restaurante Central

[LA TANA ZURDA] Lo que ha escandalizado a muchos peruanos es que los precios de esas «experiencias» culinarias, que incluyen platos e ingredientes de muchas regiones ecológicas del territorio peruano son exorbitantes. Hay «experiencias» de catorce regiones naturales que llegan a los 1250 soles por persona (la friolera de unos 315 euros o 344 dólares gringos, nada menos). Y eso sin contar los tragos, que fácil llegan a unos 250 dólares extra por persona si se trata de degustar bebidas finas que van bien con los exquisitos y exclusivos platillos que ofrecen los afamados chefs. O sea que para comer y chupar bien en ese sitio hay que desembolsar unos 600 dólares por cabeza.

Aparte de Central, en la lista de los cincuenta mejores restaurantes también entraron Kjolle (de la asimismo consagrada chef Pía León), Maido (de Mitsuharu Tsumura) y Mayta (de Jaime Pesaque). Sobre estos últimos no se ha hecho tanta bulla, o al menos no tanta como el linchamiento mediático (sobre todo a nivel de redes sociales) que se le ha propinado a Central.

Voy a continuar aclarando una cosa: si yo tuviera 600 dólares para una comida, los gastaría preparando una deliciosa carapulcra en casa (me sale muy bien) y armando un fiestón con mis familiares y amigos.

Pero lo de Central es otra cosa. Es para gente que suele buscar sabores exóticos y vivir una «experiencia» cultural lejos de sus países y su aburrida vida cotidiana. En el mundo neoliberal en que vivimos, es obvio que va a haber ricos que pueden darse esos gustos y un 99% de pobres y clasemedieros que no podrán hacerlo. Patalear por esa realidad y rasgarse las vestiduras por la famosa «brecha socio-económica» (ya resulta una perogrullada mencionarla en esos términos setenteros) no cambia absolutamente nada y solo muestra la chatura intelectual de los detractores.

El Perú sigue siendo, quizá más que nunca, un país clasista, racista y de obvias discriminaciones étnicas y lingüísticas. La desnutrición infantil y el dengue andan por las nubes. Para colmo, estamos gobernados por una cuestionable horda congresal que solo acentúa la depredación de nuestro medio ambiente y mantiene la profunda desigualdad dentro de la población.

Que dos chefs como Virgilio Martínez y Pía León hayan desarrollado un producto que hace más complejo el impulso culinario peruano de los años 90 con Gastón Acurio a la cabeza no debería escandalizar a nadie. Son las reglas del capitalismo. Algunos tomarán su reconocimiento internacional como un triunfo de la identidad nacional peruana y se enorgullecerán por ello. Otros rajarán por los precios y la refinada huachafería de algunas de las descripciones de los platillos.

Pero pocos se preguntan si dentro de esos jugosos negocios se cumplen las reglas laborales mínimas, si los cocineros y «mozos» (y mozas) ganan según el prestigio del local y, sobre todo, si los ingredientes (plantas y animales) usados para los raros y exquisitos platos de Central no estarán más bien desapareciendo del horizonte por el calentamiento global, la contaminación medioambiental, la explotación de nuestro campesinado que se ve obligado a migrar y la consiguiente pérdida de saberes milenarios sobre nuestra increíble diversidad biológica.

Hechas estas aclaraciones, insisto en que no gastaría 600 dólares en ir a Central. Pero tampoco pongo el grito en el cielo porque dos chefs hacen su trabajo de manera original, se forran de plata en el camino y, de paso, contribuyen al turismo culinario.

Ya basta de ese socialismo barranquino que se queda en la grasosa salchipapa y el cebichito de tollo y no logra ver más allá de sus tupidas narices (o su insulso paladar). Dejen trabajar a la gente, hagan activismo real por el cambio y a ver si se les ocurre algún plato original la próxima vez que se enfrenten a la sartén.

A crear más y a rajar menos, pues.

 

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