Oportunidades

El 5 de septiembre se celebró el Día Internacional de la Mujer Indígena. Es una fecha que reconoce la lucha de las mujeres de pueblos originarios por la igualdad y su constante contribución a nuestro país. Sin embargo, lo que obtuvo más relevancia fueron comunicados de mujeres feministas, académicas, funcionarias públicas y de ONGs exigiendo una agenda de género y cambios en el gabinete. A la vez en los últimos días el terruqueo ha llegado a su clímax con la muerte de Abimael Guzmán. La derecha se ha posicionado como la única víctima del conflicto armado exigiendo más sangre y criminalización, sorprendentemente apoyados por algunos grupos considerados progresistas. En estas discusiones no se ha escuchado la voz de las mujeres andinas o amazónicas tanto en las demandas feministas o en relación a A. Guzmán, a pesar que fueron las mujeres indígenas y sus comunidades los más violentados por el terrorismo de Estado y Sendero Luminoso. Una de esas voces silenciadas es Maria Sumire, mujer quechua, ex-congresista y autora de la Ley N. 29735 que regula el uso, preservación, fomento y difusión de las lenguas originarias del Perú.

Para las mujeres quechuas no existen oportunidades para contar sus experiencias sobre racismo y violencia económica. Sus experiencias son invisibilizadas por las experiencias de las mujeres privilegiadas. Parte de sus vidas transcurren en la organización colectiva, largas jornadas laborales en el campo e intentar vender sus productos a un precio justo. Sus voces no dominan la vida académica de universidades privadas ni se escuchan en intercambios de exposiciones en conferencias de alto nivel ni en los medios de comunicación. Para la derecha macartista, la voz de mujeres como Maria Sumire tampoco importa. Vivimos en un país que cuando la gente privilegiada se victimiza cuenta con los recursos para convertir su causa en parte de la agenda nacional y escoger al perpetrador según la pertinencia de su narrativa.

Maria es hija del legendario líder campesino Eduardo Sumire Qqelcca, el Tayta Awqatinku, quien fundó la Federación Departamental de Campesinos del Cusco (FDCC) y movilizó a miles de campesinos para recuperar sus tierras en los 60s y 70s. Eduardo Sumire permanece injustamente excluido de nuestra historia oficial pero su lucha sigue vigente en las comunidades campesinas. Maria lleva en la sangre y en la vida el ejemplo de su padre. Una organizadora por naturaleza. De muy joven fue trabajadora del hogar en casas en Cusco y expuesta, como la mayoría de trabajadoras de ese sector, a distintas formas de discriminacion y explotación. Con el valor que siempre la ha caracterizado agrupó a otras trabajadoras y fundó el primer Sindicato de Domésticas.

Las mujeres de nuestros pueblos originarios viven desde hace mucho tiempo las feroces consecuencias del terruqueo. A mediados de los 80s, Maria Sumire enfrentó un hecho que le cambió la vida. El alcalde del distrito de Pomacanchi, quien era un abusivo descendiente de terratenientes, había convocado a la comunidad de Huáscar para hacer una faena para el mantenimiento de una carretera. Fayna o faena es un trabajo comunal para el bien común. Como es costumbre los alcaldes dan refrigerio que consiste en hojas de coca, chicha y pan para sostener la dura jornada laboral. El alcalde se negó, y los faneantes decidieron paralizar la obra para tener una asamblea e informar que no recibirían el refrigerio. En plena asamblea aparecieron policías de la Guardia Civil encapuchados para detener a los dirigentes campesinos. “No sabíamos quienes eran, pero nos enteramos que el alcalde había denunciado diciendo que los campesinos estaban haciendo una asamblea para arrasar el pueblo de Pomacanchi y que eran terroristas”, recuerda Maria. Al contactar a grupos de derechos humanos le dijeron que no tenían tiempo para ayudarla. Cuando reclamó por sus derechos, la policía le dijo “para los indios no hay derechos humanos”. La impotencia ante la injusticia y ver como una mujer campesina yacia inconsciente llena de sangre por un aborto provocado por la policia, le hizo tomar la decisión de estudiar derecho.

Ingresó a la Universidad San Antonio de Abad en la ciudad del Cusco. Maria dice “me costó muchísimo terminar mi carrera. A veces no podía asistir a clases por mi trabajo de campo en el fondo rotativo de papa, comedores infantiles, alfabetización a mis hermanas de las comunidades que asesoraba como los Comités de Mujeres, Club de Madres en la provincia de Anta y en Quispicanchis. El viaje desde Sicuani a la universidad tomaba casi tres horas”.

Esa valentía de Maria Sumire y compromiso con su comunidad la llevó a ser congresista del 2006-2011 propuesta por las comunidades y no escogida a dedo. En 2006 Maria Sumire juramentó en su lengua materna. Por ejercer su derecho al idioma, Maria fue degradada públicamente por la entonces congresista fujimorista Martha Hildebrandt, lingüista y furibunda racista. “Aunque te saquen las tripas nunca llores delante del enemigo”, le había dicho su padre. La valentía y dignidad de Maria demostró la fuerza de la mujer andina en el mismo centro del poder político colonial. Se enfrentó a Hildebrandt y le encaró su racismo. Un par de congresistas mujeres le demostraron solidaridad pero la mayoría le criticó por “levantarle la voz” a la famosa lingüista. Una muestra de la hipocresía de mujeres privilegiadas que sistemáticamente han tratado de silenciar otras voces para mantener el orden social y económico, porque en el Perú las mujeres de pueblos originarios no tienen derecho al reclamo o la indignación.

Debido a que el feminismo es eminentemente urbano y centralizado en Lima, continúa siendo una vía limitada para la liberación de todas las mujeres. La cuota de género sigue siendo una demanda de mujeres de clase media. En un país donde la educación es un privilegio y los estereotipos racistas excluyen a mujeres profesionales en polleras y con trenzas, la cuota no resuelve desigualdades ni avanza los derechos de las mujeres de pueblos originarios. “Las mujeres campesinas a pesar de ser profesionales no somos consideradas por el racismo y la discriminacion. Nosotras no somos parte de los gobiernos” dice Maria. “Nuestra lucha es por la supervivencia, nuestra identidad cultural, acceso a derechos como la salud y educación, al territorio, seguridad alimentaria y mejorar nuestra economía local como la artesanía y el trabajo en el campo. Mujeres y hombres somos explotados en el campo. Nuestra lucha como mujeres debe empezar allí. Hay que trabajar para acabar con el machismo que también hay en nuestra comunidad pero sin silenciar la violencia racial y de clase.”

Después de hablar con Maria Sumire me queda más claro que el feminismo debe transformarse e incluirse en un movimiento anti-capitalista y antirracista de mujeres y hombres. Solo así empezaremos a desmantelar el patriarcado. Tupananchiskama o hasta que la vida nos vuelva a encontrar, Maria!

 

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Discriminación, mujer indígena, Oportunidades, Perú, Racismo

El Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) según los resultados de la Encuesta Nacional de Hogares (ENAHO) del año 2019, señala que el grupo etario de 18 a 29 de la Población Económicamente Activa (PEA) ocupada, es del 21.13% que son los que participan en el mercado laboral como trabajadores independientes. El 64.8 % son trabajadores asalariados (obreros, empleados y practicantes), el 10.97% son trabajadores asalariados no remunerados y el 1.45 % son empleadores o patronos, mientras 1.66 % son trabajadores del hogar. En los últimos casi 15 meses la PEA ocupada en sus diferentes categorías se ha visto afectadas cuarentenas establecidas para enfrentar la pandemia del COVID-19; y también por situaciones económicas propias de esta coyuntura. Esto pone como resultado que gran parte de los empleos de trabajadores independientes se redujo casi casi a cero.

En este contexto, observamos que se ha dado un impacto desigual en las categorías de ocupación de la (PEA) Ocupada (72,5% según el último Censo del INEI, 2017), perjudicando en mayor grado a los trabajadores independientes llamados informales, que debido a la paralización económica han reducido sus ingresos afectando su ya deteriorada calidad de vida.

Ante esta situación, el escenario se presentó y se presenta desolador para nuestro país, y se va incrementando el inicio de estrategias de subsistencia por parte de las familias y también de los jóvenes, generándose el autoempleo en todas sus manifestaciones, y sumando un alto porcentaje de trabajadores independientes informales (autónomo o trabajador por cuenta propia) y que son más vulnerables a las situaciones de pobreza, y sobre todo en este contexto de crisis que estamos viviendo producto de la pandemia mundial COVID-19.

Es necesario entonces entrar al análisis profundo y serio de esta realidad innegable y necesaria como modelo de subsistencia y buscar fortalecer o recuperar aquellas iniciativas que permitan y reactivar la situación laboral.

Pienso que no es suficiente (pero no es menos importante), capacitar o proponer políticas que apunten al trabajo dependiente como cuando capacitas para reinsertar laboralmente a la población y sobre todo aquella se encuentra el rango de las dos o tres décadas en edad, ya que la demanda siempre va estar por encima de la oferta laboral;

Es por eso, que considero muy necesario buscar las formas de construir espacios de fortalecimiento, recuperación y apuesta por un resurgimiento económico que no le dé la espalda al tema del autoempleo, que, como una necesidad, podría permitir la consolidación y sostenibilidad de las personas que buscan individualmente hacer frente a una crisis que es inminente.

El autoempleo muchas veces y casi todas, se va a dar por necesidad extrema, sin embargo, es labor de las instituciones, evaluar éstas situaciones extremas y convertirlas en oportunidades de crecimiento y desarrollo  en todos los ámbitos, ya sea rural o urbano. Muchas experiencias rurales con categorías de autoempleos pasan por la oportunidad de desarrollos autosostenidos muy importantes. Ni que decir de las experiencias urbanas, estrategias utilizadas para subsistir, creando oportunidades de desarrollo y crecimiento parejo, es por eso muy necesario el apoyo del Estado, creando los espacios para fortalecer de alguna forma el mercado interno.

Fortalecer las habilidades y capacidades del autoempleado, va a permitir, en un buen porcentaje, mirar la necesidad y convertirla en una oportunidad. La informalidad dejará de serlo si sumado a esto, se dan las condiciones de apoyo a la generación de futuros emprendimientos serios y sostenibles, dándole la categoría real a este sustantivo, tan utilizado en todos lados.

HANS BEHR LESCANO
ANTROPÓLOGO

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Autoempleo, Oportunidades
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