Jaime Villanueva - Sudaca.pe

La gran ausente: La universidad

La universidad es el alma de un pueblo. Ella refleja sus logros y también sus miserias, por eso, no podemos esperar que de una sociedad dañada emerja una universidad de excelencia. Como dice Ortega y Gasset, la universidad respira el aire público más que el pedagógico que se da en sus aulas. Esto tal vez explique que el tema universitario sólo aparezca de manera tangencial en las propuestas de los candidatos a la presidencia, cuando es sabido que ningún proyecto de país, de desarrollo y de democratización es posible sin pasar antes por la universidad.

Desde su mercantilización, durante la dictadura de Fujimori, la universidad peruana ha ingresado a la mayor de sus crisis. La proliferación de pseudouniversidades que sólo quieren el lucro y una tajada en la torta del poder, sirvieron como instrumento de estafa a miles de jóvenes que buscaban hacerse de un futuro mediante la educación superior. Esta es una de las taras más graves que nos dejó el fujimorato, la producción de “bárbaros profesionales” que hoy se encuentran encaramados en todos los ámbitos de la administración pública y privada. 

Como nos enseñó el sabio tres veces Rector de San Marcos, Luis Alberto Sánchez, la universidad no es una isla. Por ello, la privatización de la universidad responde al proyecto mercantilista que el fujimorismo impuso a la sociedad peruana y de la que no podía estar exenta la universidad. Su banalización ha llegado al extremo de que algunos propietarios de universidades apenas puedan balbucear dos frases y se jacten de nunca haber leído un libro, de que otros estén detenidos por graves delitos, de que existan profesores que se sienten capacitadores más que educadores. La perversión en todas sus formas y manifestaciones.

Con la mercantilización y banalización de la universidad llegó la precarización de la labor del docente universitario, se terminó convirtiendo en un asalariado por horas, un profesor dictante. Es decir, una persona que alquila su saber para resumirlo en unas cuantas diapositivas e irlo repitiendo mecánicamente por cuanta universidad exista, sin ningún tiempo para la investigación. Una universidad de cascara, sin laboratorios, ni bibliotecas, ni recursos, es lo que se ha venido ofreciendo durante décadas a los jóvenes del Perú.

Cuando esta estafa se hizo evidente, se nos vendió otra farsa: la reforma universitaria. Tomando el prestigio del movimiento surgido en Argentina en 1918 que quiso democratizar, desfeudalizar y ampliar la educación universitaria. El impulso mercantilista aprobó la ley 30220, que si bien, significó un avance en varios sentidos, adolece también de un gran problema, la claudicación de la autonomía universitaria (una de las más importantes conquistas de la reforma de Córdoba) con la introducción de un ente burocrático, supervigilante, foráneo a la universidad y funcional al gobierno de turno como la SUNEDU.

Muchos maestros universitarios se han mostrado críticos respecto al esperpento que significa la SUNEDU, precisamente, Nicolás Linch, que junto al finado maestro Juan Abugattás, iniciaron el gran debate en torno a la “Segunda Reforma Universitaria” se ha manifestado al respecto: “La característica central de la Sunedu, en cambio, es ser un órgano extra universitario, ajeno a la universidad como tal, a sus tradiciones y a su historia y, lo que es peor, con un proyecto contrario a las mismas. El concepto de fondo que respalda esta exterioridad es la llamada “rectoría del Estado en la educación universitaria” que se le asigna al Ministerio de Educación. Esta rectoría se ha tornado en un concepto peligroso porque los tecnócratas han pasado de concebirlo no solo como la supervisión del cumplimiento de un conjunto de políticas de Estado en el sector, sino como una intromisión en los detalles del quehacer universitario que es donde encuentran su poder.”. (Linch, Foro Nueva República, 06-08.2020). Es decir, la aparente nueva solución mercantilista a la crisis de la universidad resulta una manera más de privatizarla.

Sin una decidida asignación presupuestal a la universidad pública, no es posible tener la excelencia que ésta reclama. Más del 40% de su presupuesto se destina vía Beca 18 a las universidades privadas que de manera encubierta reciben el financiamiento público destinado a las universidades públicas. El mercantilismo privatiza a la universidad pública cuando la obliga a tener que buscarse sus propios fondos, a través de la aberración que son los llamados “recursos propios”, lo que la condena a tener que desviarse de su auténtica misión. Con Beca 18 no sólo se financia y salva de la ruina a las universidades privadas, sino que reproduce una relación clasista en desmedro de la educación pública. 

Lo alarmante es que ninguno de los candidatos tiene un plan coherente para revertir esta situación. De Keiko Fujimori sólo podemos esperar que continúe con el proyecto privatizador y corrupto de la universidad iniciado por la dictadura de su padre. De Pedro Castillo, una lectura de su plan de gobierno, deja ver que no tiene idea de lo que es una universidad. Tal vez, porque su único contacto con ésta provenga de una de esas universidades estafa, piensa que la manera de ampliar la oferta universitaria pasa por admitir más alumnos de los que la universidad puede recibir. Plantea duplicar el número de estudiantes con la misma infraestructura, lo cual no sólo es un disparate, sino un despropósito.

Mientras que la universidad no se encuentre en el centro del debate político y social, seguiremos padeciendo a los “barbaros profesionales” que hoy quieren gobernarnos. No habrá salida posible para el país si antes no nos planteamos de manera seria el tipo de sociedad y universidad que queremos. Esto sólo será posible en la medida en que la universidad no claudique en su autonomía para gobernar, desde la inteligencia, su propio destino.  

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Pedro Castillo

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