fabrizio Ricalde

Diego Bertie y el cine peruano

"El paso fugaz y brillante de Diego Bertie por el cine peruano recuerda por qué este arte es vital para entendernos como sociedad."

El cine en el Perú es como el fútbol peruano. A veces ocurre un milagro y levanta de pronto su nivel. Tiene chispazos de buen rendimiento. Se alinean los astros, se construye un buen equipo y, de vez en cuando, se anotan buenas películas. Así pasó a fines de los ochenta y la década siguiente, con algunos pasajes de buen cine nacional. Y entre esas películas, una en particular clasificó al Mundial.

Sin Compasión, estrenada en 1994, no es poca cosa. Escasas veces en la historia del Perú un actor peruano gana un premio internacional, y la película es nominada a una ceremonia tan importante como los premios Goya de España. También participó en Cannes y San Sebastián. En el cartel de esa película, con poco público en las butacas y menor aún recuerdo entre las audiencias con el paso del tiempo, estaba presente Diego Bertie.

Para algunos será un poco raro. A nivel nacional, Bertie fue el actor de telenovelas y culebrones como Natacha, y de algunas comedias de Efraín Aguilar. Ha sido actor estelar del Canal 4 quizás una década. También protagonista de obras de teatro y ‘one-hit wonder’ en la música pop limeña. Tuvo la suficiente pantalla para volverse una celebridad con los años. Y aunque eses sea gran parte de su merecido legado, hace ya casi tres décadas le entregó todo su talento a una hermosa producción nacional.

Sin Compasión es una película oscura y dificil de digerir. Sin embargo está muy conectada con el Perú de entonces, y el de ahora. Es el retrato de un joven universitario de bajos recursos que vive en una pensión mugrosa y debe buscar explorar muchos caminos para intentar sobrevivir. Está siempre atribulado por sus pensamientos, sumergido en la filosofía, pendiente de la belleza a su alrededor. Desde el inicio sabemos que ha elegido confesarle algo a un sacerdote, algo muy malo atormentándolo. 

Es en esencia una reconstrucción a la peruana de Crimen y Castigo, la novela rusa de Dostoevsky. Mucho más simple y conectada al uso de la violencia o de cualquier recurso para lograr progresar. Sobre la pobreza, y las familias disfuncionales, y el alcohol y los bajos mundos callejeros. Conserva además una gran puesta en escena actoral, con dialogos muy sensibles y sinceros. 

Diego Bertie se entregó por completo al papel junto a su coprotagonista Adriana Dávila. Ella interpretó a una joven, muy joven prostituta atormentada por tener que ganarse la vida de esa manera para sacar a su familia adelante. Desde los trece años, como se deja entrever. En la vida real, Dávila se quitó la vida años después de rodar la película, lanzándose al vacío en un hotel miraflorino. A penas había cumplido treinta años, y no tuvimos la fortuna de verla entregar otras actuaciones de alto nivel como el personaje de Sonia.

 

El paso de Bertie por el cine tuvo otros logros. Ahí están las dos películas históricas de Augusto Tamayo como demostración. Y me lleva a pensar que el cine es donde encontró más espacio para su talento, si se presta atención a todas las prácticas artísticas que exploró. Quizás no marcó un hito para su popularidad alcanzada como luego de Amantes De Luna Llena, ni se volvió una megaestrella tras los años de Al Fondo Hay Sitio o la más reciente De Vuelta Al Barrio. Pero al revisar su obra actoral en el cine se confirma con cuánto talento y pericia se ganó un inmenso pedestal en el arte peruano a forma de legado.  

El mismo día que Diego Bertie dejó la vida, se inauguró en Lima el Festival de Cine. Como si fuera un mensaje del destino, la conexión fantasiosa clama una necesidad importante. Quizás sea un excelente momento para entender al Festival y al cine peruano como una exposición necesaria de cultura. Así como pasó con Sin Compasión, en las películas festivaleras se ponen en demostración, con el poder visual del cine, las historias más auténticas y profundas de la vida en latinoamerica.

En el Festival de este año, como siempre, se habla de sexualidad, de lucha de clases, de espiritualidad. De los más desposeídos enfrentados en la rutina diaria a los solemnes. Sobre los que hablan desde el púlpito y el trono, y más bien los perdidos, los parias, los solitarios. También se habla y mucho sobre depresión y otras enfermedades mentales. Sobre abusos y demostraciones de poder. Hay violencia, desconsuelo y también caminos hacia la felicidad.

En pocos espacios limeños como el Festival de Cine se habla de América Latina en carne viva, y es una forma excelente de conectarnos con lo que somos. En una sociedad tan necesitada de entenderse entre diversidades, el cine puede ser una herramienta muy útil para mirarnos en el espejo con facilidad. Como la obra fílmica de Diego Bertie, un ejemplo de una rápida y subvalorada brillantez, que apena no haber visto en mayor extensión, porque pudo volverse de talla mundial. 

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Cine, cine peruano, Diego Bertie, Festival de Cine de Lima

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