caviar

El caviarismo tiene el poder y lo controla. Por lo tanto impulsa una agenda específica y dirige todo el Estado hacia ella. Desde luego que son lo que tienen el control y manejo de las instituciones públicas y los que tratan de evitar su dominio son expelidos rápidamente. Pero como aprendemos en cualquier lógica histórica, no hay poder sin dinero. Ergo, el caviarismo controla las fuentes de dinero de este país y las reparte a conveniencia. Los caviares son los putos amos del mundo mundial. Por eso es menester exterminarlos: porque si no, nos hundiremos en el foco de la agenda pro-LGBT mundial; o porque jamás dejarán que las clases populares se gobiernen a sí mismas. De uno u otro lado los caviares son el enemigo mayor.

Por eso estar al medio los hace tan vulnerables y ala vez tan necesarios. Porque genera que los extremos puedan conciliarse. Al encontrar un enemigo común es más fácil reconocer coincidencias y establecer una agenda consensuada. La vergonzosa justificación de la votación de Cerrón y Bellido así lo confirma. Fue por el enemigo caviar.

En el fondo, es un mecanismo de justificación que conocemos perfectamente en la historia. Buscar un grupo que permita canalizar todo lo “malo” que se genera a nivel social. Recientemente la campaña xenófoba contra los ciudadanos venezolanos. Antes contra los migrantes en las ciudades. Antes contra ciudadanos de alguna religión, raza, origen. Siempre se buscan chivos expiatorios que permitan reacomodar las componendas que por debajo de la mesa se suelen hacer. No es casual que tantos opositores hoy aplaudan la acción política de Perú Libre o de cerronistas, contra la República Caviar.

El problema es que, al tener un problema de semántica o de asociación, nadie sabe quién es caviar o no en el fondo, la posibilidad de adscribirlo a cualquiera es inmensa. Y de sacarlo de allí, también. Mario Vargas Llosa o Beto Ortiz pueden ser los mejores ejemplos de ello. Caviarones conspicuos hasta que se pasaron a “la luz”. Solo por cambiar su orientación política. Pero sus características intrínsecas no las cambiaron en nada. Su estilo de vida, el mismo. Hoy Ortiz mismo se da el placer de caviarizar a quien le viene en gana desde un exilio autoimpuesto pero viviendo cómodamente, muy caviar todo.

El problema con eso es que lo caviar es un conjunto vacío. Al ser todo lo que no me gusta es nada. Es retórica. Pero es el sustantivo que es adjetivo a la vez. Ser señalado como caviar hoy es una suerte de estigma. Lo único que representará es el nivel de acuerdo en la incomodidad que se genera tanto en la extrema de allá como en la de acá. “Él es caviar” basta para designar a alguien que nos es molesto. Sin entender por qué.

[1] https://redaccion.lamula.pe/2014/09/17/ser-caviar-en-el-peru/jonathandiez/

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caviar, Gobierno, política peruana
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