Jaime Villanueva - Sudaca.pe

No es momento para el centro

El centro político es un concepto inventado para justificar el oportunismo de quienes lo pregonan. Con su origen en la geometría, donde se entiende al centro como el punto equidistante de cualquier extremo, por lo tanto siempre relativo, cambiante, el llamado centro político también tiene esta pretensión. Sin embargo, no llega a ser siquiera eclético, sino que se mantiene siempre dubitativo. En ese sentido, se trata de un ente ideal que no se encuentra en la realidad, pues en ella todo es el centro, lo que equivale a decir, que nada lo es.

 

Tenemos entonces que tanto el centro geométrico como su sucedáneo, el centro político, tienen como una característica lógica fundamental el ser una pura abstracción. Esto indica que se trata de una postura política vacía de contenido. Sin ninguna afirmación sustantiva en sí, enarbola las banderas del escepticismo relativista frente a los programas de posturas políticas comprometidas. En suma, es un espacio carente de ideas propias, pues, a diferencia del liberalismo, el socialismo, la democracia cristiana o la socialdemocracia, que presentan ideas y programas en evolución y hasta de intercambio recíproco, el centro depende siempre de concepciones ajenas del mundo. Es un parásito ideológico y político que vive a razón de lo que otros han pensado, propuesto y realizado.

 

Esto viene a colación porque en los últimos días hay quienes han afirmado, de manera equívoca, que la mayoría de los peruanos vemos con buenos ojos el centro político. Tal vez, en circunstancias normales esta sea una afirmación cierta. Sin embargo, en una situación límite, con la muerte –ya sea por asfixia o hambre- tocando nuestras puertas, el centro no parece ser una opción viable. Eso no sólo lo dicen las últimas encuestas que marcan una tendencia, sino también el sentido común.

 

Los peruanos parecen percibir que el centro es ese espacio indefinido, acomodaticio, cual cajón de sastre, que siempre ha sido capturado por la derecha. Lo que las tendencias electorales parecen indicar es que no es momento ni para la moderación, ni para la corrección. Un sinónimo de moderación es mitigación y eso es lo que busca el centro político, mitigar las justas demandas reivindicativas de un pueblo que ha visto a la muerte a los ojos. Los peruanos están exigiendo un cambio profundo, pues intuyen que el modelo actual defendido por un centro inefable ha llegado a su límite. Es clara la exigencia por parte de la población de un nuevo pacto social que replanteé el modo como nos hemos estado vinculando entre nosotros y con nuestros gobernantes.

 

Desde la caída de la cleptómana dictadura fujimorista hemos tenido veinte años de gobiernos de centro, incluyendo la farsa que resulto ser la gran transformación humalista, finalmente capturada por la Confiep y Odebrecht. Cabe preguntarse, ¿Qué han hecho estos gobiernos de centro?,  pues vendernos una prosperidad falaz a base de un modelo económico que sin las reformas institucionales y económicas, resultó ser profundamente excluyente. En estos años emergió la figura del emprendedor que sumió a más del 70% de la población en la más absoluta precariedad laboral y económica. Millones de peruanos dejaron de ser ciudadanos con derechos para tornarse emprendedores abandonados a su suerte por parte del Estado. Ayer como hoy se instituyó desde el Estado un sálvese quien pueda y como pueda.

 

Todos los gobiernos de centro cayeron presas de la corrupción y fueron incapaces de llevar adelante siquiera una mínima reforma en educación, salud, seguridad o justicia. Hijos del centro son el Lava Jato peruano y los “hermanitos” de los cuellos blancos. Por esa corrupción, ahora los peruanos mueren asfixiados o de hambre, sin oxígeno, sin camas UCI y sin vacunas. Incluso el gobierno morado de transición –cuyo programa ideológico dice ser de centro- no sabe qué hacer con la situación y sucumbe víctima de su terrible ineficiencia y absoluta carencia de ideas.

 

El país necesita un gobierno que empate con las necesidades populares y se comprometa a un cambio profundo. Con esta pandemia, la mayoría de los peruanos ya lo han perdido todo (sólo el grupo de los señores de siempre, ya vacunados o enriquecidos con la desgracia, pugnan por preservar sus privilegios) es momento de ser audaces y apostar por un verdadero cambio de rumbo.

 

Los que ahora defienden ese centro inexistente llamando de manera solapada al voto por el candidato oficialista, Julio Guzmán, como una alternativa viable, sólo quieren defender sus privilegios e intereses personales. Quieren seguir apostando por el gatopardismo de cambiarlo todo para que nada cambie. Tan vacío de ideas y de honor como el centro que representa, el Felipillo de esos intereses, no es capaz de salir del lugar común que su medianía le permite. Hoy que la religión se vuelto a poner de moda, podríamos decirle a estos disque católicos que ayer fueron fujimoristas y hoy son espontáneos defensores del centro, que: “Conozco tus obras: no eres frio ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio te vomitare de mi boca” (Apocalipsis 3:15-17).

 

La historia se abre paso en la crisis y en los dolores. Por eso, esta es la oportunidad para que la izquierda progresista empate con esas necesidades populares y proponga de manera clara y sencilla, pero con todo rigor, cómo hará el cambio que el Perú necesita. El discurso de la izquierda no puede seguir escudándose únicamente en el Estado que todos sabemos ineficiente, burocrático y corrupto. Precisamente, lo que hay que cambiar es ese Estado y ponerlo al servicio de la ciudadanía. Espantar el san Benito del chavismo es perentorio ante una población que no está para la repetición de experimentos fallidos. La propuesta de la izquierda debe ser fresca, novedosa, diferente a lo hasta ahora ensayado, tienen la capacidad para hacerlo. El contexto es complicado, porque de no tener una estrategia clara su propuesta puede quedar perdida y ser cosechada por el populismo (Lescano, Urresti) o peor aún virar hacia extremos fascistas (RLA) o imputados de terribles crímenes (Keiko Fujimori). Un tercio de la población espera este cambio profundo y está a la espera de ser aún convencida, todo dependerá de la fuerza y eficacia del mensaje que se presente. La situación es aciaga, pero el reto es grande y hermoso.

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