[INFORME] La gestión de Alberto Beingolea en el Ministerio de Cultura sigue sumando polémicas por el historial de las personas con las que tiene reuniones de trabajo. Un extrabajador municipal que engañó durante cuatro años al distrito de Surquillo y una viceministra acusada de violencia familiar vienen merodeando el despacho del periodista deportivo.

La elección de los ministros del primer gabinete de Keiko Fujimori sigue siendo tema de debate en la política nacional. La inclusión de personajes que sin una trayectoria destacada ha llevado a que hasta los más fieles defensores de la lideresa de Fuerza Popular levanten su voz para expresar su preocupación y hasta sospechas sobre las motivaciones detrás de estas designaciones.

Sin lugar a dudas, uno de los integrantes del gabinete Galarreta más cuestionados es el periodista deportivo Alberto Beingolea Delgado, quien terminó al frente del Ministerio de Cultura el pasado 28 de julio producto de una decisión que desconcertó hasta al más experto analista político.

Pero, luego de casi dos semanas en el cargo, el conocido conductor de programas de fútbol empieza a dar pistas sobre los planes que podría tener para el Ministerio de Cultura o, por lo menos, va quedando claro qué clase de personajes podrían tener influencia en sus decisiones como ministro. En esta oportunidad, Sudaca encontró que, por ejemplo, el ministro debutante ha sostenido largos encuentros con una persona que engañó durante años a una municipalidad.

VÍNCULOS DESATINADOS

El pasado miércoles, Sudaca publicó el informe titularo “Beingolea en acción” en el cual se detallaban las reuniones que sostuvo el nuevo ministro de Cultura con numerosos miembros y excandidatos del Partido Popular Cristiano que habían copado su agenda pese a que las voces oficiales de dicha agrupación política habían emitido un mensaje en el cual aseguraban que no tenían vínculo con su antiguo candidato presidencial Alberto Beingolea.

Sin embargo, la lista de visitantes no se ha limitado a sus conocidos del PPC. Sudaca pudo conocer que entre estos personajes que fueron recibidos en el despacho ministerial para lo que fue registrado como reuniones de trabajo también se encuentran nombres vinculados a graves sanciones y acusaciones.

Como se puede observar en la siguiente imagen, el último miércoles, el ministro Alberto Beingolea abrió las puertas de su despacho para atender una reunión de trabajo con una persona llamada Clirio Ceferino Rivera Gamarra que no acudió en representación de una institución pública o privada, sino que lo hizo a título personal. El mencionado encuentro se extendió por más de dos horas.

Nada parecía fuera de lo normal hasta esta parte. No obstante, esto cambia cuando se investiga el reciente pasado de Rivera Gamarra como servidor de la Municipalidad de Surquillo. Acorde a documentos que pudo revisar este medio, Rivera Gamarra entró a trabajar en esta municipalidad en agosto del año 2020 bajo el régimen laboral CAS. Pero, varios años después, se descubrió que este trabajador ocultó durante años irregularidad muy grave en su incorporación.

Para Rivera, los problemas comenzaron exactamente en el mes de junio del año 2024, cuando llevaba cuatro años en su puesto en la subgerencia de servicios sociales, debido a que la Municipalidad de Surquillo decidió conformar una comisión que se encargaría de corroborar que aquellos trabajadores con contrato CAS estén cumpliendo con los requisitos obligatorios para los puestos que ocupaban.

La mencionada comisión terminaría por encontrarse con una muy desagradable y escandalosa sorpresa. Clirio Ceferino Rivera Gamarra, un trabajador CAS que para ese entonces acumulaba cuatro años en la municipalidad, había logrado ocultar exitosamente que no contaba con la formación académica exigida para ocupar el puesto en el cual se venía desempeñando en la subgerencia de servicios sociales de la Municipalidad de Surquillo.

Tras este hallazgo, se inició un proceso administrativo sancionador contra Rivera Gamarra en el cual, al verse descubierto, el propio trabajador admite que estaba al tanto de su incumplimiento con los requisitos para ser contratado como trabajador CAS e, inexplicable y sospechosamente, pudo participar del proceso, ser elegido y permanecer en el cargo desde agosto del 2020 hasta que destituido en marzo de este año.

SIN EL MEJOR HISTORIAL

Pero la lista de visitantes polémicos que hoy merodean el despacho de Alberto Beingolea es más extensa. En la siguiente imagen se observa que, la semana pasada, el nuevo ministro de Cultura recibió por casi una hora a una persona llamada Rut Elizabeth Huamán Coronel que permaneció cerca de una hora en lo que fue catalogado por el propio ministerio como una reunión de trabajo.

Huamán Coronel es destacada por el Apra como una de sus nuevas caras elegidas para revitalizar al partido de la estrella. Sin embargo, también llama la atención por sus numerosas designaciones durante los últimos gobiernos que le han permitido ir rotando de un ministerio a otro en los últimos meses.

Con la llegada de José Jerí a la presidencia, Huamán Coronel logró convertirse en viceministra de poblaciones vulnerables en el Ministerio de la Mujer. Pero, además, durante la breve presidencia de José María Balcázar, la excandidata al Congreso fue una de las beneficiadas con las sorpresivas designaciones que el gobierno saliente realizó a pocos días de entregar la presidencia. El 16 de julio, el Ministerio de Educación comunicó que Rut Huamán se había convertido la nueva viceministra de gestión institucional, cargo al que renunció antes de reunirse con el ministro Beingolea.

Sin embargo, todos estos datos podrían quedar opacados cuando se recuerda una grave acusación en su contra que se hizo pública en el mes de febrero. Paradójicamente, Huamán Coronel, quien por aquel entonces se desempeñaba como viceministra de poblaciones vulnerables, había sido denunciada por violencia familiar.

Una investigación del programa “Beto a saber” expuso que Rut Huamán había agredido a su esposo con “patadas, golpes de puño y mordidas” un 25 de diciembre del año 2019. Acorde a lo publicado por el programa del canal Willax, Huamán llegó a ser detenida y se constataron las lesiones de su pareja. Al ser consultada por este hecho, la entonces funcionaria del Ministerio de la Mujer señaló que “se trata de un tema ya zanjado”.

Pasar de ser un ferviente antifujimorista a un ministro que repite con aparente convicción las consignas de Keiko Fujimori había generado serias dudas sobre cuál es la verdadera cara de Alberto Beingolea. Pero lo que está fuera de discusión es la falta de criterio del nuevo titular del Ministerio de Cultura al momento de decidir a quiénes le abre las puertas de su oficina.

 

[REPORTAFUR] Después de una visita esclarecedora a la región autónoma del Tibet, quiero dar un testimonio, que vaya más allá del debate político global polarizado, con datos e indicadores objetivos reales sobre este tema.

  • En 2025, su economía alcanzó a los 43 mil millones de dólares.
  • Su crecimiento el año pasado fue del 7 por ciento.
  • Su PBI por habitante llega a los 11,600 dólares anuales.

El debate político va a continuar, pero el contraste histórico es profundo. El Tíbet hoy ya es parte del milagro chino.

 

 

[Migrante al paso]  De chico, siempre que había algún almuerzo o invitación a la playa o a una casa de campo en el sur, parábamos a comer chicharrón en Sarita, al costado de la carretera vieja en Punta Hermosa. Mis padres nunca tuvieron casa de playa y, a nosotros, no nos importaba mucho. Teníamos varios amigos que nos invitaban y, a mí personalmente, no me gusta mucho; por no decir que odio tomar sol y que se me pegue la arena.

“Preferimos gastar en viajes que en una casa de playa o carros”, decían siempre, y felizmente lo cumplieron.

La semana pasada mi madre estaba de viaje y mi padre aprovechó para salirse de la dieta. Nos comimos un chicharrón; ya venía preguntándome si el chinito hacía delivery. Los dos sentados en silencio, con un par de preguntas sueltas, pero toda nuestra atención estaba en ese manjar. Uno de los mejores inventos gastronómicos, sin duda.

Con el tiempo fui descubriendo otras chicharronerías. No soy un experto ni busco los mejores rincones como hacen algunos; lo único que sé es que comer uno de esos sánguches suele cambiarme el ánimo drásticamente, para bien. Desde niño, mi humor dependía bastante de qué almorzaba al llegar del colegio. Pocas cosas no me gustaban.

Pequeños detalles como una comida son los que hacen la diferencia, siguiendo las enseñanzas de Gandalf, a quien tengo como guía permanente.

Cociné toda la semana. Tal vez no soy el más limpio, pero hice lo posible por dejar la cocina impecable. Aparentemente fallé. Mi madre llegó tardísimo, pero sentía que faltaba algo. Mi tío no les dice a mi abuela y a mi hermana “Don Pésimo” gratuitamente. Era un personaje de una serie de hace cien años. Una vez me enseñaron un capítulo y no entendía cómo podían ver algo así, aunque un par de risas me sacó.

Siempre los detalles

Después de meses conviviendo plácidamente con mi tío y mi abuela en Miami, y unas cuantas novelas mexicanas de su época dorada, ya soy inmune a todo tipo de material audiovisual. En fin, este personaje tenía una negatividad extrema: se le cruzaba una familia del vecindario —“Mi hijo ha ingresado a la universidad”, le decían felices—; pasaban dos cuadras y Don Pésimo susurraba: “En un ciclo lo botan”.

Llevo seis meses viviendo con mis padres. Lo aprecio bastante: es nostálgico y acogedor. Pasé de despertarme en Buenos Aires con los ruidos de los bondis en la oreja —parecía la guerra—. Viajé por el mundo y luego me mudé en Lima a un departamento que parecía cómodo. Me despertaba con las combis que hacían temblar todo y hasta el humo se metía por mi ventana. Seré un comodón, pero así soy. Me despertaba y sentía que ya me había fumado veinte cigarros.

Acá me despierto con el sonido de pajaritos; el sol entra por la ventana y veo el jardín verde y con flores. Mi perro se tira encima y me lame todo. Es una buena vida.

Ocho de la mañana un domingo —las ocho son madrugada un domingo—: “¡Sabes qué, francamente, mejor no cocinen!”. Escucho a Don Pésimo desde la cocina. Eso faltaba, pensé mientras me reía. No sé si le gritaba al perro o a la olla arrocera, que efectivamente me olvidé de limpiar. Me reí un rato y pensé: mejor duermo un rato más.

Nuevamente, pequeños detalles que te alegran el día. Por lo menos el mío; el de mi madre, no creo. Aunque, con la sabiduría de la vejez, se les pasa rápido.

Después de estar mucho tiempo lejos, como lo hice los años anteriores, da la ilusión de que lo que dejaste atrás desaparece, por más que el contacto se mantiene prácticamente a diario. Tu cuerpo entiende que no estás en tu hogar; por lo tanto, tu mente está algo desconcertada. Esos pequeños detalles de los que hablo —y existen millones— se van escondiendo. Cada cierto tiempo regresan los recuerdos para rescatarte. Hablaba con mi tío porque lo operaron y me dijo que todo lo que se hincha se deshincha, entre reniegos de que la vejez es una mierda y consejos sobre mi negocio. Lo bonito está en los detalles: se quedan contigo mientras pasan desapercibidos. Comer chicharrón con mi padre, reírme de mi madre renegando y admirando su capacidad de siempre moverse, mi abuela insistiéndome en que vea una película de un mono asesino; son esas cosas las que te mantienen a flote al final. “Para todo hay solución, solo no hay solución para la muerte. La vida es bella”, escuché a Cristiano Ronaldo decir en un reel antiguo mientras se reía. Suena tonto, pero es una buena forma de ver las cosas. Hace unos meses me enteré de que mi ahijada está en camino y por eso sé que la vida es bella; no solo es, sino que tiene que serlo. Y, terminando esta crónica extraña, ya encontré un tema importante para la siguiente.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Sin embargo, la historia es siempre más compleja. El liberalismo político y la socialdemocracia nacieron en momentos distintos y respondieron a problemas diferentes, pero compartieron siempre una preocupación fundamental: cómo construir sociedades en las que el poder no pueda disponer arbitrariamente de la vida de los ciudadanos. El liberalismo puso su acento en la libertad y en los límites al poder; la socialdemocracia incorporó la preocupación por las condiciones materiales que permiten que esa libertad sea algo más que una simple declaración escrita en un texto constitucional.

Este encuentro resulta especialmente importante hoy. No se trata de escoger entre libertad e igualdad, como si fueran valores enfrentados. Una persona puede ser jurídicamente libre y, sin embargo, vivir en condiciones que limiten seriamente sus oportunidades. Del mismo modo, una política destinada a reducir las desigualdades puede terminar siendo injusta si para conseguirlo sacrifica libertades fundamentales o concentra excesivamente el poder en uno de los poderes del Estado.

Además, de ambas tradiciones podemos recuperar algo valioso. El mercado puede generar riqueza, pero jamás reemplazará al Estado; el Estado puede proteger derechos y promover igualdad de oportunidades, pero no puede sustituir la iniciativa privada de las personas. Lo importante es que ambos funcionen sinérgicamente en el marco de instituciones sólidas y reglas que todos respetemos.

Esta discusión no es solo teórica, analicemos el caso peruano: durante los últimos años se ha deteriorado la confianza en las instituciones, el enfrentamiento entre poderes del Estado es permanente, los partidos se han debilitado y la representación política perdió buena parte de su capacidad para expresar preocupaciones ciudadanas. A ello se suman la inseguridad, la corrupción, la dificultad para alcanzar acuerdos y la sensación de que la ley no aplica a todos de la misma manera. El hartazgo social respecto de esta situación puede llevarnos a una conclusión dramática y profundamente equivocada: que el problema es la democracia, pero no lo es.

Por eso necesitamos volver a las ideas. Y hacerlo es aún más urgente porque la polarización mundial entre libertarios conservadores y progresistas radicales ha ido dejando poco espacio para los aportes del liberalismo y la socialdemocracia. Unos tienden a colocar la libertad individual, el mercado y los valores tradicionales como respuestas casi excluyentes; los otros suelen privilegiar el identitarismo al punto que podría colisionar con derechos fundamentales. En medio de esa disputa han quedado relegadas agendas que nunca debieron dejar de ser centrales: defender las libertades sin ser indiferentes ante la desigualdad, valorar el mercado sin olvidar la responsabilidad social y buscar mayor justicia sin sacrificar la libertad.

Por eso es necesario reinstalar los principios del liberalismo político y la socialdemocracia en el debate peruano. No se trata de importar modelos extranjeros ni repetir viejas fórmulas, sino de recuperar preguntas básicas que hemos dejado de hacernos: ¿cómo protegemos la libertad?, ¿cómo hacemos que el Estado vuelva a ser respetado sin convertirlo en una maquinaria de control?, ¿cómo reducimos desigualdades?, ¿cómo conseguimos que la ley vuelva a ser una referencia común?

La democracia no necesita que todos pensemos igual; lo que necesita es que podamos consensuar y discrepar dentro de reglas comunes que todos aceptamos. El Perú necesita reconstruir ese espacio común. La inseguridad, el desencanto con la política, la fragilidad institucional y las desigualdades alimentan la tentación de buscar soluciones rápidas y respuestas radicales. Pero una democracias no se reconstruye tomando atajos sino recuperando la confianza en las instituciones, fortaleciendo los partidos, mejorando el Estado y demostrando que la política todavía puede resolver nuestros problemas.

Tal vez recuperar las ideas también signifique recuperar la esperanza. Porque detrás de esta discusión hay una pregunta sencilla: ¿qué clase de país queremos ser? El Perú no necesita menos democracia, sino una democracia mejor: libertad protegida por instituciones, crecimiento acompañado de oportunidades, igualdad ante la ley y justicia social. El Perú necesita volver a creer que la política puede ser algo más que una lucha por el poder y convertirse en una herramienta para construir un país más libre, más justo y más solidario.

 

[INFORME] Aunque la postura oficial del PPC marca distancia con Beingolea tras su designación como ministro, la agenda del nuevo titular del Ministerio de Cultura muestra una realidad muy diferente. Candidatos y excandidatos del Partido Popular Cristiano están pasando largas horas en el despacho del reciente jale del gobierno fujimorista.

En un contexto político marcado por la polarización, encontrar puntos de coincidencia entre los seguidores y críticos de Keiko Fujimori puede parecer una misión imposible. Sin embargo, contra todo pronóstico, terminó siendo la propia lideresa de Fuerza Popular, con el aval de su premier Luis Galarreta, quien facilitó que dos facciones irreconciliables se vean hermanadas en un mismo reclamo.

La reciente designación de integrantes del primer gabinete de Fujimori Higushi logró opacar la algarabía del fujimorismo por su llegada a la presidencia. Desde los más fieles seguidores de Fuerza Popular hasta sus históricos opositores observaron con sorpresa e indignación que varios ministerios quedaron en manos de una lista de personajes que parecía ser el reciclaje de gobiernos pasados y cuotas políticas sin un mínimo de experiencia en el sector asignado.

La llegada del conductor de televisión Alberto Beingolea al Ministerio de Cultura ha sido una de estas inexplicables elecciones por parte de Fujimori y Galarreta. Su nula experiencia en el sector cultura generó un clima de absoluta incertidumbre sobre lo que se puede esperar de su gestión. Por ello, Sudaca ha podido revisar el historial de las primeras reuniones del flamante nuevo ministro para entender qué ruta podría tomar este ministerio.

EL MINISTERIO DEL PPC

Cuando se concretó la designación de Alberto Beingolea Delgado como ministro de Cultura, las miradas no tardaron en dirigirse al Partido Popular Cristiano (PPC). Como se recuerda, el periodista deportivo fue candidato a la presidencia representando a la histórica agrupación que fundó Luis Bedoya.

Ese mismo 28 de julio, las voces del PPC no tardaron en pronunciarse marcando distancia de forma tajante con el ministro Beingolea y hasta cuestionaron a  la presidenta Keiko Fujimori por entregarle un ministerio a quien fue su candidato presidencial pero hoy consideran como un “caviar” antifujimorista.

Sin embargo, como es común en la política peruana, existe una gran distancia entre los pronunciamientos y las acciones. Sudaca accedió al registro de visitas del ministro Beingolea y encontró que existe una notoria influencia de antiguos integrantes del Partido Popular Cristiano en el inicio de la nueva gestión.

Porque mientras desde el PPC hacen todos los esfuerzos posibles para evitar que se instale en la opinión pública que el Ministerio de Cultura fue entregado a este partido, una de las primeras reuniones que sostuvo el ministro Beingolea durante casi cuatro horas fue con Sofía Magali Aguayo Morales, una persona estrechamente vinculada al presente del Partido Popular Cristiano.

Como se puede observar en la siguiente imagen, Aguayo Morales fue la persona elegida por el PPC para acompañar como teniente alcalde a Eduardo De Pomar en su intento de llegar a la alcaldía de la Municipalidad Metropolitana de Lima en las elecciones que tendrán lugar durante el próximo mes de octubre.

Pero Aguayo Morales no es la única integrante de las filas del PPC que se reúne con el nuevo ministro de Cultura. También el 31 de julio, Beingolea permaneció durante largas horas en lo que se registró como una “reunión de trabajo” con Karem Teresa Craff Málaga, quien se postula como regidora de la Municipalidad de Lima con el expartido del ahora ministro.

HAY LUGAR PARA LOS EX

Pero en esta lista de personas con las que Alberto Beingolea sostiene largas reuniones de trabajo no sólo la integran actuales candidatos del PPC. Otra de las visitantes del ministro debutante es Jessica Honorio Vidal, quien fue candidata al Congreso del Partido Popular Cristiano en las elecciones que tuvieron al periodista deportivo como candidato presidencial de esta agrupación.

Entre los excandidatos del Partido Popular Cristiano también figura el nombre de Carlos Chávez Washing. En las elecciones del 2014, Chávez, quien también ha sido secretario distrital del partido, postuló a la alcaldía de San Juan de Lurigancho. Actualmente, Carlos también sostiene reuniones de trabajo con el ministro de Cultura.

La lista de los ex del Partido Popular Cristiano termina con Sergio Alejandro Alba Sotelo. Quien fue candidato al Congreso para las elecciones extraordinarias del año 2020 también fue recibido por el ministro Beingolea durante sus primeras reuniones de trabajo en el Ministerio de Cultura.

LA CUOTA DE AGRADECIMIENTO

Por supuesto, Alberto Beingolea también ha tenido tiempo de encontrarse con el núcleo duro del fujimorismo, más precisamente del albertismo. Por ello, mientras muchos ponen en duda su capacidad para liderar el sector cultura, Beingolea sostiene una “reunión de trabajo” con Luisa María Cuculiza.

Como se recuerda, Cuculiza fue ministra durante el régimen de Alberto Fujimori y, además, representó al fujimorismo en el Legislativo. Sus posturas han impactado en más de una oportunidad por sus constantes intentos de minimizar los crímenes cometidos por el padre de la actual presidenta.

 

Por estas horas, mientras un sector de la derecha acusa a Beingolea de ser un “caviar” que pondrá el Ministerio de Cultura al servicio del progresismo y los bloques de centro e izquierda cuestionan sus credenciales y una posible intervención en el Lugar de la Memoria, los primeros días de Beingolea como ministro parecen enfocarse en convertir su ministerio en un punto de encuentro de militantes del Partido Popular Cristiano.

«A los lectores: Pueden acceder al video de cada canción o artista mencionados en los artículos para verlos en YouTube»

[Música Maestro] Para quienes disfrutamos de la música agresiva desde hace cuatro décadas, un momento memorable fue ver a uno de sus máximos exponentes recibir, aunque fuera de forma caricaturesca y breve, la atención del público masivo. Ocurrió cuando el comediante Jim Carrey apareció en un episodio de The Arsenio Hall Show, imitando la voz de Mark “Barney” Greenway, vocalista de Napalm Death, haciendo caras demoníacas y agitando las manos como si estuviera ahorcando a alguien.

Aunque no lo recuerdo con exactitud, probablemente el clip –disponible ahora en YouTube– llegó a nosotros a través de alguna retransmisión de MTV, quizás como parte de las emisiones por cable del programa Headbanger’s Ball o en algún segmento de espectáculos dedicado al joven actor, famoso en nuestro medio como protagonista de La Máscara (The Mask, Chuck Russell, 1994), película que lo lanzó al megaestrellato. El segmento en que replica con alucinante precisión el ataque gutural del vocalista es, sin embargo, anterior -exactamente de junio de 1992-, durante la cuarta temporada del referido talk show, uno de los más sintonizados de la televisión norteamericana de esa década.

Napalm Death tiene un alto y muy merecido sitial en la escena subterránea mundial y su historia está enlazada a las primeras manifestaciones de este movimiento. En sus años formativos, su principal influencia fueron los demos grabados entre 1984 y 1986 por el grupo norteamericano Repulsion, fundado por el bajista y cantante Scott Carlson -quien alguna vez tocó en Death, la legendaria banda del guitarrista y cantante Chuck Schuldiner (1967-2001)-, cuyo único LP oficial Horrified (1989) es pieza de colección para conocedores de las variantes más extremas del rock duro.

Napalm Death: Pioneros del metal extremo

El nombre del grupo basta para entender que su rollo no es un juego de niños. El napalm es una de las armas mortíferas más horribles creadas por el ser humano, específicamente por Estados Unidos. Los ataques incendiarios perpetrados por las fuerzas aéreas norteamericanas durante la Segunda Guerra Mundial o en conflictos como los de Vietnam y Corea se cuentan, como las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, entre los actos más destructivos y crueles de la historia, al punto que desde 1980 su uso ha sido prohibido por una convención internacional ratificada por más de 120 países.

Como suele ocurrir en las agrupaciones de música extrema, el uso de nombres e imágenes chocantes no significa necesariamente aprobación o respaldo a esas prácticas. Es en realidad una estrategia para llamar la atención hacia sus contenidos y temáticas, sacudiendo de manera abierta y sin eufemismos al orden establecido, a lo social y políticamente correcto, a través de la confrontación con los sectores más conservadores. En el camino, esta propuesta ofrece una plataforma desregulada para aquellas comunidades marginales que encuentran, en su actitud violenta y de rechazo al sistema, un espacio común para expresar sus ideas y emociones.

En el caso de Napalm Death, su incursión en la escena subterránea se ubica dentro de uno de los movimientos con menor potencial comercial dentro del espectro subterráneo. Ell “anarcopunk” comenzó a asomar la cabeza a mediados de los años ochenta en Inglaterra, con grupos como Ripcord, Chaos UK o Discharge, inspirados tanto en la estética DIY (Do It Yourself) como en las luchas ideológicas contra el fascismo institucionalizado, sobre la base del pensamiento radical de, entre otros, el español Buenaventura Durruti (1896-1936) -su apellido inspiró a un importante colectivo post-punk, The Durutti Column, activo desde 1978- quien acuñara la conocida frase “al fascismo no se le discute, se le destruye”.

Desde su disco debut, publicado hace exactamente cuarenta años, Napalm Death se convirtió en uno de los conjuntos más respetados e influyentes en su campo de acción, con una trayectoria prolífica y sostenida a pesar de los riesgos de mantenerse fiel a una forma musical con pocas posibilidades de hacerse masiva por sus características, tanto de forma como de fondo y, paradójicamente, fue construyendo una base muy grande de seguidores que hoy se extiende alrededor del mundo.

A diferencia de muchos de sus pares, el cuarteto ha atravesado todos estos años sin perder el paso y posee, junto con sus compatriotas Carcass y sus colegas norteamericanos Cannibal Corpse, una de las discografías más amplias en el universo del metal extremo.

Los orígenes del grindcore

El heavy metal en sus vertientes más agresivas debe ser uno de los subgéneros asociados al rock que ha tenido, a su vez, más divisiones, membretes y categorías. Aunque para los oídos convencionales sea virtualmente imposible encontrar diferencias entre unas y otras, los expertos sí son capaces de identificar esas sutilezas en medio del caos sonoro, usando variables como el contenido de las letras -muchas veces frases cortas o incluso solo palabras gritadas en tonos ininteligibles-, el uso de la voz -gutural, distorsionada, chirriante-, la duración de las canciones, los modos de producción, el país de procedencia, etc.

En ese sentido, el grindcore es uno de esos rótulos que poseen sentido para críticos y fans pero que, generalmente, son rechazados incluso por los músicos a quienes poco o nada les importa ser considerados tal o cual cosa. Los también ingleses Extreme Noise Terror, por ejemplo, suelen ser catalogados como “crustpunk” o “britcore” pero sus integrantes aseguran ser simple y llanamente death metal. Por cierto, Greenway pasó un breve tiempo entre 1996 y 1997 con los ENT, unos cuantos meses que pasó separado de Napalm Death cuando sus managers intentaron hacerlos entrar a un sello transnacional.

El término “grindcore” habría sido inventado por uno de los primeros bateristas de Napalm Death, Mick Harris, quien decidió unir el vocablo “grind”, que en su primera acepción significa “moler” y, en segunda, “rechinar”, el único verbo que se le ocurrió tras escuchar Filth (1983), el primer LP de Swans, el rarísimo combo experimental del multi-instrumentista neoyorquino Michael Gira -que no tiene nada que ver con el heavy metal-, con la partícula “core” que forma parte del “hardcore”, otra subcategoría del punk ubicada varios niveles de intensidad arriba respecto de la propuesta original de pioneros del género como Sex Pistols, The Jam o The Clash.

De hecho, los dos primeros álbumes de Napalm Death, Scum (1987) y From enslavement to obliteration (1988) son considerados “los primeros” discos de grindcore, una aseveración discutible pero aceptada en términos genéricos por el impacto que tuvieron en la escena subterránea anglosajona.

Los cambios en Napalm Death

Aunque el grupo nació en Birmingham -como Black Sabbath, como Duran Duran- hoy no podemos decir que Napalm Death es una banda 100% inglesa. De hecho, tres integrantes de la formación actual, el guitarrista John Cooke, el bajista Matt Sheridan y el baterista Danny Herrera, son norteamericanos. Por su parte, el cantante Mark Greenway, en el micrófono desde 1989, es el único británico que queda, pero su característico acento solo se nota cuando conversa con el público entre canción y canción.

El vocalista de sus primeros dos álbumes, Lee Dorrian, se fue en 1989 para formar Cathedral, reconocidos en la comunidad metalera por sus canciones largas y pesadas, mientras que el guitarrista en esos discos, Bill Steer salió ese mismo año y fundó Carcass, emblemático grupo de death metal. Steer fue reemplazado por dos guitarristas estadounidenses, Jesse Pintado y Mitch Harris. Pintado, de ascendencia mexicana, falleció tempranamente a los 37 años en un accidente, estando de gira. Por su parte Harris salió en el 2020 y viene siendo cubierto desde entonces por John Cooke, integrante de Venomous Concept.

Danny Herrera, uno de los más reconocidos ejecutantes de la batería de golpes explosivos -hasta dieciséis tarolazos cada tres segundos-, entró en 1991 en reemplazo de Mick Harris quien salió para hacer música experimental junto a John Zorn (saxo) y Bill Laswell (bajo) en el trío de metal vanguardista Painkiller, con quienes ha lanzado interesantes y poco convencionales grabaciones desde 1991.

Shane Embury, la columna vertebral

Shane Embury, legendario bajista del grupo desde 1987, uno de sus principales compositores y voceros, tuvo que alejarse recientemente debido a diversos problemas de salud, ocasionados por décadas de excesivo consumo de alcohol. En el 2023 publicó su autobiografía, Life? And Napalm Death y, hace pocos meses, su primer álbum como solista, Bridge to resolution, en un registro mucho más accesible, cercano al post-punk y el rock gótico de Joy Division, Killing Joke o The Cure, una verdadera sorpresa para sus seguidores.

Además, Embury fue parte de los inicios de Brujeria, una de las entidades metálicas más confrontacionales de ese tiempo por su agresividad e imaginería cargada de escenas grotescas, no aptas para todo público. Con ellos estuvo desde 1993, usando el apelativo de “Hongo”, tocando bajo y guitarra en casi todos sus álbumes. Adicionalmente, fundó en el 2004 el supergrupo Venomous Concept, proyecto paralelo con Herrera y Cooke, sus compañeros en Napalm Death, y miembros de Nuclear Assault, Brutal Truth y The Melvins, con quienes lleva editados cinco discos.

Shane Embury no logró ponerse a tono físicamente para la actuación en el concierto de los Tiny Desk, pero su lugar fue correctamente ocupado por Matt Sheridan, quien venía trabajando desde hace algún tiempo como técnico de guitarras y bajos para el grupo.

Una discografía fuerte y directa

Entre 1987 y 2012, Napalm Death ha grabado y lanzado al mercado un total de 18 discos en estudio -dos de los cuales, Leaders not followers volúmenes 1 y 2, incluyen covers de referentes como Agnostic Front, Sepultura, Hirax, Siege, entre otros-, una decena de EP, además del álbum en vivo Live corruption (1991, CD y DVD) y varias recopilaciones, de las cuales la mejor para iniciarse en este torbellino de guturalidad y críticas al sistema sociopolítico es el doble Noise for music’s sake (2003) que selecciona los mejores momentos de sus grabaciones para el sello independiente británico Earache Records, su casa discográfica hasta 1998.

Aunque se les identifica con el grindcore, el sonido de Napalm Death ha transitado también por otros estilos, desde el death metal de discos como Harmony corruption (1990) o Diatribes (1996) hasta el groove metal al estilo Pantera o Meshuggah de los álbumes Words from the exit wound (1998) o Enemy of the music business (2000). Sin embargo, la mayor parte de su producción musical suele enmarcarse en el “death/grind”, un supuesto híbrido. Sus primeras producciones se caracterizaban por la urgencia y brevedad, con canciones que no superaban el minuto y medio -a veces solo algunos segundos-, pero posteriormente comenzaron a escribir temas con duraciones y estructuras más normales.

El común denominador de sus canciones es la potencia de su sonido y el contraste del grueso tono tenebroso y gutural de Greenway con los ocasionales gritos agudos del guitarrista. Y, por supuesto, sus mensajes que van más allá de la metáfora sarcástica. Toda la angustia y la presión de ver lo mal que funciona el mundo alimenta al metal extremo y, en el caso de Napalm Death, para atacar directamente a los enemigos de la humanidad: las mentiras de los políticos, las ambiciones desmedidas de públicos y privados, el capitalismo, la destrucción del medioambiente y la vida animal. Una agenda vigente.

¿Y cómo llegaron a los Tiny Desk Concerts?

La histórica tocada se lanzó el 15 de julio de este año, en el canal de YouTube oficial de la misma librería por la que han pasado desde iconos del rock como U2 o los Doobie Brothers hasta desechables artistas de moda como Bad Bunny o Karol G. En palabras del productor de la NPR Music Lars Gotrich, Napalm Death destrozó las alfombras de las tranquilas oficinas “donde el personal redacta y edita sus artículos”. Al momento de escribir esto, el video de casi veinte minutos sobrepasa el millón de visualizaciones (si quieres verlo, haz click aquí).

Al parecer, Gotrich es un insospechado fanático del metal extremo y fue por él que los padres del grindcore se convirtieron en la primera banda de este subgénero catártico y liberado en pisar el icónico estudio, rodeados de libros, coloridos tomatodo, juguetes y accesorios de aséptica cultura pop. “Estamos aquí para apoyar a la libre transmisión de contenidos” dijo Greenway en una de sus intervenciones, cortés y calmado, añadiendo que viene siendo atacada en varias ciudades del mundo.

Los señores tocaron ocho canciones, entre ellas You suffer (Scum, 1987), una explosión que no llega a los dos segundos, considerada “la más corta de la historia”, con la que cerraron el mini concierto. Los rugidos iniciales de Instinct of survival, también del álbum debut, y de Strong-arm (Time waits for no slave, 2009) fueron suficientes para que los oídos de los “no iniciados” como dijo el cantante fueran adaptándose. Se sintió la ausencia de algunos clásicos como los covers de Dead Kennedys y Sonic Youth, Nazi punks fuck off (Leaders not followers, 1999) y White kross (Throes of joy in the jaws of defeatism, 2020), respectivamente. O temas propios como Mentally murdered y el instrumental Circumspect (Utilitarian, 2012).

Un concierto intenso

Everyday pox (Utilitarian, 2012) y Amoral (Throes of joy in the jaws of defeatism, 2020) mostraron las facetas más experimentales del grupo, sobre todo en la segunda que toma influencias del post-punk, sin abandonar el sonido metálico y su particular ataque vocal. Otro tema de microscópico tiempo, Dead (EP The curse, 1988), sirvió de bisagra para una descarga de gritos a capella antes de lanzar Scum, tema-título del disco debut que armó un pogo “caótico pero repetuoso”, como dice el representante de la NPR en la descripción del video.

Una de las cosas más llamativas de la participación de Napalm Death en los Tiny Desk Concerts es ver cómo se adaptaron cómodamente a un formato tan distinto, un espacio sumamente reducido, limpio y muy bien iluminado, haciendo conexión visual cercana con el público, a diferencia de los grandes festivales en que el nexo emocional lo permiten el sonido y la distancia. Después de todo, en sus inicios, los conciertos también eran ante un máximo de treinta personas en ambientes precarios y sin cámaras de alta resolución.

Seguramente, la popularidad del grupo experimentará un alza considerable tras esta actuación, gracias a la capacidad multiplicadora de las redes sociales y la viralización. Eso que, por un lado, es positivo para ellos dados los cambios en la industria musical -los artistas ya no viven de la venta de discos y la asistencia a festivales de géneros no comerciales es cada vez menor- también tiene el riesgo de convertir su cruzada agresiva en inofensivos bytes de TikTok, disponibles para consumos indiscriminados y usos diversos que desnaturalicen su intención original. Napalm Death ha visitado nuestro país en seis ocasiones, la primera en el 2005 y la última el 2024 como parte de su gira mundial Campaign For Musical Destruction.

[OPINIÓN] Aun cuando supiéramos que la política, en los últimos cuarenta años, no ha dejado de dar asco, y pensando especialmente en los procesos de 2001, 2011, 2016 y 2021 en que ganó siempre un “mal menor” por el que terminamos votando sin dudarlo ni un segundo, de todas formas daba gusto seguir las transmisiones de los dos feriados, ya sea como simple espectador -sentado frente al televisor, renegando- o como periodista interesado en la noticia y cobertura -los nombres, las presencias/ausencias, los análisis, los protocolos, los gestos, los detalles curiosos-, porque siempre había algo positivo: la posibilidad de reírnos con las paparruchadas de los conductores de televisión, el ejercicio retórico ante el discurso, la emoción de ver a las brigadas caninas, los desfiles militares y escolares, la algarabía de las personas de a pie en tribunas vitoreando a sus hijas, sus hermanos, sus parejas, mientras marchaban.

Todo eso ha desaparecido este 2026. Mejor dicho, han desaparecido las ganas de ver todo eso. Ni siquiera este brillante y extraño sol de julio, preámbulo de lo que será un terrible fenómeno climático, capaz de hacernos olvidar que julio solía ser uno de los meses más fríos en Lima, sirvió para que tanto la Misa Te Deum y el Mensaje a la Nación del 28 como el Desfile Militar del 29 generaran esa sensación de patriotismo epidérmico -casi como el que generan los partidos de la selección- que iba más allá de las coyunturas, siempre atragantadas de sucia politiquería. Porque al final de cuentas las festividades nacionales trascienden o deberían trascender a la viruta encanallada de quienes año tras año utilizan el poder para satisfacer sus propias ambiciones y oscuros deseos de venganza. Esta vez no fue así.

En casa tenemos un juego, “El Juego de las Canciones” se llama. Nos juntamos frente al televisor conectado a internet y pedimos cada uno al YouTube una canción, de la época y estilo que uno quiera. Aunque el tema generalmente es libre, tratamos de ser considerados con los gustos más o menos estándar y los niveles de tolerancia de los participantes, no solo al tipo de música sino a la duración de las canciones, algo así como lo que en la política y la práctica mediática se suele denominar “autocensura” o, para no irnos tan allá, autocontrol.

Es decir, si alguien escoge una de José Luis Perales o de Journey, y luego los otros siguen la línea pidiendo Men At Work, Camilo Sesto o los Bee Gees, en mi turno no voy a lanzar una de Morbid Angel, el Genesis setentero o Keith Jarrett. O sea, no está prohibido, pero es allí donde se activa el mencionado autocontrol. Porque finalmente se trata de pasarla bien y no incomodar a nadie, aunque de vez en cuando nos permitamos ligeras digresiones para matizar. Es como un karaoke pero no para cantar -aunque siempre son bienvenidos unos buenos gritos para acompañar tu elección-, sino para escuchar. Y, como la fuente es YouTube, mayormente se trata de escuchar pero también de ver, activando motores nostálgicos de poderoso potencial divertido y motivador a través de videoclips que ya nadie programa en ninguna parte.

Si reúnes a cuatro o cinco personas con amplia cultura musical y obsesionadas con ello, las posibilidades son ilimitadas y muy entretenidas. Generalmente, jugamos mis hermanos, mi esposa y yo -mi papá también participó alguna vez, introduciendo entrañables boleros de Rolando La Serie o valsecitos de la Guardia Vieja en medio del rock, la salsa y las baladas- y literalmente, podemos pasar horas jugando. Las nostalgias, los estados de ánimo, la vocación por compartir con tus seres queridos algo que te gusta mucho y que no conocen tanto o rescatar del pasado videos que no veíamos hace tiempo, nos integra y libera.

No recuerdo quién de nosotros llegó a casa con la idea del juego, pero ya llevamos más de diez años haciéndolo -en reuniones de fines de semana o feriados largos- y no nos aburrimos nunca. El 28 de julio, en lugar de pasar Fiestas Patrias sintonizando el Te Deum o las palabras huecas del Mensaje a la Nación, tuvimos una nueva jornada de este pasatiempo que nos permitió evitar esas transmisiones en directo que, seguramente, deben haber estado insufribles.

Por supuesto que la lamentable agenda política marcó nuestras decisiones al momento de pedirle canciones al YouTube aquel mediodía del martes 28. Por ahí sonó Am I evil?, clásico del metal británico que grabara Metallica en su primera época, con video armado por un cibernauta mostrando escenas de viejas películas donde aparecen brujas siendo quemadas -cada quien puede pensar en su candidata favorita-, Silvio Rodríguez y sus temas de rabia y esperanza, Los dinosaurios de Charly García, La peste de Narcosis, Parlamanías de Los Troveros Criollos. Pero uno de los momentos más bacanes de esa tarde de escapismo musical fue cuando uno de nosotros solicitó El baile de los que sobran, éxito principal de Pateando piedras (1986), el segundo álbum del trío chileno Los Prisioneros.

Es una canción lanzada hace exactamente cuarenta años que cuyo sonido y letra no solo nos remite a nuestra adolescencia, una época difícil pero a la vez marcada por el pueril idealismo de creer que quejándonos las cosas podrían mejorar, sino que sirve también como constatación de que seguimos tristemente igual, “en las mismas”, como agregó Jorge González en la versión en vivo incluida en el álbum doble y DVD que registró el multitudinario concierto ofrecido por su banda el 2001 en el Estadio Nacional de Santiago. Pero con el agravante de que, a las edades actuales, pensar que todo puede cambiar ya no es de inocentes sino de tontos útiles.

En casa no escuchamos en directo el Mensaje a la Nación del 28, no vimos el Desfile y Parada Militar el 29. Fuimos, probablemente, una rara avis en esta sociedad que se ha olvidado de cómo funciona la subcultura del boicot, por el marasmo y la inercia de lo que se tiene que hacer en determinadas ocasiones. Y la verdad, se sintió raro. Fue como pasar los feriados de Semana Santa sin ver Los Diez Mandamientos ni Ben Hur. Se sintió raro y también sano, como cuando uno sale del dentista tras una profilaxis, como cuando uno apaga el ruido tóxico de la ciudad para respirar aire fresco y no escuchar necedades. Como entrar a una iglesia o un museo y dejar que el silencio te tranquilice, aunque sea por un instante.

Después nos enteraríamos por redes de lo principal -titulares, fotos, resúmenes, bytes-, pero decidimos no participar ni darles rating a los canales de televisión y sus odiosas cuñas para anunciar por enésima vez la pantomima de “la fiesta democrática”. Por cuestiones estrictamente laborales, tengo la desagradable obligación de informarme y consumir noticias pero, en lo personal, preferí por dos días no ver aquello que, como ciudadano y como periodista, siempre he visto/escuchado con interés y hasta con delectación: los detalles noticiosos, los nombres, las curiosidades, criticar a los comentaristas, analizar las mentiras, las alianzas, las traiciones. Este año no fue así y se sintió bien.

El baile de los que sobran -los ladridos sintetizados, la guitarra acústica de fondo, los teclados electropop, las frases agudas y vigentes-, himno generacional para quienes crecimos a mediados de los ochenta, retrata la amarga resignación frente a las aplastantes injusticias de siempre y convoca a la protección comunitaria, a la organización para resistir y para protegerse de la discriminación, del abuso. Y también, cómo no, para consolarse mutuamente entre iguales. ¿Cuántos jóvenes de hoy, hipnotizados por la IA, las redes sociales y esos nuevos “cuentos sobre el futuro” engrosarán ese baile en los próximos cinco años en el Perú?

 

 

 

 

[Migrante al paso]  Hoy estaba hablando con mi gran amigo, vive en Londres, y está de vacaciones en un balneario de Portugal. Me dijo para prender la cámara y me enseñó cómo un joven de negro tocaba un violín eléctrico al centro de una plaza redonda, tanto la música como el piso empedrado me dieron nostalgia. Los violines siempre me llamaron la atención, el sonido de esas cuerdas parece cortar el tiempo y aliviana el peso que todos llevamos encima. Se siente como una pluma que cae lentamente, casi flotando, para reposar sobre un pequeño lago o riachuelo. No soy creyente de ninguna religión, pero si algo me hace sentir cercano a un plano celestial es ese sonido. Va más allá de la melodía. Se siente mágico como si pudiera invocar tormentas o despejar el cielo de toda interferencia.

Cuando vivía en Buenos Aires, caminando por las calles porteñas me crucé una tienda antigua. Se veían instrumentos de madera por la ventana. Crucé una puerta pequeña y me encontré a un señor, era flaco, canoso y muy delgado. Me recibió con una sonrisa, pero su mente estaba en otro lado. Estaba enfocado en otra cosa, estaba fabricando un violín a mano. De puro impulso gasté plata que no tenía en comprarme uno. Hay mucha variedad en los precios, mientras más antiguos según la calidad de fabricación y la madera el sonido mejora. Yo me compré uno nuevo, pero aun así era caro. Tuve un par de clases y quedó ahí, de hecho, no lo traje conmigo cuando regresé a Lima. Una maldición que me persiguió durante toda mi vida que es no terminar lo que comienzo.

Es muy común ver a gente cantando o tocando algún instrumento en la calle cuando estás viajando, en plazas y parques. Hay de todo, puedes encontrar una voz angelical o una flauta que suena espantoso, pero cualquiera de los dos casos te alegra el día. Ya sea por asombro o risas. Igual me parece respetable poder salir y exponerte a tocar música en la calle, cualquiera no lo hace así nomás. En fin, algo me dice que esos momentos de turismo relajado y libre está llegando a su fin. Si tuviera que predecir el futuro, los países van a abordar políticas proteccionistas y cada vez será más difícil y más caro acceder a ellos. Todo por miedo y odio, la misma historia de siempre.

A no muchos kilómetros de donde estaba mi amigo, unos días después ocurrió un desastre migratorio en Ceuta. Una ciudad española separada de la península ibérica por el estrecho de Gibraltar, o sea está en el continente africano, frontera con Marruecos. Entraron por mar aproximadamente 60 mil personas que intentaban escapar de las malas condiciones de vida que tienen. Evito usar la palabra migrante a propósito porque los deshumaniza. Hay niños dentro de esas decenas de miles también. Al igual que en Estados Unidos un grupo comenzó a llamar a personas “alien”. Parece sacado de una película sobre la Segunda Guerra Mundial. Vale recalcar que hay otro gran grupo que se está oponiendo fuertemente a las medidas antiinmigratorias que se han dado en el último año en ese país.

En Europa, lo ocurrido en Ceuta, ha tenido reacciones distintas, pero algunos países como Italia y Francia han reforzado sus fronteras e incluso han solicitado limitar los movimientos de España. Esas reacciones de odio hacia quienes inmigran suceden en todos lados, lo he visto en Londres hacia personas de India y, sin ir muy lejos, en nuestro país he escuchado demasiadas veces cómo le echan la culpa de casi todo a las personas venezolanas. Se repite en todos lados y en muchos momentos de la historia. Casi siempre momentos recordados como oscuros.

De repente se dejarán de escuchar violines, cantos y sonidos desafinados por las plazas y parques. De repente los viajes que poco a poco se fueron volviendo más accesibles regresarán a ser algo casi imposible de hacer. Espero que no. Está comprobado que el desarrollo de la humanidad ha ido de la mano con movimientos migratorios masivos. Entiendo que los controles y fronteras son necesarios, pero el repudio hacia alguien diferente solo por huir de condiciones de vida de las que cualquiera escaparía no tiene otro nombre más que odio y miedo. Si ocurre un caso extremo pedir algo como entrar y comprarme un violín en una tienda extranjera pasaría a ser un sueño. La sociedad mundial está comenzando a padecer los mismos síntomas que tenía en momentos como la Europa postguerra o el apartheid en Sudáfrica. Me temo que detrás de ese pensamiento masivo de odio y miedo se esconde algo mucho peor. Como les pregunté hace unos meses con unos amigos, con este pensamiento, mientras caminábamos por Rotterdam: ¿Les da miedo que Europa deje de ser lo que era o, simplemente, les molesta que dejara de ser blanca?

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