Alonso Rabí

Bienvenido el odio

“…no me refiero al lenguaje que está en las agendas políticas de algunos movimientos y colectivos, me refiero simplemente al hecho de que, desde la administración pública de un país se ofrezca un reconocimiento cada vez más esquivo”

Mostrando total incoherencia con su lema de batalla “Viva la libertad, carajo”, el presidente argentino Javier Milei, campeón de campeones entre los liberales de nuestro tiempo, ha prohibido el uso del lenguaje inclusivo en la administración pública de su país. No contento con eso, califica la perspectiva de género como un negocio político. Queda en evidencia que el liberalismo de Milei es fundamentalmente uno de mercado y que está desprovisto de cualquier traza humanista.

Y no puede haber humanismo cuando se prohíbe el lenguaje inclusivo y se sataniza la perspectiva de género en un país que actualmente ocupa el primer lugar, entre los 35 que formaron parte de la Encuesta Global de Voices sobre violencia en mujeres: 37% de mujeres declararon haberla sufrido (física o sicológica) en el año 2023. La doble cara de Milei es más doble que nunca: desde la tribuna grita su liberalismo, pero en el fondo lo que hay es un conservadurismo que raya en lo patético. 

Pensar que el lenguaje inclusivo va a solucionar los problemas de la mujer es iluso. Pero no olvidemos que el lenguaje es una herramienta poderosísima para mostrar, hacer ver y verbalizar la realidad. En ese sentido, una apertura hacia el lenguaje inclusivo quizá comenzaría a operar en la conciencia ciudadana, promoviendo el respeto y la tolerancia, dos cosas cuya ausencia son los ingredientes ideales del odio y de prohibiciones autoritarias como esta. 

Y no me refiero al lenguaje que está en las agendas políticas de algunos movimientos y colectivos, me refiero simplemente al hecho de que, desde la administración pública de un país se ofrezca un reconocimiento cada vez más esquivo, un reconocimiento que es reducido a un asunto ideológico propio del comunismo, de organizaciones guiadas por la maldad y que quieren destruir el sagrado orden binario que, por lo visto, para Milei es la única forma de mirar el mundo y sus complejidades. Ese reconocimiento es, por ahora, una oportunidad perdida.

La prohibición pierde de vista varias cosas: la vulnerabilidad de las mujeres y la de otros grupos que sufren marginación por su identidad sexual o de género, o por cualquier otra razón que menoscabe sus derechos; el hecho de que el lenguaje inclusivo, guste o no, es una variedad lingüística en formación y que los hablantes que la utilizan terminarán creando reglas a consecuencia del uso; finalmente, es la negación de la realidad misma, porque hay nuevas formas de subjetividad, hay nuevas identidades y es natural que estas exijan ser representadas en el universo de las palabras.

No me cabe duda de que el lenguaje inclusivo acabará por encontrar un lugar y ese lugar será fruto de consensos y de acuerdos porque en lengua no puede imponerse nada, con lo cual, la bravata de Milei es fundamentalmente eso: una bravata. No hay prohibición duradera en materia de lengua. La situación argentina desnuda pues las falencias de nuestra propia educación. América Latina es un auténtico paraíso de acosadores, violadores, asaltantes sexuales y feminicidas. Las autoridades con su miopía y con la facilidad que muestran para aupar discursos de odio, siguen pensando el lenguaje inclusivo y la perspectiva de género como puntos de una agenda comunista o caviar, cuando se trata, simplemente, de abrirle las puertas a una ciudadanía educada, sensible y democrática, capaz de encontrar en las diferencias un motivo de respeto y no de mofa. 

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