Jaime Villanueva - Sudaca.pe

¿Las mujeres que nadie extraña?

Hasta hace poco menos de un año éramos un país jactancioso. Henchíamos el pecho por el crecimiento económico y los resultados de un modelo que nos vendió la ilusión de ingresar a la OCDE, ese club de papel que sirve como espejismo de haber alcanzado el tan ansiado “primer mundo”. Sin embargo, llegó la pandemia y con ella todas las miserias de tal modelo fueron puestas a luz. Una de ellas, la más oculta por ser la que más cuestiona el orden establecido, ha sido siempre el de la profunda desigualdad entre varones y mujeres que caracteriza a la nuestra como una sociedad violenta, autoritaria y profundamente excluyente y desigual.

En plena pandemia y pese a las fuertes medias de confinamiento que se produjeron en el Perú, la Defensoría del Pueblo en su reporte “¿Qué pasó con ellas?” sobre igualdad y no violencia N°10 – Noviembre 2020, nos informa de la desaparición de 5016 mujeres, de las cuales 1506 son adultas y 3510 son niñas y adolescentes. Esta cifra que en cualquier sociedad medianamente civilizada y con un mínimo de respeto por el otro debería ser de horror, indignación y escándalo generalizado, en el Perú pasa desapercibida. Es como si a nadie le importara no saber del paradero de estas mujeres y niñas, como si no interesara saber si están vivas, muertas o han sido vendidas a los tratantes de personas. En suma, como si nadie las extrañara.

Hoy que volvemos al confinamiento, lo que para muchas mujeres significará volver a una prisión de violencia e indignidad, la desigualdad de género en el Perú debería interpelarnos sobre el tipo de sociedad que somos y la que queremos ser. Constituye la base, el origen y el fundamento de todas nuestras desigualdades. La diferenciación sexual, que es meramente anatómica, fisiológica y biológica, es la base para la asignación de roles sociales. Dependiendo si la persona nace con pene o vagina se le asigna un rol social y se construyen alrededor de ella una serie de expectativas sociales que se espera pueda cumplir. Sin embargo, no hay razón alguna que pueda explicar el paso de las diferencias a las desigualdades. Resulta entonces evidente que nuestras diferencias anatómicas no alcanzan para explicar el rol desigual que desempeñan varones y mujeres en la sociedad.

Estos roles son parte de la cultura y por tanto constituyen construcciones de tipo social que conforman estereotipos El más evidente es el que encasilla a la mujer como madre y ama de casa, y al varón como proveedor económico y jefe del hogar. Lo femenino es reproducción, lo masculino producción. Del mismo modo, para actuar los roles, se identifican espacios masculinos y femeninos. Para las mujeres el espacio público es peligroso y del dominio masculino. Por ello, muchas veces ellas son consideradas en el imaginario machista y patriarcal como propiedad del varón o, en el mejor de los casos, como una menor de edad sin voluntad autónoma. También están los atributos o características de personalidad que se asocian a estos roles. Lo femenino a la dulzura, la debilidad, la emoción, el sacrificio y la renuncia. Lo masculino a la agresividad, la fuerza, la competencia y la razón. Esta constituye la base misma de la desigualdad que puede ayudar a explicar por qué estamos en la infame situación de ni siquiera lamentar la desaparición de más de cinco mil mujeres.

La desigualdad es también la causa principal de la violencia de género, al grado que en este mismo período de tiempo, de enero a noviembre de 2020, según el reporte antes citado, se produjeron el Perú 127 feminicidios, 188 tentativas y 50 muertes violentas. De estos 127 feminicidios existen hasta hoy sólo 2 sentenciados. Cifras desoladoras sobre una situación que reclama a gritos que nos repensemos como sociedad y vayamos al fondo mismo del problema. La violencia familiar es ampliamente consentida y normalizada en nuestra sociedad. Esto no sólo es el efecto de una muy pobre salud mental sino también la expresión de un fondo machista y patriarcal sobre el cual se ha construido nuestra sociedad. La razón por las que estas cifras pasan desapercibidas es porque la situación está a tal punto normalizada que pasa a ser parte de la cotidianidad de las familias.

Nadie quiere afrontar y ver el problema de fondo pues esto sería poner en jaque al orden instituido que es enemigo al cambio y a la diferencia porque se sabe construido sobre la base de la desigualdad y la exclusión. Por ello, no llama la atención que un tema de semejante importancia se encuentre totalmente ausente del debate electoral. Es hora que los candidatos se fijen en los temas de fondo como el de la desigualdad. Ocupados, en su mayoría, en discusiones superficiales pareciera que no les interesa la vida de las personas a las que quieren representar. Abramos los grandes debates que el país necesita. Con qué acciones el gobierno garantizará, si es que está en capacidad de hacerlo, que no haya más desapariciones y muertes de mujeres ahora que volvemos al confinamiento, es un asunto sobre el que debemos estar vigilantes todos los ciudadanos.

Hay que ir al fondo mismo del problema y empezar un largo, agotador y difícil camino por pensarnos y reconfigurarnos como sociedad. El primer paso puede ser hablar claramente y exponer con honestidad la causa real del problema. Que todos sepamos lo que está sucediendo para que se tome conciencia que se trata de un problema colectivo y no de un asunto particular, que la desaparición de más de cinco mil mujeres no es un asunto privado.

La perspectiva de género implica un cuestionamiento al orden establecido y la lucha indesmayable por una sociedad igualitaria. Lo que sucede es que a ningún político, más allá de un discurso formal, le interesa la igualdad ya que ésta acabaría con los privilegios de todos aquellos que pugnan por mantenerlos. La igualdad sólo será posible el día en que entendamos que varones y mujeres poseemos la misma dignidad, como dice Adela Cortina, “cuando hay poco corazón, falla la razón. Y si falla el razonamiento, el corazón va detrás. Cuando alguien mata a su pareja, falta corazón, pero también razón”.

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