Carlos Parodi

Estamos atravesando un período de turbulencia política que no le hace bien a la economía. La incertidumbre genera postergaciones de compras e inversiones que desaceleran la reactivación y el aumento del empleo. Mientras tanto en regiones como Arequipa, se encuentran en una ola devastadora de contagios, por la que todos deberíamos estar preocupados.

Hoy más que nunca está claro que la política influye en la economía; no voy a caer en el deporte nacional de buscar culpables como si eso arreglara algo. Aquí no se trata de culpar a unos o a otros; el problema es que no confiamos en nadie ni en nada y en ese contexto es imposible que progresemos como sociedad.

Veamos a los países exitosos, entendiendo por exitosos aquellos que brindan altos niveles de bienestar a todos sus habitantes. Son países con alto nivel de confianza interpersonal. Entonces todo fluye. El gran reto que tenemos como sociedad es volver a confiar, si es que alguna vez lo hicimos.

Lo que pasa es que la economía no funciona en un vacío, sino en una realidad concreta. Y esa realidad se caracteriza por una desconfianza casi total. Entonces nos dedicamos a insultar y agredir a todos aquellos que piensan diferente. No somos una sociedad deliberante, en la que el debate alturado y basado en evidencia empírica nos lleve a lo más cercano a la verdad. La mitad quiere convencer a la otra mitad y si no lo logra, entonces la insulta.  No nos damos cuenta que así nos alejamos más unos de otros.

La cooperación puede hacer en economía que 2 más 2 sea 5. El conflicto hace que la misma suma sea 3. Vean como funcionan las sociedades con alta calidad de vida. Funcionan tanto el mercado como el estado, tanto el sector privado como el público. ¿Cómo así? Pues el mercado produce riqueza y beneficia directamente a través de buenos empleos a aquellos que tuvieron la suerte de estudiar, entre otras ventajas que les brindó la lotería de la vida. El estado cobra impuestos y con el dinero invierte en aquellos que no se pueden integrar tan fácilmente al mercado, a través de una educación de calidad, salud de primer nivel, seguridad ciudadana, acceso a agua potable y desagüe, etc. Son sociedades libres de corrupción. No se busca lograr cosas con trampa, sino se espera el turno. Son estados que usan bien el dinero que tienen en beneficio de todos.

Nuestra pregunta creo que tendría que ser, ¿cómo hacemos para que el entorno dentro del cual funciona la economía sea conducente a elevar el bienestar? Cada cinco años creemos que lo logramos en una en elección, para luego desilusionarnos. Los mismos que apoyaron a la persona que ganó se le voltean. Es historia vieja. Para desarrollar debemos crecer y reformar, pero por encima de todo, volver a confiar.

Lo que rodea a la economía es tan importante como la economía misma. Necesitamos mejores instituciones y aumentar el capital social, que simplemente se refiere a la confianza, tanto interpersonal como a aquella que tenemos en nuestras instituciones. Es urgente volver a creer para volver a crecer.

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Una de las grandes lecciones que deja el COVID-19 es la necesidad de hacer reformas en sectores tan sensibles como educación, salud, pensiones e informalidad, entre otros. Hacerlas es difícil. Una reforma es un cambio y no es fácil llevarlo a la práctica ni tampoco se puede hacer rápido.

Hoy damos por hecho algunos rasgos de la economía que en su tiempo necesitaron reformas: la estabilidad monetaria, la responsabilidad fiscal y los bajos niveles de deuda pública como porcentaje del PBI son ejemplos. Ellos configuran la solidez macroeconómica que sin duda debemos mantener, pero que no se han manifestado como quisiéramos en el aumento de la calidad de vida de los ciudadanos. La razón es que no se han reformado los sectores que justamente conectan los resultados económicos con el bienestar. La “buena economía” no fue, no es, ni será suficiente. Hay que construir sobre ella.

El primer elemento para lograr poner en marcha una reforma es el consenso de la mayoría de los actores involucrados. No puede hacerse por un conjunto de iluminados.  De hecho, como todo cambio, las reformas enfrentarán el rechazo de algunos grupos de interés que no estarán dispuestos a perder los privilegios que reciben con el estatus quo; pero, más de lo mismo no es solución.

El segundo elemento es la forma de hacerlas; comenzar por proyectos pilotos en áreas específicas y no en temas tan grandes como pretender reformar todo el sector salud. La población tiene que ver primero resultados para luego apoyar la extensión del piloto a todo el país.  Este elemento se eslabona con el tercero. La única manera que una reforma tenga apoyo poblacional es que la ciudadanía vea resultados. Solo así creerá.

El cuarto elemento es una adecuada comunicación por parte de los responsables de implementar las reformas. La ciudadanía tiene que saber qué se va a hacer, cómo se va a hacer, en cuánto tiempo se esperan resultados, etc. Las reformas significan cambios y si vamos a cambiar, sopesaremos los beneficios y costos del cambio.

Siempre habrá oposición a las reformas, pero muchas veces no se sabe a qué ni por qué. Sin embargo, es un tema que tendrá que trabajar el gobierno que asuma el 28 de julio, con una agenda clara, en especial en el campo social. Si existen metas económicas, ¿Por qué no existen en el campo social? La gente se opone a las reformas cuando no “siente” las mejoras.

En quinto lugar, la credibilidad es clave; por eso la mayoría de reformas se hacen al comienzo de los gobiernos y no hacia el final. El “cuándo hacerlas” importa tanto como el “cómo hacerlas”. Las reformas no se pueden hacer en un contexto donde la credibilidad de las autoridades está en caída. Por eso, aprovechar los buenos tiempos para hacer reformas es clave.

Los impactos de una reforma no son de corto plazo. Los gobiernos y los congresos deben ser conscientes de ello. Algún gobierno posterior obtendrá los beneficios. ¿Estarán dispuestos a ello?

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La expresión “economía social de mercado” se encuentra en las constituciones de 1979 y 1993. ¿Qué significa? El nombre fue acuñado en la Alemania de los años cincuenta, como un sistema que combinaba estado con mercado. ¿Cómo así? Tiene dos componentes: por un lado, el mercado, que a través del sector privado, genera riqueza y paga impuestos. Aquí entra el segundo elemento, el estado. Con los impuestos recibidos, los invierte con el objetivo de igualar oportunidades, es decir, los usa de manera eficiente en salud, educación, caminos rurales, etc. El objetivo es que el estado cubra a aquellos que no se benefician directamente del mercado, sino indirectamente a través del uso responsable de los impuestos recaudados por el estado. Además, el estado debe evitar el abuso de la posición de dominio de grupos empresariales en el mercado. Por eso el estado es regulador.

Dicho esto, ¿se cumple en el Perú? Comencemos diciendo que las reglas de juego deben ser iguales para todos. No debería ocurrir que alguien, por contactos con funcionarios públicos, se beneficie de una licitación de una obra pública o logre una ley que lo favorezca de manera explícita. Solo así el mercado podrá funcionar. En paralelo se requiere que el estado haga su trabajo indicado en la constitución. Hace unos días nos enteramos de lo que era un secreto a voces: que en Perú fallecieron más de 180,000 personas por la pandemia. Lamentable y de terror. Más del 95% de los hospitales son públicos. Faltaban camas UCI, oxígeno, entre muchas otras limitaciones que incidieron en el fallecimiento de muchos ciudadanos. Es a eso a lo que se refiere el rol del estado en una economía social de mercado. Igual en el caso de la educación, ¿se logró repartir las Tablet para poder recibir la educación virtual? Ha pasado más de un año que comenzó la pandemia.

¿Cuál es la lección? Que el estado y el mercado no son sustitutos sino complementarios. Desde mi punto de vista, el gran avance en economía en el siglo XX, consistió en mostrar que la mezcla de estado con mercado es conducente a elevar el bienestar; los países que se fueron a los extremos terminaron en crisis de proporciones. La pregunta no es mercado o estado sino cuánto de ambos.

Cualquier estrategia para funcionar debe tener como objetivo el bienestar de todos los habitantes. Para ello, se necesita de un estado que gestione bien los recursos que recibe del estado. Demás está decir que la meta debe ser cero tolerancia a la corrupción. La parte institucional es determinante. Y esta es otra verdad que proviene la evidencia empírica. Sin instituciones inclusivas, no es posible aplicar ninguna estrategia.

En consecuencia, queda claro que más allá del papel, estamos lejos de una economía social de mercado. De ahí en más, algunos piensan que la idea es un error y que tendría que usarse otra estrategia. Cada uno puede pensar lo que crea conveniente, pero sugiero siempre basarse en evidencia empírica.

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La pandemia va a pasar y, con ello, la economía entrará a un proceso de reactivación, que de algún modo ya comenzó. Reactivar es volver a crecer. Y crecer significa producir más. En 2020 la economía cayó 11.1% y con ello el empleo. En diciembre de 2020 crecimos 0.5% pero, debido a la segunda ola y el confinamiento consiguiente, volvimos a caer en enero y febrero de 2021.  Lo positivo es que en marzo crecimos 18.7%.

Volver a crecer es bueno, pero insuficiente para que se refleje en el bienestar de todos los ciudadanos. Crecer no asegura una mejor salud, educación, sistema de pensiones, seguridad ciudadana, simplificación del Estado, formalización, etc. Para ello hay que hacer reformas. Son cambios en la manera en la que funciona un sector. Y antes de transformarlo hay que entenderlo. No es simple comprender los complejos sistemas de salud y educación, ni tampoco la excesiva burocratización del Estado.

La crisis nos brinda la oportunidad de hacer reformas, pues ha desnudado todas las dificultades que tienen la mayoría de peruanos en una serie de aspectos. Para ello opino que la disciplina macroeconómica se debe mantener, pues es el equivalente a los cimientos de una casa. Puedes tener buenos cimientos, pero lo que genera bienestar es la construcción de la casa. Esto último se logra con reformas. Reformar es construir, pero hay que hacerlo sobre la base de cimientos sólidos.

Por eso los fundamentos macroeconómicos deben mantenerse: estabilidad monetaria y manejo responsable de las finanzas públicas. Eso no es negociable porque sería equivalente a construir una casa con cimientos débiles. A partir de esa solidez, deben implementarse las reformas que permitan que la mencionada estabilidad macroeconómica se refleje en el bienestar de todos los ciudadanos. La evidencia empírica mundial apunta en ese sentido. El crecimiento es un medio y no un fin en sí mismo. No importa si la postura política es de izquierda o de derecha.

Además, la economía no funciona en un vacío, sino en una realidad concreta, con características institucionales, sociales, culturales, políticas, entre otras. Si no conocemos aunque sea algo ese entorno, tampoco podremos comprender lo que pasa con una economía. Por eso muchas recomendaciones son fáciles de hacer; lo difícil es pensar cómo las insertamos en una determinada realidad. Basarnos en datos y evidencia empírica para mejorar las políticas públicas y hacer reformas es clave.

¿Cómo comprender la evolución actual de la economía sin tomar en cuenta la pandemia o la turbulencia política por la que estamos pasando? ¿No será que lo que hay que mejorar no está en los indicadores macroeconómicos, desde un punto de vista estricto, sino en el entorno? Y en eso, digamos en el aspecto político, ¿no somos todos responsables? ¿Respetamos las reglas más elementales del comportamiento humano? ¿No deberíamos ser un poco más tolerantes y averiguar bien antes de hacer cualquier comentario? ¿No será que hemos perdido la humildad y creemos tener las soluciones a todo?

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Los economistas solemos discrepar cuando se trata de sugerir qué se debe hacer, pero no lo podemos hacer en los hechos ni en la evidencia empírica. Todas las economías requieren de cimientos sólidos. Los necesitan porque si se construye la casa encima de ellos, entonces esta última será segura y nos dará el bienestar o calidad de vida que buscamos; pero, puede ser que se hagan los cimientos y nada más, en cuyo caso la población mostrará, con razón, su descontento. No hay casa, no hay bienestar. Tanto los cimientos como la construcción de la casa son imprescindibles. Si falta uno de ellos, el plano original no tiene  ninguna utilidad. El modelo incluye cimientos y casa.

Los cimientos son la solidez macroeconómica, mientras que la casa se construye con reformas que conecten la solidez de los primeros con el bienestar de todos. La necesidad de hacer reformas es incuestionable, aunque podemos debatir en cómo hacerlas. Todos estamos de acuerdo con la urgencia de mejorar salud, educación, pensiones, poder judicial, etc.

El primero de los cimientos es la estabilidad monetaria. Significa que la inflación anual se encuentre dentro del rango meta del banco central (BCR) que es de 2% +/- 1% al año. Entre 2001 y 2019 el promedio anual de inflación fue de 2.6%. Aquí la clave está en un   BCR independiente, técnico  y despolitizado. Eso nos lo muestra la historia. Cuando en los años ochenta, el BCR financiaba, a través de la emisión monetaria el exceso de gastos sobre ingresos del sector público, terminamos en la peor hiperinflación y caos macroeconómico de nuestra historia.

El segundo de ellos es un manejo fiscal responsable. Los gobiernos tienen gastos e ingresos; los segundos, cuya principal fuente son los impuestos, financian al gasto público.  Nadie puede gastar por encima de sus ingresos de manera indefinida. El BCR no puede financiar ese exceso de gasto del MEF. Por lo tanto, si el MEF necesita gastar más sólo hay dos caminos: o usa ahorros anteriores o se endeuda.

Endeudarse no es malo, siempre y cuando no sea en exceso. La mayoría de nosotros nos endeudamos para comprar algo que requerimos para elevar nuestro bienestar. Si somos responsables no lo haremos en exceso y pagaremos nuestras deudas. Igual funciona un gobierno. La deuda, dentro de ciertos límites, no es  negativa en sí misma. Además, depende del uso que se le otorgue a los recursos. En qué vamos a usar la deuda es clave para saber si vale o no la pena endeudarnos.  Entre 2001 y 2019, el exceso de gastos sobre ingresos del sector público ha sido muy pequeño: apenas 1.4% del PBI, como promedio anual. Y como consecuencia la deuda fue baja: 26.9% del PBI en 2019.

Esos tres aspectos, estabilidad monetaria, manejo responsable de las finanzas públicas y deuda baja, como proporción del PBI, son los principales cimientos de la economía. De ahí en más, si la población decide hacer una reforma de un modo y no de otro, pues adelante, siempre y cuando se base en evidencia y no en opiniones. No estamos discutiendo como debe alinear la selección peruana de futbol en la siguiente fecha, sino del bienestar de las personas y siempre los ciudadanos son primero.

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A pocos días de la segunda vuelta, el economista y columnista de Sudaca, Carlos Parodi, explica el escenario que afrontarán Pedro Castillo o Keiko Fujimori, de ganar la contienda electoral, y el impacto de las medidas que tomen en los próximos meses para una economía todavía fuertemente afectada por la pandemia.

Una vez que se conozcan los resultados de las elecciones, ¿terminará la incertidumbre que se refleja en el dólar o podrían alcanzarse nuevos picos?

La volatilidad está originada en este momento por la incertidumbre electoral, pero no solamente en términos de quién pueda ganar, sino en términos de qué hará con el Banco Central de Reserva (BCR) quien gane. El 6 de junio vamos a tener el resultado, pero hasta el 28 de julio se necesitarán definiciones. Mientras no esté definido si el BCR se mantendrá independiente, la volatilidad cambiaria va a continuar, independiente de quien gane.

Depende de la expectativa que genere el candidato…

Las expectativas están determinando que el tipo de cambio tenga un sentido u otro. Conforme Keiko ha subido en la intención de voto, el tipo de cambio se ha ido estabilizando lo que nos da una idea de que, en caso ganara Keiko, iría al nivel que el BCR proyectó, de S/ 3.55 a S/ 3.60. La razón de la volatilidad es la incertidumbre, ¿hasta cuándo la tendremos? De todas maneras, hasta el 6 de junio, y después, hasta que quien gane defina su posición respecto al BCR.

Antes de la segunda vuelta se proyectó un crecimiento de 10% o 9% para el PBI este año, ¿qué influencia tendrán las elecciones y el proceso de vacunación?

Sí, son dos determinantes. Primero, qué tanto se acelerará la vacunación y todo indica que sí se acelerará, lo que aleja un poco una eventual tercera ola, si es que el nuevo gobierno logra acelerar la puesta de las vacunas. Lo segundo es la incertidumbre electoral. En cualquier escenario, me parece que el PBI este año tendría que crecer 7% a 8% porque en estos meses, el temor a Castillo hizo que la inversión se ponga en espera. Por eso es importante que se diga claramente lo del BCR y quién sería el ministro o la ministra de Economía, en caso gane uno u el otro.

La segunda vuelta, ¿ya tuvo un impacto negativo en la economía?

Sí, desde que salieron los resultados de la primera vuelta, algunas inversiones han entrado en espera. Como el dinero que tenía Southern asignado a Tía María. Entonces, se tiene un compás de espera de las inversiones y cierto nivel de salida de dólares tras el impacto inicial de la primera vuelta. Por eso no creo que se logre el 10.7% que planteó el BCR, sino entre 7% a 8%.

En caso salga elegido Pedro Castillo, ¿cuál de sus propuestas sería la más perjudicial?, ¿cuáles podría resistir el país?

Imaginemos que se hace lo que dice el plan actualizado de Perú Libre, sería un cambio brutal en las reglas de juego. Eso generaría una salida de inversión privada rápida y eso iría en contra del crecimiento económico y de la reducción de pobreza. Para un inversionista, lo más importante es que las reglas de juego no cambien.

La nacionalización de recursos y renegociación de contratos, ¿tendría también ese efecto?

Lo que pasa es que el candidato en su plan toma como referentes a Bolivia y Ecuador, pero la diferencia es que cuando Evo Morales y Rafael Correa estaban en gestión, los precios del petróleo en Ecuador y del gas y el estaño en Bolivia, eran cuatro o cinco veces más de lo que están ahora. Había capacidad de negociación, ahora no hay un “superciclo” y no hay margen de maniobra. Entonces, la empresa se retirar, como ocurre en Argentina ahora.

En caso gane Keiko Fujimori, plantea bonos y un gasto que generará más endeudamiento cuando ya tenemos un déficit fiscal difícil de cerrar, ¿cuál es el peligro de eso?

El estimado del déficit fiscal para este año es 5.6% del PBI, el año pasado fue 8.9% del PBI. Cualquiera de los dos que gane va a tener que gastar más, eso está fuera de discusión porque, sumando, los dos han pasado con 32% de los votos. Ambos necesitan cumplir con parte de sus promesas y van a necesitar gastar más, pero no podrán a menos que se endeuden un poco. Mientras sea poco, es manejable. El plan de Castillo, fiscalmente, cuesta mucho más que el plan de Keiko. Lo que creo es que no se trata solo de gastar más, sino de gastar mejor.

En estos meses, quien gane usará esta Constitución y el presupuesto actual, ¿qué margen de maniobra tiene?

No es tan grande, primero por el déficit fiscal, pero lo segundo es saber qué harán con el BCR, que son los cimientos de la economía. El margen dependerá de lo que se haga con los cimientos, si los van a sostener o romper. Lo que creo es que los cimientos tienen que mantenerse y, a partir de ellos, hacer reformas, pero al mismo tiempo se necesitan ayudas directas porque el ciudadano de a pie no va a esperar. Este Gobierno, sea el que fuere, no tendrá una luna de miel. La gente presionará desde el día siguiente.

 

Foto: Universidad del Pacífico.

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En las últimas semanas se discute mucho el modelo, pero, ¿todos tenemos claro qué es un modelo? Imagine usted que observa una maqueta de un edificio que se va a construir. Observamos cómo se verá el edificio y sus aspectos generales, pero no vemos las cañerías, los cables de energía eléctrica, etc.

Supongamos ahora que quiere realizar un viaje de Cusco a Apurímac. Tiene un plano para no perderse. Lo que no ve en el modelo son los detalles, como los restaurantes que hay en el camino, ni aquellas partes en los que la pista está en mal estado. Por lo tanto, un modelo es una simplificación de la realidad. ¿Qué pasaría si se construye el edificio, pero se hace mal el cableado?; ¿significa eso que tiene que derrumbar el edificio para hacer una nueva maqueta y construirlo otra vez? No, solo tendrá que arreglar el cableado. Tampoco va a descartar el plano de su viaje porque no aparecen los huecos en la carretera.

Igual pasa con la economía. Nadie duda de que todos los modelos se pueden mejorar. La disyuntiva hoy es la siguiente: ¿derrumbamos toda la economía para construirla otra vez o corregimos lo que está mal? El primer camino es la solución radical que, por ejemplo, se aplicó en Venezuela desde 1998; el segundo es reformar lo que está mal.

Todos los modelos económicos tienen cimientos e implicancias. Los cimientos son dos: la estabilidad monetaria con un Banco Central independiente y que mantenga a raya la inflación y el manejo responsable de las finanzas públicas. Esto último es clave. Manejar los ingresos y gastos del gobierno es igual a cómo usted maneja sus ingresos y gastos. Trata de hacer todo lo posible para que los gastos se ajusten a los ingresos. Los que no lo hacen y gastan mucho por encima de los ingresos y mantienen este comportamiento de manera indefinida entran en problemas. Ser responsable es evitarlos.

Los cimientos son una parte, pues sobre ellos aplicamos el modelo. Si el edificio que queremos construir no tiene buenos cimientos, no tiene sentido hacerlo. Por lo tanto, los cimientos tienen que quedarse al margen de lo que haga después. En las últimas décadas, el gran problema ha sido que se ha intentado aplicar en un contexto de altos niveles de corrupción y baja calidad de gasto del Estado. Sin ninguna duda que eso hay que corregirlo. Esto pasa porque los modelos económicos tienen dos componentes: mercado y Estado.

¿Cuánto dinero se ha desviado en las últimas décadas por corrupción? Tomen el ejemplo de Odebrecht. ¿Cuántas películas hemos visto en las que por ahorrar se usan cables no adecuados y se producen incendios que hacen mucho daño? Perú tiene buenos cimientos. El problema es que no se han reflejado en el bienestar de todos. Y eso hay que corregirlo a través de reformas. Considero que destruir la maqueta o decir que no sirve porque el constructor fue un corrupto o porque no pensó en que sin un buen sistema de cañerías no llegaría agua a todos es un error.

Sin un Estado que cumpla con su función de igualar oportunidades para todos y que coloque a todos en el mismo punto de partida y sin un mercado que privilegie solo a aquellos que tienen contactos con funcionarios, nada funcionará. Si no lo creen, miren en qué se parecen los países con mayor calidad de vida.

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El BCRP es un ente independiente del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) y es el encargado de las políticas monetarias (control de la inflación) y cambiaria (manejo del tipo de cambio o precio del dólar). Su objetivo es preservar la estabilidad monetaria, definida como el logro de una meta anual de inflación de entre 1% y 3%.

No tiene una meta con respecto del tipo de cambio, aunque sí interviene en el mercado, comprando o vendiendo dólares para evitar fluctuaciones bruscas. Por eso, vemos que cuando el precio del dólar sube o baja, lo hace de manera suave. El BCRP no fija el tipo de cambio, sino que reduce lo que los economistas llaman “volatilidad”, pues el precio del dólar depende del mercado.

Muchas veces asumimos hechos como obvios. Uno es la estabilidad monetaria, resultado al que a veces no damos el mérito real. El concepto se refiere al control de la inflación por parte del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP). En los años 80, los aumentos casi diarios de los precios eran algo normal. En 1990, el incremento llegó a 7,650% solo ese año. Entre 2001 y 2020, el promedio anual fue de 2.4%. En 2020 fue solo de 1.9%.

Lograrlo fue difícil. Una de las reformas clave fue independizar al BCRP de las presiones que recibía del Poder Ejecutivo. Eso se mantiene. Además, desde 2002 se estableció un objetivo único: la estabilidad monetaria, entendida como una meta anual de inflación de 2.5% +/- 1%, es decir entre 1.5% y 3.5% al año. En 2007 se ajustó la meta a 2% anual +/- 1%. El sistema se denomina “metas explícitas de inflación” o inflation targeting. Si revisamos en cualquier país la relación entre estabilidad monetaria y crecimiento económico, esta es clara: a mayor estabilidad monetaria, mayor crecimiento.

¿Todos los bancos centrales del mundo tienen los mismos sistemas y metas? No. Por ejemplo, el de EE.UU., llamado sistema de Reserva Federal (FED), no tiene una meta explícita de inflación ni un objetivo único, pues se le dan hasta tres metas: estabilidad monetaria (sin meta numérica), crecimiento económico y pleno empleo.

El BCRP es autónomo. Está prohibido de prestarle dinero al Poder Ejecutivo, entregar dinero a entidades de fomento o establecer distintos tipos de cambio. Las tres eran características de la década de los 80,  que terminaron en hiperinflación y en una de las peores crisis económicas de nuestra historia. La autonomía le otorga al BCRP libertad para establecer su política monetaria sin presiones del Ejecutivo. Y eso ha sido respetado por todos los presidentes de los últimos 30 años.

Estamos cerca de la segunda vuelta. Nuestras decisiones debemos basarlas en evidencia empírica y no solo en buenas intenciones. El compromiso con la estabilidad monetaria y la independencia del banco central debe ser asumido por ambos candidatos. Es una lección de nuestra propia historia económica.

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Toda estrategia económica se aplica dentro de un marco institucional determinado. No se hace en un vacío. Esto nos lleva a definir qué son las instituciones, porque sin ellas funcionando de manera adecuada, ningún modelo económico tendrá éxito.

Las instituciones tienen dos acepciones en economía: en primer lugar, son organizaciones, como el Congreso, las universidades, la Policía Nacional, un club de futbol, etc. En segundo lugar, son las reglas de juego, algunas formales como la Constitución Política y otras informales que responden más a costumbres y hábitos de la población. Tanto las primeras como las segundas determinan cómo funcionan las economías, pues todas las sociedades funcionan con reglas, algunas no escritas.

La corrupción puede considerarse una institución, pues se trata de una mala costumbre en nuestro país, un mal hábito, que está extendido en amplios segmentos poblacionales. Las reglas tributarias también son una institución. En el primer caso se trata de una institución informal, mientras en el segundo, formal. El punto es que dentro del marco institucional que cada sociedad tiene, funciona una economía. Por eso es que cualquier reforma que se quiera hacer en el campo económico debe ser antecedida por una mejora institucional.

¿Cómo podría fluir la inversión privada, tan importante para reactivar la economía, si no evitamos que en el camino funcionarios corruptos encarezcan el proceso buscando intereses personales a cambio de una coima? ¿O es que no se puede hacer nada y que debemos caer en la corrupción para poder funcionar? ¿Cómo aumentamos la inversión pública si los Gobiernos Locales, Regionales y Central no tienen capacidad de gestión? ¿Cómo sostenemos un país en el que la formalidad solo funciona para 30% de los trabajadores y la mitad de las empresas? ¿Cómo podemos avanzar en un país en el que nadie cree en nadie y reina la intolerancia y desconfianza?

Note, estimado lector, que se trata de factores que en apariencia no están relacionados con la economía. Sin embargo, lo están y mucho. Imagine usted, cuánto tiene que invertir una empresa en seguridad, cuántos días pierde en trámites con el gobierno, las dificultades que enfrenta cuando pretende que el poder judicial le resuelva un problema. Los funcionarios públicos parecen no seguir las reglas establecidas, sino que la mayoría favorece a unos sobre otros.

Por eso no sorprende que los países más competitivos del mundo sean aquellos con mejores instituciones y como consecuencia de ellos, resultados económicos positivos y mayor calidad de vida. La clave está en encontrar cómo cambiar las instituciones y aunque todos creen tener la receta perfecta para mejorar el marco institucional, hay una verdad universal: no sabemos cómo hacerlo.

Mientras no tengamos mejores instituciones, mientras no cambiemos las personas, resulta muy difícil que seamos un país competitivo, capaz de brindar a sus ciudadanos servicios básicos de calidad. Por eso es que las cosas no funcionan en nuestro país. El debate institucional está más allá de la izquierda y la derecha y es anterior a ellas. Miremos el mundo y veamos por qué algunos países funcionan mejor que otros. Por ahí debería estar la agenda del nuevo gobierno.

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Carlos Parodi, Economista, Instituciones, Sudaca
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