Jaime Villanueva - Sudaca.pe

Elecciones sin ideología ni utopía

La política en el Perú ha quedado reducida a la frase vacía, hueca, vacua. La orfandad de ideas, programas, visiones de país ha sido lo más elocuente de un debate insulso donde ni siquiera alcanzó para la salida audaz o la fina ironía. Esto se debe no sólo a la evidente y precaria cultura de los candidatos, sino a que en su mayoría representan la antipolítica. Caricaturas de sí mismos, no pasan del insulto grotesco o la chabacanería. Con total ausencia de formación política lo que tenemos y padecemos hoy es el resultado de treinta años de una aguda crisis de los partidos políticos de la que aún no hemos podido recuperarnos.

 

El sistema nos ha llevado a una absoluta precarización de la política. Hoy no hay más ideologías que sirvan como sustento de los diferentes programas. Incluso parece ser una virtud, lo que es en realidad un vicio, proclamar la ausencia de ideología es gritar a los cuatro vientos, sin un tapujo de vergüenza, la ignorancia en política. Nuestros políticos parecen ser incapaces de comprender el papel integrador de la ideología que permite que las sociedades  crean en su propia identidad fortaleciéndola y preservándola. Sin ideología y sin utopía no es posible un proyecto político que mire más allá de la coyuntura.

 

Sin utopía no es posible imaginar un futuro posible. La función de la utopía, nos enseña Paul Ricoeur, es usar la imaginación para pensar en otro modo de ser. Un político incapaz de insuflar en sus electores una utopía se vuelve en un mercader que sólo nos ofrece un producto para comprar y luego desechar. Imaginar ese campo de lo posible que es la utopía implica estar abiertos al futuro, es la esperanza en que otro mundo es posible. El conformismo es el veneno de la política. En este sentido, la política se convierte en el campo donde compiten la esperanza y la tradición. El otro modo de ser de la utopía responde al no ser de otra manera de la ideología, lo que las hace complementarias. La utopía cumple la función de criticar el mundo que hemos construido e imaginar uno mejor y más justo, la ideología, por su parte, cura a la utopía de la locura en la puede caer, pues otorga a la comunidad de una identidad propia.

 

Por ello, la muerte de las ideologías, continua Ricoeur, resultaría ser la luz más estéril, pues una sociedad sin ideología y sin utopía carecería de proyecto, sería incapaz de tener una distancia de sí misma y de poder contar con una representación de sí misma. En suma, sería una sociedad sin proyecto global, librada a una serie de acontecimientos todos iguales y, por tanto, insignificantes. Lamentablemente, en eso nos hemos convertido como sociedad y nuestros políticos, salvo contadas excepciones, son incapaces de ofrecernos algo diferente. Tal vez por eso mismo esta elección, que se da en medio de la muerte, la desesperanza y el dolor, no entusiasme a un gran sector de la población. La sensación es que los candidatos nada tienen que decirnos más allá de los lugares comunes que todos conocemos.

 

Lo que vivimos hoy es la renuncia por parte de los políticos de hacer política, de pensar e imaginar un Perú diferente. Tal vez, por eso, la más sobresaliente en los debates y discusiones sea la candidata de izquierda, Verónika Mendoza. Pese a la arremetida de sus adversarios, que sólo plantean más de lo mismo o la defensa de privilegios e intereses particulares, hoy por hoy, la izquierda es la única alternativa política capaz de ofrecer una crítica al sistema imperante y brindar la posibilidad de un cambio. Presenta, en sus diversos programas, propuestas que se toman por radicales, pues hoy hablar de justicia social, equidad, igualdad, defensa del medio ambiente, economía solidaria y defensa de los derechos resulta subversivo. Cuando, al contrario, debe tomarse como una invitación a pensar e imaginar un proyecto de país y el tipo de sociedad que queremos ser.

 

En este año bicentenario, teñido por la catástrofe, es imprescindible atrevernos a hacer un balance y liquidación de lo que hemos sido como república y replantearnos nuevos retos que, tal vez, tengan que ir más allá de la promesa incumplida con nuestra independencia. Nos toca plantear la esperanza de un país diferente donde todas las voces sean escuchadas, donde los in-significantes, por fin, puedan decidir sobre el tipo de vida que quieren para ellos y para todos. Plantearnos, por primera vez, la posibilidad de vivir como comunidad integrada es nuestro mayor desafío. Esperemos que quien sea capaz de brindarnos una utopía con una ideología bien aterrizada sea quien gane las elecciones. En esta oportunidad, antes que en ninguna otra, nos jugamos nuestro destino como comunidad.

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Candidatos, Elecciones 2021, Jaime Villanueva

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