[OPINIÓN] Aun cuando supiéramos que la política, en los últimos cuarenta años, no ha dejado de dar asco, y pensando especialmente en los procesos de 2001, 2011, 2016 y 2021 en que ganó siempre un “mal menor” por el que terminamos votando sin dudarlo ni un segundo, de todas formas daba gusto seguir las transmisiones de los dos feriados, ya sea como simple espectador -sentado frente al televisor, renegando- o como periodista interesado en la noticia y cobertura -los nombres, las presencias/ausencias, los análisis, los protocolos, los gestos, los detalles curiosos-, porque siempre había algo positivo: la posibilidad de reírnos con las paparruchadas de los conductores de televisión, el ejercicio retórico ante el discurso, la emoción de ver a las brigadas caninas, los desfiles militares y escolares, la algarabía de las personas de a pie en tribunas vitoreando a sus hijas, sus hermanos, sus parejas, mientras marchaban.

Todo eso ha desaparecido este 2026. Mejor dicho, han desaparecido las ganas de ver todo eso. Ni siquiera este brillante y extraño sol de julio, preámbulo de lo que será un terrible fenómeno climático, capaz de hacernos olvidar que julio solía ser uno de los meses más fríos en Lima, sirvió para que tanto la Misa Te Deum y el Mensaje a la Nación del 28 como el Desfile Militar del 29 generaran esa sensación de patriotismo epidérmico -casi como el que generan los partidos de la selección- que iba más allá de las coyunturas, siempre atragantadas de sucia politiquería. Porque al final de cuentas las festividades nacionales trascienden o deberían trascender a la viruta encanallada de quienes año tras año utilizan el poder para satisfacer sus propias ambiciones y oscuros deseos de venganza. Esta vez no fue así.

En casa tenemos un juego, “El Juego de las Canciones” se llama. Nos juntamos frente al televisor conectado a internet y pedimos cada uno al YouTube una canción, de la época y estilo que uno quiera. Aunque el tema generalmente es libre, tratamos de ser considerados con los gustos más o menos estándar y los niveles de tolerancia de los participantes, no solo al tipo de música sino a la duración de las canciones, algo así como lo que en la política y la práctica mediática se suele denominar “autocensura” o, para no irnos tan allá, autocontrol.

Es decir, si alguien escoge una de José Luis Perales o de Journey, y luego los otros siguen la línea pidiendo Men At Work, Camilo Sesto o los Bee Gees, en mi turno no voy a lanzar una de Morbid Angel, el Genesis setentero o Keith Jarrett. O sea, no está prohibido, pero es allí donde se activa el mencionado autocontrol. Porque finalmente se trata de pasarla bien y no incomodar a nadie, aunque de vez en cuando nos permitamos ligeras digresiones para matizar. Es como un karaoke pero no para cantar -aunque siempre son bienvenidos unos buenos gritos para acompañar tu elección-, sino para escuchar. Y, como la fuente es YouTube, mayormente se trata de escuchar pero también de ver, activando motores nostálgicos de poderoso potencial divertido y motivador a través de videoclips que ya nadie programa en ninguna parte.

Si reúnes a cuatro o cinco personas con amplia cultura musical y obsesionadas con ello, las posibilidades son ilimitadas y muy entretenidas. Generalmente, jugamos mis hermanos, mi esposa y yo -mi papá también participó alguna vez, introduciendo entrañables boleros de Rolando La Serie o valsecitos de la Guardia Vieja en medio del rock, la salsa y las baladas- y literalmente, podemos pasar horas jugando. Las nostalgias, los estados de ánimo, la vocación por compartir con tus seres queridos algo que te gusta mucho y que no conocen tanto o rescatar del pasado videos que no veíamos hace tiempo, nos integra y libera.

No recuerdo quién de nosotros llegó a casa con la idea del juego, pero ya llevamos más de diez años haciéndolo -en reuniones de fines de semana o feriados largos- y no nos aburrimos nunca. El 28 de julio, en lugar de pasar Fiestas Patrias sintonizando el Te Deum o las palabras huecas del Mensaje a la Nación, tuvimos una nueva jornada de este pasatiempo que nos permitió evitar esas transmisiones en directo que, seguramente, deben haber estado insufribles.

Por supuesto que la lamentable agenda política marcó nuestras decisiones al momento de pedirle canciones al YouTube aquel mediodía del martes 28. Por ahí sonó Am I evil?, clásico del metal británico que grabara Metallica en su primera época, con video armado por un cibernauta mostrando escenas de viejas películas donde aparecen brujas siendo quemadas -cada quien puede pensar en su candidata favorita-, Silvio Rodríguez y sus temas de rabia y esperanza, Los dinosaurios de Charly García, La peste de Narcosis, Parlamanías de Los Troveros Criollos. Pero uno de los momentos más bacanes de esa tarde de escapismo musical fue cuando uno de nosotros solicitó El baile de los que sobran, éxito principal de Pateando piedras (1986), el segundo álbum del trío chileno Los Prisioneros.

Es una canción lanzada hace exactamente cuarenta años que cuyo sonido y letra no solo nos remite a nuestra adolescencia, una época difícil pero a la vez marcada por el pueril idealismo de creer que quejándonos las cosas podrían mejorar, sino que sirve también como constatación de que seguimos tristemente igual, “en las mismas”, como agregó Jorge González en la versión en vivo incluida en el álbum doble y DVD que registró el multitudinario concierto ofrecido por su banda el 2001 en el Estadio Nacional de Santiago. Pero con el agravante de que, a las edades actuales, pensar que todo puede cambiar ya no es de inocentes sino de tontos útiles.

En casa no escuchamos en directo el Mensaje a la Nación del 28, no vimos el Desfile y Parada Militar el 29. Fuimos, probablemente, una rara avis en esta sociedad que se ha olvidado de cómo funciona la subcultura del boicot, por el marasmo y la inercia de lo que se tiene que hacer en determinadas ocasiones. Y la verdad, se sintió raro. Fue como pasar los feriados de Semana Santa sin ver Los Diez Mandamientos ni Ben Hur. Se sintió raro y también sano, como cuando uno sale del dentista tras una profilaxis, como cuando uno apaga el ruido tóxico de la ciudad para respirar aire fresco y no escuchar necedades. Como entrar a una iglesia o un museo y dejar que el silencio te tranquilice, aunque sea por un instante.

Después nos enteraríamos por redes de lo principal -titulares, fotos, resúmenes, bytes-, pero decidimos no participar ni darles rating a los canales de televisión y sus odiosas cuñas para anunciar por enésima vez la pantomima de “la fiesta democrática”. Por cuestiones estrictamente laborales, tengo la desagradable obligación de informarme y consumir noticias pero, en lo personal, preferí por dos días no ver aquello que, como ciudadano y como periodista, siempre he visto/escuchado con interés y hasta con delectación: los detalles noticiosos, los nombres, las curiosidades, criticar a los comentaristas, analizar las mentiras, las alianzas, las traiciones. Este año no fue así y se sintió bien.

El baile de los que sobran -los ladridos sintetizados, la guitarra acústica de fondo, los teclados electropop, las frases agudas y vigentes-, himno generacional para quienes crecimos a mediados de los ochenta, retrata la amarga resignación frente a las aplastantes injusticias de siempre y convoca a la protección comunitaria, a la organización para resistir y para protegerse de la discriminación, del abuso. Y también, cómo no, para consolarse mutuamente entre iguales. ¿Cuántos jóvenes de hoy, hipnotizados por la IA, las redes sociales y esos nuevos “cuentos sobre el futuro” engrosarán ese baile en los próximos cinco años en el Perú?

 

 

 

 

[Migrante al paso]  Hoy estaba hablando con mi gran amigo, vive en Londres, y está de vacaciones en un balneario de Portugal. Me dijo para prender la cámara y me enseñó cómo un joven de negro tocaba un violín eléctrico al centro de una plaza redonda, tanto la música como el piso empedrado me dieron nostalgia. Los violines siempre me llamaron la atención, el sonido de esas cuerdas parece cortar el tiempo y aliviana el peso que todos llevamos encima. Se siente como una pluma que cae lentamente, casi flotando, para reposar sobre un pequeño lago o riachuelo. No soy creyente de ninguna religión, pero si algo me hace sentir cercano a un plano celestial es ese sonido. Va más allá de la melodía. Se siente mágico como si pudiera invocar tormentas o despejar el cielo de toda interferencia.

Cuando vivía en Buenos Aires, caminando por las calles porteñas me crucé una tienda antigua. Se veían instrumentos de madera por la ventana. Crucé una puerta pequeña y me encontré a un señor, era flaco, canoso y muy delgado. Me recibió con una sonrisa, pero su mente estaba en otro lado. Estaba enfocado en otra cosa, estaba fabricando un violín a mano. De puro impulso gasté plata que no tenía en comprarme uno. Hay mucha variedad en los precios, mientras más antiguos según la calidad de fabricación y la madera el sonido mejora. Yo me compré uno nuevo, pero aun así era caro. Tuve un par de clases y quedó ahí, de hecho, no lo traje conmigo cuando regresé a Lima. Una maldición que me persiguió durante toda mi vida que es no terminar lo que comienzo.

Es muy común ver a gente cantando o tocando algún instrumento en la calle cuando estás viajando, en plazas y parques. Hay de todo, puedes encontrar una voz angelical o una flauta que suena espantoso, pero cualquiera de los dos casos te alegra el día. Ya sea por asombro o risas. Igual me parece respetable poder salir y exponerte a tocar música en la calle, cualquiera no lo hace así nomás. En fin, algo me dice que esos momentos de turismo relajado y libre está llegando a su fin. Si tuviera que predecir el futuro, los países van a abordar políticas proteccionistas y cada vez será más difícil y más caro acceder a ellos. Todo por miedo y odio, la misma historia de siempre.

A no muchos kilómetros de donde estaba mi amigo, unos días después ocurrió un desastre migratorio en Ceuta. Una ciudad española separada de la península ibérica por el estrecho de Gibraltar, o sea está en el continente africano, frontera con Marruecos. Entraron por mar aproximadamente 60 mil personas que intentaban escapar de las malas condiciones de vida que tienen. Evito usar la palabra migrante a propósito porque los deshumaniza. Hay niños dentro de esas decenas de miles también. Al igual que en Estados Unidos un grupo comenzó a llamar a personas “alien”. Parece sacado de una película sobre la Segunda Guerra Mundial. Vale recalcar que hay otro gran grupo que se está oponiendo fuertemente a las medidas antiinmigratorias que se han dado en el último año en ese país.

En Europa, lo ocurrido en Ceuta, ha tenido reacciones distintas, pero algunos países como Italia y Francia han reforzado sus fronteras e incluso han solicitado limitar los movimientos de España. Esas reacciones de odio hacia quienes inmigran suceden en todos lados, lo he visto en Londres hacia personas de India y, sin ir muy lejos, en nuestro país he escuchado demasiadas veces cómo le echan la culpa de casi todo a las personas venezolanas. Se repite en todos lados y en muchos momentos de la historia. Casi siempre momentos recordados como oscuros.

De repente se dejarán de escuchar violines, cantos y sonidos desafinados por las plazas y parques. De repente los viajes que poco a poco se fueron volviendo más accesibles regresarán a ser algo casi imposible de hacer. Espero que no. Está comprobado que el desarrollo de la humanidad ha ido de la mano con movimientos migratorios masivos. Entiendo que los controles y fronteras son necesarios, pero el repudio hacia alguien diferente solo por huir de condiciones de vida de las que cualquiera escaparía no tiene otro nombre más que odio y miedo. Si ocurre un caso extremo pedir algo como entrar y comprarme un violín en una tienda extranjera pasaría a ser un sueño. La sociedad mundial está comenzando a padecer los mismos síntomas que tenía en momentos como la Europa postguerra o el apartheid en Sudáfrica. Me temo que detrás de ese pensamiento masivo de odio y miedo se esconde algo mucho peor. Como les pregunté hace unos meses con unos amigos, con este pensamiento, mientras caminábamos por Rotterdam: ¿Les da miedo que Europa deje de ser lo que era o, simplemente, les molesta que dejara de ser blanca?

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