Pedro Paramo

[DETECTIVE SALVAJE] Este año, una de las novelas más representativas de la cultura peruana tiene su aniversario. Los ríos profundos, de José María Arguedas, se publicó en 1958, hace 65 años. La obra es un puente entre el quechua y el castellano, entre las costumbres indígenas y el Perú occidentalizado.

En Los ríos profundos, Abancay es un paso en una escalera cuyo fin es subsistir. Ernesto llega ahí con su padre, que busca trabajo de pueblo en pueblo de la costa y sierra peruana. Se instala en un internado, bajo la tutela de los curas. Ahí conoce al Lleras, por ejemplo, el matón del colegio, y a su cómplice, el Añuco. También a Antero, con quien Ernesto descubre lo que es la amistad. Este le enseña a hacer bailar el zumbayllu, un trompo con poderes mágicos. En el colegio, en el patio donde pasan los recreos y las tardes, Ernesto ve replicada la jerarquía, la perversidad y la injusticia que ha conocido en el centenar de pueblos a los que ha llegado con su padre. Incluso a quienes les coge cariño en algún momento muestran su lado oscuro, y eso para Ernesto es una desilusión.

Él no solo vela por su propia subsistencia. También arriesga el pellejo por los indios, que viven bajo la opresión de los hacendados. Acompaña a Doña Felipa a repartir la sal robada, y la admira después de su huida.

Los ríos profundos es un libro que nace de la propia experiencia de su autor. Como el padre de Ernesto, el de Arguedas también era un abogado itinerante que saltaba de pueblo en pueblo buscando trabajo. Mientras viajaba, José María y su hermano Arístides quedaron a disposición de su madrastra y hermanastro, quienes los maltrataban. Los dos jóvenes no aguantaron la situación y escaparon de la casa. Por dos años, vivieron con los indios en la hacienda Viseca. De ellos aprendieron el quechua y sus costumbres. Cuando su padre regresó, recogió a los hermanos y, tras parar en varios pueblos de la sierra, se asentaron en Abancay.

La vida de Arguedas y Los ríos profundos son historias de supervivencia. Todo sea por la vida propia, y si se es una buena persona, por la vida ajena. Cuando, por el final de la novela, la peste llega a la ciudad, la desesperación por vivir se vuelve más evidente. Y aún ahí, cuando la muerte toca la puerta, Ernesto arriesga su vida para cuidar a Marcelina, la Opa, una mujer loca de quien los otros estudiantes y los curas abusaban.

A fin de cuantas, la vida, por más desgarradora que sea, es lo que más valor tiene en Los ríos profundos.

Por esos años, también apareció, en México, Pedro Páramo. Las similitudes entre ambas novelas son notables y la relación entre los autores, Arguedas y Juan Rulfo, estrecha. El vínculo entre el padre y el hijo, la presencia de la religión en el corazón del pueblo peruano y mexicano, el indio y sus costumbres son temas que aparecen en ambas obras maestras. Pero hay un ámbito en el que se oponen: la vida y la muerte.

En Pedro Páramo, la vida es una anécdota y la muerte lo único real que se puede apuntar y decir ahí está, irrefutable. Es como si la peste de Los ríos profundos se tragara Abancay y escupiera Comala, a donde Juan Preciado va para buscar, como Ernesto, a su padre. Ahí, hasta las hojas que se escuchan rodar sobre el polvo están muertas; solo queda el eco de ellas, de los ladridos, del paso de un caballo. Para contar la historia de Pedro Páramo y su hijo Miguel, el narrador debe recurrir al pasado, que, como en Faulkner, se intercala con las distintas voces del presente y el futuro.

El miedo que Ernesto siente por la muerte pierde sentido en Pedro Páramo. Cuando Juan Preciado muere, nada cambia. Ahora vive bajo tierra, pero siente la humedad de la lluvia y conversa con los muertos que tiene cerca. Piensa en su madre, oye los lamentos de los otros cadáveres, mira la tierra como antes miraba el cielo.

Lo surreal en Los ríos profundos es un recurso cultural. Se habla de la magia que tiene el trompo, de las creencias indígenas. Lo inexplicable sucede siempre en la mente del niño, que mira el mundo con ojos que los adultos han perdido. En Pedro Páramo, lo sobrenatural se adueña de lo real, y es un recurso literario que, en las siguientes décadas, dio forma al Realismo Mágico del Boom.

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[CASITA DE CARTÓN] No sé la razón ni en qué momento pasó, pero la palabra muerto ya estaba escrita en esta hoja antes de empezar a escribir esta columna. Acabo de entrar al Inicio de Facebook. Dicen que murió un padre. Alguien quien lo fuera cuando mi padre brillaba por su ausencia y negligencia, porque muchas veces la presencia no quiere decir presencia como la ausencia tampoco ausencia. Ha muerto, dicen los estados de la gente. Ha muerto, un lunes 26 de junio. Todos se lamentan con mucho penar. Pero cuando estaba con vida, ¿qué tanto lo valoraron como apreciaron?

Me desconozco ahora, me veo en el espejo. Soy un hombre frívolo, otro miserable. Pero yo no era así, en qué momento me convertí en esto… Las gentes transcurren, acaban de bajar decenas de personas en la 9 de julio. Caminan siguiendo su paso. Parece una pintura que alguna vez vi, la gente desfilando dentro de sus pasos cotidianos cuando alguien en un costado horrorizado los ve. Ese reflejo soy yo. Ese ser horrorizado, espantado y triste soy yo.

Dicen estación “Catedral, final del recorrido”. De nuevo soy yo bajando y caminando por el desfiladero donde todas las animas van. Una comparsa hermosa de tristeza en el desfiladero de la humanidad. Ahora soy yo el que va con ellos. Me han encaminado. No vivo. Así iré a parar al Cocito… con una moneda al infierno.

Aborrezco los pésames, son tantas veces las palabras básicas de la hipocresía. No pondré un pendón ritualistico de muerte. Seré sincero conmigo y con él. Y me pondré a oír las cumbias, rock o huaynos que me lleven a esos días en que íbamos hablando sobre fútbol a su casa. En esas noches en que desde su kiosco nos íbamos hacía los Olivos, allí esperan mis primos. Y que en noches tan desoladas como ésta, cuánto quisiera tener la dicha de volver a oírlas.

Porqué será que la muerte no tiene tiempo, se sostiene  entre los vientos de un pasado que pareciera ayer. Ayer, hoy y mañana. El presente eterno.

Por estos días estoy leyendo Pedro Paramo. Y sé que estoy yendo en paso lento a Comala. No sé si lo veré a él, pero mañana iré al Monumental y gritaré un gol y lloraré, probablemente. Porque parte de este fanatismo futbolero nacieron de esos días.

“Me retraía a los años en la casa del tío Tomás, que quedaba al límite de San Martín de Porres y Los Olivos, a pocas cuadras del cruce entre las avenidas Alisos y Universitaria. Cada vez que llegábamos se levantaban las arenas como centenares de escarchas al voltear por el jirón Los Jaspes, dejando atrás hoteles con luces de neón y ventanas sombreadas, las cuales siempre me causan nostalgia al pasar por alguna avenida con hoteles de la Lima profunda. Es un poco raro, quizá, pero cierto. Y en menos de dos minutos llegábamos a su pacífica casa. Eran la familia ejemplar. En su vivienda, de piso y medio de construido, esperaba mi tía Meche con una amabilidad beatifica, y con mis primos Robert, Abel y Junior.  Por esos años me acogían todos los fines de semana como en vacaciones. Eran mi segunda familia, después de mis amigos de la quinta”. **

Hoy acabo de descubrir que la muerte vence al amor. La hace polvo, piedras, arena. El vivir cuesta una vida, pero el morir no. El amor, que hasta ayer sentía, ha muerto.

“Y en el que no pudo evitar soltar unas lágrimas al despedirnos. Él fue como un padre, y me veía ahora con veintidós años encima. Recordaría seguramente cuando iba a repartir los periódicos de niño. Cuando sacaba y empalmaba a regañadientes cuando El Comercio salía grueso (como así le decíamos los canillas cuando llegaba con varias publicidades). Cómo aborrecía en esos momentos este oficio como a ese diario, ya que eran muy pesados llevarlos. Una y otra vez se tenía que regresar, y peor en épocas de lloviznas, por lo friolento que eran esas cuadras en las madrugadas”. **

Espero que mañana su Sporting Cristal le dé una alegría en el cielo, porque allá debe de estar. Porque él creía en ese Dios y porque Dios debe darle por obligación y por un mínimo de misericordia ante tanto sufrimiento que le hizo pasar en esta vida, una última alegría. Ojalá que ganen, ojalá para darle un poco de emoción a la vida. Te amo, tío. Y perdón.

 

*Esta columna fue escrita el lunes 26 de junio.

**Párrafos de la novela Generación Equivocada del presente autor.

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