Jaime Villanueva - Sudaca.pe

Bicentenario ¿Doscientos años de qué?

Ayer hemos celebrado doscientos años de una puesta en escena que aún hoy no termina. Han cambiado los personajes, las imposturas, los ritos y los símbolos pero aquella base colonial, excluyente, discriminadora y racista sobre la que se construyó nuestra república sigue -pese a algunos pequeños avances- incólume. Se podría decir que son doscientos años de una farsa. Nunca pudimos lograr que los vasallos se vieran como ciudadanos con derechos y deberes. Hicimos de nuestra sociedad un lugar donde el privilegio, el color de piel y el prejuicio y no la capacidad, el talento, el trabajo o la inteligencia sean el criterio para distinguir a las personas.

Como un rezago de la época colonial el estado republicano se estableció en una sociedad en la que no existía vida pública ni ciudadanos. Fracasado el proyecto de una monarquía constitucional, las ideas republicanas entusiasmaron a la élite intelectual, pero no encontraron fuerzas sociales en condiciones de llevarlas a cabo. La República no supo acabar con la sociedad estamental de la colonia. Abolieron los títulos, pero paradójicamente el resultado no fue la democratización, sino que se plebeyizó al régimen jerárquico preexistente. El Perú mantuvo hasta 1854 -en plena República- la esclavitud y el tributo indígena y fue recién en 1980 que se permitió el voto universal.

Aquí radicaría uno de nuestros principales obstáculos para un proyecto común como nación. El Estado criollo, ayer como hoy, siempre que sintió amenazados sus intereses recurrió a la fuerza, la represión y la dictadura como modo de instaurar un orden, entendido como el mantenimiento de ciertos valores por ellos mismos consagrados. El nexo entre autoritarismo y democracia fue el militarismo. Con un ejército pocas veces participando de batallas con extranjeros y en las pocas que lo hizo perdió. No era de extrañar que su principal objetivo no fuera otro ejército extranjero, sino Palacio de Gobierno.

Paternalismo y violencia crean lealtades verticales de subsistencia que no pueden producir una sociedad igualitarista ni autonomía en los ciudadanos. Los conflictos sociales y políticos se convierten en disputas entre señores y sus séquitos que conforman grupos de clientela de carácter grupal, heredados de una sociedad colonial fragmentada, en la que resultaba demasiado difícil articular intereses y producir un proyecto colectivo.

Esto se traduce en la imposibilidad de crear ciudadanos autónomos y respetuosos de la ley. El igualitarismo típico de las sociedades modernas se torna una quimera, o mejor aún, en una ficción. Entonces no es tanto la mentalidad despótica de una élite política lo que origina nuestra “tradición autoritaria” a lo largo de la historia, sino el sentido común que la sostiene y reproduce en la vida cotidiana, desde la familia y la escuela hasta las relaciones laborales y jurídicas. Esto crea un tipo de relación moral en la que actos tan cruentos como la tortura, la violencia familiar o el feminicidio pasan completamente desapercibidos entre nosotros.

La nuestra se constituye en una sociedad de la desconfianza donde el manejo de los símbolos es muy difícil, nos hemos acostumbrado a que la gente aplauda y a la vez dude del que le habla. Buscamos esperanza y también al culpable. Esto pese a los muchos intentos por parte del Estado por construir una identidad nacional, ha fracasado, pues siempre se hizo desde arriba y como una imposición. Los peruanos aprendimos a de decir que sí cuando es no, como un modo de resistir el avasallamiento de los dominadores.

En una perturbadora novela Guillermo Thorndike hace reflexionar a uno de sus personajes principales; “Carecemos de identidad histórica, hemos traicionado nuestra antigua lengua, nos hemos olvidado de los dioses propios y hemos adoptado divinidades ajenas no siempre de la manera más honesta. Nos damos golpes en el pecho, cumplimos con las formalidades y después hacemos lo que nos da la gana. Hemos delimitado claramente los compartimentos estancos de la vida: mi amor por la mujer en la persona de mi madre, a la cual respeto, pero todas las demás son utilizadas, maltratadas, Unas putas. Mi amor por la madre de mis hijos pero traición a mi esposa. Mi respeto al padre, al Señor Morado: un día de procesión y trescientos sesenta y cuatro de corrupción.” En suma somos y nos somos.

Mantenemos un discurso que sea aceptado para evitar el rechazo, pero es siempre difícil saber exactamente qué piensa un peruano. Históricamente la élite nunca buscó una sociedad libertaria e igualitarista, sino mantener el orden autoritario y estamental que soportaba a la sociedad colonial. La disputa misma sobre la independencia fue un asunto de criollos interesados más en sus propios beneficios que en los de la comunidad. Recordemos, sino, a la aristocracia limeña financiando a los realistas incluso una semana antes de la llegada del ejército libertador a Lima.

Tenemos un tipo de moral que no respeta al Otro como alguien diferente, sino que genera relaciones de poder autoritario en las que no todos somos iguales. Ante delitos atroces sus perpetradores piden impunidad o nunca son castigados. Dentro de esta mentalidad hay vidas que son prescindibles en el Perú. Una muestra de ello ha sido la barbarie senderista que costó al Perú la vida de casi 80 mil peruanos, o el manejo infame de la pandemia por parte de Martín Vizcarra que a punta de frivolidad, corrupción y un alto sentido de la traición produjo la muerte de más de 100 mil compatriotas.

Cabe preguntarse entonces por las fuentes de esta profunda insensibilidad ética que nos ha llevado a tanto horror en estos doscientos años. La violencia, el autoritarismo y la corrupción que nuestra sociedad encarna, debemos buscarlos en nuestras tradiciones simbólicas y ampliamente socializadas como resultado de un largo proceso de constitución de categorías conceptuales. Hace falta todavía una fenomenología de nuestro mundo moral que nos muestre lo que somos y nos permita explicar por qué somos de esa manera.

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