Crónica

[MIGRANTE AL PASO]  No veré este mundial, afirmé varias crónicas atrás. Hoy quedaron fuera de la Copa del Mundo Alemania y Holanda, lamentablemente, Japón, mi favorito, también. Hasta esta fecha solo había visto un partido y, relativamente, obligado. Había perdido la fe en este deporte y el fanatismo que tenía, aún no lo recupero, pero hoy la pasé bien. Día libre, feriado, un buen día de descanso. Al no tener nada que hacer en el día, hablo con dos amigos, de los más antiguos y de los que más frecuento: Hay que ver los partidos del mundial, quedamos. No hubo cervezas, solo historias de algunos viajes, un poco de PlayStation y mucho fútbol. Algo que probablemente hemos repetido varias veces en mundiales pasados y mucho más jóvenes. Se sentía un aire escolar, como cuando te daban la clase libre para ver un partido importante. Los álbumes, favoritos y una eterna ausencia de Perú, que te hacía hincha de otras naciones. Esa magia sentía que se había perdido un poco, por la sede, escándalos y una patología masiva a la que no le daba la importancia debida.

Neymar se acercó a los japoneses para consolarlos. Eran los favoritos de muchos y lo dieron todo. Aparte de mis quejas por lo innecesarios y más cosas sobre las pausas de hidratación, los infinitos comerciales de plataformas de apuestas y, también de que ya no dejen ver las peleas en vivo. Este deporte sí despierta un poco el instinto violento, en realidad creo que todos, pero la magnitud cultural de ver a la gente patear la pelota es inconmensurable. Hay demasiado alrededor de esto. Recordaba cuando fui al Mundial de Brasil 2014, yo acababa de renunciar a la Universidad de Lima, sin saber que iba a pasar, haciendo una jugada de riesgo que salió bien. Toda esa ansiedad no importaba, ver las celebraciones, la gente de decenas de países en las calles, no tenía ninguna responsabilidad que me frene de simplemente disfrutar. El primer viaje solo con mi padre, aficionado, tanto que sigue viendo los partidos de la U en fútbol nacional. Y los vive.

9 horas de fútbol

Cada uno a sorbos de Red Bull y cigarros, estamos jóvenes pero ya nos alcanza el cansancio más rápido. Les contaba sobre una foto en la que salía con Figo, me molestaban por mi pelo excesivamente largo. Yo rochoso no quería pedirle una foto en el aeropuerto de Río de Janeiro (Iba en el mismo vuelo camino a Salvador de Bahía), mi padre le habló en un portugués rarísimo y se logró un recuerdo grabado en una imagen. Vimos el gol de Van Persie, la palomita que está en el top 5 de la historia, Cristiano Ronaldo a pocos metros, algunas cervezas y mucha carne. Tenía 19 años y nunca había visto a chicas tan bonitas, era un niño aún, me costaba concentrarme. Todo ese mundo que hoy se siente menos potente, tiene un efecto que pasa desapercibido.

El fútbol es político preguntan muchos, yo creo que inevitablemente sí. Cuando Messi le dio la mano a Trump, más allá de si supiera o no tuvo repercusiones. Desde que comenzó el mundial nunca más escuchamos de ICE o los archivos de Epstein. En 2014 conversábamos con un barman que quería que Brasil pierda, su propio país, nos lo contaba molesto. Un. Robo en Pelourinho, lugar donde castigaban esclavos en la colonia. Violencia en hinchadas, abusos que pasaban desapercibidos. Ni me enteré que ganó Keiko al 100% hasta que me llamó mi abuela hace un rato. Recuerdo ya un poco mayor, cuando vivía en Argentina, en la 12, la famosa barra brava de Boca y su trinchera en La Bombonera. Yo callado y saltando por contagio y miedo. Las elecciones eran al día siguiente, pero no importaba. Nunca había sentido algo así, todo temblaba y veías que sucedía todo malo y bueno en una misma tribuna. La euforia era contagiosa e intimidante a la vez. La locura era palpable y se mezclaba con la propia.

En todos esos momentos se puede sentir en la euforia como se está sintiendo el mundo y la simbología es infinita. Parece un campeonato entre colonizadores y colonizados. Pero igual hoy la pasé bien, grité el gol de Japón como simbología fuera Perú; un desahogo es necesario, pero hay que intentar darse cuenta y el fútbol debería ser consciente de eso, no cómplice como parece serlo.

En fin el análisis podría ser infinito y aburrido. Lo único que sé es que hoy 2 amigos y tres partidos me alegraron el día, pude despegarme del trabajo y de preocupaciones por 9 horas. Partido tras partido, goles tras goles. Ver penales después de mucho tiempo. Hoy regreso un poco de lo que había perdido y es esperanzador. La cantidad de recuerdos revividos valen más que suficiente. Pero nunca olvidar que al final, debería ser solo fútbol.

[MIGRANTE AL PASO]  Durante mi infancia, mi mundo estaba dividido en dos. Terminaba el colegio, regresaba preocupado a mi casa, no sabía si le había llegado alguna notificación de mal comportamiento o algún aviso de bajo rendimiento, cuando estaba próximo a llegar para almorzar recordaba lo que mi hermano me dijo: no importa si te gritan por no hacer tareas, igual te van a querer. Gracias a esa frase podía permitirme vivir de manera un poco conchuda. Después de devorarme el arroz con pollo, chaufa o hígado con cebolla; un poco de charla y críticas a mis profesores, subía y prendía el televisor expectante de qué ficción me tocaba vivir el resto del día.

Así viví casi toda mi adolescencia, una un poco particular, cuando ya debería haber desarrollado un poco yo me mantenía como un niño. Un niño observador, disidente, irresponsable, de corazón noble, muy culturizado, miedoso y con la ambición de conquistar el mundo. En esas épocas que ibas a polvos rosados y salías con cientos de series y animes en DVD, o miles de juegos piratas antes de que las consolas fueran imposibles de modificar. Cogía mis colecciones de Naruto, Harry Potter o El señor de los anillos, para ese momento aún no habían terminado de ser transmitidas. Comenzaba desde el inicio y en unos días lo terminaba, a veces volvía a comenzar de cero al finalizar, en otras ocasiones cambiaba a otro mundo de fantasía. Cuando llegaba al colegio al día siguiente, no me quedaba muy claro qué realidad estaba viviendo.

Sentía que no tenía nada que aprender en el colegio, era obvio que los problemas matemáticos los iba a poder resolver desde mi bolsillo en el futuro y en cuanto a las otras materias, ya sabía casi todo por la buena educación que recibí en casa. A veces sentía que caminaba rodeado de peces, un grave error y muy típico de un niño que cree ya tener todo resuelto. En ese momento había viajado, pero no había descubierto el mundo por mí mismo. Entre los 12 y los 16, mientras mis amigos se preocupaban por sus primeros tragos, hacer amigos con gente de otros colegios, chicas y peleas; yo me mantenía ajeno y una exploración que se volvió un tanto oscura y perversa para un niño. De todas esas, lo único que no me perdí fueron unas cuantas borracheras y peleas. Siempre que salía, pensaba en el juego o anime que me esperaba en casa. Fue dentro de esta aventura de mundos ficticios que las cosas pudieron tornarse turbias y cambiaron para siempre mi perspectiva del mundo y vida; me gusta pensar que para bien.

Al igual que ahora, me quedaba hasta la madrugada, la diferencia es que en ese momento podía despertarme a la hora sin cansancio. Comencé con el aclamado y más mainstream, Death Note (No explicaré cada uno en detalle, pero sí lo que tal vez no debí cuestionarme a raíz de ellos). Con este entendí que nadie es bueno del todo, ni siquiera yo, que creía ser alguien puro. No lograba descifrar mis comportamientos impulsivos pero llegué a entender que algo había detrás de todo. Me adentré en las perspectivas de justicia y cómo la obsesión hacia eso puede derivar en un complejo de dios megalomaníaco para que al final solo la representación de la muerte se mantiene neutral en la dicotomía del bien y el mal. Con Fullmetal Alchemist, aprendí sobre los alquimistas que existieron, humanos que mezclando ciencia y esoterismo buscaban alcanzar un nivel divino como la inmortalidad, comprendí que la ley de equivalencia de intercambio se aplica a todo y siempre hay que dar algo a cambio para recibir algo. Intentar romper eso puede traer consecuencias trágicas para quienes no comprenden sus límites humanos. Exploré términos ambiguos y ocultistas como la serpiente de uroboros y homúnculos por el deseo infantil de unos niños para revivir a su madre. El concepto de alma y cuerpo fue interiorizándose en mí.

Con un par más como Serial Experiments Lain, Ergo Proxy y Paranoia Agent; pude predecir que eventualmente íbamos a crear una inteligencia artificial que reemplazaría a dios. Cómo la dualidad entre el creador y lo creado se vería alterada y anticipé futuras crisis de identidad que igual me agarraron desprevenido. Entendí cómo muchos antes estas situaciones prefieren escapar de una manera violenta y liberadora. Por mencionar uno más, de varios que estoy dejando pasar, está Neon Genesis Evangelion, rellena de referencias y simbología de las religiones monoteístas. Donde un joven débil y deprimido se va quebrando emocionalmente hasta terminar totalmente vacío. Debido a una instrumentalización excesiva del humano desaparece el individuo y la única salida es el fin de todo. En todo esto pensaba mientras me enseñaban trigonometría o muchos compañeros cantaban canciones cristianas por un lavado de cerebro llamado confirmación.

Nunca encontré las respuestas a todas esas preguntas y, siendo sincero, tampoco creo que existan. Pero mientras el colegio intentaba enseñarme a resolver ecuaciones, aquellos mundos ficticios me obligaban a enfrentar problemas mucho más incómodos: qué es la justicia, qué significa ser humano, por qué existimos y qué ocurre cuando intentamos ocupar el lugar de Dios. Quizá por eso recuerdo tan poco de mis clases y tanto de aquellas madrugadas frente al televisor. Sin darme cuenta, mientras todos creían que estaba perdiendo el tiempo viendo dibujos animados, estaba recibiendo la educación que más me ha acompañado hasta hoy.

[MIGRANTE AL PASO]  Regresé de viaje. Un poco de deudas acumuladas. Las noticias, salidas de control. Ataque tras ataque, defensa tras defensa. Pensaba al aterrizar cuál es mi papel en este infierno, si es que de verdad tengo alguno. Ideologías en choque constante en un panorama que justifica cualquier prejuicio e insulto. Solo pensaba en llegar a casa y echarme a descansar con mi perro de 55 kilos. Soy libre de ser quien me da la gana y eso no me lo va a quitar nadie.

Van varios días que me sentaba frente a la computadora intentando escribir y las palabras no me salían; todo el alfabeto y la creatividad se habían quedado ahí, en esos lugares maravillosos donde estuve. Ahí, donde me pude dar el lujo de olvidar todo lo negativo que se vive. También me llevé la sorpresa de que el conservadurismo se encuentra en todos lados y no es algo propio de países como el nuestro. Es una tendencia que va en subida y no está amarrada a ninguna dirección política.

Va más de una semana que regresé y solo he salido de mi casa dos veces; me refugié en ficciones y trabajo remoto. Escuchaba en reels de Instagram opiniones descabelladas, viendo cómo tanto la izquierda como la derecha han sido influenciadas para decir sandeces solo para que su mensaje suene más potente. Suenan todos como Trump, para mí el personaje más nefasto de la actualidad.

Escuchaba a un personaje autoproclamado de izquierda y autoproclamado no progresista, que incluso menospreciaba a las mujeres; tiene muchos seguidores, y yo no entendía cómo alguien que le quita todo lo bueno a esa orientación puede ser escuchado con tanta seriedad.

De madrugada, regresando del aeropuerto, la brisa marina me hacía sentir en casa y la neblina me hacía sentir nostálgico. Mi cuerpo es joven y fuerte, pero siento mi mente vieja y desgastada.

Hacía una cola de 45 minutos en un parque de diversiones junto a un gran amigo que tiene un modo de vivir bastante particular. Le contaba, al igual que hace mucho, ciertas turbulencias que pasaban por mi mente. Él se reía y me decía:

—Hermanito, mira dónde estás, la vida es buena.

Recordaba tiempos más graves en los que me decía:

—¿No quieres ver a tus hijos o sobrinos crecer? Todavía no termina One Piece, hermanito; aún hay mucho que tenemos que vivir.

Yo, muerto de miedo, seguía avanzando en la cola para enfrentar uno de mis miedos más grandes: las montañas rusas. Cada cierto tiempo había puertas de salida para quienes se arrepienten y quieren dar vuelta atrás. En todas ellas titubeaba.

Llegamos al momento decisivo y tenía poco tiempo para decidir. Mi amigo, después de toda una larga fila explicándome que era imposible que me pasara algo e intentando que racionalizara el miedo, solo me agarró los hombros con la fuerza amical que ameritaba. Lo veía sonreír; la estaba pasando bien conmigo ahí, y eso me dio el coraje de entrar por la puerta sin retorno.

Nos sentamos y yo mantenía los ojos cerrados. Salimos disparados y, en ese momento, abrí los ojos. Todo mi miedo se convirtió en risas; en cada vuelta de cabeza y en cada roce con el piso me reía más fuerte.

Cuando bajamos, efectivamente me di cuenta de que aún tengo mucho por vivir. Tengo varios libros que escribir, varios negocios que crear y, probablemente, más viajes en montañas rusas. En ese momento saldé una deuda que tenía conmigo mismo.

También tengo una pequeña deuda económica con él, pero nada exagerado que no pueda saldar. Mi mayor deuda está en que ese pequeño empujón que me dio fue la causa de que quiera vivir plenamente y disfrutar el día a día lo más que pueda. Por más tonto que sea un miedo, superarlo no tiene precio, y él me ayudó con eso.

Después de todas esas experiencias continuamos con nuestro viaje. Budapest, en nuestro último día, nos recibió con un auto Tesla. Apenas subimos, hizo un derrape a toda velocidad. Nos miramos entre asustados y emocionados. Nos sorprendió porque varios taxistas húngaros hablaban castellano.

—Grandpa helped build this bridge.

De un segundo a otro, sacó la cabeza y el brazo por la ventana y gritó:

—Grandpa, give me strength to continue living!

Todos nos comenzamos a reír junto con él. Entre las risas pensaba qué historia oculta había ahí, entre el taxista maniaco y su abuelo que ayudó a construir el famoso Puente de las Cadenas.

El día anterior caminamos hacia el parlamento de la ciudad, una de las construcciones más monumentales que he visto. Nos encontramos, al borde del río, pequeñas esculturas de zapatos de todas las tallas. Era una de las atracciones que teníamos planeado ver, pero la encontramos de casualidad. No conocía la historia.

La Cruz Flechada fue un partido fascista húngaro, marcado por un fuerte antisemitismo y ultranacionalismo. Llegó al poder en 1944, al final de la guerra. Obligaban a familias judías y de oposición a pararse amarradas frente al Danubio. Les quitaban los zapatos por el gran valor que tenían en la época. A veces los fusilaban a todos para que sus cuerpos desaparecieran con las corrientes fluviales. En algunos testimonios cuentan que, para ahorrar balas, solo le disparaban a uno para que cayera y, como todos estaban amarrados entre sí, caían también.

Esto es lo que sucede cuando se agrupan personas radicales, cegadas por una ilusión de supremacía. Este es uno de los mayores riesgos a los que nos enfrentaremos en los años por venir. Si bien el ejemplo que di es un caso de extrema derecha, a quien crea que la extrema izquierda nunca ha sido cómplice de ríos de sangre le recomiendo que lea; y, si ya leyó, entonces le corresponde un psicólogo.

Ese odio y menosprecio a la tibieza y a quienes no quieren inclinarse por ninguno de los dos lados —hay miles de caminos, pero se nos ha hecho creer que solo hay dos— solo destaca cobardía y demuestra que, efectivamente, la historia tiende a repetirse.

[Migrante al paso]  Llevo viajando unas cuantas semanas. Desde un inicio supe que no iba a votar. Siendo sincero, no me molestó. De hecho, sentí alivio por no tener que elegir entre las opciones impresentables que tenemos. Igual ando pendiente, de lejos; mi país jamás dejará de ser el Perú. Sin embargo, siento cada vez menos cariño y más lástima hacia mi propio país. Igualmente, siempre estaré orgulloso de ser peruano, esté donde esté. Es una pena ver cómo basta una elección para que salgan a flote las diferencias, el racismo, el odio y toda la represión acumulada. Mi interpretación de todo esto es lo que me preocupa: somos un país de cobardes. Veas donde veas, eso es lo que encuentras, pero me niego a pensar que eso es todo lo que somos. Prefiero pensar que estoy en un ataque fatalista. Rara vez te llevas una sorpresa positiva. Giras la cabeza hacia la izquierda o la derecha y dan ganas de vomitar por lo ridículo de ambos lados. Me llego a preguntar si el ridículo soy yo al final, no lo sé.

Me sigo manteniendo en una posición solitaria porque no estoy de acuerdo con ninguno, menos con la multitud que los sigue y mucho menos con los periodistas que apañan a alguno de los dos lados. Puedes ver cómo la manía se apodera de estas personas mientras hablan, como si estuvieran extasiadas por tener un respaldo de seguidores que solo los escuchan porque no quieren escuchar a alguien que piense por sí mismo. Da pena; es como si en estas épocas el coeficiente intelectual disminuyera, y bastante. Lo que sí es preocupante es ver a personajes que antes me parecían respetables ahora ser partidarios de un lavado de cerebro masivo, cuando deberían promover el pensamiento crítico. Hacen todo lo contrario. Ya lo dije antes: va por los dos lados. Desde La República hasta Willax, han caído más bajo que los mismos políticos. Ambos aparentan resistencia cuando la verdad es que son uno más del montón. La resistencia tiene que ser disruptiva y no depender de los “me gusta” de quienes te siguen ni de lo que piensen los demás. Por eso, me parecen unos cobardes.

Estar destinados a votar por quien te parece el mal menor es agotador. Yo llevo, como máximo, cinco o seis elecciones haciéndolo. No puedo ni imaginar la frustración de la gente mayor. Entiendo por qué no hay resistencia a hacer siempre lo mismo. Somos una población que ya aprendió que así es como debe ser y parece imposible cambiarlo. He hablado con amigos con posturas distintas y, sin importar la diferencia en su elección, percibo culpa en sus voces. Mensajes dubitativos. Lo entiendo. Vivir así no me parece saludable y, mucho menos, bueno. De hecho, cuando escucho a alguien totalmente convencido, normalmente solo siento odio de un lado hacia el otro. Muchos me dirán tibio; al final, no importa lo que digan, pero creo que lo más rebelde y representativo de la resistencia sería no votar por ninguno. Claramente, pedir que eso sea la mayoría es demasiado para un país hundido en odio y caos, causado por la red de corrupción. Una red que no tiene orientación política, y ambos candidatos representan eso. Igual, no quiero caer en la idiotez de juzgar a otro por su voto; al final, eso es lo más democrático. No me pelearé con amigos que piensen diferente. Al final, hay cosas más importantes que tu postura política. Y no hay nada más denigrante que creer que tu pensamiento es mejor que el de otro, por lo menos en política.

Termino siendo un alien en las elecciones de mi país, no solo porque esté lejos, sino porque no me identifico con la opinión de nadie. Tampoco quiero hacerlo. Y la esperanza que tengo en el futuro de la humanidad es nula. Me tocaron los mejores años, pero me temo que también se vienen los peores. Se me hace imposible imaginar un escenario que no sea oscuro. Esta vez hablo de manera global. Las elecciones del Perú no son tan relevantes para el mundo. Sé que suena apocalíptico, pero por estos momentos solo veo a las personas abandonando la razón y abrazando la estupidez. Y, como siempre ha sucedido en la historia, eso viene acompañado de aplausos y celebraciones. Salga quien salga, alguien va a celebrar con mucha anticipación para luego arrepentirse. Prefiero mantenerme lo más alejado posible de este sinsentido. Prefiero no estar de acuerdo con nadie; si me gano enemigos, que sean bienvenidos. Amigos ya tengo y me basta con los que tengo. Si seguir el lado que me parezca correcto para mí implica caminar solo, caminaré solo. En unos días regresaré a Lima. Probablemente no sienta ninguna diferencia y me quiera ir apenas mis pies toquen tierra.

Así termina mi crónica fatalista, pero honesta. Espero que salga quien salga lo haga bien, pero mis fichas no están puestas sobre ninguno. Ya me despertaré mañana para enterarme de quién ganó y seguiré conociendo el lugar donde estoy, porque no veo nada bueno en la victoria de ninguno de los dos candidatos. Espero que salga quien salga se acepten los resultados, porque es lo que corresponde en la ilusión de democracia en la que creen que viven. Una que nació muerta hace miles de años.

 

[MIGRANTE AL PASO]  Luchando contra otro grandulón sentado a mi costado. Nadie cedía ni un milímetro del reposabrazos; los dos aprovechábamos el más mínimo movimiento del otro para ganar terreno. Al final, en estas cosas siempre gano yo. Estoy acostumbrado a sacarlos de quicio y, en un avión, no se puede perder la compostura, así que las cosas no pueden escalar mucho. Ser grande y los viajes en avión son una mala combinación. En fin, terminamos llevándonos bien. Cosas de aviones. Y he estado en peores situaciones, que prefiero no contar.

Finalmente, después de muchas horas y dos vuelos, llegué a la paradisíaca ciudad costera de San Sebastián, en el País Vasco.

En el aeropuerto de Madrid ya me había puesto ropa de baño. No soy playero, pero la emoción de regresar a ese lugar mágico ameritaba un par de chapuzones. Estuve aquí hace dos años y podía recorrer las calles tranquilamente sin Google Maps, como si todavía siguiera los pasos de una sombra idéntica a mí, pero con 22 kilos más. La ligereza se sentía y me sentía bastante cómodo.

Era la boda de un amigo de la infancia y la algarabía se podía respirar con cada amigo que me encontraba. No es común estar con tanta gente conocida en un lugar tan lejano. Después de unas cuantas sumergidas, me eché en la arena y, felizmente, me prestaron bloqueador. Aún no había vivido una insolación en la cabeza por mis entradas cada vez más prominentes. Todos nos reíamos de cómo, poco a poco, nos estábamos volviendo viejos.

En la noche, nuestro querido amigo nos invitó a cenar en La Viña, el restaurante emblemático donde fue creada la célebre tarta de queso. En una esquina del casco antiguo entramos al lugar para disfrutar de buena comida. Los txuletones, los pintxos y las tartas iban y venían. Me comí como tres de cada uno; no podía disimular la sonrisa por mi espíritu comelón. Unas horas más tarde me pasó factura el empacho y la indigestión que me dio. Suelo ser un barril sin fondo y, en viajes, aún más.

Por la vida alborotada de un emprendedor novato con un negocio recién abierto, me olvidé de reservar con anticipación. Así que escribo estas palabras desde una cama en la que entro con las justas y donde ya dormí abrazado de mi mochila por desconfianza limeña.

Dentro de todo, me sorprendieron las duchas y los cuartos impecables, a pesar de estar rodeado de ocho desconocidos que iban variando cada noche. Una noche me tocó un señor que roncaba como tractor. Recordaba los tiempos de sobrepeso de mi padre, cuando sus ronquidos atravesaban las paredes y se escuchaban por toda la casa. Mi madre, de sueño ligero, lo mandaba a dormir a la sala. Esa noche estaba entre que me mataba de risa en silencio y unas ganas de agarrar a almohadazos al viejo desconocido para poder descansar tranquilo.

Otra noche, en la cama de arriba, llegó otro señor que pesaba entre una y dos toneladas. No crean que soy gordofóbico; yo he pesado más de 110 kilos, pero veía las vigas de madera rugir con cada movimiento de esta persona. Ahí sí no pegué el ojo. En cualquier momento corría el riesgo de morir aplastado. Me quedé viendo las maderas y pegado al borde por si era necesario tirarme al piso. Ya me imaginaba cómo le llegaba la noticia a mi familia de que había muerto aplastado por el vagón que cayó encima mío, con colchón y vigas incluidos.

En fin, como buen viajero que soy, una experiencia así solo nutre mis crónicas e historias. Así que, dentro de todo, pudo ser peor.

Paseamos entre amigos y risas por todo el malecón hasta llegar al famoso Peine del Viento de Chillida, escultor eminente de la zona que unía la naturaleza con sus obras de arte. La isla al medio de la playa de La Concha, el mar cristalino y las montañas boscosas te dejaban perplejo. Estar de mal humor en un lugar así hablaría muy mal de uno mismo.

Ni el caos de las elecciones de nuestro país ni la debacle de nuestras instituciones podrían entristecerme. Claramente hablo desde el privilegio, pero, como ya lo he dicho en otras crónicas, soy quien soy y no hay nada peor que la falsedad de aparentar ser alguien que no eres.

No tendré muchos lectores ni seguidores, pero nunca caeré en la decadencia periodística que vemos en Willax, El Comercio, La República y los podcasts políticos que le lavan el cerebro a la gente. Todos pretendiendo ser superiores cuando solo demuestran la ridiculez de alguien que cree que, es más.

Creo que es más fácil disfrutar la vida cuando te das cuenta de que no tienes nada que perder, porque realmente nada te pertenece. Como diría Marco Aurelio.

Subimos en funicular al monte Igueldo. Desde la cima me percaté, entre los paisajes hermosos y unas Coca-Colas, de que nada me va a detener de cumplir mis sueños. Ni la política, ni mi deseo de ver un Perú mejor, ni la gente que habla mal de mí, ni las carencias económicas.

Absolutamente nada me va a transformar en algo que no soy. Un tipo sonriente, amigo leal, impulsivo, capaz de agarrarse a puñetes tanto como de ayudar a quienes están dentro de mis posibilidades de extender una mano. No lo hago porque soy bueno; lo hago porque me gusta hacerlo.

Todas esas contradicciones son las que nos hacen humanos. Los errores que cometes, ser bueno y malo; así somos los humanos. Así que no hay que creernos los cuentos de los opinólogos, o como quieran llamarlos, que creen ser santos dignos de devoción cuando solo son una persona más. No son especiales y me atrevo a decir que muchos son de muy poca inteligencia.

En fin, en estos tiempos turbios, me quedo con la sonrisa de mi amigo saliendo de una iglesia con cuya fe no coincido, pero que me llenó de ganas de vivir. Más vale ese pequeño momento que cualquier otra cosa. Ni la Lady Caster del periodismo peruano, ni los patéticos programas de Willax, ni la derecha paupérrima, ni la izquierda bruta.

Dentro de todo, me quedo con las flores volando encima de mi amigo mientras se casaba con el amor de su vida.

 

[MIGRANTE AL PASO]  Las noticias malas llegan como flechas mientras menos te lo esperas. Uno cree que se va a caer el mundo; la ansiedad, incluso, te puede llevar a creer que la muerte te espera, pero al final es solo una ilusión. Un pinchazo de aguja disfrazado de herida de bala. A veces, antes de dormir, me engaño diciendo que tengo que tener todo bajo control, como si fuera posible. Ordenar tu vida no es tener el control absoluto. Si fuera así, no podría existir ni un pequeño atisbo de calma o felicidad. Siendo sincero, es justamente a esas dos cosas a las que quiero llegar. Escribo en el preludio de un viaje dentro de unas horas. Dejar mi negocio recién nacido me da pánico. Felizmente, me libro de tener que escoger entre los dos candidatos de las nefastas elecciones. Entre que me falta terminar de hacer mi maleta, no tengo ni un sol y aún no llegan los proveedores a mi cocina, siento como si mis pulmones se aplastaran contra las costillas en cada respiro agitado. Estoy escribiendo rápido, pero siempre con intención; después de todo, este pequeño momento frente a la hoja vacía es, por el momento, mi único espacio de paz. Dentro de esta página no puedo volverme loco y no hay deudas que me persigan. Ayer, asustado e inocente, les preguntaba a mis padres si alguna vez habían estado en situaciones así. Se rieron y respondieron: infinitamente peor.

Mi madre fue a cambiarse para su clase de flamenco y le preguntó a mi padre si es que así es la vida. Nunca me he esforzado y los problemas surgen de donde menos me lo espero. Caminaba de un lado a otro, en el mismo cuarto donde tenía que confesar mis cursos escolares del colegio. “Así es, pero el mundo no se cae y, si te preocupas por todo, no puedes avanzar”. Bajé las escaleras y recordé algo que ya me había dicho hace mucho, en una situación muchísimo peor: cada día con su labor. Me di cuenta de que no solo ellos han estado en situaciones más complicadas; yo también he estado en situaciones más complicadas y esto no es nada al costado de otras eventualidades que ya he superado con un poco de valentía y un poco de calma.

Mil metros en el aire

Hace tiempo no viajaba solo, lo que más me gusta hacer. No debería dejar que adversidades solucionables interrumpan mi placer más grande. De chico me daba miedo esa aceleración que te pega al asiento antes de despegar; ahora cierro los ojos y siento calma. A pesar de que es un hecho que la gran mayoría de accidentes aéreos son al despegar, recuerdo que pensaba lo peor cuando de niño veía a mis padres irse con maletas; siempre pensaba que el avión se iba a caer. Ahora siento goce al hacerlo. Al final, el avión nunca se cae. Lo mismo me pasaba con las turbulencias. Lo único que sí me hace agarrarme fuerte del asiento son los vacíos de aire, como si cayeras en picada por una milésima de segundo. Es muy parecido a los ataques de pánico que solía tener. Ahí, en ese cilindro avanzando a 800 km/h y a miles de metros de altura, soy de los que se queda viendo el mapa y no duerme por 10 horas. Suelo espiar las películas que ven los demás; no duermo y me quedo escuchando música hasta que la batería se acabe, mientras descubro islas explorando el mapamundi interactivo.

Mientras escribo esto sigo sintiendo esa presión rara en el pecho, como si mi cuerpo todavía no entendiera que no hay ningún depredador persiguiéndome. Supongo que uno nunca termina de acostumbrarse del todo a vivir pendiente de tantas cosas al mismo tiempo. Crecer, al menos para mí, no se ha sentido como convertirme en alguien seguro o fuerte; más bien se parece a aprender a convivir con el miedo sin hacer demasiado escándalo. Antes pensaba que la calma llegaba cuando todo estuviera resuelto, cuando no hubiera deudas, problemas, incertidumbre o riesgo de fracasar. Ahora sospecho que no funciona así. Tal vez la calma no aparece cuando desaparece el caos, sino cuando entiendes que igual puedes respirar dentro de él. Hay algo extrañamente humano en seguir avanzando aun sintiendo que todo está desordenado. Mis padres tenían razón: el mundo no se cae. O por lo menos no se cae tantas veces como uno imagina en la madrugada. Mañana probablemente aparecerán nuevos problemas, mensajes, pagos pendientes, errores y miedos distintos. También volverá esa sensación absurda de querer huir de todo y dormir durante semanas. Pero, aun así, dentro de unas horas voy a subir a un avión, mirar por la ventana mientras la ciudad se hace pequeña y sentir, aunque sea por algunos minutos, que la vida también puede ser esto: un espacio diminuto de silencio entre una preocupación y la siguiente.

[CRÓNICA] Emprendí en un negocio con terror y, un poco, de crisis existencial. Mi mente tiende a humanizar todo, y veia a las empresas como necesarias, pero no dejaba de sentir que estábamos rodeados de personas jurídicas, personas con rasgos psicopáticos. Al abrir el negocio, después de mucho tiempo, me atrevo a decir que, desde la infancia, me motive nuevamente. Conlleva estrés y estoy buscando diferenciar mi manera de ser un empresario a la tradicional. Quien hubiera pensado que un negocio despertaría un interés social en mi. Eso me llevo a utilizar el metropolitano. Si he ido en combi varias veces de niño, no mucho pero tampoco nulo. Desde una perspectiva marxiana, solo conocía el mundo visto desde la experiencia de quienes se benefician de él, desde el punto de vista de alguien que ha sido moldeado por un entorno socioeconómico privilegiado.  Para todos los que no hayan leído algo de Marx solo por creer que es de “rojos”, se están perdiendo las ideas de una de las mentes más brillantes que han quedado marcadas en la historia. Igual, no es que haya hecho mucho, solo he ido en metropolitano, por ahora. Al igual que en las incontables aventuras en ciudades extranjeras y lejanas, ahora ando como un perro mirando un bosque de donde provienen aullidos lobeznos. Escuchando el llamado de las tinieblas que me invita a entrar a ciegas donde se encuentran esparcidos pedacitos de mi propia identidad.

Camine unas cuadras con mi chompa, el dia estaba frio, la neblina parecía entrar a mi cuerpo en cada respiro. Las calles barranquinas se veían tétricas. Me cruce unos cuantos borrachos, caminando entre risas después de una larga noche, también con personas abriendo las cortinas metálicas de sus tiendas; una que otra pareja llevaban a pequeños de uniforme azul de la mano. Entre a la estación, al finalizar el boulevard, y pensaba que de todo lo que había visto solo había vivido estar borracho sin dormir. Con una risa insonora entre. Esperaba el bus, a pesar de que mi tramo solo tiene un camino, les pregunte a unas cuantas señoras si estaba esperando al bus correcto. No había mucha gente, y veo a lo lejos un rectángulo gigante gris que se camuflaba con nuestra ciudad. Se abrieron las puertas, no entendía como iba a entrar, caras desconocidas me miraban como diciendo: creo que no entras. Dejé ir a la duda y di un paso, pude acomodarme a un costado de la puerta. Parado, tuve que sostenerme casi del techo porque el apoyo metálico era muy bajo. Miles de colores y gestos. El día tomo vida. Subían y bajaban personas en cada parada. Yo sonreía viendo como dejábamos a los carros atorados en la via expresa. Me tuve que quitar la chompa, comenzaban a caer gotas de sudor desde mi cabeza con poco pelo. Mis pensamientos parecían pasar tan rápido como las imágenes de la ventana.

Gente miraba su celular con mirada cansada, entro un joven bailando sutilmente a un ritmo que solo el estaba escuchando, me dio gracia: buen estilo pensé. Lo imite y subi el volumen de mis audífonos al máximo y comencé a simular que tocaba la bateria de los Rolling stones. No esta tan mal haber llegado tarde para vivir esta parte muy cotidiana y rutinaria del lugar que me vio crecer. Deje salir la locura y a nadie parecía importarle. Javier Prado, bajo y comienzo a subir por las escaleras que soportaban el peso de cientos de personas. Camine en dirección a Lince, dentro de un tumulto muy cerca da la estación, apareció una señora vendiendo ceviche de pota en su carretilla. Sentia que un ángel me estaba dando su bendición. Ahí si no dude ni un segundo. Con cada mordisco regresionaba a antiguos veranos de cerro azul. Con el picante en la boca, segui hasta llegar a mi cocina. Entre y escribir era mucho mas tentador que el Excel pendiente, pero al igual que todos quienes me acompañaron en mi trayecto, tenia que trabajar. No se si mi cabeza esta muy bien o muy mal, pero, por lo menos puedo entretenerme dándole vueltas a algo tan normal como subirse a un bus.

[Migrante al paso] Iba por la Vía Expresa, pensando en qué regalarle a mi madre, entre el alboroto de abrir un negocio se me pasan fechas, conversaciones quedan inconclusas, cumpleaños pasan inadvertidos; estoy perdiendo mi humanidad pensaba. Antes de la subida para 28 de Julio en Miraflores, en un jardín rectangular, una persona hablaba sola. El atracón de carros, me permitió ver sus gestos, emociones y cómo movía las manos dirigiéndose al espacio vacío. No era una mirada perdida estaba fija en algo que yo no podía ver. Real o no, para él había alguien ahí. No parecía molestar a nadie, era casi tan invisible como con quien estaba interactuando. No tenía más de 40 años, se reía con las piernas cruzadas al costado de su amigo fantasma. Me sentía rodeado de animales, donde cada carro era una jaula y, dentro, cada humano actuaba de manera impulsiva y agresiva. La radio, donde quién habrá estado hablando, soltaba discursos raros, por momentos hablaba de Dios y por otros menospreciaba a otros. Cada claxon, parecía una bestia rugiendo desde adentro de las rejas. Sentía paz al ver a esta persona que no se inmutaba del caótico ambiente, perdido en su conversación. Lo perdí de vista y me sentí conmovido. ¿Qué me diferencia de esa persona? Solo encontraba similitudes entre alguien el loco y yo. Entre la mente de un buscador de libertad y la de un loco solo hay una delgada línea.

Yo que pensaba escribir mi crónica sobre el Día de la Madre, pero al igual que un loco mi realidad alterna según lo que quiero y no según lo que se espera. Yo estoy bendecido de tener una madre y abuela especial. Agradezco y celebro todos los días haber tenido figuras maternas de alto calibre. Me perdonarán muchas madres, pero solo por tener hijos no son especiales, es tu desempeño en el rol lo que te hace especial. No sé, si alguien comparta esta opinión conmigo, después de todo comparto más la realidad con un loco que con la gente normal.

Recuerden que quien puede llegar a ser nuestra futura presidenta dijo que no permitiría el aborto de su hija en caso de violación. Lo más preocupante es que gran parte de la población también está de acuerdo con eso. Me vuelvo a preguntar, dónde radica la locura en nuestra sociedad. Veo mayor cordura en un loco que habla solo, que en una madre que hace afirmaciones como la mencionada. Veo mayor cordura en divertirse con el vacío, que en defender este proceso electoral. De hecho, por qué no me voy yo también a sentarme solo a conversar con el aire, pienso desde hace unos días. Ni el aire ni yo estaríamos hablando de que tú eres facho o tú eres rojo. Últimamente solo escucho esos adjetivos, solo me doy cuenta que como niños, los adultos también entran en pánico ante cualquier adversidad.

De un día para otro, el país completo se convierte en una isla inexplorada y despojados de toda autoridad, varios grupos escogen a su señor de las moscas y bailan alrededor embriagados de falsas verdades. En algunos, como yo, que nos gusta vivir desencajados, habitan Ralph y Piggy. Tenían una amistad donde el honor y la lealtad valía más que las promesas de estos símbolos. Moriré rescatado por alguien externo o aplastado por las moscas, algún día lo sabré. En el libro (El señor de las moscas para quien no lo ha leído) la cabeza de un jabalí clavada en una estaca era el señor de las moscas porque cientos de ellas revoloteaban alrededor y los niños imitaban este comportamiento. En nuestro país, cambia el formato y vienen los símbolos con nombre y apellido en una enorme lista donde todos nosotros tenemos que marcar un aspa y como moscas escoger alrededor de qué cabeza de jabalí muerto revolotear.

En los años que estudié filosofía, carrera que no terminé, recuerda mi fase nihilista, al igual que yo muchos caen. Entendía, bajo ese pensamiento, que la verdadera libertad se encuentra en los límites de la sociedad. Cada vez ese cuestionamiento aumenta en mi mente, intentando encontrarle significado. Tomando palabras de Nietzsche, no es mi deber ser matamoscas; algo me dice que el loco del jardín también pensaba igual. Tal vez, es necesario perder un poco de cordura para ser libre, moldear un poco más la realidad para no incomodar las ajenas. Lamentablemente, el conflicto entre ser totalmente indiferente por mi paz o intervenir para generar cambio se mantiene sin inclinarse hacia uno de los lados.

 

[Migrante al paso] Alguna vez han estado en el tráfico, apurados, sudando por el calor, con ruido por todos lados y faltas de tránsito en cada cuadra. De pronto escuchas gritos furibundos y desaforados desde un carro vecino. Siempre pensaba: hay que estar loco para perder así la calma. Resulta que esta semana yo fui esa persona, y en más de una ocasión. El estrés contenido y mal canalizado se traduce en ira incontrolable, como si algo te poseyera, y las decisiones siempre terminan siendo equivocadas. Tomé la decisión de evitar manejar y, en dos días, mi ánimo cambió. Iba calmado, trabajando mientras llegaba a mi destino, sin irritabilidad. Eso hizo que hasta el ambiente laboral cambiara: todo comenzó a ordenarse y la calma primaba. Nada mejor que la calma para un negocio, y eso que solo pasaron dos días. El ambiente ya está bastante tenso como para añadirle la furia ocasionada por el tráfico. Es una lástima que, por la corrupción que nos rodea, no contemos con un sistema de transporte decente que solucionaría una gran cantidad de problemas para todos.

Soy un viejo de 32 años que, lamentablemente, no ha trabajado mucho en su vida. Ahora mi vida está girando en torno a mi centro laboral y no tengo el entrenamiento necesario para soportar lo que implica gestionar un negocio. Poco a poco, todo va encajando y, con orden, se vuelve más ligero. Siempre digo que perdí diez años de mi vida pasando de universidad en universidad en lugar de comenzar a trabajar desde más joven, pero es simplemente una queja sin sustento. Todo lo que aprendí en esos años de estudios inconclusos y viajes locos y aventureros en soledad me hicieron quien soy. Sin esa experiencia, probablemente sería alguien frustrado por no haber hecho lo que quiso en su juventud. Vale recalcar que aún no acaba. Planeo que el pico de mi juventud sea el día de mi muerte, y así les dejo un poco de delirio inculcado por los animes.


Mientras iba calmado en el tráfico sin manejar, entraba a ver noticias. Bueno, ya no sé si llamarlo noticias. Si el Perú está dividido entre los seguidores de Willax y los de La República, es fácil entender por qué estamos tan mal. Con todo respeto a los periodistas veteranos, ambos medios han caído en picada al mismo nivel. Ahora parecen más youtubers, sin faltarle el respeto a esa profesión, porque muchos la menosprecian, pero requiere un enorme trabajo y dedicación. Cuando las opiniones y las noticias están así de sesgadas, creo que es mejor omitirlas. La noticia, la investigación y la opinión dejaron de ser protagonistas en esos canales, cediéndole el puesto a quienes las cuentan. Como ese es el caso, no me aportan nada, ya que todo lo dicho en esos medios tiene un público objetivo de seguidores que solo quieren escuchar lo mismo y encontrar a alguien que reconfirme sus opiniones y posturas. Es decir, mentalidades débiles que necesitan seguir como mascotas de profesor a esos señores y señoras. Antes renegaba al respecto; ahora me di cuenta de que dejar que me moleste solo me afecta a mí, así que prefiero ser indiferente. No aportan a liberarme del estrés que me ha estado envolviendo. Lo bueno es que, transportándome sin manejar, por lo menos puedo pensar. Si vivimos en el caos en el que estamos, es normal ver actitudes desmedidas y molestia por todos lados, todo porque la gente no tiene tiempo ni para pensar, y eso no es su culpa.

Todas estas semanas revoltosas y de remolinos mentales, donde no podía dejar ir el más mínimo inconveniente, extrañaba a mi ya fallecido psicoanalista. Me gustaría conversar con él; lamentablemente, no puedo. Solo me queda recordar sus consejos e incluso sentía como si me los dijera en mi mente. Él no perdió la compostura ni siquiera sabiendo que iba a morir; yo no puedo darme el lujo de perder el control por nimiedades. Siempre me decía que, en tiempos donde el miedo es constante, las personas tienden a agruparse y arrimarse a bandos donde se sientan más cómodos, por afinidades de ideología y principios. Sin embargo, dudo que existan dos personas que piensen exactamente igual. En mi caso, soy un disidente y llevar la contra es mi naturaleza. Por más miedo que tenga, no me voy a arrimar como conejo asustado a una trinchera donde la opinión de otros me dé comodidad; prefiero quedarme con mi bando de uno. No solo por rebelde, también por mi bienestar emocional y porque, si lo hiciera, me sentiría un cobarde.

Al final, creo que todo se resume en aprender a convivir con el ruido sin dejar que el ruido se convierta en uno mismo. El tráfico, la tensión, los gritos, las noticias hechas para enfurecer y los problemas que se acumulan como platos sucios en una cocina durante hora punta no van a desaparecer mañana. El caos seguirá ahí, esperándome apenas salga a la calle o abra el celular. Pero tal vez la verdadera diferencia está en decidir cuánto espacio permito que ocupen dentro de mi cabeza. Porque cuando uno vive constantemente irritado, el mundo entero se vuelve un enemigo y cualquier pequeño inconveniente parece una amenaza personal. Y así, poco a poco, uno termina agotado, vacío y desconectado de sí mismo. Quizá crecer no sea volverse más fuerte ni más duro, sino aprender a conservar la calma en medio del desastre. Pensar antes de reaccionar. Respirar antes de explotar. Y entender que la paz mental también es una forma de resistencia.

 

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