Crónica

[Migrante al paso]  Llevo viajando unas cuantas semanas. Desde un inicio supe que no iba a votar. Siendo sincero, no me molestó. De hecho, sentí alivio por no tener que elegir entre las opciones impresentables que tenemos. Igual ando pendiente, de lejos; mi país jamás dejará de ser el Perú. Sin embargo, siento cada vez menos cariño y más lástima hacia mi propio país. Igualmente, siempre estaré orgulloso de ser peruano, esté donde esté. Es una pena ver cómo basta una elección para que salgan a flote las diferencias, el racismo, el odio y toda la represión acumulada. Mi interpretación de todo esto es lo que me preocupa: somos un país de cobardes. Veas donde veas, eso es lo que encuentras, pero me niego a pensar que eso es todo lo que somos. Prefiero pensar que estoy en un ataque fatalista. Rara vez te llevas una sorpresa positiva. Giras la cabeza hacia la izquierda o la derecha y dan ganas de vomitar por lo ridículo de ambos lados. Me llego a preguntar si el ridículo soy yo al final, no lo sé.

Me sigo manteniendo en una posición solitaria porque no estoy de acuerdo con ninguno, menos con la multitud que los sigue y mucho menos con los periodistas que apañan a alguno de los dos lados. Puedes ver cómo la manía se apodera de estas personas mientras hablan, como si estuvieran extasiadas por tener un respaldo de seguidores que solo los escuchan porque no quieren escuchar a alguien que piense por sí mismo. Da pena; es como si en estas épocas el coeficiente intelectual disminuyera, y bastante. Lo que sí es preocupante es ver a personajes que antes me parecían respetables ahora ser partidarios de un lavado de cerebro masivo, cuando deberían promover el pensamiento crítico. Hacen todo lo contrario. Ya lo dije antes: va por los dos lados. Desde La República hasta Willax, han caído más bajo que los mismos políticos. Ambos aparentan resistencia cuando la verdad es que son uno más del montón. La resistencia tiene que ser disruptiva y no depender de los “me gusta” de quienes te siguen ni de lo que piensen los demás. Por eso, me parecen unos cobardes.

Estar destinados a votar por quien te parece el mal menor es agotador. Yo llevo, como máximo, cinco o seis elecciones haciéndolo. No puedo ni imaginar la frustración de la gente mayor. Entiendo por qué no hay resistencia a hacer siempre lo mismo. Somos una población que ya aprendió que así es como debe ser y parece imposible cambiarlo. He hablado con amigos con posturas distintas y, sin importar la diferencia en su elección, percibo culpa en sus voces. Mensajes dubitativos. Lo entiendo. Vivir así no me parece saludable y, mucho menos, bueno. De hecho, cuando escucho a alguien totalmente convencido, normalmente solo siento odio de un lado hacia el otro. Muchos me dirán tibio; al final, no importa lo que digan, pero creo que lo más rebelde y representativo de la resistencia sería no votar por ninguno. Claramente, pedir que eso sea la mayoría es demasiado para un país hundido en odio y caos, causado por la red de corrupción. Una red que no tiene orientación política, y ambos candidatos representan eso. Igual, no quiero caer en la idiotez de juzgar a otro por su voto; al final, eso es lo más democrático. No me pelearé con amigos que piensen diferente. Al final, hay cosas más importantes que tu postura política. Y no hay nada más denigrante que creer que tu pensamiento es mejor que el de otro, por lo menos en política.

Termino siendo un alien en las elecciones de mi país, no solo porque esté lejos, sino porque no me identifico con la opinión de nadie. Tampoco quiero hacerlo. Y la esperanza que tengo en el futuro de la humanidad es nula. Me tocaron los mejores años, pero me temo que también se vienen los peores. Se me hace imposible imaginar un escenario que no sea oscuro. Esta vez hablo de manera global. Las elecciones del Perú no son tan relevantes para el mundo. Sé que suena apocalíptico, pero por estos momentos solo veo a las personas abandonando la razón y abrazando la estupidez. Y, como siempre ha sucedido en la historia, eso viene acompañado de aplausos y celebraciones. Salga quien salga, alguien va a celebrar con mucha anticipación para luego arrepentirse. Prefiero mantenerme lo más alejado posible de este sinsentido. Prefiero no estar de acuerdo con nadie; si me gano enemigos, que sean bienvenidos. Amigos ya tengo y me basta con los que tengo. Si seguir el lado que me parezca correcto para mí implica caminar solo, caminaré solo. En unos días regresaré a Lima. Probablemente no sienta ninguna diferencia y me quiera ir apenas mis pies toquen tierra.

Así termina mi crónica fatalista, pero honesta. Espero que salga quien salga lo haga bien, pero mis fichas no están puestas sobre ninguno. Ya me despertaré mañana para enterarme de quién ganó y seguiré conociendo el lugar donde estoy, porque no veo nada bueno en la victoria de ninguno de los dos candidatos. Espero que salga quien salga se acepten los resultados, porque es lo que corresponde en la ilusión de democracia en la que creen que viven. Una que nació muerta hace miles de años.

 

[MIGRANTE AL PASO]  Luchando contra otro grandulón sentado a mi costado. Nadie cedía ni un milímetro del reposabrazos; los dos aprovechábamos el más mínimo movimiento del otro para ganar terreno. Al final, en estas cosas siempre gano yo. Estoy acostumbrado a sacarlos de quicio y, en un avión, no se puede perder la compostura, así que las cosas no pueden escalar mucho. Ser grande y los viajes en avión son una mala combinación. En fin, terminamos llevándonos bien. Cosas de aviones. Y he estado en peores situaciones, que prefiero no contar.

Finalmente, después de muchas horas y dos vuelos, llegué a la paradisíaca ciudad costera de San Sebastián, en el País Vasco.

En el aeropuerto de Madrid ya me había puesto ropa de baño. No soy playero, pero la emoción de regresar a ese lugar mágico ameritaba un par de chapuzones. Estuve aquí hace dos años y podía recorrer las calles tranquilamente sin Google Maps, como si todavía siguiera los pasos de una sombra idéntica a mí, pero con 22 kilos más. La ligereza se sentía y me sentía bastante cómodo.

Era la boda de un amigo de la infancia y la algarabía se podía respirar con cada amigo que me encontraba. No es común estar con tanta gente conocida en un lugar tan lejano. Después de unas cuantas sumergidas, me eché en la arena y, felizmente, me prestaron bloqueador. Aún no había vivido una insolación en la cabeza por mis entradas cada vez más prominentes. Todos nos reíamos de cómo, poco a poco, nos estábamos volviendo viejos.

En la noche, nuestro querido amigo nos invitó a cenar en La Viña, el restaurante emblemático donde fue creada la célebre tarta de queso. En una esquina del casco antiguo entramos al lugar para disfrutar de buena comida. Los txuletones, los pintxos y las tartas iban y venían. Me comí como tres de cada uno; no podía disimular la sonrisa por mi espíritu comelón. Unas horas más tarde me pasó factura el empacho y la indigestión que me dio. Suelo ser un barril sin fondo y, en viajes, aún más.

Por la vida alborotada de un emprendedor novato con un negocio recién abierto, me olvidé de reservar con anticipación. Así que escribo estas palabras desde una cama en la que entro con las justas y donde ya dormí abrazado de mi mochila por desconfianza limeña.

Dentro de todo, me sorprendieron las duchas y los cuartos impecables, a pesar de estar rodeado de ocho desconocidos que iban variando cada noche. Una noche me tocó un señor que roncaba como tractor. Recordaba los tiempos de sobrepeso de mi padre, cuando sus ronquidos atravesaban las paredes y se escuchaban por toda la casa. Mi madre, de sueño ligero, lo mandaba a dormir a la sala. Esa noche estaba entre que me mataba de risa en silencio y unas ganas de agarrar a almohadazos al viejo desconocido para poder descansar tranquilo.

Otra noche, en la cama de arriba, llegó otro señor que pesaba entre una y dos toneladas. No crean que soy gordofóbico; yo he pesado más de 110 kilos, pero veía las vigas de madera rugir con cada movimiento de esta persona. Ahí sí no pegué el ojo. En cualquier momento corría el riesgo de morir aplastado. Me quedé viendo las maderas y pegado al borde por si era necesario tirarme al piso. Ya me imaginaba cómo le llegaba la noticia a mi familia de que había muerto aplastado por el vagón que cayó encima mío, con colchón y vigas incluidos.

En fin, como buen viajero que soy, una experiencia así solo nutre mis crónicas e historias. Así que, dentro de todo, pudo ser peor.

Paseamos entre amigos y risas por todo el malecón hasta llegar al famoso Peine del Viento de Chillida, escultor eminente de la zona que unía la naturaleza con sus obras de arte. La isla al medio de la playa de La Concha, el mar cristalino y las montañas boscosas te dejaban perplejo. Estar de mal humor en un lugar así hablaría muy mal de uno mismo.

Ni el caos de las elecciones de nuestro país ni la debacle de nuestras instituciones podrían entristecerme. Claramente hablo desde el privilegio, pero, como ya lo he dicho en otras crónicas, soy quien soy y no hay nada peor que la falsedad de aparentar ser alguien que no eres.

No tendré muchos lectores ni seguidores, pero nunca caeré en la decadencia periodística que vemos en Willax, El Comercio, La República y los podcasts políticos que le lavan el cerebro a la gente. Todos pretendiendo ser superiores cuando solo demuestran la ridiculez de alguien que cree que, es más.

Creo que es más fácil disfrutar la vida cuando te das cuenta de que no tienes nada que perder, porque realmente nada te pertenece. Como diría Marco Aurelio.

Subimos en funicular al monte Igueldo. Desde la cima me percaté, entre los paisajes hermosos y unas Coca-Colas, de que nada me va a detener de cumplir mis sueños. Ni la política, ni mi deseo de ver un Perú mejor, ni la gente que habla mal de mí, ni las carencias económicas.

Absolutamente nada me va a transformar en algo que no soy. Un tipo sonriente, amigo leal, impulsivo, capaz de agarrarse a puñetes tanto como de ayudar a quienes están dentro de mis posibilidades de extender una mano. No lo hago porque soy bueno; lo hago porque me gusta hacerlo.

Todas esas contradicciones son las que nos hacen humanos. Los errores que cometes, ser bueno y malo; así somos los humanos. Así que no hay que creernos los cuentos de los opinólogos, o como quieran llamarlos, que creen ser santos dignos de devoción cuando solo son una persona más. No son especiales y me atrevo a decir que muchos son de muy poca inteligencia.

En fin, en estos tiempos turbios, me quedo con la sonrisa de mi amigo saliendo de una iglesia con cuya fe no coincido, pero que me llenó de ganas de vivir. Más vale ese pequeño momento que cualquier otra cosa. Ni la Lady Caster del periodismo peruano, ni los patéticos programas de Willax, ni la derecha paupérrima, ni la izquierda bruta.

Dentro de todo, me quedo con las flores volando encima de mi amigo mientras se casaba con el amor de su vida.

 

[MIGRANTE AL PASO]  Las noticias malas llegan como flechas mientras menos te lo esperas. Uno cree que se va a caer el mundo; la ansiedad, incluso, te puede llevar a creer que la muerte te espera, pero al final es solo una ilusión. Un pinchazo de aguja disfrazado de herida de bala. A veces, antes de dormir, me engaño diciendo que tengo que tener todo bajo control, como si fuera posible. Ordenar tu vida no es tener el control absoluto. Si fuera así, no podría existir ni un pequeño atisbo de calma o felicidad. Siendo sincero, es justamente a esas dos cosas a las que quiero llegar. Escribo en el preludio de un viaje dentro de unas horas. Dejar mi negocio recién nacido me da pánico. Felizmente, me libro de tener que escoger entre los dos candidatos de las nefastas elecciones. Entre que me falta terminar de hacer mi maleta, no tengo ni un sol y aún no llegan los proveedores a mi cocina, siento como si mis pulmones se aplastaran contra las costillas en cada respiro agitado. Estoy escribiendo rápido, pero siempre con intención; después de todo, este pequeño momento frente a la hoja vacía es, por el momento, mi único espacio de paz. Dentro de esta página no puedo volverme loco y no hay deudas que me persigan. Ayer, asustado e inocente, les preguntaba a mis padres si alguna vez habían estado en situaciones así. Se rieron y respondieron: infinitamente peor.

Mi madre fue a cambiarse para su clase de flamenco y le preguntó a mi padre si es que así es la vida. Nunca me he esforzado y los problemas surgen de donde menos me lo espero. Caminaba de un lado a otro, en el mismo cuarto donde tenía que confesar mis cursos escolares del colegio. “Así es, pero el mundo no se cae y, si te preocupas por todo, no puedes avanzar”. Bajé las escaleras y recordé algo que ya me había dicho hace mucho, en una situación muchísimo peor: cada día con su labor. Me di cuenta de que no solo ellos han estado en situaciones más complicadas; yo también he estado en situaciones más complicadas y esto no es nada al costado de otras eventualidades que ya he superado con un poco de valentía y un poco de calma.

Mil metros en el aire

Hace tiempo no viajaba solo, lo que más me gusta hacer. No debería dejar que adversidades solucionables interrumpan mi placer más grande. De chico me daba miedo esa aceleración que te pega al asiento antes de despegar; ahora cierro los ojos y siento calma. A pesar de que es un hecho que la gran mayoría de accidentes aéreos son al despegar, recuerdo que pensaba lo peor cuando de niño veía a mis padres irse con maletas; siempre pensaba que el avión se iba a caer. Ahora siento goce al hacerlo. Al final, el avión nunca se cae. Lo mismo me pasaba con las turbulencias. Lo único que sí me hace agarrarme fuerte del asiento son los vacíos de aire, como si cayeras en picada por una milésima de segundo. Es muy parecido a los ataques de pánico que solía tener. Ahí, en ese cilindro avanzando a 800 km/h y a miles de metros de altura, soy de los que se queda viendo el mapa y no duerme por 10 horas. Suelo espiar las películas que ven los demás; no duermo y me quedo escuchando música hasta que la batería se acabe, mientras descubro islas explorando el mapamundi interactivo.

Mientras escribo esto sigo sintiendo esa presión rara en el pecho, como si mi cuerpo todavía no entendiera que no hay ningún depredador persiguiéndome. Supongo que uno nunca termina de acostumbrarse del todo a vivir pendiente de tantas cosas al mismo tiempo. Crecer, al menos para mí, no se ha sentido como convertirme en alguien seguro o fuerte; más bien se parece a aprender a convivir con el miedo sin hacer demasiado escándalo. Antes pensaba que la calma llegaba cuando todo estuviera resuelto, cuando no hubiera deudas, problemas, incertidumbre o riesgo de fracasar. Ahora sospecho que no funciona así. Tal vez la calma no aparece cuando desaparece el caos, sino cuando entiendes que igual puedes respirar dentro de él. Hay algo extrañamente humano en seguir avanzando aun sintiendo que todo está desordenado. Mis padres tenían razón: el mundo no se cae. O por lo menos no se cae tantas veces como uno imagina en la madrugada. Mañana probablemente aparecerán nuevos problemas, mensajes, pagos pendientes, errores y miedos distintos. También volverá esa sensación absurda de querer huir de todo y dormir durante semanas. Pero, aun así, dentro de unas horas voy a subir a un avión, mirar por la ventana mientras la ciudad se hace pequeña y sentir, aunque sea por algunos minutos, que la vida también puede ser esto: un espacio diminuto de silencio entre una preocupación y la siguiente.

[CRÓNICA] Emprendí en un negocio con terror y, un poco, de crisis existencial. Mi mente tiende a humanizar todo, y veia a las empresas como necesarias, pero no dejaba de sentir que estábamos rodeados de personas jurídicas, personas con rasgos psicopáticos. Al abrir el negocio, después de mucho tiempo, me atrevo a decir que, desde la infancia, me motive nuevamente. Conlleva estrés y estoy buscando diferenciar mi manera de ser un empresario a la tradicional. Quien hubiera pensado que un negocio despertaría un interés social en mi. Eso me llevo a utilizar el metropolitano. Si he ido en combi varias veces de niño, no mucho pero tampoco nulo. Desde una perspectiva marxiana, solo conocía el mundo visto desde la experiencia de quienes se benefician de él, desde el punto de vista de alguien que ha sido moldeado por un entorno socioeconómico privilegiado.  Para todos los que no hayan leído algo de Marx solo por creer que es de “rojos”, se están perdiendo las ideas de una de las mentes más brillantes que han quedado marcadas en la historia. Igual, no es que haya hecho mucho, solo he ido en metropolitano, por ahora. Al igual que en las incontables aventuras en ciudades extranjeras y lejanas, ahora ando como un perro mirando un bosque de donde provienen aullidos lobeznos. Escuchando el llamado de las tinieblas que me invita a entrar a ciegas donde se encuentran esparcidos pedacitos de mi propia identidad.

Camine unas cuadras con mi chompa, el dia estaba frio, la neblina parecía entrar a mi cuerpo en cada respiro. Las calles barranquinas se veían tétricas. Me cruce unos cuantos borrachos, caminando entre risas después de una larga noche, también con personas abriendo las cortinas metálicas de sus tiendas; una que otra pareja llevaban a pequeños de uniforme azul de la mano. Entre a la estación, al finalizar el boulevard, y pensaba que de todo lo que había visto solo había vivido estar borracho sin dormir. Con una risa insonora entre. Esperaba el bus, a pesar de que mi tramo solo tiene un camino, les pregunte a unas cuantas señoras si estaba esperando al bus correcto. No había mucha gente, y veo a lo lejos un rectángulo gigante gris que se camuflaba con nuestra ciudad. Se abrieron las puertas, no entendía como iba a entrar, caras desconocidas me miraban como diciendo: creo que no entras. Dejé ir a la duda y di un paso, pude acomodarme a un costado de la puerta. Parado, tuve que sostenerme casi del techo porque el apoyo metálico era muy bajo. Miles de colores y gestos. El día tomo vida. Subían y bajaban personas en cada parada. Yo sonreía viendo como dejábamos a los carros atorados en la via expresa. Me tuve que quitar la chompa, comenzaban a caer gotas de sudor desde mi cabeza con poco pelo. Mis pensamientos parecían pasar tan rápido como las imágenes de la ventana.

Gente miraba su celular con mirada cansada, entro un joven bailando sutilmente a un ritmo que solo el estaba escuchando, me dio gracia: buen estilo pensé. Lo imite y subi el volumen de mis audífonos al máximo y comencé a simular que tocaba la bateria de los Rolling stones. No esta tan mal haber llegado tarde para vivir esta parte muy cotidiana y rutinaria del lugar que me vio crecer. Deje salir la locura y a nadie parecía importarle. Javier Prado, bajo y comienzo a subir por las escaleras que soportaban el peso de cientos de personas. Camine en dirección a Lince, dentro de un tumulto muy cerca da la estación, apareció una señora vendiendo ceviche de pota en su carretilla. Sentia que un ángel me estaba dando su bendición. Ahí si no dude ni un segundo. Con cada mordisco regresionaba a antiguos veranos de cerro azul. Con el picante en la boca, segui hasta llegar a mi cocina. Entre y escribir era mucho mas tentador que el Excel pendiente, pero al igual que todos quienes me acompañaron en mi trayecto, tenia que trabajar. No se si mi cabeza esta muy bien o muy mal, pero, por lo menos puedo entretenerme dándole vueltas a algo tan normal como subirse a un bus.

[Migrante al paso] Iba por la Vía Expresa, pensando en qué regalarle a mi madre, entre el alboroto de abrir un negocio se me pasan fechas, conversaciones quedan inconclusas, cumpleaños pasan inadvertidos; estoy perdiendo mi humanidad pensaba. Antes de la subida para 28 de Julio en Miraflores, en un jardín rectangular, una persona hablaba sola. El atracón de carros, me permitió ver sus gestos, emociones y cómo movía las manos dirigiéndose al espacio vacío. No era una mirada perdida estaba fija en algo que yo no podía ver. Real o no, para él había alguien ahí. No parecía molestar a nadie, era casi tan invisible como con quien estaba interactuando. No tenía más de 40 años, se reía con las piernas cruzadas al costado de su amigo fantasma. Me sentía rodeado de animales, donde cada carro era una jaula y, dentro, cada humano actuaba de manera impulsiva y agresiva. La radio, donde quién habrá estado hablando, soltaba discursos raros, por momentos hablaba de Dios y por otros menospreciaba a otros. Cada claxon, parecía una bestia rugiendo desde adentro de las rejas. Sentía paz al ver a esta persona que no se inmutaba del caótico ambiente, perdido en su conversación. Lo perdí de vista y me sentí conmovido. ¿Qué me diferencia de esa persona? Solo encontraba similitudes entre alguien el loco y yo. Entre la mente de un buscador de libertad y la de un loco solo hay una delgada línea.

Yo que pensaba escribir mi crónica sobre el Día de la Madre, pero al igual que un loco mi realidad alterna según lo que quiero y no según lo que se espera. Yo estoy bendecido de tener una madre y abuela especial. Agradezco y celebro todos los días haber tenido figuras maternas de alto calibre. Me perdonarán muchas madres, pero solo por tener hijos no son especiales, es tu desempeño en el rol lo que te hace especial. No sé, si alguien comparta esta opinión conmigo, después de todo comparto más la realidad con un loco que con la gente normal.

Recuerden que quien puede llegar a ser nuestra futura presidenta dijo que no permitiría el aborto de su hija en caso de violación. Lo más preocupante es que gran parte de la población también está de acuerdo con eso. Me vuelvo a preguntar, dónde radica la locura en nuestra sociedad. Veo mayor cordura en un loco que habla solo, que en una madre que hace afirmaciones como la mencionada. Veo mayor cordura en divertirse con el vacío, que en defender este proceso electoral. De hecho, por qué no me voy yo también a sentarme solo a conversar con el aire, pienso desde hace unos días. Ni el aire ni yo estaríamos hablando de que tú eres facho o tú eres rojo. Últimamente solo escucho esos adjetivos, solo me doy cuenta que como niños, los adultos también entran en pánico ante cualquier adversidad.

De un día para otro, el país completo se convierte en una isla inexplorada y despojados de toda autoridad, varios grupos escogen a su señor de las moscas y bailan alrededor embriagados de falsas verdades. En algunos, como yo, que nos gusta vivir desencajados, habitan Ralph y Piggy. Tenían una amistad donde el honor y la lealtad valía más que las promesas de estos símbolos. Moriré rescatado por alguien externo o aplastado por las moscas, algún día lo sabré. En el libro (El señor de las moscas para quien no lo ha leído) la cabeza de un jabalí clavada en una estaca era el señor de las moscas porque cientos de ellas revoloteaban alrededor y los niños imitaban este comportamiento. En nuestro país, cambia el formato y vienen los símbolos con nombre y apellido en una enorme lista donde todos nosotros tenemos que marcar un aspa y como moscas escoger alrededor de qué cabeza de jabalí muerto revolotear.

En los años que estudié filosofía, carrera que no terminé, recuerda mi fase nihilista, al igual que yo muchos caen. Entendía, bajo ese pensamiento, que la verdadera libertad se encuentra en los límites de la sociedad. Cada vez ese cuestionamiento aumenta en mi mente, intentando encontrarle significado. Tomando palabras de Nietzsche, no es mi deber ser matamoscas; algo me dice que el loco del jardín también pensaba igual. Tal vez, es necesario perder un poco de cordura para ser libre, moldear un poco más la realidad para no incomodar las ajenas. Lamentablemente, el conflicto entre ser totalmente indiferente por mi paz o intervenir para generar cambio se mantiene sin inclinarse hacia uno de los lados.

 

[Migrante al paso] Alguna vez han estado en el tráfico, apurados, sudando por el calor, con ruido por todos lados y faltas de tránsito en cada cuadra. De pronto escuchas gritos furibundos y desaforados desde un carro vecino. Siempre pensaba: hay que estar loco para perder así la calma. Resulta que esta semana yo fui esa persona, y en más de una ocasión. El estrés contenido y mal canalizado se traduce en ira incontrolable, como si algo te poseyera, y las decisiones siempre terminan siendo equivocadas. Tomé la decisión de evitar manejar y, en dos días, mi ánimo cambió. Iba calmado, trabajando mientras llegaba a mi destino, sin irritabilidad. Eso hizo que hasta el ambiente laboral cambiara: todo comenzó a ordenarse y la calma primaba. Nada mejor que la calma para un negocio, y eso que solo pasaron dos días. El ambiente ya está bastante tenso como para añadirle la furia ocasionada por el tráfico. Es una lástima que, por la corrupción que nos rodea, no contemos con un sistema de transporte decente que solucionaría una gran cantidad de problemas para todos.

Soy un viejo de 32 años que, lamentablemente, no ha trabajado mucho en su vida. Ahora mi vida está girando en torno a mi centro laboral y no tengo el entrenamiento necesario para soportar lo que implica gestionar un negocio. Poco a poco, todo va encajando y, con orden, se vuelve más ligero. Siempre digo que perdí diez años de mi vida pasando de universidad en universidad en lugar de comenzar a trabajar desde más joven, pero es simplemente una queja sin sustento. Todo lo que aprendí en esos años de estudios inconclusos y viajes locos y aventureros en soledad me hicieron quien soy. Sin esa experiencia, probablemente sería alguien frustrado por no haber hecho lo que quiso en su juventud. Vale recalcar que aún no acaba. Planeo que el pico de mi juventud sea el día de mi muerte, y así les dejo un poco de delirio inculcado por los animes.


Mientras iba calmado en el tráfico sin manejar, entraba a ver noticias. Bueno, ya no sé si llamarlo noticias. Si el Perú está dividido entre los seguidores de Willax y los de La República, es fácil entender por qué estamos tan mal. Con todo respeto a los periodistas veteranos, ambos medios han caído en picada al mismo nivel. Ahora parecen más youtubers, sin faltarle el respeto a esa profesión, porque muchos la menosprecian, pero requiere un enorme trabajo y dedicación. Cuando las opiniones y las noticias están así de sesgadas, creo que es mejor omitirlas. La noticia, la investigación y la opinión dejaron de ser protagonistas en esos canales, cediéndole el puesto a quienes las cuentan. Como ese es el caso, no me aportan nada, ya que todo lo dicho en esos medios tiene un público objetivo de seguidores que solo quieren escuchar lo mismo y encontrar a alguien que reconfirme sus opiniones y posturas. Es decir, mentalidades débiles que necesitan seguir como mascotas de profesor a esos señores y señoras. Antes renegaba al respecto; ahora me di cuenta de que dejar que me moleste solo me afecta a mí, así que prefiero ser indiferente. No aportan a liberarme del estrés que me ha estado envolviendo. Lo bueno es que, transportándome sin manejar, por lo menos puedo pensar. Si vivimos en el caos en el que estamos, es normal ver actitudes desmedidas y molestia por todos lados, todo porque la gente no tiene tiempo ni para pensar, y eso no es su culpa.

Todas estas semanas revoltosas y de remolinos mentales, donde no podía dejar ir el más mínimo inconveniente, extrañaba a mi ya fallecido psicoanalista. Me gustaría conversar con él; lamentablemente, no puedo. Solo me queda recordar sus consejos e incluso sentía como si me los dijera en mi mente. Él no perdió la compostura ni siquiera sabiendo que iba a morir; yo no puedo darme el lujo de perder el control por nimiedades. Siempre me decía que, en tiempos donde el miedo es constante, las personas tienden a agruparse y arrimarse a bandos donde se sientan más cómodos, por afinidades de ideología y principios. Sin embargo, dudo que existan dos personas que piensen exactamente igual. En mi caso, soy un disidente y llevar la contra es mi naturaleza. Por más miedo que tenga, no me voy a arrimar como conejo asustado a una trinchera donde la opinión de otros me dé comodidad; prefiero quedarme con mi bando de uno. No solo por rebelde, también por mi bienestar emocional y porque, si lo hiciera, me sentiría un cobarde.

Al final, creo que todo se resume en aprender a convivir con el ruido sin dejar que el ruido se convierta en uno mismo. El tráfico, la tensión, los gritos, las noticias hechas para enfurecer y los problemas que se acumulan como platos sucios en una cocina durante hora punta no van a desaparecer mañana. El caos seguirá ahí, esperándome apenas salga a la calle o abra el celular. Pero tal vez la verdadera diferencia está en decidir cuánto espacio permito que ocupen dentro de mi cabeza. Porque cuando uno vive constantemente irritado, el mundo entero se vuelve un enemigo y cualquier pequeño inconveniente parece una amenaza personal. Y así, poco a poco, uno termina agotado, vacío y desconectado de sí mismo. Quizá crecer no sea volverse más fuerte ni más duro, sino aprender a conservar la calma en medio del desastre. Pensar antes de reaccionar. Respirar antes de explotar. Y entender que la paz mental también es una forma de resistencia.

 

[MIGRANTE AL PASO] No soy cocinero, mucho menos un chef, y los últimos meses tuve que armar una cocina, pequeña, pero con todo lo necesario para producir eficientemente. Me puedo defender haciendo un pan con huevo o un arroz chaufa; también tengo incursiones culinarias en mi cocina durante las noches de insomnio, donde logro crear delicias sin receta. En algún momento pensé en estudiar gastronomía, pero me desanimé, como con toda carrera que alguna vez consideré. Igual nunca es tarde. Lo que sí, soy un aficionado de la comida, de todo tipo: desde joyas en mercados hasta restaurantes Michelin que de vez en cuando me auspician. De niño me pasaba todo el rato del colegio pensando en llegar a mi casa para comer; de eso dependía mi humor. Tenía un problema serio con las gaseosas. Me tomaba como cinco en las ocho horas que estabas encerrado ahí. Mi madre tuvo que llamar para prohibir que me vendan; en esa época aún no había tantas restricciones en lo que se vendía dentro de los colegios. Pobres niños ahora que no pueden tomar Coca-Cola en el recreo. Igual, siempre tenía mis buenos amigos; desde esos momentos debí darme cuenta de que era bueno negociando. Les decía que me compren ellos la gaseosa y yo les regalaba algo. Ahora que lo escucho suena más a negocio turbio.

Mesas de cocina, acero inoxidable, extintores, licencias, permisos y, lo peor, la trampa de grasa. No tenía idea de qué era antes de comenzar este proyecto. Todas las cocinas formalizadas tienen que tener un sistema que evite que la grasa acumulada de los desechos entre al desagüe. Un cubo de metal debajo de la cañería que desde el día uno representa algo extraño en la cocina. Esta caja llena de agua maloliente, con grumos amarillos y restos de comida sumergida, es este objeto repugnante. Todo está impecable gracias a esta caja que mantiene todo lo no deseado adentro, pero constantemente pienso en ella. En momentos en que estoy supervisando me pongo a escribir en las notas de mi laptop. Intento hacer una analogía psicoanalítica con el funcionamiento y las áreas de la cocina. Nuevamente, no soy psicólogo, mucho menos psicoanalista.

Hay días en los que todo está limpio arriba —las mesas, el acero brillante, la ilusión de control—, pero yo no. Discusiones con proveedores que se sienten más grandes de lo que son, respuestas cortas, una irritabilidad que aparece sin mucho aviso. Y mientras todo eso pasa, sé que abajo hay algo acumulándose. La trampa no distingue entre lo importante y lo trivial: todo lo que no puede circular termina ahí. Y en mí pasa parecido. No es solo el gran estrés del negocio; son también las pequeñas tensiones que no proceso en el momento, lo que me guardo para seguir funcionando. Se van quedando, espesándose, hasta que el cuerpo lo cobra en forma de insomnio o en esa sensación rara de descontrol, como si algo interno estuviera empujando desde abajo.

Empiezo a pensar que la trampa de grasa no es solo un mecanismo sanitario, sino una especie de estructura obligatoria para que el sistema no colapse. La cocina necesita un lugar donde mandar lo que no puede integrar sin romperse. Y yo también. El problema no es que exista esa “grasa” —el fastidio, la presión, el cansancio—, sino creer que puede desaparecer si la ignoro. No desaparece; se transforma en acumulación. Y la acumulación, tarde o temprano, busca salida. Por eso la trampa tiene que abrirse, limpiarse, enfrentarse. No porque sea agradable, sino porque es la única forma de que lo de arriba siga funcionando. Supongo que ahí está el verdadero paralelo: no en la suciedad en sí, sino en la disciplina incómoda de hacerse cargo de lo que uno preferiría no mirar.

Y al final, se limpia. No hay épica en eso. Es abrir la tapa, aguantar el olor, ver lo que se formó ahí abajo y empezar a sacar. No pasa en un solo intento, ni queda perfecto a la primera. Hay restos que se resisten, capas que parecen pegadas, bichos que aparecen como si siempre hubieran estado ahí esperando. Pero poco a poco, con constancia más que con ganas, el agua vuelve a aclararse, el olor se disipa, la cocina deja de cargar con algo que no se veía pero igual pesaba. Supongo que también funciona así conmigo. No es que desaparezca el estrés, ni las discusiones, ni el insomnio de golpe. Pero cuando dejo de acumular sin darme cuenta y empiezo a vaciar aunque sea un poco, algo cambia. No es alivio total, pero sí suficiente para seguir. Como si el sistema volviera a respirar sin que yo tenga que pensarlo tanto. Y eso, en medio de todo, ya es bastante.

 

[Migrante al paso] Ya van semanas, tal vez meses, en los que mi mente ha sido un remolino de política. Entre el caos electoral acá y el mundo que parece a punto de estallar. Es demasiado estrés comunal, una especie de ruido constante que no se apaga ni siquiera cuando intento desconectarme. Lo peor de la gente sale como si abrieran una represa de emociones y prejuicios acumulados durante años. Sin filtro se libera todo lo reprimido que normalmente se traduce en odio o menosprecio, como si bastara una chispa para que todo explote. No me excluyo. De hecho, caí de lleno y por mucho tiempo, arrastrado por esa corriente que parece inevitable cuando uno está expuesto constantemente a ese entorno. Está bien estar enterado y formar una opinión, pero de ahí a dejar que te afecte emocional y mentalmente es porque hay algo más. Probablemente esté buscando un culpable de todo lo que no me gusta y, de este modo, escapar del verdadero problema, que es interno. Tal vez es más fácil mirar hacia afuera que aceptar lo que uno tiene que ordenar por dentro.

Después de semanas pendiente y viendo cómo se pelea todo el mundo, es inevitable sentir que el ambiente se va cargando cada vez más. Pequeños bandos que entran en modo de desadaptado, defendiendo posiciones como si fueran trincheras personales. Prejuicios y tensión entre amistades y familiares, conversaciones que antes eran ligeras y ahora se vuelven incómodas o terminan en discusiones innecesarias. Todo por la situación política, que termina filtrándose en cada espacio, incluso en los más cotidianos. Es hora de tomar un descanso, después de todo, no puedo hacer mucho por cambiar lo inminente, solo estar atento, pero no preocupado. Hay una diferencia entre informarse y dejarse consumir, y últimamente esa línea se ha vuelto demasiado delgada.

Mis semanas han estado ocupadas, me estoy moviendo de un lado a otro, miles de llamadas, pendientes que no terminan y una sensación constante de estar corriendo contra el tiempo. Pensaría que el momento más calmado es cuando estoy manejando con música, porque en ese instante no puedo estar atento al teléfono ni a nada más. Solo disfruto del camino, a pesar del tráfico, como si fuera una pequeña pausa dentro de todo lo demás. Me había olvidado lo terrible que es manejar en Lima, lo impredecible que puede ser cada trayecto. A pesar de eso, al ser el único momento del día en el que puedo simplemente manejar y relajarme, termina convirtiéndose en un espacio necesario. Soy tímido, así que cuando estoy solo aprovecho para cantar o bailar sin pensar mucho. Es un momento sin juicio, sin expectativas. Más de una vez me ha pasado que volteo y alguien de otro carro me está viendo con mis locuras. Me río y me pongo rojo nomás, como si no hubiera forma de evitar esa reacción. Hay cosas que no cambian, y esta es una de ellas. Desde niño me pongo como un tomate ante cualquier situación rochosa, y aunque pase el tiempo, esa incomodidad sigue apareciendo de la misma manera.

Manejando sin mapa, entre calles rotas, esquivando tramos cerrados y cientos de huecos en la pista, pensaba en lo fácil que es dejarnos moldear por el entorno. No hace falta algo muy grande para que eso pase, basta con estar expuesto constantemente a ciertos estímulos. Más allá de nuestro desarrollo principal e infancia, me refiero al efecto inmediato, al impacto que tiene lo que consumimos todos los días. El año pasado, que estuve menos pendiente del contexto global y local, me mantuve enfocado en el trabajo y en mi salud. Rachas de meses en las que me mantuve constante, con una sensación de avance más clara y sostenida. Este año hubo un cambio abrupto, pero no venía de mí, ya que no me ha pasado nada y tampoco a mi familia ni a personas cercanas. Sin embargo, el entorno cambió, y eso fue suficiente. El simple hecho de estar en un ambiente disruptivo e incómodo tiene la fuerza necesaria para sacarme de mi orden y llevarme a tener la misma percepción negativa que le doy a lo externo hacia mis decisiones. Como si todo se contaminara poco a poco.

Es muy fácil darte cuenta de errores y problemas y muy difícil percatarte de avances y aciertos. La mente parece estar diseñada para enfocarse en lo que falta, en lo que incomoda, en lo que no está bien. Me repetía a mí mismo mientras manejaba: hay que dejar ir las cosas, es hora de mantener la calma y ser pacífico. No todo merece una reacción, no todo requiere una respuesta inmediata. A veces simplemente hay que observar y seguir. De pronto, un claxon ensordecedor de una combi casi me revienta los tímpanos y me olvidé de todas mis propuestas. Ese contraste entre lo que uno quiere ser y lo que termina haciendo en el momento es más común de lo que parece. Antes, me peleaba o evitaba que cojan pasajeros solo para molestarlos y, de alguna manera, que se den cuenta de lo intransigentes que son. Era una forma de descargar esa tensión acumulada, aunque en el fondo no resolviera nada. Ahora me limité a mirarlo mal y decir mil cosas sin que me escuche. Puede parecer poco, pero es un cambio. Tal vez no es la reacción ideal, pero al menos es un paso hacia algo más controlado.

Las calles ya no son como antes y una pelea tonta puede volverse una tragedia. Ese pensamiento se queda rondando, recordándome que no todo vale la pena. Que a veces lo más inteligente no es reaccionar, sino dejar pasar. Y quizás ese mismo principio aplica para todo lo demás que me ha estado cargando estas semanas.

 

[Migrante al paso] Nuevas elecciones, el mismo caos de siempre, pero peor. Recuerdo mi primera votación presidencial en el 2016. Las de 2011 aún tenía 17 años. Pasaron a segunda vuelta PPK con Keiko Fujimori. Caminaba un poco intimidado desde mi casa, unas cuadras, hacia mi centro de votación. Un colegio con números y sin nombre. Todavía no conocía la realidad peruana y era más ignorante de lo que creía. En el camino, solo iba repasando lo que tenía que marcar y cómo, basándome en lo que me habían dicho mis padres. Entré rápidamente, ubiqué mi mesa de votación, marqué, firmé y salí. Me sentí adulto, como la primera vez que manejé. Supongo que muchos jóvenes hicieron lo mismo en las elecciones del domingo que acaba de pasar. Veo a muchos periodistas y líderes de opinión resaltando los mismos argumentos de siempre. No es un problema solo de los que no están enterados, de los que no han recibido una educación o de los que sí. Es un problema enganchado en todas las áreas, desde las más académicas hasta las más informales. Es muy fácil darse cuenta de que el famoso voto anti Keiko ha disminuido; no es necesario ser politólogo. Sin embargo, siguen con esa idea como si no quisieran aceptar que eso cada vez se vuelve menos certero. La realidad actual es muy diferente a la de las últimas elecciones. Generaciones enteras que no conocen lo sucedido durante el fujimorismo, ni lo que sucedió con el terrorismo y mucho menos las atrocidades cometidas por el Estado en ese momento oscuro de nuestro país. Es normal, porque somos una sociedad que olvida. Por eso las orientaciones radicales están en aumento en todo el mundo. Por eso he reducido drásticamente a quiénes escuchar y a quiénes omitir. No soy un experto, pero a mi parecer el análisis tiene que venir desde esa premisa, una en la que las tendencias cambian con el tiempo.

Esta vez, ya estaba informado y tenía mi propio análisis y opinión. Me levanté temprano, comí, me compré una Red Bull y fui caminando tranquilo; tomé todas las medidas necesarias para no estar de mal humor y funcionó. Claramente, después de enterarme de tantas negligencias y del panorama que se aproxima, comencé a caer de a pocos en el remolino de incertidumbre y estrés. Varias personas que tengo en redes sociales que desacreditaban a Jorge Nieto por una foto con Víctor Polay, les preguntaba si sabían quién era este señor: un rojo antiguo, me comentaban; claramente solo demostraban que no sabían nada. Ni siquiera me tomaba el tiempo para explicarles porque ya había probado mi punto. Decidí seguir la semana como si no hubiera pasado nada; recordaba unas palabras de Jaime Bayly, alguien que no admiro ni le tengo aprecio especial, pero su frase dio en el clavo: lo bonito de la vida no está en la política.

Por otro lado, veo a gente ilusionándose por una potencial segunda vuelta con Jorge Nieto en ella; también veo posts en Instagram que decían “mañana sale el sol”, haciendo referencia al logo del Partido del Buen Gobierno. También, periodistas de renombre alabando a Marisol Pérez Tello. Solo podía pensar: ¿son estos los veteranos que saben de política? Porque no lo parecen. Esos dos eran mis opciones principales y, efectivamente, voté por Nieto, pero de eso a ilusionarme hay un gran paso. Creo que ya todos los peruanos deberíamos saber que celebrar antes de tiempo por la política de nuestro país es un error garrafal. Por más que tengan el beneficio de la duda, eso no los vuelve motivo de celebración; más bien es una advertencia para mantenerse alerta. Me baso puramente en que la persecución del poder suele atraer a las personas más débiles, débiles en el sentido mental de la palabra. Por más que ellos sean mis candidatos, no confío en ninguno de ellos ni un poquito.

Keiko Fujimori, Rafael López Aliaga y Roberto Sánchez no tienen el beneficio de la duda, solo hechos. Por lo tanto, no entiendo cómo estos impresentables lideran hasta el momento los conteos. Me parece repugnante, pero no me puedo quejar. Después de todo, estamos en democracia. Así que tanto el voto estratégico, el consciente y el alpinchista son igual de válidos. Incluso los viciados. De ahí ver podcasts y noticieros que te dicen qué no se debe hacer es una mentira. Es parte de nuestro derecho votar por quien queramos, lo entendamos o no. Y no se confundan, tu preferencia en los votos no te hace superior a nadie, eres simplemente un votante más.

Me parece nefasto ver estas caras que me generan repulsión liderando las encuestas, pero no hay nada que pueda hacer, porque no tengo autoridad moral sobre nadie. Para los que hablan de autoridad intelectual, creo que tienen que ir al psicólogo para que se les bajen los humos. Después de todo, los resultados al final son un reflejo de lo que somos como país y el resultado que salga lo tenemos que aceptar como buenos ciudadanos. De lo contrario, caeríamos en lo mismo que muchos odiamos, como cuando declaran fraude y falacias por el estilo. En este caso, la gota que rebalsó el vaso de irresponsabilidad, negligencia y estupidez es lo sucedido con la ONPE y el retraso en la votación. Ese tipo de cosas deberían ser sancionadas porque alimentan estas teorías conspiratorias y, lo peor, es que dejan de parecer descabelladas. Veremos cuáles son los resultados y mi consejo sigue siendo el mismo de siempre: hay que mantenerse siempre como oposición, salga quien salga, y no celebren ni se ilusionen. Porque la victoria no se canta con el sufragio sino con los buenos hechos que ocurran durante el gobierno, que ya todos sabemos, hemos tenido muy pocos, por no decir ninguno.

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