Crónica

[CRÓNICA] Emprendí en un negocio con terror y, un poco, de crisis existencial. Mi mente tiende a humanizar todo, y veia a las empresas como necesarias, pero no dejaba de sentir que estábamos rodeados de personas jurídicas, personas con rasgos psicopáticos. Al abrir el negocio, después de mucho tiempo, me atrevo a decir que, desde la infancia, me motive nuevamente. Conlleva estrés y estoy buscando diferenciar mi manera de ser un empresario a la tradicional. Quien hubiera pensado que un negocio despertaría un interés social en mi. Eso me llevo a utilizar el metropolitano. Si he ido en combi varias veces de niño, no mucho pero tampoco nulo. Desde una perspectiva marxiana, solo conocía el mundo visto desde la experiencia de quienes se benefician de él, desde el punto de vista de alguien que ha sido moldeado por un entorno socioeconómico privilegiado.  Para todos los que no hayan leído algo de Marx solo por creer que es de “rojos”, se están perdiendo las ideas de una de las mentes más brillantes que han quedado marcadas en la historia. Igual, no es que haya hecho mucho, solo he ido en metropolitano, por ahora. Al igual que en las incontables aventuras en ciudades extranjeras y lejanas, ahora ando como un perro mirando un bosque de donde provienen aullidos lobeznos. Escuchando el llamado de las tinieblas que me invita a entrar a ciegas donde se encuentran esparcidos pedacitos de mi propia identidad.

Camine unas cuadras con mi chompa, el dia estaba frio, la neblina parecía entrar a mi cuerpo en cada respiro. Las calles barranquinas se veían tétricas. Me cruce unos cuantos borrachos, caminando entre risas después de una larga noche, también con personas abriendo las cortinas metálicas de sus tiendas; una que otra pareja llevaban a pequeños de uniforme azul de la mano. Entre a la estación, al finalizar el boulevard, y pensaba que de todo lo que había visto solo había vivido estar borracho sin dormir. Con una risa insonora entre. Esperaba el bus, a pesar de que mi tramo solo tiene un camino, les pregunte a unas cuantas señoras si estaba esperando al bus correcto. No había mucha gente, y veo a lo lejos un rectángulo gigante gris que se camuflaba con nuestra ciudad. Se abrieron las puertas, no entendía como iba a entrar, caras desconocidas me miraban como diciendo: creo que no entras. Dejé ir a la duda y di un paso, pude acomodarme a un costado de la puerta. Parado, tuve que sostenerme casi del techo porque el apoyo metálico era muy bajo. Miles de colores y gestos. El día tomo vida. Subían y bajaban personas en cada parada. Yo sonreía viendo como dejábamos a los carros atorados en la via expresa. Me tuve que quitar la chompa, comenzaban a caer gotas de sudor desde mi cabeza con poco pelo. Mis pensamientos parecían pasar tan rápido como las imágenes de la ventana.

Gente miraba su celular con mirada cansada, entro un joven bailando sutilmente a un ritmo que solo el estaba escuchando, me dio gracia: buen estilo pensé. Lo imite y subi el volumen de mis audífonos al máximo y comencé a simular que tocaba la bateria de los Rolling stones. No esta tan mal haber llegado tarde para vivir esta parte muy cotidiana y rutinaria del lugar que me vio crecer. Deje salir la locura y a nadie parecía importarle. Javier Prado, bajo y comienzo a subir por las escaleras que soportaban el peso de cientos de personas. Camine en dirección a Lince, dentro de un tumulto muy cerca da la estación, apareció una señora vendiendo ceviche de pota en su carretilla. Sentia que un ángel me estaba dando su bendición. Ahí si no dude ni un segundo. Con cada mordisco regresionaba a antiguos veranos de cerro azul. Con el picante en la boca, segui hasta llegar a mi cocina. Entre y escribir era mucho mas tentador que el Excel pendiente, pero al igual que todos quienes me acompañaron en mi trayecto, tenia que trabajar. No se si mi cabeza esta muy bien o muy mal, pero, por lo menos puedo entretenerme dándole vueltas a algo tan normal como subirse a un bus.

[Migrante al paso] Iba por la Vía Expresa, pensando en qué regalarle a mi madre, entre el alboroto de abrir un negocio se me pasan fechas, conversaciones quedan inconclusas, cumpleaños pasan inadvertidos; estoy perdiendo mi humanidad pensaba. Antes de la subida para 28 de Julio en Miraflores, en un jardín rectangular, una persona hablaba sola. El atracón de carros, me permitió ver sus gestos, emociones y cómo movía las manos dirigiéndose al espacio vacío. No era una mirada perdida estaba fija en algo que yo no podía ver. Real o no, para él había alguien ahí. No parecía molestar a nadie, era casi tan invisible como con quien estaba interactuando. No tenía más de 40 años, se reía con las piernas cruzadas al costado de su amigo fantasma. Me sentía rodeado de animales, donde cada carro era una jaula y, dentro, cada humano actuaba de manera impulsiva y agresiva. La radio, donde quién habrá estado hablando, soltaba discursos raros, por momentos hablaba de Dios y por otros menospreciaba a otros. Cada claxon, parecía una bestia rugiendo desde adentro de las rejas. Sentía paz al ver a esta persona que no se inmutaba del caótico ambiente, perdido en su conversación. Lo perdí de vista y me sentí conmovido. ¿Qué me diferencia de esa persona? Solo encontraba similitudes entre alguien el loco y yo. Entre la mente de un buscador de libertad y la de un loco solo hay una delgada línea.

Yo que pensaba escribir mi crónica sobre el Día de la Madre, pero al igual que un loco mi realidad alterna según lo que quiero y no según lo que se espera. Yo estoy bendecido de tener una madre y abuela especial. Agradezco y celebro todos los días haber tenido figuras maternas de alto calibre. Me perdonarán muchas madres, pero solo por tener hijos no son especiales, es tu desempeño en el rol lo que te hace especial. No sé, si alguien comparta esta opinión conmigo, después de todo comparto más la realidad con un loco que con la gente normal.

Recuerden que quien puede llegar a ser nuestra futura presidenta dijo que no permitiría el aborto de su hija en caso de violación. Lo más preocupante es que gran parte de la población también está de acuerdo con eso. Me vuelvo a preguntar, dónde radica la locura en nuestra sociedad. Veo mayor cordura en un loco que habla solo, que en una madre que hace afirmaciones como la mencionada. Veo mayor cordura en divertirse con el vacío, que en defender este proceso electoral. De hecho, por qué no me voy yo también a sentarme solo a conversar con el aire, pienso desde hace unos días. Ni el aire ni yo estaríamos hablando de que tú eres facho o tú eres rojo. Últimamente solo escucho esos adjetivos, solo me doy cuenta que como niños, los adultos también entran en pánico ante cualquier adversidad.

De un día para otro, el país completo se convierte en una isla inexplorada y despojados de toda autoridad, varios grupos escogen a su señor de las moscas y bailan alrededor embriagados de falsas verdades. En algunos, como yo, que nos gusta vivir desencajados, habitan Ralph y Piggy. Tenían una amistad donde el honor y la lealtad valía más que las promesas de estos símbolos. Moriré rescatado por alguien externo o aplastado por las moscas, algún día lo sabré. En el libro (El señor de las moscas para quien no lo ha leído) la cabeza de un jabalí clavada en una estaca era el señor de las moscas porque cientos de ellas revoloteaban alrededor y los niños imitaban este comportamiento. En nuestro país, cambia el formato y vienen los símbolos con nombre y apellido en una enorme lista donde todos nosotros tenemos que marcar un aspa y como moscas escoger alrededor de qué cabeza de jabalí muerto revolotear.

En los años que estudié filosofía, carrera que no terminé, recuerda mi fase nihilista, al igual que yo muchos caen. Entendía, bajo ese pensamiento, que la verdadera libertad se encuentra en los límites de la sociedad. Cada vez ese cuestionamiento aumenta en mi mente, intentando encontrarle significado. Tomando palabras de Nietzsche, no es mi deber ser matamoscas; algo me dice que el loco del jardín también pensaba igual. Tal vez, es necesario perder un poco de cordura para ser libre, moldear un poco más la realidad para no incomodar las ajenas. Lamentablemente, el conflicto entre ser totalmente indiferente por mi paz o intervenir para generar cambio se mantiene sin inclinarse hacia uno de los lados.

 

[Migrante al paso] Alguna vez han estado en el tráfico, apurados, sudando por el calor, con ruido por todos lados y faltas de tránsito en cada cuadra. De pronto escuchas gritos furibundos y desaforados desde un carro vecino. Siempre pensaba: hay que estar loco para perder así la calma. Resulta que esta semana yo fui esa persona, y en más de una ocasión. El estrés contenido y mal canalizado se traduce en ira incontrolable, como si algo te poseyera, y las decisiones siempre terminan siendo equivocadas. Tomé la decisión de evitar manejar y, en dos días, mi ánimo cambió. Iba calmado, trabajando mientras llegaba a mi destino, sin irritabilidad. Eso hizo que hasta el ambiente laboral cambiara: todo comenzó a ordenarse y la calma primaba. Nada mejor que la calma para un negocio, y eso que solo pasaron dos días. El ambiente ya está bastante tenso como para añadirle la furia ocasionada por el tráfico. Es una lástima que, por la corrupción que nos rodea, no contemos con un sistema de transporte decente que solucionaría una gran cantidad de problemas para todos.

Soy un viejo de 32 años que, lamentablemente, no ha trabajado mucho en su vida. Ahora mi vida está girando en torno a mi centro laboral y no tengo el entrenamiento necesario para soportar lo que implica gestionar un negocio. Poco a poco, todo va encajando y, con orden, se vuelve más ligero. Siempre digo que perdí diez años de mi vida pasando de universidad en universidad en lugar de comenzar a trabajar desde más joven, pero es simplemente una queja sin sustento. Todo lo que aprendí en esos años de estudios inconclusos y viajes locos y aventureros en soledad me hicieron quien soy. Sin esa experiencia, probablemente sería alguien frustrado por no haber hecho lo que quiso en su juventud. Vale recalcar que aún no acaba. Planeo que el pico de mi juventud sea el día de mi muerte, y así les dejo un poco de delirio inculcado por los animes.


Mientras iba calmado en el tráfico sin manejar, entraba a ver noticias. Bueno, ya no sé si llamarlo noticias. Si el Perú está dividido entre los seguidores de Willax y los de La República, es fácil entender por qué estamos tan mal. Con todo respeto a los periodistas veteranos, ambos medios han caído en picada al mismo nivel. Ahora parecen más youtubers, sin faltarle el respeto a esa profesión, porque muchos la menosprecian, pero requiere un enorme trabajo y dedicación. Cuando las opiniones y las noticias están así de sesgadas, creo que es mejor omitirlas. La noticia, la investigación y la opinión dejaron de ser protagonistas en esos canales, cediéndole el puesto a quienes las cuentan. Como ese es el caso, no me aportan nada, ya que todo lo dicho en esos medios tiene un público objetivo de seguidores que solo quieren escuchar lo mismo y encontrar a alguien que reconfirme sus opiniones y posturas. Es decir, mentalidades débiles que necesitan seguir como mascotas de profesor a esos señores y señoras. Antes renegaba al respecto; ahora me di cuenta de que dejar que me moleste solo me afecta a mí, así que prefiero ser indiferente. No aportan a liberarme del estrés que me ha estado envolviendo. Lo bueno es que, transportándome sin manejar, por lo menos puedo pensar. Si vivimos en el caos en el que estamos, es normal ver actitudes desmedidas y molestia por todos lados, todo porque la gente no tiene tiempo ni para pensar, y eso no es su culpa.

Todas estas semanas revoltosas y de remolinos mentales, donde no podía dejar ir el más mínimo inconveniente, extrañaba a mi ya fallecido psicoanalista. Me gustaría conversar con él; lamentablemente, no puedo. Solo me queda recordar sus consejos e incluso sentía como si me los dijera en mi mente. Él no perdió la compostura ni siquiera sabiendo que iba a morir; yo no puedo darme el lujo de perder el control por nimiedades. Siempre me decía que, en tiempos donde el miedo es constante, las personas tienden a agruparse y arrimarse a bandos donde se sientan más cómodos, por afinidades de ideología y principios. Sin embargo, dudo que existan dos personas que piensen exactamente igual. En mi caso, soy un disidente y llevar la contra es mi naturaleza. Por más miedo que tenga, no me voy a arrimar como conejo asustado a una trinchera donde la opinión de otros me dé comodidad; prefiero quedarme con mi bando de uno. No solo por rebelde, también por mi bienestar emocional y porque, si lo hiciera, me sentiría un cobarde.

Al final, creo que todo se resume en aprender a convivir con el ruido sin dejar que el ruido se convierta en uno mismo. El tráfico, la tensión, los gritos, las noticias hechas para enfurecer y los problemas que se acumulan como platos sucios en una cocina durante hora punta no van a desaparecer mañana. El caos seguirá ahí, esperándome apenas salga a la calle o abra el celular. Pero tal vez la verdadera diferencia está en decidir cuánto espacio permito que ocupen dentro de mi cabeza. Porque cuando uno vive constantemente irritado, el mundo entero se vuelve un enemigo y cualquier pequeño inconveniente parece una amenaza personal. Y así, poco a poco, uno termina agotado, vacío y desconectado de sí mismo. Quizá crecer no sea volverse más fuerte ni más duro, sino aprender a conservar la calma en medio del desastre. Pensar antes de reaccionar. Respirar antes de explotar. Y entender que la paz mental también es una forma de resistencia.

 

[MIGRANTE AL PASO] No soy cocinero, mucho menos un chef, y los últimos meses tuve que armar una cocina, pequeña, pero con todo lo necesario para producir eficientemente. Me puedo defender haciendo un pan con huevo o un arroz chaufa; también tengo incursiones culinarias en mi cocina durante las noches de insomnio, donde logro crear delicias sin receta. En algún momento pensé en estudiar gastronomía, pero me desanimé, como con toda carrera que alguna vez consideré. Igual nunca es tarde. Lo que sí, soy un aficionado de la comida, de todo tipo: desde joyas en mercados hasta restaurantes Michelin que de vez en cuando me auspician. De niño me pasaba todo el rato del colegio pensando en llegar a mi casa para comer; de eso dependía mi humor. Tenía un problema serio con las gaseosas. Me tomaba como cinco en las ocho horas que estabas encerrado ahí. Mi madre tuvo que llamar para prohibir que me vendan; en esa época aún no había tantas restricciones en lo que se vendía dentro de los colegios. Pobres niños ahora que no pueden tomar Coca-Cola en el recreo. Igual, siempre tenía mis buenos amigos; desde esos momentos debí darme cuenta de que era bueno negociando. Les decía que me compren ellos la gaseosa y yo les regalaba algo. Ahora que lo escucho suena más a negocio turbio.

Mesas de cocina, acero inoxidable, extintores, licencias, permisos y, lo peor, la trampa de grasa. No tenía idea de qué era antes de comenzar este proyecto. Todas las cocinas formalizadas tienen que tener un sistema que evite que la grasa acumulada de los desechos entre al desagüe. Un cubo de metal debajo de la cañería que desde el día uno representa algo extraño en la cocina. Esta caja llena de agua maloliente, con grumos amarillos y restos de comida sumergida, es este objeto repugnante. Todo está impecable gracias a esta caja que mantiene todo lo no deseado adentro, pero constantemente pienso en ella. En momentos en que estoy supervisando me pongo a escribir en las notas de mi laptop. Intento hacer una analogía psicoanalítica con el funcionamiento y las áreas de la cocina. Nuevamente, no soy psicólogo, mucho menos psicoanalista.

Hay días en los que todo está limpio arriba —las mesas, el acero brillante, la ilusión de control—, pero yo no. Discusiones con proveedores que se sienten más grandes de lo que son, respuestas cortas, una irritabilidad que aparece sin mucho aviso. Y mientras todo eso pasa, sé que abajo hay algo acumulándose. La trampa no distingue entre lo importante y lo trivial: todo lo que no puede circular termina ahí. Y en mí pasa parecido. No es solo el gran estrés del negocio; son también las pequeñas tensiones que no proceso en el momento, lo que me guardo para seguir funcionando. Se van quedando, espesándose, hasta que el cuerpo lo cobra en forma de insomnio o en esa sensación rara de descontrol, como si algo interno estuviera empujando desde abajo.

Empiezo a pensar que la trampa de grasa no es solo un mecanismo sanitario, sino una especie de estructura obligatoria para que el sistema no colapse. La cocina necesita un lugar donde mandar lo que no puede integrar sin romperse. Y yo también. El problema no es que exista esa “grasa” —el fastidio, la presión, el cansancio—, sino creer que puede desaparecer si la ignoro. No desaparece; se transforma en acumulación. Y la acumulación, tarde o temprano, busca salida. Por eso la trampa tiene que abrirse, limpiarse, enfrentarse. No porque sea agradable, sino porque es la única forma de que lo de arriba siga funcionando. Supongo que ahí está el verdadero paralelo: no en la suciedad en sí, sino en la disciplina incómoda de hacerse cargo de lo que uno preferiría no mirar.

Y al final, se limpia. No hay épica en eso. Es abrir la tapa, aguantar el olor, ver lo que se formó ahí abajo y empezar a sacar. No pasa en un solo intento, ni queda perfecto a la primera. Hay restos que se resisten, capas que parecen pegadas, bichos que aparecen como si siempre hubieran estado ahí esperando. Pero poco a poco, con constancia más que con ganas, el agua vuelve a aclararse, el olor se disipa, la cocina deja de cargar con algo que no se veía pero igual pesaba. Supongo que también funciona así conmigo. No es que desaparezca el estrés, ni las discusiones, ni el insomnio de golpe. Pero cuando dejo de acumular sin darme cuenta y empiezo a vaciar aunque sea un poco, algo cambia. No es alivio total, pero sí suficiente para seguir. Como si el sistema volviera a respirar sin que yo tenga que pensarlo tanto. Y eso, en medio de todo, ya es bastante.

 

[Migrante al paso] Ya van semanas, tal vez meses, en los que mi mente ha sido un remolino de política. Entre el caos electoral acá y el mundo que parece a punto de estallar. Es demasiado estrés comunal, una especie de ruido constante que no se apaga ni siquiera cuando intento desconectarme. Lo peor de la gente sale como si abrieran una represa de emociones y prejuicios acumulados durante años. Sin filtro se libera todo lo reprimido que normalmente se traduce en odio o menosprecio, como si bastara una chispa para que todo explote. No me excluyo. De hecho, caí de lleno y por mucho tiempo, arrastrado por esa corriente que parece inevitable cuando uno está expuesto constantemente a ese entorno. Está bien estar enterado y formar una opinión, pero de ahí a dejar que te afecte emocional y mentalmente es porque hay algo más. Probablemente esté buscando un culpable de todo lo que no me gusta y, de este modo, escapar del verdadero problema, que es interno. Tal vez es más fácil mirar hacia afuera que aceptar lo que uno tiene que ordenar por dentro.

Después de semanas pendiente y viendo cómo se pelea todo el mundo, es inevitable sentir que el ambiente se va cargando cada vez más. Pequeños bandos que entran en modo de desadaptado, defendiendo posiciones como si fueran trincheras personales. Prejuicios y tensión entre amistades y familiares, conversaciones que antes eran ligeras y ahora se vuelven incómodas o terminan en discusiones innecesarias. Todo por la situación política, que termina filtrándose en cada espacio, incluso en los más cotidianos. Es hora de tomar un descanso, después de todo, no puedo hacer mucho por cambiar lo inminente, solo estar atento, pero no preocupado. Hay una diferencia entre informarse y dejarse consumir, y últimamente esa línea se ha vuelto demasiado delgada.

Mis semanas han estado ocupadas, me estoy moviendo de un lado a otro, miles de llamadas, pendientes que no terminan y una sensación constante de estar corriendo contra el tiempo. Pensaría que el momento más calmado es cuando estoy manejando con música, porque en ese instante no puedo estar atento al teléfono ni a nada más. Solo disfruto del camino, a pesar del tráfico, como si fuera una pequeña pausa dentro de todo lo demás. Me había olvidado lo terrible que es manejar en Lima, lo impredecible que puede ser cada trayecto. A pesar de eso, al ser el único momento del día en el que puedo simplemente manejar y relajarme, termina convirtiéndose en un espacio necesario. Soy tímido, así que cuando estoy solo aprovecho para cantar o bailar sin pensar mucho. Es un momento sin juicio, sin expectativas. Más de una vez me ha pasado que volteo y alguien de otro carro me está viendo con mis locuras. Me río y me pongo rojo nomás, como si no hubiera forma de evitar esa reacción. Hay cosas que no cambian, y esta es una de ellas. Desde niño me pongo como un tomate ante cualquier situación rochosa, y aunque pase el tiempo, esa incomodidad sigue apareciendo de la misma manera.

Manejando sin mapa, entre calles rotas, esquivando tramos cerrados y cientos de huecos en la pista, pensaba en lo fácil que es dejarnos moldear por el entorno. No hace falta algo muy grande para que eso pase, basta con estar expuesto constantemente a ciertos estímulos. Más allá de nuestro desarrollo principal e infancia, me refiero al efecto inmediato, al impacto que tiene lo que consumimos todos los días. El año pasado, que estuve menos pendiente del contexto global y local, me mantuve enfocado en el trabajo y en mi salud. Rachas de meses en las que me mantuve constante, con una sensación de avance más clara y sostenida. Este año hubo un cambio abrupto, pero no venía de mí, ya que no me ha pasado nada y tampoco a mi familia ni a personas cercanas. Sin embargo, el entorno cambió, y eso fue suficiente. El simple hecho de estar en un ambiente disruptivo e incómodo tiene la fuerza necesaria para sacarme de mi orden y llevarme a tener la misma percepción negativa que le doy a lo externo hacia mis decisiones. Como si todo se contaminara poco a poco.

Es muy fácil darte cuenta de errores y problemas y muy difícil percatarte de avances y aciertos. La mente parece estar diseñada para enfocarse en lo que falta, en lo que incomoda, en lo que no está bien. Me repetía a mí mismo mientras manejaba: hay que dejar ir las cosas, es hora de mantener la calma y ser pacífico. No todo merece una reacción, no todo requiere una respuesta inmediata. A veces simplemente hay que observar y seguir. De pronto, un claxon ensordecedor de una combi casi me revienta los tímpanos y me olvidé de todas mis propuestas. Ese contraste entre lo que uno quiere ser y lo que termina haciendo en el momento es más común de lo que parece. Antes, me peleaba o evitaba que cojan pasajeros solo para molestarlos y, de alguna manera, que se den cuenta de lo intransigentes que son. Era una forma de descargar esa tensión acumulada, aunque en el fondo no resolviera nada. Ahora me limité a mirarlo mal y decir mil cosas sin que me escuche. Puede parecer poco, pero es un cambio. Tal vez no es la reacción ideal, pero al menos es un paso hacia algo más controlado.

Las calles ya no son como antes y una pelea tonta puede volverse una tragedia. Ese pensamiento se queda rondando, recordándome que no todo vale la pena. Que a veces lo más inteligente no es reaccionar, sino dejar pasar. Y quizás ese mismo principio aplica para todo lo demás que me ha estado cargando estas semanas.

 

[Migrante al paso] Nuevas elecciones, el mismo caos de siempre, pero peor. Recuerdo mi primera votación presidencial en el 2016. Las de 2011 aún tenía 17 años. Pasaron a segunda vuelta PPK con Keiko Fujimori. Caminaba un poco intimidado desde mi casa, unas cuadras, hacia mi centro de votación. Un colegio con números y sin nombre. Todavía no conocía la realidad peruana y era más ignorante de lo que creía. En el camino, solo iba repasando lo que tenía que marcar y cómo, basándome en lo que me habían dicho mis padres. Entré rápidamente, ubiqué mi mesa de votación, marqué, firmé y salí. Me sentí adulto, como la primera vez que manejé. Supongo que muchos jóvenes hicieron lo mismo en las elecciones del domingo que acaba de pasar. Veo a muchos periodistas y líderes de opinión resaltando los mismos argumentos de siempre. No es un problema solo de los que no están enterados, de los que no han recibido una educación o de los que sí. Es un problema enganchado en todas las áreas, desde las más académicas hasta las más informales. Es muy fácil darse cuenta de que el famoso voto anti Keiko ha disminuido; no es necesario ser politólogo. Sin embargo, siguen con esa idea como si no quisieran aceptar que eso cada vez se vuelve menos certero. La realidad actual es muy diferente a la de las últimas elecciones. Generaciones enteras que no conocen lo sucedido durante el fujimorismo, ni lo que sucedió con el terrorismo y mucho menos las atrocidades cometidas por el Estado en ese momento oscuro de nuestro país. Es normal, porque somos una sociedad que olvida. Por eso las orientaciones radicales están en aumento en todo el mundo. Por eso he reducido drásticamente a quiénes escuchar y a quiénes omitir. No soy un experto, pero a mi parecer el análisis tiene que venir desde esa premisa, una en la que las tendencias cambian con el tiempo.

Esta vez, ya estaba informado y tenía mi propio análisis y opinión. Me levanté temprano, comí, me compré una Red Bull y fui caminando tranquilo; tomé todas las medidas necesarias para no estar de mal humor y funcionó. Claramente, después de enterarme de tantas negligencias y del panorama que se aproxima, comencé a caer de a pocos en el remolino de incertidumbre y estrés. Varias personas que tengo en redes sociales que desacreditaban a Jorge Nieto por una foto con Víctor Polay, les preguntaba si sabían quién era este señor: un rojo antiguo, me comentaban; claramente solo demostraban que no sabían nada. Ni siquiera me tomaba el tiempo para explicarles porque ya había probado mi punto. Decidí seguir la semana como si no hubiera pasado nada; recordaba unas palabras de Jaime Bayly, alguien que no admiro ni le tengo aprecio especial, pero su frase dio en el clavo: lo bonito de la vida no está en la política.

Por otro lado, veo a gente ilusionándose por una potencial segunda vuelta con Jorge Nieto en ella; también veo posts en Instagram que decían “mañana sale el sol”, haciendo referencia al logo del Partido del Buen Gobierno. También, periodistas de renombre alabando a Marisol Pérez Tello. Solo podía pensar: ¿son estos los veteranos que saben de política? Porque no lo parecen. Esos dos eran mis opciones principales y, efectivamente, voté por Nieto, pero de eso a ilusionarme hay un gran paso. Creo que ya todos los peruanos deberíamos saber que celebrar antes de tiempo por la política de nuestro país es un error garrafal. Por más que tengan el beneficio de la duda, eso no los vuelve motivo de celebración; más bien es una advertencia para mantenerse alerta. Me baso puramente en que la persecución del poder suele atraer a las personas más débiles, débiles en el sentido mental de la palabra. Por más que ellos sean mis candidatos, no confío en ninguno de ellos ni un poquito.

Keiko Fujimori, Rafael López Aliaga y Roberto Sánchez no tienen el beneficio de la duda, solo hechos. Por lo tanto, no entiendo cómo estos impresentables lideran hasta el momento los conteos. Me parece repugnante, pero no me puedo quejar. Después de todo, estamos en democracia. Así que tanto el voto estratégico, el consciente y el alpinchista son igual de válidos. Incluso los viciados. De ahí ver podcasts y noticieros que te dicen qué no se debe hacer es una mentira. Es parte de nuestro derecho votar por quien queramos, lo entendamos o no. Y no se confundan, tu preferencia en los votos no te hace superior a nadie, eres simplemente un votante más.

Me parece nefasto ver estas caras que me generan repulsión liderando las encuestas, pero no hay nada que pueda hacer, porque no tengo autoridad moral sobre nadie. Para los que hablan de autoridad intelectual, creo que tienen que ir al psicólogo para que se les bajen los humos. Después de todo, los resultados al final son un reflejo de lo que somos como país y el resultado que salga lo tenemos que aceptar como buenos ciudadanos. De lo contrario, caeríamos en lo mismo que muchos odiamos, como cuando declaran fraude y falacias por el estilo. En este caso, la gota que rebalsó el vaso de irresponsabilidad, negligencia y estupidez es lo sucedido con la ONPE y el retraso en la votación. Ese tipo de cosas deberían ser sancionadas porque alimentan estas teorías conspiratorias y, lo peor, es que dejan de parecer descabelladas. Veremos cuáles son los resultados y mi consejo sigue siendo el mismo de siempre: hay que mantenerse siempre como oposición, salga quien salga, y no celebren ni se ilusionen. Porque la victoria no se canta con el sufragio sino con los buenos hechos que ocurran durante el gobierno, que ya todos sabemos, hemos tenido muy pocos, por no decir ninguno.

[MIGRANTE AL PASO] Una de las primeras cosas que hice al llegar a Buenos Aires fue visitar la ESMA, uno de los centros de detención y tortura instaurados en la dictadura de Videla. Lo hice varias veces, por motivos de escritura, culturales y académicos; caminar entre esos rincones oscuros, donde se podían respirar los lamentos de jóvenes y madres que ya sabían que sus cuerpos brutalmente maltratados muy pronto serían cadáveres en el mar.

En una esquina del segundo piso, donde dormían los secuestrados con la cabeza tapada, había paneles informativos, entre ellos portadas sobre la copa del mundo que se jugó en ese país durante el régimen autoritario en 1978. Me llamaba la atención la diferencia de perspectivas en los periódicos del mundo. Medios europeos titulaban: “Fútbol bajo la dictadura”; “Un torneo entre sombras”; “El campeonato de Videla”; “Un Mundial bajo sospecha”. Medios de Latinoamérica: “La fiesta del fútbol”; “Argentina ante su destino”; “Un Mundial histórico”. Soy un fanático del fútbol y siempre lo he sido; estamos en año de Mundial, pero no lo siento como uno. Estos suelen estar rodeados de euforia, emoción y unión; esta vez se siente caos, miedo y desánimo colectivo. Y es totalmente comprensible, estoy pasando por lo mismo; ha generado confusión en mi cabeza. De verdad, es como pensaba y es lo más lindo que hay, como dijo Maradona; es una muestra de la estupidez humana, o simplemente es un reflejo de nuestra sociedad. No lo sé, pero últimamente me recuerda a las jornadas de coliseo romano en las que manipulaban a toda Roma con pan y circo; recordemos todo lo que está ocurriendo en el mundo y en nuestro país también. De niño, la copa del mundo simbolizaba la copa de la paz.

“No voy a ver el Mundial este año”, “¿Qué hacen Cristiano Ronaldo y Lionel Messi visitando a Trump en la Casa Blanca?” (No menciono a los otros jugadores porque no significan nada). Hasta regalé mi camiseta del Inter de Miami, porque estaba furioso. Pisé el palito, como buen aficionado de fútbol. Dejé que estos ídolos, que aparentemente solo piensan con los pies, irrumpan con mi calma. Un día antes, Estados Unidos bombardeó Irán y cientos de niños murieron; Messi, como miembro e ícono de UNICEF, decidió que era un buen momento para visitar al presidente a cargo de estas masacres. Hubo respuestas negativas, pasaron unas semanas y Lego sacó un comercial con estas personas; la gente se olvidó por completo. Como si un demonio amnésico los poseyera. Las redes sociales, que están pegadas a nosotros como sombras, son dañinas: sale una noticia importante y escandalosa sobre los files de Epstein; en menos de 20 segundos scrolleas y te encuentras con personas atractivas o entretenimiento barato. Claramente estamos en la era del olvido.

Me quedaba una última esperanza, aquel jugador antiguo y respetado, que apagaba su cigarro en la línea de entrada a la cancha, se había negado a ir al Mundial de Argentina 78 por la dictadura. Antes de escribir esta crónica investigué un poco, para desilusionarme y descubrir que todo eso era solo un mito: Johan Cruyff no fue por motivos personales. Todos los símbolos se están derrumbando. Ahora solo me queda el gordo Ronaldo, cuyo mayor escándalo eran sus fiestas y el alcohol; comparado con lo que menciono antes, son travesuras de niño. Al final solo me quedaré con su camiseta.

Como todos, con amigos y hermano, armábamos arcos con piedras, palos o lo que encontráramos para improvisar arcos y jugar fútbol en la calle y parques. Lo mismo sucedía en todos los rincones del mundo, sin importar clase social, religión o ideología. Eso es el fútbol para mí: un deporte que une al mundo debido a su fácil acceso para todos. Esas sonrisas y gritos de celebración ya no se escuchan así nomás, cuando antes abundaban. Me pregunto si en los escombros y ruinas de Líbano, Irán, Palestina y muchos más lugares se seguirán escuchando balones rebotar. Me da la sensación de que este Mundial quedará en la historia como un hecho nefasto y cómplice de la guerra.

El director interno del ICE declaró que su institución será parte clave de la seguridad del Mundial, pero que supuestamente no harán redadas. No les creo ni lo que comen. Y así dará inicio este Mundial, con aplausos ciegos, donde las selecciones jugarán al mismo tiempo que violan mujeres, maltratan menores de edad y abusan de ancianos, a tan solo kilómetros de distancia en estos llamados “centros de reclusión de inmigrantes”. Mientras ellos sufren, sus propios compatriotas celebrarán bajo un lavado de cerebro masivo. No tienes que ser político para que tu radar moral se vea alterado; ser futbolista no te quita la capacidad de resistencia. La cuestión no está en si eres político o no, sino en qué clase de persona eres. Espero que esta crónica no sea una carta de despedida al deporte rey, pero por el momento he decidido no ver este Mundial y dejaré de verlos hasta que el fútbol vuelva a representar lo que tanto respetaba en mi infancia. No lo hago con intención de generar un cambio, no soy tan poderoso; lo hago por simple y puro asco.

[MIGRANTE AL PASO] Recién me había trasladado de la Universidad de Lima a La Católica. Tenía 22 años. Como muchos a esa edad, comencé a leer novelas y ensayos existenciales. Desde Demian de Hermann Hesse hasta Así habló Zaratustra de Nietzsche. La rebeldía pura y sin causa, cuyo único fin era la rebeldía en sí misma, estaba a tope dentro de todo lo que hacía. Creía que volverme adulto era algo contra lo que tenía que luchar o generar resistencia. Pensaba que llenarme de responsabilidades y ocupaciones era excluyente con mi incesante intento de ser un espíritu libre por siempre. Así viví un poco más de una década; de hecho, hasta hace unos meses vivía con ese conflicto interno. Claramente, estaba equivocado y me sentía un poco mal, como si me hubiera demorado en crecer o como si recién hubiera superado el pensamiento adolescente a los 32. Estos fueron años que a simple vista parecen perdidos o malgastados, pero aprendí mucho. Estas lecturas existenciales me llevaron en una aventura en la que romper cascarones era el principal objetivo. Estos cascarones representan sentimientos reprimidos, aspectos de la realidad que no concebía, hasta pequeños conceptos que en muchos casos son necesarios de romper. Se podría decir que con cada ruptura de cascarón viene un aprendizaje nuevo y con ese aprendizaje viene el crecimiento y desarrollo personal para ser el adulto que quiero ser. Con el tiempo, también entendí que no todos los cascarones se rompen con fuerza; algunos se abren solos cuando uno deja de empujarlos.

Hace unas semanas, me enfrenté a un mundo problemático que resultó ser algo ligero y fácil de superar. Entendí muchas cosas, incluso me entró un bajón emocional leve comparado a otros que he tenido, pero no deja de ser un bajón. Felizmente, algo que aprendí en esos diez años, aparentemente desperdiciados, es que en esos momentos tienes que permitirte sentir y nada más que sentir lo que está sucediendo, sin intentar corregirlo de inmediato ni apurarte por salir de ahí. En lugar de taparlo con excesos, caos o solo dejarlo pasar. En mi caso, he estado fumando como un desquiciado, como si el mundo estuviera colapsando, cuando no es más que mi propia ilusión. Me sentía desanimado, intentaba distraerme, pero llegaban malas noticias de todos lados. El estrés acumulado del trabajo, sumado a guerras, masacres, abusos y muertes inocentes en distintas partes del mundo y de nuestro país, generaba una sensación constante de peso. Es fácil quedarse ciego y no encontrar una salida. Ahora que recién estoy recuperando el ímpetu de vivir al máximo, me di cuenta de que el cascarón ya se había roto, pero yo me mantenía ahí acurrucado, como si salir implicara perder algo en lugar de ganar perspectiva.

Soy una persona que está acostumbrada a ganar, pero también a crecer lento y en todo sentido. Cuando terminé el colegio no me había afeitado ni una sola vez, y medía 25 cm menos. Yo no entendía los problemas que mis amigos tenían. Para mí todo seguía siendo una travesura infantil. Y así seguí avanzando, tal vez un poco más lento que los demás, pero avanzando igual, a mi ritmo y con mis propias dudas. Esta última ruptura fue un poco sencilla, pero potente. Me di cuenta de que llega un punto en el que tú y solo tú puedes resolver lo que sea que te está fastidiando. Siempre puedes apoyarte en tus seres queridos y pedir ayuda, pero está mal imponerles expectativas a los demás. Todos somos diferentes; algunos, intentando ayudar, pueden cometer errores; otros pueden no saber cómo reaccionar a lo que te sucede, y eso no quiere decir que no te apoyen. Simplemente, a veces no se sabe cómo ayudar, y solo ver que alguien lo intente hacer ya debería ser algo invaluable. Incluso ese intento torpe puede ser una forma silenciosa de afecto.

Sentía una presión insoportable, pensando que tenía que cargar el mundo completo sobre mis hombros. Me di cuenta de que el mundo que percibo no es más que el reflejo de mi estado mental, que todo lo que me incomodaba realmente era solo yo, y contra todo lo que estaba luchando finalmente era contra mí mismo. Por eso me sentí solo, como si cada esfuerzo al final solo fuera un intento de ser yo, un yo incompleto. Hasta que encontré el lado divertido de no ser un absoluto que no cambia. Le agarré el gusto a la idea de jamás poder completarme, porque de lo contrario todo sería muy aburrido. Y en esa incompletitud también hay una forma de libertad, una que no necesita justificarse ni definirse del todo para seguir avanzando.

 

[MIGRANTE AL PASO]  El calor ya no era sofocante y la luz era naranja. El anochecer se aproximaba. Puse mi cronómetro, quince minutos, cerré la reja y comencé a caminar. Con un tiempo, sin un rumbo. “Al colegio”, escuché una voz. Mis ojos semiabiertos solo veían una bandeja. El olor a huevo frito y leche chocolatada me despabiló al segundo. El vaso caliente se veía enorme en mis pequeñas manos. Una cara cuyo rostro ya olvidé me miraba. Mientras entraba al pequeño malecón de la esquina, las personas que estaban reunidas para ver el sunset tenían el semblante borroso, como un apunte tachado. Me bañaba y nos llevaban al colegio para recogernos horas más tarde. Tenía 50 soles para comer, pero me lo gastaba todo invitando y a mitad de semana ya no tenía. Esos caminos de regreso me dolían la cabeza y esperaba con ansias llegar y sentarme a embutirme lo que fuera que estuviera en la mesa. Muchas veces veía por la ventana preocupado. Algo había hecho mal, pensaba, pero solo era culpa injustificada. Después de la mitad del camino podía separarme de ese pensamiento. Me daba cuenta de que me esperaba mi hogar.

Mis padres trabajaban y estoy orgulloso de ello. Nos recibía otra familia. Una que vivía dentro de nuestra casa. Una mamá, un papá, dos hijos y una abuela. De ellos solo recuerdo los nombres; el tiempo funciona también como borrador. Pero las tragedias que presencié me temo que serán eternas. Tragedias ajenas. Un hijo queriéndole pegar a su padre, una niña y una madre llorando, un padre confrontativo. En medio, una persona de metro veinte tenía que poner orden a gritos agudos mientras se percataba de que la propia existencia no había sido creada igual para todos. Sucedían estas cosas entre paredes llenas de cuadros que emanaban privilegio. No hablo solo de lo material: tener unos padres que te crían con amor y jamás fueron abusivos es, probablemente, la mayor fortuna que puede recibir un pequeño. Esa presencia constante y externa se desvaneció. De un día para otro, luego de varios años, se esfumó como un cigarro amargo.

Seguí dando pasos salteándome el sol. Ni lo miré y solo sentí el calor en uno de mis cachetes. Crucé la puerta verde de madera, apolillada y abollada. Las cadenas que cerraban ese acceso, colgadas de un palo, chocaban contra el piso, chirriando al moverse por el viento. Llegué al túnel de árboles que ensombrece Pedro de Osma. Me imaginaba espantapájaros colgando de sus ramas; volteaban a verme, y una presencia seguía mis pasos tan de cerca que podía sentir sus respiros jadeantes en la nuca. No me atreví a voltear.

Despertaba en mi cama. Al abrir los ojos, de uno de los rincones superiores, pegado al techo, una figura oscura y deforme emergía de cabeza. Sonidos demenciales y siniestros emanaban de esta silueta, pinceladas tan oscuras como la tinta china que dibujaban cientos de manos en el aire y se dirigían hacia mí como si fueran disparos. Corría hacia el cuarto donde crecí, cruzando toda la casa, pero las extensiones sombrías lograban envolverme y me teletransportaban nuevamente a mi cama. Se repetía, cada vez más intenso; cada vez llegaba más lejos. Logré llegar a esa habitación, con dos camas y un televisor, exactamente igual a cuando solo era un niño. Adentro encontré a mi familia cercana y se dio una conversación opacada por el temor de la bestia. Esta vez sí desperté de verdad. El polo empapado y el pánico fue lo que sentí. Pasé muchas semanas intentando hallarle significado, pero a veces encontrar el deseo oprimido en esta parte etérea de nuestra conciencia es imposible.

Se activó el cronómetro. Quince minutos. Ya había salido del corredor arbóreo. Era hora de enfrentar el regreso y el temor a descubrir que estaba detrás de mí.

Ya no tenía un tiempo parametrado. Giré y no encontré nada. A lo lejos, las figuras colgantes habían desaparecido y los árboles eran verdes nuevamente. En mis oídos se escuchaban las óperas que mi madre nos enseñó al crecer; no estaba de humor para la música estridente que suelo oír. Vi a una señora muy delgada sentada en las escaleras de una casa; un maletín viejo se apoyaba en sus piernas. La reconocí. Hace mucho, por las calles de Barranco deambulaba esta mujer, con mirada intensa que denotaba locura. Te ofrecía productos extraños de reventa e insistía hasta el punto de incomodar. Eventualmente se iba como un fantasma, dejando atrás un rastro melancólico. Con mis amigos le llamábamos la bruja; era una presencia recurrente. Nos vimos a los ojos, décadas después, y me intimidé. Siempre me dio pena verla. Había algo en sus apariciones que me hacían pensar: la vida guarda fuerzas misteriosas que empujan a cada quien por caminos distintos. Fue en ese momento que entendí, otra vez, que no todos los mundos son iguales.

Una flauta traversa dejó caer su melodía dentro de mis oídos, deslizándose como una ardilla entrando a su nido. Después de mucho tiempo, mi sonrisa comenzó a entrecortarse por movimientos trémulos. Mis ojos se mojaban y yo luchaba torpemente contra el sentimiento.
“¿Quieres escucharme tocar por última vez?”, me dijo un cuerpo débil y huesudo. Elegantemente y con paciencia sacó este instrumento plateado lleno de teclas y lo colocó verticalmente sobre su rostro consumido, pero alegre. Fue una tonada esperanzadora, viniendo de alguien que ya podía ver los ojos de la muerte. Salí de esta última terapia; mi psicoanalista se volvió mi amigo en sus últimos meses. Me subí al carro. Solo pude manejar unos minutos antes de orillarme a un lado de la pista y estacionarme. Mi cabeza apoyada sobre el timón, mirando mis pies. Cuando estaba en una ciudad lejana y desconocida, él dio todo para sacarme de esa soledad. Gracias a él pude dormir de nuevo y en ese momento sabía que él lo iba a hacer para siempre.

Levanté la cabeza y estaba nuevamente en la calle. La vereda parecía ceder bajo mis pies. Seguí entre tambaleos hasta llegar a la avenida para alcanzar ese malecón escondido en el que comencé mi trayecto. Frené de golpe y me quedé parado. Apagué la música y recordé unos brazos pequeños que pudieron sostener mi enorme tamaño. En tiempos de pandemia aún no podía manejar la incesante laceración de la incertidumbre. Dormía en una cama sin sábanas, rodeado de cigarros y Red Bull; me sentía miserable. Subí al cuarto de mis padres y, por primera vez, descubrí lo que era quebrarse. Mi madre, que estaba leyendo, no dudó ni un segundo en levantarse y acercarse rápidamente. Extendió sus brazos y los cerró fuertemente sobre mí. Sentí que pasó una eternidad que me gustaría no hubiera terminado. Bastó eso y unos susurros de consuelo para rearmarme.

Escuchaba mi respiración agitada, cómo mi corazón bombeaba sangre. Estoy vivo, me repetía. Llegué al mirador con lágrimas que caían adheridas a mi piel. Con cada una de ellas encontraba una nueva razón para seguir adelante.

Me apoyé en la baranda llena de grafitis para mirar el horizonte iluminado por un sol que ya no se veía. Podía sentir cómo la gente me miraba, en mi momento más vulnerable. Cuando los miraba de vuelta, los tachones en sus caras desaparecían y notaba expresiones. Todos los que me rodeaban recuperaron sus rostros y yo imaginaba el mío reflejado en esos últimos destellos de luz. El efecto lacrimógeno había llegado a su fin y cumplió su cometido. Cedí a ser visto llorando, y con eso entendí que dejarse llevar y dejar ir las cosas requiere fortaleza. Esa sentencia de muerte y mis quince días de vida se reducían a deudas y límites de pago, nimiedades comparadas con lo que descubrí en esa media hora. En realidad, se trataba de una sentencia de vida y un aviso entrañable de mis deseos de seguir descubriéndome junto al mundo. No importa cómo seas, todos merecen llorar, y efectivamente no soy la misma persona que comenzó este relato íntimo.

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