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Entonces, ¿cuál es el marco para entender lo que nos pasa?

Pregunta complicada. Pero si estas son las características y los sesgos que hacen que sea muy difícil construir marcos de referencia, ¿cómo entonces podemos ayudar a que esto sea mejor reflejado en el análisis que desde los distintos espacios se hace de una realidad que nos supera por mucho? No creo que existan dos actividades mejores que el leer y el pensar. En el orden que deseen. Luego de ello discutir. Por ello comparto las miradas que he podido recopilar en las últimas semanas que pueden ayudar a darle un gran marco a nuestra situación. Cómo se entiende o qué características tiene el mundo en que habitamos hoy

La coacción de la libertad

Muchos de quienes identifican elementos que configuran las claves sobre las que los humanos nos movemos en este tiempo coinciden en compartir la premisa de que estamos en un espacio que magnifica la libertad como la oferta social más importante que podemos necesitar.

De hecho, uno de los momentos más críticos del gobierno de Castillo fue el haber decretado inmovilidad social el 5 de abril de este año. Fue interesante la reacción de los discursos, más allá de los políticos-humanos. Creo que desde Vargas Llosa candidato nunca se había dicho tantas veces la palabra “libertad” en el país. Uno que soportó meses y meses de encierro por la pandemia, frente a un día de para decidió explotar.

Obviamente que ya no soportamos que exista un ente que nos diga si podemos salir o no, si podemos hacer A o B o no. Esa es nuestra prerrogativa. La conquista humana más preciada. La libertad. Lo que es interesante es pensar si esa libertad realmente la ejercemos o no.

Byung-Chul Han, filósofo alemán nacido en Corea, es quien da el título a esta sección[1], al considerar que vivimos una crisis muy grande, a partir de la expansión de la “libertad” y que esto representa más bien coacción. Frente a épocas mucho más herméticas, que controlaban la acción humana mediante la represión, hoy el “sistema” se abre.  Ha dejado de ser opresor, en el sentido represivo del término, y ofrece al ciudadano el ejercicio pleno de su capacidad de elección. Con trampas tan grandes que terminan por oprimirlo a otro nivel. ¿A través de qué? De la deformación de nuestras necesidades, que genera la orientación hacia lo que el mercado y sus efectos requiere.

Vivimos así la era del emprendedor, del empresario, que trabaja para él y que se traza sus propias metas y aspiraciones. Pero que se guía por una trama o manual del éxito que direcciona su acción. Como el autor señala, vivimos una etapa de “optimización personal” permanente y el sistema compele a la “superación”.

En esa lógica la libertad actúa como proveedora de recursos para hacer lo que todos deben hacer, tanto a nivel de lo material, como del marco de referencia ideológico para lograrlo. De hecho la irrupción de los coaches laborales y ontológicos es un síntoma de esa especie de no-limits que el mundo actual nos exige. Pero que nos da a la vez, la interiorización de un discurso externo, de orientaciones que no nacen de la reflexión del sí mismo.

Esa es una libertad que nos hace profundamente individualistas y complica la perspectiva comunitaria como eje de nuestras acciones. Enmascarada en una lógica de “agenda llena”. Tenemos que aprovechar el tiempo 24/7 365 días al año. Dentro de ello, el trabajo ocupa un lugar extremadamente relevante. Pero no el trabajo de 8 a 5, sino el trabajo libre. El homeworking, las metas, los squads de hoy día lo único que han generado es la instrumentalización de las funciones y el dejar de pensar.  Como bien señalaba Žižek: “Es mejor no hacer nada que comprometerse en actos localizados, cuya función última es hacer que el sistema funcione mejor. Hoy la amenaza no es la pasividad, sino la pseudoactividad, la urgencia de “estar activo”, de participar de enmascarar la actividad de lo que ocurre”.[2] Nos llenamos de actividades en nombre de una libertad que se ha apropiado de nuestra subjetividad y que nos pone metas que aparentemente decidimos.

Un individualismo que anula

Llegamos así a la configuración de la “era del yo”, donde se suprime al otro en tanto antagónico o en tanto supresor de oportunidades de las que me puedo favorecer. La pregunta central que bordea siempre una decisión es “¿qué me conviene más?”. La popular aversión a la pérdida, el sesgo más popular en el desarrollo del Behavioral Economics, no es más que la deliberación racional que se hace frente a un dilema de decisión. El dilema de Kohlberg en el mundo de hoy casi que tiene una respuesta única. Transformamos la moral en una defensa de la conveniencia.

Esto es particularmente necesario de debatir de manera amplia pues nadie plantea que debemos dejar de ser defensores de nuestros propios derechos. Pero la relativización de todo -incluso de las leyes- por esa mirada unipersonal configura la imposibilidad de tener proyectos comunes. Así, la discusión de democracia, partidos y sociedad podrían entrar en revisión.

El congresista William Elera hace pocos días fue condenado recientemente a seis años de prisión por colusión agravada, motivo por el cual debería perder su cargo y ser internado en una prisión. Sin embargo, en un comunicado sostuvo que no se iba a entregar a las autoridades. ¿La razón? El mismo comunicado la explica: “Siempre he respetado el magisterio del Poder Judicial en la toma de sus decisiones, sin embargo, al no encontrarme conforme con este pronunciamiento mi defensa legal interpondrá los recursos de ley con la finalidad de impugnar la decisión”. Una joya de la representación nacional. Él no está de acuerdo con la decisión de un juez (que tiene todo el poder para ordenar la prisión, según la ley) y eso basta para que no se aplique la sentencia.

El caso del congresista es ejemplificador de muchas de las conductas que vemos a diario en la política, pero también en el cotidiano. La interpretación que hacemos de las normas de tránsito o de las relaciones interpersonales o del uso de la violencia son apenas ejercicios básicos de cómo la racionalidad individual se sitúa por encima de la organización común. Y le llamo racionalidad porque hay un proceso de pensamiento que justifica y genera convencimiento de que la transgresión es válida.

Como Guillermo Nugent afirma con certeza: “reivindicar al individualismo es descartar cualquier forma de solidaridad. La cohesión social es puesta en riesgo por la autonomía individual”.[3]

Ese individualismo además encuentra su lado más gregario a través del encuentro en redes sociales que afirman el “yo” y le dan connotaciones de verdad. Al punto de poder establecer microespacios de comunidad con sus propias reglas y orden. Como afirma el filósofo español Bilbeny: “Expresiones directas de la individualización, son los movimientos populistas y nacionalistas. En ellos, el individuo, sirviéndose de las llamadas “redes sociales”, y alentado por la coincidencia con otros usuarios, hasta sentirse con ellos un nuevo sujeto colectivo, manifiesta cómodamente sus intereses y opiniones de rechazo a los principios, instituciones y conductas heredadas de la democracia liberal y de la socialdemocracia, y todo ello sin apearse de su individualismo. Es así como la ideología dominante comparte el individualismo de fondo y algunas formas de la afectividad personal.”[4]

Es decir, no solamente genera una particular visión y acción sobre el mundo, sino que se cuestiona el orden que tiene y se relativizan conceptos como Estado, derechos, deberes y ciudadanía. Así se entiende cómo se puede generar un espacio grande de apoyo a la violencia, compartida vía redes y que hoy ya supone la acción concreta de individuos que agreden a otros y resultan no solo impunes sino aplaudidos de manera pública.

Lo global es excluyente

En esa lógica entonces, es justo reconocer que lo global ha dejado de ser una especie de paraíso y se va convirtiendo en una tierra desagradable. Hablar de movimientos globales hoy es señalar una intencionalidad externa de convertir a la humanidad en una manada uniforme que no permite que nos convirtamos en personas plenas.

Cuando uno piensa en las motivaciones que dejaron salir los movimientos antivacunas en plena pandemia, o la relativización de los riesgos que el COVID-19 tenía, encuentra un denominador común en los discursos que es preocupante: la creencia en la existencia de movimientos mundiales que intentan controlar la humanidad y que sostienen una agenda deshumanizadora.

Claro, puede sonar gracioso, pero en el fondo es el regreso a la tribu lo que guía esta interpretación fantasiosa. Esta necesidad de un yo fuerte, que excluye a los que no son yo. Para ello, las fronteras dejan de existir como un espacio físico, pero se forman fronteras mucho más sólidas, las que están dadas por la misma forma de pensar y, peor aún, de sentir. Žižek performa mejor esta idea cuando afirma: “¿No es la característica básica de la subjetividad actual la extraña combinación del sujeto libre que se ve como responsable en última instancia de su destino, y el sujeto que fundamenta la autoridad de su discurso en su condición de víctima de unas circunstancias que escapan a su control? Cualquier contacto con otro ser humano se experimenta como una posible amenaza: si el otro fuma o si me lanza una mirada de deseo, ya me está agrediendo.”[5]

Esa protección contra los “otros” remarca espacios reducidos de contacto, por lo tanto de comunicación y por lo tanto de profundización de las ideas y las implicancias de estas. Se forma así un cajón de resonancia y el “yo” solo se encuentra con otros “yo”.

La relatividad del conocimiento y la emergencia del like

Esa lógica individualista que va imperando lleva a cuestionar elementos del conocimiento general como nunca ha ocurrido en la historia de la humanidad. Lo que ocurría en épocas previas era que los huecos del conocimiento se simplificaban y para ello la visión de la autoridad servía para rellenarlos con lo que fuera afín al poder. Ya sea teológica o militar, la autoridad se encargaba de delimitar lo que era verdad o no. El clásico ejemplo de Galileo sirve para entender esta referencia. Pero también la falta de transparencia en las diferentes dictaduras que hemos podido ver desarrollar en la historia, donde se le prestaba una atención especial al manejo del conocimiento para que exista siempre solo una versión “oficial”.

Hoy, en el apogeo de la libertad como discurso, todo eso está en revisión. Por ejemplo, noticias desde España reportadas por la cadena Ser, dan cuenta del primer Congreso de Terraplanistas a tener lugar en Menorca en septiembre: “la respuesta del público ha sido tal que los organizadores están teniendo que buscar un espacio más grande del inicial para poder reunir a todos los asistentes”[6].

Imaginen, si en la época actual podemos discutir que la Tierra es plana, estamos realmente dispuestos a relativizar todo. Porque la verdad se pone en disputa no por la presencia de argumentos sólidos que la arrinconan sino por la presencia de discursos divulgados muy rápido y de manera masiva, que poniendo elementos sin evidencia alguna, pero con relatos interesantes y sobre todo demarcados en lo cotidiano (le pasa a gente como usted o como yo) resultan convincentes.

Amanda Montell en su ensayo Cultish publicado el año pasado señalaba los riesgos de estos mensajes y los describía como un ejercicio brillante del uso del lenguaje. “Desde la astuta redefinición de palabras existentes (y la invención de nuevas) hasta poderosos eufemismos, códigos secretos, renombramientos, palabras de moda, cánticos y mantras, «hablar en lenguas», silencio forzado, incluso hashtags, el lenguaje es el medio clave por el cual se producen grados de influencia de culto.”[7]

En esta formación de lógicas que parecen de asombro, pero que existen y configuran una realidad distinta, en la que sus cultores conviven no sin conflictos, las redes sociales digitales han cobrado una importancia inusitada. El fenómeno de la repetición ha reemplazado al de la constatación. “Cuando la información se comparte, se vuelve a publicar en línea o se multiplica a través de las redes sociales con mayor frecuencia, el aumento de la verdad subjetiva debido a la mera repetición puede explicar el aumento aparente de creencias evidentemente falsas.”[8]

Esto es, cuanto más observamos que un argumento se repite, mientras más likes tiene y mientras más gente que consideramos cercana lo propaga, más probable es que en nuestro sistema cognitivo comencemos a considerarlo realidad. Lo que es peor, sin cuestionarlo. Opera un fenómeno denominado el efecto de verdad inducida por repetición.

Así, basta que una idea “prenda” en Internet y se empate con necesidades puntuales de determinados grupos o intereses, para que se vuelva contestataria de la realidad. Con el avance de la tecnología de comunicaciones además, es probable que pronto podamos demostrar de manera virtual absolutamente todo lo que queremos. Solo pensemos en las últimas elecciones y como a los promotores del fraude no hubo forma de hacerles creer lo contrario. Empezaron a mostrar actas, notoriamente adulteradas, modelos fallidos de análisis, recodemos al criptoanálisis electoral y testimonios falsos vía WhatsApp. Todo eso empaquetado por individuos que considerábamos suficientemente cuerdos hasta ese momento.

Además de ello, nos sometemos a la dictadura de los likes. Hace unos días, Borja Escalante, un famoso Youtuber e influencer español fue a comer a un restaurante sin previo aviso ni acuerdo. Al momento de retirarse le pasaron la cuenta y se negó a pagarla. Además, solicitó a sus seguidores que inundaran las redes sociales de referencias negativas del restaurante. Una clara situación de abuso donde solo hay un perjudicado: el restaurante. Tiene varias aristas además: no hay acuerdo previo, hay consumo y hay chantaje posterior. No se ustedes pero es claramente delincuencial este comportamiento.[9] Pero más allá de ello, los likes hoy le cambian el sentido a la vida social.

Llegamos así a la confianza extrema en el espacio virtual como asegurador de un relativo mundo de gratificaciones. Creemos que conocemos y nos conocen aunque no sepamos nada de cómo funciona el mundo de los algoritmos y de los datos que compartimos.

Eso, otorga notoriedad a quien las redes comprendan como influencers y generan un intercambio muy asimétrico en el que compartimos todo lo que somos digitalmente a cambio de un contenido que no escogemos pero que creemos sin ninguna duda. ¿O van a dudar de que Netflix les va a recomendar algo que no les gusta? Si es casi magia.

Como Nymoen y Schmitt sostienen en un ensayo muy sugerente: “sentimos un enorme deseo de que alguien nos guíe en la nueva complejidad del individualismo. El propio usuario hace clic activamente en las autoridades digitales, “se suscribe” a ellas, en parte para librarse de la carga de su supuesta libertad”[10]

Todo nos conduce a un estado en el cual nuestra voluntad es ajena y no requiere tanto de un nosotros, casi que ni siquiera de un yo. El axioma de que mientras más inteligente nuestro teléfono, menos inteligente el dueño se cumple sin dudas.

Positivo y feliz

No hablamos de los resultados de un test de esos que tanto nos venimos haciendo permanentemente. Sino de un marco de interacción y de comunicación en el que hemos aprendido a movernos. La “cultura del positivismo” es hoy la que nos compele a dejar de lado cualquier asociación a lo negativo -por lo tanto a lo crítico- y nos genera la competencia hacia la búsqueda de la felicidad positiva.

Se exacerba la orientación hacia la emocionalidad positiva de una manera violenta, compulsiva. Estar mal, sentirse mal emocionalmente es negado por un marco de referencia terriblemente cruel contra lo que no suene positivo. Se castiga el estar mal. En todo orden de cosas. En los exámenes de selección se revisan las redes sociales a ver si es que su tono va de acuerdo con el de las empresas. En las neoconversaciones terapéuticas, los couches buscan orientar a los clientes hacia la felicidad. El camino para la felicidad es el esfuerzo máximo y la entrega total. El 24/7 para todo y para todos, menos para uno mismo.

Aunque parezca un fin loable, esa mirada es terrible y nociva. Porque aparta del espacio a quienes no son positivos ni quieren la felicidad. Se deja de lado el ser crítico y se premia la obediencia a los paradigmas. Porque esa emocionalidad “positiva” se transforma en una competencia deseable y solicitada. En ese sentido es que la socióloga franco israelí Eva Illouz señala que: “el estilo emocional es crucial para la forma en que las personas adquieren redes, tanto fuertes como débiles, y construyen lo que los sociólogos llaman capital social, es decir, los modos en que las relaciones personales se convierten en formas de capital, tales como progreso en la carrera o aumento de la riqueza.”[11]

En buena cuenta, la libertad de sentir nos permite sentir solo en una dirección. Lo demás es castigado. Esa es una de las grandes trampas de hoy.

Epílogo

En esta coyuntura, en la que creo que una de las cosas que más nos afecta es no poder entender (nos) qué es lo que realmente nos pasa. En la que alguna idea importa más por el autor que por la idea en sí misma. En esas circunstancias, necesitamos revisar de forma urgente la explicación de cómo somos y por qué nos comportamos de determinada manera.

Esa premisa, el corpus de comprensión, nos puede orientar a comprender mejor hacia dónde vamos. Por qué la democracia importa poco. Por qué no actuamos frente a lo que nos indigna. Por qué el poder sigue en sin discutirse de manera efectiva. Por qué las cosas pasan más en tono de comedia que de drama. Y por qué elegimos a quienes tenemos de autoridades.

Sin estas ideas que nos van rondando y a las que cada vez consultamos menos, estamos condenados a mantener esa angustia de la inacción. No buscamos con este texto hablar de la verdad. Solo presentarle al lector algunas rutas que puedan orientarlo. Y aportar al debate. Hay más, sin duda. Pero es el momento de compartir ese conocimiento y reflexionar sobre él.


[1] Byung-Chul Han (2021). Psicopolítica. Primera edición digital. Herder.

[2] Žižek, Slavoj (2005). La suspensión política de la ética. FCE

[3] Nugent, Guillermo (2021): La desigualdad es una bandera de papel. Antimanual de sociología peruana. La Siniestra Ensayos y UNMSM

[4] Bilbeny, Norbert (2021): Las emociones políticas de nuestro siglo. Astrolabio: revista internacional de filosofía. Núm. 24. pp. 117 – 130

[5] Žižek, Slavoj (2021): Como un ladrón en pleno día. El Poder en la Era de la Poshumanidad. Anagrama

[6] https://cadenaser.com/nacional/2022/08/17/un-nuevo-movimiento-terraplanista-llega-a-menorca-yo-veo-muy-dificil-convencerles-de-que-la-tierra-es-esferica-cadena-ser/

[7] Montell, Amanda (2021): Cultish. The Language of Fanaticism. Harper Wave. Traducción propia

[8] Forgas & Baumestier (2019): The Social Psychology of Gullibility. Fake News, Conspiracy Theories, and Irrational Beliefs. Routledge

[9] https://larepublica.pe/mundo/2022/08/16/borja-escalona-famoso-youtuber-espanol-quiso-comer-gratis-en-restaurante-y-amenazo-con-cobrar-por-publicidad-a-tapa-do-barril-espana-viral/

[10] Nymoen & Schmitt (2022): Influencers. La ideología de los cuerpos publicitarios. Planeta

[11] Illouz, Eva (2007): Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo. Katz editores.

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