fabrizio Ricalde

El misterio de la millonaria Avatar vuelve al cine

Avatar, el fenómeno mundial del cine, vuelve a la pantalla grande. ¿Qué la hace ser la película más vista de la historia? Te lo cuento todo aquí.

Casi tres mil millones de dólares. $2,847,397,339 para ser exactos, y contando. Esta es la fortuna recaudada en taquilla de la película más vista de todos los tiempos. Sostiene ese récord imbatible por doceavo año consecutivo, y se va por algunos años más sin mayores rivales. Nombres mayúsculos como Los Vengadores de Marvel y Star Wars quedaron cerca, pero no hay quien le quite la corona. 

En toda esta última década desde su estreno, hay una gran pregunta habitando mi cabeza sobre los taquillazos de Hollywood. ¿Por qué Avatar tiene este reconocimiento específico? Qué hace de Avatar una película taquillera, por encima de todas las demás. Cuál es el fenómeno, dónde se esconde la fórmula, qué la distingue del resto. Y esta pregunta surge porque, cuando la vi en cines en su estreno, fue una profunda decepción. Un fiasco, un tostón, un bodrio. Un perfecto engaño comercial, una sobreestimada exageración populista.  

Hoy, Avatar vuelve a la escena del cine mundial. Primero porque va a ser reestrenada en diferentes formatos en todo el mundo. Luego porque, tras largos años de planeamiento, al final James Cameron se decidió a estrenar una secuela este 2022. Es decir, el director más vendedor de la historia, responsable de la anterior campeona de esta categoria, Titanic, vuelve a competir contra sí mismo y contra el imperio Disney para ver si es capaz de meter un tricampeonato al hilo.

Pero esto se trata de Avatar y no de su hiper comercializado creador. La película introduce a un ex soldado sin piernas, reclutado nuevamente ahora por una mega corporación mundial que quiere conquistar otra luna, Pandora. Este nuevo mundo está habitado por unas criaturas azules, de las cuales hay que aprender y convencerlas de la invasión, o aniquilarlas. Nuestro héroe se transforma en un nativo más, logra infiltrarse en la sociedad de Pandora y, con el tiempo, tendrá que decidir entre codicia o humanidad. 

Puesto así no más ya uno sabe que esto es cine visto un millón de veces. Y ahí es donde se esconde el misterio de su éxito. Esta historia explora todos los tópicos más jugosos para el espectador promedio mundial. Un mundo perdido, una aventura, un permanente descubrir. La superación personal, la sobrevivencia básica de la especie, y el combate social de los desposeídos. Una familia, una nueva cultura, unos ancestros. Y no solo existe ante tus ojos, sino que su exploración en la película es el motivo principal de su creación. 

Avatar es el viaje narrativo por excelencia. No hay nada que entender sobre ella en la previa. Todo va a ser expuesto mientras avanza la historia. Es como una historia para eternos dummies. Hay sueños y objetivos nuevos en cada escena, eso sí. Por encima de todo, la película contiene a ‘the chosen one’ como en todas las grandes sagas. Un personaje elegido, enamorado de sus descubrimientos, dispuesto a todo por lograr sus objetivos personales. Y a él, Cameron le inyecta una sopa con todos los ingredientes de cualquier otra épica. Los utiliza todos. Hay, por ejemplo, un tiro de gracia improbable a lo Star Wars, hay una Misión Imposible, hay unos hobbits gigantes luchando por recuperar el santo grial.

Para Avatar fue suficiente crear una ensalada de elementos sensacionalistas y de emociones visuales impactantes para hacer una gran película. En tamaño de espectadores y en impacto comercial, por lo menos. Pero en el fondo, pasando el cascarón de la bulla y las batallas galácticas, toda esta receta carece de sabor y es solo un empaque puesto sobre una historia vacía y virtual. El relleno es filosofía ecologista y pacifista aderezada con un montón de explosivos y cruces entre anfibios y cucarachas y castores y elefantes. 

James Cameron no ha creado un mundo nuevo. Además de todas las referencias a otras historias fantásticas, el creador recrea las conquistas del Amazonas y del África y del lejano Oeste. Toda esa épica del típico europeo monetizado y colonizador está decorada por efectos visuales nunca antes vistos (en 2009), la tecnología (bastante vieja) del 3D y una música bombífera parecida a la de Titanic (casi idéntica). Toda esta supuesta originalidad es una recolección de la historia del mundo en el siglo 20, solo que con otro decorado. Nadie aquí inventa la pólvora, se especializan en saber administrarla. 

Y qué hay de malo en copiar referentes, dirán algunos. Acaso Titanic no es también una copia de Romeo y Julieta en altamar o Star Wars otra historia de caballeros y espadas. Pues, la diferencia y la raíz del problema es que cuando no hay nada sustancial luego del desfile de copias y plagios, me cuesta distinguir cuál es el valor real del producto. 

En su interior, Avatar es un sinfín de diálogos absurdos, brutos, ridículamente breves, que no son parte de ningún léxico normal de la interacción humana. Así no habla la gente. Preste atención al guion puesto en falsete permanente, en tono barítono y en modo idiota. Entre todo eso, distinga que la historia también podría contarse del otro lado: unos exploradores de tesoros quieren destruir todo para robar una piedra preciosa y venderla. Y mientras contemplas esto y ya sabes cómo va a terminar, te percatas de la extrema superficialidad de su premisa. Plata o plomo. Oro o sangre. Y ya. ¿Cuán superficial es todo eso? Cuán básico y retrógrado. ¿Dónde está la revolución de la que James Cameron habla?

Todos los personajes son unidimensionales, planos como un papel. Ninguno evoluciona. El protagonista está siempre enamorado de Pandora, los malos son hasta el final una banda de delincuentes y todos los buenos son los hijos de Jesucristo. Así, sin mayores alteraciones. Tan sencillo. Cuando podría explorarse alguno de los concepción vitales de la condición huamana, como la amistad, la lealtad, la traición, la duda inconfesable o cualquier otro, Avatar se queda en el nivel primario absoluto de la reflexión. 

En el remate de la película (que dura más de hora y media, por lo menos) ya todo se basa solo en la acción. En ese movimiento salvador de último minuto, en ese cuchillo que casi te mata, en ese milagro de Matrix o ese tiro de suerte. En suma, son muchas inverosimilitudes, demasiadas reacciones no explicadas. ¡Pero qué importa! Que viva el cine, y el popcorn, y las gaseosas de dos litros y las golosinas y los Estados Unidos de Norteamérica.  

Avatar son todas palomitas de maiz para el gran público. Su arquitectura se enseña sin discusión en los salones de clase del Hollywood más acérrimo. Es la fórmula de siempre. Y solo desde ese lugar disneylándico, vale la pena contemplarla y aprender de ella. Aunque sea solo para intentar ganar algunos cuántos de sus miles de millones. 

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