risa es que no se ha dado cuenta de que su experiencia individual es limitada. Es como el borrachín que cree que conducir ebrio no es peligroso porque nunca ha tenido un accidente. 

En el caso de enfermedades nuevas, estos temas son más relevantes aún, pues no se han realizado aún los estudios prospectivos que indiquen la posibilidad de relaciones causales entre, por ejemplo, el consumo de un medicamento, y la cura de una enfermedad. Eso lo sabe bien cualquier estudiante de medicina de primer año. Hacer afirmaciones causales en contextos médicos, sin contar con la evidencia de estudios serios, puede ser muy peligroso, y es ciertamente muy poco profesional.  

Estas ideas son relevantes para entender parte de nuestro contexto actual: ¿se acuerdan cuando, hace ya varios meses, a partir de su experiencia de haberse recuperado del Covid, Ciro Maguiña, afirmó categóricamente, en contra del estáblishment médico internacional, que la ivermectina fue una de las causas de haberse recuperado del Covid? Lo que estaba haciendo el vicedecano del Colegio Médico del Perú es justamente una inferencia causal basada en la generalización de la experiencia individual, al mismo estilo de mis personajes ficticios ‘Jones el fumador’, y ‘el borrachín conductor’, solo que ni Jones ni el borrachín han estudiado medicina. 

 

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. 

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Ciro Maguiña, estáblishment

Hay una estrategia no-tan-sutil de cambiar de tema que se repite con frecuencia en muchas conversaciones sociales. La estrategia consiste en evitar discutir perspectivas interesantes y sutiles sobre un tema, desviar la conversación hacia versiones ridículas y absurdas del mismo, y luego criticar dichas versiones. En lógica a esta estrategia se le suele llamar ‘construir un muñeco de paja’ (presuntamente debido a que suele ser más fácil de quemar que un muñeco de otro material). Para efectos de esta columna la voy a llamar ‘la estrategia del culebreo’, y a aquellos que la practican los voy a llamar culebreros. Quisiera comentar un par de casos típicos de culebreo.

Black Lives Matter. Al escuchar la frase black lives matter (las vidas negras importan) la mayoría de personas la interpreta en el sentido de que, en el contexto de la desproporcionada violencia policial y carcelaria contra la que se enfrentan las personas negras en los Estados Unidos y otras partes del mundo, las vidas de las personas negras son importantes también, no solo las de los blancos. Mencionar esa frase en una conversación suele ser una invitación para discutir sobre temas como el racismo sistémico, la violencia policial, etc. El culebrero, sin embargo, a pesar de que jamás en su vida ha leído un artículo serio sobre el tema, asegura que en realidad la frase significa que ‘solo las vidas de las personas negras importan’, y señala que el antirracismo ‘ya se fue al otro extremo’ porque él-tiene-un-amigo-que-dice-que-todos-los-blancos-son-malos. Así, en vez de embarcarse en una discusión razonable sobre violencia policial y racismo, el culebrero elige discutir una postura a todas luces absurda. En vez de meterse a correr una buena ola, decide zambullirse en una piscina de patitos a chapotear.  

Feminismo. La feminista estadounidense bell hooks, en las dos primeras páginas de su libro El feminismo es para todo el mundo, describe sus encuentros con los culebreros. Ella señala cómo cada vez que comentaba que era feminista en una conversación informal, su interlocutor reaccionaba con una serie de críticas desatinadas al feminismo: ‘las feministas odian a los hombres’, ‘las feministas atentan contra la naturaleza’, etc. Frente a ello, hooks respondía que el feminismo se trata de derechos y de igualdad, y procedía a explicar los matices de su postura. Sus interlocutores, sin embargo, le decían que ella no era una feminista ‘real’, porque las feministas reales odian a los hombres. Así, en vez de detenerse a profundizar sobre una postura informada y seria como la de hooks, y sobre los problemas de desigualdad y violencia de género, los culebreros gastaban sus energías en renegar contra posturas absurdas y fáciles de refutar como las de aquellas a quienes llaman ‘las otras feministas’. Es como si, en vez de probar un buen ceviche mixto, uno decidiera comerse unos fideítos cabello de ángel, pero sin mantequilla. 

No estoy seguro de cuáles pueden ser las causas de esta actitud culebréica. Se me ocurre que pueden influir factores neurobiológicos, pragmáticos, y psicológicos. Por un lado, es posible que el culebreo se deba a una cierta incapacidad intelectual. Al culebrero se le recalienta el Volkswagen si piensa sobre matices y sutilezas, y por eso decide enfocarse en temas facilitos no más (después de todo, no tienes que ser Marie Curie para saber que está mal odiar ‘a todos los blancos’ o ‘a todos los hombres’). Por otro lado, pienso que algo en el culebrero quiere evitar a toda costa hablar seriamente sobre sexismo o racismo porque prefiere seguir viviendo en la ignorancia, pues de esta manera evita sentirse obligado a perder ciertos beneficios tales como estar con la consciencia tranquila al no hacer tareas domésticas o reírse de chistes racistas. Por último, es posible que el culebrero pueda estar reaccionando a lo que considera como un ataque, pues siente que, si alguien le describe las estructuras sexistas o racistas de nuestra sociedad, indirectamente le está diciendo a él que es un machista o racista.  

No sé si el culebrismo tiene cura. Ciertamente uno no se va a curar si se desenvuelve en ambientes en los que la gente se siente inteligente y empoderada al criticar posturas ridículas. Lo que sí me queda claro es que es mucho más edificante discutir buenos argumentos en lugar de malos argumentos. Por esa razón, enfrentarse al culebrismo puede ser frustrante, y lo mejor es intentar enmendar al culebrero un par de veces. Pero si se detecta que se trata de un culebrero contumaz, recomiendo culebrearse a sí mismo fuera de esa discusión. 

[bell hooks es el nombre de pluma de Gloria Jean Watkins, quien prefiere que su pseudónimo se escriba en minúsculas]

 

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. 

 

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black lives matter, culebrismo, feminismo

Decir que la moral es relativa se ha vuelto sentido común, y se suele tomar como una expresión de sensatez. Lo curioso es que muchas personas creen que esta es la postura predominante entre los filósofos académicos, a pesar de que son pocos los que simpatizan con ella (en un sondeo de philpapers.org, entidad financiada por la asociación estadounidense de filosofía, más del 50% de los filósofos profesionales que respondieron se identificó como realista moral). 

Un realista moral es una persona que considera que existen hechos morales, es decir, que existen acciones o situaciones que son en sí mismas buenas o malas, y que nuestras afirmaciones morales son verdaderas o falsas dependiendo si se corresponden o no con esos hechos. Por ejemplo, es un hecho que la esclavitud está mal, y la frase “la esclavitud está mal” es verdadera justamente porque se corresponde con ese hecho. Igualmente, es un hecho que torturar niños por diversión está mal, y la frase “torturar niños por diversión está bien” es falsa pues no se corresponde con ese hecho. 

Un antirrealista moral es una persona que considera que no existen hechos morales. Entre ellos, un relativista moral es aquél que considera que la verdad o falsedad de las afirmaciones morales es relativa al contexto cultural, social o histórico del individuo que expresa dichas afirmaciones. Por ejemplo, la frase “la esclavitud está mal” es verdadera cuando se profiere en el siglo XXI, pero en principio existirían algunos contextos culturales o históricos en los que la frase sería falsa. Asimismo, la frase “torturar niños por diversión está bien” es falsa desde la perspectiva del siglo XXI, pero podría ser verdadera desde otra perspectiva. 

¿Por qué el relativismo moral es tan popular entre los no-filósofos? Sospecho que la explicación tiene que ver en parte con lo odiosos e insufribles que suelen ser algunos realistas morales. Un ejemplo clásico son los fundamentalistas religiosos, que llaman ‘relativista’ a todo aquel que no piensa como ellos, y ‘tibios’ a los realistas morales que no comparten su fanatismo (además por supuesto de usar las reuniones familiares como tribuna para hablar sin parar sobre virtudes como la humildad y la importancia de escuchar al otro). Otro ejemplo son los darwinistas de pacotilla, que intentan justificar su egoísmo apelando a una noción primariosa de la selección natural, pero que si entendieran algo de evolución sabrían que esta se da no solo a nivel individual sino a niveles más altos de organización (ver, por ejemplo: Samir Okasha, Evolution and the Levels of Selection, Oxford University Press: 2006). 

Hartas de estas deformidades del pensamiento racional, muchas personas optan por el relativismo moral. Sin embargo, mi impresión es que si la gente supiera qué implica realmente el relativismo moral, dejaría de serlo, o por lo menos dejaría de pensar que es la postura más obvia. 

El problema con esta postura es que la clase de referencia suele ser difícil de definir. Tomemos el caso de la esclavitud. ¿Tiene sentido decir que estaba bien en el siglo XVIII solo porque era legal? No es difícil imaginar a algunos esclavos estando en contra de esta práctica. Entonces, ¿relativo a quiénes estaba bien la esclavitud? ¿Las clases de poder? No todos en una sociedad comparten los mismos valores, es más, ni siquiera al interior de una misma familia. Entonces, el riesgo es que este relativismo cultural termine colapsando en subjetivismo moral, la idea de que mis afirmaciones morales son siempre verdaderas porque se refieren a mi propio sistema de valores. Esto anula toda posibilidad de tener una conversación sobre temas morales, y hace que todo cambio de parecer sobre temas morales sea en sí mismo inmoral. El subjetivismo cancela toda posibilidad de emitir juicios morales, y disuelve la noción misma de moral. En ese sentido, el relativismo moral corre el riesgo de colapsar en una forma de amoralidad. 

Esta deconstrucción del relativismo moral no representa una victoria para el realista moral fanático. Tanto el subjetivista moral como el realista moral fanático anulan toda posibilidad de conversación. Ellos quieren ser escuchados porque son los dueños de la verdad moral, y esta deformación no les permite concebir la mera posibilidad de estar equivocados. 

El realismo moral, la idea de que existen hechos morales, puede ser muy difícil de tragar, pero esta dificultad no debe llevarnos automáticamente a adoptar el relativismo. En todo caso, no creo que sea más difícil de tragar que la idea de que existan contextos culturales en los que torturar niños por diversión esté bien. 

Que uno crea que existen hechos morales no implica que sepa cuáles son estos hechos. Si algo nos enseña la práctica científica es que la mejor forma de averiguar cuáles son los hechos es creando comunidades que tengan como principios rectores el diálogo permanente, el respeto por la evidencia, el buen razonamiento, y la humildad. 

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. Obtuvo su doctorado y maestría en filosofía en la Universidad de Virginia, y su bachillerato y licenciatura en la PUCP.  

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antirrealista moral, realismo moral

Hace casi veinte años, el filósofo Nick Bostrom, de Oxford University, escribió un artículo que alcanzó una fama inusual para un artículo académico. En él Bostrom sostiene que existe la posibilidad de que actualmente estemos viviendo dentro de una simulación computacional. A su vez, este argumento ha sido difundido hacia el público en general por personalidades del mundo de la ciencia y la tecnología tales como Elon Musk y Neil deGrasse Tyson.

Bostrom no se refiere a simulaciones como las de la película The Matrix, en la que millones de personas están conectadas a una computadora que estimula su cerebro para crear un mundo de sueños. En este tipo de simulación es el cerebro (y el resto del sistema nervioso) el que genera una realidad virtual, tras ser estimulado adecuadamente por la computadora. La logística que requiere ese tipo de simulación hace que sea implausible que actualmente estemos viviendo en una de ellas.

El argumento de Bostrom, por el contrario, no se centra en simulaciones que parten de un substrato biológico, sino que el substrato de la conciencia es el hardware mismo de la computadora. Eso es justamente lo que le da plausibilidad al escenario.

Bostrom parte de dos premisas, y a partir de ellas obtiene una conclusión que abre tres escenarios posibles. La primera premisa es la de la inteligencia artificial. La idea es que la conciencia humana no depende esencialmente de una base biológica, sino que puede ser generada (tal vez no ahora pero sí en el futuro) por una base no biológica, tal como un procesador de silicona. Esta tesis implica que es posible desarrollar máquinas que no solo actúen como los humanos, sino que posean una vida mental, un mundo interior. La segunda premisa es que, dado lo que conocemos actualmente acerca de las leyes de la naturaleza, es posible (tal vez no ahora pero sí en el futuro) crear computadoras que sean capaces de generar mundos simulados que reproduzcan el mundo real con niveles de detalle suficientes como para que sean indistinguibles del mundo real.

En base a estas dos premisas, Bostrom razona de la siguiente manera. Si es posible crear conciencias en base al hardware de una computadora, entonces es posible también crear todo un universo para que dichas conciencias interactúen entre sí. Una civilización suficientemente avanzada podría crear computadoras que simulen miles de millones de conciencias interactuando en un mundo puramente virtual, pero que sea indistinguible del nuestro. Llamemos M 0 al mundo real, en el que vive dicha civilización avanzada, y M 1 al mundo en el que vive la civilización simulada.

Si ese mundo M 1 es indistinguible del nuestro, entonces para ellos también será posible crear una simulación. Así se origina el mundo M 2 , y luego M 3 , M 4 , etc., en una cadena que se puede prolongar casi infinitamente. En esa situación, existiría solo un mundo real, y una cantidad enorme de mundos simulados. Entonces, por un principio básico de indiferencia, nuestro mundo no tendría por qué ser el mundo real. Ya que existen tantos mundos simulados, las probabilidades de que nuestro mundo también sea simulado son altísimas. Si ese fuera el caso, nosotros seríamos una simulación de los ancestros de dicha civilización tecnológicamente avanzada, y técnicamente no estaríamos en el año 2021 sino muchos años después.

Ahora bien, hay dos escenarios que podrían bloquear esta situación. Por un lado, es posible que, dadas las características de la especie humana, no sea posible llegar al estado de civilización avanzado que permita crear estas sofisticadas simulaciones. La idea es que el avance de la tecnología va de la mano con el avance del poder bélico y las armas de destrucción masiva, y por lo tanto sea casi un hecho de que la civilización humana se destruya a sí misma antes de llegar a la madurez tecnológica. Si este fuera el caso, entonces las probabilidades de que actualmente estemos viviendo en una simulación serían muy bajas. El segundo escenario es que impedimentos morales, o simplemente apatía, hagan que dicha civilización tecnológicamente madura no esté interesada en crear simulaciones de sus ancestros. En este caso también sería poco probable que estemos viviendo en una simulación.

En resumen, de acuerdo a Bostrom, si aceptamos que es posible que substratos no biológicos generen conciencias similares a las humanas, y que es posible que las computadoras del futuro reproduzcan mundos enteros, entonces tenemos que aceptar como verdadera al menos una de las siguientes tres afirmaciones: o la humanidad se destruirá a sí misma antes de ser capaz de desarrollar estas tecnologías, o sí llegará al nivel en el que pueda desarrollar estas tecnologías pero no estará interesada en hacerlo, o vivimos en una simulación computacional.

Así que ya sabe, señor, señora. Cuando despierte en las noches asustado porque es bastante probable que el actual ministro de trabajo haya sido un senderista que capacitaba a otros senderistas en el arte de armar explosivos, recuerde que hay cosas peores en la vida. Por ejemplo, su entera vida y existencia podría estar ocurriendo en la computadora de un adolescente del futuro sentado en el sillón de su sótano comiendo doritos.

[En la web https://www.simulation-argument.com se puede encontrar el artículo original, así como una versión simplificada de tres páginas, y muchos otros recursos relacionados a este tema. Espero poder escribir una respuesta a este argumento en alguna de mis columnas siguientes]

 

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Bostrom, computadoras, Tecnología

Se repite con frecuencia que los grupos de WhatsApp son como cámaras de resonancia, donde una opinión se refuerza y las opiniones disidentes se ignoran o atacan. En las líneas que siguen quiero argumentar, siguiendo a la filósofa Jennifer Lackey, que esto, en sí mismo, no es algo negativo.

Imagine un grupo de WhatsApp de 30 personas discutiendo la efectividad de las vacunas contra el COVID-19. Llega un nuevo miembro del grupo señalando que las vacunas causan autismo, y no ofrece nada nuevo, sino que repite los típicos argumentos que vienen siendo refutados una y otra vez desde hace décadas. En este caso, la opinión disidente genera ruido, y lo más probable es que se la ataque o ignore.

Ahora bien, podría objetarse que el ejemplo descrito arriba no es bueno porque no sabemos nada de las características de los miembros del grupo: ¿Saben de lo que hablan? ¿Están bien informados? Es más, podría darse el caso de que los 30 hayan obtenido su información de una sola fuente, lo cual los convertiría realmente en una cámara de resonancia: es la opinión de esa fuente única la que los 30 repiten una y otra vez.

Pero esto tampoco es, en sí mismo, algo negativo. Si cada uno de los 30 entiende la información de esa fuente común y la adopta de manera crítica, tras someterla a un escrutinio cuidadoso, entonces no tiene nada de malo que los 30 coincidan. Es más, ya que es verdad que las vacunas son seguras, y falso que causen autismo, entonces es más bien una virtud el hecho de que estas 30 personas estén en el lado correcto en este tema. Y si una fuente es lo suficientemente clara e informada como para persuadir a 30 personas que la van a someter a un análisis riguroso, eso también merece evaluarse positivamente. Lo importante, como señala Lackey, no es tanto que las opiniones tengan orígenes independientes, sino que hayan sido asumidas de manera autónoma, es decir, de manera crítica y sin estar tratando de armonizar con el resto del grupo.

También podría objetarse que el problema del grupo de WhatsApp que he descrito es la falta de diversidad, y que esto se hace evidente en casos menos idealizados. No siempre va a suceder que todos los miembros del grupo tengan una opinión verdadera, o que todos la hayan adoptado críticamente. En el mundo real, sigue la objeción, las personas buscan agradarse unas a otras y tienden a repetir las opiniones de personas cercanas, buscando algo así como un sentido de pertenencia. Los grupos de WhatsApp tienden a ahogar las opiniones contrarias, independientemente de si estas son verdaderas o no. Siguiendo todavía la objeción, la idea es que, si fuera política del grupo estar abierto a opiniones diversas, estarían más vigilantes y así evitarían caer en el dogmatismo.

Pero aquí hay que separar dos cosas. Es cierto que un grupo donde todos los agentes son autónomos es una idealización, pero la pregunta que estamos analizando es si la falta de diversidad de opiniones en sí misma es algo negativo, y yo sostengo que no, pues lo importante es autonomía, y no diversidad. El párrafo anterior describe una situación en la que falta autonomía, por lo tanto, no sirve como contraejemplo a mi postura (que he tomado de Lackey). Y, crucialmente, la diversidad no puede suplantar a la autonomía. Un grupo polarizado tiene diversidad de opiniones, pero esto no lo hace más deseable.

El cliché de la diversidad de opiniones tiene su origen en la noción de que todas las opiniones son equivalentes, pero esto no es así, tal como ha quedado tristemente demostrado en esta pandemia, donde la desinformación ha costado muchas vidas.

[Referencia: Jennifer Lackey, ‘Echo Chambers, Fake News, and Social Epistemology’, En: S. Bernecker, A. Flowerree, y T. Grundmann (Eds), The Epistemology of Fake News, Oxford University Press (2021). DOI: 10.1093/oso/9780198863977.001.0001]
* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. Obtuvo su doctorado y maestría en filosofía en la Universidad de Virginia, y su bachillerato y licenciatura en la PUCP.

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Covid-19, WhatsApp

En el Perú existen personas que creen que la Organización Mundial de la Salud se ha asociado con el gobierno chino para conseguir que se apruebe la vacuna de Sinopharm, vacuna que en realidad sería no solo ineficaz sino perjudicial para la salud. La manera como varias personas se aferran a esta creencia clasifica bajo el rubro de teoría de la conspiración.

Para explicar qué es una teoría de la conspiración voy a usar la definición que la filósofa Giulia Napolitano presenta en su artículo ‘Teorías de la Conspiración y Aislamiento Evidencial’, que aparece en el libro La Epistemología de las Noticias Falsas, publicado hace unos meses por Oxford University Press.

Napolitano comienza aclarando un par de cosas. Primero, una conspiración ocurre cuando un conjunto de actores complota para conseguir una meta que los favorece, manteniendo ocultas sus intenciones. Segundo, no todas las teorías (es decir, las explicaciones) que plantean como hipótesis central la existencia de una conspiración merecen llamarse ‘teorías de la conspiración’. La diferencia tiene que ver con la actitud con la que aquellos que sostienen la teoría analizan la evidencia a favor o en contra. Es decir, la hipótesis de la conspiración puede manejarse de manera racional o de manera ‘conspiranoica’ (el criollismo es aporte mío).

Para Napolitano, una teoría de la conspiración propiamente dicha es aquella sostenida por alguien que es completamente impávido frente a la evidencia que desmiente dicha teoría. Es decir, alguien que ha conseguido aislar (insular) la teoría frente a cualquier posible evidencia contraria. Y, crucialmente, parte de la estrategia consiste en interpretar la evidencia contraria como si fuera evidencia a favor, porque supuestamente es parte del plan de los conspiradores crear dicha evidencia contraria con el fin de disuadir a aquellos que son capaces de ver las cosas como realmente son.

Podemos sacar dos ideas principales de la visión de Napolitano. Primero, llamar a algo teoría de la conspiración tiene siempre una connotación peyorativa. Una teoría que plantea la hipótesis de una conspiración no es necesariamente una teoría de la conspiración. Ser acerca de una conspiración es una condición necesaria, pero no suficiente, para calificar como teoría de la conspiración. Segundo, al llamar a algo ‘teoría de la conspiración’ estamos haciendo un juicio negativo sobre la actitud de aquellos que sostienen dichas hipótesis (los ‘conspiranoicos’). Dicha actitud consiste en ser completamente inmune a la evidencia contraria, e incluso interpretarla como si fuera evidencia a favor.

Apliquemos estas ideas al caso de Sinopharm. Si usted cree que el gobierno chino ha corrompido a la Organización Mundial de la Salud, y que eso explica por qué ‘una vacuna que no sirve’ fue aprobada, eso no necesariamente muestra que usted sea un conspiranoico. Pero si usted accede a los reportes de los numerosos estudios que prueban la efectividad de esta vacuna, y su conclusión es que los investigadores que han realizado dichos estudios, en Perú y otras partes del mundo, son parte del complot; y considera además que el hecho de que no se conozcan estudios que muestren la ineficacia de la vacuna de Sinopharm se debe a que el gobierno chino ha complotado con otros gobiernos a nivel mundial para reprimir dichos estudios, y que por lo tanto la ausencia misma de dichos estudios prueba que realmente existe una conspiración, entonces lo felicito: es usted un conspiranoico.

[Referencia: M. Giulia Napolitano, ‘Conspiracy Theories and Evidential Self-Insulations’, En: S. Bernecker, A. Flowerree, y T. Grundmann (Eds), The Epistemology of Fake News, Oxford University Press (2021). DOI: 10.1093/oso/9780198863977.003.0005]
* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. Obtuvo su doctorado y maestría en filosofía en la Universidad de Virginia, y su bachillerato y licenciatura en la PUCP.

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A mediados de los cincuentas, ya era claro para la comunidad científica que el tabaco perjudicaba la salud. Muchos estudios, incluyendo algunos financiados (y diligentemente ocultados) por las propias compañías de tabaco, mostraban una relación causal entre fumar o estar en contacto con un fumador, y contraer cáncer, sobre todo cáncer de pulmón. Las compañías de tabaco usaron sus recursos millonarios para promocionar el puñado de estudios que divergía del consenso. Por ejemplo, promocionaron el trabajo de un genetista que pensaba que todos los cánceres eran hereditarios. Era un outsider realmente convencido de que ni el tabaco ni ningún otro factor ambiental podría causar cáncer, pero su trabajo fue promocionado como si fuera “uno de los lados” de un supuesto debate que dividía a la comunidad científica. Técnicamente, esto no cae bajo la categoría de fraude científico. Por el contrario, la estrategia consistía en explotar la incertidumbre natural que acompaña a las conclusiones científicas para dar la impresión de que la actitud correcta era seguir esperando por más resultados antes de tomar medidas de salud pública contra el consumo del tabaco. La estrategia funcionó.  Tal como documentan Naomi Oreskes y Erik Conway en su libro Mercaderes de la Duda (publicado en el 2010), la idea de que no se sabía si el tabaco era dañino se mantuvo en el imaginario estadounidense, y mundial, hasta mediados de los noventa.

La llamada ‘estrategia del tabaco’ — generar la impresión de que existen fuertes dudas en la comunidad científica acerca de un tema, cuando en realidad lo que hay es un consenso casi generalizado– se ha aplicado, literalmente por las mismas personas, a varios otros temas, incluyendo el calentamiento global: explotan una condición normal del conocimiento científico (la ausencia de certezas absolutas) para manipular a la opinión pública, generando la impresión de que la actitud correcta es no tomar posición sobre algunos temas cruciales.

Algo parecido hemos experimentado en el Perú en los dos últimos meses. En vez de entrevistar a alguno de los muchos especialistas que podían dar muy buenas razones de por qué no había indicios de fraude, la prensa amiga (léase: lambiscona) del fujimorismo se limitó a entrevistar a unos cuantos que sí veían estos indicios (supongo que no todos mentían). Incluso se resaltó el único análisis real que podría llevar a pensar en la posibilidad de un fraude (el de Ragi Burhum), y no las decenas de análisis, también serios, que mostraban que no había razones para pensar en esta posibilidad, entre los que destaca el de Ipsos. Más allá de los errores del análisis de Burhum que ya han sido discutidos a profundidad, es un análisis honesto que simplemente diverge del consenso, y que debería discutirse académicamente. La prensa fujimorista destacó ese estudio como ‘una prueba más’ del fraude, y muchos ciudadanos comunes se dejaron impresionar: pues claro, si incluso los especialistas están divididos, deberíamos seguir esperando hasta que se aclare el tema. Es decir, ya que existe un estudio que me da la razón, y es el único que he leído, entonces hay esperar a que se investigue más. Así, la pereza intelectual se disfraza de ecuanimidad.

Todo esto me hace recordar a ese gol de Ruidíaz a Brasil en la Copa América del 2016. Recuerdo que discutía con un amigo sobre si había sido con la mano o no. Él me mostró un video en el que el ángulo no permitía decidir si había sido con el brazo o el muslo. Yo le mostré una de las repeticiones en las que se veía claramente que el gol había sido con el brazo. “Bueno”, me dijo mi amigo, “es cuestión de perspectiva”.

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. Obtuvo su doctorado y maestría en filosofía en la Universidad de Virginia, y su bachillerato y licenciatura en la PUCP.

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