Crónica

[Migrante al paso] De pequeño, junto con mi hermano, a veces visitábamos a mi padre en la redacción. No pasó muchas veces, pero sí pasaba. Desencajábamos ahí. Era un sitio alborotado: humo de cigarro por todos lados, las alfombras abombadas de nicotina. De niño sentía que era un espacio violento. Una melodía caótica de tecleos fuertes acaparaba casi todo lo que se podía escuchar.

Ya de grande me enteré de cómo era el submundo de este oficio, donde la brutalidad no era algo esporádico. Siempre me llamó la atención y, por más que solo lo vi de reojo, pude presenciar indirectamente los últimos momentos de un mundo prácticamente extinto.

Todo lo que llamamos cuarto poder fue dejado atrás por el mercado. Dejó de ser rentable y, en el proceso de adaptación, se volvió farandulero. Se puede sentir la desesperación de muchos periodistas, sedientos de aprobación mediática. Siendo esa mi lectura, hoy me desperté, me fumé un cigarro mientras escuchaba a estas personas decir lo que todo el mundo quiere escuchar, ya sea por morbo o por compatibilidad. Cuando el cigarro aún seguía botando humo, yo ya había dejado esas voces atrás y seguí con mi día; después de todo, ya no me aportan nada.

Nadie conocía los nombres de cientos de redactores. Solo se podía leer, al día siguiente, lo que en su momento había sido una tormenta de tecleos. Desde el anonimato, la mayoría de periodistas combatía la corrupción y las injusticias a base de investigaciones y verificaciones para luego comunicarlas; después de todo, esa es la labor de su oficio, por lo menos en definición. Había una que otra estrella de opinión porque, efectivamente, eran brillantes. Ahora basta con pagar por un sticker azul al costado de tu nombre; es como si ser alguien costara dinero.

Yo, como ciudadano, me sentiría más tranquilo sabiendo que puedo contar con estas personas para que saquen a la luz lo que sea que tengamos que saber.

Yo no soy una de estas personas, solo un mero observador. Me gusta escribir inclinado hacia la literatura de ficción; casi todos mis textos tienen una connotación política, pero no merecen ser tomados en cuenta más allá de su contexto literario. Si soy honesto, si yo fuera político no sería uno bueno: creo en el caos y, en ese contexto, apuntaría a ser el rey. Con esa naturaleza, prefiero mantenerme alejado del poder. Por lo menos eso lo tengo claro. Supongo que toda persona ha fantaseado alguna vez con tomar el control de todo por la fuerza. Siento rechazo por la rigidez ideológica, tanto si está arrimada hacia la derecha como hacia la izquierda. Tibio, me dirían.

Por eso estas personas, hoy en crisis demográfica, cuya obsesión debería ser investigar e interpretar, es tan importante: son ellos quienes deberían cuidarnos las espaldas. Actualmente nos enfrentamos a un Leviatán corrompido y no creo que las lágrimas de unos líderes de opinión vayan a hacer mucho. No puedo recordar un gran golpe contra la corrupción en los últimos años.

No sé ustedes, pero cuando he estado en una pelea, ataco e intento que no me peguen. Poniendo la otra mejilla no se logrará nada. Si yo fuera uno de esos sujetos corruptos que atropellan y machacan al país entero, estaría feliz de tener una oposición tan blanda y pusilánime como la que hay.


Alemania, 1933. Fueron apareciendo carteles en las puertas de bares, farmacias, hospitales, colegios, buses y más: «Prohibido el ingreso a judíos». «Prohibidos los homosexuales». Más de 1,300 periodistas perdieron sus trabajos entre despidos, persecuciones, torturas y asesinatos, el mismo año. La austeridad emocional y los abusos primaban dentro de familias e instituciones. En 1939, después de procesos similares a algunos que están ocurriendo actualmente, ya todos sabemos lo que sucedió.

Hoy son las elecciones municipales. Casi lo olvido. Quien encabeza las encuestas es un sujeto que manifiesta abiertamente su rechazo hacia la comunidad LGTB+. Peor aún: atrae votos con eso. Por no mencionar más cosas como que se autoflagela. En menos de un año, cinco periodistas han sido asesinados y varios han sido amenazados. En el mismo periodo ocurrieron más de dos mil casos de abuso sexual dentro de escuelas en el país; no solo la aberración ocurrida en el Liceo Naval. El fenómeno de El Niño más grande desde que existen registros es inminente. Mafias y extorsionadores llegan hasta el Poder Ejecutivo.

Sin embargo, todos están hablando de César Hildebrandt. No sé ustedes, pero a mí no me puede importar menos si estaba evadiendo impuestos o tenía problemas con la Sunat. Es ridículo que una nimiedad como esa alborote a todo el mundo periodístico. Todas las atrocidades que enumeré al inicio del párrafo ya fueron olvidadas y, esta vez, fueron los propios periodistas quienes se unieron al circo y nos hicieron desviar la mirada. Quién sabe, de repente es más importante la situación financiera de César Hildebrandt. Ahora me cuesta entender las prioridades de las personas.

Ahora todas las miradas están puestas en el pleito entre periodistas: La República y otros contra Willax. Viéndolo desde afuera, siento que son niñitos haciendo pataleta. «Él fue». «No, pero ellos comenzaron». Qué pena.

Ahora todo parece Esto es guerra y Combate, pero más aburrido. Así, entre likes y comentarios de TikTok e Instagram, el periodismo se unió al circo que juró derrumbar y los periodistas se convirtieron en actores de telenovela. Entre celebraciones y unas cuantas migajas desparramadas en redes sociales el periodismo va volviéndose cómplices del declive.

[Migrante al paso]  En una entrevista que le hicieron a Zohran Mamdani, actual alcalde de Nueva York, comentó que la democracia está fallando si la gente no puede permitirse cubrir sus necesidades básicas. Estoy totalmente de acuerdo. Lo pongo a él como ejemplo porque me parece un político respetable, de los pocos que quedan, más allá de si pienso igual que él o no. Es un fuerte opositor de Trump y, la verdad, solo con eso ya me cae bien.

Desde que era chico recuerdo cómo nos mostraban la democracia como el mejor modelo y cualquier otro como si fuera incorrecto e inmoral. Yo siempre me preguntaba qué tan real era la democracia. ¿De verdad existe? Siendo honesto, no creo que sea cierto que el poder nos pertenezca a nosotros, los ciudadanos, mucho menos que lo ejerzamos directamente y, aún menos, que quienes elegimos nos representen. Esos son los tres pilares de la democracia y ninguno me parece cierto más allá de la teoría.

Regresando a lo que dijo el alcalde de Nueva York, ¿cómo se puede ejercer política efectiva si la mayoría de la gente come según lo que gana el mismo día, todos los días hay una alta probabilidad de que le roben o algo peor, y su familia no tiene ni acceso a salud o educación de calidad? Creo que está claro que participar efectivamente en la política no les interesa en lo más mínimo porque no tienen tiempo. Deberían cambiarle de nombre al sistema en el que vivimos porque no es una dictadura, pero tampoco una democracia. Es evidente que la injusticia viene de la propia configuración de la sociedad y del mercado.

En mis primeros años de infancia —nací en 1993— ya existía internet de manera comercial, pero no era algo esencial para vivir. Las computadoras pesaban toneladas y no eran tan amigables para usar. Nosotros aún jugábamos en la calle, salíamos a montar bicicleta, tenía que llamar a mis amigos a sus teléfonos fijos y la mayoría de mis compañeros del colegio dejaban de existir los fines de semana. No teníamos ni idea de qué estaban haciendo los demás. Por las tardes, regresábamos y jugábamos Nintendo 64 o el primer PlayStation.

Crecimos en una mezcla del antiguo mundo y el inicio de lo que estábamos viendo. Poco a poco se fue volviendo todo digital, pero aún se sentía, en cierto modo, analógico. Cuando salí del colegio, en el 2010, no era común ver a personas con smartphones tal y como los conocemos hoy. Desde que nací hasta el momento, hay una generación que nació cuando el internet globalizado y las redes sociales ya eran fundamentales para vivir, y ahora hay otra que ha nacido con la inteligencia artificial, cuyo límite ya va más allá de nuestra imaginación.

La principal diferencia que puedo notar es cómo todo se ha estandarizado, como sacado de un molde: películas, juegos y hasta libros parecen seguir la misma fórmula. Antes podías notar atisbos de individualidad en cada creación; ahora es más difícil. No solo es difícil, es preocupante.

Este año salieron los resultados de las pruebas PISA, de educación. Aparentemente, mis amigos lentos de la época escolar ahora serían brillantes. Yo creo que va de la mano con esta progresión tecnológica que he comentado y que aumenta exponencialmente. Viendo el mundo y las tendencias radicales, me parece coherente que la población sea más tonta. Ahora, no sé si hay una correlación o si las pruebas PISA significan tanto, pero de que son un indicador, lo son.

Al final, el mundo sigue avanzando, la gente se levanta y sigue su vida, pero lo que a mí me preocupa va por el tema del control y la libertad, que en teoría deberían ser primordiales en una democracia. El otro día me visitaron unos amigos y estábamos hablando justo de este tema. Uno de ellos me comentó que se desesperaba cuando se quedaba sin batería: «Es como un órgano más», dijo literalmente. Es cierto, ya nadie sale de su casa sin un teléfono.

Este año, Meta tuvo que pagar compensaciones porque el contenido y el algoritmo de sus plataformas están hechos para ser adictivos. Imagínense cómo moldea tu realidad el simple hecho de tener redes sociales. La IA es aún peor: ya hay casos de suicidios, hackeos sin orden alguna y que pasan desapercibidos; recopilan información y están con nosotros todo el día solo por tener un celular. ¿Hasta qué punto actuamos según lo que queremos nosotros mismos? Siempre ha existido manipulación por educación, religión y otras cosas, pero ahora es constante, masiva y está repleta de información falsa.

Es un hecho que en cinco años el mundo va a ser totalmente diferente y no quiero ser fatalista, pero si no se toman medidas o se frena de algún modo este supuesto avance lo más probablemente es que las cosas empeoren en lugar de mejorar.

 

 

[Migrante al paso]  Regresé a Miami. Estuve acá por Navidad del año pasado y me avisaron con un día de anticipación que tenía que viajar para recoger a mi abuela. Ella se turna entre Lima y Miami; en el primero está mi madre y en el segundo, mi tío. Como todos sabemos, o deberíamos saber, la situación inmigratoria y los rumores de cosas sucedidas al cruzar migraciones indican que el país donde me encuentro actualmente cada vez se aleja más del país de la libertad, como fue conocido en algún momento.

En el vuelo estaba nervioso. No tendría por qué pasarme nada: tengo mi visa vigente y nada en mi historial o persona podría indicar que me quiero quedar ilegalmente; efectivamente, ese es el caso. Pero si hasta hemos visto cómo agentes de ICE han matado a ciudadanos estadounidenses, no creo que les importe mucho un turista peruano. Al final no pasó nada, como siempre, pero en la cola sí se siente a la gente tensa. La música es un ansiolítico o calmante natural, te empodera y te hace darte cuenta de que, al final, tus preocupaciones siempre, reitero, siempre son más grandes en tu cabeza. Al comenzar esta crónica hasta me entraba una especie de paranoia de que lo que estaba haciendo podía tener consecuencias, pero si la libertad de expresión ya no es bienvenida, entonces yo tampoco lo soy. Contradictorio para alguien que quiere vivir un tiempo en China.

El mundo está extraño. Españoles de Ceuta interrumpiendo el paso de la Cruz Roja y la ayuda de alimentos para los migrantes que cruzaron la frontera con Marruecos. Puedo llegar a entender la molestia, pero de eso a dejar a gente morir de hambre y enfermedades hay bastante distancia. Es lamentable y, a mi forma de ver las cosas, me parecen hasta cómplices de las personas que mueran ahí. Movimientos fascistas y hasta neonazis que aceptan abiertamente ser racistas, como si fuera algo bueno. Cuando los veo, me provoca anularles su crueldad a golpes. Lo haría feliz y por pura diversión, porque esta gente no va a cambiar: son unos buenos para nada y se mantendrán así.

Justo acá en Miami encarcelaron a los hermanos Tate, a pedido del Reino Unido, porque aparentemente son íntimos del presidente Donald Trump. Los famosos hermanos líderes del movimiento de la manosfera que engañaban a miles de fracasados que odian a las mujeres y quieren ser gente “cool”. No hay nada menos cool que pagar por un curso para serlo y nada menos chévere que odiar a las mujeres porque no te dan bola. A esos hermanos también les metería una cachetada solo para alegrarme el día. Ya notarán que muy cuerdo e inofensivo no soy.

Dicen que le sacaron la vuelta a Víctor Caballero, un periodista que me parece agradable e inteligente, de la tanda de podcasts que han invadido, por no decir infectado, las redes sociales; el de Curwen me parecía respetable. No estoy muy enterado de su vida privada porque no me importa y a nadie debería importarle: es suya y solo suya. Veía a otros autoproclamados politólogos, líderes de opinión o como se quieran llamar, repitiendo esta noticia, viendo reacciones y riéndose. Francamente, hemos llegado a un nivel rastrero si esto es el nuevo periodismo.

Hasta donde yo tenía entendido, por más que haya diferencias ideológicas o políticas, y por más que se puedan detestar, al final son un bloque cuya labor es informar y fomentar el pensamiento crítico de las personas. Ahora solo fomentan odio y humor patético, transformándose en un ambiente farandulero digno de Esto es Guerra o Combate. Pero a ese punto hemos llegado: ahora la gente tonta y retorcida tiene espacio y audiencia, y entre ellos retroalimentan su propia estupidez.

En otras palabras, se convirtieron en lo que prometieron destruir: en un engranaje más de la maquinaria que fomenta el poco desarrollo, junto con la DBA, Fuerza Popular y la izquierda radical. Todos son payasos del mismo circo y lo peor es que no se dan cuenta. Igual, a pesar de que me parezca mal, no estoy a favor de la censura y ya mencioné que la libertad de expresión me parece importantísima, así que está bien dejar que los estúpidos también hablen.

Quizás el problema es que nos hemos acostumbrado demasiado a odiarnos y, peor aún, a disfrutarlo. El racista necesita al migrante, el radical necesita al facho, el facho necesita al progre y todos necesitan un celular para grabarse mientras explican por qué el otro es un imbécil. Mientras tanto, yo sigo acá en Miami, escribiendo esto probablemente con más rabia de la necesaria y formando parte, aunque me joda admitirlo, del mismo circo que critico. Al menos intento darme cuenta.

No sé si el mundo está peor o simplemente ahora tenemos una pantalla que nos recuerda cada cinco minutos lo estúpidos que podemos llegar a ser. Quiero pensar que todavía queda gente decente haciendo cosas decentes sin necesidad de publicarlas. Por ahora me conformo con poder escribir lo que pienso, incluso cuando estoy equivocado. Después de todo, la libertad también consiste en dejar hablar al idiota. Incluso cuando el idiota soy yo.

 

 

[Migrante al paso]  Estaba en la redacción. Entra una llamada: había muerto mi abuelo. Sentí tristeza, pero no una devastadora. No fuimos muy cercanos, pero no dejaba de ser mi abuelo. Pero mi preocupación inmediata fue cómo estaba mi padre. Hablé con mi jefa y salí de inmediato. Manejé tranquilo, sin música; solo recuerdo haber hecho eso intencionalmente cuando murió mi psicólogo entrañable hace unos años. El cielo no estaba gris del todo, se podía ver atisbos de luz, no predominaba la oscuridad. Llegué a las pequeñas calles de Cajamarca en Barranco, todas pintorescas, chatas y antiguas. La luz se traslucía por los árboles de crestas bajas. Me cuadré al frente de esta casa amarilla. Unas rejas resguardaban, sin darle espacio, a una puerta blanca; parecía milenaria. Podía imaginarme un sello maldito amarrando las dos manijas redondas. Como si se tratara de abrir la caja de Pandora. La imaginación se apodera de ti en los momentos más precisos. Los pocos pasos hacia la casa se sintieron como caminar en un mundo transparente. Mis cuatro abuelos vivieron en esa casa en distintos momentos. Ahí crecieron mi madre y mi tío. Mi Mamamora y Papito Juan los criaron ahí. Este otro abuelo es un símbolo curioso e indescifrable; solo sé que su presencia fue fuerte porque siento como si lo hubiera conocido. En mi cosmovisión familiar, creo que hasta mis antepasados nacieron ahí. Una casa familiar estaba frente a mí, como si hubiera absorbido los recuerdos y pensamientos de todo lo que habrá ocurrido adentro. Ni yo lo sé.

Toqué la puerta, me abrió mi hermano. Ingresé como un arqueólogo explorando su propia historia. Dos pequeños cuartos adjuntos, muebles viejos y luz tenue; la única ventana estaba semicubierta por una cortina. Dos pequeños niños corrían riéndose sobre una alfombra azulezca, uno más grande que el otro; se acercaban con la cabeza rapada y se tiraban sobre el sillón. Después de todo, mis dos primeros años también viví ahí. Los dos pequeños crecieron, se transformaron en siluetas grandes y ensombrecidas. Ambas del mismo tamaño, una parada y otra recostada. Era mi padre mirando el cuerpo del suyo. Él estaba bien. La mente es audaz. No recuerdo ni cuánto tiempo pasó ni, exactamente, qué se conversó en el momento.

Entraron cuatro personas, se veían pequeñas. Movieron el pesado cuerpo de esta persona que en vida fue brillante; noté cómo les costó el corto traslado. Tanto él como mi padre, ambos de más de un metro ochenta, imponentes, compartían una voz profunda y retumbante, un físico casi idéntico y un intelecto tan brillante como terrible. Yo encajo en todas; para la última aún soy muy joven para saberlo. Sentí mi presencia dentro de mi papá y mi abuelo. Es muy probable, por lo que me dicen muchos conocidos de mi apariencia, que yo sea muy parecido en mi vejez. Espero que en mejor forma, por lo menos. Las semanas siguientes estaba disociado, como un espejo agrietado. Se abrieron los gigantescos portones, se liberó el pandemonio. Meses después llegó la pandemia. Fue en ese momento que empecé el viaje de una aventura que ya había comenzado hace mucho.

Un niño encima de un podio, oro colgando. Un salón con carpetas compartidas, todos mis amigos de la infancia ahí, celebrando mis notas puestas en un rectángulo verde y opaco. Pastores alemanes durmiendo a mis pies. Un lobo de ojos azules que me miraba emanando aura legendaria y un pequeño rechoncho peleón. Manos sudorosas sobre las teclas de un piano. Sangre cayendo. ¿Aún no eres nadie? ¿Todavía no sabes ni quién eres? —interrumpe una voz sombría. Me sacudo y abro los ojos bruscamente, viendo un techo conocido, pero hostil. Lo odiaba. Lo miraba un rato mientras las gotas de sudor caían por el calor infernal de Buenos Aires en verano. Al sentarme, mis pies chocaban con botellas de plástico acumuladas y veía, detrás de un sillón amarillo, una sala y una cocina que también me desagradaban. Un pequeño peluche de Naruto, que me regaló mi madre cuando me acompañó al mudarme de ciudad, y dos cuadros pequeños, que hizo mi hermano en la universidad, me daban nostalgia. Pero lograban hacerme sonreír; me convencían de que mi hogar estaba lejos, pero aún existía. Podía escuchar a la pequeña figura de anime diciéndome que no me rindiera. Ahí estaba, solo, buscando algo imposible de conseguir en algo que, en ese momento, sentía como un infierno. Como Dante buscando a Beatriz. Yo no tenía a Virgilio, pero sí buenos recuerdos que sirvieron de guía.

Estudiaba filosofía en la UBA, llevaba ahí ya varios meses y dos mudanzas. Iba a la universidad, sentía que una bestia salvaje me acechaba, como acercándose cautelosamente a su presa. Solo mis audífonos a todo volumen podían espantarla momentáneamente. Llegaba a la facultad y entraba; llegaba frente al salón de mi clase y la música desaparecía. La criatura hambrienta estaba adentro y me amenazaba. Solo podía dar vuelta atrás en ese momento. De vuelta, escapando con música, subía al segundo piso, donde un pasadizo de piso rojo me guiaba a una puerta cuyo número ya olvidé. Me sentaba en mi cama, detrás de las cortinas que tapaban la luz; unas plantas que compré hacía tiempo apenas permanecían vivas. Podía sentir unos jadeos incesantes en mi oreja mientras unas gigantescas manos se apoyaban sobre mis hombros. El peso no se podía medir en kilos. Tenía terapia, pero echarme me parecía mejor opción.

Más de tres días sin dormir, la locura se apoderaba de mí. Subía al último piso en la madrugada, con lluvia. Ya no sabía qué hacer. Solo quería sentir algo. Felizmente, las lágrimas tienen un límite y esa laguna ya se había secado; todos los rincones de aquel cuarto insoportable habían sido regados por estas. Pasaron dos años, la terapia fue siendo cada vez más frecuente, regresé a Lima varias veces. Conversaba en momentos de emergencia con Eduardo, el psicólogo que mencioné antes; también tomó el papel de guía casi mágico, incluso hasta sus últimos días. Siempre estuvo ahí y lo echo de menos. Pude salir de ahí. Me fui de esa ciudad teniendo unos últimos meses peculiares y gratificantes. Las colosales puertas seguían abiertas, pero entendí que dentro de todo ese caos liberado no había demonios malos. La bestia que me acechaba, de alguna manera, siempre está a mi costado, esta vez como uno más de mis queridos perros. Solo una etapa de mi odisea en la que descubriría que nada justifica vivir el infierno de Dante, pero sí infinitos cascarones y niveles que romper.

En Lima, luego de un par de meses en mi casa viviendo tranquilo, surgió una inquietud. No era tristeza, todo lo contrario. Contrario a lo que sentía, alquilé un departamento por un año y solo lo usé 3 meses. Recordé que no todo fue apocalíptico en Argentina. Vi icebergs y glaciares de cerca, paisajes que ya me parecen difíciles de imaginar; euforia colectiva en la Bombonera y cuando campeonaron el mundial; aprendí a hacer snowboard; extrañaba esos momentos que habían sucedido, según mi perspectiva en esa situación, durante un periodo de oscuridad. La bestia amiga exigía seguir corriendo.

¡Kanpai! —gritaba con unos cuantos desconocidos que me sonreían enrojecidos, en un bar pequeño con pocas sillas. Un laberinto de bares similares rodeaba el lugar. Yo estaba feliz y borracho. 3 meses en Japón. Me movía con libertad en tren bala y un sistema de transporte sacado del futuro. Recorrí gran parte de ese país. En las estaciones, estar sentado al costado de máquinas dispensadoras tomando Coca-Cola se había vuelto algo cotidiano. Improvisar rezos en templos milenarios también. Creo que ese lugar le cambia la vida a quien sea que vaya y sepa apreciarlo.

Pasé dos días en Hiroshima. Caminaba por el parque de un castillo reconstruido entre árboles de sakura. Cada cierto tiempo me encontraba con algunos viejos señalados con algo ilegible para mí. Toda la modernidad y prosperanza que veía a mi alrededor habían sido devastación masiva; muy pocas cosas quedaron en pie. Esos árboles eran los que resistieron. No entendía cómo, en tan poco tiempo, la ciudad que vio al cielo prenderse en llamas, basándome en un testimonio del museo de la memoria, logró superarlo y llegar a niveles que superan lo que llamamos tercer mundo. Al salir de ese museo sentía náuseas y ansiedad, me temblaban las piernas. Sentía el cuerpo frío a pesar del sol. Llamé un taxi y me encaminé a un templo alejado que ya tenía mapeado. Subí cientos de escaleras y pude respirar. Estaba rodeado de pequeñas figuras Jizo; algunas de estas personitas de piedra llevaban gorritos o baberos de color rojo. Sirven para espantar todo mal y acompañan a los viajeros según el folklore. Cruzaba pequeños puentes de madera entre riachuelos; el camino seguía en ascenso, los pequeños no desaparecían. Llegué muy alto. Mientras descansaba, vi a una pareja de ancianos, uno de ellos con muletas. Se apoyaban mutuamente mientras bajaban. Hubo una pequeña reverencia, no podía lograr captar qué sentían. Tenían por lo menos 90 años. En esos lugares, familias locales dejan ofrendas para familiares fallecidos. Fue como descubrir una nueva emoción. A pesar de todos los augurios que espantan demonios, el gigantesco lobo caminó tranquilo y parecía recoger un fragmento de ese espejo que lleva mucho tiempo roto.

Por más de un año recorrí el mundo, es mi sueño y aún me falta conocer demasiado. Ahora ha pasado un año y mi situación es totalmente distinta. En todas esas experiencias se recogieron muchas esquirlas, pero al final completarlo es imposible; siempre seremos un espejo roto. Me parece algo bueno. Responder la pregunta «¿Quién soy?» sería muy aburrido. El mundo nunca estará vacío. Y, como ya dije, aún soy muy joven para terminar una historia tan propia; siendo sincero, no planeo escribirla.

[MIGRANTE AL PASO]  Comenzaba a oscurecerse el teatro, la orquesta del foso ya daba señales de preparación: silencio absoluto y oscuridad; no puedes ni verte las manos. De pronto comienza la música y el movimiento en el escenario. Desde chicos nos llevaban seguido a ver óperas; mi madre y mi abuela son fanáticas. Después de varias veces que me quedé dormido o me movía ansioso, le agarré el gusto.

No iba hacía muchos años; recordaba el Teatro Municipal mucho más grande y antiguo. Una vez estaba tan ansioso que salí con mi padre en mitad de la obra al baño, con la excusa de que tenía que ir urgente. Con mi hermano vimos Aida en el Coliseo de Verona, impresionante. El Colón y el Metropolitan. No soy un gran conocedor, pero me defiendo.

Esta vez vimos Cavalleria Rusticana, una de mis favoritas. El Intermezzo está dentro de mis canciones más escuchadas de Spotify. Después del primer acto, suena la famosa melodía mientras transcurre una escena. Son dos minutos en los que pareces estar elevado; en vivo se magnifica.

Es demasiado potente lo que puede generar una canción. Esa, particularmente, me sacude el alma y la llena de nostalgia. A diferencia de otras que son bastante tristes, esta tiene un toque más conmovedor y de ternura. Me sentía reconciliado más que devastado; los pensamientos habían desaparecido de mi cabeza.

Por esos dos minutos no estaba escuchando la música ni pensando en ella. Tampoco estaba pensando en mí. Simplemente estaba ahí. Pensé en aquel niño que alguna vez salió del teatro con su padre porque no podía soportar quedarse quieto. Qué extraño y curioso que, tantos años después, estuviera sentado en el mismo lugar sin querer que aquellos dos minutos terminaran. Ya no había ansiedad ni necesidad de escapar. Solo la música.

Desapareció algo que normalmente está siempre presente: yo mismo. Extraño, porque justamente era el presente lo que más estaba apreciando en ese momento cumbre. Pensaba que esto era lo más cercano a lo que músicos o atletas llaman flow state: un estado en el que la concentración y la atención son tan grandes que todo lo demás se desvanece y solo actúas. Se pierde el filtro intermedio entre sentir y actuar. Sin mente.

No creo haber llegado a ese estado en algún momento de mi vida, pero sí a algo cercano, escribiendo, jugando, haciendo deporte o leyendo. Imagino la posibilidad de poder vivir así eternamente.

Lo contrario a ese estado casi mágico sea la vida cotidiana. Pasamos demasiado tiempo preguntándonos si debemos hacer lo que sabemos que queremos hacer. Hasta para cosas absurdamente pequeñas necesitamos negociar con nosotros mismos. Suena la alarma y, antes de levantarnos para ir al gimnasio, ya estamos pensando si realmente vale la pena, si dormimos suficiente, si mañana será mejor. Frente a un correo electrónico de trabajo ocurre algo parecido: lo leemos, pensamos cómo responder, releemos lo escrito, dudamos si el tono es correcto y, cuando finalmente lo enviamos, ya estamos pensando en la respuesta que recibiremos. Vivimos anticipándonos. Tal vez porque todo se ha vuelto demasiado inmediato. Las cosas están muy alborotadas, pero se siente aburrido.

Por eso es difícil encontrar algo que me haga estar presente. Siempre viene algo y suele sentirse malo. Todo nos enseña que vas a tener que pagar algo o que algo va a suceder, pero no es cierto. Esos pequeños momentos en los que desaparece todo, entiendes que, si existe un momento así, no tiene por qué venir algo negativo. La culpa, una maldición de nuestra cultura, parece siempre estar presente. Cuando todo está yendo bien, mi propia cabeza se autosabotea y me pongo ansioso de pensar que falta algo, algo malo.

Por eso, cuando pienso en aquella noche, vuelvo siempre al principio. A ese momento en que el teatro comienza a oscurecerse y poco a poco desaparece todo lo que está alrededor. Ya no ves las caras, los teléfonos, los detalles de la sala. Apenas sabes que hay cientos de personas sentadas contigo, esperando. No ha comenzado la música todavía y, sin embargo, ya ocurrió algo: por unos segundos no hay nada que hacer. No hay que responder, decidir, avanzar ni anticiparse. Solo esperar.

Después comienza la música y el escenario aparece frente a nosotros. Pero me gusta pensar en esos segundos anteriores, cuando todavía no sucede nada. Ahí está una parte de lo que estaba buscando aquella noche.

[Migrante al paso]  Los niños son el verdadero rey, proponen algunos animes, pues está en ellos la labor de continuar la voluntad de fuego y está en nosotros transmitirla. Otras figuras nos alertan que tenemos que tener como recordatorio que los jóvenes nos están observando y que ellos son los mensajes vivientes que enviamos al futuro. En unos meses nacerá mi ahijada, así que serán meses felices y de expectativa. ¿Le gustarán los animes? Me pregunto con mi hermano. Tiene que saber pelear, también comentamos. Fantasías que ilusionan, pero no dejan de ser especulaciones. Estas pequeñas personas al final siempre toman su propio camino y, creo, que lo único que puedo hacer es transmitir que la vida, al fin y al cabo, es buena. Muchas veces las expectativas se vuelven cargas inintencionadas. Buscar ser el ejemplo perfecto, al final, tampoco es lo correcto. Felizmente, el tema de la crianza no es mi labor principal. Yo sueño con viajes, visitar las pirámides y conocer templos en Japón con mi sobrina. Creo que por irresponsable aún no me gano la confianza, pero aún soy joven. No está en mis planes tener hijos ni asentarme en un lugar permanente, así que mi hogar finalmente estará donde esté mi hermano con su familia. ¿Tengo que ser el mejor tío? Le decía a mi hermano hace años, quien me respondía que ya lo iba a hacer sin tener que hacer nada.

Recuerdo un cuento que leí recién saliendo del colegio, sin barba ni altura. Un adulto iba a ser ejecutado públicamente por un grave delito. Entre la multitud que pedía a gritos un asesinato, aparece un pequeño niño que reconoce al prisionero y se le acerca inocentemente, después de todo, era su padre. Con un diminuto gesto de inocencia se disuadió la situación y demuestra cómo el poder de la infancia vuelve susceptible a cualquier adulto. De ahí el nombre del cuento corto de Tolstói. Nos recuerda a esa pureza que todos tuvimos y que en algún momento perdimos; ese niño probablemente también la olvidará en algún momento. Cada vez que pienso en la infancia me viene ese relato a la mente y es algo que he estado pensando últimamente. Después de todo, se acerca mi primera sobrina y se siente que muchas cosas cambiarán para bien. Es algo que anhelo desde hace mucho. Pensaba en qué le puedo transmitir, porque plata no tengo aún, así que me basta con mis viajes, aventuras y estilo de vida. Tal vez con la llegada de la pequeña toda mi rebeldía, despreocupación e irresponsabilidad se transformen en sabiduría, que hasta el momento orgullosamente carezco.

Al final sucederá lo más probable, que es que ella me cambiará más a mí de lo que yo a ella. Igual, mi interés tampoco es cambiarla. Entonces: ¿qué es ser un buen tío? Quizá basta con solo ser alguien con quien pueda conversar y reírse, alguien con quien no se tenga que tomar las cosas tan en serio. Un ejemplo perfecto no lo he sido nunca y jamás lo seré. Pensaba en cómo mi estilo de vida puede interrumpirlo: muchos viajes, planes de irme un buen tiempo, negocios y turbulencias podrían evitar que pase el tiempo que quiero pasar con ella. Pero, regresando a lo que es un ejemplo, no ser auténtico y fiel a mi modo de ser sería mostrarle algo que no quisiera demostrar jamás, que es no ser tú mismo.

Hablaba con un amigo que vive en Europa. Su hermano mayor ya tuvo dos hijos y me comenta que las ha visto solo unas cuantas veces. Noto un poco de pena y temor a perderse momentos, pero no arrepentimiento. Definitivamente le gustaría estar ahí en cumpleaños y Navidades, pero tiene que seguir con lo suyo; eso es lo mejor que se puede transmitir. Comparto esos miedos y aún no nace mi querida ahijada. Ya me perderé todo el proceso de embarazo. Me gustaría estar ahí y tocar la barriga de María Angela, mi apreciada cuñada. Pero me quedo con escuchar a mi hermano emocionado. No me perderé muchos momentos porque ese deseo ya forma parte de mi futuro. Siempre estaré ahí, por lo menos en espíritu. Tal cual el cuento, basta con la aparición de la criatura para que todo cambie y se aligere el ambiente. Nace un vínculo inquebrantable que de ahora en adelante estará constantemente en mi mente, no como una atadura, sino como un empuje a mejorar sin perderme. De esta manera, llegará Aurora y, haciendo honor a su nombre, en algún momento hablaré con ella en un lugar remoto y congelado. Tal vez yo seguiré fumando, pero me imagino a ambos apreciando las luces de neón en el cielo que llevan su mismo nombre.

[Migrante al paso]  De chico, siempre que había algún almuerzo o invitación a la playa o a una casa de campo en el sur, parábamos a comer chicharrón en Sarita, al costado de la carretera vieja en Punta Hermosa. Mis padres nunca tuvieron casa de playa y, a nosotros, no nos importaba mucho. Teníamos varios amigos que nos invitaban y, a mí personalmente, no me gusta mucho; por no decir que odio tomar sol y que se me pegue la arena.

“Preferimos gastar en viajes que en una casa de playa o carros”, decían siempre, y felizmente lo cumplieron.

La semana pasada mi madre estaba de viaje y mi padre aprovechó para salirse de la dieta. Nos comimos un chicharrón; ya venía preguntándome si el chinito hacía delivery. Los dos sentados en silencio, con un par de preguntas sueltas, pero toda nuestra atención estaba en ese manjar. Uno de los mejores inventos gastronómicos, sin duda.

Con el tiempo fui descubriendo otras chicharronerías. No soy un experto ni busco los mejores rincones como hacen algunos; lo único que sé es que comer uno de esos sánguches suele cambiarme el ánimo drásticamente, para bien. Desde niño, mi humor dependía bastante de qué almorzaba al llegar del colegio. Pocas cosas no me gustaban.

Pequeños detalles como una comida son los que hacen la diferencia, siguiendo las enseñanzas de Gandalf, a quien tengo como guía permanente.

Cociné toda la semana. Tal vez no soy el más limpio, pero hice lo posible por dejar la cocina impecable. Aparentemente fallé. Mi madre llegó tardísimo, pero sentía que faltaba algo. Mi tío no les dice a mi abuela y a mi hermana “Don Pésimo” gratuitamente. Era un personaje de una serie de hace cien años. Una vez me enseñaron un capítulo y no entendía cómo podían ver algo así, aunque un par de risas me sacó.

Siempre los detalles

Después de meses conviviendo plácidamente con mi tío y mi abuela en Miami, y unas cuantas novelas mexicanas de su época dorada, ya soy inmune a todo tipo de material audiovisual. En fin, este personaje tenía una negatividad extrema: se le cruzaba una familia del vecindario —“Mi hijo ha ingresado a la universidad”, le decían felices—; pasaban dos cuadras y Don Pésimo susurraba: “En un ciclo lo botan”.

Llevo seis meses viviendo con mis padres. Lo aprecio bastante: es nostálgico y acogedor. Pasé de despertarme en Buenos Aires con los ruidos de los bondis en la oreja —parecía la guerra—. Viajé por el mundo y luego me mudé en Lima a un departamento que parecía cómodo. Me despertaba con las combis que hacían temblar todo y hasta el humo se metía por mi ventana. Seré un comodón, pero así soy. Me despertaba y sentía que ya me había fumado veinte cigarros.

Acá me despierto con el sonido de pajaritos; el sol entra por la ventana y veo el jardín verde y con flores. Mi perro se tira encima y me lame todo. Es una buena vida.

Ocho de la mañana un domingo —las ocho son madrugada un domingo—: “¡Sabes qué, francamente, mejor no cocinen!”. Escucho a Don Pésimo desde la cocina. Eso faltaba, pensé mientras me reía. No sé si le gritaba al perro o a la olla arrocera, que efectivamente me olvidé de limpiar. Me reí un rato y pensé: mejor duermo un rato más.

Nuevamente, pequeños detalles que te alegran el día. Por lo menos el mío; el de mi madre, no creo. Aunque, con la sabiduría de la vejez, se les pasa rápido.

Después de estar mucho tiempo lejos, como lo hice los años anteriores, da la ilusión de que lo que dejaste atrás desaparece, por más que el contacto se mantiene prácticamente a diario. Tu cuerpo entiende que no estás en tu hogar; por lo tanto, tu mente está algo desconcertada. Esos pequeños detalles de los que hablo —y existen millones— se van escondiendo. Cada cierto tiempo regresan los recuerdos para rescatarte. Hablaba con mi tío porque lo operaron y me dijo que todo lo que se hincha se deshincha, entre reniegos de que la vejez es una mierda y consejos sobre mi negocio. Lo bonito está en los detalles: se quedan contigo mientras pasan desapercibidos. Comer chicharrón con mi padre, reírme de mi madre renegando y admirando su capacidad de siempre moverse, mi abuela insistiéndome en que vea una película de un mono asesino; son esas cosas las que te mantienen a flote al final. “Para todo hay solución, solo no hay solución para la muerte. La vida es bella”, escuché a Cristiano Ronaldo decir en un reel antiguo mientras se reía. Suena tonto, pero es una buena forma de ver las cosas. Hace unos meses me enteré de que mi ahijada está en camino y por eso sé que la vida es bella; no solo es, sino que tiene que serlo. Y, terminando esta crónica extraña, ya encontré un tema importante para la siguiente.

[Migrante al paso]  Deja de luchar que no ganarás, me lo dice todas las mañanas. Eres un fracasado, siempre haces todo mal, me lo recalca todas las noches antes de dormir. En ese espacio que debería ser de paz, los sueños son interrumpidos por una figura parecida a la mía, sus ojos son negros y su cuerpo mucho más grande que el mío, frente a él estoy yo de niño. Con la cabeza rapada y ojos cansados, se arrodilla y con los brazos hacia atrás parece rendirse. El entorno oscuro comienza a envolverme y absorber todo el optimismo que por temporadas me caracteriza. Esta vez, el monstruo parecido ya ha engullido toda esperanza. En estos casos, solo hay una opción. Una que antes me costaba encontrar, fue disminuyendo, pero esta vez no logro hallarla de nuevo.

Hoy, yendo a mi trabajo. Mi cuerpo estaba pidiendo desahogo a gritos. Una parte tóxica me decía que llorar es de débiles, otra me decía lo contrario. Racionalmente, sé quién tiene la razón, pero es una lucha constante. Sentía disonancia con las canciones rockeras que acompañaban a mis oídos. Busqué específicamente la canción que canta Fantine, de Los Miserables, momentos antes de morir. Peleando contra las lágrimas, finalmente me vencieron y cedí. No era un llanto desgarrado, solo caían lágrimas silenciosas mientras me temblaban los labios. El taxista adelante no se percataba, después de todo no es problema de nadie más que el mío. Llegué al trabajo, me lavé la cara y me puse la máscara de tipo rudo nuevamente. Aún tengo ese déficit y temor de verme vulnerable.

Hace ya dos años, durante el viaje de mis sueños, en las tierras sagradas de Japón, me sucedió algo similar. Caminando por Yokohama, una ciudad particularmente occidental, comparada con otras ciudades de ese país. Tuve que detenerme en una banca, al costado de una máquina dispensadora. Nadie me conocía y, en ese momento, yo tampoco sabía quién era. Miles de kilómetros de casa, alejado por meses, viví las mejores experiencias de mi vida; pero igual ocurrió ese momento peculiar. El cigarro que me estaba fumando se mojó de pequeñas lágrimas que caían. Mi cabeza no estaba mirando el piso, al contrario, miraba a los ojos a todo aquel que pasaba a mi costado. Nadie se acercó y tampoco quería que lo hicieran. Recordaba momentos en Londres o Nueva York, donde la gente camina por encima de personas sin hogar como si no existieran. Ese momento de fragilidad en el país oriental me enseñó mucho en retrospectiva. Soy una persona depresiva, que ya ha superado el peor bajón imaginable muchos años antes. Un poco de tristeza no es nada para mí, solía decirme de manera engañosa. La verdad es que a veces me siguen temblando las rodillas como cuando tenía 10 años.

Cuando regresé de vivir en el extranjero, tuve una de mis últimas sesiones con mi psicólogo ya fallecido. Por primera vez vio mi tatuaje, una katana en el antebrazo derecho. Como estaba afuera, nuestras sesiones eran virtuales y muchas cosas quedaban fuera de cuadro, desde mi peso hasta mis piercings y tatuajes nuevos. Lo vio y le encantó, compartíamos afición por la historia y temas que bordean el misticismo. Se levantó haciendo un esfuerzo, su cuerpo estaba débil, algo que yo tampoco había notado por la lejanía. Quería ver de cerca la tinta dibujada en mi piel. Después de apreciarlo un rato, hizo un camino con las manos desde la espada hasta mi pecho: «Haz que se extienda hasta ahí», me dijo con un rostro consumido, pero sonriente. Fueron una de las últimas palabras que escuché de él. La katana es el arma y símbolo de los samuráis, nosotros conocemos la versión romantizada, una que está un poco alejada de lo que fueron estos guerreros de élite, pero me quedo con eso por ahora. Seré una persona de lágrima fácil, me puedo quebrar con solo unas palabras de la persona indicada, pero dentro de mi mente siempre está una espada y mi espíritu está acostumbrado a pelear, sea con las manos, las piernas o las palabras. Y así, bajón tras bajón, así me enfrenté contra el Leviatán, pelearé porque si de algo estoy convencido es que no me rindo fácilmente, prefiero morir antes de derrotarme a mí mismo.

Esta última semana, recordaba con añoranza mi sueño de infancia de ser un arqueólogo. Nuevamente, uno romantizado, más parecido a Indiana Jones o Lara Croft que a uno real. Y es justamente ahí donde está la única opción de la que hablaba al comienzo. Hay que excavar y hacerlo muy profundo. Mis manos con un nudillo explotado están acostumbradas a golpear, a ser destruidas, a secarme las lágrimas y a señalar injusticias. Con esas manos, solo tengo que ir cavando y pasar por los restos arqueológicos de mi propia historia e identidad. En cada capa acecha una sombra distinta y un acertijo que resolver. En esa búsqueda eterna, mientras más me aproximo al núcleo de la pirámide o tumba sellada por una maldición, voy encontrando la fuerza para despegar y ver a la cara a mi lado más oscuro, no como metáfora negativa sino como un lugar difícil de ver. Ahí, frente al sarcófago, encuentro adentro a esta versión titánica mía cuyos ojos negros tanto me asustan. Se despierta e intenta intimidarme. Pero ya escarbé demasiado como para dar vuelta atrás. No es necesario desenvainar la katana, de nuevo mi mayor herramienta son mis manos. Me acerco a esta figura imponente y la única respuesta la puedo encontrar abrazándola. Es así la única manera en la que puedo encontrar mi camino de vuelta.

[MIGRANTE AL PASO]  No veré este mundial, afirmé varias crónicas atrás. Hoy quedaron fuera de la Copa del Mundo Alemania y Holanda, lamentablemente, Japón, mi favorito, también. Hasta esta fecha solo había visto un partido y, relativamente, obligado. Había perdido la fe en este deporte y el fanatismo que tenía, aún no lo recupero, pero hoy la pasé bien. Día libre, feriado, un buen día de descanso. Al no tener nada que hacer en el día, hablo con dos amigos, de los más antiguos y de los que más frecuento: Hay que ver los partidos del mundial, quedamos. No hubo cervezas, solo historias de algunos viajes, un poco de PlayStation y mucho fútbol. Algo que probablemente hemos repetido varias veces en mundiales pasados y mucho más jóvenes. Se sentía un aire escolar, como cuando te daban la clase libre para ver un partido importante. Los álbumes, favoritos y una eterna ausencia de Perú, que te hacía hincha de otras naciones. Esa magia sentía que se había perdido un poco, por la sede, escándalos y una patología masiva a la que no le daba la importancia debida.

Neymar se acercó a los japoneses para consolarlos. Eran los favoritos de muchos y lo dieron todo. Aparte de mis quejas por lo innecesarios y más cosas sobre las pausas de hidratación, los infinitos comerciales de plataformas de apuestas y, también de que ya no dejen ver las peleas en vivo. Este deporte sí despierta un poco el instinto violento, en realidad creo que todos, pero la magnitud cultural de ver a la gente patear la pelota es inconmensurable. Hay demasiado alrededor de esto. Recordaba cuando fui al Mundial de Brasil 2014, yo acababa de renunciar a la Universidad de Lima, sin saber que iba a pasar, haciendo una jugada de riesgo que salió bien. Toda esa ansiedad no importaba, ver las celebraciones, la gente de decenas de países en las calles, no tenía ninguna responsabilidad que me frene de simplemente disfrutar. El primer viaje solo con mi padre, aficionado, tanto que sigue viendo los partidos de la U en fútbol nacional. Y los vive.

9 horas de fútbol

Cada uno a sorbos de Red Bull y cigarros, estamos jóvenes pero ya nos alcanza el cansancio más rápido. Les contaba sobre una foto en la que salía con Figo, me molestaban por mi pelo excesivamente largo. Yo rochoso no quería pedirle una foto en el aeropuerto de Río de Janeiro (Iba en el mismo vuelo camino a Salvador de Bahía), mi padre le habló en un portugués rarísimo y se logró un recuerdo grabado en una imagen. Vimos el gol de Van Persie, la palomita que está en el top 5 de la historia, Cristiano Ronaldo a pocos metros, algunas cervezas y mucha carne. Tenía 19 años y nunca había visto a chicas tan bonitas, era un niño aún, me costaba concentrarme. Todo ese mundo que hoy se siente menos potente, tiene un efecto que pasa desapercibido.

El fútbol es político preguntan muchos, yo creo que inevitablemente sí. Cuando Messi le dio la mano a Trump, más allá de si supiera o no tuvo repercusiones. Desde que comenzó el mundial nunca más escuchamos de ICE o los archivos de Epstein. En 2014 conversábamos con un barman que quería que Brasil pierda, su propio país, nos lo contaba molesto. Un. Robo en Pelourinho, lugar donde castigaban esclavos en la colonia. Violencia en hinchadas, abusos que pasaban desapercibidos. Ni me enteré que ganó Keiko al 100% hasta que me llamó mi abuela hace un rato. Recuerdo ya un poco mayor, cuando vivía en Argentina, en la 12, la famosa barra brava de Boca y su trinchera en La Bombonera. Yo callado y saltando por contagio y miedo. Las elecciones eran al día siguiente, pero no importaba. Nunca había sentido algo así, todo temblaba y veías que sucedía todo malo y bueno en una misma tribuna. La euforia era contagiosa e intimidante a la vez. La locura era palpable y se mezclaba con la propia.

En todos esos momentos se puede sentir en la euforia como se está sintiendo el mundo y la simbología es infinita. Parece un campeonato entre colonizadores y colonizados. Pero igual hoy la pasé bien, grité el gol de Japón como simbología fuera Perú; un desahogo es necesario, pero hay que intentar darse cuenta y el fútbol debería ser consciente de eso, no cómplice como parece serlo.

En fin el análisis podría ser infinito y aburrido. Lo único que sé es que hoy 2 amigos y tres partidos me alegraron el día, pude despegarme del trabajo y de preocupaciones por 9 horas. Partido tras partido, goles tras goles. Ver penales después de mucho tiempo. Hoy regreso un poco de lo que había perdido y es esperanzador. La cantidad de recuerdos revividos valen más que suficiente. Pero nunca olvidar que al final, debería ser solo fútbol.

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