Podría objetarse que todo esto suena muy bien, pero 1) esto pone una gran carga adicional para los profesores, quienes también están sufriendo los estragos de la pandemia, y 2) una nota baja afecta permanentemente el récord académico de los alumnos, lo cual es injusto pues no necesariamente es su responsabilidad. Estas son objeciones interesantes, pero creo que hay maneras de contrarrestarlas. Respecto a (1), lo que se necesita es un sistema de apoyo a los profesores por parte de las instituciones educativas en las que trabajan: reducir el número de cursos, contratarles asistentes de corrección, etc. Respecto a (2), deberíamos incluir, en los certificados de notas de los alumnos, una nota al pie que indique que el rendimiento promedio de los alumnos bajó a causa de la pandemia. Cuando se trate de contenidos acumulativos, debemos tener cuidado de revisar, en otros cursos, parte del material del curso anterior, e indicar esto también en los certificados de notas. 

Si queremos resolver un problema tenemos que tener claridad sobre su real dimensión. Regalar notas va directamente en contra de esto. 


* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. 

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evaluaciones

Ojo, esta última versión no excusa al presidente Castillo, al contrario: en el caso descrito en la hipótesis del rabo de paja, al menos el presidente habría tenido la inteligencia para saber que lo que hizo estaba mal. En la versión triste de la hipótesis de la ignorancia, por el contrario, estamos hablando de una persona tan mediocre y limitada que ni siquiera alcanza a entender qué es plagiar; de un profesor que no comprende la naturaleza del trabajo intelectual, o incluso  lo desprecia.

Es posible que la explicación requiera una combinación de todo lo anterior, en el sentido de que tal vez el presidente sabía que había “algo rarito” con su tesis, y por eso prefirió quedarse callado. Si ese fuera el caso, igual sospecho que el factor más importante sería el último mencionado. En su infinito sancochado intelectual, es posible que Castillo haya pensado que eso de no copiarse son pelotudeces de académicos que viven en sus torres de marfil, alejados del pueblo.  

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. 

 

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Gobierno, Pedro Castillo

En un país más funcional, Rosendo Serna sería retirado del cargo, despojado de su título de doctor, e impedido de por vida de trabajar en una institución educativa. Pero, increíblemente, en el Perú actual Rosendo Serna no es el peor de nuestros problemas; y en un mar de mediocridad, el ladrón mediocre pasa piola. 

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. 

 

 

 

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Gobierno, Rosendo Serna

Regresemos a Rosendo Serna (quien al no haber mostrado ninguna vergüenza por su robo califica perfectamente bajo el rubro de sinvergüenza: regresemos entonces al sinvergüenza.) Ayer señaló que él solo copió los textos para analizarlos posteriormente. Eso es completamente falso. ¿Por qué? La respuesta no tiene nada que ver con Turnitin, y mencionar que el texto obtuvo un porcentaje de similitud de 70% (tal como hacen, por ejemplo, en La República) es un error que solo contribuye a crear confusión. La razón por la que lo que dice Rosendo Serna es falso es que, si él realmente hubiera querido analizar los textos, los habría puesto entre comillas y habría indicado al autor original. Pero lo que hizo este ladrón de ideas es hacerlos pasar como suyos (¡se robó hasta los agradecimientos!)

Aplicar un marco teórico general a una situación social específica es un trabajo digno de una tesis doctoral, sobre todo si dicha aplicación es creativa y novedosa. Eso no está en discusión. Lo penoso es que el ministro ladrón tranquilamente hubiera podido expresar todas esas ideas citando las fuentes correctamente, y explicándolas con sus propias palabras. Esta explicación sería un valor añadido, y el texto dejaría de ser una mera copia. Pero eso implicaría sentarse a leer, pensar, y escribir. Es decir, trabajar. Pero parece que a Rosendo Serna le dio flojera trabajar, y por eso decidió robar. 

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. 

 

 

 

 

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Gobierno, sociedad

La representación más conocida de la justicia es como la de una mujer con los ojos vendados. La idea es que se debe legislar desde lo universal, sin pensar en actores concretos, por más terribles que sean. ¿Qué hacer entonces? Presionar al congreso para que fiscalice al ejecutivo, y presionar al ejecutivo para que sea menos horrible de lo que es. Estamos frente a una situación terrible, es cierto, y es difícil imaginar que pueda venir algo peor: pero la triste verdad es que, en el Perú, sí se puede, sí se puede estar peor. Si facilitamos el recorte de mandato, los impresentables del futuro nos lo van a agradecer. 

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. 

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Gobierno, Pedro Castillo

A mi entender, la importancia del test de Bechdel reside en que, cuando se aplica masivamente a un grupo grande de películas, es posible llamar la atención del público en general sobre ciertos patrones relacionados con la poca representación femenina en el cine. ¿Esto qué significa exactamente? Bueno, que muchas de las películas que dominan nuestras conversaciones cotidianas presentan un mundo diferenciado, en el cual la participación en diálogos significativos es desproporcionadamente masculina, en un nivel mayor del que ocurre en el mundo real. Porque, está de más decirlo, a pesar de que somos una sociedad profundamente machista, en nuestro entorno cotidiano vemos muchísimas mujeres conversando entre ellas sobre cosas que no son un hombre: esto podría indicar que en cierto sentido muchas películas muestran un mundo con menos participación femenina que el mundo real.

Los especialistas tal vez no necesiten de una herramienta tan inexacta como el test de Bechdel. Pero, como padre de dos niñas, a mí el test me hizo pensar en el tipo de películas y series que consumen mis hijas. Y no es que solo les muestre las que pasan el test (si se ha entendido bien lo que he escrito líneas arriba, no considero adecuado usar el test de ese modo: es más, ¡no veo la hora de que mis hijas crezcan para poder ver juntos El Señor de los Anillos!). Pero sí estoy más atento a que lo que consumen tenga roles femeninos positivos. Conocer el test de Bechdel me hizo pensar mucho sobre ese tema. Espero que hoy, 8 de marzo, les haga pensar en ese tema también.

[Nota: Dos buenos videos, cortos, con subtítulos en español, que introducen al tema son este de Anita Sarkeesian:

https://www.youtube.com/watch?v=bLF6sAAMb4s; y este de Colin Stokes: https://www.ted.com/talks/colin_stokes_how_movies_teach_manhood/transcript

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Día de la mujer

 

El flamante ministro de salud Hernán Condori ha defendido repetidas veces los beneficios del ‘agua arracimada’. Los que proponen esta teoría se basan en un hecho real, a saber, que es posible que las moléculas de agua se arreglen en clusters (racimos) debido a la formación de puentes de hidrógeno. Sin embargo, se sabe que estos arreglos son bastante inestables, y por esa razón sus propiedades aún no se conocen bien.

Los promotores de agua arracimada sostienen que han conseguido estabilizar estas estructuras. Según ellos, el agua que venden contiene racimos compuestos de 3 a 5 moléculas de agua, y cuando uno toma esta agua ‘arracimada’ consigue hidratarse más rápido que tomando agua normal, ya que, al ser los racimos tan pequeños, consiguen filtrarse con mayor facilidad por nuestro organismo. Según los impulsores de este producto, hidratarse de esa manera tendría grandes beneficios para la salud. Conceptualmente, esta teoría es confusa. Y en términos de evidencia empírica, todo lo que se ha recabado hasta ahora muestra que la teoría es falsa.

Se ha dicho que los que promueven este producto promueven la pseudociencia, pero qué es exactamente la pseudociencia no es algo que se haya discutido mucho en este contexto. Tanto los científicos serios como el público en general suelen definir como pseudocientíficas a las disciplinas que carecen de evidencia científica, y que no realizan afirmaciones falsificables. A pesar de ser muy populares, estas no son buenas definiciones.

En primer lugar, carecer de evidencia no es una buena razón para catalogar a una disciplina como pseudocientífica. Después de todo, existen muchas teorías científicas que actualmente no cuentan con evidencia. Por ejemplo, la física de Newton describe de manera incorrecta la trayectoria de varios objetos astronómicos. A pesar de ello, nadie diría que la física de Newton es pseudocientífica. Además, en su origen muchas teorías no poseen evidencia suficiente, y sin embargo suelen recibir financiamiento por parte de instituciones científicas justamente para recoger dicha evidencia. Por otro lado, es posible que una teoría pseudocientífica cuente con algún nivel de evidencia, como podría ser el caso de una predicción astrológica que resulte ser verdadera por casualidad. Tal como señalaba el filósofo Karl Popper, “la ciencia suele errar, y pseudociencia puede tropezar con la verdad”. Es cierto que las afirmaciones de los que defienden el agua arracimada carecen de evidencia científica, pero esta no es la razón por la cual esta práctica es pseudocientífica.

Otro criterio que suele usarse para definir pseudociencia es el de la falsifiabilidad, propuesto por el mismo Popper. De acuerdo a Popper, las afirmaciones científicas son falsificables. Para Popper, cuando se hace una predicción en base a una teoría realmente científica, es posible definir de antemano qué tipo de resultados observables corroborarían la teoría, y cuáles la refutarían. Esto es lo que Popper llamaba ‘falsifiabilidad’, la idea de que es posible concebir una situación en la que la evidencia observable pruebe que la teoría es falsa. En ese sentido, las predicciones científicas de alguna manera ponen en riesgo a la teoría. Ejemplos de afirmaciones no falsificables serían “si rezas todo va a salir bien”, o “todo lo que sucede es la voluntad de Dios”, o “el universo ha sido creado hace 5 minutos”. En estos casos, es imposible concebir una situación que pruebe que dichas afirmaciones son falsas. Por ejemplo: si rezo y me muero, se podría argumentar que igual todo salió bien porque me fui al cielo; si abro mi computadora y leo un texto escrito hace dos días, se podría argumentar que tanto el texto como mi memoria de haberlo escrito fueron creados hace 5 minutos; etc.

El criterio de Popper es tal vez una de las ideas filosóficas más aceptadas por científicos profesionales. Sin embargo, a pesar de sus méritos, presenta varios problemas que han sido señalados desde hace décadas por muchos filósofos. Para comenzar, la unión (conjunción) de una afirmación falsificable con una no falsificable da como resultado una afirmación falsificable. Por lo tanto, cualquier afirmación no falsificable podría entrar en el conjunto de afirmaciones científicas siempre y cuando se le una a una afirmación falsificable, lo cual niega el propósito de distinguir entre ciencia y pseudociencia. Otro problema es que muchas pseudociencias también emiten afirmaciones falsificables. En ese sentido, Popper puso una valla demasiado baja. Por ejemplo, la afirmación de que la supuesta agua arracimada se metabolice más rápido que el agua normal puede testearse fácilmente, y de hecho ha sido testeada y probada falsa. Pero según Popper, la teoría del agua arracimada sería científica.

Es importante destacar que el criterio de la evidencia y el criterio de la falsibilidad pueden jugar en contra el uno del otro. Así, si se demuestra que una afirmación es falsa, significa que era falsificable. Sin embargo, ser probada falsa significa que carece de evidencia. En ese sentido, la falta de evidencia prueba que había falsifiabilidad. Si se usan estos dos criterios a la vez, la teoría del agua arracimada sería y no sería científica.

Para entender bien por qué una determinada teoría, disciplina o práctica es pseudocientífica nos tenemos que enfocar no solo en las afirmaciones que se producen alrededor de la misma sino en la estructura social en la que están inscritas. La ciencia real cuenta con un aparato institucional que de alguna manera intenta bloquear los errores típicos del razonamiento humano, tales como los sesgos, la falta de objetividad, etc., y a la vez fomenta la colaboración y la claridad conceptual. Las pseudociencias hacen todo lo contrario: son disciplinas que están aisladas, que no incentivan la colaboración, que están llenas de confusiones conceptuales que ni siquiera buscan aclarar, y que ignoran aquello que las refuta. Básicamente, son teorías cuyos defensores hacen exactamente lo que está haciendo nuestro ministro de salud: en ninguna entrevista ha intentado dar detalles de la plausibilidad científica de lo que propone y más bien intenta confundir a su audiencia usando términos científicos sacados de contexto. Además, ignora completamente todas las objeciones posibles, tales como los estudios que han fallado en demostrar la efectividad del producto. Para entender por qué estamos frente a un caso de pseudociencia hay que mirar los detalles del producto, sí, pero también debemos observar cómo se comportan los charlatanes que los promueven.

[Nota: la información sobre el agua arracimada la saqué del siguiente artículo compartido en twitter por el doctor Elmer Huerta. https://www.molecularhydrogeninstitute.com/microclustering-the-making-of-a-myth-part-1-facts-claims-and-history]

 

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas.

 

 

 

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Hernán Condor, Minsa

 

 

La noción de incapacidad moral permanente no debe ser entendida en términos éticos, sino psicológicos. Por lo tanto, en vez de ensayar interpretaciones descabelladas e incoherentes, harían bien los analistas en exigirle al Tribunal Constitucional que la defina en términos objetivos, por ejemplo, como la ausencia de facultades cognitivas para operar funcionalmente (estar en coma, etc.)

El análisis ético/filosófico no nos va a dar criterios objetivos, y por lo tanto va a dejar la puerta abierta para que el congreso abuse de la noción de vacancia, tal como lo ha venido haciendo desde el 2017 (o, más precisamente, desde el 2000).

En términos éticos, definamos como incapaz moral permanente a la persona que no tiene ni va a tener la capacidad de distinguir entre el bien y el mal (o, para los relativistas morales: una persona que no tiene ni va a tener la capacidad de emitir juicios acerca del bien y el mal). Voy a analizar tres de las perspectivas éticas más importantes para mostrar que ninguna nos da guías de acción para identificar si alguien en particular es incapaz moral permanente.

Según la ética de la virtud de Aristóteles, las personas que cometen acciones inmorales pueden caer en dos categorías. Por un lado, encontramos al vicioso, que es una persona a la que no le importa la distinción entre lo bueno y lo malo, y se guía simplemente por su placer inmediato (por ejemplo, se copia en un examen y solo siente placer por haber obtenido una buena nota). Por otro lado, encontramos al incontinente, es decir, alguien que sabe que lo que hace está mal pero no puede resistir la tentación de hacerlo (sabe que copiarse está mal, pero se deja seducir por el placer de obtener una buena nota, aunque experimente también remordimiento por no haber hecho lo que sabe que tenía que hacer). Bajo nuestra definición, el incontinente definitivamente no sería incapaz moral, y el vicioso no necesariamente, pues su rechazo a ocuparse del tema podría no deberse a una incapacidad. Y en principio, ninguno lo sería permanentemente.

Según la ética del deber, de Immanuel Kant, no es el contenido de la acción en sí lo que determina su moralidad, sino el estado mental del sujeto que actúa. Esto no significa que Kant haya sido un relativista moral. Al contrario, Kant pensaba que, en cierto sentido, nuestras percepciones morales son similares a nuestras percepciones matemáticas, pues, a pesar de ser privadas, son objetivas y universales, y no arbitrarias. Debido a que solo tenemos acceso a nuestras propias motivaciones internas, y no a las de las demás personas, en sentido estricto no podemos juzgar a los otros como morales o no, solo a nosotros mismos. En cuanto a nuestra discusión, es imposible bajo esta perspectiva juzgar si alguien es inmoral, mucho menos si es incapaz moral permanente.

La tercera perspectiva es el consecuencialismo de Jeremy Bentham y John Stuart Mill. Bajo el consecuencialismo, el contenido moral de una acción se decide de acuerdo a las consecuencias que genera. En el caso de Bentham y Mill, se trata específicamente del balance neto que se genera entre los agentes con intereses morales (que incluyen a cualquier ser capaz de experimentar placer y dolor: un pez, una gallina, una persona, tal vez en el futuro un robot). Crucialmente, para Mill no todos los placeres y dolores son equiparables: si doscientas personas deciden esclavizar a una porque la suma de sus placeres supera al dolor de la persona esclavizada, eso igual sería inmoral porque se estaría maximizando el tipo incorrecto de placer. En palabras de Mill: es mejor ser un ser humano insatisfecho que un chancho satisfecho, aunque el chancho sea incapaz de notar la diferencia. Bajo esta postura, solo aquellos seres incapaces de calcular las consecuencias de sus actos serían incapaces morales. Dependiendo de cómo se defina ‘calcular’, todos podríamos caer bajo esa categoría, lo cual la hace irrelevante para fines jurídicos o políticos.

La frase incapacidad moral permanente ha sido usada como excusa para justificar deseos políticos de corto plazo. Mientras se insista en interpretarla filosóficamente van a seguir habiendo debates interminables, pues la noción tiene diferentes contenidos dependiendo de la perspectiva filosófica que se adopte. Pretender llevar ese debate a la esfera pública sería contraproducente: lo más probable es que los implicados no busquen debatir sino adoptar la postura filosófica que justifique las decisiones políticas que han tomado de antemano, tal como ha venido sucediendo.

La dinámica de la discusión vacadora está llena de argumentos del tipo: “esto sí es muy grave y revela incapacidad moral permanente.”, ignorando de plano los matices que interponen las nociones de “incapacidad” y “permanente”: para Nuevo Perú la corrupción de PPK en el pasado no justificaba la vacancia, pero los Mamani-audios sí. Para APP y el fujimorismo haber mentido en el caso Richard Swing no ameritaba la vacancia de Vizcarra, pero los presuntos actos de corrupción cuando fue gobernador en Moquegua sí, y así sucesivamente.

La verdad es que no les interesa lo que dice la constitución. Si la constitución dijera que la vacancia solo se justifica por incapacidad moral pluscuamperfecta, los vacadores se apresurarían corriendo a decir que “esto sí es muy grave y revela incapacidad moral pluscuamperfecta”. Y si la constitución dijera que la vacancia solo se justifica por incapacidad moral waka-waka, los vacadores inmediatamente comenzarían a bailar el waka-waka.

 

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas.

 

 

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Filosofía, Pedro Castillo, Política

Una enorme cantidad de personas cree en el relato de los pastorcitos de Fátima. Según este, a comienzos del siglo XX la virgen María se les apareció repetidas veces a tres pastorcitos portugueses, revelándoles tres secretos acerca del futuro de la humanidad. Es obviamente falso que esas apariciones hayan ocurrido. La razón por la que tantas personas creen esa barbaridad tiene que ver con su educación católica. 

Muchos colegios católicos les enseñan a sus alumnos patrañas como esa. No solo eso, sino que les enseñan que deben aceptar esas tonterías sin objeciones, porque ‘son cosas que deben aceptarse por fe’. De esta manera, los colegios ahogan el sentido crítico de sus alumnos y los educan en la credulidad. La credulidad, como estamos comprobando tristemente en esta época de desinformación y movimientos anti vacuna, es tal vez uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. 

Es más, al poner énfasis en la fe, se manipula a los niños diciéndoles que los que creen esas cosas son buenos, y los que no las creen son malos (porque no tienen fe). De esta manera, se incentiva a que los niños se autosugestionen para no escuchar la voz de su razón. No se me ocurre nada más antipedagógico que eso. 

Conozco muy pocos sacerdotes que se atreverían a afirmar categóricamente que el relato de los pastorcitos de Fátima es falso. No sé si alguno de los que sí lo haría se atrevería a hacerlo públicamente, sin ambigüedades ni ejercicios de gimnasia mental del tipo “los niños de Fátima construyen su propia realidad, y en ese sentido el relato es real”, o cosas por el estilo. 

La enseñanza de la religión suele estar acompañada de pensamientos mágicos como los del relato de Fátima. Es cierto que más adelante, al madurar, uno puede aprender que la religión no se limita a ello, y que hay mayores sutilezas y complejidades. Pero la gran mayoría de la población es completamente ajena a estas estas sutilezas y complejidades, y ciertamente estas están por encima del nivel de comprensión de los niños.

Se dice frecuentemente que la enseñanza de la religión es una manera de introducir a los alumnos al pensamiento ético, pero este no es un buen argumento, básicamente por dos razones. En primer lugar, los valores positivos que enseña la fe católica, tales como el amor al prójimo, el respeto a los demás, la dignidad de la persona humana, etc. pueden aprenderse perfectamente fuera de un contexto católico (independientemente de si algunos de estos valores se originaron, históricamente, en contextos católicos). Por otro lado, la gran mayoría de la población no entiende la religión en términos de valores, sino de consecuencias personales: si hago x, me voy a salvar. La retórica de la salvación, ya sea en vida o después de la muerte, se suele entender en términos de recompensa individual. Y si bien es cierto que la idea católica de la salvación es más compleja que eso, dicha complejidad pasa por encima de la cabeza de la gran mayoría de personas, especialmente de los niños.  

Por esas razones sostengo que es contraproducente enseñar religión a los niños en el colegio. Comencé esta columna diciendo que es obviamente falso que las apariciones de la virgen María hayan ocurrido. Que a varias personas esta afirmación les parezca problemática o polémica es prueba suficiente del terrible daño que le hace la educación religiosa a los escolares.  


* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. 

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Colegios, Educación, pensamiento crítico, Religión
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