En esencia, es una película que ha sido artesanalmente hilvanada y no producida. La calidad del detalle estético es estremecedora. Pero la violencia está acompañada de momentos de dulzura, y en algunos tramos hacen recordar a historias de amor sutiles a pesar de la crudeza de su relato. Me viene a la mente Corazón Valiente de los 90 y ese cine épico y apasionado que producía un espectáculo visual y narrativo perfecto para las salas de cine. Lo que promueve al héroe en su cruzadas es ese desenfreno agresivo producto del amor. 

Roger Eggers logra solidez en una propuesta cercana a lo teatral. No hay otra forma de rodar esta historia. Es como una larga tarima de actuaciones memorables y diálogos sentidos. Logra el espectáculo en esta pregunta clásica de la narrativa de qué tanto están dispuestos a sacrificar por amor o revancha. También atrapa al público con múltiples giros narrativos y el jugar con el elemento de los límites del destino. 

Parece muy fácil hablar mal del estado actual del cine en el mundo y en Estados Unidos en particular. La carencia de una personalidad en su estilo o guión es indiscutible en líneas generales, para muestra cualquier producción regular de Netflix o Amazon. Y entonces uno se cruza con estas películas y merecen tener un valor a partir de sus agallas de propuesta original, ruidosa y compleja. Entonces, existe un halo de esperanza hacia el futuro.

Eggers nos recuerda que aún podemos tener películas audaces y hermosas con altos presupuestos y actores de taquilla. También el cine puede transportarnos a mundos inexplorados, y hay cineastas corajudos capaces de poner todo ello en salas comerciales, aún cuando abiertamente se quejan del exceso de supervisión editorial sobre los guiones y las propuestas artísticas. Al final del día, como todo, el cine es en principio un negocio.

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Cine, Cultura, Películas

Tengo una idea para Rowling. Quizás sea el momento de conectar todo esto con Tom Riddle. Al mismo estilo de Star Wars con Darth Vader. El fascismo de Grindelwald puede ser de alguna forma piedra angular de la creación del villano Voldemort. Y todo este enredo de líneas narrativas sin sentido puede caer directo en las guerras de los Mortífagos contra la Órden del Fénix, los papás de Harry, Snape, Sirius y personajes más interesantes.

Pero realmente no parece haber salvación para esta saga secundaria. Ni siquiera la historia de amor entre Dumbledore y Grindelwald pudo atrapar mi atención. La salida del closet es demasiado tímida y tiene tan poca previa que resulta inverosimil. Es demasiado sutil. Incluso no sirve de nada para normalizar la homosexualidad, pues haría falta algo más evidente. 

Aún con todo lo dicho, lo que más me molesta es tener un villano tan pasivo. Grindelwald es un gentleman. No hay nada sanguinario o violento en él. No parece ser realmente una amenaza para nadie. Ha matado a personajes representativos, pero ya nadie se acuerda de ellos. Es un político, desea ser un dictador del mundo mágico, pero la narración no permite que sea temeroso.

Al final, Dumbledore no parece tener ningún secreto poderoso. Antes de ello, Grindelwald no cometió grandes crímenes sobrecogedores. Y aún previo a ello, los animales no son tan fantásticos, más bien son tiernos y caricaturescos. Todo en esta saga es y sigue y seguro seguirá siendo plano, predecible y olvidable. Haría muy bien apostar por otro director y cambiar la fórmula. Por favor.

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Cine, Cultura, Harry Potter

Uno de los principales logros de la película es la forma en la que abordan las emociones del personaje de Phoenix. En lugar de exagerar con rigidez, oscuridad y trauma, él está solo un poco triste y es un poco solitario. Esa contención emocional en el personaje principal ayuda a la audiencia a conectar con facilidad con una película sobre personas cerradas tratando de abrirse y sentir más.

No se deje engañar por la fotografía en blanco y negro. De entre todos los logros del director, es su mejor elección. El color de la película hace posible que diferentes áreas de Estados Unidos se sientan como el mismo lugar, a pesar de ser muy diferentes. Porque la película viaja a cinco diferentes ciudades muy diferentes entre sí y esa no es distracción alguna para el foco de la historia.

 

En este guion se habla poco. Durante todo el metraje, propone a la audiencia elocubrar sobre qué pasará a continuación. Por ejemplo, Jesse tiene una extraña rutina antes de irse a dormir donde pretende ser un huérfano buscando dormir con alguien más y no solo. Ese guiño a la locura del cual no se discute en absoluto brinda con sutileza una sensación de “todo puede pasar aquí” a una narrativa en esencia simple y convencional. 

Esta es una película rellena de personas esperando poder abrirse más hacia la vida y las emociones, hacia las personas, hacia las conexiones. En ese sentido, aceptarse a uno mismo y al resto es una necesidad diaria. Como en la vida misma. Porque adaptarse, dar pasos hacia los lados, nutrirse de fuentes externas, explorarse a sí mismo, es solo como todos vivimos, siempre. Y al final, lo más importante para progresar en ello es el deseo de escuchar. 

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Cine, pelicula, sociedad

Todo esto es así porque la Academia ha pasado por cambios trascendentales en las últimas décadas. Solía ser un club de pocos especialistas o tradicionales productores de cine estadounidenses que elegían lo que más les gustaba. Hoy, en el camino de universalización de la industria para conectarla al mundo entero, acepta a muchos miembros de todas las edades y orígenes.

Ya no hay un común denominador entre los votantes. Son una masa enorme que con el tiempo se dividirá entre grupos focales menores (como hacen todas las sociedades) y es por eso que hoy tenemos películas animadas nominadas, de ciencia ficción o incluso extranjeras. También a ello se debe la politización total del espectáculo, donde solo gana lo “políticamente aceptable” o lo que suena más representativo en el mundo de Twitter.

Llevar la industria y los premios a más personas en todo el mundo es un esfuerzo notable. El peligro está en que esto finalmente se vuelva una reunión de miles donde se ha perdido por completo el sentido técnico del premio, el control de calidad y las tradiciones. Donde pues se lleva al estrado una traductora al japonés que no es necesitada por cinco minutos, actores sin ropa asisten a la gala, un presentador erupta en vivo o un actor insulta y pega a otro en el estrado. 

 

 

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Cine, Oscar

 

West Side Story ha recibido siete nominaciones al Oscar, incluido Mejor Película y Director. Spielberg es el primer director en ser nominado al Oscar en seis décadas diferentes, y once de sus películas han sido nominadas al máximo premio.

Pero, como ha sucedido muchas veces, los Oscar no son sinónimo de calidad.  

La obra West Side Story es una historia de romance imposible a lo Romeo y Julieta. Él se encuentra con ella, se conquistan y llegan a amarse aunque pertenezcan a mundos opuestos y enfrentados. Se basa en la idea del amor sublime cuando excede a las banalidades de la sociedad. Una historia así solo funciona si se transmite de manera creíble y con firme convicción. 

Con esa hipotesis en mano, nada menos que Steven Spielberg levanta el telón de un clásico de Broadway y de Hollywood. Estamos en el Nueva York de mitad de siglo, sesenta años atrás. Lincoln Center aún no ha sido construido, viejos townhouses van a ser demolidos para dar terreno a futuros rascacielos y los autos aún no han copado todo con su mundanal ruido. 

Al ritmo conocido del chasquido de dedos, Spielberg nos presenta al primero de los dos mundos en conflicto, el de los hijos de migrantes europeos. Entre ellos está Riff, un joven mujeriego, vehemente y con ganas de defender su territorio en las calles. En el otro lado están los hijos de migrantes latinos. El líder es Bernardo, apasionado luchador, con ganas de hacerse respetar a puñetazos. 

Riff y Bernardo pelean durante toda la película por ver quien es el dueño del territorio habitado por ambos. Pelean por América. Y el protagonismo de ellos me hizo pensar por momentos que al guionista Tony Kushner se la había ocurrido hacer un West Side Story gay. Menudo giro plausible hubiera sido. Pero no. Tarde y desapercibido, hacen su aparición en escena María y Tony. 

A María su hermano Bernardo la quiere emparejar con su amigo Chino, por eso van a un baile. Y a Tony su hermano Riff lo quiere de vuelta en la batalla contra esos latinos mugrosos, por eso irán a arruinar el mismo baile. Pero María y Tony, quienes nunca antes se habían cruzado, apenas y se miran mientras todos bailan, y en dos minutos se aman y se besan. Es el amor fugaz inmediato sin necesidad de conquista, sin ningún esfuerzo. Es como una cita por Tinder o Bumble. Ni se han podido conocer bien entre ellos ni menos los conoce el público, pero ya se aman.

El West Side Story de Spielberg da por sentado el amor, único ingrediente vital para el éxito de su trama. Toda esa idea de Romeo y Julieta se cae pedazos cuando la bandera principal de la película no se trata de desarrollar el vínculo creíble e intenso entre María y Tony. No me creo sus motivaciones para estar juntos, la defensa de su supuesto amor, ni siquiera sus ganas de escapar para poder ser una pareja. 

Ella no es la mujer soñadora y aspiracional en búsqueda de un gran amor, sino parece una chica confundida y frustrada a la espera de una mejor vida para sí misma. Él no es menos egoista. Anhela para sí mismo para la salvación de su pasado y superar sus demonios personales. No es el chico inocente e idealista cuya habilidad para derretir corazones es suficiente pretexto para enamorarse de él. En el frenético juego de cámaras de Spielberg, no hay tiempo para entender su amor de una manera sublime, idealista y existencial. 

Lo empeora todo el error de casting de Rachel Zegler y Ansel Elgort. Hay una innecesaria diferencia de tamaños entre ambos. Ni siquiera se tocan hasta el final de la película y comparten poca pantalla. Ella tiene una mirada muy dura, parece preocupada siempre por algo, como si avisara todos los problemas. Nunca está feliz. Cómo se enamora uno sin alegría, siempre consternado por el siguiente paso desde el primer encuentro. Él tiene una mirada suspicaz y misteriosa, como un galán de película de mafiosos. Y entre los dos, no se construye química alguna. 

Descartada la construcción del amor, el guión se centra en los conflictos sociales. Intenta abanderar todas las causas del presente, aún cuando no se relaciona en nada a la trama. También hay un exceso de interés y pantalla en los personajes secundarios. El protagonismo de Bernardo, Riff, Anita, Valentina, Chino e incluso los policías es exagerado. Con ello, la atención del público se dispersa demasiado. 

Es admirable el tiempo y dedicación puesto a producir esta película. La factura técnica y la calidad de la producción son impecables. Cada detalle ha sido estudiado al milímetro. Y es precisamente ahí donde se identifica la falta de habilidad del director para rodar un musical. Las coreografías son excesivas y exageradas. Son cuerpos arrojados sin delicadeza a bailar en escenografías y planos hermosos, e impide a los personajes presentarse con naturalidad. 

Aplaudo la elección de los diálogos en español, aunque solo sirva para resaltar más el lío social. Pero han hecho algo con el montaje de sonido para exagerar las voces y no parecen salir de la boca de los actores. Sumado a la grandilocuencia de los diálogos, pegoteados sin cuidado de la obra original a pesar de estar a sesenta años de su debut en cines, es como asistir a una función atrapada en el tiempo.

Las películas de Spielberg siempre presentaron hombres ordinarios capaces de superar grandes retos. Y qué si esta versión del famoso musical hubiera dado más énfasis a Tony, su lucha interna por reformarse y la gesta imposible por conquistar el amor de María. Y que a ella también le cueste enamorarlo. Pero después de cuarenta años de carrera, donde el amor es totalmente ajeno al cine de este director, era de esperarse.

Spielberg ha estrellado un clásico al extirparle su esencia y alma. Con su ambición técnica le ha dado rigidez a su propuesta. Y decepciona al ser el cineasta más innovador del siglo pasado. No sorprende tampoco el fracaso en taquilla. Esta película errática no pudo competir jamás con el rezago de la pandemia, Spider-Man y Matrix. Pero tal vez sí, cómo no, ganar unos cuántos Oscar técnicos. Será la película enana de las salas vacías.

 

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Cine, Películas, Steven Spielberg

 

La Luna va a estrellarse con la Tierra. El único satélite natural del planeta va a causar su inevitable colapso. Y con ello, claro, la extinción de la especie humana. La Luna va a caerse, o más precisamente, va a salirse de órbita. Y ese argumento es solo el pretexto de un carnaval de desastres. Tsunamis, terremotos, cataclismos, edificios derrumbándose, lo que fuera. 

Roland Emmerich mete treinta años de carrera haciendo películas de desastres en Hollywood en una misma película. Eso es Moonfall. Están todos los tipos de catástrofe vistos en The Day After Tomorrow o 2012, y también algunas dosis de mundo extraterrestre similar a Independence Day o Stargate. El resultado no termina de definirse por ninguno. Es en efecto un carnaval de lo todo.

La película empieza con un innecesario discurso científico. Pues, qué más da por qué la Luna se está cayendo. No importa si se trata de una coherente razón astronómica, o si son más bien teorías conspirativas, políticos estafadores o información clasificada. Igual se va a caer. Y poco importan las razones cuando hemos venido a presenciar su destrucción en pantalla grande. 

Entonces Emmerich demora en llegar al punto focal de la historia. Hay demasiada marea informativa nublando el rollo principal. Si salimos con vida de esos somníferos cuarenta minutos, la historia presenta un simple duo protagonista entre los astronautas Brian y Jo, dos antiguos colegas cuya gran duda es si serán el equipo capaz de salvar al mundo. A la pareja se suma el conspiracionista K.C. que está destinado a ser el gordo bufón subvalorado de la trama.

Mientras ellos tres se preparan interminablemente, en la Tierra quedan un sinnumero de personajes secundarios innecesarios. Los ex esposos de Brian y Jo, sus respectivos hijos (llegué a contar al menos cuatro niños), el hijo mayor de Brian recién salido de prisión, el nuevo esposo de la ex esposa de Brian, una joven mujer asiática que acompaña al grupo sin ningún motivo y unos aleatorios adolescentes merodeadores que han conquistado el mundo pre-apocalíptico. 

Y entonces al cumplirse una hora de película, Moonfall es un maremoto de datos y argumentos cruzados sin importancia. De hecho, todo parece muy estúpido. Hay una civilización mundial rendida a la catástrofe sin ningún liderazgo más que de tres renegados desconocidos. En todas las películas previas de Emmerich había cuando menos una figura política mundial para darle legitimidad.

De hecho, la misión central de la película queda reservada para el final. Antes de ello tendremos un enredo de imágenes extrañas donde se ha confundido la geografía norteamericana con Asia o el Polo Norte, una NASA sin ninguna infraestructura ni poder casi en absoluto que debe sacar naves espaciales de museos tomados por la delincuencia juvenil, y una explicación al argumento final futurista bastante original para ser honestos, pero arrojada al espectador sin ningún aviso previo para intentar ser creíble o verosimil.  

Si tan solo Emmerich se hubiera librado un poco de toda esa densidad de personajes, argumentos y variables informativas para entregarnos lo que vinimos a buscar. Eso que ha sido su inspiración personal y musa durante toda su carrera. Ese momento épico donde el planeta se acaba, o pende de un hilo, y entonces estamos satisfechos a pesar de uno que otro bochorno en el camino.

Pero no. Moonfall solo cuenta con algunos atisbos muy lejanos de genuina emoción. Vale la pena si extrañas grandes producciones fastuosas de catástrofes, estás bien descansado y quieres verla en pantalla grande. De lo contrario, The Day After Tomorrow es aún una mejor propuesta, incluso veinte años después. Y si no, pues, cualquier otra.

 

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Cine, Películas, Roland Emmerich

De vez en cuando vale la pena destinar múltiples horas para consumir una historia larga en la televisión. Ozark es un buen ejemplo de cómo invertir ese tiempo con calidad. Es también una nueva demostración de que las mejores historias del cine o la televisión llevan consigo el ingrediente de la familia. No se engañe por el elemento narcotráfico, esta es una serie sobre la vida misma.

Porque la vida empieza, continua y termina alrededor de las familias. Ya sea por la ausencia de ellas o por la extrema presencia. Por la comidad que generan o por el caos. Contar historias donde el protagonista tácito pero elemental es la unión entre familiares siempre tiene mayores posibilidades de capturar la atención. Y aquí no solo hay una, más bien las familias no dejan de aparecer.

En Ozark, una típica familia estadounidense de padre, madre y dos hijos transforman su vida por completo cuando se cruzan con un cartel mexicano. Están obligados a lavar dinero para sobrevivir. En ese intento, llegarán hasta una localidad de vacaciones en el centro del país donde abudan los lagos, pero por delante de ello la pobreza mental, la escasez de valores y la mezquindad.

Ahí se encuentran con otra familia. Esta sobrevive pero frente a las carencias. No tienen nada y sueñan con tenerlo todo, pero están incapacitados para lograr algo. Y por ello algunos se conforman, pero otros quieren salir adelante como sea. Esta es la historia de cómo entre los mismos familiares hay espacio para destruirse entre sí, carcomerse hasta desaparecer.

Hay más familias. Los que están unidos por la locura, por la codicia, por el miedo, por la frustración. Los que están nutridos por la ausencia. Y la motivación para avanzar siempre es cuidar a los propios, o los que cada personaje considere como familia. Cuando la serie alcanza el mayor éxito nos encontramos entre líos morales de defensa de los propios versus el bien común de la sociedad.

Ozark es un viaje hacia el abismo de la condición humana sometida siempre al escrutinio del éxito. Todos los personajes de esta serie quieren lograr algo mejor de lo que tienen. Ya sea para salir o para entrar al caos. Y en ellos se presenta una pelea campal en cada episodio donde la sangre y la violencia chorrean por los márgenes de la pantalla, pero en tonos y ritmos pausados, contemplativos y ténues.

El personaje principal interpretado por Jason Bateman lleva la batuta. Su pasividad ante toda situación extrema es capaz de conectar los puntos sueltos cuando la narrativa se hace muy improbable. Ahí siempre está la cara noble, la normalidad, para volver a pensar que todo aquello es posible o, más precisamente, podría pasarle a cualquiera.

Pero es su pareja en la ficción, interpretada por una magnífica Laura Linney, quien se lleva todos los méritos. La transformación que da su personaje, desde una madre ama de casa salida de Desperate Housewives hasta convertirse es un completo monstruo es el camino del anti héroe natural cuya narrativa conocemos al milímetro, desde que se estrenó The Godfather hace cincuenta años. Ese que va de indeciso a convencido y que logra su trascendencia a partir del exceso, los bajos instintos y el deseo por lo prohibido.

Por encima de todo, Ozark es un éxito por su gran nivel de impredictibilidad. Esa receta de Netflix llevada aquí a su máxima expresión al crear narrativas donde todo el tiempo pasa algo, en un torbellino emocional sin posibilidad de distinguir qué viene luego.

Y es que Ozark presenta una narrativa que podríamos bautizar aquí como el espiral de mierda. Todo el tiempo pasa una nueva desgracia. Absurdas, incómodas, o que pueden pararte los pelos de punta. Es en su más notable esencia, una serie emocionante sobre cómo son auténticamente las familias estadounidenses en todo su esplendor, sometidas a cualquier situación específica.

El cine negro presenta héroes sumergidos en un camino oscuro, cubiertos del fango hasta la narices. Oscuridad generada por ellos mismos. Lo fascinante del género pocas veces utilizado pero grandemente admirado, es su virtud de esconder giros narrativos en una atmósfera creíble. Pues porque en las penumbras de la mente humana, cualquier camino es una opción. 

Las habilidades de Guillermo del Toro para contar historias trastornadas son un complemento preciso para el cine negro. Despues de treinta años de carrera, resulta una sorpresa que sea el primer encuentro entre el género y el director. Y sí, el sentido retorcido con el que Del Toro contempla la condición humana lo llevan a un nuevo nivel narrativo con Nightmare Alley. 

Stanton Carlise es un solitario viajero que se cruza con un circo ambulante en los profundos Estados Unidos rurales de 1940. Ahí empieza como un ayudante y va en ascenso entre cada acto, aprendiendo de una pareja de pitonisos el espectáculo de leer las mentes. Al darse cuenta de su habilidad para engañar a las personas, emprende un camino a la grandeza a todo costo.

Del Toro enfoca la historia desde el cuestionamiento moral. Cuáles son los límites del show cuando alguien del público involucra su historia personal y tiene mayores expectativas sobre el supuesto poder de un pitoniso, como la imposible habilidad de hablar con los muertos. El cineasta recrea una sociedad dispuesta a consumir mentiras, donde abudan los puritanos morales y los sádicos retorcidos. 

Nightmare Alley es un festín visual. La precisión arquitectónica de cada plano y el nivel de detalle en el diseño de las locaciones son logros admirables. Permiten a Del Toro construir metáforas con los elementos puestos a disposición y utilizar el espacio como un personaje más. Pero a veces el poder visual abunda y el cineasta se enamora de su recreación, frustrando a la audiencia con su parsimonia.

Stanton Carlise es un personaje estremecedor. No solo por el desarrollado de su turbulenta moralidad, sino por tener impregnada la esencia de la estructura del ascenso y caída del héroe, tan útil en la historia del cine. Sin embargo, Bradley Cooper falla en convencer sobre su caracterización de un hustler sucio y trastornado por la codicia. Es demasiado inexpresivo, adulto y serio para ello. 

Tampoco hay química entre él y su coprotagonista Rooney Mara. La actriz está impecablemente pálida en un rol donde debe ser seductora y fría, pero tierna y condescendiente al mismo tiempo. Lástima que no logran hacer atractiva la relación con Cooper. Ella parece extrañar algo más introspectivo y surrealista en el papel de Carlise, con un mayor registro de excentricidades e histrionismo.

Sin dudas Guillermo del Toro debió aplicar una podadora al metraje de la película. Hay mucho por extraer, sobre todo en la primera parte de la historia. El error más sustancial es no centrarse en definir un objetivo claro en el personaje desde el inicio. Por más de una hora, Carlise parece no ir a ninguna parte. Si bien le pasan cosas atractivas, la película no logra transmitir el por qué de sus decisiones. 

Pero toda esa larga espera para entender hacia donde va nuestro anti heroe, bailando la danza lenta de un cineasta con pocas obligaciones debido a sus extraordinarios logros en Hollywood, se compensan en el último acto. El mismo Cooper parece entenderlo y enternece como se entrega por completo, llevado de la mano por dos instituciones del cine como son Cate Blanchett y Richard Jenkins. 

La última poco más de media hora de Nightmare Alley disipa todas las dudas, lustra la brillantez del director y hace recordar la grandeza y crueldad del cine negro. Mientras la sangre sale de la pantalla, la película deja una profunda desazón en el alma, capaz de -irónicamente- estremecer a cualquiera. Y aunque hubiera hecho falta más explicación, es cine de infinito disfrute.

Este último trabajo de Guillermo del Toro es un fracaso en taquilla y, aunque tendrá nominaciones aseguradas al Oscar, da pena ver cómo una película tan personal no recibe los ajustes necesarios para atraer más seguidores. Es un ejemplo de cómo las más grandes virtudes de un artista paradojicamente pueden opacar el resultado final. Aún así, los fieles discípulos del cine negro bien trabajado recomendamos su revisión y goce. 

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Guillermo Del Toro, Nightmare Alley, premios Oscar

Quizás crees conocer esta historia. El cuento navega en los recuerdos de tu infancia. La nariz larga cuando hay mentiras, el carpintero capaz de crear vida de una marioneta de madera y las moralejas éticas. Ha sido adaptada al cine y a la televisión mundial múltiples veces, Disney la convirtió en un clásico desde 1940 e incluso Robert Zemeckis y Tom Hanks estrenarán este año una versión en CGI.

Pero este Pinocchio en nada se parece a todos los previos. Es la primera versión hecha en Italia con alto presupuesto desde que Carlo Collodi publicó el primer cuento en 1883. Y es, sin dudas, un acercamiento más fiel a esa versión original. La historia real no contaba con el tono positivo y dulce de Disney, ni tampoco bañada en risas y emociones fáciles de Hollywood. Pinocchio no es gracioso.

El muñeco de madera cuya nariz crece al mentir es en realidad un cuento sombrío y crudo, sobre cómo asustar a los niños sobre las consecuencias del engaño.

En el 2002, Miramax pagó a Roberto Benigni buena plata por ponerse un traje ridículo y hacer de Pinocchio un verdadero circo. Fue un fracaso de taquilla y despreciada por la crítica. Quizás para reinvidicarse, Benigni aceptó ser ahora Geppetto. Lo vemos en la primera escena, viejo y canoso, tallando lo que creemos ser Pinocchio. Pero no. Son migajas del resto de queso que le quedaba.

Este Geppetto es muy pobre. Debe rogar por trabajo, le regalan la comida y para hacer algún trabajo artesanal pide prestado la madera. En cinco minutos, la película te presenta a un personaje sumergido en la soledad y vulnerable al entorno, que encuentra en inventar una marioneta de madera el último recurso para salir de su condición humana. Y así, de pronto, le crees.

La magia de un muñeco de madera cobrando vida se presenta también sutil. Otro viejo artesano ve como un tronco se mueve de pronto por sí solo. No sabe qué es y no lo quiere cerca. Se sorprende y lo regala. Parece estar borracho y no hay mayor explicación al respecto. Quizás todos estamos medio intoxicados en la vida. Y elegimos dejar pasar por delante eso que parece extraño y mentiroso.

A diferencia de Disney, el director y guionista Matteo Garrone no tiene miedo de incluir en Pinocchio todo el drama adulto y social. Este muñeco no es un niño inocente y despreocupado. Es un niño real. Sale corriendo cuando su padre quiere darle cariño y afecto. Le lanza un martillo al grillo que quiere servirle como conciencia. Busca sin paciencia lo que quiere para vivir la vida a sus anchas.

Por esa naturalidad y dejando de lado todas las trampas y el manual, es más sincero el personaje y, en consecuencia, la historia.

Es dificil distinguir las características de muñeco de madera en la reacreación humanoide del personaje interpretado por Federico Ielapi. Pero esta decisión hace posible empatizar más con un Pinocchio que ofrece gestos y movimientos naturales en comparación a otras adaptaciones. Y mantener la atención en esta película lenta y larga es posible debido al carisma natural de la actuación.

Pinocchio resulta una celebración de un mundo fantástico visto desde los ojos de un niño. A pesar de que conocemos la historia, encontramos nuevas lecciones morales. Conecta a la audiencia con toneladas de humor infantil, que visto desde los ojos de un adulto pueden ser interpretados como negro, y un detallado diseño de producción que permite cumplir los caprichos de un narrador talentoso.

El resultado es una experiencia visual lujosa con escenas emocionantes que pueden capturar a cualquier escéptico. Aunque carece de sorpresas en su narrativa, ver un clásico infantil convertirse en una historia convulsa, turbia y profunda es una golosina para los recuerdos. Y Garrone la vuelve una adaptación convincente, divertida y emocionante. La valla de Disney está muy alta.

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cartelera de cine, estreno, Pinocchio, salas peruanas
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