En el pueblo alejado de Hakone

“Me recibió un señor mayor, habrá tenido 65 años. En chanclas, short azul y un polo que parecía no habérselo quitado en un mes. Era flaco y chato, caminaba a su lado y le llevaba más de una cabeza. No le entendía nada. Volteaba y me sonreía mientras me guiaba por un camino empedrado rodeado de arbustos. Llegamos a una casa sucia, abrió la puerta rota de madera y tras de los chirridos dice: "mushi, mushi, mushi".”

 

Me recibió un señor mayor, habrá tenido 65 años. En chanclas, short azul y un polo que parecía no habérselo quitado en un mes. Era flaco y chato, caminaba a su lado y le llevaba más de una cabeza. No le entendía nada. Yo pensé que después de ver tantos animes iba a entender algo de japonés, pero sólo me engañaba. Volteaba y me sonreía mientras me guiaba por un camino empedrado rodeado de arbustos. Llegamos a una casa sucia, abrió la puerta rota de madera y tras los chirridos dice: «mushi, mushi, mushi». Parecía que me iban a matar mientras dormía o que Samara, el fantasma de El aro, me iba a sorprender mientras caminaba. No creo mucho en los fantasmas, pero me gusta aventurar mis pensamientos por esos ámbitos. 

Dejé las zapatillas en la entrada y me ofrecieron unas pantuflas usadas. Me negué, prefería estar sin zapatos. Felizmente, llevó entrenando mis pies descalzos desde niño. Recordaba cuando, en la playa, junto a mi gran amigo «piraña» jugábamos a apagar cigarros con la planta del pie; despuésdel verano y la arena hirviendo no sentías nada. Me instalé en mi cuarto, no tenía luz y parecía el Japón antiguo. Las paredes de papel y la cama en el piso. Ese día tenía que escribir así que me quedé tranquilo. Lo más tranquilo que podía, por lo menos. 

Salí de mi cuarto unas horas después y me encontré con un perro enano que se chocaba con todo. Tenía los ojos blancos, estaba ciego. Entró una mujer flaquísima con el pelo largo y negro para recoger al pobre animal. Casi me da un infarto. Me miraba a los ojos, señalaba al perro y luego a mí. Hablaba en japonés así que no le podía responder. Luego de unos minutos entró un joven alto que sí hablaba inglés. Me explicó que la mujer era su mamá y que me estaba preguntando si tenía algún problema con el perro. Le conté sobre mis mascotas y que estaba acostumbrado a ellas. En el fondo pensaba que eso parecía más un monstruo que un perro. 

El miedo ya se había vuelto gracia. Era como estar en una comedia de humor negro. Justo en ese momento entró a la casa el señor que me recibió ofreciendo transporte a un 7 eleven. Fui con él porque no había comido ni tomado nada en todo el día. Al salir, levanta el dedo apuntando a las paredes y vuelve a decir «mushi, mushi, mushi». Este viejo me quiere asustar o tal vez el fantasma era él, pensaba, mi imaginación ya estaba al máximo

Francisco Tafur
Nos tomó como 20 minutos en carro
transitar entre la selva para llegar. Tenía todo el sentido. Para llegar a esa casa embrujada estuve más de una hora en un tren de solo 2 vagones que subía la montaña en zigzag. Llegaba a un punto, el conductor se bajaba y volvía a subir en el otro extremo para avanzar hacia el otro lado. El lugar era precioso, pero el hospedaje que había separado por error estaba en mitad de la nada. No había señal de vida, solo la trocha. Al regresar, la familia de dos me invitó a comer con ellos. Comíamosmientras me preguntaban sobre el Perú con el perrito ciego tropezándose con las patas de la mesa. 

Después de una copa de sake que me invitaron apagamos la luces y me fui a dormir al cuarto oscuro. Se llegaba a ver un poco de las paredes deslizables de papel. Podía imaginar a la mujer viéndome por un hueco que había en la pared. Nunca había estado tan agradecido de tomar pastillas para dormir. Ni siquiera destendí la cama por temor a encontrarme uno de los insectos que plagaban la casa. Sin darme cuenta me quedédormido y no abrí los ojos hasta que amaneció. así fue mi primera noche en la ciudad balneario de Hakone. 

Hakone es una pequeña ciudad situada al borde del lago Aishi y crece por las montañas boscosas. Es conocida por los numerosos onsen, baños termales, con vistas al famoso monte Fuji. No es un lugar para quedarse mucho tiempo, pero sirve para tomar un descanso de las multitudinarias ciudades japonesas. 

Francisco Tafur
Al
día siguiente, de regreso de una galería de arte al aire libre, paré en uno de los baños termales. Tienes que entrar sin ropa y me dieron unos parches para taparme los tatuajes. Mucha gente, sobre todo las generaciones mayores pueden considerarlo como algo impuro e incluso relacionarlo con la mafia de los yakuza. Estar sumergido en agua caliente, al aire libre, viendo el paisaje con un cielo de campo, lleno de estrellas, es sorprendente. Lamentablemente, no te puedes quedar mucho tiempo.

El agua supera los 40 grados centígrados. Me quedé menos de 5 minutos porque el calor llega a ser insoportable. Te puedes deshidratar y desmayar si exageras con el tiempo. Al salir, estas totalmente relajado. Los onsen son parte de la cultura de limpieza del país, es una actividad milenaria. Antes de entrar en el agua tienes que limpiarte ya que funciona como ritual de purificación espiritual y proceso curativo. 

Ya era mi última noche en esa casa y regresaba a Tokio. Ya no estaba la mamá, el chico ni el perro ciego. Al llegar, el señor me ofreció llevarme a la estación más cercana al día siguientepara volver en el mismo zigzag. Por curiosidad y para sacarme de las dudas le pregunté, a través del traductor de Google, qué significa «mushi» y entendí que se refería a los bichos. No regresaría a ese hospedaje, pero fue divertido como experiencia y, ahora que lo escribo, también es divertido. Como alguien cuyo pasatiempo favorito es la ficción, en cualquier plataforma, llenar las visitas turísticas de un poco de misticismo es lo mejor. No importa que lo haga a propósito

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