Canal 4

[SÁTIRA]

Lima, 20 de abril

La mañana del diluvio encontró a Clara Elvira Ospina con un libro debajo del brazo. Sus problemas para dormir se habían agravado tras la primera vuelta y había recurrido a todo: melatonina de 10 miligramos, Clonazepam y medio, Wawasana relax. Nada funcionaba. Hasta que encontró una salida: un párrafo de Diego Trelles al acostarse. A la cuarta o quinta línea sentía un leve mareo. 

A la sétima línea empezaba a soñar. 

Soñó que estaba de nuevo en la Plaza Bolívar de Chiquinquirá -su cielo gris, sus techos de doble agua-, parada junto al gentío esperando al Papamóvil. De nuevo tenía 14 años. De nuevo era 1986. El Papa no llegaba aún y en el estrado ya estaba esperándolo Belisario Betancur.

Algún día entrevistaré presidentes, pensó en su sueño. 

El despertador sonó, 5:43 am. Dejó caer el libro somnífero que tenía debajo del brazo y prendió el televisor como todas las mañanas. ¿Por qué aparecía El Rey León? ¿Qué hacía el papá de Zazú leyendo titulares? Se corrigió: era América Noticias y otra vez la cara aburrida de Federico Salazar, otra vez la sonrisa monótona de Verónica Linares. Diez años mirando el mismo canal. 

Qué espanto.

Se preparó para salir: la ducha, los periódicos, empanadas fritas de desayuno. A las 8 tenía una cita con Keiko Fujimori en el local de Santa Beatriz. Una reunión con la líder de una presunta organización criminal, recordó.

Era mejor no llevar billetera.

Clara Elvira llegó a tiempo, como siempre. Mientras esperaba la reunión con Keiko miró los cuadros con las viejas glorias del canal: Timoteo lavándose su único diente, Nicolás Lúcar entrevistando a Fujimori y Montesinos en el SIN, Nicolás Lúcar intentando bajarse a Valentín Paniagua, Nicolás Lúcar casándose con la hija del dueño del canal, Rosa María Palacios criticando a Ollanta Humala el 2006, Rosa María Palacios criticando a Ollanta Humala el 2011, Rosa María Palacios diciendo que quizá Keiko no era tan tan tan buena opción para la democracia como ella creía. Rosa María Palacios yéndose entre lágrimas del set para abrir su propio canal de Youtube.

¿A ella también le pasaría lo mismo?

-Hola Clarita -era la voz somnolienta de Jaime de Althaus.

-Cómo está, Jaime.

-Ahora soy jefe de prensa de Keiko -le dijo de Althaus, radiante.

-Ah pues me alegro.

-Ahorita llega ella. Yo le he dicho que este 10% de diferencia lo vamos a superar rapidito, con ayuda de ustedes.

-¿Quiénes ustedes?

-Ustedes pues: América, Canal N…

-No creo, Jaime.

-…El Comercio, Perú21, Correo, hasta Depor. Hay que parar al comunismo, Clarita, y Keiko es de la casa.

-Esa no es nuestra labor.

-¿Y mandar a tus reporteros a grabar a Castillo hablándole a su vaca sí es tu labor? ¿Humanizar a un comunista sí es tu labor?

-Se llama informar, Jaime, y fijese que sí, esa es mi labor. Y hubiese sido la suya en La Hora N si hubiese intentado trabajar en lugar de…

-Buenos días, Clara Elvira -la voz de Keiko era melosa y falsa, como ella.

-Hola Keiko. ¿Pasamos?

-Claro. Jaime, querido, cuida mi cartera.

-Lo que diga, su Majestad -susurró Jaime bajando la cabeza.

-Te pedí esta cita -empezó Keiko- porque en el Directorio están preocupados por el ascenso de Castillo. Y creo que si trabajamos juntos podemos revertirlo.

-¿Y por qué haría yo eso? -preguntó Clara Elvira.

-Porque es tu trabajo.

-No lo es.

-No te engañes, Clara Elvira. ¿Ves estas ojeras de tanto llorar? Es por tu encuesta del domingo. No voy a perder otra vez, créeme.

-Mire señora Keiko, ni América ni Canal N van a tomar partido por ningún candidato.

-Ya veremos.

-Y vamos a cubrir las actividades de los dos candidatos por igual. 

-Mira cómo me río: ja ja.

-Tengo el respaldo del Directorio.

-Te equivocas, Clara Elvira. El respaldo del Directorio lo tengo yo.

-Veremos pues.

-Tienes suerte que no estamos en los 90, Clara Elvira -le dijo Keiko, amenazante-. A lo más te botarán, pero en 1997 ya estarías en una maletera camino al Pentagonito.

-¡Usted no va a venir a amenazarme! ¡Váyase de acá, jueputa!

-En una maletera, en una maletera -cantaba Keiko mientras salía de la reunión. 

En la puerta ya estaba Jaime de Althaus de rodillas, colocándole una alfombra roja.

*

A la hora del almuerzo Clara Elvira no tenía hambre. Sabía que su cabeza estaba a punto de rodar. Quizá el sueño de esa mañana -la Plaza Bolívar, pasar julio en Chiquinquirá- era premonitorio.

Llevaba una década en el Perú y todavía le parecían graciosas las pequeñas diferencias. En temas de violencia Perú era una Colombia en pañales: todo más pacífico, más pequeño, más aburrido. Pero en otros asuntos Perú era una Colombia al revés. Allá los bogotanos desprecian a los costeños, la gente de tierra caliente: brutos por el mar, alegres, inútiles. Acá los limeños desprecian a los andinos, la gente de tierra fría: brutos por la altura, tristes, inútiles. 

Clara Elvira no tenía con quién hablar sobre Colombia. Una vez se enteró que Jaime de Althaus había estado dos semanas en Cartagena e intentó conversar con él.

-El Perú es un país cada vez más dividido, Jaime. Esto parece Los Años del Tropel.

-Que qué.

-El libro de Alfredo Molano.

-Que quién.

-Nada.

Una llamada interrumpió sus recuerdos.

-Diga.

-Clara Elvira, te habla Chicho Mohme, defensor de la libertad de expresión.

Mohme le dijo con voz furiosa lo que temía: te van a botar, Clara Elvira. Había tenido un Google Meet con el presidente del directorio del Grupo El Comercio -un Miró Quesada seguido de un apellido extranjero o compuesto, da lo mismo-, y le dijo que todo el Directorio -es decir, su familia- le había perdido la confianza y debía salir del puesto.

-Yo me enfurecí, Clara Elvira -dijo Mohme-. “¿Cuál es la razón?”, le pregunté. “¡Llevamos felicitándola en los últimos tres directorios!” le grité levantando mis bracitos. “¡Díganme por qué!”. “La relación se desgastó”, fue lo que me dijeron.

Clara Elvira quedó en silencio.

-No creo que se pueda hacer mucho -dijo Mohme, resignado-. Yo que tú voy juntando mis millas.

-Gracias por todo, Gustavo.

-Yo te voy a defender hasta el último minuto, Clara Elvira.

-Muchas gracias.

-Los Mohme siempre al lado de los trabajadores.

-Ya entendí, Gustavo.

-Despidos arbitrarios nunca más.

-Ay qué pereza -dijo Clara Elvira, y colgó.

En la noche, al dejar el canal, Clara Elvira miró una vez más ese edificio horrible y cuadrado que no vería por mucho tiempo más. Chicho Mohme ya le había dicho que el viernes 23 tendrían una reunión de directorio con un único punto de agenda: sacarla por no haberse arrodillado ante Keiko. 

Clara Elvira estaba triste, melancólica. No volvería más a esta esquina. La ridícula idea de no volver a verte, pensó.

Se sintió Marie Curie. 

*

23 de abril

El día en que la iban a botar, Clara Elvira se levantó a las 6:30 de la mañana para esperar el carro en que llegaba Chicho Mohme. Había soñado que atravesaba los cuatro árboles de la avenida Arequipa donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicada de la voz de Federico Salazar. «Era una terruca», me dijo Milagros Leiva, su enemiga, evocando 17 días después los pormenores de aquel viernes ingrato. «El año anterior se la pasó defendiendo a Vizcarra y cuando yo tenía mi programa no me dejó presentar las pruebas que tumbarían al gobierno de Ollanta Humala. Y me han contado además que de joven estuvo en las FARC y que su alias era Mona Jojoy», me dijo Leiva. Tenía una reputación muy bien ganada de falseadora de la realidad y vendedora de chismes ajenos, siempre que se los contaran en ayunas, pero no había advertido ningún augurio aciago contra Ospina en los chismes que le daban sus supuestas fuentes en las tardes que precedieron a su despido.

Pero Clara Elvira sí reconoció el presagio. Había dormido poco y mal, sin quitarse la ropa, y despertó con dolor de cabeza. Más aún: las muchas personas que encontró desde que salió de su casa a las 7:05 hasta que fue destazada como un cerdo por sus propios jefes la recordaban un poco soñolienta y de mal humor, y a todos les comentó de un modo casual que era un día de mierda.

Chicho Mohme la llevó al canal en su auto como última deferencia. Hice todo lo que pude, Clara Elvira, pero no me dejaron cambiar la reunión. No te preocupes, Gustavo, yo entiendo todo. Te prometo Clara Elvira que seguiré luchando por la democracia en nuestro país, gracias Gustavo, que la libertad de prensa en el Perú jamás será subyugada por un grupo de poderosos quienes, ya entendí Gustavo, que los Mohme siempre hemos estado del lado de los oprimidos, ay mi madre Gustavo, que el periodismo es un oficio noble contrario a intereses subrepticios que, qué pereza Gustavo mejor me bajo.

*

En la tarde, Chicho Mohme entró por fin a la reunión de Directorio. En otras ocasiones hubiese paseado orondo por el auditorio, hubiese sacado pecho y gritado que los Mohme siempre habían defendido la democracia mientras los Miró Quesada se arrodillaban ante el poder. Hubiese puesto una banderita peruana y cantado el himno nacional antes de iniciar la reunión. 

Pero debido a la pandemia solo tuvo que hacer un click en Google Meet. 

-Bienvenidos señores -dijo un Miró Quesada o un García Miró o un Miró Quesada García Miró-. Solo hay un punto de agenda y es la remoción de Clara Elvira Ospina por haberle faltado el respeto a nuestra Keiko. Si alguno de los dos Mohme presentes se va a oponer, apúrese que a las seis tenemos que peinarnos la cola.

Chicho Mohme tomó aire. Miró en su pantalla a Gabriel, a Emilio, a María Luisa. Los maldijo. Este era su momento. Los veinte años de democracia en el país estaban en sus manos.

-Esto que van a hacer ustedes es un atropello contra la democracia y contra la libertad de prensa. Ustedes, los Miró Quesada, siempre se han guiado solo por sus intereses, jamás por los del país. Ustedes, los Miró Quesada, son un grupo de privilegiados que…

-Ay, Chicho, cállate -dijo un Miró Quesada estándar-. Qué hablas tú de privilegios si el otro miembro del Directorio es tu hijo que encima se llama como tú y nadie sabe qué talento tiene.

-Ustedes, al botar a Clara Elvira de esta forma, le están diciendo a los trabajadores del país que sus derechos no…

-Ay, Chicho, cállate -dijo un García Miró estándar, la colita cartilaginosa moviéndose en la pantalla-. El año pasado tú botaste a 50 trabajadores por mail después de recibir los 10 millones de Reactiva y no te dijimos nada. Más bien te felicitamos y te dijimos “bienvenido al neoliberalismo, Don Cangrejo”.

-Si ustedes cometen este atropello -siguió Chicho Mohme, el dedito en el aire, la voz de paladín de la democracia-, yo mañana mismo hago una columna contando todos los pormenores de esta vendetta.

-Ay, Chicho, ya cállate -dijo un Miró Quesada que también era García Miró y que hacía generaciones no renovaba su banco genético-. Lo único que escribes rápido son los correos de despido. Con lo lenteja que eres seguro vas a publicar la columna de acá a tres semanas y para entonces Keiko ya estará primera en CPI.

Chicho Mohme no se amedrentó. Siguió con el dedito en alto: la democracia, los derechos humanos , la libertad de prensa. El país, sus ciudadanos, mi apellido. Los Miró Quesada García Miró pusieron sus computadores en mute y jugaron sudoku todo el resto de la reunión. Cuando Mohme se quedó sin aire procedieron a lo inevitable: los que estén de acuerdo con la deportación de Clara Elvira Ospina sírvanse levantar la mano.

Era el fin.

Clara Elvira ya sabía de su inevitable final. En ese momento estaba en un Zoom despidiéndose de sus trabajadores. No quiso lágrimas, no quiso penas. Se cantó a sí misma Florecita Rockera, tú te lo buscaste, y les mandó un abrazo virtual. Adiós muchachos, compañeros de mi vida.

Luego le mandó un mensaje a Marco Sifuentes, con la misma pregunta que le hacen todos los periodistas del Perú cuando los botan de su medio.

-Hola Marco. Una preguntica: ¿qué marca de micro usas para tu programa? A ver si me abro mi propio canal de Youtube. Como Rosa María. Como Augusto. Como Josefina.

Como todos.

Imágenes : La República

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Tags:

Canal 4, Clara Ospina, Grupo El Comercio