[Migrante al paso]  Estaba en la redacción. Entra una llamada: había muerto mi abuelo. Sentí tristeza, pero no una devastadora. No fuimos muy cercanos, pero no dejaba de ser mi abuelo. Pero mi preocupación inmediata fue cómo estaba mi padre. Hablé con mi jefa y salí de inmediato. Manejé tranquilo, sin música; solo recuerdo haber hecho eso intencionalmente cuando murió mi psicólogo entrañable hace unos años. El cielo no estaba gris del todo, se podía ver atisbos de luz, no predominaba la oscuridad. Llegué a las pequeñas calles de Cajamarca en Barranco, todas pintorescas, chatas y antiguas. La luz se traslucía por los árboles de crestas bajas. Me cuadré al frente de esta casa amarilla. Unas rejas resguardaban, sin darle espacio, a una puerta blanca; parecía milenaria. Podía imaginarme un sello maldito amarrando las dos manijas redondas. Como si se tratara de abrir la caja de Pandora. La imaginación se apodera de ti en los momentos más precisos. Los pocos pasos hacia la casa se sintieron como caminar en un mundo transparente. Mis cuatro abuelos vivieron en esa casa en distintos momentos. Ahí crecieron mi madre y mi tío. Mi Mamamora y Papito Juan los criaron ahí. Este otro abuelo es un símbolo curioso e indescifrable; solo sé que su presencia fue fuerte porque siento como si lo hubiera conocido. En mi cosmovisión familiar, creo que hasta mis antepasados nacieron ahí. Una casa familiar estaba frente a mí, como si hubiera absorbido los recuerdos y pensamientos de todo lo que habrá ocurrido adentro. Ni yo lo sé.

Toqué la puerta, me abrió mi hermano. Ingresé como un arqueólogo explorando su propia historia. Dos pequeños cuartos adjuntos, muebles viejos y luz tenue; la única ventana estaba semicubierta por una cortina. Dos pequeños niños corrían riéndose sobre una alfombra azulezca, uno más grande que el otro; se acercaban con la cabeza rapada y se tiraban sobre el sillón. Después de todo, mis dos primeros años también viví ahí. Los dos pequeños crecieron, se transformaron en siluetas grandes y ensombrecidas. Ambas del mismo tamaño, una parada y otra recostada. Era mi padre mirando el cuerpo del suyo. Él estaba bien. La mente es audaz. No recuerdo ni cuánto tiempo pasó ni, exactamente, qué se conversó en el momento.

Entraron cuatro personas, se veían pequeñas. Movieron el pesado cuerpo de esta persona que en vida fue brillante; noté cómo les costó el corto traslado. Tanto él como mi padre, ambos de más de un metro ochenta, imponentes, compartían una voz profunda y retumbante, un físico casi idéntico y un intelecto tan brillante como terrible. Yo encajo en todas; para la última aún soy muy joven para saberlo. Sentí mi presencia dentro de mi papá y mi abuelo. Es muy probable, por lo que me dicen muchos conocidos de mi apariencia, que yo sea muy parecido en mi vejez. Espero que en mejor forma, por lo menos. Las semanas siguientes estaba disociado, como un espejo agrietado. Se abrieron los gigantescos portones, se liberó el pandemonio. Meses después llegó la pandemia. Fue en ese momento que empecé el viaje de una aventura que ya había comenzado hace mucho.

Un niño encima de un podio, oro colgando. Un salón con carpetas compartidas, todos mis amigos de la infancia ahí, celebrando mis notas puestas en un rectángulo verde y opaco. Pastores alemanes durmiendo a mis pies. Un lobo de ojos azules que me miraba emanando aura legendaria y un pequeño rechoncho peleón. Manos sudorosas sobre las teclas de un piano. Sangre cayendo. ¿Aún no eres nadie? ¿Todavía no sabes ni quién eres? —interrumpe una voz sombría. Me sacudo y abro los ojos bruscamente, viendo un techo conocido, pero hostil. Lo odiaba. Lo miraba un rato mientras las gotas de sudor caían por el calor infernal de Buenos Aires en verano. Al sentarme, mis pies chocaban con botellas de plástico acumuladas y veía, detrás de un sillón amarillo, una sala y una cocina que también me desagradaban. Un pequeño peluche de Naruto, que me regaló mi madre cuando me acompañó al mudarme de ciudad, y dos cuadros pequeños, que hizo mi hermano en la universidad, me daban nostalgia. Pero lograban hacerme sonreír; me convencían de que mi hogar estaba lejos, pero aún existía. Podía escuchar a la pequeña figura de anime diciéndome que no me rindiera. Ahí estaba, solo, buscando algo imposible de conseguir en algo que, en ese momento, sentía como un infierno. Como Dante buscando a Beatriz. Yo no tenía a Virgilio, pero sí buenos recuerdos que sirvieron de guía.

Estudiaba filosofía en la UBA, llevaba ahí ya varios meses y dos mudanzas. Iba a la universidad, sentía que una bestia salvaje me acechaba, como acercándose cautelosamente a su presa. Solo mis audífonos a todo volumen podían espantarla momentáneamente. Llegaba a la facultad y entraba; llegaba frente al salón de mi clase y la música desaparecía. La criatura hambrienta estaba adentro y me amenazaba. Solo podía dar vuelta atrás en ese momento. De vuelta, escapando con música, subía al segundo piso, donde un pasadizo de piso rojo me guiaba a una puerta cuyo número ya olvidé. Me sentaba en mi cama, detrás de las cortinas que tapaban la luz; unas plantas que compré hacía tiempo apenas permanecían vivas. Podía sentir unos jadeos incesantes en mi oreja mientras unas gigantescas manos se apoyaban sobre mis hombros. El peso no se podía medir en kilos. Tenía terapia, pero echarme me parecía mejor opción.

Más de tres días sin dormir, la locura se apoderaba de mí. Subía al último piso en la madrugada, con lluvia. Ya no sabía qué hacer. Solo quería sentir algo. Felizmente, las lágrimas tienen un límite y esa laguna ya se había secado; todos los rincones de aquel cuarto insoportable habían sido regados por estas. Pasaron dos años, la terapia fue siendo cada vez más frecuente, regresé a Lima varias veces. Conversaba en momentos de emergencia con Eduardo, el psicólogo que mencioné antes; también tomó el papel de guía casi mágico, incluso hasta sus últimos días. Siempre estuvo ahí y lo echo de menos. Pude salir de ahí. Me fui de esa ciudad teniendo unos últimos meses peculiares y gratificantes. Las colosales puertas seguían abiertas, pero entendí que dentro de todo ese caos liberado no había demonios malos. La bestia que me acechaba, de alguna manera, siempre está a mi costado, esta vez como uno más de mis queridos perros. Solo una etapa de mi odisea en la que descubriría que nada justifica vivir el infierno de Dante, pero sí infinitos cascarones y niveles que romper.

En Lima, luego de un par de meses en mi casa viviendo tranquilo, surgió una inquietud. No era tristeza, todo lo contrario. Contrario a lo que sentía, alquilé un departamento por un año y solo lo usé 3 meses. Recordé que no todo fue apocalíptico en Argentina. Vi icebergs y glaciares de cerca, paisajes que ya me parecen difíciles de imaginar; euforia colectiva en la Bombonera y cuando campeonaron el mundial; aprendí a hacer snowboard; extrañaba esos momentos que habían sucedido, según mi perspectiva en esa situación, durante un periodo de oscuridad. La bestia amiga exigía seguir corriendo.

¡Kanpai! —gritaba con unos cuantos desconocidos que me sonreían enrojecidos, en un bar pequeño con pocas sillas. Un laberinto de bares similares rodeaba el lugar. Yo estaba feliz y borracho. 3 meses en Japón. Me movía con libertad en tren bala y un sistema de transporte sacado del futuro. Recorrí gran parte de ese país. En las estaciones, estar sentado al costado de máquinas dispensadoras tomando Coca-Cola se había vuelto algo cotidiano. Improvisar rezos en templos milenarios también. Creo que ese lugar le cambia la vida a quien sea que vaya y sepa apreciarlo.

Pasé dos días en Hiroshima. Caminaba por el parque de un castillo reconstruido entre árboles de sakura. Cada cierto tiempo me encontraba con algunos viejos señalados con algo ilegible para mí. Toda la modernidad y prosperanza que veía a mi alrededor habían sido devastación masiva; muy pocas cosas quedaron en pie. Esos árboles eran los que resistieron. No entendía cómo, en tan poco tiempo, la ciudad que vio al cielo prenderse en llamas, basándome en un testimonio del museo de la memoria, logró superarlo y llegar a niveles que superan lo que llamamos tercer mundo. Al salir de ese museo sentía náuseas y ansiedad, me temblaban las piernas. Sentía el cuerpo frío a pesar del sol. Llamé un taxi y me encaminé a un templo alejado que ya tenía mapeado. Subí cientos de escaleras y pude respirar. Estaba rodeado de pequeñas figuras Jizo; algunas de estas personitas de piedra llevaban gorritos o baberos de color rojo. Sirven para espantar todo mal y acompañan a los viajeros según el folklore. Cruzaba pequeños puentes de madera entre riachuelos; el camino seguía en ascenso, los pequeños no desaparecían. Llegué muy alto. Mientras descansaba, vi a una pareja de ancianos, uno de ellos con muletas. Se apoyaban mutuamente mientras bajaban. Hubo una pequeña reverencia, no podía lograr captar qué sentían. Tenían por lo menos 90 años. En esos lugares, familias locales dejan ofrendas para familiares fallecidos. Fue como descubrir una nueva emoción. A pesar de todos los augurios que espantan demonios, el gigantesco lobo caminó tranquilo y parecía recoger un fragmento de ese espejo que lleva mucho tiempo roto.

Por más de un año recorrí el mundo, es mi sueño y aún me falta conocer demasiado. Ahora ha pasado un año y mi situación es totalmente distinta. En todas esas experiencias se recogieron muchas esquirlas, pero al final completarlo es imposible; siempre seremos un espejo roto. Me parece algo bueno. Responder la pregunta «¿Quién soy?» sería muy aburrido. El mundo nunca estará vacío. Y, como ya dije, aún soy muy joven para terminar una historia tan propia; siendo sincero, no planeo escribirla.

[MIGRANTE AL PASO]  Comenzaba a oscurecerse el teatro, la orquesta del foso ya daba señales de preparación: silencio absoluto y oscuridad; no puedes ni verte las manos. De pronto comienza la música y el movimiento en el escenario. Desde chicos nos llevaban seguido a ver óperas; mi madre y mi abuela son fanáticas. Después de varias veces que me quedé dormido o me movía ansioso, le agarré el gusto.

No iba hacía muchos años; recordaba el Teatro Municipal mucho más grande y antiguo. Una vez estaba tan ansioso que salí con mi padre en mitad de la obra al baño, con la excusa de que tenía que ir urgente. Con mi hermano vimos Aida en el Coliseo de Verona, impresionante. El Colón y el Metropolitan. No soy un gran conocedor, pero me defiendo.

Esta vez vimos Cavalleria Rusticana, una de mis favoritas. El Intermezzo está dentro de mis canciones más escuchadas de Spotify. Después del primer acto, suena la famosa melodía mientras transcurre una escena. Son dos minutos en los que pareces estar elevado; en vivo se magnifica.

Es demasiado potente lo que puede generar una canción. Esa, particularmente, me sacude el alma y la llena de nostalgia. A diferencia de otras que son bastante tristes, esta tiene un toque más conmovedor y de ternura. Me sentía reconciliado más que devastado; los pensamientos habían desaparecido de mi cabeza.

Por esos dos minutos no estaba escuchando la música ni pensando en ella. Tampoco estaba pensando en mí. Simplemente estaba ahí. Pensé en aquel niño que alguna vez salió del teatro con su padre porque no podía soportar quedarse quieto. Qué extraño y curioso que, tantos años después, estuviera sentado en el mismo lugar sin querer que aquellos dos minutos terminaran. Ya no había ansiedad ni necesidad de escapar. Solo la música.

Desapareció algo que normalmente está siempre presente: yo mismo. Extraño, porque justamente era el presente lo que más estaba apreciando en ese momento cumbre. Pensaba que esto era lo más cercano a lo que músicos o atletas llaman flow state: un estado en el que la concentración y la atención son tan grandes que todo lo demás se desvanece y solo actúas. Se pierde el filtro intermedio entre sentir y actuar. Sin mente.

No creo haber llegado a ese estado en algún momento de mi vida, pero sí a algo cercano, escribiendo, jugando, haciendo deporte o leyendo. Imagino la posibilidad de poder vivir así eternamente.

Lo contrario a ese estado casi mágico sea la vida cotidiana. Pasamos demasiado tiempo preguntándonos si debemos hacer lo que sabemos que queremos hacer. Hasta para cosas absurdamente pequeñas necesitamos negociar con nosotros mismos. Suena la alarma y, antes de levantarnos para ir al gimnasio, ya estamos pensando si realmente vale la pena, si dormimos suficiente, si mañana será mejor. Frente a un correo electrónico de trabajo ocurre algo parecido: lo leemos, pensamos cómo responder, releemos lo escrito, dudamos si el tono es correcto y, cuando finalmente lo enviamos, ya estamos pensando en la respuesta que recibiremos. Vivimos anticipándonos. Tal vez porque todo se ha vuelto demasiado inmediato. Las cosas están muy alborotadas, pero se siente aburrido.

Por eso es difícil encontrar algo que me haga estar presente. Siempre viene algo y suele sentirse malo. Todo nos enseña que vas a tener que pagar algo o que algo va a suceder, pero no es cierto. Esos pequeños momentos en los que desaparece todo, entiendes que, si existe un momento así, no tiene por qué venir algo negativo. La culpa, una maldición de nuestra cultura, parece siempre estar presente. Cuando todo está yendo bien, mi propia cabeza se autosabotea y me pongo ansioso de pensar que falta algo, algo malo.

Por eso, cuando pienso en aquella noche, vuelvo siempre al principio. A ese momento en que el teatro comienza a oscurecerse y poco a poco desaparece todo lo que está alrededor. Ya no ves las caras, los teléfonos, los detalles de la sala. Apenas sabes que hay cientos de personas sentadas contigo, esperando. No ha comenzado la música todavía y, sin embargo, ya ocurrió algo: por unos segundos no hay nada que hacer. No hay que responder, decidir, avanzar ni anticiparse. Solo esperar.

Después comienza la música y el escenario aparece frente a nosotros. Pero me gusta pensar en esos segundos anteriores, cuando todavía no sucede nada. Ahí está una parte de lo que estaba buscando aquella noche.

[Migrante al paso]  Los niños son el verdadero rey, proponen algunos animes, pues está en ellos la labor de continuar la voluntad de fuego y está en nosotros transmitirla. Otras figuras nos alertan que tenemos que tener como recordatorio que los jóvenes nos están observando y que ellos son los mensajes vivientes que enviamos al futuro. En unos meses nacerá mi ahijada, así que serán meses felices y de expectativa. ¿Le gustarán los animes? Me pregunto con mi hermano. Tiene que saber pelear, también comentamos. Fantasías que ilusionan, pero no dejan de ser especulaciones. Estas pequeñas personas al final siempre toman su propio camino y, creo, que lo único que puedo hacer es transmitir que la vida, al fin y al cabo, es buena. Muchas veces las expectativas se vuelven cargas inintencionadas. Buscar ser el ejemplo perfecto, al final, tampoco es lo correcto. Felizmente, el tema de la crianza no es mi labor principal. Yo sueño con viajes, visitar las pirámides y conocer templos en Japón con mi sobrina. Creo que por irresponsable aún no me gano la confianza, pero aún soy joven. No está en mis planes tener hijos ni asentarme en un lugar permanente, así que mi hogar finalmente estará donde esté mi hermano con su familia. ¿Tengo que ser el mejor tío? Le decía a mi hermano hace años, quien me respondía que ya lo iba a hacer sin tener que hacer nada.

Recuerdo un cuento que leí recién saliendo del colegio, sin barba ni altura. Un adulto iba a ser ejecutado públicamente por un grave delito. Entre la multitud que pedía a gritos un asesinato, aparece un pequeño niño que reconoce al prisionero y se le acerca inocentemente, después de todo, era su padre. Con un diminuto gesto de inocencia se disuadió la situación y demuestra cómo el poder de la infancia vuelve susceptible a cualquier adulto. De ahí el nombre del cuento corto de Tolstói. Nos recuerda a esa pureza que todos tuvimos y que en algún momento perdimos; ese niño probablemente también la olvidará en algún momento. Cada vez que pienso en la infancia me viene ese relato a la mente y es algo que he estado pensando últimamente. Después de todo, se acerca mi primera sobrina y se siente que muchas cosas cambiarán para bien. Es algo que anhelo desde hace mucho. Pensaba en qué le puedo transmitir, porque plata no tengo aún, así que me basta con mis viajes, aventuras y estilo de vida. Tal vez con la llegada de la pequeña toda mi rebeldía, despreocupación e irresponsabilidad se transformen en sabiduría, que hasta el momento orgullosamente carezco.

Al final sucederá lo más probable, que es que ella me cambiará más a mí de lo que yo a ella. Igual, mi interés tampoco es cambiarla. Entonces: ¿qué es ser un buen tío? Quizá basta con solo ser alguien con quien pueda conversar y reírse, alguien con quien no se tenga que tomar las cosas tan en serio. Un ejemplo perfecto no lo he sido nunca y jamás lo seré. Pensaba en cómo mi estilo de vida puede interrumpirlo: muchos viajes, planes de irme un buen tiempo, negocios y turbulencias podrían evitar que pase el tiempo que quiero pasar con ella. Pero, regresando a lo que es un ejemplo, no ser auténtico y fiel a mi modo de ser sería mostrarle algo que no quisiera demostrar jamás, que es no ser tú mismo.

Hablaba con un amigo que vive en Europa. Su hermano mayor ya tuvo dos hijos y me comenta que las ha visto solo unas cuantas veces. Noto un poco de pena y temor a perderse momentos, pero no arrepentimiento. Definitivamente le gustaría estar ahí en cumpleaños y Navidades, pero tiene que seguir con lo suyo; eso es lo mejor que se puede transmitir. Comparto esos miedos y aún no nace mi querida ahijada. Ya me perderé todo el proceso de embarazo. Me gustaría estar ahí y tocar la barriga de María Angela, mi apreciada cuñada. Pero me quedo con escuchar a mi hermano emocionado. No me perderé muchos momentos porque ese deseo ya forma parte de mi futuro. Siempre estaré ahí, por lo menos en espíritu. Tal cual el cuento, basta con la aparición de la criatura para que todo cambie y se aligere el ambiente. Nace un vínculo inquebrantable que de ahora en adelante estará constantemente en mi mente, no como una atadura, sino como un empuje a mejorar sin perderme. De esta manera, llegará Aurora y, haciendo honor a su nombre, en algún momento hablaré con ella en un lugar remoto y congelado. Tal vez yo seguiré fumando, pero me imagino a ambos apreciando las luces de neón en el cielo que llevan su mismo nombre.

[Migrante al paso]  De chico, siempre que había algún almuerzo o invitación a la playa o a una casa de campo en el sur, parábamos a comer chicharrón en Sarita, al costado de la carretera vieja en Punta Hermosa. Mis padres nunca tuvieron casa de playa y, a nosotros, no nos importaba mucho. Teníamos varios amigos que nos invitaban y, a mí personalmente, no me gusta mucho; por no decir que odio tomar sol y que se me pegue la arena.

“Preferimos gastar en viajes que en una casa de playa o carros”, decían siempre, y felizmente lo cumplieron.

La semana pasada mi madre estaba de viaje y mi padre aprovechó para salirse de la dieta. Nos comimos un chicharrón; ya venía preguntándome si el chinito hacía delivery. Los dos sentados en silencio, con un par de preguntas sueltas, pero toda nuestra atención estaba en ese manjar. Uno de los mejores inventos gastronómicos, sin duda.

Con el tiempo fui descubriendo otras chicharronerías. No soy un experto ni busco los mejores rincones como hacen algunos; lo único que sé es que comer uno de esos sánguches suele cambiarme el ánimo drásticamente, para bien. Desde niño, mi humor dependía bastante de qué almorzaba al llegar del colegio. Pocas cosas no me gustaban.

Pequeños detalles como una comida son los que hacen la diferencia, siguiendo las enseñanzas de Gandalf, a quien tengo como guía permanente.

Cociné toda la semana. Tal vez no soy el más limpio, pero hice lo posible por dejar la cocina impecable. Aparentemente fallé. Mi madre llegó tardísimo, pero sentía que faltaba algo. Mi tío no les dice a mi abuela y a mi hermana “Don Pésimo” gratuitamente. Era un personaje de una serie de hace cien años. Una vez me enseñaron un capítulo y no entendía cómo podían ver algo así, aunque un par de risas me sacó.

Siempre los detalles

Después de meses conviviendo plácidamente con mi tío y mi abuela en Miami, y unas cuantas novelas mexicanas de su época dorada, ya soy inmune a todo tipo de material audiovisual. En fin, este personaje tenía una negatividad extrema: se le cruzaba una familia del vecindario —“Mi hijo ha ingresado a la universidad”, le decían felices—; pasaban dos cuadras y Don Pésimo susurraba: “En un ciclo lo botan”.

Llevo seis meses viviendo con mis padres. Lo aprecio bastante: es nostálgico y acogedor. Pasé de despertarme en Buenos Aires con los ruidos de los bondis en la oreja —parecía la guerra—. Viajé por el mundo y luego me mudé en Lima a un departamento que parecía cómodo. Me despertaba con las combis que hacían temblar todo y hasta el humo se metía por mi ventana. Seré un comodón, pero así soy. Me despertaba y sentía que ya me había fumado veinte cigarros.

Acá me despierto con el sonido de pajaritos; el sol entra por la ventana y veo el jardín verde y con flores. Mi perro se tira encima y me lame todo. Es una buena vida.

Ocho de la mañana un domingo —las ocho son madrugada un domingo—: “¡Sabes qué, francamente, mejor no cocinen!”. Escucho a Don Pésimo desde la cocina. Eso faltaba, pensé mientras me reía. No sé si le gritaba al perro o a la olla arrocera, que efectivamente me olvidé de limpiar. Me reí un rato y pensé: mejor duermo un rato más.

Nuevamente, pequeños detalles que te alegran el día. Por lo menos el mío; el de mi madre, no creo. Aunque, con la sabiduría de la vejez, se les pasa rápido.

Después de estar mucho tiempo lejos, como lo hice los años anteriores, da la ilusión de que lo que dejaste atrás desaparece, por más que el contacto se mantiene prácticamente a diario. Tu cuerpo entiende que no estás en tu hogar; por lo tanto, tu mente está algo desconcertada. Esos pequeños detalles de los que hablo —y existen millones— se van escondiendo. Cada cierto tiempo regresan los recuerdos para rescatarte. Hablaba con mi tío porque lo operaron y me dijo que todo lo que se hincha se deshincha, entre reniegos de que la vejez es una mierda y consejos sobre mi negocio. Lo bonito está en los detalles: se quedan contigo mientras pasan desapercibidos. Comer chicharrón con mi padre, reírme de mi madre renegando y admirando su capacidad de siempre moverse, mi abuela insistiéndome en que vea una película de un mono asesino; son esas cosas las que te mantienen a flote al final. “Para todo hay solución, solo no hay solución para la muerte. La vida es bella”, escuché a Cristiano Ronaldo decir en un reel antiguo mientras se reía. Suena tonto, pero es una buena forma de ver las cosas. Hace unos meses me enteré de que mi ahijada está en camino y por eso sé que la vida es bella; no solo es, sino que tiene que serlo. Y, terminando esta crónica extraña, ya encontré un tema importante para la siguiente.

[Migrante al paso]  Hoy estaba hablando con mi gran amigo, vive en Londres, y está de vacaciones en un balneario de Portugal. Me dijo para prender la cámara y me enseñó cómo un joven de negro tocaba un violín eléctrico al centro de una plaza redonda, tanto la música como el piso empedrado me dieron nostalgia. Los violines siempre me llamaron la atención, el sonido de esas cuerdas parece cortar el tiempo y aliviana el peso que todos llevamos encima. Se siente como una pluma que cae lentamente, casi flotando, para reposar sobre un pequeño lago o riachuelo. No soy creyente de ninguna religión, pero si algo me hace sentir cercano a un plano celestial es ese sonido. Va más allá de la melodía. Se siente mágico como si pudiera invocar tormentas o despejar el cielo de toda interferencia.

Cuando vivía en Buenos Aires, caminando por las calles porteñas me crucé una tienda antigua. Se veían instrumentos de madera por la ventana. Crucé una puerta pequeña y me encontré a un señor, era flaco, canoso y muy delgado. Me recibió con una sonrisa, pero su mente estaba en otro lado. Estaba enfocado en otra cosa, estaba fabricando un violín a mano. De puro impulso gasté plata que no tenía en comprarme uno. Hay mucha variedad en los precios, mientras más antiguos según la calidad de fabricación y la madera el sonido mejora. Yo me compré uno nuevo, pero aun así era caro. Tuve un par de clases y quedó ahí, de hecho, no lo traje conmigo cuando regresé a Lima. Una maldición que me persiguió durante toda mi vida que es no terminar lo que comienzo.

Es muy común ver a gente cantando o tocando algún instrumento en la calle cuando estás viajando, en plazas y parques. Hay de todo, puedes encontrar una voz angelical o una flauta que suena espantoso, pero cualquiera de los dos casos te alegra el día. Ya sea por asombro o risas. Igual me parece respetable poder salir y exponerte a tocar música en la calle, cualquiera no lo hace así nomás. En fin, algo me dice que esos momentos de turismo relajado y libre está llegando a su fin. Si tuviera que predecir el futuro, los países van a abordar políticas proteccionistas y cada vez será más difícil y más caro acceder a ellos. Todo por miedo y odio, la misma historia de siempre.

A no muchos kilómetros de donde estaba mi amigo, unos días después ocurrió un desastre migratorio en Ceuta. Una ciudad española separada de la península ibérica por el estrecho de Gibraltar, o sea está en el continente africano, frontera con Marruecos. Entraron por mar aproximadamente 60 mil personas que intentaban escapar de las malas condiciones de vida que tienen. Evito usar la palabra migrante a propósito porque los deshumaniza. Hay niños dentro de esas decenas de miles también. Al igual que en Estados Unidos un grupo comenzó a llamar a personas “alien”. Parece sacado de una película sobre la Segunda Guerra Mundial. Vale recalcar que hay otro gran grupo que se está oponiendo fuertemente a las medidas antiinmigratorias que se han dado en el último año en ese país.

En Europa, lo ocurrido en Ceuta, ha tenido reacciones distintas, pero algunos países como Italia y Francia han reforzado sus fronteras e incluso han solicitado limitar los movimientos de España. Esas reacciones de odio hacia quienes inmigran suceden en todos lados, lo he visto en Londres hacia personas de India y, sin ir muy lejos, en nuestro país he escuchado demasiadas veces cómo le echan la culpa de casi todo a las personas venezolanas. Se repite en todos lados y en muchos momentos de la historia. Casi siempre momentos recordados como oscuros.

De repente se dejarán de escuchar violines, cantos y sonidos desafinados por las plazas y parques. De repente los viajes que poco a poco se fueron volviendo más accesibles regresarán a ser algo casi imposible de hacer. Espero que no. Está comprobado que el desarrollo de la humanidad ha ido de la mano con movimientos migratorios masivos. Entiendo que los controles y fronteras son necesarios, pero el repudio hacia alguien diferente solo por huir de condiciones de vida de las que cualquiera escaparía no tiene otro nombre más que odio y miedo. Si ocurre un caso extremo pedir algo como entrar y comprarme un violín en una tienda extranjera pasaría a ser un sueño. La sociedad mundial está comenzando a padecer los mismos síntomas que tenía en momentos como la Europa postguerra o el apartheid en Sudáfrica. Me temo que detrás de ese pensamiento masivo de odio y miedo se esconde algo mucho peor. Como les pregunté hace unos meses con unos amigos, con este pensamiento, mientras caminábamos por Rotterdam: ¿Les da miedo que Europa deje de ser lo que era o, simplemente, les molesta que dejara de ser blanca?

[MIGRANTE AL PASO]  Acabó el mundial, se sintió raro. Sonaré viejo, pero el fútbol ya no es como antes. Todo está demasiado controlado, hay registro de todo y todo es mucho más táctico. No sé si es mejor o peor, solo diferente. Desde antes ya estaba conflictuado por la sede principal, como era incoherente con lo que para mí significaba un mundial de fútbol. Ahora invadido por cientos de comerciales, la mayoría de apuestas, que hasta me los aprendí de memoria. También, ahora hay todo un mundo en redes sociales que gira alrededor de este evento que también me parece algo nuevo, por lo menos es la primera vez que lo noto. Pero me quedo con la sensación extraña de que el fútbol está siendo usado como lo era el coliseo en la antigua Roma. Lo más probable es que siempre fue así, pero es primera vez que tengo esa perspectiva. Igual me motivaban los partidos y goles, pero tenía esa voz desencantadora ahí permanente. Ya pasó una semana, y la gente aún sigue enganchada. ¿Cuántas cosas habrán pasado desapercibidas?

Al igual que el malhumor y los pleitos continuaron. Exaltados por cientos de publicaciones. También continuó esa sensación extraña, como si al final todos estuviéramos siendo manipulados, probablemente lo pensaba desde antes. Sentía que el mundo era cada vez menos mágico. Una semana en la que la mayor parte del tiempo he estado en mi cuarto, salía solo a trabajar y regresaba. Como si hubiera estado somnoliento o letárgico. De esa manera cualquiera se siente así. No se puede tomar perspectiva en cuatro paredes y una pantalla. Tal vez todo lo que pienso de lo que pasó alrededor del mundial es cierto, probablemente estamos siendo controlados indirectamente de manera constante. Pero no necesariamente tengo que dejar moldear mis pensamientos. Mis propios recuerdos han comprobado que existen lugares y momentos mágicos en el mundo. Solo parecen olvidados.

Hoy día me desperté temprano, sin alarma y sin reuniones por pedir, y me puse a escribir, ya es un pequeño cambio. Normalmente escribo desde mi cuarto, esta vez me senté en la salita de abajo, con vista al jardín y a mi enorme perro intentando fallidamente hacer que el gato del techo baje, siempre se pone ahí para molestarlo, probablemente sepa que mi pitbull de 55 kilos es bastante torpe. Es raro que esté despierto tan temprano, suele dormir todo el día, si alguien tiene comida se va a despertar esté donde esté. Solo en cambiar de lugar de escritura ya tus pensamientos comienzan a moverse en otras direcciones. Se siente como volver a respirar. En esos momentos se vuelve a sentir más mágico el ambiente, como pasar de blanco y negro a color.

Ese cambio ya estaba apareciendo desde antes con pequeños movimientos. Fui a ver la Odisea con mi madre, hace años que no íbamos al cine, entramos a las dos de la tarde y salimos de día. Se siente nostalgia, pero de la buena. Me pareció espectacular. Lo mismo que me había pasado con el fútbol me había pasado con las películas, sentía que ya no me atrapaban y le había perdido respeto a los premios y críticas. Con esta película sentí lo contrario, como cuando vi Gladiador o El Señor de los Anillos por primera vez. En la cola, sí, ahora hay cola para entrar al cine aparentemente, nos reíamos porque un chico le decía a su enamorada que no quería que lo spoileen. Spoilear la Odisea es de locos, cómo no todos saben qué es lo que pasa en la historia. Aunque debo aceptar que me había olvidado de muchas cosas. Interpreté por primera vez esa épica legendaria de una manera distinta que se alineaba con lo que había estado sintiendo.

Ulysses, junto al ejército conjunto de Agamenón, logra ganar la batalla mediante un engaño ideado por Odiseo. Fue Ulises quien imaginó al caballo como ofrenda y el ataque sorpresa. Se rompió el código de convivencia que había mantenido cierta estabilidad y justicia hasta el momento. Fue como emboscar a un invitado a tu casa o reino. Ese par de historias, casi mitos, marcan la debacle de la humanidad. Un error hizo girar la rueda hacia un futuro donde la convivencia dejaría de ser sagrada. Muchas leyendas y mitos tienen ese mismo concepto, tal vez el más conocido para nosotros es el pecado original. Todos apuntan aparentemente a un destino de culpa y arrepentimiento. Sin embargo, aun después del saqueo de Troya, Ulises vio sirenas, cíclopes, brujas y más cosas mágicas en su camino de vuelta. Retó a los dioses y recibió su castigo. Pero los elementos mágicos continuaban. Cometiendo errores y aprendiendo, logró su cometido con todo en contra, también estamos hablando de uno de los primeros ejemplares literarios del arquetipo del héroe genio y astuto. Entonces, hoy pienso que no importa si existe un destino terrible o si todo eso es mentira, solo importa moverte un poco. Aquel personaje se demoró 20 años en lograr lo que quería.

[Migrante al paso]  ¿Tengo problemas de ira? Me desperté hoy preguntándome eso. Eran las 8 de la mañana y había dormido 10 horas; sin embargo, seguía sintiéndome cansado. Por antecedentes, pensaba que al tratar problemas de depresión y ansiedad ya podía estabilizar mi cabeza, pero estaba equivocado. Algo no cuadraba en cómo me estaba sintiendo. No estaba triste ni bajoneado, estaba furibundo. Solamente eran las 8 de la mañana. Ya lo tenía identificado, pero por alguna razón lo dejé pasar, pensando que mi problema era otro. Comencé un nuevo trabajo hace unos meses y era divertido. Pasaron semanas y esa diversión fue mutando a rabia y fatiga. Mi sonrisa fue desapareciendo para dar paso a un semblante serio e intimidante. Algo que creo que no soy, pero ya no lo tengo claro. Solo sé que no me quiero levantar todos los días con ganas de pelearme. En el fondo nadie tiene enemigos, así que supongo que, sin querer, yo estoy tomando ese rol.

Cuando estaba en el colegio y me dejaban tareas que, a mi parecer, eran estúpidas —hablar de sistemas de educación ya es otro mundo que no vale la pena abarcar en este escrito—, me sentaba frustrado y agarraba los lápices y colores y los partía en dos, mientras lloraba de ira e insultaba sin escrúpulos a las profesoras. Pasé mucho tiempo simulando no tener ese lado, pero se rebalsaba por momentos y era incontrolable. Yendo a una fiesta, típica de secundaria, en un taxi con amigos estábamos molestándonos entre todos; a veces esas cosas escalan. Uno de mis amigos me dijo: «Nos bajamos». Yo aún tenía cuerpo de niño y él era bastante grande. Sin dudar ni un segundo, abrí la puerta del taxi dispuesto a pelear. Antes de que saliera del carro, me dijo que estaba loco, que qué me pasaba y que lo estaba diciendo en broma. Me quedé callado el resto del camino y la tensión con ese amigo continuó y terminó con el fin de una amistad. Solo por orgullo y descontrol de mi parte. Normalmente hablo bien de lo que hacía cuando era niño, pero efectivamente, ¿qué me pasaba? ¿Cómo funcionaba mi cabeza para explotar y estar dispuesto a agarrarme a golpes con esta antigua amistad? Peor aún, ¿he cambiado en realidad?


El niño bueno se transformó en alguien muy dispuesto a usar la violencia, un rebelde descontrolado que no tenía límites. Un loco, pensarían muchos. Ya en épocas de universidad, siendo un adulto joven, seguían sucediendo ese tipo de cosas. Confundía tener carácter con ser un energúmeno desquiciado. Fui a una fiesta de electrónica con mis amigos más cercanos, algunos que felizmente mantengo hasta el día de hoy. Ese día fue mi última pelea. Un altercado entre unos matones y mis amigos volvió a sacar a la luz a la bestia rabiosa que llevo adentro. Me cayó un puñete de un tipo enorme que me reventó la mitad de la cara y, aun así, me levanté. Seguí peleando con diez personas; me caían más golpes, pero yo seguía avanzando. No sentía dolor y hasta estaba sonriendo. Por lo que me cuentan, terminé con la cara llena, hinchada y morada, la boca y la nariz sangrando y con un nudillo hecho astillas. Un VIP me sacó cargado mientras yo seguía peleando. Los esperé afuera, porque la bestia seguía hambrienta. Un amigo me vio y me dijo que parecía un tigre acorralado. Mientras la sangre caía gota a gota, mi mirada seguía fija en ese grupo de delincuentes. Llegó el punto en que no sabía si quería seguir golpeando o, en el fondo, quería que me siguieran golpeando. Muchos años después, tenía miedo de entrar a un salón de clase universitaria porque sentía que había un tigre hambriento adentro.

Me di cuenta del daño que puede generar un puño adulto, me asusté, me operaron e intenté suprimir ese lado salvaje. No podía quitarme el sabor metálico de la sangre en mi boca. Como una herida que no cicatriza sin importar el tratamiento. Recuerdo que mi padre era bastante renegón en su trabajo; poco a poco se fue calmando. Le pregunté, ya más viejo, cuando sentí que me estaba pasando lo mismo, cómo hizo para tomar el control.

—Me dio gastritis severa —me contestó.

Me reí. Yo no quiero que llegue el punto en que comience a somatizar la ira. Estuve un tiempo calmado. En un viaje solo a Marruecos, se dio una circunstancia de acoso a una chica en los callejones de la medina de Fez. Ahí, en un lugar desconocido, mientras pensaba en actuar o no, mi cuerpo ya se había movido solo. Ataqué sin titubear. La sangre salpicó mi ropa y las paredes de arcilla. Fui rodeado por incontables personas cuyas miradas me decían: «Te vamos a matar». Yo sonreí y pensé: «Llegó mi momento, supongo que no está tan mal morir defendiendo una injusticia». Me rescataron. Sabía que en ese caso mi violencia había sido justificada, pero no pensé en las consecuencias que pudo haber traído una muerte prematura. Estuvo bien o mal, nunca lo sabré. Solo sé que hay que sentir la sangre caer y, mientras esos ríos cálidos fluyen por mi rostro, darme cuenta de que algo no anda bien conmigo. Por ahora, solo puedo hacer una cosa. La reflexión del miedo e ira solo me llevará a lugares oscuros. Solo puedo sonreír nuevamente y hacerlo con significado. Me quedan muchos años por vivir y quiero hacerlo en paz. En éxitos y fracasos, mi respuesta ya no puede ser la rabia. Intentaré caminar tranquilo. Sin mucha mente.

 

[Migrante al paso]  Deja de luchar que no ganarás, me lo dice todas las mañanas. Eres un fracasado, siempre haces todo mal, me lo recalca todas las noches antes de dormir. En ese espacio que debería ser de paz, los sueños son interrumpidos por una figura parecida a la mía, sus ojos son negros y su cuerpo mucho más grande que el mío, frente a él estoy yo de niño. Con la cabeza rapada y ojos cansados, se arrodilla y con los brazos hacia atrás parece rendirse. El entorno oscuro comienza a envolverme y absorber todo el optimismo que por temporadas me caracteriza. Esta vez, el monstruo parecido ya ha engullido toda esperanza. En estos casos, solo hay una opción. Una que antes me costaba encontrar, fue disminuyendo, pero esta vez no logro hallarla de nuevo.

Hoy, yendo a mi trabajo. Mi cuerpo estaba pidiendo desahogo a gritos. Una parte tóxica me decía que llorar es de débiles, otra me decía lo contrario. Racionalmente, sé quién tiene la razón, pero es una lucha constante. Sentía disonancia con las canciones rockeras que acompañaban a mis oídos. Busqué específicamente la canción que canta Fantine, de Los Miserables, momentos antes de morir. Peleando contra las lágrimas, finalmente me vencieron y cedí. No era un llanto desgarrado, solo caían lágrimas silenciosas mientras me temblaban los labios. El taxista adelante no se percataba, después de todo no es problema de nadie más que el mío. Llegué al trabajo, me lavé la cara y me puse la máscara de tipo rudo nuevamente. Aún tengo ese déficit y temor de verme vulnerable.

Hace ya dos años, durante el viaje de mis sueños, en las tierras sagradas de Japón, me sucedió algo similar. Caminando por Yokohama, una ciudad particularmente occidental, comparada con otras ciudades de ese país. Tuve que detenerme en una banca, al costado de una máquina dispensadora. Nadie me conocía y, en ese momento, yo tampoco sabía quién era. Miles de kilómetros de casa, alejado por meses, viví las mejores experiencias de mi vida; pero igual ocurrió ese momento peculiar. El cigarro que me estaba fumando se mojó de pequeñas lágrimas que caían. Mi cabeza no estaba mirando el piso, al contrario, miraba a los ojos a todo aquel que pasaba a mi costado. Nadie se acercó y tampoco quería que lo hicieran. Recordaba momentos en Londres o Nueva York, donde la gente camina por encima de personas sin hogar como si no existieran. Ese momento de fragilidad en el país oriental me enseñó mucho en retrospectiva. Soy una persona depresiva, que ya ha superado el peor bajón imaginable muchos años antes. Un poco de tristeza no es nada para mí, solía decirme de manera engañosa. La verdad es que a veces me siguen temblando las rodillas como cuando tenía 10 años.

Cuando regresé de vivir en el extranjero, tuve una de mis últimas sesiones con mi psicólogo ya fallecido. Por primera vez vio mi tatuaje, una katana en el antebrazo derecho. Como estaba afuera, nuestras sesiones eran virtuales y muchas cosas quedaban fuera de cuadro, desde mi peso hasta mis piercings y tatuajes nuevos. Lo vio y le encantó, compartíamos afición por la historia y temas que bordean el misticismo. Se levantó haciendo un esfuerzo, su cuerpo estaba débil, algo que yo tampoco había notado por la lejanía. Quería ver de cerca la tinta dibujada en mi piel. Después de apreciarlo un rato, hizo un camino con las manos desde la espada hasta mi pecho: «Haz que se extienda hasta ahí», me dijo con un rostro consumido, pero sonriente. Fueron una de las últimas palabras que escuché de él. La katana es el arma y símbolo de los samuráis, nosotros conocemos la versión romantizada, una que está un poco alejada de lo que fueron estos guerreros de élite, pero me quedo con eso por ahora. Seré una persona de lágrima fácil, me puedo quebrar con solo unas palabras de la persona indicada, pero dentro de mi mente siempre está una espada y mi espíritu está acostumbrado a pelear, sea con las manos, las piernas o las palabras. Y así, bajón tras bajón, así me enfrenté contra el Leviatán, pelearé porque si de algo estoy convencido es que no me rindo fácilmente, prefiero morir antes de derrotarme a mí mismo.

Esta última semana, recordaba con añoranza mi sueño de infancia de ser un arqueólogo. Nuevamente, uno romantizado, más parecido a Indiana Jones o Lara Croft que a uno real. Y es justamente ahí donde está la única opción de la que hablaba al comienzo. Hay que excavar y hacerlo muy profundo. Mis manos con un nudillo explotado están acostumbradas a golpear, a ser destruidas, a secarme las lágrimas y a señalar injusticias. Con esas manos, solo tengo que ir cavando y pasar por los restos arqueológicos de mi propia historia e identidad. En cada capa acecha una sombra distinta y un acertijo que resolver. En esa búsqueda eterna, mientras más me aproximo al núcleo de la pirámide o tumba sellada por una maldición, voy encontrando la fuerza para despegar y ver a la cara a mi lado más oscuro, no como metáfora negativa sino como un lugar difícil de ver. Ahí, frente al sarcófago, encuentro adentro a esta versión titánica mía cuyos ojos negros tanto me asustan. Se despierta e intenta intimidarme. Pero ya escarbé demasiado como para dar vuelta atrás. No es necesario desenvainar la katana, de nuevo mi mayor herramienta son mis manos. Me acerco a esta figura imponente y la única respuesta la puedo encontrar abrazándola. Es así la única manera en la que puedo encontrar mi camino de vuelta.

[MIGRANTE AL PASO]  No veré este mundial, afirmé varias crónicas atrás. Hoy quedaron fuera de la Copa del Mundo Alemania y Holanda, lamentablemente, Japón, mi favorito, también. Hasta esta fecha solo había visto un partido y, relativamente, obligado. Había perdido la fe en este deporte y el fanatismo que tenía, aún no lo recupero, pero hoy la pasé bien. Día libre, feriado, un buen día de descanso. Al no tener nada que hacer en el día, hablo con dos amigos, de los más antiguos y de los que más frecuento: Hay que ver los partidos del mundial, quedamos. No hubo cervezas, solo historias de algunos viajes, un poco de PlayStation y mucho fútbol. Algo que probablemente hemos repetido varias veces en mundiales pasados y mucho más jóvenes. Se sentía un aire escolar, como cuando te daban la clase libre para ver un partido importante. Los álbumes, favoritos y una eterna ausencia de Perú, que te hacía hincha de otras naciones. Esa magia sentía que se había perdido un poco, por la sede, escándalos y una patología masiva a la que no le daba la importancia debida.

Neymar se acercó a los japoneses para consolarlos. Eran los favoritos de muchos y lo dieron todo. Aparte de mis quejas por lo innecesarios y más cosas sobre las pausas de hidratación, los infinitos comerciales de plataformas de apuestas y, también de que ya no dejen ver las peleas en vivo. Este deporte sí despierta un poco el instinto violento, en realidad creo que todos, pero la magnitud cultural de ver a la gente patear la pelota es inconmensurable. Hay demasiado alrededor de esto. Recordaba cuando fui al Mundial de Brasil 2014, yo acababa de renunciar a la Universidad de Lima, sin saber que iba a pasar, haciendo una jugada de riesgo que salió bien. Toda esa ansiedad no importaba, ver las celebraciones, la gente de decenas de países en las calles, no tenía ninguna responsabilidad que me frene de simplemente disfrutar. El primer viaje solo con mi padre, aficionado, tanto que sigue viendo los partidos de la U en fútbol nacional. Y los vive.

9 horas de fútbol

Cada uno a sorbos de Red Bull y cigarros, estamos jóvenes pero ya nos alcanza el cansancio más rápido. Les contaba sobre una foto en la que salía con Figo, me molestaban por mi pelo excesivamente largo. Yo rochoso no quería pedirle una foto en el aeropuerto de Río de Janeiro (Iba en el mismo vuelo camino a Salvador de Bahía), mi padre le habló en un portugués rarísimo y se logró un recuerdo grabado en una imagen. Vimos el gol de Van Persie, la palomita que está en el top 5 de la historia, Cristiano Ronaldo a pocos metros, algunas cervezas y mucha carne. Tenía 19 años y nunca había visto a chicas tan bonitas, era un niño aún, me costaba concentrarme. Todo ese mundo que hoy se siente menos potente, tiene un efecto que pasa desapercibido.

El fútbol es político preguntan muchos, yo creo que inevitablemente sí. Cuando Messi le dio la mano a Trump, más allá de si supiera o no tuvo repercusiones. Desde que comenzó el mundial nunca más escuchamos de ICE o los archivos de Epstein. En 2014 conversábamos con un barman que quería que Brasil pierda, su propio país, nos lo contaba molesto. Un. Robo en Pelourinho, lugar donde castigaban esclavos en la colonia. Violencia en hinchadas, abusos que pasaban desapercibidos. Ni me enteré que ganó Keiko al 100% hasta que me llamó mi abuela hace un rato. Recuerdo ya un poco mayor, cuando vivía en Argentina, en la 12, la famosa barra brava de Boca y su trinchera en La Bombonera. Yo callado y saltando por contagio y miedo. Las elecciones eran al día siguiente, pero no importaba. Nunca había sentido algo así, todo temblaba y veías que sucedía todo malo y bueno en una misma tribuna. La euforia era contagiosa e intimidante a la vez. La locura era palpable y se mezclaba con la propia.

En todos esos momentos se puede sentir en la euforia como se está sintiendo el mundo y la simbología es infinita. Parece un campeonato entre colonizadores y colonizados. Pero igual hoy la pasé bien, grité el gol de Japón como simbología fuera Perú; un desahogo es necesario, pero hay que intentar darse cuenta y el fútbol debería ser consciente de eso, no cómplice como parece serlo.

En fin el análisis podría ser infinito y aburrido. Lo único que sé es que hoy 2 amigos y tres partidos me alegraron el día, pude despegarme del trabajo y de preocupaciones por 9 horas. Partido tras partido, goles tras goles. Ver penales después de mucho tiempo. Hoy regreso un poco de lo que había perdido y es esperanzador. La cantidad de recuerdos revividos valen más que suficiente. Pero nunca olvidar que al final, debería ser solo fútbol.

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