Acoso sexual

Querida Manuela,

Sabes, mis últimas cartas han sido dedicadas a contarte lo mal que vamos en relación a la violencia en contra de las mujeres y me quedé pensando: hace ocho meses que investigamos, junto con mi equipo, la violencia sexual en línea contra los niños, niñas y adolescentes. Los casos de niños y adolescentes varones son sumamente violentos y muy pocos. Desde el año pasado, cuando tuve la oportunidad de trabajar en el Programa Nacional Contra la Violencia Hacia la Mujer e Integrantes del Grupo Familiar (PN Aurora) del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, identificamos la poca data que existe sobre la violencia ejercida contra los niños y adolescentes varones. Estas categorías se pierden ante la gran cantidad de casos de niñas y mujeres adolescentes.

Hace unas semanas, el escritor peruano Mario Vargas Llosa, confesó en una entrevista en la Feria Virtual del Libro de Cajamarca que de niño fue víctima de acoso sexual. Él recuerda que a los 12 años un hermano del colegio La Salle de Arequipa quiso tocar sus genitales. Era pequeño, preadolescente; y mantuvo ese secreto por más de 60 años. Qué extraño que al compartirlo no hubo mayor reflexión al respecto.  

En la entrevista señala: “Les cuento esto porque curiosamente a partir de entonces, yo que había sido un niño muy creyente y que cumplía con comulgar cada primer viernes, me fui desinteresando de la religión. Recuerdo que estando en el colegio La Salle, antes de entrar al Leoncio Prado, haberme dicho: ‘No creo, no creo en nada de esto, no creo ni en las ceremonias religiosas, ni en las misas a las que vamos. Cuando rezo no creo nada en las palabras que digo’”.

Leí La ciudad y los perros cuando estaba en secundaria, una novela impresionante, donde mi profesora de español, la señora Raez, nos llevaba a entender la vida de jóvenes muchachos estudiantes del colegio militar. Sin querer, fue mi primera incursión en estudios de género. Al analizar a los personajes y sus relaciones entramos a lo que hoy, Luis Bonino, define como la masculinidad: “una arbitraria construcción social resultante de la organización patriarcal y de dominio masculino en las relaciones de género (…) compuesta por un conjunto de valores, definiciones, creencias y significados sobre el ser, deber ser y no ser varón, pero sobre todo, de su estatus en relación a las mujeres”. Ya que la novela te lleva a entender las dinámicas dentro de la escuela militar de varones, yo, que estudiaba en un colegio mixto, entendía algunas de las cosas que se narraban.

Actualmente, la violencia basada en género ha comenzado a poner en agenda la educación de los niños y adolescentes varones para que dejen de ser agresores. ¿Pero qué sucede cuando ellos son víctimas? No tenemos cifras claras a nivel nacional, ya que siempre se diluyen con aquellas de las niñas y mujeres adolescentes porque son muy bajos los casos reportados. Considero importante identificar políticas públicas que rompan con las masculinidades, estudiar a detalle los casos de violencia contra los niños y adolescentes varones, ya que en la realidad dudo que la casuística sea tan baja. Los niños y adolescentes varones no denuncian por miedo, ya sea por ser de la comunidad LGTBQ o porque han sido violentados y como buenos machos no deben llorar, ni quejarse, ni pedir ayuda y solos deben superar cualquier obstáculo. No tenemos servicios adecuados para niños y su diversidad para la atención como víctimas de la violencia sexual. Esto solo demuestra nuevamente que la visión patriarcal del Estado nos lleva a invisibilizar a los niños víctimas de violencia en todas sus formas. Deberíamos escandalizarnos y poner el tema en la agenda pública. La frase del “Coronel” en La ciudad y los perros, Manuela, puede hoy resumir la sociedad en la que vivimos: “Pero no olvide tampoco que lo primero que se aprende en el Ejército es a ser hombres. Los hombres fuman, se emborrachan, tiran contra, culean. Los cadetes saben que, si son descubiertos, se les expulsa. Ya han salido varios. Para hacerse hombre hay que correr riesgo, hay que ser audaz. Eso es el Ejército, Gamboa, no solo la disciplina”, Mario Vargas Llosa, libro La ciudad y los perros. Fuente: https://citas.in/obras/la-ciudad-y-los-perros-10168/

 

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Acoso sexual, Mario Vargas, violencia

A propósito de la denuncia pública realizada por la congresista Patricia Chirinos contra el presidente del Consejo de Ministros, Guido Bellido, la violencia verbal y los comentarios sexistas también se encuentran presenten en los ambientes de trabajo.

De acuerdo a la información desarrollada por la herramienta de inteligencia artificial ELSA (Espacios Laborales Sin Acoso), creada por Genderlab y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), 1 de cada 4 mujeres ha sufrido de alguna experiencia de acoso sexual en los últimos dos años en el ámbito laboral. En entrevista con Sudaca.pe, Marlene Molero Suárez, CEO y cofundadora de GenderLab, explica que -lamentablemente- existe una tendencia a tolerar el hostigamiento sexual o el acoso político.

-¿Cuándo podemos decir que estamos ante una agresión con una carga de género y no solo palabras “desafortunadas” o “bromas de mal gusto”?

Cuando se habla de comentarios desafortunados o de bromas de mal gusto, esas son referencias que, en realidad, hablan de una tolerancia al hostigamiento sexual o al acoso político, en el caso del Premier Bellido y el debate instalado sobre este tema. Tenemos una tendencia a tolerar aquello que no deja una huella visible y con el tiempo, ya nadie reacciona ni dice nada y empieza esta normalización, pero eso ya no es una broma. En todo caso, es una manifestación de hostigamiento sexual que pasó por un proceso de normalización.

En el plano laboral, ¿esto ocurre más frecuentemente en los compañeros de cargo o entre jefes con algún poder de autoridad?

En datos que tenemos de ELSA, la herramienta que tenemos con el BID, lo que hemos encontrado es que en más del 50% de los casos el hostigamiento suele darse entre compañeros de trabajo. Es decir, entre pares. En segundo orden, se da por parte de superiores jerárquicos de la misma área, vendría a ser el jefe o la jefa directa y en tercer orden, en superiores jerárquicos de otras áreas.

De acuerdo a esa información, ¿las organizaciones esperan que haya denuncias o investigan?, ¿qué tan reacias son las víctimas a denunciar?

La denuncia es la última opción de una persona que pasa por una situación de hostigamiento sexual laboral. La mayoría opta por evitar a la persona o contárselo a un compañero o compañera de trabajo. La denuncia por los canales establecidos es marginal. Poco más del 5% de personas que pasa por estas situaciones decide denunciar o hablar con recursos humanos. Y encontramos a personas que nos dicen que esto no sucede en su sector porque no reciben denuncias. Ahí está la desconexión, que la gente por lo general no denuncia. Eso no quiere decir que no suceda.

Cuando esto sucede, las personas agredidas no están en la obligación de dar alguna respuesta, pero ¿es importante que demuestren su disconformidad?

La norma actual no pide que el rechazo sea expreso. Eso ya no es un requisito, basta con que la conducta no sea bienvenida. Cuando hay una relación jerárquica, las personas pueden verse en la dificultad de expresar cuál es su voluntad real. Eso lo que hace es no pasar la responsabilidad, en realidad, a quien hace la conducta. Estamos acostumbrados a preguntar si dijeron que “no”, a buscar el rechazo, cuando en realidad la pregunta es “¿te dijo que sí de alguna manera?”. Si buscas el rechazo y lo que encuentras es silencio, lo vas a interpretar como un sí, pero si estás buscando un consentimiento y lo que encuentras es silencio, ese silencio se va a volver no. Cambia la figura al 100%.

¿Qué actitud se debería de buscar de parte de las personas que puedan estar frente a este tipo de actos, siendo testigos?

Hay medidas legales como capacitar a todo el personal y al comité que investiga los casos de hostigamiento sexual laboral, pero hay que ir más allá de la ley. Si nuestras capacitaciones son de 20 minutos o si la capacitación al comité es de unas dos horas, pero centrado en las obligaciones legales, no ayuda a entender de lo que hablamos ni a trabajar la sensibilidad del enfoque de género que se necesita para resolver estos casos.

Una vez que se resuelven los casos, ¿es importante darlo a conocer como una forma de saber que hay un término de los procesos?

Hay una obligación de guardar confidencialidad, sobre todo, alrededor de la víctima, pero eso no significa que no pueda haber una puesta en conocimiento. Una forma puede ser con reportes anuales que digan cuántas denuncias se recibieron por hostigamiento sexual laboral, en qué caso se encontró evidencia suficiente y que se sancionó con el despido o una suspensión. Esto hace que la gente sepa que hay denunciantes, no están solos. Dice también que la organización recibe la denuncia, la investiga y, además, la sanciona. Esta no es una obligación legal, pero sí una muy buena práctica.

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Acoso sexual, BID, ELSA, Genderlab, Hostigamiento sexual, Marlene Molero