pensamiento crítico

Una enorme cantidad de personas cree en el relato de los pastorcitos de Fátima. Según este, a comienzos del siglo XX la virgen María se les apareció repetidas veces a tres pastorcitos portugueses, revelándoles tres secretos acerca del futuro de la humanidad. Es obviamente falso que esas apariciones hayan ocurrido. La razón por la que tantas personas creen esa barbaridad tiene que ver con su educación católica. 

Muchos colegios católicos les enseñan a sus alumnos patrañas como esa. No solo eso, sino que les enseñan que deben aceptar esas tonterías sin objeciones, porque ‘son cosas que deben aceptarse por fe’. De esta manera, los colegios ahogan el sentido crítico de sus alumnos y los educan en la credulidad. La credulidad, como estamos comprobando tristemente en esta época de desinformación y movimientos anti vacuna, es tal vez uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. 

Es más, al poner énfasis en la fe, se manipula a los niños diciéndoles que los que creen esas cosas son buenos, y los que no las creen son malos (porque no tienen fe). De esta manera, se incentiva a que los niños se autosugestionen para no escuchar la voz de su razón. No se me ocurre nada más antipedagógico que eso. 

Conozco muy pocos sacerdotes que se atreverían a afirmar categóricamente que el relato de los pastorcitos de Fátima es falso. No sé si alguno de los que sí lo haría se atrevería a hacerlo públicamente, sin ambigüedades ni ejercicios de gimnasia mental del tipo “los niños de Fátima construyen su propia realidad, y en ese sentido el relato es real”, o cosas por el estilo. 

La enseñanza de la religión suele estar acompañada de pensamientos mágicos como los del relato de Fátima. Es cierto que más adelante, al madurar, uno puede aprender que la religión no se limita a ello, y que hay mayores sutilezas y complejidades. Pero la gran mayoría de la población es completamente ajena a estas estas sutilezas y complejidades, y ciertamente estas están por encima del nivel de comprensión de los niños.

Se dice frecuentemente que la enseñanza de la religión es una manera de introducir a los alumnos al pensamiento ético, pero este no es un buen argumento, básicamente por dos razones. En primer lugar, los valores positivos que enseña la fe católica, tales como el amor al prójimo, el respeto a los demás, la dignidad de la persona humana, etc. pueden aprenderse perfectamente fuera de un contexto católico (independientemente de si algunos de estos valores se originaron, históricamente, en contextos católicos). Por otro lado, la gran mayoría de la población no entiende la religión en términos de valores, sino de consecuencias personales: si hago x, me voy a salvar. La retórica de la salvación, ya sea en vida o después de la muerte, se suele entender en términos de recompensa individual. Y si bien es cierto que la idea católica de la salvación es más compleja que eso, dicha complejidad pasa por encima de la cabeza de la gran mayoría de personas, especialmente de los niños.  

Por esas razones sostengo que es contraproducente enseñar religión a los niños en el colegio. Comencé esta columna diciendo que es obviamente falso que las apariciones de la virgen María hayan ocurrido. Que a varias personas esta afirmación les parezca problemática o polémica es prueba suficiente del terrible daño que le hace la educación religiosa a los escolares.  


* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. 

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Durante la última campaña electoral, y más concretamente luego de la misma, cuando el grupo perdedor se negaba a aceptar los resultados y la acción de los organismos electorales, los discursos políticos nos trajeron una serie de argumentos sin sustento que quedaron dando vuelta en el imaginario colectivo, pero que hoy, en el balance, se han quedado dando vueltas en el discurso de los medios y de la opinión pública de una manera increíblemente peligrosa.

Nos estamos acostumbrando casi naturalmente a que cualquier sentencia u oración tenga rango de credibilidad y que la pasemos a defender dependiendo de la fuente o atacar de acuerdo con lo mismo. En el fondo, no importa qué se diga sino quién lo diga. Nos transformamos en una sociedad sin pensamiento crítico y en un conjunto de posiciones no argumentativas.

Algunos hechos son evidentes, pero vale la pena graficar algunos ejemplos con nitidez para darle forma al argumento:

Vacunación: Con el avance de la pandemia del Covid-19 y el desarrollo de las vacunas con soporte científico y las pruebas de su eficacia, tuvimos que soportar un espíritu negacionista que -afortunadamente no en gran magnitud- cuestiona la necesidad de vacunas, plantea discursos públicos en torno a ello, se va transformando y luego cuestiona algunas vacunas, establece cuáles son “buenas“ y “malas” y apela a los derechos individuales para que no se considere la pandemia un asunto de salud pública sino más bien un ejercicio de libertades individuales. ¿Absurdo? Parece pero no lo es. Peligroso, muchísimo.

Olimpo y terruqueo: A fines del año pasado, el ministerio del interior anunció la realización de un mega operativo en el que se capturó a decenas de personas acusadas de vínculos con Sendero Luminoso. Solo con ese argumento, a nivel de medios y a nivel de opinión pública, nadie ha cuestionado la medida. Apenas algunos movimientos y voces en redes sociales, pero generar corriente de pensamiento sobre esto, nada. El operativo Olimpo mantiene detenidas a varias personas sin que haya más que una promesa oficial del vínculo. Así ha funcionado esto desde hace varios años. Basta con decir: es de o cercano a Sendero, para que no se cuestione.

Peor aún, no se cuestiona: se justifica, se valida, se aplaude. Hace poco pudimos discutir en redes sociales el nombramiento de Gisela Ortiz como ministra de cultura. Inmediatamente el discurso descarado y ofensivo: ella es la hermana de un terrorista. Ella es terrorista. Sale un congresista ex marino a decir que la quiere interpelar porque cree que es terrorista, pero porque le han dicho, aunque no puede probarlo. Si un congresista de la República dice eso, ¿qué se puede esperar del resto? Si para un congresista se puede decir lo que se cree, sin probar nada, por qué no los demás. En un tema tan sensible se permite usar como argumento los pareceres. Y la mayoría aplaude.

¿Reminiscencias? El caso El Frontón por el cual el expresidente García no llegó a ser procesado. La caminata de Fujimori en la embajada de Japón, con cadáveres de alfombra. La Cantuta y Barrios Altos, donde se legitima la acción del grupo Colina porque deben ser “tucos”.

Vacancia e incapacidad moral: Yo creo que es inmoral A. Pero yo creo que es inmoral B. La inmoralidad es un absurdo subjetivo. Pero entonces el debate no va hacia la lógica de cómo generar un consenso sobre lo que puede ser una real situación de vacancia, sino hacia los mínimos que pueden hacer que cualquier comportamiento sea una vacancia. Como todos tenemos nuestro concepto de inmoralidad, entonces todo es válido si quiero creer que el presidente merece ser vacado.

Tres cosas muy simples y sencillas como ejemplos de hacia donde la discusión comienza con argumentos individuales se sitúan dentro de los parámetros de acomodación de mis propios argumentos y los acepto sin poderlos cuestionarlos. Así estamos formando corrientes de opinión acríticas que solo se esfuerzan por repetir y repetir lugares comunes. Pero nada de contrastes y discusiones reales.

En esta tarea, actores centrales han sido los medios y su gran capacidad para no poder cuestionar absolutamente nada de esto, sin ningún tipo de cuidado. En la última semana, por ejemplo, Canal N llamó a las acciones del grupo La Resistencia como protestas ciudadanas. El ataque prepotente, abusivo, cobarde… protesta ciudadana. Los medios que deciden poner de manera equidistante estas expresiones e impiden la capacidad de cuestionamiento real.

Vamos directo a una situación muy conflictiva si no tratamos de aportar con argumentos que generen un espacio crítico. El problema es que un conflicto sin argumentos se transforma en violencia estéril. Por allí estamos transitando.                 

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