Tomando prestado un título de Rubén Darío, un poeta que conoce a la perfección, Marco Martos ha reunido un conjunto de ensayos sobre literatura peruana y universal. Quienes hayamos tenido la suerte de estar en un aula con él, recordaremos seguramente su erudición y amenidad, así como su don de gente. Sumergirme en las páginas de este libro, confieso sin más, ha sido un regreso imaginario a sus memorables clases en San Marcos. 

El primer ensayo de este libro es, precisamente, dedicado a Rubén Darío. La pregunta inicial por la vigencia de Darío queda respondida de manera elocuente: “Una y otra vez podrán los lingüistas sostener la arbitrariedad entre significante y significado y una y otra vez los poetas como Darío, como Rimbaud, como Baudelaire, como Vallejo, emprenden la búsqueda de las secretas correspondencias” (p.14). Dicho de otro modo, Darío mantiene su vigencia porque resucita en cada lectura, sin importar la época.

Le siguen nueve textos sobre Ricardo Palma, el último de ellos una lectura que lo compara con González Prada, su célebre antagonista. No discutiré la urgencia de una relectura de Palma (de acuerdo estoy con dicho apremio), pero hay que acercarse a él con nuevas herramientas. Dice con acierto Martos que “Palma es, en la terminología de Antonio Gramsci, un intelectual orgánico de la sociedad peruana, alguien que enhebra en cada uno de sus actos un ideal colectivo” (p.19). Habría que entrar por esa puerta, me digo. 

Nunca es tarde para remediar equívocos, como el colonialismo tejido alrededor del tradicionista, acusado de haber hecho de Lima una joya virreinal. “Esa Lima no ha sido inventada por Palma; se le ha atribuido. No es cierto que él imagine una ciudad apacible colmada de cortesanos respetuosos y respetables, sin conflictos” (p.29). Más aún, “Palma fue, en el plano político, un demócrata liberal y prácticamente inmune a la nostalgia de un tiempo que no conoció. Reconocía la importancia de la igualdad ante la ley, propio de la República” (p.63). 

No falta Arguedas. Y allí se defiende la legitimidad de pensar una sociedad capaz de adaptarse a la modernidad y al mismo tiempo seguir abrazando sus valores tradicionales. La tan mentada “utopía arcaica”, en ese sentido, no es tal, sino una arbitraria e injusta directiva literaria: “¿Acaso importa en el fondo si un escritor tiene una utopía arcaica o moderna? ¿Un narrador puede o no puede mezclar espacios y tiempos para crear sus obras de ficción?” (p.134).

Tampoco es ausencia Vargas Llosa. Una atenta lectura de La ciudad y los perros, clásico indiscutible, un acercamiento a la presencia de Piura en la narrativa del Nobel (presencia abundosa, hay que decir) y una mirada de conjunto sobre la obra vargasllosiana, donde quisiera destacar una opinión de Martos en lo tocante a los ensayos (piensa seguramente en un texto paradigmático como La verdad de las mentiras), pues “se leen como novelas” (p.175). Por supuesto no lo son, pero se entiende: la calidad de su prosa y la potencia de su lectura dan, sin duda, sensación de ficción.

Dos abordajes a Ribeyro desde la intimidad, desde una escritura personalísima que se traduce en un corpus que va de Prosas apátridas a Cartas a Juan Antonio, pasando por ese monumento al diario que es La tentación del fracaso. El primero de estos textos inscribe a Ribeyro en esa tradición de lo íntimo; en el segundo construye una mirada fina sobre el universo epistolar ribeyriano. 

Luego es el turno del Quijote, libro de libros, libro fundacional. Un asunto importante: la ironía aplicada a la ruptura de convenciones literarias. Refiriéndose a la edición de 1605, Martos refiere: “En la época se acostumbraba que los autores de obras literarias pidiesen a escritores de fama poesías laudatorias para encabezar sus libros. El propósito irónico de Cervantes quedó claro desde el principio, pues inserta a continuación del prólogo una serie de poesías burlescas firmadas por fabulosos personajes de los libros de caballería que se proponía parodiar” (p.203).

Completan las casi 400 páginas de este volumen asedios a Martí, Valle Inclán, Kawabata, Mishima Baudelaire y Basadre, entre otros más. Escritas con vitalidad, estas Prosas profanas revelan una vez más que la lectura atenta y aguda es tan válida y productiva (en ocasiones más) como una aplicación teórica a los textos. Martos lee desde la cultura y desde un sentido profundo del estilo, resultado de su oficio. Saludo eso. 

Prosas profanas
Marco Martos. Prosas profanas. Meditaciones sobre la literatura de tres mundos. Lima: Academia Peruana de la Lengua, 2024.

Este año se conmemoran cien años del nacimiento de Sebastián Salazar Bondy y treinta años de la partida de Julio Ramón Ribeyro. La coincidencia de recordar esto en un mismo año es una anécdota menor, hay otras más trascendentes. Por ejemplo, que ambos pertenecieron a la Generación del 50 (del 45 la llamaba Salazar Bondy), ese brillantísimo núcleo de intelectuales y creadores que no ha vuelto a repetirse en nuestra historia cultural. 

Otro aspecto que los emparenta y muy de cerca, es su mirada sobre Lima. Salazar Bondy escribió, recordando a César Moro, Lima la horrible, un magnífico ensayo que derrumbó la mitología de Lima como arcadia colonial y mostraba una ciudad en su dimensión real y problemática, en su decadencia incuestionable, muy lejos ya del (notable hay que decir) registro humorístico y nostálgico de Palma. Ribeyro pobló su narrativa de seres que transitaban una ciudad en declive, que parece en muchos sentidos la cuidad descrita por su compañero de generación. Héroes grises, derrotados, incapaces de enfrentarse a su destino. 

Es interesante notar que tanto Salazar Bondy como Ribeyro cultivaron los mismos géneros. Ambos son autores de cuentos, novelas, ensayos y obras de teatro. Si el texto ensayístico más representativo de Salazar Bondy es Lima la horrible, lo mismo cabe decir de La caza sutil en el caso de Ribeyro. En el teatro hay también más de una cercanía entre ambos, desde dramas históricos como Flora Tristán y Atusparia, hasta sátiras y farsas como Amor, gran laberinto o Confusión en la prefectura.

La poesía distingue a Salazar Bondy y eso constituye una deuda crítica, porque sus poemas merecen algo más de lo que han obtenido hasta ahora: lecturas apresuradas y sin demasiado rigor. Sería un acto de justicia que el poeta que escribió poemas tan intensos y logrados como “Todo esto es mi país” o “Testamento ológrafo” recuperara su lugar. Por lo demás, se trata de una poesía que hacía ver la artificialidad de la separación de los poetas en “puros” y “sociales” muy en boga entre sus coetáneos, porque en los poemas de Salazar Bondy fluyen tanto el discurso íntimo y lírico como la observación del mundo social.

A Ribeyro, en cambio, lo distinguen los quehaceres autobiográficos, a través de dos libros que resultan ejemplares: Cartas a Juan Antonio y su monumental diario La tentación del fracaso, dos volúmenes que, dejando de lado los cuestionamientos al hecho de escribir sobre uno mismo y al valor referencial de esa escritura, constituyen ejemplos muy finos de algo que podríamos llamar una estética de la intimidad.

La práctica periodística tampoco les fue ajena, aunque en el caso de Salazar Bondy hay que señalar que su obra periodística no solo es mucho más voluminosa (se estima en más de dos mil crónicas y artículos) sino también más abarcadora: cultura, política, arte, literatura, etcétera. La caza sutil, de Ribeyro, siendo el libro brillante que es, resume colaboraciones eventuales en diarios y revistas y algunos textos de mayor calado, como el que dedica, precisamente, a los diarios.

Dice Ítalo Calvino que los libros clásicos son aquellos que nunca agotan lo que quieren decir, libros que a medida que uno cree conocer mejor, siempre sorprenden y ofrecen giros nuevos, inesperados, de manera que cada lectura o relectura es una suerte de aventura interpretativa. Añadía el escritor italiano que los clásicos deben leerse no bajo el imperativo del deber o del respeto, sino por mandato del amor. Hoy recordamos, pues, a dos clásicos peruanos. Leámoslos entonces como aconseja Calvino.

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Julio Ramón Ribeyro, Ribeyro, Sebastián Salazar Bondy

Cuando alabamos la sencillez de un texto no estamos diciendo ninguna banalidad. Al contrario, aludimos a un arduo proceso con las palabras: su elección, su sonoridad, su ritmo, elementos que se dan cita para crear un relato transparente, cuya diafanidad no cae en el candor, pero tampoco es llano sinónimo de simpleza. 

Quienes conocemos los relatos de Fernando Ampuero sabemos que en esencia hay dos elementos rápidamente identificables en su práctica narrativa: uno es la economía expresiva, esa capacidad de decir mucho con poco; otro la virtud del buen contador de historias que no se entrampa en su propio lenguaje. 

Este asunto queda claramente planteado por el propio narrador de uno de los relatos, titulado “Los amores canallas”, cuando al referirse a las historias contadas por uno de los personajes observa: “Hubo otros aspectos menores de su solution mix, pero creo que volverían farragoso este relato, de modo que prescindo de señalarlos o dar alguna explicación” (91). Es el propio narrador quien elige la economía expresiva como unas de las claves de su arte narrativo.

Los relatos de Ampuero, incluidos los de este libro, siguen ese derrotero, y esperan que el lector reconozca esos códigos y se embarque en esa placentera aventura de ir descubriendo las tensiones del relato para llegar, finalmente, a un desenlace que puede ser sorpresivo como un puñetazo o, en cambio, sutil y reflexivo, que puede atenuar la caída del telón, pero hace perdurables sus efectos. 

El melodrama exige casualidades necesarias y que no sean percibidas por los lectores como cebo o carnada. Ampuero maneja este recurso con maestría, y eso explica la eficiencia de sus relatos. Mientras más se oculta el artificio, mejor para el relato. Cuentos como “Pecados de familia” o “El despertar de Lena” –dos relatos desde ya antologables dentro y fuera de nuestra lengua– este mecanismo funciona a la perfección, y se manifiesta en la última línea que es la llamada a resolver el conflicto que da vida al cuento.

El universo narrativo de Ampuero se mantiene fiel a su naturaleza. Los personajes conforman una suerte de teatro de lo cotidiano. Habitan preferentemente espacios urbanos, están marcados por un profundo sentido de lo mundano y en ellos abundan obsesiones, miedos, disyuntivas y pulsiones. Humanos al fin, se parecen a nosotros, sus lectores, enredados en la misma maraña de dudas y tormentos. Melodrama y humor se funden de manera natural y armoniosa en este nuevo conjunto, que alude desde el título al mundo amoroso, encarnado en al fragmento de un bolero canónico. 

Amores que brillan por su ausencia, o por la dificultad de su realización. No es un asunto que se vea desde el patetismo, se ve, más bien desde el humor, desde un acabado manejo de la ironía y, en ocasiones, el sarcasmo. Al planteamiento de cada conflicto le sigue un desarrollo armonioso y coherente y las mas de las veces el final nos toma de zopetón, con un final inesperado, una vuelta de tuerca violenta y sorpresiva. No está de más recordar ciertos parentescos: Los amores difíciles, de Ítalo Calvino o Los amores ridículos de Milán Kundera, manes mayores en lides de carácter sentimental.

Habría que remarcar también el trabajo con la expectativa frustrada. Muchas veces los personajes no logran lo que anhelan, algo que sin duda mantiene vivo el recuerdo de Julio Ramón Ribeyro en el destino de los personajes de Ampuero. La necesidad de construir el escenario para la frustración no solo es un mandato melodramático, es también un ingrediente ideal para que el lector viva estas historias o bien con una sonrisa o bien con una mirada conmovida. Lo sfracasos de los personajes son, de algún modo, nuestros también.

El libro se cierra con una crónica que se me antoja leer como un manifiesto de nostalgia por un periodismo que compartía la noche y la bohemia como prácticas educativas, formadoras, tesoro de historias y personajes. Hay allí todo un mundo de referencias que se van perdiendo paulatinamente y que la memoria, voraz exhumadora, rescata para nosotros. 

Imbuido en parte del talante de un flanneur, Ampuero evoca y recrea aquí la historia de varios cafés y centros nocturnos de la capital, sus habitúes, las grandes lecciones que encierran la calle y la noche para quienes se inician o viven de sus descubrimientos y revelaciones. Con este texto Ampuero revela su linaje, el de aquellos periodistas que ven en la literatura no un antagonista sino un hermano. Mas aun, este bello texto final encierra una forma de ver las de relaciones entre el periodismo y la literatura que quizá haya desparecido o esté por desparecer. Y por supuesto, es un homenaje a Lima, en clave de melancólicos recuerdos de juventud que hacían que la ciudad, a contrapelo de lo que pensaba Sebastián Salazar Bondy, a lo mejor no era tan horrible. Cinco cuentos y un ensayo testimonial aquí reunidos, como muestra de una prosa como la de Ampuero, que solo sabe decantarse con el tiempo.

Tanta vida yo te di. Fernando Ampuero. Lima: Tusquets, 2024.

Las cartas dicen más de lo que pensamos. El género epistolar es impúdico en su necesaria intimidad, una vez que rompe el cerco del destinatario. Las cartas revelan dimensiones de la persona que de otro modo sería difícil conocer. ¿Ofrecen acaso más garantías que otros géneros? Quizá sí. O no. La discusión sería mas bien anecdótica. Las cartas miran la vida de manera distinta, más espontánea, más sinceramente. A diferencia de ellas, en una autobiografía o una memoria el autor hace sus cálculos, escoge los momentos que para él resulten más significativos o, en todo caso, los que se acomoden mejor a su segundo e invisible propósito, construir una imagen de sí. Las cartas responden menos a esta urgencia, se escriben relativamente rápido y muchas veces tratan temas puntuales. Eso no les quita valor: añade una capa más de sentido al enfrentarse a la tarea de reconstruir el mapa de la sensibilidad y del temperamento del autor.

Algo así ocurre con una reciente publicación, que tiene, para mi gusto, un carácter monumental: Carlos Fernández y Valentino Gianuzzi, vallejistas a tiempo completo y catedráticos en España e Inglaterra respectivamente, han acometido un proyecto ambicioso: reunir, por fin, en una edición casi definitiva la correspondencia de César Vallejo, nuestro poeta padre. No es que la correspondencia de Vallejo fuera desconocida, pero se había dispersado en libros parciales, publicaciones en revistas y otros medios. Hoy existe la posibilidad de una lectura orgánica y sistemática, lo que en términos críticos y de lectura supone una gran ventaja, cuya consecuencia no es otra que tener una aproximación más certera a la cotidianidad de una existencia que, en muchos sentidos, sigue siendo un gran misterio, casi un mito.

La edición se divide en dos volúmenes que cubren un arco temporal que va de 1910 a 1938. Los responsables de este trabajo marcan la existencia de algunos vacíos que será muy difícil sortear, como la correspondencia de Vallejo con Antenor Orrego o José Eulogio Garrido, que sin duda aportarían información muy significativa. Pese a todo, esta debe ser al momento la edición más completa y confiable de la correspondencia vallejiana. Otro vacío, advertido por los compiladores, tiene que ver con el hecho de que, por ejemplo, en estas cartas no se encuentran referencias a la escritura o la composición de poemas específicos. Esto no quiere decir que las cartas no tengan importancia, todo lo contrario, pues abonan una biografía con datos relevantes: “Gracias a ellas se conocieron por primera vez muchos datos, algunos de los que ya han sido contrastados con otros documentos: la fecha en que comenzó a trabajar como profesor en Trujillo, las circunstancias de su hospitalización en 1924, las fechas de algunos de sus viajes a Madrid, la manera en que llegó a colaborar con Variedades, El Comercio y Bolívar; cuándo comenzó a trabajar en los Grands Journax Ibéro-Americains y luego en La Razón de Buenos Aires. Las cartas proporcionan un anclaje referencial ineludible para cualquier investigación biográfica” (I, p.12).

Es mucho lo que se puede descubrir viajando por estas cartas. Un motivo importante, por ejemplo, es que Vallejo tenía el proyecto de vivir de su escritura. En varias cartas se relata este proceso y nos entremos de las diversas estrategias que pone en marcha el poeta para lograr construirse un espacio como escritor profesional. De ahí que el dinero sea también una presencia recurrente en esas misivas. En fin, hay aquí muchas piezas con las que los lectores podrán ir armando, con paciencia, un rompecabezas siempre parcial y sorprendente, u rompecabezas llamado Vallejo. 

Carlos Fernández y Valentino Gianuzzi. César Vallejo. Correspondencia. Universidad César Vallejo y Támesis. 2023.

Una feria del libro siempre es una grata noticia. Más aun cuando se trata de editores independientes, responsables de un extenso catálogo que asumen muchas veces de manera riesgosa, pero sin ocultar su afán de publicar y difundir obras valiosas. Su contribución a la lectura en el Perú es acaso de las más relevantes.

Digo esto porque ha llegado a mi mesa una información proveniente de la Federación de Editoriales Independientes del Perú (FED), en la que anuncian la realización de una feria que tendrá lugar en la Casa Museo Mariátegui (Jr. Washington 1938-1946, Centro de Lima). El horario de esta feria es de 2:30 a 8:30 pm y todas sus actividades, así como el ingreso, son totalmente gratuitos. Inicia el 2 de abril y se despide de los lectores el 5 de ese mes. 

Esta primera edición de la feria de la FED contará con la participación de las siguientes editoriales: Alastor Editores, Ángeles Del Papel Editores, Bisonte Editorial, Dendro Editorial, Ediciones MyL, Grupo Editorial Estación La Cultura, Hipatia Ediciones, Grafos & Maquinaciones, Pakarina Ediciones y Pandemonium Editorial, quienes pondrán a disposición del público lector, lo mejor y más reciente de sus respectivos catálogos editoriales. Durante los cuatro días de feria se realizarán presentaciones de libros, conversatorios, talleres, encuentros de autores y lectores, entre otras actividades.

Una de las ideas en la escena de esta feria es mostrar la diversidad editorial que existe en el Perú. Por eso, cada editorial participante ha reservado un espacio en su mesa para mostrar el trabajo de un sello editorial del interior del país. Así, por ejemplo, Alastor acogerá los libros de El Conde Plebeyo (Ica); Ángeles de Papel ofrecerá títulos de la casa ayacuchana Editorial Amarti; Bisonte Editorial pondrá a la venta libros de Prometeo Desencadenado (Chiclayo); Dendro compartirá el trabajo de Lliu Yawar (Huancayo); Ediciones MyL acogerá a Reino de Almagro (Trujillo); Estación la Cultura hará lo propio con Hijos de la Lluvia (Puno); Grafos & Maquinaciones se encargarán de exhibir los libros de RCQ (Cusco); Pakarina Ediciones auspiciará la presencia de la revista Atuqpa Chupan (Andahuaylas) y Pandemonium Editorial mostrará al público parte del catálogo de Laboratorio PBC Ediciones (Pisco).

Del 2 al 5 de abril los lectores tienen una cita con una feria que promete un catálogo riguroso que, al mismo tiempo, da cuenta de la dinámica de la edición independiente y de la bibliodoversidad peruana. Y qué mejor que sea en la Casa Mariátegui, algo que nos hace recordar que el Amauta fue, en su momento, un gran editor y difusor del libro en el Perú. La mejor de las suertes para la FED del 2 al 5 de abril.

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Es cierto que los discursos autobiográficos han recibido muchos cuestionamientos en relación con su valor referencial. Independientemente de la pertinencia o no de esas observaciones críticas, es casi imposible discutir la fascinación que ejercen géneros como la memoria, la autobiografía o el diario entre muchos lectores. Campo de revelaciones sorprendentes o polémicas, estos géneros descorren el velo que oculta o enmascara la vida pública de un autor. En todo caso, hay textos que tienen ese poder. En el Perú, la aparición de La tentación del fracaso (1992-95), el diario de Julio Ramón Ribeyro o El pez en el agua (1993), las memorias de Vargas Llosa, textos que en su momento despertaron apetencias lectoras y críticas que habría sido difícil provocar de otras maneras. 

En el contexto latinoamericano, una reciente edición de la Universidad Diego Portales, a cargo de Cecilia García Huidobro, nos pone en contacto nuevamente con la escritura autobiográfica. Se trata de los diarios de José Donoso, escritor chileno protagonista del boom latinoamericano y autor de una de sus novelas más emblemáticas: El obsceno pájaro de la noche (1970). Donoso pertenece por derecho propio a ese brillante núcleo de novelistas latinoamericanos y es justo reconocer que, entre ellos, fue el único en recoger su testimonio personal en un libro imprescindible para entender algunos aspectos de la intimidad del movimiento literario: Historia personal del boom (1972). 

Un diario es algo más que un registro de vivencias cotidianas. Los diarios de escritor tienen una amplísima gama temática y son la mayor parte del tiempo un campo de reflexión, de comentario de lecturas, una manera de fijar en el tiempo el proceso mismo de la escritura. En esos elementos radica su valor, pero nada sería igual si estas “fotografías” de la cocina del escritor no vinieran acompañadas de confidencias de diverso calibre que, bien leídas, abonan en favor de un conocimiento más preciso de la personalidad y el temperamento de su creador.

Los dos volúmenes que han aparecido se reparten un arco temporal de treinta años. Diarios tempranos. Donoso in progress. 1950-1965 y Diarios centrales. A season in hell. 1966-1980, este último de reciente publicación, dan cuenta del proceso literario y personal de Donoso. Ambos volúmenes comparten apuntes muy precisos sobre cada novela y el progreso de cada proyecto creativo del escritor. Esta, que sería en apariencia la parte de mayor interés para los lectores, viene acompañada de otra serie de anotaciones en las que Donoso revela su torturada existencia, entre una esposa con problemas de alcoholismo, el vínculo tóxico con su hija y, para no olvidarse de él mismo, una homosexualidad que reprimió con todas sus fuerzas. 

La hija del escritor, Pilar Donoso, publicó en 2010 Correr el tupido velo, basado en una revisión de los diarios de su padre (entonces no conocidos) y otros documentos del archivo paterno que adelantaron, en parte, algunos de los secretos de la vida del autor chileno. A la luz de la aparición del segundo volumen de sus diarios, será muy provechoso leer en paralelo ambos libros, que desde ya nos ofrecen una rica intertextualidad. 

El subtítulo de los llamados “Diarios centrales” no es en modo alguno gratuito. Una temporada en el infierno, como manda el manual de traducción, refleja eso: años de enorme potencia creativa y al mismo tiempo, de profundo pesar existencial, de cuitas, tribulaciones, desdichas y dudas de diverso calibre que transparentaban un temperamento tortuoso, dado al sentimiento de la infelicidad. 

Pero no nos desviemos de lo literario. Hay un pasaje de mucho interés (bueno, hay demasiados diría) que escojo para mostrar un ejemplo del sorprendente contenido de estos diarios. Es una anotación hecha en Zaragoza, el 6 de agosto de 1971 y corresponde a la escritura de Historia personal del boom. En esa entrada se lee: “La idea del boom, como comercial de nuevo, y posible. Algunas ideas afloran, parecen interesantes, pero tengo, sobre todo, que ponerme a trabajar duro para pescar el significado de todo esto que quiero hacer. Incluir, donde sea, mucha anécdota personal. Por desgracia tiene que ser anécdota personal, qué le vamos a hacer” (p.209). Seguidamente, Donoso plantea enumera los temas que irá tratando en este libro, que será finalmente Historia personal del boom. Podríamos deducir que por exigencia editorial le habrían pedido abandonar toda pretensión académica o ensayística y adoptar una mirada más cercana a la crónica. No podría asegurar lo que afirmo, pero fue una buena decisión: Historia personal del boom es un libro entrañable que, comparado al tormento que retrata en sus diarios, nos permite ver a un Donoso liberado de sus fantasmas e incluso feliz. 

Esta es solo una de las muchas sorpresas que el lector irá encontrando en su viaje por estos quince años de vida. Si, como se dice por ahí, el libro de Pilar Donoso y la publicación de estos diarios, motivaron un regreso a explorar la obra del chileno, pues, nunca se pagó mejor precio por volver los ojos a una obra notable. 

José Donoso. Diarios centrales. A Season in Hell. 1966-1980. Edición de Cecilia García Huidobro. Santiago de Chile: Universidad Diego Portales, 2023. 

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Mostrando total incoherencia con su lema de batalla “Viva la libertad, carajo”, el presidente argentino Javier Milei, campeón de campeones entre los liberales de nuestro tiempo, ha prohibido el uso del lenguaje inclusivo en la administración pública de su país. No contento con eso, califica la perspectiva de género como un negocio político. Queda en evidencia que el liberalismo de Milei es fundamentalmente uno de mercado y que está desprovisto de cualquier traza humanista.

Y no puede haber humanismo cuando se prohíbe el lenguaje inclusivo y se sataniza la perspectiva de género en un país que actualmente ocupa el primer lugar, entre los 35 que formaron parte de la Encuesta Global de Voices sobre violencia en mujeres: 37% de mujeres declararon haberla sufrido (física o sicológica) en el año 2023. La doble cara de Milei es más doble que nunca: desde la tribuna grita su liberalismo, pero en el fondo lo que hay es un conservadurismo que raya en lo patético. 

Pensar que el lenguaje inclusivo va a solucionar los problemas de la mujer es iluso. Pero no olvidemos que el lenguaje es una herramienta poderosísima para mostrar, hacer ver y verbalizar la realidad. En ese sentido, una apertura hacia el lenguaje inclusivo quizá comenzaría a operar en la conciencia ciudadana, promoviendo el respeto y la tolerancia, dos cosas cuya ausencia son los ingredientes ideales del odio y de prohibiciones autoritarias como esta. 

Y no me refiero al lenguaje que está en las agendas políticas de algunos movimientos y colectivos, me refiero simplemente al hecho de que, desde la administración pública de un país se ofrezca un reconocimiento cada vez más esquivo, un reconocimiento que es reducido a un asunto ideológico propio del comunismo, de organizaciones guiadas por la maldad y que quieren destruir el sagrado orden binario que, por lo visto, para Milei es la única forma de mirar el mundo y sus complejidades. Ese reconocimiento es, por ahora, una oportunidad perdida.

La prohibición pierde de vista varias cosas: la vulnerabilidad de las mujeres y la de otros grupos que sufren marginación por su identidad sexual o de género, o por cualquier otra razón que menoscabe sus derechos; el hecho de que el lenguaje inclusivo, guste o no, es una variedad lingüística en formación y que los hablantes que la utilizan terminarán creando reglas a consecuencia del uso; finalmente, es la negación de la realidad misma, porque hay nuevas formas de subjetividad, hay nuevas identidades y es natural que estas exijan ser representadas en el universo de las palabras.

No me cabe duda de que el lenguaje inclusivo acabará por encontrar un lugar y ese lugar será fruto de consensos y de acuerdos porque en lengua no puede imponerse nada, con lo cual, la bravata de Milei es fundamentalmente eso: una bravata. No hay prohibición duradera en materia de lengua. La situación argentina desnuda pues las falencias de nuestra propia educación. América Latina es un auténtico paraíso de acosadores, violadores, asaltantes sexuales y feminicidas. Las autoridades con su miopía y con la facilidad que muestran para aupar discursos de odio, siguen pensando el lenguaje inclusivo y la perspectiva de género como puntos de una agenda comunista o caviar, cuando se trata, simplemente, de abrirle las puertas a una ciudadanía educada, sensible y democrática, capaz de encontrar en las diferencias un motivo de respeto y no de mofa. 

Isaac Goldemberg (Chepén, 1945) es un escritor judío peruano que explora, en su literatura, los elementos que se dan cita en él para configurar su identidad bicultural, además de brindar a los lectores, una mirada de primera mano a un universo casi desconocido en materia literaria local: la experiencia de la vida judía en el Perú. Novelas suyas como La vida a plazos de don Jacobo Lerner (1978) o Tiempo al tiempo (1984) van en esa dirección, más allá de constituir formas de autoficción, debido a ciertas coincidencias entre lo vivido por sus personajes en esas ficciones y la propia existencia de su autor.

Goldemberg ha sumado a esas indagaciones su propia poesía. Libro de las raíces / Saphi libro (2024) es su más reciente antología de poemas, publicada esta vez en versión bilingüe, español y quechua. En estos poemas aparece la otredad como motivo central, una otredad, vale la pena aclarar, vivida interiormente. El yo poético expresa y analiza su pertenencia a dos mundos, dos órdenes culturales. Su autor, naturalmente, tiene la misma intención, tal como declara en “El otro de mí mismo”, texto que funciona claramente como un gesto prologal:

“(…) yo fui peruano antes de ser también judío”.

“Al poco tiempo de llegar a Lima, descubro que mi padre es judío y comienzo a preguntarme quién soy, qué soy. Busco espejos para reconocerme, pero no los encuentro. Es necesario ser otro, me digo. Y ese otro es mi padre. Hay que ser como él: judío. Es decir, tengo que dejar de ser para ser. Sin embargo, no dejé de ser del todo porque la forma de vida de Chepén y su paisaje siguieron poblando mis recuerdos y mis sueños y me sirvieron de referente para apreciar con mayor intensidad todos aquellos paisajes que después invadieron mi imaginación como parte de mi cultura judía. Entonces el cerro de Chepén se convirtió en el monte Sinaí, la acequia que lo atraviesa en el río Jordán y el desierto que lo rodea en el desierto de la Judea bíblica” (pp.11-12).

Goldemberg exhibe plena conciencia de su doble pertenencia. Allí están, en sus propias palabras, la memoria de la infancia transcurrida en Chepén, el recuerdo de una abuela cajamarquina y quechua hablante, antiguos huaynos y la escritura reveladora de Arguedas y Vallejo representando sus lazos con la peruanidad. Por otra parte, se produce un encuentro con los mitos de su otra identidad: una diáspora personal, la errancia, el humor y todo un cúmulo de referencias culturales y simbólicas que transparentan lo judío.

¿Es esta una reunión pacífica, sin sobresaltos? Aparentemente sí. “Ser el otro de mí mismo” como declara Goldemberg (p.14) no reviste mayor conflicto, más allá del proceso vivido a lo largo de varias décadas y que ha desembocado en ese autorreconocimiento pleno, efectivo y, sobre todas las cosas, productivo. “Inventario” es, en ese sentido, un poema muy emblemático: “Nací en los clavos de Jesús./ En su corazón de fina estampa./ En la estrella de seis puntas./ En el vientre de los huacos./ En el padre y su palabra inaudita./ En la madre y su sombra contraria./ En la lengua muerta de su ausencia grave” (p.25).

Otro tanto sucede con el poema “Autorretrato”: “El peruano es tan riste/ como el murciélago/ El peruano es más triste/ que el gato/ El judío es menos triste/ que el zar/ El peruano es el más triste de todos/ El judío es triste/ El peruano es muy triste/ El judío es tristísimo” (p.51).

Libro de las raíces no solo muestra la valía de una poesía que apela a muchas formas discursivas, desde ecos del haraui hasta el romance, pasando por formas clásicas y otras populares, como las canciones o las fábulas. Más conmovedor todavía es saber que a lo largo de estos versos, en un mundo imaginario el hablante resuelve, funde y refunda un universo personal marcado por la biculturalidad, por el sentido de pertenecer a dos culturas. En tanto, en el mundo contingente, su autor no termina de pensar, todavía, en las próximas palabras que mantendrán con vida a estas revelaciones.

Isaac Goldemberg. Libro de las raíces / Saphi libro. Lima: Casa Tomada, 2023.

El mexicano Juan Villoro es uno de los más reconocidos cultores de la crónica en el ámbito latinoamericano. Aunque es también un reconocido autor de ficciones, destaca igualmente en el terreno de la no ficción, al que pertenece la crónica por definición. Villoro planteó en algún momento una particular teoría sobre la estructura de la crónica como género y se refirió a ella como el “ornitorrinco” de la prosa, aludiendo a uno de sus rasgos centrales: la hibridez. La analogía tenía pleno sentido: el ornitorrinco, es mamífero, lleva una vida semiacuática, y pertenece al orden de los monotremas, es decir, no procrea criaturas vivas sino lo hace a través de huevos. Su aspecto físico es igualmente variopinto: tiene pico de palmípedo, su cola recuerda a la del castor y sus patas son, indudablemente, de nutria.  Un prodigio de combinaciones y alusiones, al igual que su pariente textual, la crónica: no es ficción, pero tiene forma literaria (particularmente cercana al cuento) y admite en su seno interpolaciones y componentes de variado origen: ensayo, diálogo, epístola o escritura autobiográfica, por mencionar cuatro ejemplos.

Estamos entonces ante un género flexible, que responde muchas veces a urgencias sociales, hechos noticiosos que pueden trascender los límites de una coyuntura determinada, relatos excepcionales de trayectorias vitales o cualquier hecho capaz de despertar asombro o curiosidad. Puede tratarse de un personaje de carne y hueso, de una comunidad que sufre una experiencia traumática o de un suceso conmovedor, no hay fronteras temáticas precisas, así como tampoco las hay respecto de su extensión: puede ser breve y cargada de ironía, como muchas de las que escribe Jaime Bedoya o puede enmascararse en un relato de largo aliento como el modélico Opus Gelber de Leila Guerriero.

Quizá no sea este el espacio propicio para discutir el origen de la crónica latinoamericana de hoy; solo diré que prefiero pensarla como descendiente directa del costumbrismo del XIX antes que de la llamada crónica de Indias. El costumbrismo define el perfil social de las nuevas repúblicas que se forman a consecuencia de los diversos procesos de Independencia en América Latina, su impronta es esencialmente urbana y, aunque puede tener orientaciones ideológicas diversas, sus autores no reciben mandato ninguno, actúan por lo general de manera autónoma en sus intervenciones a través de la escritura. Una de las formas que asume la crónica es una que me gusta llamar el catálogo citadino: su radiografía e incluso su dispersión en distintos relatos que a menara de un tejido van dando cuenta del espacio urbano. A ese diseño responden libros como Lima (1867), de Manuel Atanasio Fuentes, crónica diseminada y salpicada de cuando en cuando de informaciones, datos y cifras sobre la ciudad. 

Salvando distancias de estilo y mirada, el mexicano Juan Villoro entrega a sus lectores un libro caleidoscópico, de indudable espíritu de obra abierta (el lector queda invitado a decidir el orden de su lectura): El vértigo horizontal. Una ciudad llamada México. Su autor, a la manera del flanneur benjaminiano, recorre la ciudad y penetra en sus capas de sentido: la memoria, los hábitos sociales, las tragedias, el espacio urbano, en suma, elementos que, en conjunto, según indica García Canclini en un prólogo iluminador, constituyen un “palimpsesto” de la ciudad. Y añade: “El vértigo horizontal es un libro que se conecta con los trazados familiares, los ritos de los habitantes, sus procesiones sagradas y laicas, incluso las profanadoras (…) persigue sobre todo rearmar nuestros vínculos con la urbe a fuerza de apuntes sobre lo que nos entrelaza, lo que nos hace de aquí” (p.19).

En conjunto, El vértigo horizontal es una suma de crónicas que van mostrando el tejido urbano desde distintas perspectivas. Pueden ser las voces de sus habitantes más arquetípicos, personajes singulares o curiosos; las costumbres vistas siempre desde un prisma cotidiano, aunque no ajeno al asombro; lugares que son puntos de referencia en el mapa citadino y hasta la propia experiencia de vivir (en) la ciudad se somete a escrutinio, a observación aguda, a veces nostálgica y otras cargada de ironía.

Ciudad de México es, entre otras cosas, un atavismo poderoso. En la página 323, por ejemplo, se lee: “Los chilangos no estamos desinformados. Inventariamos calamidades como si un álgebra fabulosa anulara la suma de valores negativos. Somos expertos en los signos de deterioro, comparamos nuestras ronchas, hablamos de bebés con plomo en la sangre y embarazadas con placenta previa. No es la ignorancia lo que nos tiene aquí. La ciudad nos gusta, para qué más que la verdad”.

Las ferias de juegos son una presencia recurrente en espacios urbanos, lugares donde parece suspenderse la realidad. Villoro observa: “Las ferias y los parques temáticos son ofertas del vértigo y el estruendo imaginados por adultos. Su principal característica es la de brindar zonas de irrealidad, separadas de la lógica de la ciudad: un dominio alterno donde es posible ingresar en un castillo o tripular una ambulancia en miniatura” (p. 230).

No falta Tepito, célebre barrio picante de Ciudad de México y paraíso del universo informal: “Estamos ante un bastión del frenesí laboral, sólo que ahí se trabaja de otro modo. En rigor, su principal fuente de ingresos no es tan excéntrica (…) En la zona se distribuyen juguetes, útiles escolares, tijeras, cortaúñas, electrodomésticos, ropa, peines paraguas y otros productos dignos de una adaptación al siglo XXI de los bazares de Las mil y una noches. Ninguno de ellos tiene garantías porque todos son de contrabando” (p.183). 

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