[OPINIÓN] Domingo de Junio. Siete de la mañana. Cielo despejado, sol, mar tranquilo. Miles de personas bajan a la Costa Verde para hacer deporte, ir a la playa o simplemente usar la vía más rápida para cruzar Lima de sur a norte o de norte a sur.

Y entonces te encuentras con el caos y aparecen los imbéciles.

No son corredores ni tampoco son ciclistas. Los hay, y tienen todo el derecho del mundo de hacer deporte. Los imbéciles son quienes desde algún escritorio municipal o policial —cómodos, invisibles, sin rendir cuentas a nadie— autorizan convertir una vía expresa en pista atlética exclusiva para unos cuantos. Casi siempre sin aviso previo. Sin letrero. Sin comunicado. Los autos se acumulan, los conductores no entienden qué pasa, y los policías encogen los hombros.

Atrapados están los miles que usan la Costa Verde como lo que es: una arteria vial. Los que van de Chorrillos a Miraflores, de Barranco a San Isidro, los que no tienen otra ruta más rápida a lo largo del litoral. También los que trabajan allí: mozos, cocineros, instructores de surf, trabajadores de clubes, pescadores artesanales que ese día encuentran el acceso bloqueado por conos y uniformes. Para ellos no es una molestia. Es un día de trabajo perdido. Y los deportistas habituales —los que corren solos, a diario, sin pertenecer a ninguna federación— también se quedan afuera. Miles. No cientos: miles.

Desde el 1 de enero de 2026, esto ha ocurrido doce veces. Dos veces por mes. Siempre en fin de semana. Siempre cuando más gente necesita la vía. Doce veces con la misma impunidad de la primera.

La Constitución es clara: el artículo 2, inciso 11, garantiza el libre tránsito salvo restricciones expresamente previstas por ley, debidamente justificadas y proporcionales. ¿Quién evaluó la proporcionalidad de cerrar la Costa Verde doce veces en seis meses? ¿Qué funcionario? ¿Con qué firma al pie?

¿Y dónde están los clubes, los concesionarios, los restaurantes, los pescadores? ¿Dónde las acciones de amparo, las denuncias, los recursos legales? Tan responsable es quien firma la autorización como quien observa el abuso y calla.

En resumen: un grupo de imbéciles cierra una vía pública sin criterio, sin aviso y sin consecuencias. Perjudican a miles de usuarios, trabajadores, familias y negocios que tienen derechos perfectamente reconocidos por la Constitución. Los primeros responsables son quienes firman las autorizaciones. Los segundos —y no menos culpables— son quienes pudiendo actuar no hacen absolutamente nada: los dirigentes de clubes, los concesionarios, los gremios de pescadores, los empresarios afectados. Su silencio es también una forma de complicidad.

 La Costa Verde es una vía pública. No la cancha privada de nadie.

Nota del autor: Pido disculpas por el uso de la palabra «imbéciles». La mantengo porque es la única que describe con precisión  a quienes, teniendo responsabilidad sobre una vía pública, actúan como si no existiera nadie más.

 

[OPINIÓN] Permítanme presentarles dos especies fascinantes de la fauna política peruana. No habitan en la selva ni en los Andes. Su hábitat natural está entre Miraflores, San Isidro, Barranco y algunos rincones bien regados de Surco. Son hijos de papá. Y poseen una extraordinaria capacidad para perjudicar al país desde la comodidad de su superioridad moral o de su parrilla dominical.

El Cojudigno es ese personaje que en 2021 decidió que votar por Pedro Castillo —o facilitarle el camino— era una elegante forma de protesta. Una postura ética. Un gesto de dignidad. Una demostración de conciencia social sin necesidad de abandonar el aire acondicionado.

El resultado ya lo conocemos: años de desgobierno, improvisación elevada a política de Estado, la sensatez por los suelos y la inseguridad por las nubes.

Pero el Cojudigno no ha revisado nada. Revisar equivaldría a admitir un error. Y admitir un error destruiría el único patrimonio intelectual que le queda: la estupidez sostenida por una supuesta superioridad moral. Así que sigue ahí, en sus redes sociales, con su foto de perfil artística y una cita de algún filósofo que nunca leyó, explicando por qué tenía razón entonces y por qué también la tiene ahora.

¿De dónde sale este espécimen?

De una combinación letal: padres que confundieron el amor con la ausencia de consecuencias y colegios trilingües —de a mil dólares por cabeza— donde la cultura woke llegó mucho antes que la historia del Perú.

El resultado es un joven bien alimentado, bien vestido, con la tarjeta de crédito de papá en el bolsillo, que encuentra virtudes en José Domingo Pérez y coherencia en Antauro Humala. Una persona capaz de ver inteligencia en un psicópata sin atenuantes y liderazgo en un drogadicto confeso y asesino de policías.

Pero si el Cojudigno es peligroso por lo que hace, el Ausente lo es por lo que deja de hacer.

Solo en Miraflores, San Isidro, Barranco y Surco, alrededor de 300,000 electores decidieron no votar. Seamos justos: una parte tenía razones reales. Enfermedad, emergencia familiar, viaje impostergable. A ellos, todo respeto.

Pero una porción considerable simplemente se quedó en casa.

Porque había parrilla.

Porque hacía frío.

Porque «todos son iguales».

Porque «igual ya ganó».

Porque «mi voto no cambia nada».

Porque el sacrificio de caminar unas cuadras hasta su mesa electoral parecía una exigencia incompatible con el relajo dominical.

Si apenas una parte significativa de esos ausentes hubiera acudido a votar —siguiendo la tendencia natural de sus propios distritos: 70% Keiko, 30% Sánchez— estaríamos hablando de más de 200,000 votos adicionales para Fuerza Popular. Suficientes para transformar una elección ajustada en una diferencia cómoda que el Perú necesita.

La ironía es que el Ausente también pagará las consecuencias si Roberto Sánchez llegara al poder. El dólar no pregunta si usted votó antes de subir. La inversión no distingue entre responsables e indiferentes. Y la inseguridad tampoco solicita el certificado de sufragio antes de tocar la puerta.

Gracias a Dios —y a pesar de ambos— el Perú parece demostrar más sentido común del que sus peores ciudadanos merecen.

Pero que quede registrado.

Cuando llegue el momento de celebrar o de pagar la cuenta, habrá que preguntarle al Cojudigno por la nobleza de sus convicciones. Y al Ausente, simplemente, cómo estuvo la parrilla aquel domingo. 

 

[OPINIÓN] El 30 de octubre de 1938, Orson Welles tomó el micrófono de la CBS y anunció, con voz de locutor de emergencia, que los marcianos habían aterrizado en Nueva Jersey. No era verdad. Era ficción radiofónica. Pero el pánico fue absolutamente real: la gente salió a la calle, algunos lloraron, otros huyeron en automóvil sin destino claro. El poder de una ficción bien contada puede mover multitudes.

Esta columna es un ejercicio parecido. Con una diferencia esencial: los invasores de esta historia no vienen de Marte. No tienen tentáculos. Tienen credencial del JNE. No aterrizaron en Nueva Jersey. Aterrizaron en Lima, a las cinco de la tarde del domingo 7 de junio, cuando la boca de urna confirmó lo que muchos temían y pocos quisieron creer a tiempo: ganó Roberto Sánchez.

Esta vez, no era ficción.

Domingo siete. En el Perú profundo, ese que todavía cree en presagios y en el mal de ojo, el domingo siete es el día en que todo se tuerce. El bus se va, el contrato se cae, la leche se derrama. Pues bien: la Ley de Murphy acaba de aplicarse al país entero. Y tiene nombre completo: Roberto Sánchez Palomino, rodeado de cincuenta joyas —por mencionar solo dos: José Domingo Pérez de ministro de Justicia y Antauro Humala con despacho propio y seguridad del Estado a su servicio. .

Lo que viene no es un mal gobierno. Es el descenso ordenado al desastre. El Banco Central de Reserva —una de las pocas joyas reales que le quedaba al Perú en América Latina— empieza a recibir «señales» del nuevo poder. Los economistas del entorno hablan de «soberanía monetaria». Traducción: el dinero de todos, administrado por todos ellos. La inversión minera frena. No porque haya una ley todavía, sino porque el capital huele el ambiente antes que los periodistas. Los servicios se deterioran, la inseguridad crece, la informalidad se expande y un grupo de avispados pseudo comunistas en el poder se enriquece con la velocidad y la impunidad que solo dan los primeros meses de gobierno. Maduro lo hizo. La Kirchner lo hizo. Evo lo hizo. Todos usaron la misma partitura: estatizar, controlar, repartir entre amigos, criminalizar al que protesta. El Perú está a punto de estrenar esa ópera. Con elenco nacional.

Miles de  jóvenes peruanos estudian fuera. El lunes 8 de junio decidirán, en silencio, que no hay para qué volver.

Y los grandes responsables —hay que decirlo con todas sus letras— son una generación de jóvenes que confundieron el hartazgo con criterio político. Criados frente a un celular, mal educados por diez años de ministros de medio pelo que desfilaron desde la era de PPK hasta hoy sin pena, sin gloria y sin currículo funcional, estos rebeldes de cartón votaron en contra de alguien sin saber a favor de quién. Votaron contra Keiko. Algunos viciaron la cédula convencidos de que eso es «un mensaje político». El mensaje lo recibió Sánchez, con aplausos.

Son los mismos que egresan de universidades privadas de dudosa acreditación —producto directo de esa década de ineptos al frente del sector educativo— con título en mano y sin empleo formal a la vista, terminarán vendiendo chocolates en el Metropolitano o haciendo delivery en bicicleta. No es sarcasmo: es la foto de un  país real. Y en lugar de preguntarse por qué, prefirieron apagar el cerebro, encender el TikTok y votar con el dedo pulgar. El mismo con el que dan like.

Pero el domingo siete tiene dos filos. Y aquí va la apuesta de esta columna: ojalá que este domingo siete le salga exactamente al revés a quienes quieren destruir el país, y al revés también a quienes no tienen la menor conciencia de lo que están haciendo. Ojalá la Ley de Murphy decida, por una santa vez, tomarse el día libre. Ojalá el Perú amanezca el lunes 8 de junio con una presidenta electa llamada Keiko Fujimori. Y que el 28 de julio de 2026 jure ante un país que todavía tiene futuro. Eso es posible. Depende, como siempre, de los que sí piensan antes de votar y de Dios, que como todos sabemos, ¡es peruano! 🇵🇪

RikAhrdo   ·   Lima, víspera del 7 de junio de 2026

* Ejercicio de ficción especulativa de escenario. No describe hechos ocurridos.

[OPINIÓN] El Mundial era, antes que nada, una competencia para definir al mejor del mundo. Punto. Durante años bastaban dieciséis selecciones: las mejores. Cada cuatro años, y después de una ardua clasificación que duraba más de dos, se juntaban en un país, jugaban entre sí y salía un campeón de verdad. No un sobreviviente de una maratón televisiva patrocinada por aerolíneas, casas de apuestas y bebidas energéticas.

El de 2026 tendrá cuarenta y ocho selecciones. En tres países. Con Haití, Curazao, Nueva Zelanda y, siguiendo la lógica, pronto Andorra, las Islas Reunión y algún archipiélago del Pacífico Sur con menos habitantes que jugadores convocados. Todavía no clasifican, pero calma: ya encontrarán un cupo humanitario.

Uruguay 1930 tuvo trece selecciones y quedó en la historia. De 1934 a 1978 fueron dieciséis. Ahí estaban Pele Eusébio, Beckenbauer, los Charlton, y Cruyffny. España 82 subió a veinticuatro y ya hubo críticas. Francia 98 llegó a treinta y dos, formato que todavía conservaba cierta dignidad competitiva. Pero la FIFA descubrió que más partidos equivalen a más televisión, y más televisión equivale a más dinero. El fútbol quedó como excusa; el negocio pasó a ser el protagonista.

Porque, sinceramente, ¿alguien quiere ver Haití contra Argentina? No es desprecio a Haití, que bastante tiene encima. Es simple sentido común: eso no es un partido, es un trámite migratorio con pelota. Lo mismo con Irán contra Estados Unidos, vendido como “duelo geopolítico”, para terminar en noventa minutos donde todos rezan para que nadie lance nada más peligroso que un córner.

Y Nueva Zelanda… bueno. Clasifica desde una confederación donde la competencia real suele ser contra islas que usan el fútbol como actividad recreativa entre semana

El campeón saldrá de donde siempre sale: Brasil, Argentina, Francia, Alemania o España. Eso no cambia con cuarenta y ocho equipos. Lo único que cambia es el tamaño del decorado, la cantidad de vuelos internacionales y el agotamiento de jugadores que llegarán fundidos a las fases decisivas después de recorrer medio continente.

El resto será relleno: grupos extraños, partidos previsibles y primeras fases donde ya sabemos quién gana antes de que el árbitro revise el VAR.

Y encima no estará Italia. Cuatro títulos mundiales. Parte esencial de la historia del fútbol. Una mesa elegante sin vino ni postre. Pero en su lugar aparece Curazao. La FIFA ya no distingue entre patrimonio y relleno mientras ambos vendan derechos de televisión.

En fin. Este año quizá me dedique al hockey sobre hielo. Al menos ahí todavía se disfruta el para qué sirve clasificar.

 

P.D.

y siempre con el perdón de algunos amigos quienes creen que este Mundial no es una payasada… y que probablemente también votaron por Porky. Buon Giorno 🇮🇪

[OPINIÓN] La psiquiatría moderna acaba de recibir un nuevo aporte latinoamericano al conocimiento universal. Después del síndrome de Estocolmo, el síndrome de Peter Pan y el síndrome del impostor, el Perú presenta orgullosamente al mundo el flamante “Síndrome de Porky”.

Se trata de un cuadro clínico-político particularmente complejo, donde el paciente participa voluntariamente en una elección, acepta las reglas, firma los documentos, recorre los canales de televisión, exige debates, reclama garantías democráticas… pero, apenas descubre que otro candidato sacó más votos que él, concluye que el sistema entero fue tomado desde siempre por una conspiración internacional de caviares, marcianos y operadores del Foro de São Paulo.

El fenómeno tiene características muy precisas.

Primero aparece la etapa mesiánica. El paciente pasa meses convencido de que es el elegido. Vive rodeado de aplausos, TikTokers fanáticos y encuestas elaboradas prácticamente en la sala de su casa. La realidad desaparece. Todo confirma su grandeza.

Luego llega el escrutinio.

Y ahí comienza el colapso.

El problema no es perder. El problema es que el universo no haya entendido que él debía ganar.

Entonces aparecen los síntomas: gritos, insultos, amenazas, teorías conspirativas, ataques a la ONPE, sospechas sobre el JNE, denuncias sin respaldo, videos de WhatsApp narrados por un señor con eco de sótano, y largas cadenas escritas íntegramente en mayúsculas, como corresponde a toda evidencia científica seria.

El detalle más interesante del síndrome es su incoherencia estructural.

El paciente denuncia que “la izquierda controla todo”… justo en una elección donde la derecha obtiene la mayor votación nacional. Es decir: el sistema estaría tan perfectamente manipulado que igual ganó la derecha. Pero no la derecha correcta. La derecha correcta era él.

Y ahí está el corazón del trastorno.

No estamos frente a una defensa del voto. Estamos frente a una crisis narcisista de proporciones industriales.

El afectado no cuestiona la legitimidad del sistema porque existan pruebas sólidas de fraude. La cuestiona porque los electores tuvieron la insolencia estadística de no votar por él.

La ciencia avanza. Y el Perú, una vez más, aporta su granito de arena a la historia universal de la infamia.

[OPINIÓN] En 1964, un hombre saltó una reja. No era metáfora. Era literal. Víctor Vásquez, el “Negro Bomba”, irrumpió en el Estadio Nacional con la furia de quien no mide consecuencias. Un impulso. Un acto. Una chispa. El resultado: caos, represión y más de 300 muertos. No fue un líder. Fue un detonante.

Sesenta años después, el país ya no necesita rejas para saltar. Basta un megáfono y una red social.

El nuevo Negro Bomba no invade canchas: invade calles, timelines y cabezas. No corre contra un árbitro: arremete contra cualquiera que no piense como su jefe ocasional. El método cambió; la lógica es la misma: provocar, incendiar, empujar al límite. La violencia ya no es física —aunque coquetea peligrosamente con ella—, pero sí verbal, sistemática y calculada.

Hay uno que se hace llamar “El Profe” —dizque sobre ruedas. Alguien que  afirma, tiene estudios —aunque incompletos en dos universidades—, trayectoria política —aunque con partidos cambiados como camisetas—, y hasta libros publicados —vendidos en buses. Nada de eso deshonra: es historia de vida. Pero tampoco construye un ideólogo. Es el recorrido de alguien que encontró en el conflicto lo que no pudo consolidar por otras vías. Y que, en algún momento, descubrió que el conflicto también se monetiza.

Porque esto no es espontáneo ni pasional. Es un servicio. Ataca a quien le indican, cuando le indican, con la intensidad requerida. La agenda no es suya: es de su jefe ocasional. Él solo pone la voz —y el odio de alquiler.

En política siempre hay operadores. Unos construyen; otros ensucian el terreno. Este pertenece al segundo grupo. No debate: ataca. No argumenta: grita. No construye: dinamita. Y siempre hay alguien arriba que se beneficia del humo.

Pero el problema real no es el personaje. Es el entorno que lo celebra y salta, como conejos.

Ahí aparecen los llamados Porky Lovers. Y es aquí donde el cuadro se vuelve grotesco. Gente con títulos, viajes y biblioteca. Gente que se proclama derecha civilizada, liberal, republicana. Que cita a Dante, pero aplaude el insulto. Que exige institucionalidad con una mano y celebra a quien la dinamita con la otra. No son ingenuos: son cómplices voluntarios. Y lo más grave no es la incoherencia —eso sería tolerable—, sino el entusiasmo con el que difunden cada exabrupto, cada provocación, cada acusación sin sustento. Como si la cultura fuera adorno y la política, barra brava.

Son groupies con vocabulario técnico. Idiotas útiles con ínfulas de analistas. Y su jefe los merece.

Porque el jefe tampoco modera el tono. Ese es el dato que prefieren ignorar: el modelo original es tan agresivo como el imitador —o más. Capaz de insultar en vivo, de atacar a empresarios, periodistas, autoridades o a cualquiera que no le resulte funcional. No es un líder que contenga el caos: lo genera. Y el Profe no lo contradice: lo replica. En menor escala, pero con la misma lógica: incendiar para que otro capitalice.

Un individuo que no trabaja para el Perú ni para Lima. Trabaja para sí mismo.

El paralelo histórico es incómodo, pero inevitable —y más grave de lo que parece. El Negro Bomba del 64 actuó por impulso: era hincha, se exaltó, cruzó una reja. Nadie le pagó. Nadie le dio instrucciones. La tragedia fue real, pero el origen fue humano: pasión desbordada, error, adrenalina. Este Negro Bomba del 2026 no tiene esa coartada. Actúa por encargo. Y eso lo vuelve algo distinto: no es un detonante involuntario. Es un mercenario del caos.

Lo que viene después es peor.

Y mientras tanto, la ciudad: obras improvisadas, conflictos abiertos, demandas internacionales en curso y una gestión que produce más titulares que resultados. Todo envuelto en una narrativa de confrontación permanente, ahora reforzada con el grito de “fraude” para paliar su derrota. Una confrontación que no le sirve a nadie —salvo a quienes pretenden vivir de ella. Vergüenza nacional.

[OPINIÓN] Ninguna conspiración sobrevive a esta diferencia. Sin drama: con resultados al 95%, el país votó así: 70% entre derecha y centro, 30% entre izquierda e izquierda radical. Eso no es ideología. Es aritmética.

Y sin embargo, aparece la sorpresa de siempre: gente que, viendo ese mapa, decide que el resultado “no cuadra”. Que hay algo raro. Y de paso, aprovecha para instalar el viejo argumento: que Keiko es perdedora, que siempre pierde, que esta vez no va a ser distinto. Un relato conveniente para quienes necesitan que no lo sea.

Hay diagnósticos que la ciencia llama heurísticas sesgadas: atajos mentales que alguna vez fueron útiles pero que el cerebro se niega a actualizar aunque la evidencia los contradiga. “Keiko perdedora” es exactamente eso. Un reflejo condicionado, no un análisis. El porcentaje de peruanos que carga ese prejuicio como certeza ha caído dramáticamente. Lo que antes era una convicción del 70 u 80% de la población hoy es residual, sostenido apenas por inercia tribal. Y cuando llegue la hora de marcar la cédula, ese residuo se evapora al ritmo en que la gente recuerda lo que tiene en el bolsillo.

El dato es este: Keiko Fujimori gana porque está parada donde está la mayoría. No hay mucha ciencia. Al frente, Roberto Sánchez representa un espacio que, sumando todo, con suerte pasa del tercio. Pretender que ese tercio sea mayoría no es análisis político. Es un acto de fe, de terquedad, o de mala leche para crear confusión ante una derrota que para muchos es vergonzosa, pero 100% razonable.

La candidata que hoy compite no es la de hace diez años. Se le nota en la cara: serena, segura de sí misma, con una tranquilidad que transmite sin esfuerzo. Proyecta algo que no se ensaya fácilmente —una presencia que genera confianza, no distancia. Y detrás de eso hay historia real: ha sufrido en carne propia la injusticia, la persecución y la prisión. Esa experiencia le ha dado una templanza y una visión que, bien aplicadas, son garantía de que ciertas cosas no vuelvan a suceder. Tiene además partido, cuadros, estructura y presencia nacional. No es poca cosa en un país donde muchos candidatos no tienen ni comité en su distrito.

El Perú de hoy tampoco es el de hace cinco ni diez años. La gente está trabajando, generando ingresos, mirando hacia adelante. El votante peruano —ese que la teoría política subestima sistemáticamente— es mucho más pragmático que sus comentaristas. No vota por simbolismos; vota por estabilidad. Y el contexto regional confirma la tendencia: el ciclo populista en América Latina está en retirada. Los experimentos radicales, incluyendo el colapso del propio Castillo —una advertencia que el electorado procesó en tiempo real— han dejado una lección cara. Cuando el caos tiene nombre y apellido, la estabilidad deja de ser un argumento abstracto para convertirse en un voto concreto.

Del otro lado, mucho relato y poca consistencia.

Y luego están los que no aceptan el resultado —no porque tengan pruebas de irregularidades, sino porque su candidato no llegó. Rafael López Aliaga, que fracasó de manera estruendosa y demostró una debilidad política y una fragilidad psicológica que le resta simpatías diariamente, tiene operadores dispuestos a explorar la salida creativa: anulemos todo, repitamos la elección, a ver si esta vez la realidad coopera. Y mientras tanto, seguir alimentando la idea de que ella no puede ganar. Que su victoria es anomalía, accidente, error. Una ilusión bastante más allá de lo que permite la ley del sentido común, la moral y la decencia.

La realidad no coopera. Pensar que en una repetición alguien sacaría más de lo que ya sacó es un optimismo difícil de sostener.

¿Errores en el proceso? Seguro, como en toda elección. Se corrigen. Pero no reescribiendo resultados porque no gustan.

El problema no es electoral. Es cultural. Treinta y cinco candidatos compitiendo en lo que pareció más un casting para una novela que un debate no elevan precisamente el nivel de la discusión.

Así que a los que todavía musitan “Keiko perdedora” como quien reza un rosario: actualicen el software. El país cambió. El electorado cambió. El contexto cambió. El sesgo de confirmación es gratis. Las elecciones, no.

En resumen: 70 contra 30. Ninguna conspiración sobrevive a esa diferencia. El 28 de julio jurará una mujer. No por casualidad. Por votos.

[OPINIÓN] Rafael López Aliaga ha decidido regalarnos una pequeña pieza de teatro electoral. Shakespeare, la habría titulado To be or not to be… según cómo vaya el conteo. Porque de eso se trata: atacar o callar, incendiar o susurrar, denunciar el apocalipsis o hacerse el místico, siempre dependiendo de una sola variable: si él entra o no a la segunda vuelta.

Apenas aparecieron los problemas logísticos del domingo, López Aliaga no habló de fallas ni de desorden. Habló de fraude. No de dudas, no de observaciones, no de prudencia. Fraude. Vinieron los insultos a la ONPE, a sus funcionarios, pedidos de prisión…  cifras lanzadas al aire como confeti y las acusaciones sin prueba, todo con esa delicadeza perturbada que lo caracteriza cuando se siente perjudicado. El problema es que ni la OEA, en su informe preliminar, habló de fraude: habló de retrasos logísticos, simulacros incompletos y en 13 locales de votación afectados en Lima. Desorden, sí. Conspiración, no. Pero para un hombre cuya relación con la evidencia es, digamos, libre, ese detalle es secundario.

Luego llegó la fase heroico-barrial. Amenazó con “insurgencia ciudadana”, pidió anular las elecciones y puso ultimátums, plazos perentorios al JNE como si la democracia fuera un trámite notarial que se corrige levantando la voz. Lo pintoresco vino después: el mismo hombre que denunció el fraude sin mostrar ninguna prueba terminó ofreciendo S/ 20.000 a quien pudiera alcanzarle alguna. Notable epistemología: primero acusar, luego salir a comprar la evidencia. Eso, en cualquier diagnóstico serio, no es método. Es un síntoma.

Porque ahí está el asunto que nadie quiere nombrar con todas sus letras: un candidato que no controla sus impulsos cuando pierde no va a controlarlos cuando gane. Un político que confunde su frustración con prueba jurídica no va a distinguir entre su voluntad y el interés público. Y un líder que mueve entre los exabruptos  y el silencio según dónde apunta el marcador no tiene convicciones: tiene estados de ánimo.

Con la ONPE al 93% de actas procesadas, López Aliaga iba tercero por un margen estrecho. Y, curiosamente, el incendiario de anteayer empezó a administrar sus decibeles. Cuando parecía fuera, fraude. Cuando todavía podría colarse, prudencia. La geometría variable en estado puro. Finalmente se trata de un ingeniero a carta cabal.

En castellano simple: no estamos ante un defensor de la transparencia. Estamos ante un hombre que juega a demócrata con fósforos en una mano y calculadora en la otra. Lo segundo preocupa. Lo primero, en alguien que pretende dirigir un país, debería asustarnos.

 

[OPINIÓN] Lo advertimos. No como profetas, sino como observadores con memoria. Hace unos meses escribimos sobre el libre tránsito de personajes sin historia, sin peso y sin vergüenza por los pasillos de un partido que alguna vez impuso respeto solo con su nombre. Lo que entonces era una advertencia, hoy es una triste realidad.

El APRA acaba de completar su peor actuación electoral en cien años de historia. No como víctima de una conspiración ni aplastada por una dictadura. Sino derrotada por la mezcla más peligrosa que puede existir en política: irresponsabilidad con ambición. Dos combustibles que, juntos, no generan energía. Generan un desastre.

Hubo quienes intentaron evitarlo. Luis González Posada, Jorge Del Castillo, Nidia Vílchez, Ricardo Pinedo y Javier Velázquez, los que aún conservaban la brújula, lo vieron venir. Hablaron. Advirtieron. No fueron escuchados. Y esa es, quizás, la parte más dolorosa: no es que nadie supiera lo que iba a pasar. Es que los que sabían fueron desplazados por los que no sabían nada, pero querían todo.

Porque eso también fue. Ambición sin sustento. La de quienes tomaron el partido por asalto creyendo que la militancia era un trampolín y no una responsabilidad. Y para justificar ese asalto, construyeron una comunicación que en los últimos meses alcanzó niveles de despropósito difíciles de documentar sin ruborizarse. Declaraciones sin sustento, performances sin dignidad, mensajes redactados con la gramática del oportunismo y la profundidad del absurdo. Todo ello en nombre de un partido que alguna vez produjo doctrina, pensamiento y liderazgo continental.

El contraste es brutal. Víctor Raúl Haya de la Torre fundó un movimiento que sobrevivió exilios y dictaduras. Alan García lo llevó dos veces al gobierno. Armando Villanueva, Luis Alberto Sánchez, Ramiro Prialé construyeron una estructura que fue, durante décadas, columna vertebral de la política peruana. Todo ese capital histórico no pudo resistir lo que sí logró destruirlo: la inocencia perversa de creer que el APRA era una plataforma disponible, una marca heredada que cualquiera podía usar para proyectarse sin haber construido nada.

El resultado está a la vista. El partido que “nunca moría” es hoy, en el mejor de los casos, una nota al pie. En el peor, la prueba de que cien años de historia no bastan si en el momento decisivo mandan los que menos merecen mandar.

Hace unos meses escribimos que si algunos seguían jugando al ridículo, y otros seguían permitiéndolo, quizá lograrían desahuciar al partido después de cien años.

No queríamos tener razón.

La tuvimos.​​​​​​​​​​​​​​​​

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