Jaime Villanueva - Sudaca.pe

Ya no queda nada sólido que se disuelva en el aire

"El compromiso con los extremos sólo nos llevará a la polarización y la incapacidad de seguir sosteniendo una endeble democracia."

Hablar de derecha e izquierda extrema se ha vuelto un pleonasmo. Ambos espectros son meras caricaturas carentes de programa, estrategia y capacidad de aglutinar a los ciudadanos sobre la base de algunos principios o ideales comunes. Se han reducido a ser un recital de eslóganes sin ningún contenido que exprese siquiera una idea. Lo que nos muestra este siglo es que la idea de Marx de que todo lo sólido se disuelve en el aire se ha cumplido en una profecía autocumplida incluso para la propia izquierda que también ha perdido su capacidad utópica de proponer una alternativa social y se ha conformado con meros maquillajes en que prometen cambiarlo todo para que nada cambie.

Consecuencia de una postmodernidad que ha vaciado de contenido todo relato unificador, Marshall Merman parece tener razón cuando señala que la modernidad es una “unidad en la desunión”, es decir, que se alimenta de su propia desintegración. Por eso, vemos hoy como la derecha se ha reducido a ser la vocera de un fascismo que, como siempre, ha reemplazado el pensamiento por el cliché; y la izquierda, se limita o administrar el status quo o a ser sólo un discurso beligerante pero impracticable.

Esta situación global no es ajena a nuestro país donde asistimos al penoso y, a un tiempo, peligroso espectáculo de ver cómo tanto a la derecha y la izquierda les cuesta ser democráticas, al punto de parecer dos versiones con más coincidencias que discrepancias en sus planteamientos igualmente conservadores y reaccionarios cuando se trata de apuestas populistas o de derechos.

La raigambre autoritaria de ambas las ha llevado a un campo muy reducido de acción a quienes desde una perspectiva liberal tanto de derecha como de izquierda apuestan por un sentido de la democracia traducida en igualdad y justicia. Lamentablemente, ese espacio hoy inexistente de centro ha sido aplastado por una ciudadanía que ve en los extremos la posibilidad de salida a la crisis humanitaria que hoy vive el país. En el Perú, la ciudadanía parece estar convencida que no es el momento de las “reformas responsables” que aupadas en la tecnocracia nunca pudieron llegar a solucionar la exclusión de las grandes mayorías.   

No se trata de una crisis de la derecha. En el Perú nunca supo esta convivir democráticamente. El último experimento democrático de la derecha fue el de la república aristocrática con el civilismo a fines del siglo XIX, luego prefirieron siempre la salida dictatorial y autoritaria. Nunca tuvieron ni sintieron, hasta este siglo, la necesidad de confrontarse en el debate democrático y es por eso que siempre perdieron las elecciones aunque luego terminan gobernando con la instalación del discurso de la tecnocracia y la eficiencia. Pero, su raíz es el autoritarismo fundado no sólo en la exclusión sino fundamentalmente en el racismo y la violencia. Decir que la derecha está en crisis es aceptar que en algún momento suscribió un discurso democrático y nunca lo hizo. Al punto que su candidata durante lo que va del siglo fue la representante del autoritarismo corrupto del que siempre la derecha se alimentó en el Perú.

Por su parte, con la izquierda las cosas tampoco son muy diferentes. Si bien, es cierto, que en más de una oportunidad sí pudo ganar la elección con su discurso reivindicativo (Humala) también es cierto que rápidamente fue capturada por un sistema diseñado para no poder escapar de él. Ese también es el herrumbroso camino por donde transita el gobierno del presidente Pedro Castillo. Un gobierno que al ritmo que lleva se le hará muy difícil poder cumplir con sus ofertas de cambio. No se trata sólo de inexperiencia, incompetencia o falta de liderazgo, hay un problema más profundo que tiene que ver con una izquierda que nunca se preparó para gobernar desde fuera de los cánones del neoliberalismo que hoy encorseta al gobierno impidiéndole llevar adelante alguna transformación.

En este escenario ambos, derecha e izquierda, se limitan a jugar quién es más radical y aceptan unas reglas de juego que coloca a ambas al borde del precipicio. Lo alarmante es que no se avizora, al menos en lo inmediato, ninguna alternativa en el horizonte político. Tratar de democratizar las tradiciones, que, al menos, en el Perú siempre han querido andar al borde de lo democrático es una tarea para la no sabemos si tendremos tiempo y espacio frente a las necesidades urgentes de los ciudadanos. Es tiempo de que programas como el de una izquierda y una derecha democráticas, hoy en franca minoría, continúen dando la lucha en la disputa por el espacio simbólico más allá del inmediatismo.

El compromiso con los extremos sólo nos llevará a la polarización y la incapacidad de seguir sosteniendo una endeble democracia. Se requiere construir nuevos liderazgos con un firme compromiso democrático, cívico y ciudadano que plantee de cara al país que las transformaciones son no sólo necesarias sino posibles dentro de la propia democracia, es decir, por medio del debate, la discusión y el acuerdo. Que si todo lo sólido se disuelve en el aire también nosotros mismos nos terminaremos desvaneciendo junto con nuestras pugnas.

 

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Derecha, extremos, Izquierda, política peruana, Sociedad peruana

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