Derecha

Una vez superada la pataleta negacionista en la que un sector de la derecha está empeñada (incluyendo, increíblemente, a intelectuales como Mario Vargas Llosa), corresponde empezar a diseñar una estrategia de contención del proyecto izquierdista que desplegará Castillo para evitar que nos lleve al despeñadero.

Se puede entender que actualmente Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga estén librando una batalla política por capturar el protagonismo de la oposición de cara al siguiente lustro y que en esa contienda exacerben posturas y radicalicen actitudes, pero eso va a acabar pronto, apenas se instale el próximo gobierno.

Entonces corresponderá trazar escenarios alternativos. Si Castillo efectivamente se modera y cancela políticamente el proyecto de llevar a cabo una Asamblea Constituyente, pues deberá merecer un trato democrático, refractario cuando despliegue iniciativas regulatorias de la economía de mercado, pero formalmente respetuoso de la legitimidad del gobernante.

Si, en cambio, el gobierno de Perú Libre pretende meter de contrabando una iniciativa tan absurda como la de la Asamblea corporativista que propone, la lucha deberá ser recia y sin concesiones. Si lo hace dentro de los márgenes constitucionales, pues corresponderá rechazar sin ambages el proyecto de marras convocando al centro a sumarse a ese rechazo a una iniciativa polarizante y que desequilibraría el país los siguientes años.

Pero si lo pretende hacer disolviendo el Congreso, o convocando la Asamblea de marras de facto, sin pasar por la plaza Bolívar, lo que corresponderá, todo dentro de la Constitución, es vacar a un gobernante incapaz de leer con racionalidad y pragmatismo no solo la realidad política del Legislativo (donde solo tiene 42 votos y por allí algunos más) sino la dimensión social sobre el tema (todas las encuestadoras coinciden en que la mayoría está en desacuerdo con una Constituyente).

A la postre, que la democracia peruana albergue y tolere una opción de izquierda y sobrelleve el desafío sin sobresaltos, fortalecerá la institucionalidad del país, pero el principal responsable de que eso ocurra es quien ocupará la Presidencia de la República. Si, envanecido o enceguecido, quiere gobernar a trompicones, pues va a recibir el vuelto, como es natural, y lo más probable es que termine su mandato antes de lo previsto y sin ninguna gloria.

Tags:

Asamblea Constituyente, Derecha, Pedro Castillo

Está jugando con fuego la derecha, hoy aupada bajo el mando de Keiko Fujimori, al no deslindar con claros pronunciamientos golpistas expresados, por ejemplo, en una proclama firmada por centenares de oficiales militares en situación de retiro conminando a sus mandos en actividad a que tomen cartas en el asunto e impidan la proclamación de Pedro Castillo como Presidente, bajo la sola sospecha, aún no probada, de que ha habido un fraude electoral en el Perú para favorecer un triunfo ilegítimo del mencionado candidato y que éste asuma el poder espuriamente.

Se entiende la desazón y eventualmente la convicción de algunos voceros de Fuerza Popular respecto de que su eventual derrota se ha debido a maniobras irregulares en ciertas localidades del país donde Perú Libre logró alzarse con el triunfo. De allí que nos parece legítima su lucha legal por lograr que el JNE atienda sus pedidos de impugnación y que no lo limite en función de temas horarios o asuntos menores.

Pero lo que no puede trasponerse es el marco legal para librar esa batalla. Lo que corresponde es pelear hasta las últimas aristas jurídicas posibles, con todos los recursos impugnatorios y legales pasibles de aplicarse a una circunstancia como la que nos toca enfrentar. Pero el telón de fondo sobre el que no debería caber discrepancia alguna es que sea cual sea el fallo final del JNE éste debe ser acatado sin dudas ni murmuraciones.

Si acepta las impugnaciones, las avala y le otorga el triunfo a Keiko Fujimori, aunque las huestes de Castillo incendien el país, el resultado se deberá respetar e imponer. Y si el fallo final favorece a Castillo, las fuerzas crecientemente beligerantes de la derecha deberán aceptar el resultado, resignarse a ver los siguientes cinco años un gobierno probablemente mediocre y negativo para el país, y esperar a que el 2026 el país haya aprendido de la nefasta experiencia y nunca más cometa el error de votar por la izquierda.

La llamada a los cuarteles, directa o indirecta, forma parte de un delirio colectivo al que un sector numeroso de la derecha se está sumando peligrosamente. Paños fríos y racionalidad democrática es lo que cabe anteponer como imperativo en estos momentos de conmoción en un Perú dividido en dos.

Tags:

Derecha, Fraude electoral, Golpe de estado

Lejos de aceptar lo proclamado en las urnas nuestra derecha más obtusa, fascista y corrupta –con el total beneplácito de la señora Fujimori– se empeña, mediante triquiñuelas legales, desconocer la legitimidad de la elección como presidente de la república de Pedro Castillo. Al grito de fraude no han escatimado en pedir que las elecciones se anulen o que se produzca un golpe de estado.

Un delirante almirante, que ha pasado de firmar el acta de sujeción al delincuente de Vladimiro Montesinos a entregarse al fascismo liderado por un oscuro personaje que se identifica así mismo con un cerdo, ha hecho un ilegal llamado a la sedición. En su perturbada mente autoritaria parece haber convencido a un sector de la derecha a que se prolongue lo más posible, con todo tipo de leguleyadas, la decisión del Jurado Nacional de Elecciones para que se llegue al 28 de julio sin proclamar un ganador y él, ya electo como presidente del congreso, pueda asumir el gobierno y convocar a nuevas elecciones. Una estrategia a la que ya no le importa le ley y la institucionalidad, que solo busca el poder por el poder para impedir que un gobierno del pueblo llegue a palacio.

La paranoia de la derecha ultraconservadora es tal que han recurrido a sus viejas prácticas de llamar al golpe de estado con tal de preservar sus privilegios. La nuestra nació como una república excluyente. Cuando en los albores de la independencia se decidió excluir a los analfabetos del derecho al sufragio, en verdad, a quienes se excluyó fueron a los indígenas. Su temor siempre fue el que los indios tomaran el poder de una república que los criollos construyeron para sus exclusivos intereses. De esta manera en un país donde el 80% de su población era rural, indígena y analfabeta, las elecciones fueron un fenómeno forzadamente urbano y minoritario. Esto se mantuvo hasta la Constitución de 1979 y hoy poco más de cuarenta años después, lo impensable sucedió y esas fuerzas históricamente excluidas han ganado legítimamente el gobierno.

Aquí no sólo se juega la preservación de un modelo económico, se juegan los miedos más atávicos de una derecha que nunca supo ser democrática, que siempre utilizó a las instituciones para sus intereses y mantener sus grandes negociados. De ahí su desesperación por mantener el poder a toda costa. Cuando ya habíamos pensado que el fantasma del golpe, aquel que siempre acompañó nuestra historia, se estaba disipando reaparece nuevamente en boca del cachaco de turno y de sus esbirros que fungen de periodistas.

La historia política del Perú siempre ha sido muy tormentosa, como nos enseña Alberto Flores Galindo, “entre 1900 y 1968 se produjeron 56 intentos para interrumpir la sucesión considerada legal en la vida republicana. En diez casos se trató de proyectos gestados y protagonizados por civiles. Los restantes 46, se originaron en el interior de las fuerzas armadas. De ellos, sólo nueve se produjeron en los treinta primeros años de este siglo; el resto emergió entre 1931 y 1968, equivaliendo casi a un intento por año” (La tradición autoritaria, 1999). En lo que va del presente siglo, sin embargo, logramos, con mucho esfuerzo, mantener el período democrático más largo de nuestra historia. Claro que no estuvo exento de ataques y peligros constantes que como ciudadanía supimos conjurar. Hoy que el peligro del golpe asecha nuevamente debemos estar otra vez vigilantes y defender lo que ha sido la expresión legítima del pueblo.

No podemos esperar ni pedir a quien encarna y lidera una organización criminal nacida de una dictadura que tenga la grandeza de aceptar el veredicto popular. Quien nació para ladrón no puede pretender ser estadista. Pero si podemos defender y legitimar al nuevo presidente de las arremetidas de una derecha más embrutecida y achorada que nunca. Hicieron todo lo que estuvo a su alcance para impedir ese triunfo, tuvieron todo el apoyo económico y mediático y no pudieron doblegar la voluntad de un pueblo que le ha dicho no a la mafia y que quiere un cambio en el país. Ahora quieren doblegar al presidente legítimamente electo. Seguramente seguirán usando a sus cachacos, su prensa, sus millones, a sus hermanitos del poder judicial y el ministerio público, pero, esta vez no podrán contener a un pueblo que defenderá su derecho a decidir su propio destino.

No será una tarea fácil. Nos toca a nosotros desde la sociedad civil rechazar cualquier intento golpista de desconocer los resultados. No podrán arrebatar por la fuerza lo que no pudieron ganar en las urnas. Este ya no es el Perú de antes, es un Perú que se sabe dueño de su destino y cuyo pueblo ha despertado de un largo letargo al que fue sometido por esa oligarquía que nunca amó a este país. De nosotros dependerá que no “volvamos a la normalidad” como dijo el poeta Martín Adán cuando Odría dio el golpe de estado.

Tags:

Derecha, Fraude electoral, Golpe de estado

Si gana Keiko Fujimori, como todo lo hace prever, y no realiza un gobierno extraordinario, la derecha se podrá ir despidiendo por una buena cantidad de años de la posibilidad de acceder nuevamente al poder.

Un gobierno superlativo de derecha implica no solo efectuar un shock de inversiones privadas, un golpe capitalista a la vena, que saque al país de la recesión y lo lleve a tasas de crecimiento capaces de reducir la pobreza y las desigualdades de modo significativo.

Eso no basta. Lo que mejor lo demuestra es el gobierno de García, que tuvo eso, pero por no emprender ninguna sola reforma, le dejó el camino servido a un izquierdista como Ollanta Humala en el 2011.

Junto al shock capitalista mencionado deberá desplegarse una batería moderna y eficaz de programas sociales, capaces de aliviar rápidamente la pobreza generada por la pandemia y compensar la tragedia vivida por los peruanos más indefensos.

Implicará, además, reemprender una reforma del Estado, que incluye una reingeniería de sectores públicos básicos, como salud, educación y seguridad interna. Una salud que no ofenda a los millones de peruanos que acuden a ella y son tratados como ciudadanos de quinta categoría, como ilegales dentro de su propio país. La salud pública en el Perú genera disidencias y antisistemas.

Que continúe la reforma educativa, en el sentido de otorgarle infraestructura y apoyo logístico suficiente para que se convierta en herramienta de equidad y no de mayor diferencia social. Y una política agresiva de lucha contra la delincuencia, que a quienes más afecta es a los más pobres del país.

Si Keiko no hace todo ello en el lapso de cinco años, el 2026 seguramente veremos a Mario Vargas Llosa apoyando a una Indira Huillca para evitar que triunfe una opción ultrarradical como la de Antauro Humala.

El modelo necesita cambios con urgencia. Nos hemos pasado los 21 años de la transición democrática perdiendo el tiempo, sin hacer las reformas pertinentes. Y si bien también son corresponsables políticos originalmente de izquierda, como Ollanta Humala, claramente lo que ha salido perdiendo a ojos de la ciudadanía es el modelo estrenado en los 90, frente al que la gente de a pie muestra legítima insatisfacción e irritación. Si mañana vota por Keiko, será la última ocasión de la derecha para hacer lo que corresponde hacer si quiere mantener al país en la senda de las libertades económicas y políticas.

 

Tags:

Derecha, Elecciones 2021, Keiko Fujimori

Durante mis primeros años en el Sodalicio, a fines de los 70, Germán Doig me recomendó leer un pequeño libro que también le gustaba mucho a Luis Fernando Figari: “Izquierdas y derechas: Su sentido y misterio” (1974), de Jorge Martínez Albaizeta. Publicado en España por la ultramontana Fundación Speiro —a cuya revista mensual “Verbo” estaba suscrito Figari—, este librillo de 124 páginas pretende analizar los términos de “derecha” e “izquierda” no sólo desde la política, sino también desde la teología y la metafísica, considerando ambos términos como categorías del ser y del lenguaje, afincadas en el subconsciente colectivo de la humanidad. De este modo, la derecha estaría asociada al dogma (entendido como verdad sólida e incontestable), la jerarquía y el orden, mientras que la izquierda implicaría el escepticismo, el igualitarismo y el desorden. La derecha se caracterizaría por “pensar bien” (objetivismo ante la realidad) mientras que en la izquierda primaría el “pensar mal” (subjetivismo). La derecha se asociaría con lo correcto y la dicha, mientras que la izquierda estaría asociada a lo incorrecto y la desdicha. En resumen, la derecha sería el Bien y la izquierda, el Mal. Así, con mayúsculas.

 

Ni qué decir, el autor, un estudiante argentino de 21 años cuando escribió este panfleto, es también un católico ultraconservador que cree a pie juntillas en la doctrina medieval que postula que Dios ha creado el mundo con un orden y jerarquías (metafísicas y sociales), por lo cual no extraña que considere que en el siglo XIII —época de su admirado Santo Tomás de Aquino— se dio la sociedad perfecta (teocrática, ciertamente) y que los siglos posteriores verían un proceso de decadencia debido a la progresiva “izquierdización” de Occidente.

 

Lo cierto es que la división del espectro político en derecha e izquierda tiene su origen en una votación del 28 de agosto de 1789 en la Asamblea Nacional Constituyente surgida de la Revolución Francesa. Los diputados que estaban a favor del mantener el poder absoluto del Rey se situaron a la derecha del presidente de la Asamblea, mientras que aquellos que estaban en contra y propugnaban la soberanía nacional y la voluntad general por encima de la autoridad del monarca, se situaron a la izquierda. Entre éstos se hallaban los jacobinos, que sostenían que la soberanía reside en el pueblo y defendían una democracia con sufragio universal, la obediencia a la Constitución y a las leyes, el libre comercio —lo que ahora llamamos economía libre de mercado—, el Estado como garante del bien común, las libertades civiles, la libertad de prensa, la libertad de conciencia, la igualdad de los ciudadanos ante la ley, la abolición de la esclavitud y la educación gratuita obligatoria —por lo menos a nivel de enseñanza primaria—. Es decir, el liberalismo —basado en la doctrina de Jean Jacques Rousseau— comenzó prácticamente su carrera política como ideología de izquierda.

 

A lo largo de la historia posterior se ha ido aplicando las categorías de “derecha” e “izquierda” a las más variadas ideologías, siendo la única constante que en la derecha se situaban los que defendían el status quo imperante, mientras que en la izquierda estaban todas aquellas posiciones que implicaban un cambio sustancial —y hasta revolucionario— del orden vigente.

 

Tratar de definir lo que es derecha o izquierda según otros criterios resulta complicado. Pues posiciones democráticas tanto como dictaduras las hay y las ha habido a ambos lados del espectro. El intervencionismo del Estado se da tanto en lo que se llama posiciones de extrema derecha cercanas al fascismo como en los regímenes socialistas. Y cuando uno habla de países europeos con sistemas socialdemócratas (como Alemania, Dinamarca y los países nórdicos), se considerarán como de derecha o de izquierda según el cristal con se que los mire. De hecho, no encajan dentro de las definiciones rígidas y prefabricadas de ambos conceptos, dándose en ellos una mezcla de intervencionismo estatal con economía de mercado sujeta a restricciones en aras de un sistema social que beneficie a todos sin excepción.

 

A fin de cuentas, los términos de “derecha” e “izquierda” han terminado convirtiéndose en la práctica en etiquetas vacías que expresan un juicio de valor. O un prejuicio. Pues cada uno de ellos suele despertar sentimientos encontrados y obnubilar la razón cuando se trata de analizar propuestas concretas.

 

Lo mejor que podemos hacer ante estas elecciones presidenciales y congresales, si queremos emitir un voto razonado, es aparcar en el desván del entendimiento ambas categorías y, prescindiendo de ellas, revisar las intenciones y los planes de gobierno de cada candidato. Y las capacidades y competencias personales que han mostrado en campaña.

 

Ni la izquierda ni la derecha son buenas ni malas, al contrario de lo que planteaba el libro que se me recomendó en el Sodalicio, o como pretenden hacernos creer ciertos discursos que alimentan el odio y el miedo en estas épocas aciagas. Lo único que debería hacernos temer son aquellas candidaturas que buscan defender privilegios injustificados, obviar los derechos humanos, imponer gobiernos dictatoriales de “mano dura” y posponer las reformas necesarias en educación, salud, política y economía.

Tags:

Derecha, Elecciones 2021, Izquierda, Martin Scheuch

La movida política detrás del activismo contra la cuarentena dispuesta por el gobierno, tiene la clara intención de mellar al régimen, en el mejor de los casos, y el de bajárselo, en el peor. Haría bien Sagasti en estar atento a ello e intensificar la narrativa política y médica que justifica la decisión tomada.

No estamos ante una movida libertaria, defensora de las libertades individuales a ultranza. Habrá así uno que otro bellaco, pero lo que realmente motiva esta convocatoria es el afán de golpear indirectamente a Guzmán, haciéndolo con el gobierno morado vigente.

No parece que vaya a tener mayor éxito esta movilización, a pesar del desembozado respaldo de los medios de comunicación ultraderechistas, pero si lograsen relativo apoyo ciudadano pueden animar, a su vez, al resto de competidores electorales de Guzmán, que verían en el golpe a Sagasti un modo de afectar la candidatura morada.

Y de esos hay varios en el Congreso, empezando por Acción Popular, Alianza para el Progreso, Podemos, Somos Perú y el propio Frente Amplio, a quienes no les caería nada mal que Julio Guzmán se vea afectado por el desplome o descrédito del gobierno de Sagasti.

Pecaría de ingenuo Sagasti si subestima a la coalición vacadora que se llevó de encuentro a Vizcarra y que no dudaría un segundo en hacer lo propio con él si cree o supone que ello le reportará algún beneficio.

Al afán mafioso de algunas universidades privadas por tirarse abajo la Sunedu, la reforma universitaria y retornar al statu quo precedente, se suman muchos afectados por el proceso Lava Jato que buscan impunidad ahora que se acercan los juicios. La sumatoria de intereses los hace buscar hacerse del poder así sea por algunas semanas para lograr sus propósitos.

Si a estas razones, que estuvieron detrás de la vacancia a Vizcarra, se suma el interés electoral por golpear a Guzmán, la combinación puede ser explosiva y desestabilizadora.

A esta coalición le importa un comino que estemos en medio de una pandemia y ad portas de un importante proceso electoral. Sus intereses subalternos están por encima de los de la Patria. Hay que estar atentos para impedir que prosperen.

Tags:

Derecha

En los últimos días se ha generado una batalla campal en las redes sociales entre algunos candidatos o voceros de Avanza País, de Hernando de Soto, y Renovación Popular, de Rafael López Aliaga.

Frente a ello, han surgido algunas voces alarmadas que, templanza en ristre, han advertido que hacen mal peleándose entre afines y que el verdadero enemigo está en la izquierda y que frente a ello hay que unir esfuerzos.

Lo cierto, sin embargo, es que, lejos de lamentarla, debe saludarse tamaña trifulca y que de una vez por todas se marque la cancha entre la derecha liberal y la derecha conservadora, que no tienen nada que hacer juntas.

Si algo de bueno hay que saludar del desmembramiento del fujimorismo y su crisis institucional es que le ha permitido a la derecha desflemarse y mostrar sus claras diferencias ideológicas. Una de ellas, la señalada en este comentario, entre liberales y conservadores.

Hay margen suficiente para que la derecha se divida y no se sienta en la obligación de juntarse a pie forzado. La gran mayoría del electorado -lo confirman todas las encuestas- se define de centro y de derecha. Hay sinfín de interpretaciones para ello: la huella mnémica del terrorismo y su asociación a la izquierda, el fracaso económico de los 80 vinculado al populismo fiscal y monetario que un sector de la izquierda sigue pregonando, la migración individual rural-urbana, la proliferación de iglesias conservadoras en sectores populares, etc.

En esa medida, es refrescante que se produzcan encendidos debates entre las derechas. Es verdad que hasta el momento, no ha pasado de troleo en redes y artificios verbales, pero es claro que una cosa es una derecha liberal en lo económico, democrática y moralmente libertaria, y otra una derecha mercantilista, autoritaria y ultramontana en temas morales. No tienen casi nada en común.

A la postre, el electorado va a saber distinguir o va a aprender a hacerlo y a darse cuenta de que lo que comúnmente se ha definido como la derecha en el Perú admite muchas variantes. Por lo menos, a la opción más moderna, que es la liberal, le conviene plantear ese debate.

Tags:

Derecha

Frente a la ofensiva ideológica de la izquierda por cambiar la Constitución, es preciso que la derecha le entre al debate y zanje claramente con el propósito de tirarse abajo la estabilidad fiscal y monetaria que la Constitución del 93 ha permitido y que ha hecho posible que en el país se reduzca la pobreza y se reduzcan las desigualdades.

La mayoría de candidatos en la partida electoral es de derecha y, sin embargo, no hacen gala de los preceptos ideológicos que los define como tal. Y en este envite planteado por la izquierda sería terrible perder por walk over.

Claramente lo que el Perú necesita es profundizar el capitalismo existente, hacerlo competitivo, extirpar la infinidad de núcleos mercantilistas que en diversos sectores productivos exageran las ganancias y concentran la riqueza artificialmente, en base a leguleyadas, no en función de la libre competencia.

Esa es la tarea pendiente de la transición, dejada de lado últimamente con grosera inacción, lo que nos ha hecho perder grandemente en materia de productividad y competitividad.

La última vez que se produjo una campaña ideológica fue en 1990 y si bien su portavoz Mario Vargas Llosa perdió, impregnó de sus ideas la atmósfera ideológica reinante en adelante. Hoy debiera ocurrir lo mismo. Si todos los candidatos de derecha o centroderecha aprovechan la misma para hacer hincapié en la defensa del modelo económico liberal, le será más fácil a quien nos gobierne del 2021 en adelante llevar a cabo las múltiples reformas que hacen falta para construir una cabal economía de mercado en el Perú.

Si la izquierda y sus ideas económicas triunfan en la próxima elección, el Perú retrocederá décadas de crecimiento. Es menester por ello dar la batalla y no escamotear el debate planteado por la izquierda, que, aunque minoritario, empieza a prender en algunos sectores sociales, aun cuando en muchos casos (como ha revelado una última encuesta de Datum) se responde favorablemente por un cambio de Constitución, pero contrariamente a lo que pretende la izquierda, para hacerla más punitiva, más reaccionaria.

Tags:

Constitución del 93, Derecha, Izquierda
Página 6 de 6 1 2 3 4 5 6
x