[OPINIÓN] En el incierto panorama electoral rumbo a abril de 2026, hay una figura que se despega del resto. No por romanticismo ni por construcción mediática, sino por acumulación de hechos. Se llama Keiko Fujimori.

Tres elecciones perdidas. Cárcel. Persecución sistemática. Linchamiento mediático permanente. Un matrimonio donde ella fue víctima estóica  de un evidente y despreciable personaje que terminó mal. Sufrió del rechazo en automático de una  generación formada más por consignas que por análisis. Si después de todo eso alguien sigue viva y compitiendo, hay que preguntarse: ¿qué la sostiene? No es terquedad. Es estructura.

Con la muerte de Alberto Fujimori se cerró un ciclo. El anti fujimorismo profesional perdió a su tótem y hoy se queda sin libreto. Keiko, en cambio, aparece distinta: más serena, más centrada, más cuidada. Alguien la debe estar queriendo bien. Y cuando una persona es querida de verdad, se nota. Así funciona la química humana.

Miremos alrededor. El centro y la derecha ofrecen un catálogo preocupante: improvisados, ególatras, psicópatas funcionales, corruptos reincidentes y confundidos entre el mesianismo y un pseudo liderazgo con graciosas ofertas que van desde “no cobraré un sueldo”  hasta “refundaré el Perú desde el Titicaca.”

La izquierda llega peligrosa pero arrastra el desprestigio de los últimos cinco años, producto del desastre que ellos mismos incubaron en 2021. El país ya pagó esa factura y creo no tiene ganas de repetirla.

A esto se suma el cansancio general desde el 2011, frente a la manipulación política del sistema fiscal, judicial y policial. El hartazgo es transversal. Y en ese contexto, la “China” se coloca al centro del tablero.

Y hay un dato adicional que muchos prefieren ignorar: organización. Keiko tiene partido, cuadros, presencia nacional y disciplina electoral. Algo que no tiene nadie más. Ni siquiera el histórico APRA, hoy atrapado en disputas internas tan previsibles como estériles.

El escenario es claro. El Perú no elegirá en 2026 desde el miedo ni desde la rabia. Elegirá con la esperanza de cerrar una etapa de caos, improvisación y desgaste permanente. Y la opción más estructurada está ahí, visible y probada en la adversidad.

Si eso ocurre como cre, el país tendrá la oportunidad de encaminarse con inteligencia y sentido práctico hacia el 2030. Todo lo demás son inventos.

Parafraseando al buen Fernando Armas: “Ojo de loca, no se equivoca.”  Y esta vez, la intuición apunta a que el Perú puede —por fin—  empezar a caminar en serio. Ojalá.

[OPINIÓN] En el Perú celebramos el Día de los Inocentes cada 28 de diciembre. Oficialmente, uno. En la práctica, 365. Porque para sobrevivir aquí hay que ser inocente casi todo el año. O, por lo menos, hacerse.

Yo, personalmente, culpo a Jorge Basadre por esta tendencia nacional a superar lo insuperable y soportar lo insoportable. Su célebre frase es noble, inspiradora… y peligrosamente funcional para justificar cualquier despropósito.

Hay que ser inocente para creer que Martín Vizcarra, César Acuña, Pedro Castillo o Carlos Álvarez están hechos para conducir los destinos del país. Inocente para pensar que el tráfico de Lima existe porque somos una potencia mundial y no porque algún mesiánico al mando nos engañó. O que traer trenes de hace 70 años es un “hito histórico” del transporte y no una anécdota cara para cubrir tres años de gestión fallida.

Hay que ser inocente para creer que la Ramiro Prialé resolverá las tres horas rumbo a Chosica, o que la “Vía Expresa”, hecha a las patadas, es la solución estructural del transporte limeño. Y asi, la inocencia limeña se proyecta a todo el Peru.

Somos inocentes para aceptar que el mismo medicamento cueste en el Peru 100 soles, 20 en Colombia y 15 en Estados Unidos “solo por un problema  en el costo del transporte”. Inocentes para esperar el domingo, encender Cuarto Poder creyendo que ahí se nos revelará la realidad y el futuro, cuando es obvio que ellos la fabrican.

Hay que ser inocente para repetir que “Central” es el mejor restaurante del mundo solo porque lo dice una revista a la que se le paga para que lo afirme. Inocente para sostener que RMP es proba sin considerar que ha trabajado defendiendo a la derecha, a la izquierda y el centro, sin sonrojarse. O pensar que ciertos periodistas no están en la planilla de Porky mientras le revientan cohetes y pontifican independencia.

Inocente para creer que un canal, porque cambió de dueño, ahora sí volverá a ser como antes; o festejar que el nuevo Aeropuerto Jorge Chávez es el mejor de América Latina, cuando te demoras más en llegar desde tu casa que, una vez despegado, en llegar a cualquier destino.

Y, sin embargo, pese a fiscales, policías y autoridades corruptas en flagrancia, el peruano vive feliz. Llega incluso a creer y seguir en su Selección, aunque no le gane ni a su sombra. En fin, como diría Galileo: e pur si muove.

Por eso, el 28 de diciembre es solo un recordatorio de que los otros 364 días hay que hacerse el inocente para resistir, construyendo un oasis propio en medio del caos autoimpuesto.

Porque ya saben: el Perú es más grande que sus problemas. Eso nos dijeron de niños. Y aquí seguimos. Inocentes.

[OPINIÓN] Rafael López llegó a la alcaldía porque el general Urresti le bajaron la llanta y terminó preso. Ese es el dato duro. Todo lo demás es literatura urbana.

Como todo heredero inesperado, tenía que mostrar algo. Eligió un tren de 70 años que no funciona y dudo que alguna vez lo haga. No estaba en la grandiosa oferta original de “Lima, potencia mundial”, ni hacía falta ser ingeniero para advertir —con solo mirarlo— que no cuadraba con el pomposo título prometido con tanta épica de campaña.

A eso se suma una Vía Expresa hecha a las patadas, hoy declarada en emergencia, donde a las cinco de la tarde avanzas más rápido caminando por la vereda paralela. Un puente en la Ramiro Prialé que se construye en capítulos, como novela mexicana. Y un endeudamiento creativo con bonos, multas y eventuales pagos a terceros en Estados Unidos por abogados y demandas civiles que algún día habrá que honrar y explicar.

Ahora, López se presenta como candidato a la Presidencia de la República después de renunciar a la alcaldía, algo que juró que nunca haría. -Una raya más al tigre-.

A ese perfil se suma un personaje sin familia ni amigos conocidos y los problemas públicos archiconocidos con su —ahora nuevamente— socio y, al parecer, también con las mujeres, a las que, como él mismo declara, mantiene lejos a punta de silicio; un hombre agresivo y lejano que anuncia a los cuatro vientos ser millonario-algo que los millonarios de verdad nunca advierten-, y se jacta de ser bueno con los pobres…  y por último, ofrece trabajar gratis para la sociedad si lo eligen —como si su sueldo cubriera los gastos de sus despropósitos—. En fin, un tipo raro, con promesas grandilocuentes pero sin explicaciones para situaciones extrañas que siguen pendientes.

Con ese currículum, López se vende hoy como candidato ganador. No en la realidad, claro, sino en redes sociales, donde despliega una campaña de acoso digital sin precedentes. Acoso que no busca convencer, sino saturar. Repetir hasta que algo pegue. Lo que sea: trenes, drones, aeropuertos, leyes, pleitos e insultos.

Lamentablemente, el método cala en un sector que llamaré —con cariño navideño— los pelotudos limeños: groupies del desastre que viven mirando la realidad a través de su celular o por la ventana de su dormitorio con vista al golf, convencidos de que ahí está la única salvación de un país con quince años de crisis institucional. ¡Qué lejos están de la verdad! López es solo un “talibán político”  sin —hasta el día de hoy— nada real que ofrecer.

Y para completar el cuadro, cuenta en sus filas con algunos periodistas “de primer nivel” que amplifican el eco del acoso, le revientan cohetes y ayudan a confundir. No informan: acompañan. No cuestionan: aplauden y festejan, lo que sea. Una pena para los medios donde pululan y para la profesión en general.

La buena noticia es que otros candidatos empiezan a perfilarse. Tal vez, con suerte, para enero la pelotudez haya terminado.

Son mis mejores deseos esta Navidad para los peruanos de buena voluntad. Y para el resto… que apaguen el Wi-Fi por un rato.

[OPINIÓN] Antes de entrar en la historia criolla, vale recordar Being There, la sátira de Jerzy Kosiński que Hal Ashby llevó al cine. Chance, un jardinero de mente simple criado entre plantas y un televisor, es expulsado del único hogar que conoce y lanzado a un mundo que interpreta literalmente. Su vocabulario se limita a estaciones y podas, pero una sociedad ansiosa de escuchar algo que suene sensato decide convertirlo en oráculo. La ingenuidad se toma por genialidad y el vacío por profundidad. Ese truco, contado con humor en la película, tiene su versión local.

Carlos Espá llega a la política como Chauncey Gardner llegó a Washington: tranquilo, sonriente y armado de frases simples que algunos elevan a revelación. Solo que Chauncey venía del jardín y Carlos parece recién salido de un retiro espiritual donde se redactan deseos que harían sonrojar a una Miss Universo. Le falta rematar con: “…y la paz mundial”.

Su plan de gobierno es una lista de deseos: crecimiento explosivo, seguridad total, empleo para todos, ciudades ordenadas y un país funcionando como reloj. Suena hermoso, casi navideño. El problema no es la intención, sino la realidad, que suele arruinar las fantasías mejor intencionadas.

Como Chauncey, habla en metáforas que algunos interpretan como iluminaciones. Pero detrás de esa frescura no hay un estratega oculto, sino un hombre simpático y claramente desbordado por un escenario político en el que la inocencia dura menos que un presidente peruano en Palacio de Gobierno..

Y aquí entra el paralelo inevitable. Mientras Carlos imagina un país perfecto, Porky ya nos vendió el tráiler de la película Misión Imposible: Lima potencia mundial. Prometió trenes, autopistas futuristas, seguridad y orden absoluto… y entregó una ciudad convertida en laboratorio mundial del caos. Hoy lo único que no ofrece es lo urgente: decir la verdad. Frente a ese historial de ficción convertida en desastre, el idealismo ingenuo de Carlos —aunque irreal— resulta casi un descanso.

Espá inspira ternura y hasta curiosidad sociológica. Pero el Perú no es un jardín zen; es un terreno pedregoso poblado de Gorritis, Vizcarras, Porkys, Velas, Carhuanchos, Pérez, Generación Z, minería ilegal y el tóxico cura Castillo. No basta “poner de nuestra parte”. Aquí se gobierna entre plagas, no entre margaritas.

Carlos sueña. Y sueña bonito. Pero su programa es más cuento que ruta. Una versión nacional de Being There, sin Peter Sellers… y sin jardín.

Y aun así —en esta feria de impostores— es “lo menos peor.”

[OPINIÓN] En mis casi 50 años de vida compartiendo en el siempre pintoresco ambiente político-comunicacional, he visto pasar de todo: iluminados, charlatanes, desleales, mesías y estrategas de PowerPoint. Pero jamás —y repito, jamás— había conocido una mezcla tan peculiar como la que ofrece Avanza País. Una verdadera ensalada rusa: fría, desordenada y con ingredientes que uno preferiría no identificar.

El presidente de la agrupación es un personaje singular: una especie de gnomo político sin historia ni brillo, cuyo mayor mérito es estar allí… parado, respirando y firmando documentos. Su único “talento”, si cabe el término, es justamente ese, ser el presidente.

El Secretario General, en cambio, es un abogado buena gente, simpático, conversador y siempre ocupado mientras sueña seguramente con una curul.

Más abajo están los secretarios, tesoreros, administradores y delegados: casi todos miembros de una misma familia, y no necesariamente política. Son, literalmente, parientes de los anteriores. Una cofradía. Un club privado. Un árbol genealógico con espíritu partidario.

Y como toda regla tiene su excepción, corresponde señalarla: el General Williams, la congresista Tudela y el alcalde Francis Allison. Tres personas de valía metidas en esta comparsa.

Hace unos años, aquello fue la chacra del buen Hernando de Soto, que no logró ni un tercio de lo que prometía, pero sí consiguió levantar el apoyo suficiente para promover con eficiencia su desventura electoral. Después de eso, la agrupación, por simple inercia y algo de fortuna, consiguió en 2022 algunas alcaldías y un gobierno regional. Mérito real: cero.

Ahora, rumbo al 2026, pretenden repetir el milagro, esta vez sostenidos por un candidato, con talento, buena imagen, voluntad y decencia, pero siempre sin organización política y esta vez, además, sin un mango.

Por eso y muchas cosas más… 🎶

No te inmoles, Sabelón. ¡Sal corriendo, mi hermano! Talento tienes. Espera paciente un tren con destino seguro y mejor compañía.

Avanza País es un fogonazo más en el folclore político nacional. Una aparición fugaz, de esas que uno alcanza a ver sin tiempo siquiera para pedir un deseo… consejo hasta de un conejo.

[OPINIÓN] La Municipalidad de Barranco anunció, sin el menor pudor, que la Costa Verde volverá a cerrarse tres veces más: miércoles 3, viernes 5 y sábado 6 de diciembre. No es un aviso, es una advertencia: los vecinos y los ciudadanos deberán soportar otro round de caos porque a algún pelotudo se le ocurrió que 50 atletas merecen paralizar media ciudad.

Mientras tanto, cientos de miles de personas que necesitan trabajar o estudiar tendrán que meterse nuevamente por las calles frágiles de Barranco, hechas polvo desde hace años por absorber semejante carga. Las pocas vías que aún resisten simplemente seguirán cediendo. Todo porque los organizadores de los Juegos Bolivarianos no hicieron su trabajo y el Gobierno Regional de Ayacucho no construyó nada pese a haber recibido los fondos. Resultado: la competencia que debía realizarse allá termina improvisada acá.

Lo curioso es la tranquilidad con la que lo informan. Como si fuese normal cerrar una vía vital tres veces en una semana. Como si los limeños no estuviéramos hartos de que nuestro tiempo y paciencia sean deleznables. Como si no supiéramos que todo esto responde a la incapacidad de una cadena completa de funcionarios pelotudos que no entienden la ciudad que administran.

Y esto no es nuevo. Durante dos años, Porky y sus aliados en Miraflores, Barranco y San Isidro ya nos habían dejado bien entrenados: tráfico interminable, obras sin orden y una planificación urbana digna de una comedia negra. Nada cambió. Solo se confirmó que la improvisación es política pública y que la ciudadanía sirve como pera de boxeo.

Así que tomen nota: este fin de semana pueden mirar el sol, pero la playa no es opción. La Costa Verde estará cerrada otra vez, gracias al mismo grupo de pelotudos iluminados que insiste en recordarnos que la ciudad está en manos de gente que no debería administrar ni un semáforo.

[OPINIÓN] Lima tiene muchas tradiciones: el caos, el humo, los baches… y la confirmación periódica de que el pelotudo organizado existe, respira y firma autorizaciones. Hoy,  jueves 27 de noviembre, algún genio con lapicero decidió, una vez más, que era una brillante idea cerrar la Costa Verde para darle paso al deporte organizado. Una obra maestra del absurdo. Un homenaje a la estupidez con sello institucional.

Evidentemente, este iluminado no vive en Barranco, ni en Miraflores, ni en Chorrillos. Tampoco trabaja en el Centro de Lima. No. Su especialidad es joder desde la comodidad de un escritorio, café en mano y sin el menor contacto con la realidad. Porque hoy, miles de vehículos —privados, públicos, camiones y hasta motos que ya no saben por dónde meterse— tuvieron que invadir las calles residenciales de varios inocentes distritos  para llegar a su destino… tres horas más tarde.

Pero volvamos al punto: hay que ser muy pelotudo para autorizar semejante despropósito. Cronómetro en mano: cruzar  Barranco toma dos horas y diez minutos, con suerte y buen humor. ¿Y todo esto para qué? Para que cuarenta entusiastas corran felices por una vía principal. Algo que podrían hacer dando vueltas al Estadio Nacional o, si tanta adrenalina requieren, en la carretera al sur. Pero no. Tenía que ser en el corazón de la ciudad. En día laboral. Porque joder al prójimo parece ser parte del entrenamiento.

Y ni hablar de quienes trabajan en la Costa Verde: pescadores, empleados de clubes o gente que baja diariamente a hacer deporte desde temprano en la mañana. Solo ahi hay más deportistas que los cuatro gatos que hoy trotan escoltados por una legión de policías motorizados cuyo valioso tiempo se desperdicia cuidando la pelotudez autorizada.

Sería útil —por cultura general— publicar la foto del pelotudo que aprobó esto. No por mala fe, sino para saber a quién agradecerle el deterioro de las calles, de la paciencia y del humor con el que uno pretende empezar el día.  Para poder señalar al pelotudo de turno que arruinó cualquier proyecto matutino convirtiendo el día en una noche oscura sin esperanza.

Sin esperanza porque esta brillante decisión se repite, intermitentemente durante el año, como recordatorio de que siempre se puede ser más inepto… y mientras tanto, cientos de policías vigilan que se cumpla la pelotudez, en lugar de vigilar las calles donde realmente se les necesita. Un detalle no menor, total, ¿quién necesita seguridad cuando se puede custodiar un absurdo?

En fin. Qué culpa tiene el tomate de estar tendido en la mata.

[OPINIÓN] Hay personajes en la política que insisten en recordarnos —día, tarde y noche— que no cobran un centavo porque la sobra el dinero, y que la mitad de su fortuna la destinan a los pobres, a los niños, a la educación, al universo y a sus ángeles custodios. No dicen “miren qué bueno soy”, pero lo repiten tantas veces que uno termina creyendo que la frase viene con truco.

Ese viejo truco tiene nombre: humblebragging: El arte de presumir disfrazado de humildad.

Es como decir “yo no quiero hablar de mis sacrificios”, mientras te instalas un megáfono en la solapa. Nada sorprendente en ciertos personajes que creen que la caridad rinde más cuando se ejerce frente a cámaras.

En psicología esto se asocia al narcisismo: la necesidad permanente de que alguien te aplauda, aunque sea por hacer el bien. No se trata de ayudar, sino de que todos lo sepan. Y si no lo saben, se recuerda. Y si ya lo recordaron, se repite. Cada día, cada entrevista, cada acto público.

La jactancia, en su versión local, funciona además como un escudo moral. “No cobro”, “yo dono”, “yo sacrifico”, “yo entrego”. Palabras grandes para esconder vacíos más grandes. Porque la caridad auténtica es silenciosa; la otra, la de vitrina, viene con reflectores, guion y libreto.

¿Por qué lo hacen?

Primero, por validación. Quien se repite a sí mismo que es bueno, quizá teme no serlo tanto. Después, por estatus: no hay mejor inversión que el aura de filántropo; abre puertas, limpia culpas y endulza titulares.

Finalmente, por necesidad emocional: algunos necesitan sentirse salvadores para no enfrentarse a sus propias fracturas. No es maldad, pero tampoco es santidad.

El impacto es claro. La generosidad pierde valor cuando se convierte en campaña. Hasta la ética cristiana —que algunos  tanto reclaman— es precisa: que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. Aquí, en cambio, las dos manos reparten volantes para que todos se enteren.

La consecuencia es predecible: la gente deja de creer. La caridad se vuelve marketing y la humildad, un accesorio. Y cuando eso ocurre, todo suena sospechoso: desde la cifra que asegura no cobrar hasta la fortuna que supuestamente dona “a la mitad”.

No hace falta nombrar al personaje. Basta escuchar sus discursos: cada frase es un recordatorio de lo mucho que sacrifica, de lo poco que recibe y de lo imprescindible que cree ser. Él no presume; él “informa”. No alardea; “solo aclara”. No busca reconocimiento; “simplemente es así”.

Que cada quien juzgue. Pero en tiempos donde la necesidad es real y urgente, la caridad que se grita deja de ser caridad. Y la humildad que se anuncia deja de ser virtud. El humblebragging o alábate coles, en castizo,  se vuelve ruido, y hoy, el país necesita menos ruido y más verdad.

[OPINIÓN] Carl Sagan, gran promotor del pensamiento escéptico y del método científico, advirtió alguna vez sobre un futuro cercano dominado por pocos y por la tecnología, un espacio donde nadie podría distinguir entre lo que se siente verdad y lo que es verdad. El Perú, siempre creativo, no solo tomó nota de la advertencia: la convirtió en proyecto nacional. Y con honores.

Aquí estamos en 2026, con una vitrina electoral que no ofrece propuestas, sino estímulos sensoriales. López Aliaga no presenta un plan de gobierno, presenta un reality de confrontación permanente y como bandera una trama de despropósitos a medio hacer. Álvarez dejó de imitar políticos para convertirse directamente en uno: porque, a estas alturas, el único requisito ya no es propuesta ni experiencia, sino carisma de payaso funcional a TikTok. Acuña es la prueba empírica de que en Perú las leyes de la física no aplican para todos: se puede desafiar la gramática, la lógica y el sentido común, y aun así cotizar como “opción viable” en las encuestas. Los Vizcarra regresan como esas secuelas que nadie pidió, pero igual se estrenan con expectativa. Y Forsyth, Barnechea y Carla García son el enigma mejor rankeado: no se sabe si son el Gato de Schrödinger o el Pollo de Castillo, pero respiran.

Mientras tanto, el país hace lo que mejor sabe: reaccionar en lugar de pensar.

Las marchas ya no son sobre algo, son para algo: para el like, la viralización, el algoritmo que después certificará que hay una multitud indignada exigiendo… ¿qué exactamente? Irrelevante. Las protestas perdieron líderes, perdieron pliegos, perdieron rumbo, pero ganaron dirección de fotografía en modo selfie. ¿Ocurrieron realmente? Depende del ángulo.

Si la calle es el escenario, CADE es el palco VIP. La edición 2025 no fue un espacio de debate, fue un espejo de cuerpo entero donde cada uno fue a mirarse el ombligo. Mucho networking, poca conversación. Se habló de la realidad evitando mirarla de frente. No vaya a ser que la realidad devuelva la mirada.

Sagan probablemente diría que la información no murió en el Perú: fue reemplazada por la sensación de estar informado. El pensamiento crítico no desapareció: se tercerizó a las encuestas de Ipsos Apoyo, a los hilos de Twitter o a los clips de TikTok. Las convicciones ya no se debaten, se empaquetan como hashtags reutilizables. No importa si algo es verdad, importa si se siente verdad. No importa la solidez de la idea, importa la potencia del impacto. No importa la propuesta, importa el rendimiento en pantalla.

Y así llegamos al 2026: candidatos que son más ruido que sustancia; ciudadanos que prefieren emoción a argumento; marchas que buscan cámara antes que cambio; y élites que no discuten país, lo comentan con whisky en mano desde la tribuna.

Entonces, ¿quién ganará las elecciones? Fácil: el que descifre la fórmula. Menos plan, más emoción. Menos largo plazo, más dopamina. Menos futuro, más presente en combustible. Menos país, más tendencia. Porque ya no elegimos presidentes. Elegimos momentos. Y los momentos, como los fuegos artificiales, brillan espectacular en la oscuridad… pero no iluminan un carajo.

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