[OPINIÓN] Cada cinco años el Perú vive un fenómeno curioso: antes de las elecciones, el sentido común se toma vacaciones y la gente corre a refugiarse en las encuestas. No importa que la historia haya demostrado, una y otra vez, que en el Perú las encuestadoras descubren la verdad recién cuando faltan quince días para la elección. Antes de eso, son más bien un ejercicio de imaginación… o de financiamiento.

Ocurrió en 2016. Ocurrió en 2021. Y probablemente volverá a ocurrir ahora.

Pero igual la gente necesita creer. Es una cuestión casi espiritual.

Hoy, el candidato que más ruido produce es Rafael López Aliaga. Nadie puede negar que su despliegue comunicacional es el mayor de todos: redes sociales, entrevistas amistosas, encuestas generosas y un entusiasmo económico que, según él mismo, sale de su propio bolsillo.

El problema no es el ruido. El problema es su temperamento.

En su vocabulario político, “corrupto”, “imbécil” o “ladrón” aparecen con una naturalidad admirable. Los militares —según él— hacen “estupideces en los cuarteles”, las culebras shushupe son las indicadas para combatir la inseguridad, y cualquiera que discrepe entra rápidamente en la categoría de idiota. El candidato se presenta como un casto salvador, benefactor y millonario providencial. Sin embargo, la gestión municipal que debería ser su principal vitrina luce más bien como un inventario de promesas incumplidas: trenes abandonados en un parque, obras a medio hacer y una municipalidad con demandas internacionales serias y financieramente comprometida por años. Todo esto pronto le pasará la factura.

Pero claro, eso, por ahora, también tiene remedio: un periodista amigo o una encuesta adecuada.

En la otra orilla aparece Keiko Fujimori. Su partido mantiene un electorado estable y, para bien o para mal, es la organización política más persistente de los últimos quince años. Sus adversarios han intentado liquidarla judicial y mediáticamente durante una década, sin éxito. Hoy la candidata reaparece libre, políticamente rehabilitada y, como suele ocurrir en el Perú, otra vez en la conversación final.

Las encuestas, sin embargo, prefieren tratar ese dato con tibia prudencia. No vaya a ser que la realidad incomode demasiado al relato.

Luego está el resto del zoológico electoral.

Carlos Álvarez ocupa el espacio del entretenimiento político: votos que nacen de la risa y mueren en la reflexión. César Acuña conserva su sólida chacra norteña, fertilizada durante años con beneficios, favores y una universidad que educa… más o menos. López Chau parece condenado a vivir eternamente de su cuota de izquierda —entre el cinco y el siete por ciento—, porcentaje que difícilmente le alcanzará para pasar a mayores. Y el general Grozo —novedad reciente de las redes— disfrutó un breve destello juvenil que se apagó con la misma velocidad con que suelen apagarse las mentiras, sobre todo cuando vienen acompañadas de disculpas.

Todo lo demás, francamente, es voto perdido. Ni los demás generales ni el joven fantasma del Apra con aspiraciones épicas parecen destinados a alterar el tablero.

Pero aún falta en la ecuación el gran protagonista silencioso de esta elección: la cédula de votación.

Un documento tan complejo que rivaliza con un crucigrama dominical de alto nivel. Muchos ciudadanos necesitarán una hora para descifrarla. Otros simplemente renunciarán en el intento. Votos nulos, cédulas rotas, errores involuntarios: un cuarenta por ciento de incertidumbre que ninguna encuesta logra medir, y menos aún incluir en su vaticinio semanal.

Así que volvamos al viejo y desprestigiado sentido común.

Ese mismo que sugiere que López Aliaga difícilmente será presidente, que Keiko Fujimori tiene altas probabilidades de pasar a segunda vuelta y que, llegado ese escenario, buena parte de los votos dispersos terminarán alineándose con la opción que al menos conversa con todos, incluso con sus adversarios más furibundos.

Pero no arruinemos la fiesta.

Sigamos creyendo en las encuestas. Gracias a ellas, muchos votarán convencidos de que el ganador ya está decidido. Y ese pequeño espejismo puede ser, paradójicamente, lo que termine llevando a alguien a la segunda vuelta.

Donde, como suele ocurrir en la política peruana, la realidad llega tarde… pero llega.

Salvo, claro, que me equivoque.

Aunque el sentido común —ese viejo mañoso— me dice que no.

Y ya saben, parafraseando al amigo Armas:

“Ojo de loca no se equivoca”

[OPINIÓN] Rafael López Aliaga ha decidido que el Perú necesita una nueva capital. Nada de reformas al Estado, descentralización seria o planes regionales de desarrollo. No. Su última genialidad de campaña: mudarla a Junín. O sea, con suerte, a Huancayo.

La idea suena audaz, pero huele a improvisación total. Trasladar una capital no es un capricho de mitin; implica mover ministerios, Congreso, Poder Judicial, embajadas y toda la maquinaria logística del Estado. En el mundo, eso toma décadas y fortunas. Para Porky, en cambio, basta un micrófono y un arranque de entusiasmo.

El problema va más allá de la inviabilidad: es la nula estrategia política electoral. ¿Qué pensarán en Arequipa, Cusco, Piura, Trujillo o Chiclayo? ¿Por qué Huancayo y no ellos? ¿Cuándo consultaron a las demás regiones para avisarles que la capital se mudaría al valle del Mantaro?

No hace falta ser genio para oler el despropósito de empatía pre electoral tras este mensaje.

Y como si la propuesta no fuera suficiente, el propio candidato decidió agregar un ingrediente más al espectáculo. En un mitin en Satipo, también en Junín, afirmó que los militares peruanos pasan el tiempo “haciendo estupideces en los cuarteles”.

Un comentario gratuito contra una institución del Estado que confirma lo que ya se viene observando: una campaña cada vez más desordenada y llena de exabruptos. Insultar a periodistas, empresarios, adversarios y ahora a las Fuerzas Armadas parece haberse convertido en un estilo.

Al parecer el señor ya no escucha a nadie. Convencido de su supuesto éxito electoral, pasa por encima de cualquier títere con cabeza que se le ponga al frente.

Y ni hablemos del detalle que la memoria no perdona: Lima aún espera ser esa “potencia mundial” que López Aliaga prometió al asumir la alcaldía —a la que juró no abandonar—. y lo hizo sin pestañar, dejando como herencia 90 trenes viejos y abandonados, las carreteras norte y sur sin operadores responsables, una Vía Expresa Sur a medio hacer y llena de problemas y, para distraernos, a su segundo al mando inaugurando cada 100 metros de la interminable Ramiro Prialé.

Una Lima donde su único legado evidente es el tráfico infernal las demandas internacionales en marcha y una inseguridad imparable.

Pero ahí va el autoproclamado billonario benefactor de los pobres, recorriendo el país con soluciones milagrosas: aeropuertos fabulosos por docenas, prisiones con shushupes y cocodrilos a cargo… que convertirían ahora a ¿Huancayo? “potencia mundial”.

O, lo más probable, una parada más en su decadencia electoral, que ya parece inevitable.

[OPINIÓN] La candidatura de Rafael López Aliaga vive instalada desde hace meses en una cómoda meseta del 10 %. Ni sube ni baja. Un curioso fenómeno de la política peruana: motor encendido, bocina sonando… pero el vehículo no se mueve. Mientras tanto, su entorno insiste en anunciar épicas multitudinarias y una ruta directa hacia Palacio. El problema es que la realidad suele ser bastante menos entusiasta que los comunicados.

López Aliaga tiene, además, un obstáculo político evidente: su carácter. Agresivo, autosuficiente y poco dispuesto al diálogo. Una mezcla complicada en un país donde gobernar exige exactamente lo contrario. En el Perú —territorio fragmentado por naturaleza— el presidente necesita sumar, negociar y, sobre todo, no espantar a los aliados potenciales.

El personaje, por lo demás, cultiva algunas particularidades llamativas: el celibato como bandera moral, la proclamación pública de su propia riqueza —algo que los millonarios suelen manejar con mayor discreción—, una insistente narrativa de bondad personal que, curiosamente, necesita repetirse con bastante frecuencia para que alguien la recuerde, y una lista más bien escueta de logros concretos al servicio del Estado o de la sociedad.

A eso se suma su estrategia política favorita: atacar a cualquiera que aparezca en el camino. Keiko, Acuña, Luna Gálvez —entre otros— reciben su respectiva descarga. Todos tienen problemas, por supuesto. Pero también poseen algo que a la aventura de “Porky” no se le conoce: estructuras políticas reales, cuadros y organización. Algo más que entusiasmo en redes sociales.

Y es aquí donde aparece la famosa sopa de Herodes.

Si López Aliaga llegara a una segunda vuelta frente a alguien como López Chau, el cálculo es simple. Difícil imaginar a Keiko, Acuña, Luna o cualquier otro actor del mismo espacio movilizando su electorado para salvar a quien pasó meses atacándolos. La política tiene memoria corta, pero no tanto. El resultado sería previsible: una derrota.

La escena inversa es todavía más interesante. Si, por ejemplo, Keiko llega a segunda vuelta —algo que hoy las encuestas no descartan—, la gran mayoría de los fervorosos simpatizantes de “Porky” terminará votando por ella. No por entusiasmo, sino por una simple aritmética electoral cuyo motor es el miedo: que es, a fin de cuentas, la esencia de su incomprensible apoyo.

La sopa no es el plato favorito de los Porky lovers, pero en política a veces no se elige el menú.

En resumen: López Aliaga tiene seguidores ruidosos, apasionados y convencidos de su cruzada. El problema es que no son suficientes. En una elección presidencial no gana el que grita más fuerte, sino el que logra sumar más gente.

Y ahí, justamente ahí, está el problema. Porque más allá de su círculo, su candidatura no suma.

Resta.

[OPINION] Murphy no pensó en el Perú, pero el Perú decidió rendirle homenaje permanente.

La política peruana se ha convertido en el laboratorio ideal para confirmar su teoría. La elección del nuevo presidente del Congreso —y por arrastre, presidente eventual del país— es la prueba más reciente. Cuando uno cree que ya se tocó fondo, aparece una pala institucional y alguien decide seguir cavando.

Un comunista cuestionado, sancionado y reciclado de un partido que nos metió de cabeza y patas en esta crisis —con un expresidente preso por intento de golpe— vuelve al escenario. Mediocridad y extremismo avanzando de la mano, sin pudor y sin memoria. Esta vez, además, impulsados —según señala la congresista Moyano, intuyo que con razón— por el cálculo frío del señor Porky. El empático. El visionario. El que sueña con convertir al Perú en potencia mundial mientras incendia el presente.

El cálculo es simple y profundamente irresponsable: provocar el caos para luego venderse como la alternativa “ordenada”. Gran error. Cada día que pasa, este personaje muestra más las garras, genera más rechazo y erosiona incluso a quienes, por moda o conveniencia, lo defendían. Llegará el día —no tan lejano— en que hasta mis tías de San Isidro despierten y retiren ese apoyo tan fervoroso como inexplicable.

Lo preocupante no es solo el personaje, sino el ecosistema que lo sostiene: la política convertida en circo, el oportunismo elevado a estrategia y la irresponsabilidad presentada como audacia. Todo bajo aplausos, likes y slogans vacíos.

Y entonces uno mira atrás, no con nostalgia ingenua sino con sana comparación. Belaunde, Víctor Raúl, Bedoya Reyes, Cornejo Chávez, Alan García y Alfonso Barrantes —con todas sus luces y sombras— son gigantes frente a esta procesión de enanos improvisados.

Murphy tenía razón.

Y nosotros, como siempre, pagamos la demostración.

Dios nos coja confesados.

[OPINIÓN] Durante años se repite, casi como un mantra moderno, que la televisión abierta está muriendo. Que el entretenimiento migró a Netflix, HBO, YouTube y otras plataformas digitales. Y es cierto: series, novelas y películas ya no se consumen mayoritariamente por señal abierta. Esa batalla está perdida.

El error es creer que con eso se extinguió el valor de una señal abierta.

En América Latina, la televisión abierta ya no vale por el entretenimiento. Vale por el poder. Por la noticia. Por la opinión. Por la política. Ese es hoy el verdadero negocio. Las señales VHF y UHF, amplificadas por el cable, siguen siendo el espacio donde se construye agenda, se destruyen reputaciones y, en época electoral, se empujan candidaturas.

En el Perú, América TV, Latina, ATV y, en UHF, Willax, lo han entendido y lo ejercen con notable éxito.

Panamericana Televisión, que durante décadas fue la columna vertebral de la televisión peruana, evidentemente no.

Hoy, salvo por Panorama —programa que sobrevive más por inercia histórica que por contenido—, el canal lleva casi veinte años navegando plácidamente entre el cuarto y quinto lugar en credibilidad y sintonía.

Hace unos meses, el canal fue adquirido por Jimmy Pflucker, empresario exitoso y minero polémico, con el doble propósito de reflotar la señal y, de paso, reforzar su posición, sus ideas y defender su imagen frente a sus injustos detractores. Pero a tres meses de iniciada la aventura, el balance es cristalino: el proyecto avanza con admirable determinación… hacia el fracaso.

Sin dirección ni propósito evidente, Pantel no solo no mejora: retrocede. Sin estrategia para recuperar credibilidad, sin lectura del activo más valioso del canal —su memoria emocional— y sin comprensión real del juego político-mediático, Panamericana pretende disputar un poder de opinión que no sabe ni siquiera dónde lo guardó.

Y lo hace incluso contando con figuras como Phillip Butters, una víctima contratada para el bloque estelar de opinión.

El contraste es brutal. Allí está Willax, una señal UHF infinitamente más pequeña, que en los horarios nocturnos donde 24 Horas y Butters compiten con Beto Ortiz y Christian Hudtwalker, los humilla en rating con la elegancia de quien pisa un charco.

No es casualidad. Es dirección.

Porque hoy, Panamericana está, además, sin director periodístico. La renuncia de Renato Canales —el único que sabía cómo encender la luz y hacer funcionar el ascensor— dejó al canal irrevocablemente sin timón. Y ese no es un puesto que se cubra con entusiasmo ni con improvisación. Es un cargo que exige experiencia, espalda política y visión estratégica.

Todos lo saben. Todos, menos el trío de avezados entusiastas hoy a cargo, por encargo del minero, de la conducción del canal.

Pretender que ese vacío pueda ser llenado por  ejecutivos sin trayectoria real en dirección editorial ni manejo político de una señal abierta es desconocer cómo funciona la televisión. Productores, vendedores o administradores no reemplazan conducción periodística. No al menos en este universo tercermundista.

Más aún: en la coyuntura actual, bajo estas condiciones y con estas expectativas, difícilmente aparecerá en el mercado alguien del nivel de Renato dispuesto a asumir la responsabilidad de un proceso de reconstrucción serio, largo y costoso de la mano de “Los 3 Chiflados” Y aunque existiera ese valiente, sus resultados no serían inmediatos. Y la paciencia, al parecer, no figura entre las virtudes del buen señor Pflucker.

En resumen, hoy Panamericana no está en transición… está en desarme.

El canal sin conducción sigue cayendo.

Y esta vez, sin paracaídas.​​​​​​​​​​​​​​​​

[OPINIÓN] En el incierto panorama electoral rumbo a abril de 2026, hay una figura que se despega del resto. No por romanticismo ni por construcción mediática, sino por acumulación de hechos. Se llama Keiko Fujimori.

Tres elecciones perdidas. Cárcel. Persecución sistemática. Linchamiento mediático permanente. Un matrimonio donde ella fue víctima estóica  de un evidente y despreciable personaje que terminó mal. Sufrió del rechazo en automático de una  generación formada más por consignas que por análisis. Si después de todo eso alguien sigue viva y compitiendo, hay que preguntarse: ¿qué la sostiene? No es terquedad. Es estructura.

Con la muerte de Alberto Fujimori se cerró un ciclo. El anti fujimorismo profesional perdió a su tótem y hoy se queda sin libreto. Keiko, en cambio, aparece distinta: más serena, más centrada, más cuidada. Alguien la debe estar queriendo bien. Y cuando una persona es querida de verdad, se nota. Así funciona la química humana.

Miremos alrededor. El centro y la derecha ofrecen un catálogo preocupante: improvisados, ególatras, psicópatas funcionales, corruptos reincidentes y confundidos entre el mesianismo y un pseudo liderazgo con graciosas ofertas que van desde “no cobraré un sueldo”  hasta “refundaré el Perú desde el Titicaca.”

La izquierda llega peligrosa pero arrastra el desprestigio de los últimos cinco años, producto del desastre que ellos mismos incubaron en 2021. El país ya pagó esa factura y creo no tiene ganas de repetirla.

A esto se suma el cansancio general desde el 2011, frente a la manipulación política del sistema fiscal, judicial y policial. El hartazgo es transversal. Y en ese contexto, la “China” se coloca al centro del tablero.

Y hay un dato adicional que muchos prefieren ignorar: organización. Keiko tiene partido, cuadros, presencia nacional y disciplina electoral. Algo que no tiene nadie más. Ni siquiera el histórico APRA, hoy atrapado en disputas internas tan previsibles como estériles.

El escenario es claro. El Perú no elegirá en 2026 desde el miedo ni desde la rabia. Elegirá con la esperanza de cerrar una etapa de caos, improvisación y desgaste permanente. Y la opción más estructurada está ahí, visible y probada en la adversidad.

Si eso ocurre como cre, el país tendrá la oportunidad de encaminarse con inteligencia y sentido práctico hacia el 2030. Todo lo demás son inventos.

Parafraseando al buen Fernando Armas: “Ojo de loca, no se equivoca.”  Y esta vez, la intuición apunta a que el Perú puede —por fin—  empezar a caminar en serio. Ojalá.

[OPINIÓN] En el Perú celebramos el Día de los Inocentes cada 28 de diciembre. Oficialmente, uno. En la práctica, 365. Porque para sobrevivir aquí hay que ser inocente casi todo el año. O, por lo menos, hacerse.

Yo, personalmente, culpo a Jorge Basadre por esta tendencia nacional a superar lo insuperable y soportar lo insoportable. Su célebre frase es noble, inspiradora… y peligrosamente funcional para justificar cualquier despropósito.

Hay que ser inocente para creer que Martín Vizcarra, César Acuña, Pedro Castillo o Carlos Álvarez están hechos para conducir los destinos del país. Inocente para pensar que el tráfico de Lima existe porque somos una potencia mundial y no porque algún mesiánico al mando nos engañó. O que traer trenes de hace 70 años es un “hito histórico” del transporte y no una anécdota cara para cubrir tres años de gestión fallida.

Hay que ser inocente para creer que la Ramiro Prialé resolverá las tres horas rumbo a Chosica, o que la “Vía Expresa”, hecha a las patadas, es la solución estructural del transporte limeño. Y asi, la inocencia limeña se proyecta a todo el Peru.

Somos inocentes para aceptar que el mismo medicamento cueste en el Peru 100 soles, 20 en Colombia y 15 en Estados Unidos “solo por un problema  en el costo del transporte”. Inocentes para esperar el domingo, encender Cuarto Poder creyendo que ahí se nos revelará la realidad y el futuro, cuando es obvio que ellos la fabrican.

Hay que ser inocente para repetir que “Central” es el mejor restaurante del mundo solo porque lo dice una revista a la que se le paga para que lo afirme. Inocente para sostener que RMP es proba sin considerar que ha trabajado defendiendo a la derecha, a la izquierda y el centro, sin sonrojarse. O pensar que ciertos periodistas no están en la planilla de Porky mientras le revientan cohetes y pontifican independencia.

Inocente para creer que un canal, porque cambió de dueño, ahora sí volverá a ser como antes; o festejar que el nuevo Aeropuerto Jorge Chávez es el mejor de América Latina, cuando te demoras más en llegar desde tu casa que, una vez despegado, en llegar a cualquier destino.

Y, sin embargo, pese a fiscales, policías y autoridades corruptas en flagrancia, el peruano vive feliz. Llega incluso a creer y seguir en su Selección, aunque no le gane ni a su sombra. En fin, como diría Galileo: e pur si muove.

Por eso, el 28 de diciembre es solo un recordatorio de que los otros 364 días hay que hacerse el inocente para resistir, construyendo un oasis propio en medio del caos autoimpuesto.

Porque ya saben: el Perú es más grande que sus problemas. Eso nos dijeron de niños. Y aquí seguimos. Inocentes.

[OPINIÓN] Rafael López llegó a la alcaldía porque el general Urresti le bajaron la llanta y terminó preso. Ese es el dato duro. Todo lo demás es literatura urbana.

Como todo heredero inesperado, tenía que mostrar algo. Eligió un tren de 70 años que no funciona y dudo que alguna vez lo haga. No estaba en la grandiosa oferta original de “Lima, potencia mundial”, ni hacía falta ser ingeniero para advertir —con solo mirarlo— que no cuadraba con el pomposo título prometido con tanta épica de campaña.

A eso se suma una Vía Expresa hecha a las patadas, hoy declarada en emergencia, donde a las cinco de la tarde avanzas más rápido caminando por la vereda paralela. Un puente en la Ramiro Prialé que se construye en capítulos, como novela mexicana. Y un endeudamiento creativo con bonos, multas y eventuales pagos a terceros en Estados Unidos por abogados y demandas civiles que algún día habrá que honrar y explicar.

Ahora, López se presenta como candidato a la Presidencia de la República después de renunciar a la alcaldía, algo que juró que nunca haría. -Una raya más al tigre-.

A ese perfil se suma un personaje sin familia ni amigos conocidos y los problemas públicos archiconocidos con su —ahora nuevamente— socio y, al parecer, también con las mujeres, a las que, como él mismo declara, mantiene lejos a punta de silicio; un hombre agresivo y lejano que anuncia a los cuatro vientos ser millonario-algo que los millonarios de verdad nunca advierten-, y se jacta de ser bueno con los pobres…  y por último, ofrece trabajar gratis para la sociedad si lo eligen —como si su sueldo cubriera los gastos de sus despropósitos—. En fin, un tipo raro, con promesas grandilocuentes pero sin explicaciones para situaciones extrañas que siguen pendientes.

Con ese currículum, López se vende hoy como candidato ganador. No en la realidad, claro, sino en redes sociales, donde despliega una campaña de acoso digital sin precedentes. Acoso que no busca convencer, sino saturar. Repetir hasta que algo pegue. Lo que sea: trenes, drones, aeropuertos, leyes, pleitos e insultos.

Lamentablemente, el método cala en un sector que llamaré —con cariño navideño— los pelotudos limeños: groupies del desastre que viven mirando la realidad a través de su celular o por la ventana de su dormitorio con vista al golf, convencidos de que ahí está la única salvación de un país con quince años de crisis institucional. ¡Qué lejos están de la verdad! López es solo un “talibán político”  sin —hasta el día de hoy— nada real que ofrecer.

Y para completar el cuadro, cuenta en sus filas con algunos periodistas “de primer nivel” que amplifican el eco del acoso, le revientan cohetes y ayudan a confundir. No informan: acompañan. No cuestionan: aplauden y festejan, lo que sea. Una pena para los medios donde pululan y para la profesión en general.

La buena noticia es que otros candidatos empiezan a perfilarse. Tal vez, con suerte, para enero la pelotudez haya terminado.

Son mis mejores deseos esta Navidad para los peruanos de buena voluntad. Y para el resto… que apaguen el Wi-Fi por un rato.

[OPINIÓN] Antes de entrar en la historia criolla, vale recordar Being There, la sátira de Jerzy Kosiński que Hal Ashby llevó al cine. Chance, un jardinero de mente simple criado entre plantas y un televisor, es expulsado del único hogar que conoce y lanzado a un mundo que interpreta literalmente. Su vocabulario se limita a estaciones y podas, pero una sociedad ansiosa de escuchar algo que suene sensato decide convertirlo en oráculo. La ingenuidad se toma por genialidad y el vacío por profundidad. Ese truco, contado con humor en la película, tiene su versión local.

Carlos Espá llega a la política como Chauncey Gardner llegó a Washington: tranquilo, sonriente y armado de frases simples que algunos elevan a revelación. Solo que Chauncey venía del jardín y Carlos parece recién salido de un retiro espiritual donde se redactan deseos que harían sonrojar a una Miss Universo. Le falta rematar con: “…y la paz mundial”.

Su plan de gobierno es una lista de deseos: crecimiento explosivo, seguridad total, empleo para todos, ciudades ordenadas y un país funcionando como reloj. Suena hermoso, casi navideño. El problema no es la intención, sino la realidad, que suele arruinar las fantasías mejor intencionadas.

Como Chauncey, habla en metáforas que algunos interpretan como iluminaciones. Pero detrás de esa frescura no hay un estratega oculto, sino un hombre simpático y claramente desbordado por un escenario político en el que la inocencia dura menos que un presidente peruano en Palacio de Gobierno..

Y aquí entra el paralelo inevitable. Mientras Carlos imagina un país perfecto, Porky ya nos vendió el tráiler de la película Misión Imposible: Lima potencia mundial. Prometió trenes, autopistas futuristas, seguridad y orden absoluto… y entregó una ciudad convertida en laboratorio mundial del caos. Hoy lo único que no ofrece es lo urgente: decir la verdad. Frente a ese historial de ficción convertida en desastre, el idealismo ingenuo de Carlos —aunque irreal— resulta casi un descanso.

Espá inspira ternura y hasta curiosidad sociológica. Pero el Perú no es un jardín zen; es un terreno pedregoso poblado de Gorritis, Vizcarras, Porkys, Velas, Carhuanchos, Pérez, Generación Z, minería ilegal y el tóxico cura Castillo. No basta “poner de nuestra parte”. Aquí se gobierna entre plagas, no entre margaritas.

Carlos sueña. Y sueña bonito. Pero su programa es más cuento que ruta. Una versión nacional de Being There, sin Peter Sellers… y sin jardín.

Y aun así —en esta feria de impostores— es “lo menos peor.”

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