Crónica

[MIGRANTE AL PASO]  Comenzaba a oscurecerse el teatro, la orquesta del foso ya daba señales de preparación: silencio absoluto y oscuridad; no puedes ni verte las manos. De pronto comienza la música y el movimiento en el escenario. Desde chicos nos llevaban seguido a ver óperas; mi madre y mi abuela son fanáticas. Después de varias veces que me quedé dormido o me movía ansioso, le agarré el gusto.

No iba hacía muchos años; recordaba el Teatro Municipal mucho más grande y antiguo. Una vez estaba tan ansioso que salí con mi padre en mitad de la obra al baño, con la excusa de que tenía que ir urgente. Con mi hermano vimos Aida en el Coliseo de Verona, impresionante. El Colón y el Metropolitan. No soy un gran conocedor, pero me defiendo.

Esta vez vimos Cavalleria Rusticana, una de mis favoritas. El Intermezzo está dentro de mis canciones más escuchadas de Spotify. Después del primer acto, suena la famosa melodía mientras transcurre una escena. Son dos minutos en los que pareces estar elevado; en vivo se magnifica.

Es demasiado potente lo que puede generar una canción. Esa, particularmente, me sacude el alma y la llena de nostalgia. A diferencia de otras que son bastante tristes, esta tiene un toque más conmovedor y de ternura. Me sentía reconciliado más que devastado; los pensamientos habían desaparecido de mi cabeza.

Por esos dos minutos no estaba escuchando la música ni pensando en ella. Tampoco estaba pensando en mí. Simplemente estaba ahí. Pensé en aquel niño que alguna vez salió del teatro con su padre porque no podía soportar quedarse quieto. Qué extraño y curioso que, tantos años después, estuviera sentado en el mismo lugar sin querer que aquellos dos minutos terminaran. Ya no había ansiedad ni necesidad de escapar. Solo la música.

Desapareció algo que normalmente está siempre presente: yo mismo. Extraño, porque justamente era el presente lo que más estaba apreciando en ese momento cumbre. Pensaba que esto era lo más cercano a lo que músicos o atletas llaman flow state: un estado en el que la concentración y la atención son tan grandes que todo lo demás se desvanece y solo actúas. Se pierde el filtro intermedio entre sentir y actuar. Sin mente.

No creo haber llegado a ese estado en algún momento de mi vida, pero sí a algo cercano, escribiendo, jugando, haciendo deporte o leyendo. Imagino la posibilidad de poder vivir así eternamente.

Lo contrario a ese estado casi mágico sea la vida cotidiana. Pasamos demasiado tiempo preguntándonos si debemos hacer lo que sabemos que queremos hacer. Hasta para cosas absurdamente pequeñas necesitamos negociar con nosotros mismos. Suena la alarma y, antes de levantarnos para ir al gimnasio, ya estamos pensando si realmente vale la pena, si dormimos suficiente, si mañana será mejor. Frente a un correo electrónico de trabajo ocurre algo parecido: lo leemos, pensamos cómo responder, releemos lo escrito, dudamos si el tono es correcto y, cuando finalmente lo enviamos, ya estamos pensando en la respuesta que recibiremos. Vivimos anticipándonos. Tal vez porque todo se ha vuelto demasiado inmediato. Las cosas están muy alborotadas, pero se siente aburrido.

Por eso es difícil encontrar algo que me haga estar presente. Siempre viene algo y suele sentirse malo. Todo nos enseña que vas a tener que pagar algo o que algo va a suceder, pero no es cierto. Esos pequeños momentos en los que desaparece todo, entiendes que, si existe un momento así, no tiene por qué venir algo negativo. La culpa, una maldición de nuestra cultura, parece siempre estar presente. Cuando todo está yendo bien, mi propia cabeza se autosabotea y me pongo ansioso de pensar que falta algo, algo malo.

Por eso, cuando pienso en aquella noche, vuelvo siempre al principio. A ese momento en que el teatro comienza a oscurecerse y poco a poco desaparece todo lo que está alrededor. Ya no ves las caras, los teléfonos, los detalles de la sala. Apenas sabes que hay cientos de personas sentadas contigo, esperando. No ha comenzado la música todavía y, sin embargo, ya ocurrió algo: por unos segundos no hay nada que hacer. No hay que responder, decidir, avanzar ni anticiparse. Solo esperar.

Después comienza la música y el escenario aparece frente a nosotros. Pero me gusta pensar en esos segundos anteriores, cuando todavía no sucede nada. Ahí está una parte de lo que estaba buscando aquella noche.

[Migrante al paso]  Los niños son el verdadero rey, proponen algunos animes, pues está en ellos la labor de continuar la voluntad de fuego y está en nosotros transmitirla. Otras figuras nos alertan que tenemos que tener como recordatorio que los jóvenes nos están observando y que ellos son los mensajes vivientes que enviamos al futuro. En unos meses nacerá mi ahijada, así que serán meses felices y de expectativa. ¿Le gustarán los animes? Me pregunto con mi hermano. Tiene que saber pelear, también comentamos. Fantasías que ilusionan, pero no dejan de ser especulaciones. Estas pequeñas personas al final siempre toman su propio camino y, creo, que lo único que puedo hacer es transmitir que la vida, al fin y al cabo, es buena. Muchas veces las expectativas se vuelven cargas inintencionadas. Buscar ser el ejemplo perfecto, al final, tampoco es lo correcto. Felizmente, el tema de la crianza no es mi labor principal. Yo sueño con viajes, visitar las pirámides y conocer templos en Japón con mi sobrina. Creo que por irresponsable aún no me gano la confianza, pero aún soy joven. No está en mis planes tener hijos ni asentarme en un lugar permanente, así que mi hogar finalmente estará donde esté mi hermano con su familia. ¿Tengo que ser el mejor tío? Le decía a mi hermano hace años, quien me respondía que ya lo iba a hacer sin tener que hacer nada.

Recuerdo un cuento que leí recién saliendo del colegio, sin barba ni altura. Un adulto iba a ser ejecutado públicamente por un grave delito. Entre la multitud que pedía a gritos un asesinato, aparece un pequeño niño que reconoce al prisionero y se le acerca inocentemente, después de todo, era su padre. Con un diminuto gesto de inocencia se disuadió la situación y demuestra cómo el poder de la infancia vuelve susceptible a cualquier adulto. De ahí el nombre del cuento corto de Tolstói. Nos recuerda a esa pureza que todos tuvimos y que en algún momento perdimos; ese niño probablemente también la olvidará en algún momento. Cada vez que pienso en la infancia me viene ese relato a la mente y es algo que he estado pensando últimamente. Después de todo, se acerca mi primera sobrina y se siente que muchas cosas cambiarán para bien. Es algo que anhelo desde hace mucho. Pensaba en qué le puedo transmitir, porque plata no tengo aún, así que me basta con mis viajes, aventuras y estilo de vida. Tal vez con la llegada de la pequeña toda mi rebeldía, despreocupación e irresponsabilidad se transformen en sabiduría, que hasta el momento orgullosamente carezco.

Al final sucederá lo más probable, que es que ella me cambiará más a mí de lo que yo a ella. Igual, mi interés tampoco es cambiarla. Entonces: ¿qué es ser un buen tío? Quizá basta con solo ser alguien con quien pueda conversar y reírse, alguien con quien no se tenga que tomar las cosas tan en serio. Un ejemplo perfecto no lo he sido nunca y jamás lo seré. Pensaba en cómo mi estilo de vida puede interrumpirlo: muchos viajes, planes de irme un buen tiempo, negocios y turbulencias podrían evitar que pase el tiempo que quiero pasar con ella. Pero, regresando a lo que es un ejemplo, no ser auténtico y fiel a mi modo de ser sería mostrarle algo que no quisiera demostrar jamás, que es no ser tú mismo.

Hablaba con un amigo que vive en Europa. Su hermano mayor ya tuvo dos hijos y me comenta que las ha visto solo unas cuantas veces. Noto un poco de pena y temor a perderse momentos, pero no arrepentimiento. Definitivamente le gustaría estar ahí en cumpleaños y Navidades, pero tiene que seguir con lo suyo; eso es lo mejor que se puede transmitir. Comparto esos miedos y aún no nace mi querida ahijada. Ya me perderé todo el proceso de embarazo. Me gustaría estar ahí y tocar la barriga de María Angela, mi apreciada cuñada. Pero me quedo con escuchar a mi hermano emocionado. No me perderé muchos momentos porque ese deseo ya forma parte de mi futuro. Siempre estaré ahí, por lo menos en espíritu. Tal cual el cuento, basta con la aparición de la criatura para que todo cambie y se aligere el ambiente. Nace un vínculo inquebrantable que de ahora en adelante estará constantemente en mi mente, no como una atadura, sino como un empuje a mejorar sin perderme. De esta manera, llegará Aurora y, haciendo honor a su nombre, en algún momento hablaré con ella en un lugar remoto y congelado. Tal vez yo seguiré fumando, pero me imagino a ambos apreciando las luces de neón en el cielo que llevan su mismo nombre.

[Migrante al paso]  De chico, siempre que había algún almuerzo o invitación a la playa o a una casa de campo en el sur, parábamos a comer chicharrón en Sarita, al costado de la carretera vieja en Punta Hermosa. Mis padres nunca tuvieron casa de playa y, a nosotros, no nos importaba mucho. Teníamos varios amigos que nos invitaban y, a mí personalmente, no me gusta mucho; por no decir que odio tomar sol y que se me pegue la arena.

“Preferimos gastar en viajes que en una casa de playa o carros”, decían siempre, y felizmente lo cumplieron.

La semana pasada mi madre estaba de viaje y mi padre aprovechó para salirse de la dieta. Nos comimos un chicharrón; ya venía preguntándome si el chinito hacía delivery. Los dos sentados en silencio, con un par de preguntas sueltas, pero toda nuestra atención estaba en ese manjar. Uno de los mejores inventos gastronómicos, sin duda.

Con el tiempo fui descubriendo otras chicharronerías. No soy un experto ni busco los mejores rincones como hacen algunos; lo único que sé es que comer uno de esos sánguches suele cambiarme el ánimo drásticamente, para bien. Desde niño, mi humor dependía bastante de qué almorzaba al llegar del colegio. Pocas cosas no me gustaban.

Pequeños detalles como una comida son los que hacen la diferencia, siguiendo las enseñanzas de Gandalf, a quien tengo como guía permanente.

Cociné toda la semana. Tal vez no soy el más limpio, pero hice lo posible por dejar la cocina impecable. Aparentemente fallé. Mi madre llegó tardísimo, pero sentía que faltaba algo. Mi tío no les dice a mi abuela y a mi hermana “Don Pésimo” gratuitamente. Era un personaje de una serie de hace cien años. Una vez me enseñaron un capítulo y no entendía cómo podían ver algo así, aunque un par de risas me sacó.

Siempre los detalles

Después de meses conviviendo plácidamente con mi tío y mi abuela en Miami, y unas cuantas novelas mexicanas de su época dorada, ya soy inmune a todo tipo de material audiovisual. En fin, este personaje tenía una negatividad extrema: se le cruzaba una familia del vecindario —“Mi hijo ha ingresado a la universidad”, le decían felices—; pasaban dos cuadras y Don Pésimo susurraba: “En un ciclo lo botan”.

Llevo seis meses viviendo con mis padres. Lo aprecio bastante: es nostálgico y acogedor. Pasé de despertarme en Buenos Aires con los ruidos de los bondis en la oreja —parecía la guerra—. Viajé por el mundo y luego me mudé en Lima a un departamento que parecía cómodo. Me despertaba con las combis que hacían temblar todo y hasta el humo se metía por mi ventana. Seré un comodón, pero así soy. Me despertaba y sentía que ya me había fumado veinte cigarros.

Acá me despierto con el sonido de pajaritos; el sol entra por la ventana y veo el jardín verde y con flores. Mi perro se tira encima y me lame todo. Es una buena vida.

Ocho de la mañana un domingo —las ocho son madrugada un domingo—: “¡Sabes qué, francamente, mejor no cocinen!”. Escucho a Don Pésimo desde la cocina. Eso faltaba, pensé mientras me reía. No sé si le gritaba al perro o a la olla arrocera, que efectivamente me olvidé de limpiar. Me reí un rato y pensé: mejor duermo un rato más.

Nuevamente, pequeños detalles que te alegran el día. Por lo menos el mío; el de mi madre, no creo. Aunque, con la sabiduría de la vejez, se les pasa rápido.

Después de estar mucho tiempo lejos, como lo hice los años anteriores, da la ilusión de que lo que dejaste atrás desaparece, por más que el contacto se mantiene prácticamente a diario. Tu cuerpo entiende que no estás en tu hogar; por lo tanto, tu mente está algo desconcertada. Esos pequeños detalles de los que hablo —y existen millones— se van escondiendo. Cada cierto tiempo regresan los recuerdos para rescatarte. Hablaba con mi tío porque lo operaron y me dijo que todo lo que se hincha se deshincha, entre reniegos de que la vejez es una mierda y consejos sobre mi negocio. Lo bonito está en los detalles: se quedan contigo mientras pasan desapercibidos. Comer chicharrón con mi padre, reírme de mi madre renegando y admirando su capacidad de siempre moverse, mi abuela insistiéndome en que vea una película de un mono asesino; son esas cosas las que te mantienen a flote al final. “Para todo hay solución, solo no hay solución para la muerte. La vida es bella”, escuché a Cristiano Ronaldo decir en un reel antiguo mientras se reía. Suena tonto, pero es una buena forma de ver las cosas. Hace unos meses me enteré de que mi ahijada está en camino y por eso sé que la vida es bella; no solo es, sino que tiene que serlo. Y, terminando esta crónica extraña, ya encontré un tema importante para la siguiente.

[Migrante al paso]  Deja de luchar que no ganarás, me lo dice todas las mañanas. Eres un fracasado, siempre haces todo mal, me lo recalca todas las noches antes de dormir. En ese espacio que debería ser de paz, los sueños son interrumpidos por una figura parecida a la mía, sus ojos son negros y su cuerpo mucho más grande que el mío, frente a él estoy yo de niño. Con la cabeza rapada y ojos cansados, se arrodilla y con los brazos hacia atrás parece rendirse. El entorno oscuro comienza a envolverme y absorber todo el optimismo que por temporadas me caracteriza. Esta vez, el monstruo parecido ya ha engullido toda esperanza. En estos casos, solo hay una opción. Una que antes me costaba encontrar, fue disminuyendo, pero esta vez no logro hallarla de nuevo.

Hoy, yendo a mi trabajo. Mi cuerpo estaba pidiendo desahogo a gritos. Una parte tóxica me decía que llorar es de débiles, otra me decía lo contrario. Racionalmente, sé quién tiene la razón, pero es una lucha constante. Sentía disonancia con las canciones rockeras que acompañaban a mis oídos. Busqué específicamente la canción que canta Fantine, de Los Miserables, momentos antes de morir. Peleando contra las lágrimas, finalmente me vencieron y cedí. No era un llanto desgarrado, solo caían lágrimas silenciosas mientras me temblaban los labios. El taxista adelante no se percataba, después de todo no es problema de nadie más que el mío. Llegué al trabajo, me lavé la cara y me puse la máscara de tipo rudo nuevamente. Aún tengo ese déficit y temor de verme vulnerable.

Hace ya dos años, durante el viaje de mis sueños, en las tierras sagradas de Japón, me sucedió algo similar. Caminando por Yokohama, una ciudad particularmente occidental, comparada con otras ciudades de ese país. Tuve que detenerme en una banca, al costado de una máquina dispensadora. Nadie me conocía y, en ese momento, yo tampoco sabía quién era. Miles de kilómetros de casa, alejado por meses, viví las mejores experiencias de mi vida; pero igual ocurrió ese momento peculiar. El cigarro que me estaba fumando se mojó de pequeñas lágrimas que caían. Mi cabeza no estaba mirando el piso, al contrario, miraba a los ojos a todo aquel que pasaba a mi costado. Nadie se acercó y tampoco quería que lo hicieran. Recordaba momentos en Londres o Nueva York, donde la gente camina por encima de personas sin hogar como si no existieran. Ese momento de fragilidad en el país oriental me enseñó mucho en retrospectiva. Soy una persona depresiva, que ya ha superado el peor bajón imaginable muchos años antes. Un poco de tristeza no es nada para mí, solía decirme de manera engañosa. La verdad es que a veces me siguen temblando las rodillas como cuando tenía 10 años.

Cuando regresé de vivir en el extranjero, tuve una de mis últimas sesiones con mi psicólogo ya fallecido. Por primera vez vio mi tatuaje, una katana en el antebrazo derecho. Como estaba afuera, nuestras sesiones eran virtuales y muchas cosas quedaban fuera de cuadro, desde mi peso hasta mis piercings y tatuajes nuevos. Lo vio y le encantó, compartíamos afición por la historia y temas que bordean el misticismo. Se levantó haciendo un esfuerzo, su cuerpo estaba débil, algo que yo tampoco había notado por la lejanía. Quería ver de cerca la tinta dibujada en mi piel. Después de apreciarlo un rato, hizo un camino con las manos desde la espada hasta mi pecho: «Haz que se extienda hasta ahí», me dijo con un rostro consumido, pero sonriente. Fueron una de las últimas palabras que escuché de él. La katana es el arma y símbolo de los samuráis, nosotros conocemos la versión romantizada, una que está un poco alejada de lo que fueron estos guerreros de élite, pero me quedo con eso por ahora. Seré una persona de lágrima fácil, me puedo quebrar con solo unas palabras de la persona indicada, pero dentro de mi mente siempre está una espada y mi espíritu está acostumbrado a pelear, sea con las manos, las piernas o las palabras. Y así, bajón tras bajón, así me enfrenté contra el Leviatán, pelearé porque si de algo estoy convencido es que no me rindo fácilmente, prefiero morir antes de derrotarme a mí mismo.

Esta última semana, recordaba con añoranza mi sueño de infancia de ser un arqueólogo. Nuevamente, uno romantizado, más parecido a Indiana Jones o Lara Croft que a uno real. Y es justamente ahí donde está la única opción de la que hablaba al comienzo. Hay que excavar y hacerlo muy profundo. Mis manos con un nudillo explotado están acostumbradas a golpear, a ser destruidas, a secarme las lágrimas y a señalar injusticias. Con esas manos, solo tengo que ir cavando y pasar por los restos arqueológicos de mi propia historia e identidad. En cada capa acecha una sombra distinta y un acertijo que resolver. En esa búsqueda eterna, mientras más me aproximo al núcleo de la pirámide o tumba sellada por una maldición, voy encontrando la fuerza para despegar y ver a la cara a mi lado más oscuro, no como metáfora negativa sino como un lugar difícil de ver. Ahí, frente al sarcófago, encuentro adentro a esta versión titánica mía cuyos ojos negros tanto me asustan. Se despierta e intenta intimidarme. Pero ya escarbé demasiado como para dar vuelta atrás. No es necesario desenvainar la katana, de nuevo mi mayor herramienta son mis manos. Me acerco a esta figura imponente y la única respuesta la puedo encontrar abrazándola. Es así la única manera en la que puedo encontrar mi camino de vuelta.

[MIGRANTE AL PASO]  No veré este mundial, afirmé varias crónicas atrás. Hoy quedaron fuera de la Copa del Mundo Alemania y Holanda, lamentablemente, Japón, mi favorito, también. Hasta esta fecha solo había visto un partido y, relativamente, obligado. Había perdido la fe en este deporte y el fanatismo que tenía, aún no lo recupero, pero hoy la pasé bien. Día libre, feriado, un buen día de descanso. Al no tener nada que hacer en el día, hablo con dos amigos, de los más antiguos y de los que más frecuento: Hay que ver los partidos del mundial, quedamos. No hubo cervezas, solo historias de algunos viajes, un poco de PlayStation y mucho fútbol. Algo que probablemente hemos repetido varias veces en mundiales pasados y mucho más jóvenes. Se sentía un aire escolar, como cuando te daban la clase libre para ver un partido importante. Los álbumes, favoritos y una eterna ausencia de Perú, que te hacía hincha de otras naciones. Esa magia sentía que se había perdido un poco, por la sede, escándalos y una patología masiva a la que no le daba la importancia debida.

Neymar se acercó a los japoneses para consolarlos. Eran los favoritos de muchos y lo dieron todo. Aparte de mis quejas por lo innecesarios y más cosas sobre las pausas de hidratación, los infinitos comerciales de plataformas de apuestas y, también de que ya no dejen ver las peleas en vivo. Este deporte sí despierta un poco el instinto violento, en realidad creo que todos, pero la magnitud cultural de ver a la gente patear la pelota es inconmensurable. Hay demasiado alrededor de esto. Recordaba cuando fui al Mundial de Brasil 2014, yo acababa de renunciar a la Universidad de Lima, sin saber que iba a pasar, haciendo una jugada de riesgo que salió bien. Toda esa ansiedad no importaba, ver las celebraciones, la gente de decenas de países en las calles, no tenía ninguna responsabilidad que me frene de simplemente disfrutar. El primer viaje solo con mi padre, aficionado, tanto que sigue viendo los partidos de la U en fútbol nacional. Y los vive.

9 horas de fútbol

Cada uno a sorbos de Red Bull y cigarros, estamos jóvenes pero ya nos alcanza el cansancio más rápido. Les contaba sobre una foto en la que salía con Figo, me molestaban por mi pelo excesivamente largo. Yo rochoso no quería pedirle una foto en el aeropuerto de Río de Janeiro (Iba en el mismo vuelo camino a Salvador de Bahía), mi padre le habló en un portugués rarísimo y se logró un recuerdo grabado en una imagen. Vimos el gol de Van Persie, la palomita que está en el top 5 de la historia, Cristiano Ronaldo a pocos metros, algunas cervezas y mucha carne. Tenía 19 años y nunca había visto a chicas tan bonitas, era un niño aún, me costaba concentrarme. Todo ese mundo que hoy se siente menos potente, tiene un efecto que pasa desapercibido.

El fútbol es político preguntan muchos, yo creo que inevitablemente sí. Cuando Messi le dio la mano a Trump, más allá de si supiera o no tuvo repercusiones. Desde que comenzó el mundial nunca más escuchamos de ICE o los archivos de Epstein. En 2014 conversábamos con un barman que quería que Brasil pierda, su propio país, nos lo contaba molesto. Un. Robo en Pelourinho, lugar donde castigaban esclavos en la colonia. Violencia en hinchadas, abusos que pasaban desapercibidos. Ni me enteré que ganó Keiko al 100% hasta que me llamó mi abuela hace un rato. Recuerdo ya un poco mayor, cuando vivía en Argentina, en la 12, la famosa barra brava de Boca y su trinchera en La Bombonera. Yo callado y saltando por contagio y miedo. Las elecciones eran al día siguiente, pero no importaba. Nunca había sentido algo así, todo temblaba y veías que sucedía todo malo y bueno en una misma tribuna. La euforia era contagiosa e intimidante a la vez. La locura era palpable y se mezclaba con la propia.

En todos esos momentos se puede sentir en la euforia como se está sintiendo el mundo y la simbología es infinita. Parece un campeonato entre colonizadores y colonizados. Pero igual hoy la pasé bien, grité el gol de Japón como simbología fuera Perú; un desahogo es necesario, pero hay que intentar darse cuenta y el fútbol debería ser consciente de eso, no cómplice como parece serlo.

En fin el análisis podría ser infinito y aburrido. Lo único que sé es que hoy 2 amigos y tres partidos me alegraron el día, pude despegarme del trabajo y de preocupaciones por 9 horas. Partido tras partido, goles tras goles. Ver penales después de mucho tiempo. Hoy regreso un poco de lo que había perdido y es esperanzador. La cantidad de recuerdos revividos valen más que suficiente. Pero nunca olvidar que al final, debería ser solo fútbol.

[MIGRANTE AL PASO]  Durante mi infancia, mi mundo estaba dividido en dos. Terminaba el colegio, regresaba preocupado a mi casa, no sabía si le había llegado alguna notificación de mal comportamiento o algún aviso de bajo rendimiento, cuando estaba próximo a llegar para almorzar recordaba lo que mi hermano me dijo: no importa si te gritan por no hacer tareas, igual te van a querer. Gracias a esa frase podía permitirme vivir de manera un poco conchuda. Después de devorarme el arroz con pollo, chaufa o hígado con cebolla; un poco de charla y críticas a mis profesores, subía y prendía el televisor expectante de qué ficción me tocaba vivir el resto del día.

Así viví casi toda mi adolescencia, una un poco particular, cuando ya debería haber desarrollado un poco yo me mantenía como un niño. Un niño observador, disidente, irresponsable, de corazón noble, muy culturizado, miedoso y con la ambición de conquistar el mundo. En esas épocas que ibas a polvos rosados y salías con cientos de series y animes en DVD, o miles de juegos piratas antes de que las consolas fueran imposibles de modificar. Cogía mis colecciones de Naruto, Harry Potter o El señor de los anillos, para ese momento aún no habían terminado de ser transmitidas. Comenzaba desde el inicio y en unos días lo terminaba, a veces volvía a comenzar de cero al finalizar, en otras ocasiones cambiaba a otro mundo de fantasía. Cuando llegaba al colegio al día siguiente, no me quedaba muy claro qué realidad estaba viviendo.

Sentía que no tenía nada que aprender en el colegio, era obvio que los problemas matemáticos los iba a poder resolver desde mi bolsillo en el futuro y en cuanto a las otras materias, ya sabía casi todo por la buena educación que recibí en casa. A veces sentía que caminaba rodeado de peces, un grave error y muy típico de un niño que cree ya tener todo resuelto. En ese momento había viajado, pero no había descubierto el mundo por mí mismo. Entre los 12 y los 16, mientras mis amigos se preocupaban por sus primeros tragos, hacer amigos con gente de otros colegios, chicas y peleas; yo me mantenía ajeno y una exploración que se volvió un tanto oscura y perversa para un niño. De todas esas, lo único que no me perdí fueron unas cuantas borracheras y peleas. Siempre que salía, pensaba en el juego o anime que me esperaba en casa. Fue dentro de esta aventura de mundos ficticios que las cosas pudieron tornarse turbias y cambiaron para siempre mi perspectiva del mundo y vida; me gusta pensar que para bien.

Al igual que ahora, me quedaba hasta la madrugada, la diferencia es que en ese momento podía despertarme a la hora sin cansancio. Comencé con el aclamado y más mainstream, Death Note (No explicaré cada uno en detalle, pero sí lo que tal vez no debí cuestionarme a raíz de ellos). Con este entendí que nadie es bueno del todo, ni siquiera yo, que creía ser alguien puro. No lograba descifrar mis comportamientos impulsivos pero llegué a entender que algo había detrás de todo. Me adentré en las perspectivas de justicia y cómo la obsesión hacia eso puede derivar en un complejo de dios megalomaníaco para que al final solo la representación de la muerte se mantiene neutral en la dicotomía del bien y el mal. Con Fullmetal Alchemist, aprendí sobre los alquimistas que existieron, humanos que mezclando ciencia y esoterismo buscaban alcanzar un nivel divino como la inmortalidad, comprendí que la ley de equivalencia de intercambio se aplica a todo y siempre hay que dar algo a cambio para recibir algo. Intentar romper eso puede traer consecuencias trágicas para quienes no comprenden sus límites humanos. Exploré términos ambiguos y ocultistas como la serpiente de uroboros y homúnculos por el deseo infantil de unos niños para revivir a su madre. El concepto de alma y cuerpo fue interiorizándose en mí.

Con un par más como Serial Experiments Lain, Ergo Proxy y Paranoia Agent; pude predecir que eventualmente íbamos a crear una inteligencia artificial que reemplazaría a dios. Cómo la dualidad entre el creador y lo creado se vería alterada y anticipé futuras crisis de identidad que igual me agarraron desprevenido. Entendí cómo muchos antes estas situaciones prefieren escapar de una manera violenta y liberadora. Por mencionar uno más, de varios que estoy dejando pasar, está Neon Genesis Evangelion, rellena de referencias y simbología de las religiones monoteístas. Donde un joven débil y deprimido se va quebrando emocionalmente hasta terminar totalmente vacío. Debido a una instrumentalización excesiva del humano desaparece el individuo y la única salida es el fin de todo. En todo esto pensaba mientras me enseñaban trigonometría o muchos compañeros cantaban canciones cristianas por un lavado de cerebro llamado confirmación.

Nunca encontré las respuestas a todas esas preguntas y, siendo sincero, tampoco creo que existan. Pero mientras el colegio intentaba enseñarme a resolver ecuaciones, aquellos mundos ficticios me obligaban a enfrentar problemas mucho más incómodos: qué es la justicia, qué significa ser humano, por qué existimos y qué ocurre cuando intentamos ocupar el lugar de Dios. Quizá por eso recuerdo tan poco de mis clases y tanto de aquellas madrugadas frente al televisor. Sin darme cuenta, mientras todos creían que estaba perdiendo el tiempo viendo dibujos animados, estaba recibiendo la educación que más me ha acompañado hasta hoy.

[MIGRANTE AL PASO]  Regresé de viaje. Un poco de deudas acumuladas. Las noticias, salidas de control. Ataque tras ataque, defensa tras defensa. Pensaba al aterrizar cuál es mi papel en este infierno, si es que de verdad tengo alguno. Ideologías en choque constante en un panorama que justifica cualquier prejuicio e insulto. Solo pensaba en llegar a casa y echarme a descansar con mi perro de 55 kilos. Soy libre de ser quien me da la gana y eso no me lo va a quitar nadie.

Van varios días que me sentaba frente a la computadora intentando escribir y las palabras no me salían; todo el alfabeto y la creatividad se habían quedado ahí, en esos lugares maravillosos donde estuve. Ahí, donde me pude dar el lujo de olvidar todo lo negativo que se vive. También me llevé la sorpresa de que el conservadurismo se encuentra en todos lados y no es algo propio de países como el nuestro. Es una tendencia que va en subida y no está amarrada a ninguna dirección política.

Va más de una semana que regresé y solo he salido de mi casa dos veces; me refugié en ficciones y trabajo remoto. Escuchaba en reels de Instagram opiniones descabelladas, viendo cómo tanto la izquierda como la derecha han sido influenciadas para decir sandeces solo para que su mensaje suene más potente. Suenan todos como Trump, para mí el personaje más nefasto de la actualidad.

Escuchaba a un personaje autoproclamado de izquierda y autoproclamado no progresista, que incluso menospreciaba a las mujeres; tiene muchos seguidores, y yo no entendía cómo alguien que le quita todo lo bueno a esa orientación puede ser escuchado con tanta seriedad.

De madrugada, regresando del aeropuerto, la brisa marina me hacía sentir en casa y la neblina me hacía sentir nostálgico. Mi cuerpo es joven y fuerte, pero siento mi mente vieja y desgastada.

Hacía una cola de 45 minutos en un parque de diversiones junto a un gran amigo que tiene un modo de vivir bastante particular. Le contaba, al igual que hace mucho, ciertas turbulencias que pasaban por mi mente. Él se reía y me decía:

—Hermanito, mira dónde estás, la vida es buena.

Recordaba tiempos más graves en los que me decía:

—¿No quieres ver a tus hijos o sobrinos crecer? Todavía no termina One Piece, hermanito; aún hay mucho que tenemos que vivir.

Yo, muerto de miedo, seguía avanzando en la cola para enfrentar uno de mis miedos más grandes: las montañas rusas. Cada cierto tiempo había puertas de salida para quienes se arrepienten y quieren dar vuelta atrás. En todas ellas titubeaba.

Llegamos al momento decisivo y tenía poco tiempo para decidir. Mi amigo, después de toda una larga fila explicándome que era imposible que me pasara algo e intentando que racionalizara el miedo, solo me agarró los hombros con la fuerza amical que ameritaba. Lo veía sonreír; la estaba pasando bien conmigo ahí, y eso me dio el coraje de entrar por la puerta sin retorno.

Nos sentamos y yo mantenía los ojos cerrados. Salimos disparados y, en ese momento, abrí los ojos. Todo mi miedo se convirtió en risas; en cada vuelta de cabeza y en cada roce con el piso me reía más fuerte.

Cuando bajamos, efectivamente me di cuenta de que aún tengo mucho por vivir. Tengo varios libros que escribir, varios negocios que crear y, probablemente, más viajes en montañas rusas. En ese momento saldé una deuda que tenía conmigo mismo.

También tengo una pequeña deuda económica con él, pero nada exagerado que no pueda saldar. Mi mayor deuda está en que ese pequeño empujón que me dio fue la causa de que quiera vivir plenamente y disfrutar el día a día lo más que pueda. Por más tonto que sea un miedo, superarlo no tiene precio, y él me ayudó con eso.

Después de todas esas experiencias continuamos con nuestro viaje. Budapest, en nuestro último día, nos recibió con un auto Tesla. Apenas subimos, hizo un derrape a toda velocidad. Nos miramos entre asustados y emocionados. Nos sorprendió porque varios taxistas húngaros hablaban castellano.

—Grandpa helped build this bridge.

De un segundo a otro, sacó la cabeza y el brazo por la ventana y gritó:

—Grandpa, give me strength to continue living!

Todos nos comenzamos a reír junto con él. Entre las risas pensaba qué historia oculta había ahí, entre el taxista maniaco y su abuelo que ayudó a construir el famoso Puente de las Cadenas.

El día anterior caminamos hacia el parlamento de la ciudad, una de las construcciones más monumentales que he visto. Nos encontramos, al borde del río, pequeñas esculturas de zapatos de todas las tallas. Era una de las atracciones que teníamos planeado ver, pero la encontramos de casualidad. No conocía la historia.

La Cruz Flechada fue un partido fascista húngaro, marcado por un fuerte antisemitismo y ultranacionalismo. Llegó al poder en 1944, al final de la guerra. Obligaban a familias judías y de oposición a pararse amarradas frente al Danubio. Les quitaban los zapatos por el gran valor que tenían en la época. A veces los fusilaban a todos para que sus cuerpos desaparecieran con las corrientes fluviales. En algunos testimonios cuentan que, para ahorrar balas, solo le disparaban a uno para que cayera y, como todos estaban amarrados entre sí, caían también.

Esto es lo que sucede cuando se agrupan personas radicales, cegadas por una ilusión de supremacía. Este es uno de los mayores riesgos a los que nos enfrentaremos en los años por venir. Si bien el ejemplo que di es un caso de extrema derecha, a quien crea que la extrema izquierda nunca ha sido cómplice de ríos de sangre le recomiendo que lea; y, si ya leyó, entonces le corresponde un psicólogo.

Ese odio y menosprecio a la tibieza y a quienes no quieren inclinarse por ninguno de los dos lados —hay miles de caminos, pero se nos ha hecho creer que solo hay dos— solo destaca cobardía y demuestra que, efectivamente, la historia tiende a repetirse.

[Migrante al paso]  Llevo viajando unas cuantas semanas. Desde un inicio supe que no iba a votar. Siendo sincero, no me molestó. De hecho, sentí alivio por no tener que elegir entre las opciones impresentables que tenemos. Igual ando pendiente, de lejos; mi país jamás dejará de ser el Perú. Sin embargo, siento cada vez menos cariño y más lástima hacia mi propio país. Igualmente, siempre estaré orgulloso de ser peruano, esté donde esté. Es una pena ver cómo basta una elección para que salgan a flote las diferencias, el racismo, el odio y toda la represión acumulada. Mi interpretación de todo esto es lo que me preocupa: somos un país de cobardes. Veas donde veas, eso es lo que encuentras, pero me niego a pensar que eso es todo lo que somos. Prefiero pensar que estoy en un ataque fatalista. Rara vez te llevas una sorpresa positiva. Giras la cabeza hacia la izquierda o la derecha y dan ganas de vomitar por lo ridículo de ambos lados. Me llego a preguntar si el ridículo soy yo al final, no lo sé.

Me sigo manteniendo en una posición solitaria porque no estoy de acuerdo con ninguno, menos con la multitud que los sigue y mucho menos con los periodistas que apañan a alguno de los dos lados. Puedes ver cómo la manía se apodera de estas personas mientras hablan, como si estuvieran extasiadas por tener un respaldo de seguidores que solo los escuchan porque no quieren escuchar a alguien que piense por sí mismo. Da pena; es como si en estas épocas el coeficiente intelectual disminuyera, y bastante. Lo que sí es preocupante es ver a personajes que antes me parecían respetables ahora ser partidarios de un lavado de cerebro masivo, cuando deberían promover el pensamiento crítico. Hacen todo lo contrario. Ya lo dije antes: va por los dos lados. Desde La República hasta Willax, han caído más bajo que los mismos políticos. Ambos aparentan resistencia cuando la verdad es que son uno más del montón. La resistencia tiene que ser disruptiva y no depender de los “me gusta” de quienes te siguen ni de lo que piensen los demás. Por eso, me parecen unos cobardes.

Estar destinados a votar por quien te parece el mal menor es agotador. Yo llevo, como máximo, cinco o seis elecciones haciéndolo. No puedo ni imaginar la frustración de la gente mayor. Entiendo por qué no hay resistencia a hacer siempre lo mismo. Somos una población que ya aprendió que así es como debe ser y parece imposible cambiarlo. He hablado con amigos con posturas distintas y, sin importar la diferencia en su elección, percibo culpa en sus voces. Mensajes dubitativos. Lo entiendo. Vivir así no me parece saludable y, mucho menos, bueno. De hecho, cuando escucho a alguien totalmente convencido, normalmente solo siento odio de un lado hacia el otro. Muchos me dirán tibio; al final, no importa lo que digan, pero creo que lo más rebelde y representativo de la resistencia sería no votar por ninguno. Claramente, pedir que eso sea la mayoría es demasiado para un país hundido en odio y caos, causado por la red de corrupción. Una red que no tiene orientación política, y ambos candidatos representan eso. Igual, no quiero caer en la idiotez de juzgar a otro por su voto; al final, eso es lo más democrático. No me pelearé con amigos que piensen diferente. Al final, hay cosas más importantes que tu postura política. Y no hay nada más denigrante que creer que tu pensamiento es mejor que el de otro, por lo menos en política.

Termino siendo un alien en las elecciones de mi país, no solo porque esté lejos, sino porque no me identifico con la opinión de nadie. Tampoco quiero hacerlo. Y la esperanza que tengo en el futuro de la humanidad es nula. Me tocaron los mejores años, pero me temo que también se vienen los peores. Se me hace imposible imaginar un escenario que no sea oscuro. Esta vez hablo de manera global. Las elecciones del Perú no son tan relevantes para el mundo. Sé que suena apocalíptico, pero por estos momentos solo veo a las personas abandonando la razón y abrazando la estupidez. Y, como siempre ha sucedido en la historia, eso viene acompañado de aplausos y celebraciones. Salga quien salga, alguien va a celebrar con mucha anticipación para luego arrepentirse. Prefiero mantenerme lo más alejado posible de este sinsentido. Prefiero no estar de acuerdo con nadie; si me gano enemigos, que sean bienvenidos. Amigos ya tengo y me basta con los que tengo. Si seguir el lado que me parezca correcto para mí implica caminar solo, caminaré solo. En unos días regresaré a Lima. Probablemente no sienta ninguna diferencia y me quiera ir apenas mis pies toquen tierra.

Así termina mi crónica fatalista, pero honesta. Espero que salga quien salga lo haga bien, pero mis fichas no están puestas sobre ninguno. Ya me despertaré mañana para enterarme de quién ganó y seguiré conociendo el lugar donde estoy, porque no veo nada bueno en la victoria de ninguno de los dos candidatos. Espero que salga quien salga se acepten los resultados, porque es lo que corresponde en la ilusión de democracia en la que creen que viven. Una que nació muerta hace miles de años.

 

[MIGRANTE AL PASO]  Luchando contra otro grandulón sentado a mi costado. Nadie cedía ni un milímetro del reposabrazos; los dos aprovechábamos el más mínimo movimiento del otro para ganar terreno. Al final, en estas cosas siempre gano yo. Estoy acostumbrado a sacarlos de quicio y, en un avión, no se puede perder la compostura, así que las cosas no pueden escalar mucho. Ser grande y los viajes en avión son una mala combinación. En fin, terminamos llevándonos bien. Cosas de aviones. Y he estado en peores situaciones, que prefiero no contar.

Finalmente, después de muchas horas y dos vuelos, llegué a la paradisíaca ciudad costera de San Sebastián, en el País Vasco.

En el aeropuerto de Madrid ya me había puesto ropa de baño. No soy playero, pero la emoción de regresar a ese lugar mágico ameritaba un par de chapuzones. Estuve aquí hace dos años y podía recorrer las calles tranquilamente sin Google Maps, como si todavía siguiera los pasos de una sombra idéntica a mí, pero con 22 kilos más. La ligereza se sentía y me sentía bastante cómodo.

Era la boda de un amigo de la infancia y la algarabía se podía respirar con cada amigo que me encontraba. No es común estar con tanta gente conocida en un lugar tan lejano. Después de unas cuantas sumergidas, me eché en la arena y, felizmente, me prestaron bloqueador. Aún no había vivido una insolación en la cabeza por mis entradas cada vez más prominentes. Todos nos reíamos de cómo, poco a poco, nos estábamos volviendo viejos.

En la noche, nuestro querido amigo nos invitó a cenar en La Viña, el restaurante emblemático donde fue creada la célebre tarta de queso. En una esquina del casco antiguo entramos al lugar para disfrutar de buena comida. Los txuletones, los pintxos y las tartas iban y venían. Me comí como tres de cada uno; no podía disimular la sonrisa por mi espíritu comelón. Unas horas más tarde me pasó factura el empacho y la indigestión que me dio. Suelo ser un barril sin fondo y, en viajes, aún más.

Por la vida alborotada de un emprendedor novato con un negocio recién abierto, me olvidé de reservar con anticipación. Así que escribo estas palabras desde una cama en la que entro con las justas y donde ya dormí abrazado de mi mochila por desconfianza limeña.

Dentro de todo, me sorprendieron las duchas y los cuartos impecables, a pesar de estar rodeado de ocho desconocidos que iban variando cada noche. Una noche me tocó un señor que roncaba como tractor. Recordaba los tiempos de sobrepeso de mi padre, cuando sus ronquidos atravesaban las paredes y se escuchaban por toda la casa. Mi madre, de sueño ligero, lo mandaba a dormir a la sala. Esa noche estaba entre que me mataba de risa en silencio y unas ganas de agarrar a almohadazos al viejo desconocido para poder descansar tranquilo.

Otra noche, en la cama de arriba, llegó otro señor que pesaba entre una y dos toneladas. No crean que soy gordofóbico; yo he pesado más de 110 kilos, pero veía las vigas de madera rugir con cada movimiento de esta persona. Ahí sí no pegué el ojo. En cualquier momento corría el riesgo de morir aplastado. Me quedé viendo las maderas y pegado al borde por si era necesario tirarme al piso. Ya me imaginaba cómo le llegaba la noticia a mi familia de que había muerto aplastado por el vagón que cayó encima mío, con colchón y vigas incluidos.

En fin, como buen viajero que soy, una experiencia así solo nutre mis crónicas e historias. Así que, dentro de todo, pudo ser peor.

Paseamos entre amigos y risas por todo el malecón hasta llegar al famoso Peine del Viento de Chillida, escultor eminente de la zona que unía la naturaleza con sus obras de arte. La isla al medio de la playa de La Concha, el mar cristalino y las montañas boscosas te dejaban perplejo. Estar de mal humor en un lugar así hablaría muy mal de uno mismo.

Ni el caos de las elecciones de nuestro país ni la debacle de nuestras instituciones podrían entristecerme. Claramente hablo desde el privilegio, pero, como ya lo he dicho en otras crónicas, soy quien soy y no hay nada peor que la falsedad de aparentar ser alguien que no eres.

No tendré muchos lectores ni seguidores, pero nunca caeré en la decadencia periodística que vemos en Willax, El Comercio, La República y los podcasts políticos que le lavan el cerebro a la gente. Todos pretendiendo ser superiores cuando solo demuestran la ridiculez de alguien que cree que, es más.

Creo que es más fácil disfrutar la vida cuando te das cuenta de que no tienes nada que perder, porque realmente nada te pertenece. Como diría Marco Aurelio.

Subimos en funicular al monte Igueldo. Desde la cima me percaté, entre los paisajes hermosos y unas Coca-Colas, de que nada me va a detener de cumplir mis sueños. Ni la política, ni mi deseo de ver un Perú mejor, ni la gente que habla mal de mí, ni las carencias económicas.

Absolutamente nada me va a transformar en algo que no soy. Un tipo sonriente, amigo leal, impulsivo, capaz de agarrarse a puñetes tanto como de ayudar a quienes están dentro de mis posibilidades de extender una mano. No lo hago porque soy bueno; lo hago porque me gusta hacerlo.

Todas esas contradicciones son las que nos hacen humanos. Los errores que cometes, ser bueno y malo; así somos los humanos. Así que no hay que creernos los cuentos de los opinólogos, o como quieran llamarlos, que creen ser santos dignos de devoción cuando solo son una persona más. No son especiales y me atrevo a decir que muchos son de muy poca inteligencia.

En fin, en estos tiempos turbios, me quedo con la sonrisa de mi amigo saliendo de una iglesia con cuya fe no coincido, pero que me llenó de ganas de vivir. Más vale ese pequeño momento que cualquier otra cosa. Ni la Lady Caster del periodismo peruano, ni los patéticos programas de Willax, ni la derecha paupérrima, ni la izquierda bruta.

Dentro de todo, me quedo con las flores volando encima de mi amigo mientras se casaba con el amor de su vida.

 

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