Pedro Castillo

La otra reunión entre terroristas y narcos se produjo a fines de marzo, según otro documento de la Digimin, en el distrito de Vizcatán del Ene. En la cita participó el camarada ‘Antonio’, quien “habría requerido que en un corto plazo proveerse de alimentos enlatados y material de guerra”.

Reunión Narcos
8 de abril, 2022. Nota informativa policial sobre una reunión entre mandos terroristas y narcotraficantes en el distrito Vizcatán del Ene, en Junín. Los seguidores de los Quispe Palominos pidieron alimentos enlatados y material de guerra.

Otro de los documentos habla de deserciones en el grupo armado para buscar “mejores condiciones de vida”, aunque no dan una cifra. El reporte habla de fomentar las traiciones entre los integrantes con “una serie de operaciones psicológicas” no especificadas. El Militarizado Partido Comunista del Perú no escatima en insultos para los desertores, como es de esperarse. Los llama “grupillo de bastardos necios” y “excrementos de perros traidores”.

 

 

 

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Gobierno, Pedro Castillo

Pero para ello es preciso que la oposición madure y entienda que los caminos de salida viables pasan hoy en día o por una acusación constitucional o por un recorte del mandato, con las consecuentes reformas constitucionales. No por el atajo de la vacancia motivada por un fraude que solo ha existido en su imaginación, desesperada por una derrota sin atenuantes.

Las declaraciones de Zamir Villaverde son una trampa, seguramente urdida por sus consejeros legales, para generar titulares, pero que no conducen a nada políticamente viable y, más bien, alejan a la oposición del que ya parecía un camino más maduro y sensato para librarnos de la pesadilla de tener a Pedro Castillo sentado en Palacio.

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Eso genera que la política en el país, sin un espacio de competencia regulada (que podría ser a nivel de “marcas” como atajos de interpretación o de identidades claras), sea más interpersonal y por lo tanto retorica. Se deja de lado la ideología y prevalece el discurso. El problema es que ese discurso muchas veces distorsiona los criterios de la realidad “objetiva”, pero eso no importa, porque de lo que se trata es de sembrar elementos de argumentación.

Todos quieren asamblea constituyente o nadie quiere asamblea constituyente son absolutos con los que nos hemos acostumbrado a vivir en el país. Mencionar huecos en uno u otro discurso equivale a ganarse la sentencia de “vendido” al otro. Esos criterios de realidad contrapuestos son parte de un mismo escenario y conviven casi armoniosamente. Eso es curiosamente lo que mantiene en el poder al presidente Castillo: la oposición de dos discursos que neutraliza la expectativa de cambio.

A nivel de cómo este escenario funciona en el ciudadano elector, Simon Locke trabaja el tema en un compendio reciente de temas en psicología política. Para Locke, [5] la existencia de diferentes versiones de la realidad nos enfrenta a un dilema fundamental: 

¿es algo que existe en el mundo real, o simplemente una construcción humana, una invención de la persona que lo presenta? 

Este dilema está presente de manera constante. Lo que ocurre es que siempre tenemos los recursos para manejarlo, para justificarlo, para tratar una versión de una manera particular. Por ejemplo, un paradigma aceptado en la sociedad es presentar nuestra versión preferida como «científica», lo que le da una entrada importante a la discusión pública. Por ejemplo, el debate sobre la vacuna en tiempos de cuarentena COVID, se trató de llevar por ahí, recordemos la “vacuna peruana” de Chincha nomás.  

Locke también indica que “el discurso es siempre retórico, en el sentido de que todo lo que se dice o escribe es una versión presentada en relación con otras versiones competidoras potenciales o reales”. Para cada descripción del lado del objeto, hay una alternativa del lado del sujeto; y para cualquier afirmación empírica, se puede presentar una contingencia en oposición. Así es como las personas justifican y legitiman puntos de vista y deslegitiman puntos de vista opuestos. Se emplea el razonamiento argumentativo, buscando persuadir a otros (o incluso a ellos mismos) para que vean las cosas de una manera en lugar de otra

Los argumentos no existen simplemente como objetos que nos rondan por casualidad; surgen porque la gente los hace usando el lenguaje que proporciona nuestro mundo social. Como destacamos en un artículo pasado, donde citamos el trabajo de Montell sobre el lenguaje de culto: “Lo que ha hecho que la gente se adhiera a grupos de esta naturaleza es el lenguaje. Desde la astuta redefinición de palabras existentes (y la invención de nuevas) hasta eufemismos poderosos, códigos secretos, renombramientos, palabras de moda, cánticos y mantras, «hablar en lenguas», silencio forzado, incluso hashtags, el lenguaje es el medio clave por el cual todos se producen grados de influencia de culto.”[6]

El lenguaje nos permite representar la realidad de múltiples formas; es un depósito de argumentos que se expresan ​​en dichos cotidianos que resumen puntos de vista contrastantes. Estos dichos son persuasivos; estimulan nuestro pensamiento, que luego retroalimenta al mundo social del que se origina, reafirmando los argumentos a medida que se esfuerza por resolverlos. 

En resumen, parte del gran problema que estamos enfrentando es que no analizamos la oferta electoral desde el voto sino de manera previa. Así va a ser difícil entender qué pasó realmente. Una de las hipótesis que acá esbozamos es que esa oferta no está dada por marcas políticas (como atajos de promesas, planes, organización e ideología) sino por personas. Eso hace que el debate político se transforme de lo ideológico a lo personal. Lo que genera marcos de referencia que estamos recién empezando a ver y que pueden relacionarse más con elementos del lenguaje -discursivos- que con una acción política real.

 

[1] Mona Moufahim (ed.): Political Branding in Turbulent times (2022). Palgrave Macmillan.

[2] Pich & Armannsdottir (2022): Political Brand Identity and Image: Manifestations, Challenges and Tensions. En: Moufahim (2022)

[3] Un buen ejemplo de esto lo da el periodista Diego Salazar en el recomendable artículo: https://www.washingtonpost.com/es/post-opinion/2022/04/25/peru-crisis-politica-2022-iep-barometro-de-las-america-pedro-castillo-salvador-del-solar-francisco-sagasti/

[4] Lilleker, D. (2005). The impact of political marketing on internal party democracy.

[5] Locke (2018): The Politics of Psychological Language: Discourse and Rhetoric. En: Political Psychology. A Social Psychological Approach. The British Psychological Society.

[6] https://sudaca.pe/noticia/opinion/los-peligros-del-lenguaje/

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Hablaba de la izquierda. El 5 de abril de 1992 Fujimori clausuró el sistema de partidos políticos más potente de la historia republicana del Perú, uno que se inauguró el día que se instaló la Asamblea Constituyente de 1978. Desde entonces, hasta el 5 de abril de 1992, y a pesar de todos los problemas que son materia de otra nota, tuvimos derecha, centro derecha, centro izquierda y varios partidos de izquierda marxista: había partidos políticos para todos los gustos. Sin embargo, la recuperación de la democracia en 2000 significó una gran oportunidad para rehacer esa partidocracia golpeada, o construir una nueva sobre sus bases y la izquierda estuvo a la vanguardia, obtuvo posiciones de privilegio, ministerios, la dirección de la CVR desde el gobierno de Valentín Paniagua pero nunca surgió de su seno un proyecto de partido o de frente de izquierda democrática e institucionalista que hoy necesitaríamos a gritos para enfrentar a los extremismos, de izquierda y de derecha que nos están sitiando, de allí mi reiterada crítica. 

Por supuesto que la izquierda no es la única vela en el entierro de la partidocracia peruana, el APRA sucumbió sumida en el caudillismo, mientras que a Acción Popular le han sentado muy bien las renovadas formas del neoclientelismo patrimonial que remite a la vieja política del siglo XIX. El triste gobierno de Manuel Merino es prueba patente de ello. 

En suma, en unas eventuales elecciones generales de 2023 la mayoría de las ofertas políticas se reclutarían, precisamente, de esos potentados provinciales que se mueven bajo las formas del clientelismo patrimonial, y que entienden el acceso al poder como la posibilidad del enriquecimiento ilícito y del fortalecimiento de sus redes locales. Por cierto, grandes grupos de poder en Lima, concilian con dichos intereses y defienden los suyos que poco o nada tiene que hacer con el bien común. 

Quienes no aparecen, ni a lo lejos, ni de cerca, son las opciones institucionales que puedan hacerles frente a todo el enorme espectro político peruano que combina clientelismo, patrimonialismo con extremismos de izquierda y de derecha. Así las cosas, en 2023 asistiríamos a una versión peruana de El mito del eterno retorno, y elegiríamos más de lo mismo, a no ser que la iniciativa de Francisco Sagasti, la de recaudar firmar para una iniciativa de reforma constitucional, devenga en un potente y entusiasta movimiento cívico y ciudadano, que nos recuerde noviembre de 2020, y desde el cual se reúnan las fuerzas que aún ven en el Perú una auténtica Utopía Republicana, que aspira al desarrollo de la nación en su conjunto.

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