Crónica

[MIGRANTE DE PASO] Todavía estaba dormido. Hay que aprovechar los domingos. Me desperté de golpe. Todo temblaba. Me di cuenta de que todavía soy rápido: salí disparado. Antes de que terminara el temblor, ya estaba afuera, y eso que fue corto. Pensé que ya no les tenía tanto miedo, pero estaba equivocado. Sigo siendo igual de miedoso que siempre.

Me acordé del 2007, cuando fue el terremoto en Pisco, que en Lima también se sintió bastante fuerte. Recuerdo que fue larguísimo, no terminaba nunca. Aun así, el de hoy lo sentí incluso más fuerte, solo que no duró tanto. Tenía 13 o 14 años como máximo. Justo iba a mis clases de karate cuando empezó. Salimos todos a la calle; los vecinos también estaban afuera. Las caras de la gente, los niños gritando. Mi padre tenía la mano puesta sobre mi hombro para calmarme. Cuando me asustaba de chico no era de los que entraban en pánico o gritaban. Me quedaba callado y miraba a todos lados. Era bastante instintivo, pero probablemente, si mis padres se hubieran asustado, yo me habría quedado paralizado. Ya de grande aprendí a manejar el miedo, porque toda mi infancia me la pasé teniéndole miedo a casi todo.

No sé si es porque ahora la información llega rapidísimo a todos lados —y eso solo ha ido en aumento desde que nací—, pero en los 31 años que he vivido siento que han pasado demasiadas cosas en el mundo y también en el país. Mucha gente de mi generación piensa lo mismo. De hecho, existen hasta memes sobre esta situación con los millennials.

Nací en 1993, un año después del autogolpe de Estado de Alberto Fujimori y de la captura de Abimael Guzmán. Tres años después fue la toma de la Embajada de Japón. No sé si estoy inventando recuerdos, pero tengo la sensación de haber estado jugando en el suelo de la cocina mientras se escuchaban las noticias de ese atentado. Puede ser que sí me acuerde de ciertas cosas, porque duró más de cuatro meses.

Unos años después, en 2001, también estaba en el suelo, esta vez en un aula del colegio. Una profesora estalló de rabia porque unos compañeros habían armado dos torres de jenga y simulaban lo que había ocurrido el día anterior con las Torres Gemelas. Los niños pueden ser más crueles de lo que pensamos. Estaba en segundo o tercer grado de primaria.

Ahora que lo pienso en retrospectiva, ese atentado fue una locura. Recuerdo que en las noticias mostraban los registros de llamadas telefónicas hechas por personas atrapadas en las torres durante el ataque. Al escucharlas, se me helaba el cuerpo: voces quebradas por el pánico, algunas llamadas interrumpidas por el derrumbe del edificio. Padres llamando a sus familias, jóvenes que llamaban a sus madres; algunos se limitaban a despedirse. El mundo cambió. Las personas en todo el planeta recibieron un mensaje: este mundo no funciona como creíamos, y lo que no conocemos apenas refleja una pequeña parte de lo que realmente ocurre. Yo tenía menos de 10 años, y a esa edad comencé a entender el trasfondo de muchas cosas que antes solo oía de los adultos sin comprender.

Podría mencionar muchas cosas: desde la crisis económica del 2008, que tampoco entendía del todo, hasta el trágico incendio de la discoteca Utopía. Hasta hoy, cada vez que entro a un lugar, lo primero que hago es buscar las salidas de emergencia. Un sinfín de hechos desastrosos. De un día para otro, el mundo entero enfrentó una pandemia global. Todavía se siente surrealista. Yo estaba en Argentina, me iba a mudar allí para estudiar. Recuerdo que mi padre me fue a ver. Comenzaron a aparecer noticias sueltas sobre casos en distintos países. No me asusté hasta que aparecieron algunos en Argentina y luego en Perú. Tuvimos que tomar un vuelo apresurado porque ya estaban cerrando las fronteras. Regresamos en uno de los últimos. Clases virtuales, cifras de muertes que no paraban de aumentar, corrupción con los balones de oxígeno, y sin una vacuna a la vista. Incertidumbre tras incertidumbre.

Un poco más de un año después, me fui a otro país. Unos meses después comenzó la escalada del conflicto palestino-israelí, que terminó en una masacre espantosa sobre la que seguimos recibiendo noticias. En esos meses también empezó la guerra entre Ucrania y Rusia. Hace unos días, comenzó el intercambio de ataques entre Israel e Irán. El panorama solo deja espacio para pensar que se viene una guerra mucho peor, de gran escala. Espero que estemos equivocados, porque lo que menos se necesita ahora es algo de esa magnitud. Mejor dicho, nunca es buen momento para una guerra, sea del tamaño que sea.

Sin embargo, pedirles un poco de conciencia a los líderes mundiales parece imposible. No son personas normales; cada uno está más loco que el otro. Analizar o predecir desde la cordura pierde sentido cuando hablamos de las decisiones que tomarán. El mundo está dividido, y todos corren como niños a favor de un bando, cuando está clarísimo que ambos están mal. Siempre ha sido así. Pedirle a la gente que sea valiente ahora también parece una locura. Durante mucho tiempo pensé que creer en la paz era ridículo por ser inalcanzable. Me dejé arrastrar por discursos de odio y caí en el pesimismo. Hoy prefiero abrazar el cliché de la paz. Prefiero vivir creyendo en utopías antes que obligarme a pertenecer a estos bandos de mentes cuadradas y derrotistas. Tenemos que darnos cuenta de que nadie merece ser herido.

[Migrante al paso] Entre sueños y realidad

Me levanto de frente, algo raro pasaba, normalmente me quedo dando vueltas varios minutos, incluso horas. Estaba en otro cuarto, el mío, pero cuando era pequeño. Una mancha pegajosa negra comenzaba a crecer por las paredes e invadía el aire. Me quería atrapar. Yo solo corría en dirección al cuarto de mis padres. Me atrapaba, volvía a levantarme, la oscuridad me envolvía, de nuevo en mi cama. Se repitió varias veces hasta que en uno de los intentos logré llegar. Volví a despertarme, esta vez sí fue de verdad. Fue un sueño de hace, por lo menos, cinco años. Pocas veces tenía pesadillas, pero la mayoría las recuerdo. Con mi antiguo psicoanalista hablaba de ello seguido, siempre intentando descifrar los significados, al final me di cuenta de que es imposible, está bien pensarlos un poco, pero demasiado no vale la pena. A veces los sueños solo existen para sacudirte, como una especie de ensayo emocional de lo que no te atreves a vivir despierto.

En Buenos Aires, después de unos meses malos, una noche entraron mi abuela, mi tío y Gruñón, mi Jack Russell con sobrepeso. Recuerdo clarísimo que se subió a mi cama que estaba pegada contra la pared y cuando se acurrucó a un costado, me desperté. Ahí sí no había mucho que pensar, probablemente era mi propia mente diciéndome de una manera extraña que me anime. Es extraño, por más que no sean verdaderos o ciertos no les quita el hecho de que sigan siendo reales. A veces son tan divertidos que no provoca despertarse. De hecho, yo creo que en algún momento, cuando la realidad ya sea insoportable para la humanidad, todos se van a sumergir en un mundo virtual y de manera voluntaria. No los culpo. En mi caso, no lo haría porque he crecido de una manera distinta y he tenido la suerte de viajar y darme cuenta de que sorprenderse es más fácil de lo que parece. Pero entiendo que la mayoría de las sorpresas que nos llevamos son malas porque lo malo vende más.

Ahora despertarse es distinto que antes, ya no es un espacio de calma y comodidad. La gente, y yo no me excluyo, abre los ojos y lo primero que hace es agarrar el teléfono, ver si te han escrito y entrar a redes sociales. Cómo la gente no va a estar de mal humor, si te empujan noticias y comentarios desagradables desde que te despiertas hasta que te duermes. Lo peor es que al final solo está bajo nuestro control, pero aparenta ser al revés. Si a mi generación le afecta y a veces sientes que si no eres parte de esas plataformas no eres nadie, imagínense haber nacido ya con eso existiendo, debe sentirse horrible. Verlo es desesperante. Ya no ves a grupos de niños saliendo a montar bicicleta ni jugar fútbol en la calle. Cuando vas a restaurantes, las mesas están silenciosas, todos metidos en sus teléfonos.

Es obvio que la gente se está volviendo más tonta, los profesionales ya no te dan la confianza de antes. Tuve que ir como a 20 psicólogos hasta encontrar uno bueno. Los doctores te recetan cualquier cosa y te diagnostican algún trastorno mental a los 3 años por tener algún pequeño problema de atención o lo que sea. Si hubiera sido así antes, yo estaría en un manicomio o algo así, y tengo algunos amigos que hasta los hubieran tachado de psicópatas. Pero quién sabe, de repente solo me estoy volviendo un viejo renegón.

Los dos lados se han vuelto extremadamente vulnerables a cualquier cosa. Yo estoy al medio. Por un lado, están los que sobre reaccionan a cualquier adversidad y toman papel de víctimas; por otro están los llamados haters que son los peores, parecen una plaga. Yo también cometo el error de ver sus videos y comentarios. Me malogran el día. Unos viejos manganzones quejándose de la protagonista de una serie porque es menos bonita que la del juego en el que se basa. Francamente, da lástima. Y para mí es inevitable pensar que ya no tenemos salvación, sobre todo cuando lo veo al levantarme.

Comencé hablando de mis sueños y terminé haciendo una crítica. Es que ya no te dejan ni dormir tranquilo. Creo que por eso me encanta dormir y soñar, sobre todo cuando estoy en Lima. Es como si no quisiera despertarme porque lo que sueño es mil veces mejor que lo que veo despierto. En casi todo, menos en la comida. Y si los sueños, incluso los más absurdos, me dan calma o algo parecido al sentido, me basta. A veces revivo conversaciones que nunca tuve o reencuentros que no pasaron, pero que me consuelan. Me invento futuros con gente que ya no está, o despierto con una idea que no sabía que necesitaba. Es como si cumplieran la función de amortiguar pequeñas molestias que recibes diariamente. 

 

[Vida de perros] En mis casi 70 años, nunca he sido fanático de los perros. No los odio… mientras no los huela, no los oiga, y, sobre todo, no tenga que pagar por ellos. Pero la vida, cruel como es, no me concedió ese privilegio. Desde que me casé con mi linda esposita, vivo con perros. No uno, ni dos. A veces tres, a veces cuatro. Siempre demasiados.

Ladran, molestan, ensucian, vomitan… y cuestan. Ocupan espacio, tiempo y atención. Una o dos veces por semana, llegan peluqueras caninas, manicuristas y masajistas de perros, y se pagan con mi billetera, obvio.

Marielena la simpática joven que contraté para mantener el orden y la limpieza del hogar, dedica el 40% de su tiempo —es decir, de mi billete— a cuidar a estos animalitos del Señor. Mientras tanto, la cocina, mi cocina, está hecha un desastre. Se encuentra invadida por bolsas de comida canina maloliente alineadas junto a mucho alimento “dietético” y “saludable” de mi esposa y Marielena (son socias en mi desgracia)… incluso el pan parece haber sido elegido por un veterinario. Y por si fuera poco, los perros se suben a mi cama con total impunidad.

El 60% de las conversaciones en mi casa giran en torno a los perros. ¿Comió el perro? ¿Vomitó el perro? ¿Está triste el perro? ¿Ya sacaron a los perros? Para empeorar las cosas, ECPC —mi hija favorita— me deja sus perros de visita cada vez que sale de compras ¿Y qué puedo hacer? ¿Rechazar el pedido de mi #1? Nunca jamás. Pero los detesto igual.

Odio a los perros. Y no por crueldad. Los odio porque son el símbolo viviente de mi derrota. Me cuestan una fortuna, ocupan mi casa, mi cama, mi tiempo… amén del cariño que a veces me gustaría recibir yo. He perdido la batalla. Soy un huésped en mi propio hogar.

Escribo esto como testimonio por si de algo les sirve a los que, como yo, están en riesgo de flaquear (como yo)  por un amor canino(y ajeno) algún día. No quiero compasión. Solo quiero que el mundo sepa que fui vencido… por los perros. Que, dicho sea de paso, se pueden ir todos —muy en paz y con cariño— a la CsM.

¡No los soporto!

PD: Mi papá tenía la razón. Los perros son una mierda.

[Migrante al paso] Van un par de semanas donde mis padres están de viaje. La calle está rota. La cocina en remodelación. El primer piso barnizado. Por 3 días tuve que dormir en el mismo cuarto donde dormí cuando era pequeño, hasta los 10 años, aproximadamente. Cuando las noches eran misteriosas y tu imaginación era más potente que cualquier pensamiento lógico. Ahí, echado, con la misma imagen que veía antes de dormir cuando era chico. La puerta del cuarto y la del baño consecutivas y casi yuxtapuestas. Pude volver a sentir esas noches místicas de nuevo, hasta podía sentir a mi hermano al otro lado del cuarto durmiendo, donde estaba su cama durante nuestra infancia. Han sido noches en las que, entre sueños, cansancio y estímulos conocidos pero antiguos, todo eso junto es tierra fértil para los recuerdos.

Vi una película de terror, con una pizza y Coca-Cola, exactamente como lo hacía hace años. Comiendo en la cama. Era el mejor plan. Hasta ahora mi abuela se mata de risa de que la hice ver El Señor de los Anillos como 50 veces cuando mis papás salían y ella se quedaba cuidándome. Creo que hasta se había aprendido el diálogo de memoria. Hasta ahorita, veo por lo menos una vez al año la trilogía, la versión extendida. En fin, esa noche dormí ligeramente asustado. Me metí en el papel. Me pareció escuchar que me llamaban desde el primer piso, creí escuchar el piano y recordaba mis miedos de niño. A veces pensaba —no te miento, hasta lo veía— que un monstruo me perseguía; era una quimera de los villanos de ficción que había visto. También, en uno de los pequeños estantes de mi cuarto me imaginaba —también al punto de creer que la veía— a una bailarina de ballet diminuta dando vueltas en su pequeño cuadrilátero de madera.

Aparte de esas pequeñas leyendas personales, las casas tienen su propia mitología o algo similar. Sobre todo entre hermanos que no se llevan muchos años y crean un mundo mágico colectivo, y el miedo nunca escapa de estos terrenos. Como toda cultura, en este caso en micro, existen guardianes, y en nuestro caso eran nuestros perros. El más emblemático, Max, un pastor alemán gigantesco que visitaba cada cuarto de la casa antes de dormir para luego echarse a mis pies encima de mi cama.

Había 3 pilares estructurales de la casa para nuestro pequeño mito. Teníamos un cuarto de juego, donde aparentemente nuestros padres nos cedieron ese espacio y podíamos hacer lo que queríamos ahí. Jugábamos con infinitos muñecos, juegos de cartas, ya sean de Magic o de Yu-Gi-Oh!. En un momento fue cuarto de ping-pong. Luego estaba todo pintado y garabateado por nosotros mismos y amigos cuando era el spot de nuestras primeras fiestas o reuniones. También fue el taller de mi hermano y, mucho después, mi último cuarto que hasta ahora se mantiene ahí. Es algo importantísimo que los niños tengan su propio espacio, y en nuestro caso tuvimos la suerte de que fuera un cuarto completo. Era nuestro santuario y guarida.

En el segundo piso había un cuarto en el que no había nada. Una vez quisimos convertirlo en un laboratorio científico. A veces lo usábamos para entrenar karate. Pero nunca estuvimos mucho tiempo ahí, algo andaba mal con ese cuarto. Diría que, si existen las cargas negativas, en nuestra casa solo ese cuarto la tiene. Está al final del pasillo. Para cruzar de nuestro cuarto al baño, teníamos que cruzar sin ver a la derecha. Nunca a la derecha. Ahí estaba ese rectángulo totalmente oscuro. Mi hermano una vez me dijo que una bestia dormía ahí de noche y yo me lo imaginaba respirando, con ojos rojos enormes, cuando evitaba mirar aquel hueco. Era como una puerta a lo que sabíamos que existía pero no queríamos ver. Este lugar tomó el rol de ser nuestro almacén de miedos. Ahí los depositábamos todos. Ya un poco más grande, fue mi cuarto y, por alguna razón —puede ser que me sentía solo o que efectivamente hay algo raro— prefería dormir en el sillón del cuarto de mi hermano que en mi propio cuarto. Incluso cuando regresaba del colegio me dormía en la cama de mi hermano. Luego, cuando él regresaba de la universidad, me gritaba porque decía que la dejaba toda caliente.

El último lugar era la biblioteca. Miles de libros en rumas. Olía a polvo y estaba detrás del cuarto de mis padres. Ese lugar sí parecía otra dimensión. Parece demasiado grande; si ves la casa por fuera, es difícil imaginar que ese espacio está ahí. Por ahí también subíamos al techo y, también, hay una segunda puerta que da a la calle. Tiene una distribución surrealista. Ese lugar era el que nos permitía volar. El pilar del conocimiento. Tenía sueños recurrentes sobre un ascensor que estaba oculto entre los libros y te llevaba a un laberinto subterráneo. Se fue repitiendo mientras crecía y muchas veces. Habiéndoles contado todo esto, solo puedo dar gracias a haber tenido una infancia con espacios que nos permitían pensar y, sobre todo, imaginar. Es un privilegio en un país como este, donde la mayoría de niños crecen plagados de entornos tóxicos, violentos y de escasez. Nadie tiene por qué crecer ni vivir en esas circunstancias, por lo tanto, lo mínimo que puedo hacer es estar agradecido e intentar ayudar a que no sucedan esas cosas dentro de mi potencial poder de cambio.

[Migrante al paso] Regresando en la tarde, escuchando la Champions League en la radio, un miércoles de educación física. Una vez por semana nos íbamos a la sede de Pachacámac para jugar fútbol y otras actividades secundarias. Era una cancha 11 vs. 11 increíble, impecable, rodeada de cerros y con un cielo siempre despejado. El problema era que se encontraba a kilómetros de la sede normal del colegio. Todos entusiasmados, escuchando los partidos en el bus. Me acuerdo clarísimo de un partido: Manchester United vs. Barcelona. Messi vs. Cristiano Ronaldo en sus primeros años de futbolistas y ya eran los mejores. Dos jóvenes veinteañeros que habían roto todo lo que se conocía como fútbol y no paraban de ganar partidos y llevarse todos los trofeos. Yo, de niño, veía esa camiseta roja y me emocionaba. También estaban Rooney, Beckham, Tévez. Dije: ¿por qué no volverme fan de ese equipo? Poco sabía que años después solo traería decepciones, como vimos en la final de la Europa League. Parece otro equipo. Antes eran unas fieras hambrientas de gol que salían a matar. Aparte, los conocían como Red Devils, demonios rojos. Todo en ese equipo era alucinante. No soy de los que piensa que en el pasado las cosas eran mejores, pero en cuanto a este deporte, sí me gustaba más antes. Había una pasión más cruda, más directa.

En esa época —y anteriormente también— para ser un crack y una estrella del fútbol tenías que ser naturalmente bueno; ahora el deporte es mucho más atlético, todos están megaentrenados y con eso basta. Suena a que lo estoy minimizando, pero no, al contrario, el nivel de esfuerzo que ves en los jugadores es motivador. Y el más grande de todos en ese aspecto es Cristiano Ronaldo, sin lugar a dudas. Si me preguntas quién te parece el mejor de la historia, te respondo que Messi; pero si me preguntas cuál de los dos es tu favorito, sí pienso en Cristiano Ronaldo. Igual, por encima de los dos, siempre voy a tener a Ronaldo, el brasileño. Es increíble la cantidad de deportistas que inspiró. En todos los deportes ves a gente celebrando como él; son niños que en algún momento lo usaron como ejemplo para ser lo que son ahora. El fútbol es eso también: espejos y referentes. En general, creo que se aplica a todo: hagas lo que hagas, si le pones la dedicación que demuestra el jugador portugués a tu área, vas a ser un grande. Yo hasta ahora he demostrado mucha inspiración y poca transpiración. Recuerdo que esas palabras me las dijo el director de mi colegio el día de graduación. No ha cambiado mucho eso y no me siento bien al respecto. Sí me gustaría por lo menos acercarme lo más que pueda a la dedicación de estas personas. Veremos si lo logro. A veces lo intento, otras veces solo lo pienso.

Francisco Tafur

Tengo la suerte de haber ido a dos mundiales: el de Brasil 2014 y el de Rusia 2018. Los dos fueron mágicos. Todas las ciudades del país se contagian de la fiebre del fútbol y se vuelven festivales. Gente de todos los países con sus camisetas gritando y bailando en las calles. Hay una energía que no se puede describir del todo. Recuerdo en Brasil ver el partido España vs. Holanda, donde el segundo ganó 5-1, y vi de cerca uno de los mejores goles de la historia. Van Persie metió un gol de cabeza e hizo historia. También vi a Cristiano Ronaldo de cerca cuando Portugal jugó contra Alemania y perdió 4-0. A Messi ya lo había visto jugar porque es normal un partido de Perú vs. Argentina, pero ver a Cristiano Ronaldo era algo que en ese momento me parecía imposible, sobre todo para mí, que era un fan. Era como ver a un personaje de videojuego caminando frente a ti. En el Mundial de Rusia pudimos ver las semifinales y la final. Mi favorito de ese Mundial fue Hazard, sin lugar a dudas. El partido de Bélgica vs. Francia fue como una final adelantada. Ese Mundial fue especial. Perú se quedó en fase de grupos, pero no llegábamos a un Mundial hacía 36 años. Yo nunca lo había visto en un Mundial; ahora parece nuevamente un sueño lejano. También fue especial porque, como todos sabemos, conocer Rusia en estos momentos es algo inaudito. El mundo cambia demasiado rápido. Lo que hoy parece accesible, mañana puede ser imposible.

No lo llaman el deporte rey por las puras: despierta el lado más primitivo de las personas. Es por eso que puedes ver a gente vieja comportarse como niños. Es un deporte accesible para todos: solo necesitas una pelota de cualquier precio y con eso ya puedes comenzar a jugar. No discrimina por clases sociales ni color de piel, solo importa divertirse y ganar. A cualquier niño del mundo le das un balón y se va a divertir. Puede ser de trapo, de plástico o de cuero profesional, pero la emoción es la misma. Lo que sí es notorio es la diferencia en el apoyo del Estado a sus deportistas. En Perú no existe ese apoyo para nada. Da pena solo pensar en la cantidad de jugadores buenos que deben haber existido en nuestro país y nunca fueron vistos; la cantidad de promesas actuales que jamás serán vistas. Estamos en un país patas arriba y parece una locura darle importancia al deporte, pero la realidad es que es uno de los factores que más aumentan el potencial de un país y también de mejora social y cívica. Me gusta pensar que en algún momento se le dará la importancia que merece. Ojalá no tengamos que esperar toda una vida para verlo.

[Migrante al paso] Un partido de fútbol

¿Que me llevo a esconderme tanto tiempo?, me preguntaba apenas entré a la pequeña cancha 6 vs 6, pisando el pasto sintético. Zapatillas rotas, no jugaba hace años, así que usé las más desgastadas que tenía. Mis pies son muy grandes y siempre ha sido difícil que haya alguien que me pueda prestar. Me sentía cómodo. Lo mejor es que en mi equipo estaba la persona con la que más veces jugué de chico, era el mejor y lo admiraba por eso. Yo solo era hábil y tímido. Horas en el parque simplemente pasándonos la pelota, conversando de Dragon Ball, las chicas de las promociones mayores y qué tipo de pizza nos íbamos a comer más tarde. Las cosas no deberían ser más complicadas que eso, pero normalmente no son como deberían ser. No me sucedió nada particular, no se murió nadie, no me dio una enfermedad, simplemente me escondí mucho tiempo.

Comencé de 9, con mi amigo siempre compartimos el fanatismo por Ronaldo, el gordo; queríamos ser como él, así que siempre quería jugar arriba, la verdad es que era mejor defendiendo, pero quería meter goles. Nunca fui rápido, pero tenía timing. Apenas llegó la pelota a mis pies, todo comenzó a moverse rápido, mi cuerpo no podía seguir mis pensamientos, y me sentía pesado, sin agilidad. No importaba, algo había recuperado. Le puse color a una pantalla blanco y negro. Había perdido reflejos, pero no la intuición. Fui el peor del equipo probablemente, metí un gol por lo menos, de lo contrario hubiera sido un desastre total. La mitad del partido pedía tapar porque sentía que me ahogaba. Mis lentes empañados por el calor corporal y un chaleco que me quedaba apretado. Visto desde afuera probablemente hubieran creído que la estaba pasando mal. Pero no. No me divertía así hace mucho. A pesar del dolor de piernas y la torpeza con la que corría, por dentro algo se ordenaba. Apoyado en un palo del arco, agitado, volvía a pensar: ¿Por qué?

Un partido de fútbol

Llegó un momento en que me sentía extranjero en mi ciudad, un desconocido con mis amigos, molesto con mi propia forma de ser. Me incomodaban mis silencios, pero más aún mis opiniones. Insulté modos de pensar similares al lugar donde ahora trabajo, me reí en la cara de religiones e incluso le falté el respeto a dioses ajenos. Me volví un personaje sarcástico, medio soberbio, medio herido. Supongo que al final solo me estaba insultando a mí mismo. ¿Quién diablos me creía? Mi propio ego me jugó una mala pasada, y por mucho tiempo. Al igual que me rescató en muchas situaciones, esta vez me daba palizas. Caí en el miserable juego adulto de odiar todo solo por no saber qué más hacer. Empecé a pensar que todo lo que hacía era inútil, que todo intento era decorativo. Siempre he sido renegón, lo sigo siendo, pero ya llevo un tiempo distinto a lo que era antes y más parecido a lo que fui anteriormente. Es curioso cómo uno se da cuenta del daño cuando ya está lejos del momento. Hay mucho por lo cual pedir perdón, asumo, sin embargo, un perdón culposo no vale nada. Es como no robar por temor al castigo. Curiosamente así funciona el mundo.

Cuando era niño, luego de perderle el miedo a las piscinas donde no tenía piso, me sumergía, botaba el aire para no flotar y me quedaba en el fondo, dejándome llevar por las sutiles ondas que se pueden producir en tan poca agua. No escuchaba nada, salvo mis propios latidos. No podía ver bien, salvo por la luz que entraba de la superficie. Me gustaba esa soledad controlada, ese silencio momentáneo donde no debía agradar a nadie. Sentía que todo lo que necesitaba estaba ahí abajo, al menos por unos segundos. De adulto, retomé el miedo de no tener piso. Lo que aparentaba ser una vida caótica solo era el reflejo de ideas y argumentos negativos demasiado organizados y sistematizados. El ruido mental era constante, como una radio mal sintonizada. El problema no es esconderse en sí, sino que dejas de actuar, te quedas paralizado. Y cuando te detienes mucho tiempo, las excusas se vuelven principios. La gente suele consolarte con la mentira de que al final el tiempo lo cura o soluciona todo, la verdad es que hacer cosas cambian las cosas.

Jugar fútbol, después de años, fue una de esas cosas. Saliendo de la cancha, yendo a pagar mientras el ruido de unos viejos barrigones que toman cerveza después de jugar te acompaña durante el partido y después. No es mentira cuando dicen que es un deporte mágico. En mi caso, recordar la sensación de ser niño me motivó a seguir divirtiéndome. Me devolvió una parte que no sabía que extrañaba. Por más que el mundo aparenta cada vez ser más peligroso, no todo el exterior está mal, ni te están atacando. Hay belleza en lo que no controlas, en lo que simplemente ocurre. Ni entre tus cuatro paredes, ni dentro de tus pensamientos se encuentra lo bonito de la vida, por lo menos eso creo últimamente. Ahora me pregunto: ¿Qué pasará si vuelvo a hacer las cosas que disfrutaba antes?

[Migrante al paso] La niñez. De pequeños soñamos con lograr cosas grandiosas cuando pases a ser adulto. Desde un Michael Jordan o un Ronaldo el Gordo, hasta Freddy Mercury y un científico loco. Artistas, rockstars y millonarios. Estos deseos van mutando y muchas veces entramos en contradicciones, a veces letales. Borraría algo de mi pasado, no lo sé. Tal vez, lo borraría todo. ¿No sienten que a veces, para lograr nuestros sueños de infancia, tienes que romper también con el ideal que tenías cuando eras niño? Yo me lo preguntaba constantemente, luego me di cuenta de que darle la vuelta a eso por 10 años, solo fue una pérdida de tiempo. Ya me aburrí de tanta preocupación y tan poca ocupación. Me quedaría con la enseñanza, pero ese pensamiento rumiante lo eliminaría. Entonces, ahora que estoy escribiendo, recupero la pregunta sobre qué es lo que realmente vale la pena borrar. Como base ficticia de que se puede. Hay ciertos momentos, ciertas anécdotas de las que me arrepiento; normalmente me acechan al despertar o antes de dormir. Eso que son cosas leves y totalmente parte del desarrollo de cualquiera; imagínense lo trastornadas que están las mentes malvadas para poder estar tranquilos con sus actos.

Estábamos frente al arco, él solo, no hablaba. Le paso la pelota. Patea y la manda a cualquier lado. Recuerdo molestarme, voltear y ver su cara. Parecía asustado, normalmente una mirada así hubiera detenido cualquier pensamiento conflictivo en mí, esta vez no fue así. Me limité a quedarme callado y mirarlo feo. En esos tiempos, una pichanga de educación física nos la tomábamos como si fuera la final de un mundial y, como se sabe, en el fútbol entras en una especie de trance y, si no lo manejas bien, saca lo peor de ti. —Túpac —le gritaba uno. —Yupanqui —le comentaba el de su costado. Así varias seguidas. —Pachacútec —se iban aglomerando las bromas. Todo a manera de abuso. Luego me di cuenta de que es un insulto bastante ignorante, es como intentar hacer sentir mal a alguien y decirle Julio César o Alejandro Magno.

Iba pasando el partido y yo lamentablemente también me uní. Cada vez más. Todos se reían de mis chistes y yo reía de vuelta. No pude notar la ira de quien estaba recibiendo las burlas. Estaba bloqueado y perdí todo control sobre mí. Tenía máximo 12 años, pero igual es algo que me sigue persiguiendo. Perdimos. En el calor de la piconería le eché la culpa a él de perder, frente a todos. En el camino largo hacia los cambiadores, sentí que había sido cruel. No creo que existan niños que escapen de eso. Evidentemente algunos más que otros. Como niño sensible, me dieron ganas de llorar.

Tocaba clase de carpintería. Entré a este almacén oscuro, sin ventanas, todo lleno de madera, martillos, fierros, pinturas y unos estantes que rodeaban toda la habitación. Estaba dándole la espalda a todo buscando unas herramientas, siento un empujón fuerte y mi cabeza chocó con uno de los filos. —¡Ahora pues! —me dice violentamente. Volteé en posición de pelea inmediatamente. Pude ver antes de reaccionar y era el chico del partido de fútbol. Sus ojos sólo decían que me quería rellenar a golpes. Fue ahí que me di cuenta de la magnitud. Lo abusivo, discriminador, todo lo que estaba fuera de mi ideal lo había perpetrado y llegué a esa situación. Fue tan fuerte que recuerdo a detalle el ambiente, solo estábamos los dos. Su mano agarrándome el hombro. Yo confundido. La imagen que tenía de mí era de un protector y estaba en la situación contraria. Me amenazó y me dijo para encontrarnos en la esquina del colegio, después de la salida. Nunca me había pasado algo así. No le tenía miedo a la violencia, le tenía miedo a lo que había hecho. Peleas había tenido miles, pero siempre del lado correcto o de manera deportiva.

 Borrarlo o no.

No pude concentrarme, no hablaba, solo pensaba. Supe qué es lo que tenía que hacer. Una idea bastante infantil, pero honrosa y sin huir. Sobre todo, me basé en qué harían mis personajes favoritos de animes o caricaturas. Era solo un niño, después de todo. No le conté a ninguno de mis amigos, tenía que hacerlo solo. Sonó el timbre y me dirigí al lugar acordado. Él estaba preparado, también solo. Yo solo pedí disculpas y que si nos peleábamos no me iba a defender porque me lo merecía. Su rostro cambió de ira a comprensión. Es extraño, nunca había hablado de eso y he sentido un poco de alivio. Era un buen tipo, bravo. Qué será de él. Es curioso cómo ciertas historias se te quedan marcadas; no tengo los años para decir que para siempre, pero sí que bastante tiempo.

Es posible analizar esta anécdota desde muchas perspectivas. Solo sé que me dediqué a ser amable, más de lo que era, fui un héroe en muchas circunstancias. Sin embargo, me olvidé de ser un héroe conmigo mismo. No lo borraría, borraría solo varias convicciones que el mismo día a día te impone. En cuanto a eso, sí, hay que romper todo. Somos un cúmulo de historias, algunas escondidas, otras olvidadas y otras siempre ahí. Recordar tanto, pensar tanto, preocuparse y mucha culpa; tal vez sin eso avanzaría más rápido. De repente sería mejor abandonar eso. Igual, es imposible de comprobar, así que solo se puede avanzar.

[Migrante al paso] Subíamos una torre de madera. Piso a piso mis piernas se debilitaban. Los niños subían corriendo y yo me agarraba fuerte de la baranda porque temblaba. Mi miedo a las alturas sigue siendo el mismo. En ese momento era 10 años menor, por lo menos. Llegamos al último piso y comenzamos la fila para hacer rappel. Hasta ahora no entiendo cómo les hice caso y terminé en esa situación. Me iba a morir de miedo. Primero lo hizo mi hermano mayor, con un poco de temor, pero rápido. Le tocaba a mi padre que hasta el momento había ocultado perfecto que en realidad estaba en la misma situación que yo. Se demoró como 10 minutos solo en dar el primer paso, el más difícil, de espaldas hacia el vacío, agarrado de una cuerda. Comenzó a bajar y a la mitad se quedó prendido de la cuerda con todas sus fuerzas. Hasta ahora me acuerdo, entre las risas de mi madre como uno de los instructores de abajo gritó: —Señor, respire—. Yo me reí después. En ese momento solo estaba pensando en cómo sobrevivir a lo que me esperaba.

Ahora quedábamos mi madre y yo.

—Tírate tú, yo bajo por las escaleras—le decía asustado.

—Anda, te toca, no seas miedoso—me decía mientras la fila avanzaba—mira los niños se están tirando—se reía.

—Se pueden tirar 500 niños, yo bajo por las escaleras.

Al final ella fue primero con la condición de que yo baje después. Parecía una profesional, lo hizo sin dudar y en un segundo ya estaba abajo. Así es, todo lo que hace lo va a hacer bien y es motivador. Ahora estaba a un paso de la caída, ya amarrado. Me puse de espaldas con las manos en la posición que te pedían, una atrás a la altura de la cintura para regular la velocidad de bajada y otra adelante, sosteniendo la cuerda. No sé cuánto tiempo pasó antes de hacerlo. Me rendí una vez, ya iba a retirarme mientras veía a mi familia abajo, todos sonriendo. Mi papá gritó desde abajo: —Dale un intento más—. Lo hice, lo más difícil fue darle la espalda al vacío, después de eso, cuando ya estaba sostenido en el aire, solo había una salida: bajar. Lo hice más rápido de lo que pensé. Apenas pisé la tierra, solté todo a modo de risas. En ese viaje, mi padre me empujó 3 veces, esta fue la primera. Luego, cuando por miedo no quería saltar del bote en altamar para nadar con tiburones ballena. La última fue más por bromear, cuando me tiró al agua helada de un cenote.

Toda mi vida he podido avanzar a paso lento gracias a estos empujones de mi familia. De lo contrario, probablemente nunca hubiera hecho nada. Solo en ese viaje familiar, pude superar mi mayor miedo y ver a una criatura colosal desaparecer en la oscuridad del fondo marino. Lo que sentí en esos momentos está atesorado adentro mío.

Francisco Tafur. Crónica de Sudaca

Ahora que tengo 31 años, ya aprendí que muchas veces para salir de alguna situación concreta, por más que varias manos soporten mi peso mientras se hunde, el único que puede generar un cambio verdadero soy yo. Para hacerlo, solo puedo usar esos recuerdos como combustible. Los rostros sonrientes de mis padres en viajes, el matrimonio de mi hermano, mi abuela regalándome plata a escondidas, mis tíos regalándonos videojuegos de chicos, en esas figuras se basan mis ganas de querer sentirme bien y cada vez fortalecerme. Así es la única manera en que seguiré avanzando. Con la cabeza en alto, orgulloso de quien soy y agradecido de cómo crecí. Puedo perder muchas veces, pero eso no me lo va a quitar nadie.

El año pasado, caminaba por las calles de Osaka. Después de dos meses viajando por todo Japón, me comencé a sentir diminuto. Estaba lejísimos de todo. No había interactuado de manera elaborada en mucho tiempo. Era como si hubiera olvidado el sonido de mi propia voz. Miraba a mi alrededor y todo era desconocido. Seguí cabizbajo. Me metí por unos callejones con la intención de alejarme de la gente, ya que me estaba superando la ansiedad. Llegué sin querer a una escultura de Buda toda cubierta de moho. El verde era intenso y lo cubría en su totalidad. Había un par de ancianos meditando con las palmas juntas frente a él. Me quedé mirando atento.

Se fueron, y me acerqué a la figura misteriosa que parecía insertada en medio de la modernidad de la ciudad. Agarré el agua de las pequeñas fuentes que suelen acompañar a estos monumentos. Chorreé un poco en la figura para aportar a ese verde intenso y luego me mojé la cabeza hasta estar empapado. Cerré los ojos y junté las manos. No lo hacía desde que mi abuela nos hacía rezar, cuando éramos niños y aún creíamos en Dios. Lo único que pude pensar fue un gracias. Desde la oscuridad de mi mente sentía aquellas voces familiares llamándome con ternura por mi nombre, ese nombre que cuida de mí. Abrí los ojos, y algo había cambiado. Dentro de mí estaba ardiendo una luz extraña, incluso estando triste puedes ser genial, me repetía. De esa manera podré vivir tranquilo. Ha pasado poco tiempo desde que puedo levantarme y no pensar en expectativas ni sentidos, solo que puedo volver a ser el campeón que fui de niño, mirar sin temblar y sonreír todo lo que pueda. 

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