Jaime Villanueva - Sudaca.pe

El (Des) Acuerdo Nacional

En momentos en que nos amenaza una letal tercera ola producto de la pandemia que vivimos y en medio de la peor crisis económica en lo que va del siglo, la indolencia, angurria, indiferencia y frivolidad de nuestra clase política se expresa en todo su miserable esplendor. Preocupados por las repartijas del poder unos y otros se ha enfrascado en una lucha intestina por el control del Estado dejando de lado lo más importante que es nuestra gente. Nuestros hermanos que mueren sin oxígeno, sin vacunas, sin trabajo y sin esperanzas mientras contemplan atónitos a sus representantes enfrascados en una pelea que no entienden, cuando lo único que quiere el ciudadano de a pie es que haya una mejora efectiva en su vida diaria.

La respuesta de los excluidos, los marginados, los pobres junto a todos aquellos que nunca nos resignaremos a ser gobernados por una organización criminal, hija de una atroz dictadura, ya se ha hecho escuchar y ha llevado al gobierno a Pedro Castillo que representa toda esa esperanza de cambio. Sin embargo, lejos de responder a la altura de las expectativas históricas que encarna ha inaugurado su gobierno nombrando a funcionarios cuestionados o sin experiencia alguna para los cargos que ocupan creándose él mismo un flanco de cuestionamiento y de innecesaria confrontación. Castillo debe comprender que ahora él es el presidente de todos los peruanos y el gran esfuerzo de su gobierno debe recoger e integrar a todos los que formamos parte del país.

Por su lado, la derecha se ha recrudecido en sus posturas fascistoides y no han dado una sola hora de tregua al nuevo gobierno. Han magnificado los errores cometidos por el nobel presidente llegando a hablar de vacancia a un gobierno que no llega ni a los quince días de iniciado. Han llegado al ridículo de solicitar en el Congreso una comisión investigadora de los primeros días del gobierno. No han tenido la capacidad de asimilar su derrota, producto de sus propios errores y políticas excluyentes. No se resignan a dejar que sean otros los que tomen las decisiones. Embelesados en sus indicadores, sus cifras, sus instrumentos de gestión, protocolos, etc., nunca fueron capaces de ver el rostro de los pobres y marginados que asoman tras los números. Ahora pagan con la derrota más doscientos años en que no fueron capaces de conformar un país inclusivo e igualitario.

Ambos deben estar dispuestos a ceder. El gobierno rectificar aquello en lo que evidentemente se ha equivocado y en deslindar de manera firme con cualquier tipo de indicio de corrupción. No se puede permitir traicionar lo que ha sido la bandera que lo llevó a ganar las elecciones, así esto implique tener que alejarse de aquellos que en algún momento lo apoyaron. Por otro lado, la derecha debe aceptar que no es gobierno y aprender nuevas formas de conducir el poder sin que impere la amenaza y el hostigamiento.

Lo cierto es que el antagonismo de estas posturas refleja la incapacidad para ceder en algunas de sus propias posturas e iniciar un diálogo que lleve a acuerdos.  Los extremos se juntan al maximizar sus posiciones y no dar cabida al consenso, sin importarles llevarse por delante al país con la inestabilidad que ambos fomentan. El peligro con las posturas extremistas y de vocación totalitaria es –como enseñó Hanna Aredt- que pierden la capacidad de pensar. Pues pensar implica también dialogar y por tanto ser sufrientemente crítico y racional para poner en cuestión nuestras propias posturas cuando lo que está por delate es el bien común.

A los extremos no les interesa el bien común, sólo están mirándose el ombligo y creyéndose cada uno ganador de la parcela que le corresponde. Lo que estamos viendo y viviendo en estos días es la renuncia a la política. En un diálogo de sordos enfrascados en la pugna por el poder el único que pierde es el ciudadano de a píe que vive del esfuerzo diario por llevar un pan a la mesa de su casa. Si nuestros políticos son incapaces de ver eso y dejar de lado sus confrontaciones y diferencias en aras de un bien mayor entonces quiere decir que o hemos aprendido nada de nuestra trágica historia. Estaos como cuando la guerra con Chile, mientras el enemigo avanzaba las élites seguían enfrascadas en sus pugnas políticas, por lo que finalmente fuimos derrotados. Hoy también corremos el riesgo de ser derrotados por esta pandemia si es que no somos capaces de unirnos para buscar juntos un destino común.

Renunciar a la política es no tener la disposición para el diálogo que nos lleve a acuerdos básicos. La violencia, así sea la verbal, es siempre muda porque no sabe decir sino sólo atacar. Por eso, reiteramos que el Acuerdo Nacional se vuelve es espacio para resolver las diferencias y permitir al gobierno y al congreso hacer su trabajo si la amenaza perpetua de la vacancia o la disolución. Es tanta nuestra diversidad que pareciera muchas veces que vivimos en mudos completamente separados, pero lo cierto es que aún nos falta aprender no sólo a vivir juntos sino a con-vivir. Esa es la misión primordial de la política: abrir el camino para transitar hacia los acuerdos vía el diálogo. Lo que estamos viendo no es política sino una maraña de argucias cortoplacistas que sólo nos conducirán al abismo.

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Covid-19, Pedro Castillo

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