Pedro Castillo

La imagen de marca está compuesta por un conjunto de elementos tangibles e intangibles que representan los valores que se desea transmitir a los consumidores y público en general. Estos elementos pueden ser el nombre, el logo, el color corporativo, el diseño o los contenidos que genera la empresa para transmitir los valores que les caracterizan. Dentro de los valores se encuentra también la posición que toman sobre ciertas situaciones en la coyuntura social o política.

Esta última, sobre todo en temporada electoral, ha provocado que algunas marcas tomen partido. ¿Es conveniente que se involucren o deberían mantenerse al margen? Juan Flores, CEO de Conector y especialista en estrategia de comunicación y relacionamiento, asegura que tomar posición puede ser beneficioso para las marcas mientras sean consecuentes. Hay que tener coherencia entre el dicho y el hecho.

“Si la marca adopta una posición por marketing o moda, los consumidores y grupos de interés van a notar que no es algo sincero, sino pasajero y superfluo. Si se va a adoptar una postura, debe practicarse y tener sostenibilidad”, indica el experto. De esta forma, habrá sinergia entre el comportamiento de una marca y la posición que adopte. Caso contrario, puede resultar contraproducente.

Camiseta como estrategia

Durante gran parte de la segunda vuelta, la camiseta blanquirroja se convirtió en un ícono por parte de Fuerza Popular. Esto tuvo reacciones positivas del electorado con preferencia de voto por ese partido, pero también tuvo reacciones negativas por internautas que consideraban un uso indebido de la camiseta.

Por lo general, en la política, los partidos tienen sus propios colores y sobre eso desarrollan su branding y una serie de soportes de comunicación que te genera un posicionamiento. Adoptar la imagen de un país es bien audaz y eso puede leerse de dos maneras: de forma positiva para generar unidad, pero también se puede percibir con prepotencia”, comenta el CEO de Conector.

 Sobre este tipo de situaciones, las marcas deben comprender que, si el comportamiento va en línea con la posición adoptada, habrá sinergia y eso sumará a la imagen de la marca. Pero si hay incongruencia, esta se notará rápidamente y resultará contraproducente, según indica el experto.

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Camiseta Perú, Emprendedores, Keiko Fujimori, Pedro Castillo, política peruana

Como si no fuera suficiente con el nivel de incertidumbre política generada por la no conclusión del proceso electoral, que permita ya dar un ganador de la justa electoral y tirar para adelante, en la mejor o peor de las circunstancias, en medio de tambores de guerra golpistas de parte de algunos sectores afiebrados de la derecha peruana, que no es capaz de digerir un eventual triunfo de una izquierda popular, no podía faltar el inefable Congreso de la República para agregar su cuota de insensatez.

Pretende, con la convocatoria a cuatro legislaturas sucesivas, modificar una infinidad de artículos de la Constitución, que en el fondo lo único que buscan es asegurar la bicameralidad que les permita a ellos volver a postular al Senado el próximo año. En el proceso, sin embargo, se están levantando en peso el equilibrio de poderes entre el Ejecutivo y el Legislativo y en algunos casos, están pretendiendo otorgarle al Presidente poderes omnímodos para convocar de facto y a título personal a una Asamblea Constituyente (el sueño dorado de Pedro Castillo para no tener que pasar por el Congreso, como la Constitución vigente ordena).

Bien ha hecho el propio presidente Sagasti en advertir el despropósito, más aún si el mismo se ampara en la oscuridad para perpetrar sus fechorías, considerado que la inmensa mayoría de la ciudadanía está desvelada por el tema electoral y le presta poca atención a lo que se pueda hacer en los pasillos del Legislativo.

Como colofón de la barbarie quieren elegir expresamente al menos a tres magistrados del Tribunal Constitucional, sin respetar los plazos prudenciales, simplemente para blindar la eventualidad de que el ente máximo de interpretación de la Constitución, termine por declarar inconstitucionales las reformas que se están haciendo (por lo pronto, el texto de la Carta Magna exige 87 votos en dos legislaturas ordinarias y las que se han convocado son extraordinarias, es decir que no calificarían para el propósito reformista).

Ha sido una constante en el periodo republicano democrático más prolongado de nuestra historia, el deterioro paulatino del poder Legislativo, pero difícilmente alguien podía imaginar los niveles de descrédito a los que se podría llegar. La movilización social, mediática y de la sociedad civil activa debe impedir tamaños despropósitos.

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Bicameralidad, Elecciones 2021, Pedro Castillo

UNO

Han sido semanas agitadas. Como nunca en el pais. Ha habido una polarización tremenda. Imposible evitar el símil, con las elecciones bolivianas de 2006, donde Evo Morales salió electo. Creo que los peruanos debemos entender que el modelo debe retocarse. Pedro Castillo no salió de la nada. Es la secuela natural de los vacíos del programa político-económico que se ha tenido en las últimas décadas. Uno de los centros mineros más importantes está a 48 km de Cajamarca, la tierra del actual Presidente. Esa es una señal ineludible.

“Estas ganando carajo”…gritaron sus seguidores. Y una sensación de temor invadió inmediatamente su rostro cobrizo. Por un instante, su cuerpo tembló. Las arrugas de antes, y las de ahora se tensaron. Unos ojos que delataban el miedo cerval, ante una situación inédita: ser Presidente del Perú.

Creo que nunca se le cruzó por su cabeza que podía ser electo, menos a Cerrón; cuando le ofreció la candidatura. Se adhirió a un plan, que no era propio (Vladimir lo elucubró en Cuba, como si aún fueran los años sesenta). No es un animal político. De ahí, sus debilidades, que quedaron en evidencia en diversas ocasiones, y más aún en los debates.

Si sale electo, le tocará gobernar y pactar. Sin mayoría en el Congreso, debe aprender a actuar como político. Y ahí, posiblemente, reside el temor. Incluso a los legisladores, de su propio partido, él no los eligió. Considero, que Verónika Mendoza cumpliría un papel clave en el Congreso. En especial, para formar coaliciones, tan indispensables para la aprobación de leyes.

Chirinos Soto indicó, en cierta ocasión, que el poder Ejecutivo es inferior al Legislativo. Y bien que lo demostró la bancada de Fuerza Popular, en el gobierno de PPK.

DOS

Pelo negro mezclado con canas, con barba tupida y mirada tranquilizadora: Pedro Francke (60 años), Magister en Economía y ex funcionario del BM, es la cabeza de su equipo económico. Declaró, si salen elegidos, se mantendrá la economía de mercado. Eso sí, es indispensable: aumentar los impuestos a las empresas mineras del país, y contar con un sistema de pensiones más equitativo.

El economista, que ha dado cierta tranquilidad a los inversores, fue nombrado hace poco por Pedro.

El otro caballito de batalla es lo de una Nueva Constitución. Según los entendidos, debería darse para el año 2022; otros, recomiendan incluso en su último año.

Considero que la urgencia mayor es la vacunación masiva, y levantar la alicaída economía.

Se vienen tiempos difíciles.

TRES

Keiko, en conferencia de prensa, señaló que va impugnar más de 800 mesas de sufragio. El peligro de todo esto es la inestabilidad política.

Usó un maniqueísmo tóxico y el miedo como herramienta. El apoyo de los medios y de una derecha recalcitrante les jugó, al final, en contra. Tal como sucedió en las elecciones de 1990, y que favoreció a su padre.

También se llenó de demagogia, ofreciendo de todo.

Seamos justos, ambos candidatos carecieron de ideas originales. Y para peor, Castillo no tenía un equipo de trabajo definido. La improvisación es su característica intrínseca. Mientras la candidata de Fuerza Popular, recicló personajes funestos de los 90. Eso tampoco la ayudó.

Lo que es cierto es que el país ha sido el perjudicado, ante la crisis política. No hemos podido dar el salto cualitativo hacia el progreso. La pandemia nos sorprendió. Desnudó nuestras falencias en el sector salud y la informalidad de la economía.

Como nunca salieron, a flor de piel, el racismo y la intolerancia, tanto de unos como de otros. Creo que el hecho de no reconocer como connacionales, a los peruanos que viven una fragilidad económica  (en distintas regiones) es un grave error.

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Pedro Castillo, Pedro Francke, Polarización

Al momento de escribir estas líneas los resultados de la elección presidencial ya son irreversibles y le otorgan el triunfo a Pedro Castillo. El pueblo ha hablado y ha dicho que quiere un cambio, falta saber si éste será para mejor. En todo caso, lo que si es cierto es que veinte años de crecimiento macroeconómico no han sido suficientes para acabar con las enormes brechas de exclusión y discriminación que hemos visto exacerbadas en esta campaña electoral.

La única responsable de estos resultados, por los que hoy nuevamente llora, es la derecha obtusa, mercantilista y corrupta que sólo se ocupó de sus propios intereses antes que los de la mayoría de los peruanos. Hoy la voz del Perú real se ha hecho escuchar estruendosamente dejando un país partido entre una costa con mayor acceso a la modernidad y una sierra que también quiere acceder a los beneficios de la modernidad y el mercado. Los que han votado por Castillo lo han hecho, en su gran mayoría, a pesar de él. Por rechazo a lo que el fujimorismo representa. Se trata de un voto prestado y no incondicional. Lo que debe entender el próximo gobierno de Perú Libre es que el mensaje del pueblo es que todos puedan tener acceso a los beneficios que el mercado trae consigo, pero con justicia social.

Pedro Castillo ha ganado dentro del territorio nacional y lo democrático es aceptar los resultados y la voluntad del soberano. El fujimorismo no puede pretender ganar en la mesa lo que perdió en las urnas. Esta no es la ONPE del inefable Portillo, ni el JNE de Montes de Oca, ni el gobierno de Montesinos, aquí hay ciudadanos alertas y vigilantes de que se respeten los resultados. En esta misma columna hemos mostrado nuestros reparos ante ambas candidaturas, pero lo democrático es ahora defender la opción de la mayoría. Vociferar fraude es sólo una muestra de que tras diez años y tres elecciones, Keiko Fujimori, no ha aprendido nada, que sus modales democráticos terminan ahí donde empieza a ser derrotada por la decencia de un pueblo que más que apoyar a Castillo ha rechazado a la corrupción y el crimen que ella representa.

Esta será la primera vez en nuestra historia que la izquierda peruana accederá al poder y lo ha hecho sin tener que renunciar a su identidad y legitimada por las urnas. Lo hace en el peor momento que vive la república, con miles de muertos producto de la peste, con una economía en ruinas, con un sistema de salud colapsado, con la mitad del país en contra. Es de esta adversidad de donde tendrá que sacar las fuerzas y el temple de organizar un gobierno abierto y compuesto de los mejores. Su primera misión deberá ser tender los puentes que se han roto, sanar la fractura y saber que debe gobernar para todos.

De ninguna manera se le ha dado un cheque en blanco al profesor Castillo. Si bien, ha ganado sin tener que moderar su discurso y sin hojas de ruta, también es cierto, que gracias a la iniciativa del Cardenal Pedro Barreto se ha comprometido a respetar la democracia y la institucionalidad que la sustenta. La primera exigencia que se le debe hacer a este nuevo gobierno que recién nace es la de un inmediato plan covid consensuado con todas las fuerzas que asegure la vida de los peruanos. Si algo nos puede unir hoy es la posibilidad real de la muerte que nos acecha y ante un problema común sólo caben soluciones comunes. Una segunda exigencia, es la del respeto irrestricto a la institucionalidad democrática y a la libertad de prensa y de opinión. No podrá patear el tablero de la democracia sino que tendrá que ser creativo para poder poner en marcha las reformas que el país tanto requiere. La tercera exigencia es la de tender puentes y hacer un llamado a la unidad respetando la pluralidad de la que estamos conformados. Escuchar y permitir la participación de todas las voces, pues ahora será el presidente de todos, pero en especial de aquellos que no votaron por él y se sienten atemorizados, es a ellos a los que tiene que dirigirse principalmente.

Es cierto que no tendrá mucha maniobra una vez que asuma el gobierno. Este Congreso ya trabaja una serie de reformas mañosas (como las de su cuarta mini legislatura) que lo dejará atado de manos y es claro que se prepara un golpe parlamentario. También, debemos estar alertas sobre esa posibilidad, pues nos toca defender la democracia desde cualquier punto de donde se la quiera atacar.

Hoy la izquierda tendrá la oportunidad de mostrar que está a la altura de la historia y de las circunstancias. Con un gobierno que busque el bien común de una manera inteligente, basado en decisiones racionales y no dogmáticas, improvisadas o románticas. La realidad que enfrenta es mucho más compleja de lo que podríamos imaginar. Tendrá que enfrentar muchos obstáculos además de la permanente desconfianza y temor de la mitad del país. Su primer gran reto será el modo cómo afronte la crisis económica, ahí demostraran de qué están hechos, pues se trata de que, en el tiempo por el que han sido elegidos, logren el mayor bienestar para todos y no la mayor miseria. Si fracasa en eso de nada le servirá a la izquierda haber llegado al poder, porque sólo le dará la razón a sus adversarios y le cerraran el paso a todo intento popular de conducir sus destinos. Pedro Castillo debe recordar siempre que esta es la única oportunidad de demostrar a todos que la izquierda si es capaz de gobernar bien y en democracia, «porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tendrían una segunda oportunidad sobre la tierra.»

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Democracia, Elecciones 2021, Pedro Castillo

Corresponde al gobierno de Pedro Castillo empezar a revertir lo que llamo la degeneratividad de la economía peruana, que se origina, como la mayoría de nuestros males históricos, en la el proceso colonial, cuando lograron hacernos sentir inferiores, y por ello añorar el destino material ajeno sin considerar nuestro territorio y demografía. Degenerativo, en medicina, es aquella situación en la que un cuerpo empeora constante e incrementalmente – en algún momento de modo irreversible – a causa de exponerlo a contextos y hábitos reiterativos que violentan su sistema inmunológico, que son sus capacidades adaptativas frente a los peligros virales y ambientales del entorno, las fuerzas que lo regresan al equilibrio vital. El cáncer, la diabetes, el lupus, y muchas otras, son padecimientos de este tipo.

El sistema inmunológico de toda economía es su matriz y capacidad productiva, porque de ella depende su nivel del empleo y su interacción con el mundo. En el equilibrio más adecuado, tendremos cantidad y calidad suficientes de puestos de trabajo, de modo sostenible en el tiempo y según el patrón cultural de cada contexto.

Nuestra economía republicana es degenerativa porque siempre hemos pretendido un capitalismo occidental para el que no tenemos las condiciones territoriales e insumos necesarios. No sólo fracasamos en todos los intentos, sino que deterioramos – cada vez más – lo más importante de nuestra inmunología, lo único que puede aspirar a buen, cuantioso y sostenido empleo: la manufactura y la economía rural. A la primera se le deja a su suerte en un mercado que la aniquila, o se le quiere poner en una velocidad competitiva que le resulta inviable. A la segunda siempre se le ha visto como atraso disfuncional o geografía para grandes negocios, y codiciado como mano de obra barata. Nuestro equilibrio óptimo de bienestar depende de cuánto logremos revalorar y desarrollar estos dos sectores, no de descollar en exportación de materias primas, construcción o servicios de telecomunicaciones, que son negocios multimillonarios pero dan empleo de calidad a muy pocos. La historia es bastante elocuente, incluso cuando en este espacio no se pueda ser muy prolijo.

La economía que éramos, entre 1821 y 1850, da cuenta de lo lejos que andábamos de un capitalismo básico, con industria localizada en el Perú y trabajadores civiles asalariados. Y también hace notar cómo malentendíamos nuestro territorio y subestimábamos nuestra economía rural. En ambos está el germen de la futura degeneratividad. Tras 20 años de guerra y en crisis de  comercio exterior debido al nuevo protagonismo exportador del virreinato del Río de La Plata, éramos un país pobre, en general deteriorado, y con muchos de sus grandes comerciantes recién expulsados. No hay instituciones económicas para entonces: el sistema monetario es caótico e insuficiente, y no tenemos bancos sino prestamistas informales. El Estado recauda muy poco y el sistema judicial está abandonado y sin normativa vigente. El territorio nacional tiene aglomeraciones muy pequeñas y bastante desintegradas, porque en la costa hay dificultades para el uso de la rueda en tramos largos, el transporte marino es mínimo y hay un solo puerto. Pese a ser el 80% de la población (1.6 millones), la sierra está casi desvinculada del llano costero, debido a las dificultades de su geografía para el acceso y el transporte no animal. La selva no pasa del 4% y está casi absolutamente aislada. La costa es el resto.

Sobre esta evidente insuficiencia, se forman dos economías: un mercado urbano (comercial y primario-exportador), y las actividades agropecuarias de las comunidades rurales, que son el 61% de habitantes del país. El primero es una reducida red de medio millón de peruanos, cuya élite social – de consumo importado – alcanza a 160 mil personas (el 10% blanco de la población). El resto urbano es pobre y apenas posee de monedas, por lo que vive del trueque. No hay dinero ni conocimientos para la inversión industrial, ni hay volumen poblacional para una buena demanda demanda. Tampoco capacidades: no más del 20% de la población es alfabeta. Tres circuitos desconectados conforman esta dinámica: el de Lima – Costa Norte de entonces débil agro-exportación (tenemos permanente déficit en balanza de pagos) y sistema hacendario; el de Lima – Cerro de Pasco de minería argéntea y comercios de comida, ganado, lana y aguardiente, y el de la sierra sur, que interactúa con Bolivia e incluye a Puno, Cusco y Arequipa, vinculados por los negocios de lana, ganado, obrajes textiles y sastrerías. En estos dos últimos circuitos participan algunos latifundios poco productivos, abandonados en la guerra previa. La mano de obra es esclava o yanacona (sirviente) en todos los casos. La segunda y mayoritaria economía de nuestra post-independencia es la de las comunidades rurales, que son auto-suficientes, sólo comercian para conseguir monedas y poder tributar (algunas lo hacen con fines de acumulación), y se abastecen en ferias del trueque. Estas,  desde el principio, son vistas como una rémora para el progreso y un desperdicio frente a las necesidades urbanas de mano de obra. Y como el orden criollo no puede tomar sus territorios (casi siempre en lejanas y escarpadas alturas) o traerlos, decide olvidarlos. Todos asumieron – y asumen – rezago e irracionalidad ahí, porque no entienden que la riqueza de ellos era – y es – la sostenibilidad y la calidad de vida a partir de la cooperación, el naturalismo y el genio tecnológico.

Tan lejos estábamos de lo que se añoraba (capitalismo industrial), que debieron pasar 100 años para que empezáramos a cerrar el último de nuestros pendientes frente al anhelo de un mercado industrial a la manera europea: dejar las semi-esclavitudes y consolidar una clase obrera asalariada y con mínimos derechos. Lo empezábamos a hacer en 1930, luego de un largo siglo XIX, donde aumenta la población pero casi no se mueven los porcentajes demográfico-territoriales, incluido el de las comunidades rurales, que siguen aisladas en lo fundamental, sin interés alguno en romper dicha insularidad. La aproximación conservadora al tema y los lamentos racistas por falta de mano de obra (resuelta con esclavitud extranjera) seguirán en pie y promoverán tres décadas de decididas políticas de expansión poblacional. La estatalidad y la infraestructura habrán dado grandes saltos a partir de la falaz prosperidad guanera, así como habrán avanzado la institucionalidad económica y financiera, lo que facilita que la consolidación, a finales del siglo XIX, de un mercado industrial textil y de alimentos (con obreros muy explotados), estimulado por una importante diversificación primario-exportadora que potencia nuestra oferta a la región y dinamiza el mercado peruano a través del consumo de los sectores empresariales entonces favorecidos. Así, este crecimiento manufacturero tendrá una caída a inicios del siglo XX, y se recompondrá para crecer significativamente hasta 1929, año del crack y de un nuevo declive exportador. En adelante, todos nuestros esforzados procesos de industrialización se apoyarán en los ciclos exportadores y se harán dependientes de ellos. Es la dependencia de las materias primas, que siempre son cíclicas.

En los próximos veinte años – hasta 1950 – pasarán tres cosas muy determinantes, que le cambiarán el rostro al país: aumenta la población significativamente (por primera vez pasamos los 6 millones que éramos en 1535) y ya no se puede hablar de escasez de mano de obra. Se consolidan un conjunto de derechos laborales que los obreros venían disputando desde inicios de siglo, lo que es altamente difundido en el sector industrial (no así en las haciendas o minas). Y se inicia el gran progreso migratorio sierra-costa de mediados del siglo XX, producto de una severa escasez de tierras cultivables por aumento demográfico, y a la publicidad cultural de occidente que ahora llega a través de los medios masivos (primero la radio y luego la televisión). Así, el país entró a lo que Matos Mar llamó desborde popular, y nuestro pequeño mercado industrial, que siempre quiso al campesino como masa obrera, tuvo lo que tanto buscó, pero en incontrolable exceso.

La estadística oficial de esos años ya permite observar su precariedad industrial, que luego será degenerativa. No hubo mejoras salariales entre 1930 y 1940. Entre dichos años, la industria produce el 17% del consumo interno y conforma el 14.5% de la PEA, que era de 4 millones y tiene un desempleo de 38.5%. Dado el contexto, es razonable esperar un considerable sub-empleo obrero y general. Estos porcentajes productivos y laborales no cambian para 1950, aunque la población y la PEA se elevan, por lo que ya puede verse degeneratividad en la economía peruana, al menos a nivel de calidad laboral (algunos calculan un subempleo de 10%, otros de 25%). No puede asegurarse que sin explosión migratoria igual habría llegado el proceso regresivo a nuestra economía, pero tampoco puede descartarse, porque hasta antes de 1930 nuestro modesto mercado urbano estaba muy lejos de penetrar siquiera su propio territorio, cada vez más poblado. Y aunque faltan datos para observar el aumento de las brechas productivas y tecnológicas con respecto a las economías desarrolladas, sí se puede deducir la dimensión de éstas, muy fácilmente: mientras el Perú sigue arrastrando – y ve cada vez más lejos – el pendiente de formar un mercado industrial mínimamente inclusivo (así sea con empresarios extranjeros y productos de poco valor agregado), Estados Unidos produce el 27% de los bienes de consumo y el 52% de la maquinaria que utiliza el mundo industrial. Ni el capitalismo exportador es de todos por naturaleza (al contrario), ni estamos hechos para competirles en su reino. Nuestra riqueza es otra. Mientras tanto, hasta 1950, la economía de las comunidades rurales entra sigue abandonada por el Estado y se reduce por la crisis de tierras, pero está a leguas de desaparecer y sigue ocupando la mayor parte del suelo andino. Hasta hoy.

A partir de 1952, y producto de un nuevo auge primario-exportador, empezará el más importante ciclo de crecimiento de industrial de nuestra economía, que extenderá e intensificará hasta 1975, gracias a las gestiones desarrollistas de Fernando Belaunde y, sobre todo, de Juan Velasco Alvarado, quienes reciben la influencia del cepalismo latinoamericano y ponen en marcha un proceso de sustitución de importaciones, fomento y protección arancelaria en favor nuestro desarrollo industrial. El segundo, además, llevó a cabo la reforma agraria, luego de siglo y medio de negación e infamia. Por primera vez en la historia un gobierno peruano razona con la suficiente autonomía y nacionalismo, considerando nuestra realidad histórica y territorial: es evidente que nuestras carencias como economía capitalista nos obligan a unirnos, y es claro que debemos dar al mundo rural y agropecuario el auspicioso lugar que le corresponde en nuestro desarrollo. Sin embargo, no basta con ello para detener la degeneratividad.

Los muy buenos resultados del proceso industrializador son innegables: de 1954 a 1975, la manufactura pasa del 12.8% al 21.4% como generador del PBI, siendo el sector de mayor crecimiento en la economía peruana y elevando considerablemente la ocupación obrera de calidad. Sin embargo, en 1972 nuestro mercado laboral tiene un sub-empleo de 44.2%, cerca del doble de lo que teníamos 20 años atrás. El rezago de partida y nuestra demografía dificultan detener la degeneratividad, con mayor razón en breves 16 años.

Pese a sus logros, el modelo sustitutivo hace crisis porque, una vez más, se pretende lo que no tenemos, esta vez en grado y velocidad: no sólo se fomenta y protege la manufactura nacional, sino que se incentiva la demanda en exceso y con montos insostenibles –  que provienen de la siempre cíclica bonanza primario-exportadora -, así como se esperan saltos tecnológicos imposibles en nuestros cortos plazos de alto comercio exterior. Se apunta a cosechar grandes resultados y casi de inmediato, sin sacrificio ofrecer de ninguna de las partes. Se pacta un beneficio mutuo entre el Estado, los empresarios y los trabajadores, sin ver que  ese paraíso cuesta mucho más que lo que puede cubrir cualquiera de nuestros periodos de altos ingresos exportadores, que nos resulta impagable. Al punto de agotar rápidamente la capacidad productiva del país, lo que implica escasez e inflación.

La realidad habla, nos aterriza: sí debemos unirnos y protegernos para industrializarnos, pero no debemos incentivar excesivamente nuestra velocidad buscando niveles productivos y progresos tecnológicos tan distantes que nos descompensan estructuralmente, lo que a larga eleva nuestra degeneratividad. Para que nuestra manufactura crezca y genere empleo suficiente y sostenible, los empresarios deben apostar por el mercado industrial y nacional aunque ganen menos, y los peruanos debemos consumir los productos que somos capaces de producir. Y desde ese inevitable esfuerzo colectivo debemos crecer con músculo. No hay duda de que nuestras brechas tecnológicas, con respecto al mundo capitalista desarrollado, siguieron ensanchándose: mientras en el Perú la industrialización velasquista es políticamente derrotada, y no logra mejorar-elevar su  producción de maquinarias fordistas (la clásica fábrica de tecnología pesada), Estados Unidos y otros pocos están dejando ese mercado e ingresando a la revolución informática, propia del siglo XXI. Hoy son, para nosotros, literalmente inalcanzables, salvo escenarios teóricos. Y varios estudios indican que las diferencias no han parado de crecer desde la década de 1970. La reforma agraria, por su parte, fue justiciera, pero tuvo un esquema de cooperativismo capitalista occidental que nunca logró sus resultados, y nunca pudo dialogar con las comunidades rurales, dejándolas en última prioridad operativa.

La manifactura local tendrá un estancamiento hasta 1990. A la mitad, en 1980, la economía seguirá degenerando, con un subempleo que llega al 51.2%. Cabe destacar que todas las gestiones de este lapso – con idas y venidas, ortodoxias y heterodoxias – enfrentaron sus crisis macro-económicas evitando, en lo posible, desmantelar el aparato industrial y la políticas progresistas que las sostenían. Se sabía que había ahí empleo de calidad y posibilidad de hacerlo crecer. Nuestro trato de gobierno con la sierra sí vuelve a su ánimo habitual: las comunidades rurales son el grupo social peruano que recibe la mayor violencia terrorista de esos años, subversiva y de Estado.

El descalabro del gobierno pro-mercado interno de Alan García, más irresponsable que ninguno en cuanto a velocidad, permitió al régimen autoritario de Alberto Fujimori (hoy preso) vendernos el cuento de la globalización y el emprendimiento, y desmantelar la industria nacional, eliminando toda posibilidad de fomento en su favor, y quitando todo el apoyo arancelario que pudo. Esto, sumado a la flexibilidad laboral, es el escenario ideal para el mundo desarrollado al que importamos todo, y la riqueza segura del empresariado nacional-internacional que no nos conviene, porque no es intensivo en empleo de calidad, además de ser históricamente abusivo, predatorio y ladrón. Nadie ha cambiado ese esquema durante dos décadas. Antes de la crisis, nuestro sub-empleo era de 72%, hoy debe haber un 80% de peruanos dispuestos a ser sobre-explotados cuando termine la pandemia, y a ganar menos de sueldo mínimo. Nuestra  manufactura actual produce alrededor del 13% del PBI, cifra similar a la del periodo previo al auge industrial velasquista. Nuevamente no es necesario ponerle cifras exactas al aumento de las brechas productivas y tecnológicas frente al primer mundo, basta observar que mientras el 65% de nuestras unidades productivas son micro-empresas de subsistencia (muy precarias y de vida breve), y que nuestra mejor manufactura apenas vende al mundo productos de escaso valor agregado, las economías avanzadas exportan nano-tecnología, meteóricas unidades de transporte o productos muy baratos que boicotean a nuestros débiles manufactureros. ¿Hasta dónde debemos degenerar para darnos cuenta de nuestra enfermedad y cortar sus causas?

Las comunidades rurales, que hoy son el 35% de la población y ocupan la mitad del territorio nacional, no sólo están abandonadas por el Estado, sino que permanentemente se les busca debilitar en términos legales, con fines de facilitar inversiones millonarias cuyos tipos de producción las extinguen. No son pocas las voces del mundo avanzado que vienen diciendo que ahí está la sostenibilidad del planeta, lo que implicará ventaja geopolítica a nuestro favor, alta calidad de vida y soberanía, siempre que reconozcamos, protejamos e incorporemos dichos espacios a nuestros proyectos de desarrollo económico. Es posible, pero es imperativo hacerlo respetando sus patrones productivos y velocidades. No necesitamos competir con el mundo, menos crecer con vértigo e insalubridad social. Necesitamos avanzar en calidad de vida y empleo digno, para todos.

Hay un velo que no nos deja ver nuestra degeneratividad, que ha sido tejido durante siglos por quienes lo usufructúan. Por eso la mitad del país votó el domingo por Keiko Fujimori, cuando es manifiesto que Pedro Castillo se acerca mucho más a lo que necesita nuestra historia y nuestro territorio. Pero él no está solo, ni conviene que así sea, porque sólo la convicción mayoritaria logrará verdaderos y duraderos cambios. Es momento de plantear y discutir nuevos valores, y de aspirar a los modelos que de ahí se deriven.

** Los datos y hechos fácticos, hasta la década de 1950, han sido tomados de la bibliografía de Carlos Contreras, escrita o editada (varios autores) por él. Un par de cifras provienen de estudios de la CEPAL. Entre 1960 y hoy, las referencias son Félix Jiménez, Francisco Verdera y Jan Lust.

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Economía, Elecciones 2021, Pedro Castillo

Hace bien el presidente del Jurado Nacional de Elecciones, JNE, en anunciar que serán televisadas las sesiones en las cuales se discutirá las impugnaciones y observaciones a las actas de la segunda vuelta electoral.

Es perfectamente legítimo que Keiko Fujimori dispute las actas impugnadas. Pueden cambiar el rumbo de la elección (grosso modo hablamos de 140 mil electores) y claramente, en algunos casos, parecen obedecer a una estrategia de Perú Libre por dilatar el proceso o por sacar esas actas del conteo rápido que iba a efectuar Ipsos el domingo.

La voluntad popular manda y no se puede violentar por detalles absurdos, como muchos de los que se han conocido en las últimas horas. Y así sea por un voto de diferencia, quien gane en el conteo será el próximo Presidente de la República.

De hecho, a Keiko Fujimori no le han bastado los votos del exterior para alcanzar a Castillo. La única manera de lograr el triunfo es que las actas impugnadas sean en su mayoría a favor de ella y que las mismas sean validadas por nuestras autoridades electorales. De eso se trata, de hacer respetar la voluntad de las mayorías por encima de triquiñuelas de personeros adiestrados.

Cualquiera de los dos candidatos necesita la mayor legitimidad posible para emprender un mandato que nace polarizado y con crisis de representatividad (la mitad del país ha votado en contra del elegido, sea quien lo sea finalmente). No puede haber el menor atisbo de duda respecto de la legalidad del proceso y allí jugará un papel muy importante el JNE.

Gritar fraude de antemano es irresponsable. Keiko se cuidó de no hacerlo imputándoselo a las autoridades electorales, pero ha tensado el ambiente innecesariamente, aunque se entiende la necesidad de movilizar políticamente a sus huestes y así presionar a las autoridades a que fallen en conciencia y no por intereses políticos subalternos. Pero se espera que si gana Castillo, Keiko no solo lo reconozca de inmediato sino que lo salude democráticamente.

Si el país vota por un candidato de izquierda hay que aceptarlo y permitirle que ejecute un gobierno de esas características. Mientras no violente el Estado de Derecho ni la Constitución, tendría el legítimo derecho político de gobernar desde la izquierda y la derecha debe aceptarlo sin menoscabar su legitimidad y, por supuesto, mucho menos aún, invocar el fantasma de la interrupción militar del proceso, como algunos descabellados termocéfalos ya están haciendo.

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Elecciones 2021, Pedro Castillo

Aparentemente, Castillo, si nos atenemos al pronunciamiento que ayer se ha encargado de circular el economista Pedro Francke, empieza a moderar su propuesta económica.

Si gana la elección sería una buena noticia para el país que abandone el escenario radical cerronista y eventualmente le agregaría valor que entienda que puede hacer un gobierno de izquierda sin necesidad de violentar la Constitución ni generando escenarios de confrontación con un Congreso adverso, lo que podría llevar a la reedición de indeseados escenarios donde la opción vacancia-disolución vuelva a estar sobre el tapete.

Por cierto, Castillo, si gana, tiene el legítimo derecho de desplegar un programa de gobierno de izquierda. Desde mi entender, eso será negativo para el país, en menor medida si se modera, en mayor si se radicaliza, pero nadie le podría negar ese derecho si lo gana en las urnas.

Lo que, sin embargo, es importante advertir desde ya es sobre la conducta política que desarrollará la oposición a Castillo en el Congreso. Si Castillo se modera, lo más probable es que pierda los 22 congresistas cerronistas, quienes seguramente serán los primeros en tratar de promover su vacancia. Castillo solo se quedaría con 15 congresistas propios más los 5 de Juntos por el Perú, apenas 20.

Allí va a ser crucial que la derecha congresal entienda que el peor error que podría cometer es arrinconar a Castillo, emprendiendo un plan de sabotaje equivalente al que el keikismo desplegó contra Kuczynski. Eso, lejos de ayudar a su moderación contribuiría a su radicalización y, sobre todo, al empleo de la calle como medio de presión para enfrentarse a un Congreso saboteador.

De darse el caso, lo inteligente es que la derecha le tienda un puente de plata a la eventual moderación de Castillo, marcando claramente su oposición al plan izquierdista que igual desarrollaría, pero no llevando esa distancia a niveles de obstrucción tales que le impidan gobernar a Castillo y lo coloquen más bien en manos del chantaje cerronista.

La polarización actual del país nubla la posibilidad de razonar con prudencia y en esa medida habrá que esperar a que se defina, primero, el resultado, y luego que se definan los planes de gobierno, pero desde ya es importante anticipar escenarios de diálogo y relativa conciliación, frente a la reiterada división del país en dos partes que no hallan puntos de encuentro. La clase política está llamada a fungir de facilitador de esos acercamientos.

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Elecciones 2021, Pedro Castillo, Vladimir Cerrón

Nuevamente, el dólar alcanzó un precio histórico en el Perú (a las 10:00am del martes 8 de junio) al llegar a S/3,938, un incremento de 2,42% respecto a la sesión previa. Desde inicios del año, el sol se ha depreciado respecto al dólar en 7,86%.

Ante ello, el Banco Central de Reserva (BCR) vendió US$ 253 millones a un tipo de cambio promedio S/ 3.9255 por dólar para contener la alta volatilidad del tipo de cambio.

Según Bloomberg, la moneda estadounidense incrementó su cotización entre 1.50% y 2.12% en el mercado peruano en medio de la incertidumbre electoral tras las elecciones presidenciales 2021 y el ajustado conteo de votos.

Los últimos resultados de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) mostraban a Pedro Castillo (Perú Libre) con el 50.244% y a Keiko Fujimori (Fuerza Popular) con el 49.756%. En tanto se espera la llegada de los votos finales procedentes de áreas rurales y del extranjero.

Dólar al alza

Enrique Castellanos, docente de Economía de la Universidad del Pacífico, señaló que el alza del dólar responde a que “se está dando por descontado el triunfo de Castillo”.

“Mientras haya incertidumbre y no se conozca a las personas [que lo acompañarán en un eventual gobierno] ni el plan económico que aplicarán, los mercados seguirán muy nerviosos. En la medida que pongan rayas a la cancha, el panorama se estabilizará”, comentó. Mencionó, además, que la tendencia del tipo de cambio es que siga escalando.

Según el experto una posible victoria de Fujimori sería vista con un mayor optimismo por parte de los inversionistas pues durante su campaña se ha mostrado a favor de mantener el modelo económico peruano. Sin embargo, el mercado se mantendrá expectante al conteo oficial de votos ante la estrechez de distancia que separa a ambos contendores.

Por otro lado, Apoyo Consultoría señaló que el precio del dólar podría llegar a S/ 4.50 para fines de año. Frente a ello el Scotiabank considera que en el corto plazo la incertidumbre viene siendo ya absorbida por el mercado cambiario con las alzas.

Cabe señalar que, expertos en finanzas como Jorge Carrillo o el economista Carlos Parodi han señalado que la volatibilidad del billete verde continuará, sea cual sea el resultado. Han coincidido en señalar que, una posible estabilidad del dólar recién se concretaría -una vez se tenga un ganador- cuando el presidente o presidenta electa elijan a su ministro de Economía, garantice la independencia del Banco Central de Reserva y se promuevas las inversiones.

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BCP, Dólar, Pedro Castillo

Todos los días, de lunes a viernes, Alexandra Ames, David Rivera y Paolo Benza discuten los temas más importantes del día por Debate. En nuestro episodio número 147: Aún no hay presidente, pero Castillo tiene más probabilidades. ¿Se podría lograr un Gabinete de ancha base, gane quien gane? ¿Quiénes serían buenos ministros de un eventual gobierno del lápiz?

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